domingo, 22 de marzo de 2015

Muerte en Venecia. Ballet de Hamburgo. Teatro Real.

John Neumeier creó esta coreografía el año 2003. Y me temo que ya entonces resultaría añeja. Ahora, doce años después se ha vuelto anticuada. Pero anticuada en el puritito concepto. 
Está claro que yo no soy un experto en danza ni muchísimo menos. Para disfrutar de una opinión cultivada mejor leéis la opinión de otro. Yo escribo lo que siento y lo que veo.




De entrada la elección musical me parece discutible. Ya no con la música de Bach sino sobre todo con Wagner y con "Tristán e Isolda". Vale que "Tannhäuser" y "Siegfried" aportan un toque épico y dramático poderoso y sin tantas connotaciones, pero "Tristán e Isolda" para mi gusto, tiene una implicación sentimental que no coincide para nada con mi visión del drama de "Muerte en Venecia". El drama, el aspecto romántico y la naturaleza del sentimiento de Aschenbach es la idealización. Es una amor idealizado, inalcanzable, en el que el objeto del deseo y del amor es inocente, Tadzio no hace nada por promover ese amor. No es un "Lolito". Él está, y sólo devuelve una sonrisa. Lo que provoca está fuera de su control. Aschenbach crea su imagen, su muso, proyecta en el joven su capacidad creativa y le convierte además de en el objeto de su amor ideal y puro, en su salvador creativo. Y nunca,en ningún momento se tocan. En él descubre la inspiración perdida. Nada que ver con Trsitán, con Isolda ni con su amor. Y eso se refleja también en la coreografía. El primer dúo de Tadzio y Aschenbach funciona bien. Porque ni se tocan. Técnicamente se apoyan el uno en el otro para sus movimientos, está claro, pero casi ni se miran, ni se tocan. Sólo se complementan y se necesitan el uno al otro. Perfecto. Sin duda, el momento más inspirado de la obra. Y a mí que me perdonen, pero luego hay cosas que tienen que ser como tienen que ser. Y si alguien hiciera un remake de "La tentación vive arriba" tendría que sacar a la chica encima de una rejilla del metro con la falda por los aires. Pues aquí lo mismo. Aschenbach TIENE que morir en la playa con los churretes del tinte y patético perdido. No vale que salgan a escena su "inspiración" y su "musa" y le limpien el maquillaje para que él a continuación muera agarradito a su Tadzio. Como que no.




La coreografía en general me pareció anticuada visualmente. Lo de la pareja esa que representa el pecado o la pesadilla de la culpabilidad es bastante hortera. Los dos gays con vaqueros, camisa de cuadros y esa pinta... es más bien ochentero. Parecían sacados de una peli de Jeff Stryker. Pasadito. En general todo resultaba añejo, como pasado y un poco... anticuado. Aparte de que desaprovechaba a los fantásticos bailarines y les hacía moverse como e medias. Medio levantaban la pata, medio giraban, daban medio zancadas... No terminaban de dar la sensación de ser una GRAN compañía con una GRAN coreografía. Ellos sí, desde luego y ella también demostraban dentro de sus posibilidades, ser unos grandísimos bailarines. Lástima.
Y una lástima el destrozo que hizo Elizabeth Cooper con el Liebestod. Fusiló la pieza de una forma tremenda. Y si ya de por sí no coincidía lo que estábamos viendo con lo que yo sentía que quería ver, los desajustes de Elizabeth Cooper contribuyó poderosamente a romper cualquier atisbo de magia o de poesía en ese momento dramáticamente tan demoledor.             
Ahora igual vas y lees por ahí la opinión de expertos que lo ponen por las nubes, no te digo yo que no, pero MI opinión y mi sensación fue que estaba viendo una coreo anticuada. Claro que los que saben son ellos, así que tendrán razón. 

La ciudad oscura. María Guerrero.

En la sala de la Princesa suelen confluir grandes personalidades para crear espectáculos bastante más interesantes que en la sala grande. Eso ha sido así desde que cerraron el bar, aquel bar histórico y testigo de... bueno, de la vida teatrera y nocturna de otra generación. Ahora está pasando de nuevo. Pero claro, es que se han juntado el universo y la madurez creativa de Antonio Rojano con el saber hacer y la mano certera del responsable de aquella joyita que pasó desapercibida, "Oddi", o de "El feo". Y al final esta mezcla explosiva ha dado a luz una criatura que tiene ya en la frente escrita la palabra "éxito" y una vida larguísima. Te lo digo yo. Y es que lo merece, porque... lo tiene todo. 

Un escritor intenta completar su última obra con la "ayuda" de su hija Dakota, que le apoya tanto como le ataca. Entre ellos late algo oculto. Al otro lado de la ficción, se desarrolla la historia que intenta crear el autor sin nombre. Todo comienza cuando unos parapsicólogos intentan hacer una psicofonía en el Valle de los Caídos y se les aparece Fran. El suicidio de un jockey triunfador, una comisaria de policía amargada, un detective inexperto, un alemán, el pasado histórico, la memoria de un país, Tejero, la mentira y un discurso no tan fascista como pueda parecer se juntan en esta ensalada envenenada que va dejando salir sus sabores escondidos con cuentagotas a través de un ejercicio brillante de acumulación, mesura y tensión dramática realmente magistral. 




El pedazo de texto de Rojano es ejemplar. Dosifica la información y nos engancha en su misterio desde el minuto uno. El interés, la curiosidad y el querer recomponer esa historia fragmentada y misteriosa hace que te quedes pegado a la butaca y no te atrevas ni a respirar. Segundo a segundo vas armando el puzzle tanto dramático como emocional, fantasmagórico y creativo. La figura del creador rodeado de sus fantasmas personales, sus musas y sus miedos es clara y clarificadora. Fernando Soto está fabuloso creando este ser poliédrico, lleno de aristas y recovecos. Él es el "artista", el "creador". Irene Ruiz es su hija. Descarada, revenía, rencorosa y lista como ella sola. 
Al otro lado de la realidad Ana Otero, nuestra Angelina Jolie, es la comisaria repodrida, retestiná que dicen en mi pueblo. Su cabreo es directamente proporcional a su incapacidad emocional. Fabulosa. Mario Tardón, Paco Lahoz y Pilar Gómez son los otros bastiones en los que se sustenta este texto brillante en el que pululan el 23 F, la memoria de un país, los fantasmas del pasado, el dolor de la creación artística, la frustración emocional y unas cuantas variantes del dolor. Incluso el "discurso" nazi, si lo escuchas bien, no es tan nazi, quiero decir, que bien podría ser el discurso de cualquiera que pretenda alentar un poco a las masas, independientemente de colores. Esa es la trampa nazi. Mucho mejor expuesta aquí, sin necesidad de olas, de un plumazo, que en otras obras más sesudas.      

Y si el texto es brillante y las interpretaciones fantásticas, la dirección es otro alarde. Por ejemplo, la forma de intervenir un lado de la "realidad" en el otro es un acierto total. Colocando elementos, dirigiendo la acción, completando su realidad y devolviendo lo que la otra parte necesita. Magistral. Y lo mismo de ritmo, de intensidad, de implicación, de distancia cuando se necesita... Paco Montes está siempre en el sitio perfecto y con una mirada clara, contundente, coherente y sólida. 




En definitiva, que todo lo que hay es fabuloso, brillante y acertado. Merece ser un exitazo y estoy seguro de que lo va a ser. No lo dejéis pasar e id YA mismo a verlo. Ah, y no dejéis pasar ni un sólo detalle por alto. Absolutamente todo tiene un sentido. TODO. 

sábado, 21 de marzo de 2015

Invernadero. Teatro de la Abadía.

Que Pinter es hermético es cierto. O no. No siempre. También hay que saber leer, darse tiempo para desgranar y saber exprimir significados e imágenes. Este texto no es precisamente de los más crípticos. En definitiva es una comedia que el propio autor dejó encerrada en un cajón durante casi 20 años. 




Como yo soy como soy, ni le pongo un altar al texto sólo por ser de Pinter (adoro a Pinter con toda mi alma pero cada cosa en su sitio) ni a la adaptación por ser de Eduardo Mendoza. Es más, me despierta mucha curiosidad repasar la versión original, porque hay cosas, expresiones, palabras, giros demasiado anacrónicos que me chocan. Al traducir, eliges, y me da que en ese proceso de elección Mendoza ya contaba con la premisa de buscar el "chascarrillo" o el toque actual y campechano. Y si algo NO es Pinter es casual ni campechano. Ni siquiera los nombres de los personajes, que quizá hasta tengan significado. No sé. 
Pero bueno, cachondadas aparte, lo que más me llama la atención de esta puesta en escena es el tono que ha elegido Mario Gas. Vamos a ver, cualquier director elige el sitio desde el que quiere contar su historia. Decide. Hay cien mil formas de contar lo mismo. Toda son válidas mientras sean coherentes. Luego está que coincidan o no con tu criterio, o con lo que tú esperas o con cómo lo ves. Si coincide hay comunicación y si no, pues no la hay. La decisión y el punto de vista del director seguirá siendo válido y tu criterio también. Para mi gusto, Mario Gas he elegido un sitio banal, de humor desbocado y grueso que no me mola. Es como estar viendo un Pinter en la Latina. Y no sólo en la dirección de escena y actoral sino casi todas las decisiones. La escenografía no termina de funcionar. El aparataje se atascó en un cambio, y los paneles móviles no terminaban de encajar. Vamos, que se veía el truco. Además esa escalera como de prisión, no aportaba mucho ni daba mayor juego. En definitiva, no ME terminaba de convencer. Ni las luces tampoco. Normales. Ni siquiera el vestuario aportaba ningún punto de vista ni personalidad. Claro que igual todos estos elementos lo que buscaban era precisamente NO situar ni en un momento ni en una decisión estética. Igual era eso.  
Y los actores.... Gonzalo de Castro compone un Roote encabronado desde el principio, con poco desarrollo, plagado de minigestos y de recursos conocidos y bastante disparados. Empieza la función en el nivel 95 y sólo consigue avanzar hasta el 100, claro. Para mi gusto está demasiado crispado, acelerado, pasado y encabronado. Llevar las características de un personaje a su extremo y no variarlas ni complementarlas resta eficacia y riqueza. Siempre es más rico un arcoiris que una paleta con dos colores. Tristan Ulloa está bien pero... quizá también se haya quedado su composición en una superficie efectiva y poco colorista. Bueno, a ver, que quede claro que todos ellos están bien. Ellos. Que lo que hacen está bien. Es más una cuestión de riqueza y de buscar un registro más rico y menos... básico. Jorge Usón es quizá el que esté más acertado. Puede desplegar más matices dentro del brochazo que es también su personaje. Pero consigue tener más recorrido. Carlos Martos está demasiado declamativo y artificioso y tanto Javivi Gil como Ricardo Moya no tienen ocasión de desarrollar prácticamente nada. Isabelle Stoffel, que mira que estaba fantástica en "La rendición" aquí está fuera de lugar. Ni su personaje está bien marcado ni ella parece haberlo encontrado. Ni el personaje ni el tono ni el sitio. Aparte de tener una dicción muy, pero que muy espesa y muy mejorable y de crear un personaje típico, tópico, básico y nada interesante. Tampoco mira bien a sus compañeros ni parece escucharles bien. Que conste que no cuestiono a ninguno de ellos, todos son fantásticos actores y lo que hacen tiene por descontado todo mi respeto, admiración y envidia. Creo que el problema y que hace que no se produzca la sintonía entre lo que yo querría ver y lo que veo es de dirección. De dónde ha elegido Mario Gas situarse para contarnos esta historia de manipulación y tortura social. Conducir esas escenas tan ricas en enredos más propios de los hermanos Marx en mi caso no cuaja. Y amo a los hermanos Marx, pero cuando quiero ver a los hermanos Marx. Y ese momento copa en la cara... que para mi gusto es el colmo del laconismo, casi un duelo entre dos seres fríos y despiadados roza lo absurdo.  vale, es una elección de Gas. Respetable y fantástica. Pero para MI gusto desaprovecha un momentazo Pinter para regalarle al público un chiste de fácil digestión. Y lo de que TODOS los personajes lancen sus diálogos y monólogos mirando al público e incluso avancen hacia el proscenio para hablar es un poco de teatro antiguo. Hasta los elementos escenográficos están puestos en diagonal, como para que se vean bien, en una disposición ilógica para mi gusto. 




Insisto en que como director y responsable, Mario Gas escoge el lugar que él quiere y lo desarrolla. Respetable, por supuesto. Es SU producto. Pero con un servidor no funcionó. Ya ya lo siento porque adoro a Pinter, a Gonzalo de Castro, a Jorge Usón y a Tristán Ulloa.        

jueves, 19 de marzo de 2015

Constelaciones. Teatro Lara

"¿Te imaginas tirar un dado 60000 veces?" dice ella, Marianne a Roland. Y lo hacen, tiran el dado de la posibilidad cien mil veces y nosotros vemos lo frágil y estable que el el destino, el futuro, la vida, la posibilidad. Ella es profesora de física cuántica y él, apicultor y urbanita. No es caprichoso tampoco. Ella maneja dimensiones gigantescas, vacíos, eternidad, infinito, agujeros negros, posibilidades, espacio, tiempo y dimensiones. Él maneja un orden establecido, un ritmo y una jerarquía indiscutibles, incuestionable e inalterable. Ninguna abeja, zángano, reina ni obrera hace nada que no sea lo que su "destino" le tiene reservado. Su capacidad de arbitrariedad es nulo. Justo todo lo contrario que una estrella o un asteroide. Pero resulta que van y se juntan. ¿Por qué? ¡Ah, puritita casualidad! Y mira que podría haber pasado cualquier cosa. Pero pasa lo que pasa. 



Este pedazo de texto de Nick Payne es terriblemente complejo y potencial. Nos presenta a estos dos personajes adorables y comestibles y los junta en un momento anodino. Acto seguido explora las cien mil posibilidades que podrían haber sucedido de haber cambiado una coma, un sustantivo, una intención o una reacción. Nunca sabemos exactamente cuál es la acción real y cuáles las posibilidades. O quizá hayan sucedido todas. O ninguna. O puede que una sucediera y las otras sean el subtexto, el pensamiento interno. ¿Por qué no? En esta historia de posibilidades puede haber pasado cualquier cosa. Lo que parece inevitable es el final. Ese final desolador y terrorífico. Si las "escenas" de componen la obra fueran piezas de un tangram, ¿crees de verdad que habría dos espectadores que formaran la misma figura? Creo sinceramente que lo estremecedor de este espectáculo es que deja en manos (o en mentes) del espectador el orden de lo que sucede, e incluso te regala la posibilidad de armar tú mismo el desarrollo de la historia y decidir qué es lo que ocurre de verdad y cuáles son las posibilidades. Brillante. Aparte, claro, de la historia dura que cuenta y de lo complementario y necesario de cada personaje para vivir y convivir con el otro. 



Para llevar esto adelante Fernando Soto ha hecho lo mejor que podía hacer; buscar a dos actorazos inconmensurables, dejan que convivan y que fluya la energía entre ellos y orquestar un movimiento escénico esquemático, limpio y casi minimalista y envolverlo en unas buenas luces y una escenografía escueta e integrada. Y dejar que campen a sus anchas esas dos bestias escénicas que son don Fran Calvo y doña Inma Cuevas. 
Inma Cuevas, la grandiosa Madre Teresa del grandioso Judas del que hablo continuamente, la "Cerda" más cerda de las Camelias, lleva quinientos mil premios. Y pocos son para los que merece. Porque no me digáis que no es un prodigio TODO lo que hace. ¿Sabes cómo es el diagrama de un encefalograma, lleno de picos parriba y pabajo? Pues ese es el diagrama emocional en el que se mueve Inma Cuevas. Salta de la risa histérica al vozarrón profundo y el hachazo en un plisplás. Y se queda tan pancha, como si ese fuera su estado habitual. Y Fran Calvo no sólo está a la altura de su compañera, sino que crea, mantiene, devuelve y modifica un torrente de energía que no deja de fluir por el escenario. Para conseguir eso no hay que ser un actorazo capaz de dar una réplica de altura sino que hay que ser algo más. Un creador, una esponja emocional que absorbe, empapa, genera, crea y suelta chorros y chorros de energía. Ese flujo lo crean al 50% ellos dos, y gracias a eso funciona. Si no estuvieran de tú a tú y si no se electrificaran el uno al otro no sería posible ese nivel de sensaciones y de realidad. Perdóname, Inma, sé que vas a entender lo que voy a decir. Si Fran no se ha llevado tantos premios como Inma es porque Marianne nos pilla le corazón de otra forma. Pero el nivelamen de ambos actores es igual de generoso y de inconmensurable. 
Si esto lo hicieran en Londres, por ejemplo, sería el típico espectáculo que se tiraría quince años en cartel. Porque lo tiene todo, es absolutamente PERFECTO.    



Y al final va Fran y tira el dado. Porque esto no acaba aquí.

martes, 17 de marzo de 2015

El señor Ye ama los dragones. Matadero.

El talento es esa cosa escasa que muy poca gente tiene y que ayuda a que los demás vivamos mejor. El arte es esa otra cosa que tienen muchísimos menos y que hace que los demás soñemos con ser como ellos.
Talento y arte tiene para dar y tomar tanto Paco Bezerra como Luis Luque. El resto del equipo igualmente, porque vamos... no hay desperdicio. 




La crítica social no está reñida con el humor, está claro. Y uno no se convierte en un irreverente por conseguir que la gente se descojone con situaciones y personajes caricaturescos en medio de la dureza de la jodía sociedad en la que nos tienen y a la que nos han llevado.
Magdalena y Amparo son dos vecinonas de esas de toda la vida, de pelu los viernes, tapetes con borlitas de Pontejos, faja pantalón, bandejita de turrones, mirilla reluciente y maldad para dar y tomar. Son dos perras malas. Esas vecinas que todos tenemos o hemos tenido. Malas con avaricia y sobre todo... acojonadas de la vida, del aire, del progreso, del pelo suelto y de los estampados. Sí, estampados sin miedo. Esos estampados horribles que querrían llevar y pasarse al mundo por el fafarique pero que no se atreven a hacerlo por el "qué dirán". Y lo peor de todo es tenerle miedo a la vida, al aire, al horizonte, al otro y a la verdad. Porque luego pasa lo que pasa. Ambas dos perras tienen la desgracia de compartir edificio con una pareja de chinas. Por supuesto las chinas viven en el sótano y las doñas en el quinto y en el ático. Faltaría más. Pero justamente allí donde más ciudad pueden ver, donde más horizonte pueden abarcar es donde se encierra la pus, el aire enrarecido y los pedos bajo la mesa camilla. E igual que un ático puede encerrar a una bruja enquistada y un sótano a la conocedora de la verdad, una comedia como esta puede encerrar un toque de atención crispado e hiriente sobre el mundo que nos rodea. 



Ahí entran en juego el talento y el arte de Paco Bezerra escribiendo este texto divertidísimo, ácido, con un humor cercano, incluso burdo y un poco grueso. Consigue un mosaico de tías, madres, abuelas, vecinas de enfrente y primas sacadas de "Cuéntame" que son tan exageradas que son tremendamente reales. Y esconde varios giros, varios trucos de pirotecnia para convertir tu risa en escalofrío, y tu descojone en estremecimiento. Vamos, que nos endiña un caramelito envenenado de esos que tanto nos gustan y en los que entramos como bobos. Porque nada nos gusta más a todos que reír. Y te ríes hasta con esos chistes salvajes que deberían sofocarte. Pero no. Te partes el culo. Y luego, como en todas las buenas obras, esa sonrisa se te congela, vas notando que igual no deberías haberte reído tanto y acabas acojonao vivo. 
Y claro, pa colmo es que está al mando un ser como Luis Luque, sabio entre los sabios, y con un don especial que va más allá del talento y del arte. Ese don es el que consigue que esta estampa carnavalera, chabacana, casi de peli de Paco Martínez Soria mantenga el sitio concreto, exacto y correcto para lograr su objetivo. Metérnosla. Luque, que se las sabe todas, llama a Mónica Boromello para que cree esta escenografía simbólica y expresiva a partes iguales, al genio de Luismi Cobo para que componga una partitura digna del mismísimo Bernard Herrmann, a Felipe Ramos para que nos enseñe cómo se ponen unas buenas luces, a Elisa Sanz para que diseñe un vestuario a golpe de microscopio y a Álvaro Luna para que nos ilustre con unos audiovisuales y claro, consigue que TODOS los elementos escénicos estén cojonudos y en el punto exacto que deben estar. Y lo mejor de todo, consigue transmitir que interiormente está en un momento dulce, porque a pesar de durezas y de dramones, lo que se escapa por todas partes es alegría, es optimismo y buen rollo. A pesar del ácido, a pesar de lo perras que son estas dos, a pesar de todo, hay luz. La función está llena de luz. Y yo, sentir que me invade el optimismo y la luz, me gusta, qué le voy a hacer...

Chen Lu está deliciosa como la señora Wang. Huichi Chiu está fabulosa como Xiaomei, esa mujer lista y paciente. Aunque... quizá el acento reste un pelín de ritmo a alguna escena. Pero eso en dos días ha cogido cuerpo y peso y ya está. Y las dos mostrencas de Gloria Muñoz y Lola Casamayor... antológicas. Hacen un trabajo expresivo y pa fuera maravilloso. Las odias y las compadeces a ratos. Las querrías matar y te las querrías llevar a casa (aunque fuera para matarlas) y despliegan toda su sabiduría, sus recursos infinitos y su caspa sainetera y vitriólica y te camelan. Están soberbias y maravillosas. Son dos ratas sucias, malas y patéticas. Incluso en ese final... sorprendente no decaen sus... capas de realidad. Son como la Davis y la Crawford, o como Florinda Chico y rafaela Aparicio. Son la una con y por la otra. Dos vacaburras del escenario.

Este montaje va a durar, y durar y durar todo lo que quieran y puedan, porque te lo digo yo y te apuesto lo que sea a que va a ser un exitazo. Tiene todo para serlo. Un texto cercano, inteligente, brillante y divertidísimo, una puesta en escena firme, sabia y luminosa y unas actrizonas... gigantescas. ¿Se puede pedir algo más?    

Ah, las fotazas impresionantes son de Sergio Parra. Bestiales.    

domingo, 15 de marzo de 2015

Alma. Nave 73.

Arturo Turón es el máximo responsable junto con la inmensa María Hervás de esa joya que es "Confesiones a Alá". Bueno, pues ahora ha repetido con casi todo el equipo y se ha buscado a una pantera negra para poner en pie "Alma", basándose en la peli de Bergman, "Persona", aquella joya con Liv Ullman y Bibi Andersson. Turón, que es más listo que un ratón colorao, ha contado con una personalidad arrolladora y una actriz comprometida hasta el dolor. Y a su lado a puesto a su viva imagen. Otra actriz entregada. Juntas crean esta historia a medio camino entre la vampirización más salvaje y la entrega y el amor desmesurado. 
No quiero destripar nada del argumento y ya me jode, porque exprimir lo que acabo de ver  sin contar nada es duro de cojones. Intentaré medirme.
Elisabeth deja de hablar en medio de una función de "Electra". Nadie sabe por qué, ni si es fruto de una patología, de un ataque de algo, decisión propia o crisis emocional. Como no responde, va a vivir a una casita con una enfermera encargada de cuidarla y darle conversación. Alma. La personalidad de Elisabeth es arrolladora, una apisonadora que incluso desde el silencio poco a poco irá minando la entereza de la enfermera, y se adueñará del cuerpo y del alma de Alma. O quizá sea Alma la que se deje llevar. O la que esté tejiendo una tela de araña alrededor de la debilidad de Elisabeth. Porque... ¿quién es quién? ¿Quién maneja, quién domina y quién es dominado? ¿Le dominan o se deja? ¿Quién posee a quién? 




En teatro hay muchos factores imprescindibles para que exista comunicación, química, física, magia o lo que coño haga que un espectáculo se eleve por encima de la realidad recreada y tenga una vida nueva en cada función. Uno de esos factores necesarios es la energía. La energía teatral, al contrario que la energía normal, sí se crea. Se crea y se mantiene durante toda la función. y no tiene que ver ni con la compostura física, ni con la tensión corporal, ni con nada. Es la energía dramática creada al juntar pasado, presente y futuro, al crear un presente con elementos de un pasado pero hacia el futuro. Ahí se crea una energía que sólo los más dotados consiguen mantener durante hora y pico. Rocío Muñoz-Cobo crea ese torrente cuando se planta a 25 centímetros de tus morros y arranca con su monólogo de Electra como si fuera lo más normal del mundo. Y entonces se juntan los elementos de la naturaleza y se crea un borbotón de energía. y esa energía la mantiene durante toda la función, hable o no hable, tenga el foco o esté en un segundo plano, despierta o dormida. Porque esa es la energía necesaria para la creación. O para la recreación. Para la vida. Para la vida teatral, que a veces es más jodida y más vida que la vida. Esa energía contagia a su compañera, Andrea Dueso y la lleva consigo a sitios duros y peligrosos. Una vez dije de Rocío que era una "suicida emocional". Y lo es. Porque su terreno es el de la implicación desde las tripas. No entiende otro y no elige otro. Eso es de bestia parda, de pantera negra, de raza y de tierra. 
Andrea Dueso sin embargo parte desde otro punto. Su "languidez" a veces impide que despegue con la misma fuerza que su compañera. Es el sitio que ella o el director han elegido, y creo que no termina de ayudar del todo. Esa "energía"  de la que hablo, es más difícil notarla en ella. Y la tiene, porque si no no aguantaría e pie la función, pero el sitio de esa energía es más delicado, más jodido y no la beneficia nada. Si Rocío está en un 90, Andrea está en un 60. No digo que sea más ni mejor el 90 de Rocío, sino que están alejados, y hace más cuesta arriba el encuentro. NO hay una mejor que la otra o una equivocada, ni mucho menos. Sólo digo que sus sitios están quizá demasiado alejados al principio.   
Aún así, lo que hay de sobra es química entre ellas dos. una mirada, un roce, un acercamiento es pura dinamita. 




Hay que ir a verlo. Primero porque Arturo Turón es un ser inteligente y sabe lo que hace y lo hace de puta madre. Su visión es clara y aunque maneja una historia densa de cojones, sabe perfectamente lo que quiere hacer con ella. Y luego por ver ese duelo entre Andrea Dueso y Rocío Muñoz-Cobo. Dos animalas. 

Aprovecho para recordarle a quien tenga curiosidad, lo que pienso de doña Rocío. Hace tiempo escribí sobre ella y no está de más recordarlo.        


Rocío, ay mi Rocío.  









Salvator Rosa o El artista. María Guerrero.

Francisco Nieva evidentemente es un grandísimo autor, tiene millones de premios y reconocimientos y es una leyenda viva de nuestro teatro. Pero, como todos los genios, no todo lo que hace es bueno. John Huston dirigió pelis horribles y no todo Mozart es genial. Para mi gusto, este texto de Nieva no es de sus mejores escritos. Es más, lo de buscar el paralelismo entre la revolución de Masaniello y el movimiento de los indignados e incluso con Podemos me parece ciertamente desquiciado. Además le hace un flaco favor al 15M, porque mientras la revuelta de Masaniello tuvo un líder improvisado y fugaz, los movimientos actuales son bastante más complejos y consecuentes que una revuelta por un impuesto injusto y en la que un pescadero ido se hace con el bastón de mando de una masa que se deja guiar por alguien así. Flaco favor, repito. 




En cualquier caso, mi intención no es tanto cuestionar o valorar la vigencia e importancia de este texto nunca antes representado, como analizar brevemente la puesta en escena de este texto lleno de recursos fáciles, chascarrillos algo facilones, poca profundidad en los personajes y situaciones, algunas rocambolescas. Hasta el "duelo" entre Ribera y Rosa, o entre el realismo y la inspiración poética se queda simplificado y ridiculizado en la figura demasiado parcial de Ribera. Reconocer el genio de Nieva en el vestuario, cierto abigarramiento, un lenguaje a veces, contadas veces inspirado es difícil y simplista. Para mí no es un Nieva de primer orden. Y mira que Francisco Nieva es un maestro, un autor indiscutible y con un estilo inconfundible y muy, muy chulo. Pero no. Este no. 

La dirección tampoco ayuda mucho. Escenas atropelladas, buscando más velocidad que ritmo y sin un toque de personalidad o un punto de vista. Varios actores hablan directamente hacia le público convirtiendo la escena un poco en un "búscate la vida" donde cada actor hace lo que sabe. Eso sí, y luego entraré en detalles, los actores y actrices son sin duda lo mejor de la función, moviéndose entre lo correcto y lo buenísimo.
Luces inexistentes, un escenografía fea, con elementos que muchas veces estorbaban más que ayudaban con esos cuadros de la primera escena... indescriptibles, o ese mecanismo secreto de la segunda parte absolutamente pobre. Eso si, el vestuario de Rosa García Andújar brillante, precioso, una maravilla. 




En cuanto al elenco... salvo lo inexplicable de ver a alguien muy, pero que muy por encima de la edad de su personaje, es el mayor acierto de la función. Meseguer, Matute, Lorenzo, Ferrer, Reques, Garbisu, Sendarrubias están espléndidos. Nancho Novo fantástico, llenando bien su personaje y el escenario y con el peso suficiente como pata llevar adelante este prota raruno y difícil. Alfonso Vallejo es una debilidad mía, tiene una forma de hacer que me gusta siempre y un peso específico en el escenario brutal. Las mujeres son cosa aparte. Sara Sánchez está maravillosa y tiene un poderío que sólo deseas que salga más y más. Beatriz Bergamín compone una Rubina que te la comes. Dulce, divertida, graciosísima, con un despliegue de recursos de actriz de clase. Maravillosa y encantadora. Y Ángeles Martín está soberbia. Quizá angustie un poco su respiración, pero utiliza un muestrario de recursos inagotable. Voz, físico, presencia y peso en el escenario. ¡¡Y una intención en cada frase!! Maravillosa. 




Afortunadamente casi todo el elenco tiene tablas suficientes como para "buscarse la vida" en escena y conseguir que la parte actoral no tenga tacha. Casi todos están brillantes y haciéndolo de puta madre. Lástima que ni la dirección, ni la dramaturgia ni el texto estén a la altura. Y ya lo siento, porque Nieva es mucho Nieva y su trono de gran maestro sigue inalterado.    

sábado, 14 de marzo de 2015

Buena gente. Teatro Rialto.

Lo de que David Lindsay-Abaire sea premio Pulitzer, que esta obra tenga mil premios y lo de que en Broadway la hiciera Frances McDormand y ganara el Tony lo sabe tol mundo. En todo caso, no es nada difícil de encontrar. Es un simple dato que ilustra sobre el nivel del texto del que estamos hablando.  
Y si allí lo protagonizó Frances McDormand, aquí lo está haciendo ni más ni menos que Verónica Forqué. Y si el resto del reparto estadounidense era bueno, el madrileño es inmejorable. Juan Fernández, Pilar Castro, Susi Sánchez y Diego París. ¡¡¡Ahí es nada!!!



Bueno, al  lío. Este texto, adaptado por el propio David Serrano, director y responsable entre otras de "Lluvia constante" o "La Venus de las pieles" es bastante más complejo de lo que a simple vista podría parecer. Yo, que soy muy dado a llevar una idea preconcebida, pensaba que sería una alta comedia perfecta para la Gran Vía y los llenos de fin de semana. Pero casi te diría que este texto tiene tantas capas y una densidad tan importante que le da muchas vueltas a supuestas funciones "espesas" de teatros serios y emperifollados. La prota, Marga, tiene una vida jodida. Muy jodida. Es la típica mujer de barrio más bien bajuno que nunca ha conseguido acertar en la vida. Cuando la vida ha dirigido sus pasos hacia un sitio, siempre ha sido hacia un callejón más oscuro que el anterior. Presume de haber tomado sólo UNA decisión en su vida. Y también le salió rana. Eso suponiendo que realmente hubiera tomado aquella decisión. Pero ella, que presume de ser "una buena persona" irá desgranando una vida tan multicolor y poliédrica como la de cualquiera. Todos somos buenos. Y todos somos malos. Y todos somos regulares. Y todos hacemos el mal queriendo hacer le bien y hacemos el bien haciéndonos el mal y nos hacemos el mal queriendo hacer el bien. Y el capullo que la abandonó igual no es tan malo. Y la pija de su mujer igual no es tan simple. Y los pobres igual no son buenos por definición. Y los pijos igual no son ni tan pijos ni tan hijoputas. Y es que todos tenemos muchas aristas, las personas no somos sencillas, ni tenemos un solo matiz. Porque... ¿no es verdad que TODOS en esta función tienen razón? ¿No tiene razón Pilar Castro en su monólogo? ¿No tiene razón Juan Fernández en su rebote? ¿No tiene razón Marga en su intento? Todos tienen razón. Todos tienen sus razones. Porque el ser humano es así. Somos complicados, nos autojustificamos, culpabilizamos al otro de nuestras carencias, de nuestras miserias y nuestras bajezas y taras. Este pedazo de texto envenenado teje una tela de araña a nuestro alrededor sin que nos demos cuenta, contando con el cebo desestabilizador de la presencia y el magnetismo acojonantes de Verónica Forqué. Porque a ver, que alguien me diga a mí si no cae rendido a sus pies a los dos minutos de función, antes incluso de que cuente la historia del pollo. Pues claro, ahí está la trampa mortal. Ves a Verónica, digo... a Marga, empatizas con ella al instante, porque es castiza, maja, salada, cachonda, dulce, pobrecilla, perdedora... y automáticamente te pones de su lado. Y después, con la ayuda de esos dos bichos, de las brujas de sus amigas te conviertes en incondicional. Y sólo deseas que gane. Por una vez en su vida. Aunque según transcurre la función vas descubriendo que el blanco no siempre es blanco, que lo bueno no siempre es tan bueno como parece ni el malo tan malo como creías. Pero lo peor no es que Marga deje de tener razón. Claro que la tiene. Sino que los demás también la tienen. Porque ese es el veneno de la función. Que todos tienen razón, que el verdadero mal y la culpa no está en ninguno de ellos, sino en la vida. El mal es la vida. La puta vida que nos ha caído a cada uno. Y eso... incomoda. Porque sientes que has tomado partido antes de tiempo. Y te sientes incómodo por haberte puesto del lado de... alguien no tan bueno. Porque o todos somos buena gente o todos somos mala gente. 

Para mi gusto, la principal cualidad de David Serrano como director es tener la mano suficiente como para manejar todas las personalidades que hay en esta función, equilibrarlas y medirlas de tal forma que ninguna arrasa y todas suman. Sería tentador explotar el lado humano de la Forqué, que es una apisonadora y hacer un espectáculo a su mayor gloria. Pero es ahí donde demuestra la maestría suficiente como para no caer en la tentación y respetar el texto y su labor. Equilibra todas las fuerzas titánicas que tiene entre sus manos y las pone todas en el punto exacto para que lo único que salga favorecido sea el resultado final. Su mano como director queda silenciada, queda oculta y sumergida, dejando a un lado egos y tentaciones y poniendo un sello invisible a la función que le viene perfecto. 



Para completar ese compromiso de conjunto absolutamente necesario cuenta con unas herramientas divinas. La Forqué está en su salsa. Mejor dicho, está en la salsa de la función, tomando las riendas y siendo el foco cuando el clima dramático lo pide, y cediéndolo cuando quien manda es otro. Tiene armas para dar y tomar y se las sabe todas encima de un escenario. Es capaz de llevarte a cualquier terreno que se proponga con una facilidad extraterrestre, pero siempre guida por le respeto al trabajo de equipo. 



Juan Fernández, ese gigante, esa bestia escénica que otorga vida y humanidad a cualquier personaje que acaba en sus manos. Tiene tanta verdad en lo que dice y en lo que hace y en cómo lo hace que desarma tus prejuicios hacia su personaje y te lleva a su lado. Un prodigio de verdad y de magnetismo. Pilar Castro, un fenómeno que haga lo que haga siempre se lleva sus personajes a un punto personal y totalmente embrujador. Su vecina desde luego es REAL y terrenal. Fabulosa creando a la bruja mala del oeste y sus putos buhos, feos de cojones. Pero es que luego te hace a la pija que va de abajo a arriba, sale del suelo de tu desprecio y tu prejuicio y poco a poco se hace la dueña de la escena y entabla un duelo con Marga de tú a tú apoteósico. Susi Sánchez es la puta ama de la escena. Es capaz de dar vida con sólo una frase a la tetona. Pero su vecina, la supuesta bruja que acaba siendo un hada madrina o al revés, es histórica. No se puede estar más divertida y suelta. Remedando siempre la última palabra de su amiga, mascullando por lo bajini con esos detalles que hacen REAL un personaje. Una absoluta maestra de todos los registros que toca. Porque cuando de repente hace un quiebro de voz, la risa se convierte en estremecimiento y la comedia en dramón desgarrado. Eso así, como si nada, de un plumazo. Y esa capacidad solo la tienen las más grandes. 
Diego Paris por su lado da toda la humanidad posible a su perraco. Otro que quizá no sea tan fiero como lo pintan.



En definitiva, un espectáculo trampa con bastantes más capas de lectura moral de las que te esperas y con una profundidad incómoda. Todo lo que no quieres encontrarte en una función de la Gran Vía, pero que precisamente la convierten en una función de obligada visión. Veneno con envoltorio de caramelo, justo lo que más me pone.        

martes, 10 de marzo de 2015

Needles and Opium. Canal.

Supongo que se ha vendido todo. Robert Lepage llena y llena. Se crea una expectación a su alrededor que es cosa mala. Cuatro días y me imagino que cuatro llenos. Para ver un espectáculo de hace 20 años. Sí, señora, así somos. Claro que tampoco sé cómo era el espectáculo de hace 20 años, si ya estaba el cubo y tal, o si eso es de ahora. Aunque si le quitas el cubo...



Como ya no vais a poder verlo, me paso los spoilers por el Chateau Frontenac. El espectáculo es el cubo. La puesta en escena. Quiero decir, ni siquiera tanto la puesta en escena sino el aparataje. El cubo que gira, los espacios que crea, las luces que ayudan a crear esos espacios... Visualmente el espectáculo es una pura maravilla. Grandioso, vistoso, mágico, ingenioso, epatante, reiterativo, cadencioso y muy, muy atractivo. Los pobres actores se mueven como pueden (realmente bien y con una agilidad acojonante) y serpentean entre cables, esquinas, rincones, paredes, suelos y techos como si tal cosa. Repito, visualmente es un prodigio. Intachable e impactante. Pero bastante hueca de contenido. Hay frases chulas y de esas como pa la carpeta, tipo "hay tres cosas que no cura a la acupuntura: la angustia, la baja autoestima y un corazón roto". Bueno, un poco como de poeta sobrao, la verdad. Y reconozco que la escena de la grabación de la locución en el estudio es tan real como la vida misma. Yo, en una ocasión, tuve en la sala al director de la peli, a su señora, que por supuesto tenía un papel gordo en la peli y a su hijo. La criatura tendría unos doce años. Y cada cosa que grabábamos, se organizaba un forum en el que opinaban todos y evidentemente, el visto bueno acababa dándolo... el niño. Tal cual. O alguna que otra vez que vas a grabar una locución para un spot  de café soluble y te tiras 45 minutos repitiendo un "sí", porque... no lo dices con "voz de agua". Tal real como la vida misma. Pero vamos, que aparte de la broma interna, la escena no aporta gran cosa a la historia del teatro. Como la bochornosa escena de la pareja ñikiñiki en la habitación de al lado. Era un poco como de "matrimoniadas". Además, no me jodas, un señor al que llevan a París para locutar un documental tiene pasta para irse a un hotel mejor. Coño, que se vaya a otro hotel más caro y tranquilo, aunque no esté en la habitación 9. Claro que entonces, adiós escena y adiós función. 
Pero vamos, que todas las escenas se mueven un poco en ese nivel de profundidad y de densidad intelectual. Y chico, supongo que incluso estos alardes técnicos e imaginativos de la puesta en escena estarán hasta superados, veinte años después. En cualquier caso, insisto en que en ese aspecto a mí me gustó mucho, pero... si ese alarde no va acompañado de algo más de chicha...pues olvídate. No es que haya que hablar de metafísica a todas horas, pero... si encima tocas aunque sea tangencialmente el tema de los existencialistas y no lo aprovechas más que para hacer dos comentarios sobre Juliette Gréco... roza casi el delito. Ah, los actores están muy bien. Sobre todo, claro, Marc Labrèche.          

La ola. Valle Inclán.





Este espectáculo calcadito ya estuvo en el Lliure el año 2013, creo. Allí gustó mucho. Al parecer tuvo muchísimo éxito entre el público más bien tirando a juvenil. Quizá por eso yo, que soy más bien... digamos.. maduro..., quizá por eso no me tocó. Porque ya estoy mayor, o porque el discurso se me queda anticuado, o ya visto, o flojuno. El caso es que la propuesta escénica es un poco artificiosa, la verdad. No sé por qué razón se ha adelantado el escenario, quizá para meter más al público en la acción. O quizá para que quepan las pancartas del final, no lo sé. Casi todo me resulta artificioso. Empezando por una puesta en escena distante, fría, como de esas latitudes de las que suelen llegarnos espectáculos efectivos,  correctos, limpios, hipoalergénicos y desinfectados. Todo es correcto. Pero sólo correcto. Incluso el texto es como las cartillas Rubio; un punto de partida. La profundidad queda reducida a mera ilusión. Lo que se dice y cómo se dice (hablo sólo de nivel textual) es bastante básico, simplista e inocuo. NO hay un sólo momento en el que se vea a algún personaje a solas. En su intimidad, donde veamos una mínima duda. Y si no hay dudas, pues que no las haya, pero que se vea algo más. Yo eché en falta en todo momento conocer sus intimidades, sus puntos débiles, sus grietas. Todo es demasiado aséptico, demasiado Tommy Hilfiger. Y el discurso final en el que se hace esa reflexión sobre las dictaduras y el ser humano, es un poco del Reader's digest. Los actores están bien. Bueno, hay alguno que personalmente me resulta... cargante, pero son manías personales. Todo lo que se ve está bien y todos ellos están muy bien. En serio. El problema es que todo lo que va lastrando la función es como blando, como desinfectado. 
Si lo que el teatro deja o debería dejar en nosotros es el recuerdo de unas impresiones, esta "Ola" en mí no caló, no dejó más huella que la de las ganas que llevaba de disfrutar y lo frío que me quedé tras ver este espectáculo lejano, aséptico y muy bien interpretado.

domingo, 8 de marzo de 2015

La pechuga de la sardina. Valle Inclán (Francisco Nieva)

Las dictaduras son muy malas. Hasta para el recuerdo. Y Franco no sólo se cargó un país, su progreso, su desarrollo y su libertad sino que arrasó a todo aquel que vivió desde España aquellos cuarenta años. ¡Cuarenta!
En ese trabajo digno de Atila, se llevó por delante a muchos creadores que vieron cómo su nombre acababa unido en una paradoja cruel al nombre del dictador. Entre esas víctimas está Lauro Olmo. 
En "La pechuga de la sardina"  hay escondido un texto ácido, muy ácido que refleja una sociedad herida, envidiosa, podrida, prostituida y putrefacta en la que las raíces que intentan florecer viven asfixiadas y atrapadas por convencionalismos y morales sadomaso. Espera... ¿estaba hablando de la España de los años 50 y 60? Es que por un momento... me ha dado la sensación de que hablaba del país al que nos quieren llevar los hijos de aquellos. Ay, no sé, mira, casi que empiezo otra vez. 



El texto de Lauro Olmo nos presenta un microcosmos de lo que podía ser la España de los 60. En la pensión regentada por Juana, víctima de un marido alcohólico y herida de desengaño, viven Cándida, la chica para todo, víctima de una juventud simplona y buscavidas, Soledad, una gran dama víctima de su propio destino, Paloma, víctima de ser mujer en un mundo de hombres, Concha víctima de la falta de oxigeno y Doña Elena, víctima de sí misma y de su envidia tumorosa. Ella es la España envidiosa del extranjero, del resto del mundo, el país enclaustrado que mira a hurtadillas lo que pasa en Europa y babea de rabia negra. Y todas juntas, son como las primas de Bernarda Alba. Soledad está sola, Conchita, Concepción está embarazada, Paloma querría volar pero tiene cortadas las alas, Cándida es la pureza. Y Juana es la raíz, son los pies en la tierra. Es el descaro de quien está de vuelta de todo pero sufre y llora en la soledad de su cama turca sin turco. Hasta en el nombre llevan escrito su fatal destino. 
La fantástica escenografía de Paloma Canseco en la que sin embargo echo de menos algo tan necesario como una radio, junta en un puzle casi como de casa de muñecas a esta panda de mujeres (los hombres pintan poco en esta función) desengañadas y presas en un espacio que, como España, necesitaba el aire fresco de la calle. Aunque lo que habitara la calle fueran aprovechados, putas y beatas (magistrales Marta Calvó y Marisol Membrillo). Texto afortunadísimo sobre le mal que hace la represión, con alguna referencia increíblemente explícita a la España de entonces. Reflejo de la pus y el cáncer que conllevan la envidia, la represión (estremecedora escena en la que doña Elena va a la habitación de Soledad y...) y el aislamiento. Amarguísimo retrato de un país castrado y una sociedad infectada.

Todo el reparto está sembrado. Cristina Palomo lleva la resignación y el empeño en la cara. Es la voz de la inteligencia fría y luchadora. Nuria Herrero domina la escena y no se arruga ante nada ni ante nadie. Se está comiendo la escena y se la seguirá comiendo porque aparte de calidad, tiene carisma y lo mismo se desenvuelve en "La pensión de las pulgas" como en el Valle Inclán. Natalia Sánchez parece que ha nacido con el drama de posguerra en la piel. Adorable, guapísima y con una delicadeza y fuerza interior muy, muy a tener en cuenta. 



Lo de Amparo Pamplona no me lo explico, sinceramente. No sé cómo ni por qué este pedazo de bestia escénica no se prodiga más en los escenarios y en tos laos. Sí, claro que trabaja, pero deberían estar rifándosela todos los directores de escena del país. Aquí compone a una perra herida, mala como Ángela Chaning, con el cuerpo lleno de bilis y mala baba. Es la España enquistada y envidiosa, llena de ira pero deseosa de ser tan libre como sus víctimas. Ese chorro de voz lleno de mala hostia te encoje el corazón. Brutal. Con oficio de maestra. Alejandra Torray es absolutamente divina y está pa comérsela. Si ninguno podemos escapar del gen, ella lo lleva tan dentro que incluso cuando está sencillamente dormida en la cama, derrocha arte y profesión. Tiene una voz que como la de mami, te arrastra a donde quiere, esa voz y esa forma de decir de TEATRO, así con mayúsculas. Puedes oírla y simplemente su voz te da más que muchas actrices que se retuercen en espasmos vacíos. Porte y formas de hacer de gran dama del teatro. Y curiosamente tanto ella como Amparo, María y las demás, tienen esa forma de hacer como de teatro del de antes. No digo añejo ni pasado de moda, no, ni mucho menos, sino teatro del de antes, del de los grandes nombres, teatro de Estudio uno, teatro de Bódalo, de las Gutiérrez Caba, de Berta Riaza, de la D'Ocon... esa forma de hacer que le va que ni pintada a esta pequeña "Colmena". 




Y María Garralón. Hacía mucho que no la veía sobre un escenario (problema mío, porque ella no ha parado de trabajar) y literalmene he flipado. No porque haya descubierto nada que no supiera, porque todos sabemos o deberíamos saber que es una gran actriz, sino porque he descubierto a una actriz PRODIGIOSA. A ver, para ser actriz y para ser grande, hay que saber pisar un escenario y sentirte grande aunque no hagas de marquesona. María pisa el escenario, lo domina, lo llena con su sola presencia, lo habita, lo siente. Lo hace suyo. Y habla y ta caes de espaldas. Si físicamente es la dueña del espacio, con su voz hace un recorrido por todos los matices habidos y por haber. Transmite como si tal cosa todo tipo de matices, de sensaciones, de intenciones, de penas, de socarronería, de puyas... hace lo que le da la gana. Y tiene un encanto y un carisma que consiguen que en cuanto está ella en escena, no puedas apartar los ojos de ella. Voz prodigiosa, matices sabios y brillantes, drama y lágrimas en cada sonrisa y un dominio del escenario acojonantes. Un prodigio ver un nivelazo tan desmesurado de actrices en un escenario. Ellas solitas junto con el gran trabajo de Manuel Canseco dando forma y coherencia a esta gozada de texto y de puesta en escena consiguen que nos demos cuenta de que NO hay teatro anticuado, sino mentes anticuadas y que lo peor que le puede pasar a una sociedad es que la dejan sin oxigeno. Porque acabas como doña Elena. Así que ya sabéis pa las próximas elecciones.  
 

sábado, 7 de marzo de 2015

Silenciados. DT Espacio.

¿Es bueno ir al teatro a ver algo panfletario? Por supuesto que sí. ¿"Silenciados" lo es? Por supuesto que sí. ¿Es una pena que lo sea? Por supuesto que también. 
Porque es una pena que en pleno siglo XXI, haya que seguir haciendo este tipo de espectáculos. Porque es una pena que en pleno siglo XXI sigan tirando a gente al vacío por vivir su vida. Porque es una pena que en pleno siglo XXI se siga considerando la diferencia como motivo para matar, torturar, herir, martirizar, degradar, mutilar o sencillamente MARCAR al otro sólo porque viva de forma diferente. 
En este caso la discriminación viene por la vida sexual de los implicados. Fíjate tú. La vida sexual, como si uno pudiera elegir qué le excita. Hace poco he leído por ahí: "La sexualidad no la eliges. La descubres" . Pues eso, no me voy a poner ahora a defender que el mar sea azul, que el fuego queme o que llueva hacia abajo. Lo evidente y lo irrefutable no merece mayor defensa. Cada uno vive su vida sexual como le da la gana. Punto. Por eso es horriblemente cruel que un ser humano degrade a otro o torture a otro, o mate a otro sólo por vivir su sexualidad como la siente. 
En ese compromiso político que tiene cualquier obra de teatro, Sudhum decidió hace ocho años poner en escena las historias de cinco seres perseguidos por vivir su sexualidad. Desgraciadamente, ocho años después, siguen representando "Silenciados" y lo peor de todo es que sigue siendo de total actualidad. Y peor aún, lo seguirá siendo si no ponemos remedio. Si no nos damos cuenta de una puta vez de que la vida de cada uno es tan "sagrada" que nuestra única obligación como seres humanos es la de protegerla, cuidarla y respetarla. La de cualquiera. 




El espectáculo, escrito y dirigido por Gustavo del Río Prieto nos cuenta las historias de cinco seres humanos sacrificados por sentir. Cinco seres que surgen de debajo de un plástico como si fueran casi cinco cadáveres escapándose del depósito para contarnos sus historias. Juan Caballero, una debilidad personal, un hiperdotado en hacer creíble y cercano cualquier papel que interprete es el prisionero 1895 de Aushwich. Enrique Gimeno es Octavio Acuña, un activista mejicano asesinado en 2004, Gustavo del Río es Jesús Prieto, asesinado por "motivos religiosos", Jonatan Fernández es Paulina, transexual guatemalteca asesinada por... transexual guatemalteca y Nicolás Gaude es Mateo Rodríguez, víctima de bullying y también muerto. Todos y cada uno de los actores se dejan la piel, los huevos, las babas y media vida en cada representación. Entregan todo lo que son y todo lo que tienen y eso traspasa. Y llega. Y estremece. Y duele. Cinco actorazos a los que sólo se puede admirar contando cinco historias crueles, duras, salvajes e injustas. Tanto que darían hasta risa si no fueran reales. 

La puesta en escena es elegante, dura, imaginativa, dinámica y muy, muy comprometida. La imagen de los cinco elementos es tan poderosa como la de los cinco actores. Quizá si peca de algo sea de que las cinco historias repiten un poco un esquema parecido y el efecto se va diluyendo un pelín. Aunque por otro lado el que todas las historias sean parecidas sólo refleja que esto no ha cambiado y que es igual en cualquier época y lugar del mundo. Tarados y enfermos hay en todas partes. Ahora mismo, en los telediarios están estos que tiran a gente desde las azoteas y que parecen sacados de la Edad Media y que se creen salvadores de una sociedad que se pudre por lo que cada uno hace en la intimidad de su cama. 




Teatro desgraciadamente necesario que debería ser de visión obligada para TODO ser humano. A ver si de una jodía vez nos damos cuenta de que no hay nada más bonito y azul que la libertad. Libertad para que cada uno haga lo que sienta, respete al de al lado y construya un mundo con el color del arco iris, el único arco que tiene todos los colores y los tiene en armonía.          

martes, 3 de marzo de 2015

Elegy. Sala Mirador.

Según la RAE: ELEGÍA: Composición poética del género lírico, en que se lamenta la muerte de una persona o cualquier otro caso o acontecimiento digno de ser llorado.



En este espectáculo hay un error de base enorme. Y es que parece que vas a ver un monólogo. Y no es un monólogo, es una obra habitada por las ausencias con una intensidad tal, que no se puede hablar de monólogo. Hay al menos dos personajes presentes en el escenario. El que narra la historia, cruel historia, y que sinceramente, no recuerdo si tiene nombre, y J. Porque J. está tan presente en sus ausencias como el prota en su presencia. 
Voy a llamar Andrés al prota, por ejemplo. Andrés vive, está en escena y nos narra su terrorífica historia. Una historia sacada de los relatos reales de refugiados iraquíes en Siria. Un texto que ha recorrido muchos rincones del planeta y un montaje, este que ya tiene una gran trayectoria y que seguirá teniéndola porque lo que plantea es tan real como el terror nuestro de cada día. La represión del diferente. Concretamente de los homosexuales en Irak. Aunque desgraciadamente esta tara podría extrapolarse a muchas partes del planeta, tanto de África como de la mismísima Rusia, pasando por... muchos rincones del mundo. 
El niño al que le atan la mano para intentar "curar" el hecho de que es zurdo, de que usa la mano siniestra, la chunga, la mala. Pero "la diferencia" es incurable, va con la persona, es tan sana y natural como la mismísima naturaleza. Y al igual que no se le pueden poner fronteras al agua, ni acotar el aire fresco, ni encerrar una madrugada, no se puede capar el amor. Por mucho que los crueles, los enfermos, los diablos se empeñen en que "el otro" es menos. 
Este texto, del que son artífices tanto su autor, Douglas Rintoul como Andrés Requejo como responsable de su brillante traducción y traslación a un lenguaje cercano, sencillo, brillante y tremendamente poético, que logra hacernos real y carnal esta experiencia físicamente lejana pero tan cercana como una patada en el estómago. Una historia que viaja hacia atrás, hacia adelante, va y viene, porque la crueldad y lo descarnado de esta historia está en sus detalles, en su desarrollo y en su propia esencia. Por eso no importa en qué punto estés, siempre sabes lo que ha pasado y se ha sentido antes y lo que va a pasar y se va a sentir después. Es lo que tiene el horror, que nos resulta familiar, o al menos, lo reconocemos. 



Este espectáculo es un cúmulo de elementos brillantes. Ya he mencionado el texto, pero tengo que destacar todos los demás ingredientes de este guiso de pus y dolor. Las luces de Marta Cofrade nos transportan por densidades sangrientas y dolientes. La ambientación musical de David Bueno es casi milagrosa. Es la banda sonora de la castración y duele sólo de oírla. Y ya la canción final, "Dirge" es estremecedora y escalofriante. Fredeswinda Gijón como asesora de movimiento y Carlos Alonso Callero como director de escena consiguen que Andrés Requejo, el portento que pone su cuerpo y su alma para dar vida al prota, se deslice por la escena desde el segundo uno. Es como la música de Wagner, que la primera nota hace que se deslice de forma lógica la segunda nota y  así hasta el infinito, y el resultado es como un manantial que fluye sin parar, uniendo una nota a la lógica siguiente. Así se mueve Andrés Requejo, como un manantial de sentimientos, de matices, y va enlazando de forma fluida un movimiento con el siguiente y una emoción con la lógica siguiente. Magistral. ¿Ha quedado suficientemente claro que Andrés Requejo me enloqueció? Pues sí, porque consigue transitar y que transites por lugares dolorosos, duros, tiernos, estremecedores, terroríficos, amables, besables y queribles como si tal cosa. Con una complicidad y un compromiso bestiales. Un auténtico torrente de emociones sostenibles sólo desde el amor y el respeto. Un genio.  



Nunca un espacio habitado únicamente por una silla había estado tan lleno y había sido tantos sitios a la vez, y nunca un espacio en el que se mueve un actor ha estado tan lleno de la presencia de la ausencia. Ese milagro que es que el otro viva en uno. Por eso no van a ganar. Porque por mucho pegamento que nos metan, si tenemos que reventar, será con pétalos y con notas musicales, y con atardeceres, y con nubes, y con caricias.      
            

El público. Teatro Real.





Reconozco que yo con "El público" no soy imparcial. Cualquiera que me haya leído alguna vez sabrá que en mi vida, hay un antes y un después. Lo que marcó mi vida y la sigue marcando es "El público" de 1986. Es evidente que tanto el trabajo de Mauricio Sotelo en la partitura, como el de Robert Castro en la dirección de escena,  Wojciech Dziedzic con sus figurines y  Alexander Polzin en la escenografía tenían que pelear contra el milagro que se produjo en el María Guerrero en el año 1986. Sí, ya sé que es injusto, que cada montaje es un lenguaje diferente, que no hay por qué mezclar, que cada cosa es cada cosa... Bobadas. Hay visiones y visiones y seguramente todas valgan, pero en este caso, la pregunta que asalta mi mente desde que suena la primera nota es: ¿por qué se ha hecho esto si "El público" ya está hecho? Y no sólo se hizo, sino que se exprimió, se desentraño, se le dio forma, se le dio sentido, se creo como se crea una obra de arte. Y si ya están pintadas las ninfeas de Monet, ¿por qué intentar pintarlas otra vez?




Pero voy por partes porque la fiebre y la pasión me aturullan. 
Reconozco que la partitura de Mauricio Sotelo tiene momentos preciosos, muy bellos, y que consigue juntar flamenco y música contemporánea con buenos resultados. Pero el propio experimento lleva dentro el veneno letal. El texto de Federico tiene música en sí mismo. Es más, te diría que cada escena es una pieza musical con un ritmo, una sonoridad, una cadencia y hasta un silabeo propio. No necesita más música que la música del texto, de su textura. Intentar cantar y poner otra música distinta a la que ya tiene a una escena como la de la figura de pámpanos y la de cascabeles es inútil. Ya tiene música. Y convertir "yo me convertiría en cuchillo" en una frase musical de treinta y cinco sílabas y que dura cuarenta y nueve segundos... es romper la música de esa frase, el ritmo de esa frase y por tanto cargarte el ritmo de la escena. Es que incluso lo dice el propio texto: "quitar es muy fácil. Lo difícil es poner. Es mucho más difícil sustituir". Pues eso. Ya lo dijo Federico. La magnitud de su texto, aún estando inconcluso es que tiene música propia, tiene ritmo y cadencia. El monólogo de Julieta es para que se haga y se diga como lo hizo Maruchi, no para cantarlo (maravillosamente bien, eso es verdad) como lo hizo Isabella Gaudí. Porque entonces le das otra música, otra raíz, otra sonoridad. Como dice mi gran amigo Daniel, "El público" tiene música, y es la de Lorca, un sonido profundo, de una gran reflexión. Un sonido popular lleno de poesía". Y por eso pasa lo que pasa, que hasta el propio Sotelo se enfrenta a momentos como "Señor. ¿Qué? Ahí está el público. Que pase" y no puede ni ponerle música, lo deja tal cual, dicho. Coño, pues claro. 
Las únicas partes que soportan mejor el peso de esta nueva música son las partes de flamenco. Pero porque en flamenco, el alargar una sílaba durante varios compases es lógico. Por eso funciona, por eso no chirría, por eso esa música nueva puede valer. 
Y por eso no acepto este "Público". Porque de raíz ya me parece errado y erróneo. Y no hay quien sea capaz de crear una música distinta para las palabras de Federico. Eso ya lo hizo él. 





Escénicamente la cosa es también peliaguda. Hay momentos logrados, con una imaginería que funciona, como por ejemplo el cuadro cuarto, con el espejo que refleja el patio de butacas, aunque por otro lado la escena propiamente dicha con los estudiantes está mal resuelta. Y la imagen de los caballos también funciona, aunque recuerden demasiado a los del 86. Sin embargo, me da la sensación de que toda la obra está... digamos... resuelta, no creada. Eso sí, con momentos directamente horribles, como la que puede ser una de las escenas de amor más bellas de la historia del teatro, la de las figuras de pámpanos y de cascabeles, que, sinceramente, resultan caricaturescas, y casi parece que estés viendo la gala de Miss Drag Queen del carnaval. Los pobres cantantes van horribles, parecen Topacio y Agatha en pleno número en el Sacha's. O dos extras sacados de "Priscilla, reina del desierto". Y eso sí que no. 




Y a ver, está claro que uno no sabe muy bien qué hacer con el "solo del pastor bobo". Pero lo de ponerlo al principio de la representación es un poco como para quitárselo de encima. "Hala, como no sé dónde ni cómo meterlo, lo hago al principio y me lo quito de encima, una preocupación menos". Y no, claro. Además con eso se cargan la parte circular que tiene el texto. Federico lo termina como lo empieza. Punto. Está todo dicho. 
Los paneles esos que parecen sobrantes del "Ainadamar" no tiene explicación tampoco. Tiene pintadas figuras humanas, esqueletos, pajaritos y hasta ¡ratones! ¿Por qué ratones? Lo dicho, parece una puesta en escena "para salir del paso", con referencias feas y me da la sensación de que está llevada sin sentir como suya la obra de Federico. Por ejemplo, no se puede pasar tan por encima de la figura de G. Está tratado como si fuera un extra más. Y es G. (perdón pero no pienso pronunciar el nombre de G. en vano). Es una paradoja tan poética y tan dolorosa que... no lo voy a usar. Los tres la entendemos. Ya sabéis quienes sois. 
Lo dicho, no se puede tratar a G. con tan poca delicadeza, ni pasar por Julieta tan por la superficie, ni sacar un Emperador de imitación sin más chicha. 





Eso sí, rompo una lanza por todos y cada uno de los cantantes. Todos hacen un trabajo soberbio, sobre todo José Antonio López como Enrique y la Gaudí como Julieta, asombrosa. El resto del elenco está maravilloso. Ellos lo dan todo y están brillantes haciendo lo que les han pedido. Su trabajo es intachable. Pero como he dicho, el mal viene por otro lado, viene de raíz. Viene de querer crear lo que ya está creado. De no haber sabido escuchar lo que está entre las páginas del texto de Federico. Y me duele tantísimo ver las ausencias gigantescas que hay, la profanación de mi recuerdo... Un texto, posiblemente el más grandioso texto teatral de la historia, que lo tiene todo dentro, el amor, la música, el ritmo, la textura, el olor, los colores, las ausencias, el sexo, las pausas, el dolor, las promesas y la paciencia y el amor cósmico de esperar toda una vida para oír un simple "te quiero". 

                

domingo, 1 de marzo de 2015

Las amistades peligrosas. Matadero.

Darío Facal se atrevió hace un par de años a poner en pie una nueva visión de "Las amistades peligrosas". Empezó, que yo sepa, en el Fringe. Y ahí siguen. Lógico. 
No me conozco el texto original de Christopher Hampton ni el de Choderlos de Laclos al dedillo como para poder juzgar la adaptación de Javier L. Patiño y Darío Facal. Lo que sí sé es que el texto que nos encontramos en Matadero es una gozada, sin una sola fisura y con una riqueza tanto sonora como rítmica realmente asombrosa. 




Darío Facal se encarga de la dirección de esa bomba de relojería y plantea un espectáculo desnudo, fingido, tan fingido como las "relaciones" que vamos a ver. Los actores se acicalan y comienza la farsa, comienza el engaño. Unos pocos elementos en la escena, sillas, micrófonos, instrumentos musicales... todo disonante y con una energía salvaje simplemente "estando". Y desde ele momento en el que se enciende la mecha, no hay vuelta atrás. Ni un sólo respiro, ni una pausa, ni un sólo momento para que el espectador se relaje y respire. Al contrario, vas a enfrentarte a una montaña de dinamita. Lo único que quizá me chirríe sea que Volanges tararee "Los pescadores de perlas". Con todo y con eso, el subidón de adrenalina que se despliega y se transmite en la sala dos del Matadero es asfixiante.   




Carmen Conesa recrea a la perraca marquesa de Merteuil y crea, sin duda, el mejor trabajo de su vida. Tiene toda la maldad, el rencor, la ironía, la maquinación, la bilis y la pus enquistada necesarias para que ni remotamente te acuerdes de Glenn Close. A ver, es que las cosas como son, todo dios ha visto la peli y todos tenemos en un rincón de nuestro corazón las imágenes poderosas de la versión de Stephen Frears. Luchar contra eso o al menos intentar olvidarlo es un peso tremendo contra el que tiene que luchar a priori esta visión. Afortunadamente para todos estamos ante una visión tan poderosa, personal y coherente que consigue que en ningún momento recordemos la peli. Y la Conesa crea y recrea una víbora en sí misma. Manipuladora, pérfida y más mala que cualquier mala. Pasa por mil estados complejos hasta llegar a esa imagen final salvaje, cruda y estremecedora sin hacer nada más que mirarnos mientras se le cae, sin poder reprimirla, una lágrima. Acojonante. 




Nosotros elegimos ir un día en el que actuaba Cristóbal Suárez. Y dimos en la diana. No me imagino un Valmont más seductor, cruel, manipulador, maltratador, sibilino ni sexual que Cristóbal Suárez. Yo no sé el resto del público, pero servidor, incluso sabiendo lo cabrón que era, sólo pensaba en que rompiera la cuarta pared y me secuestrara a mí. Es como un semental desbocado que arrasa a cualquier mujer que se le ponga a tiro. No hay ni un sólo movimiento, palabra, gesto o pausa que no sea absolutamente perfecta. Lucía Díez es la desasosegante Cecile. Brillante actriz, envuelta en el halo de niña que hace que te revuelvas en la butaca en la escena... en esa escena. Estremecedora. Iria del Río sin embargo se me quedó un poco fuera de lo que esperaba de ella. Para mi gusto, le faltó un poco de la delicadeza y casi misticismo que debería tener en la primera parte. Luego se enturbia bien, pero falta base en el comienzo. 




En definitiva, montajazo salvaje, brutal, personal y enérgico. Una pasada tanto de concepción como de desarrollo. Visión caníbal de un textazo y desplegado con brutalidad y una calidad soberbia por parte de todos. Uno de esos montajes que se quedan en la memoria y que pueden durara años y años en cartel. De quitarse el sombrero.