domingo, 3 de noviembre de 2019

Las Bárbaras.

Lo peor para un espectador son los prejuicios. Esos juicios que llevas pegados por culpa de mil motivos y que te hacen sentarte en la butaca ya mediatizado. O los juicios que estableces cuando te crees más listo que los listos. 
Yo fui al Valle Inclán muerto de amor. Lucía Carballal me gusta mucho y mi debilidad y amor extremo por Ana Wagener son más que sabidos. Y confieso que hasta ese día, Mona Martínez no era especialmente santo de mi devoción.
Hasta ahí mis "prejuicios", mis juicios previos. 



Los primeros diez minutos de función, entre una escenografía que no me seducía, el aspecto como de revista de Amparo Fernández, y la aparente ligereza de lo que veía, me hicieron pensar que estaba viendo una comedia del Maravillas. Pues no, chavalín, no. Otro zasca en toda la boca. 
Soy especialista en estas meteduras de pata. Me creo más listo que los listos y en vez de intentar ir virgen y confiar en las intenciones de los demás, me monto mi película. Pues por listo, me tocó meterme la lengua por el culo, porque lo que parecía una comedia ligera de tres (o cuatro) mujeres maduras se convirtió en uno de los mejores textos que se han llevado a escena este año. 
Voy por partes, que me amontono. 
Primera metedura:
El texto de Lucía Carballal es fabuloso. Presenta a tres mujeres mayores, amigas de toda la vida, que se reunen en el Hotel "Juventud" para cumplir la última voluntad de una joven, amiga, sobrina y colaboradora de las tres. 
Las tres mujeres fueron revolucionarias en su momento. Pero tanto la vida como esa cuarta mujer, Bárbara les harán cuestionarse si lo que las demás creen de ellas es lo que ellas realmente son.



Carmen es arquitecta. Decidió volcarse en su trabajo y levantó un estudio importantísimo, pero renunció a formar una familia, a tener una vida y casi a ella misma. Ahora que su estudio ha fracasado y acaba de cerrarlo, se plantea si esa vida mereció la pena y si lo que se dejó en la cuneta se puede recuperar. 
Susi es una burguesa que nunca se ha preocupado por casi nada. Sus decisiones fueron valientes en su momento, pero la vida pasa y quizá ahora sienta que le falte un amor verdadero y algo que hacer en la vida. Ha vivido tan despegada de la vida y de lo que se esperaba de ella, que la vida se le ha escapado y se plantea si mereció la pena ser tan chula.
Encarna ha vivido al día. Parece que su falta de complicaciones le ha servido para ser la más feliz, pero no. No sabe comunicarse ni comprometerse. Lo fácil mola, lo sencillo mola, pero a veces es una trampa.
Las tres han sido heroínas, pertenecen a una generación que hizo una revolución VITAL para el futuro de las mujeres. Y de los hombres también. De la sociedad en general. Ellas, su generación, fueron pioneras en muchas cosas, y el resto de los humanos nunca se lo agardeceremos lo suficiente. Porque ellas se la jugaron. Y lo hicieron porque era necesario para que la sociedad avanzara. Y con todo su coño se arriesgaron. Pero por un lado, los años pasan y esas revolucionarias han dejado cosas por el camino. Toda revolución conlleva sacrificios. Y riesgos. Y la que no dejó de lado su vida, dejó de lado el amor, o la dignidad, o una carrera, o la autosuficiencia, o incluso la maternidad. Ahora, cuando están en torno a los sesenta, esa última voluntad de Bárbara les hará ver que el tiempo les ha pasado por encima y aunque sean aparentemente felices, tienen más carencias que las que las otras les suponen. Porque una cosa es lo que uno alcance en la vida y otra cosa, casi siempre, lo que los demás dan por sentado de nuestras vidas. Estas amigas necesitan pensar que las demás son algo que en realidad no son. Las tres tendrán que asumir que pese a ser heroínas en algo, son perdedoras en otras cosas y además que las otras no son lo que ellas piensan que son. Esa situación brutal y amarga es la que hace del textazo de Lucía Carballal una joya, porque esconde bajo la primera capa de comedia ligera una bomba atómica que destroza. 
Porque sí, las mujeres siempre lo han tenido más difícil que los hombres y cualquier postura elegida por una mujer ha supuesto mayor riesgo y valentía. Ni te cuento las de una época determinada. Pero el sacrificio, el haber tenido que elegir, el sentir que quizá hayas metido la pata en muchas cosas en tu vida y el comprobar que los demás ven en ti algo que no hay, nos toca a todos. 
A estas mujeres, Bárbara parece pedirles más. Y ellas tendrán primero que aceptar que lo que han hecho cada una ha sido una heroicidad y luego, que ni han podido hacer más ni han podido o sabido hacerlo mejor. Esa generación hizo una revolución y rompió con el yugo ancestral de sus madres, pero la revolución es un estado continuo y hoy, ellas poco más pueden hacer salvo asumir su dignidad y el valor de lo que hicieron. Que bastante es. Las siguientes continuaron esa revolución y las de ahora la siguen. Cada una es responsable de su época.      
Insisto; el texto de Lucía Carballal es una puta apisonadora. Envuelta en el celofán de las coñas, del texto fluido y divertido, gira repentinamente cuando topa con la realidad y congela las sonrisas convirtiéndolas en muecas dolorosas. 



Segunda metedura:
Esa escenografía que me descolocaba es totalmente acertada. Ese estilo aparentemente pasado de moda en realidad es casi vintage. Es un logro estético que ha sobrevivido a los años. Como los logros de estas mujeres. Por eso el espacio de José Novoa no es casual, no es "útil" sino casi figurativo. Bravísimo. No sólo facilita el trabajo de las actrices sino que es casi una metáfora de ellas mismas. 

Tercera metedura:
 El aspecto de Amparo Fernández. No necesita explicación. Otro zasca para espectadores listillos como yo. 
Todo lo que puede parecer una cosa, en realidad es otra. 

Cuarta metedura: 
Mona Martínez está brillante. Es lo mejor que le he visto nunca o al menos el personaje que más y mejor me ha llegado. Su presencia, su forma de mirar, de escuchar, de esperar, su dominio del escenario y de la progresión son brillantes. 
Amparo Fernández está divina. Poco se puede decir, domina todo y lo domina con solvencia y poderío. 



Y Ana Wagener es que es dios. Lo he dicho mil veces y lo repito. Cada tono de voz, cada gesto, cada intención, cada mirada, cada coz, cada quiebro, nacen en el momento y en el sitio exactos y salen por necesidad. Habla, ríe, llora, se mueve y escupe por necesidad, porque es lo que tiene que hacer para seguir viva. Y no le da tres dimensiones a su Susi, sino que le da seis. Es tu madre, tu amiga, la mujer que admiras, la que logró lo inimaginable, tu amiga luchadora que perdió más que ganó aunque logró mucho. Es mil personas que tenemos alrededor. Yo tengo 50 y veo en ella a muchas mujeres de mi vida. Todas necesarias y todas vivas. Eso sólo puede hacerlo la Wagener, digo... dios.

Hay una cosa que no me llegó del montaje; que no me gustó o no me convenció. Pero obviamente no lo voy a mencionar. Sobre todo porque no quiero. Porque prefiero destacar y que quede como resumen de mis sensaciones, que "Las Bárbaras" es un puñetazo. Es una bomba que te aplasta y te deja destrozado. Porque ahí estamos todas, en ese escenario. Todas somos esas amigas que miran y esas amigas que son miradas. 
Y además, como me pasó a mí, para los listillos que vamos de casa ya con ideas preconcebidas o que nos ponemos a mirar como si fuéramos más listos de lo que somos, nos viene bien que la inteligencia de Lucía Carballal y la sabiduría de esas tres actrices nos coloquen en nuestro sitio. 
Lo que a ojos de petardos como yo puede parecer una comedia ligera, pronto se destapará como una de las más amargas y desoladoras radiografías de una generación que hizo más y mejor de lo que piensa. Y chica, yo que me crié en una ciudad de curas y militares también hice lo mío y rompí mis moldes, qué coño. Por eso mi quiebro es doble.      
      
Así que, servidora, como todas, reivindico como Carmen, Susi y Encarna, mi derecho a tener contradicciones. 
Amo a estas tres actrices y amo a Lucía Carballal. Y amo que me hicierais quedar como un pedorro y que me diese cuenta, una vez más, de que lo mejor al ir al teatro es ir virgen, ir limpio. Que ninguna somos tan listas como nos creemos. Y menos aún yo. 







    

miércoles, 9 de octubre de 2019

Mercaderes de Babel. Teatro de la Abadía.

Para darse cuenta de que el ser humano es gilipollas no hay ni que mirar hacia afuera. Basta con mirar adentro. Porque quizá esté en nuestra propia naturaleza el ponernos impedimentos para lo que seguramente nos de miedo. 
Inventamos palabras y les damos significados distintos no sea que. Por eso inventamos las palabra AMOR y AFECTO. Para poder usarlas por separado no sea que se confundan y no veas tú el lío. Y con las mismas decidimos que AMAR se va a usar para tu pareja, como mucho para tu madre (qué mejor tatoo vintage que un "amor de madre") y si nos ponemos elevadas, para el amor al prójimo o a la naturaleza. Pero por ejemplo, con un amigo es impensable. Por un amigo sentirás afecto, le querrás mucho mucho, como la trucha al trucho, pero no sentirás AMOR. Afecto sí. O cariño. Le querrás con locura, pero decir que sientes por un amigo AMOR, no. No sea que se piensen (no sé quién, pero bueno, yo es que ya estoy muy mayor y me importa todo bien poco) que ahí hay lío. Ya lo decía San Pablo Messiez, "no da igual hacerlo que no hacerlo, decirlo que callarlo". Si lo decimos, queda dicho, y eso es bueno. Y sano. Y bello. Pero no, nos empeñamos en no decírnoslo. Y así nos va. Y por ese miedo a entendernos encarcelamos ideas y derrocamos iconos. Por el puto miedo a sentirnos endebles, frágiles o vulnerables.




"El mercader de Venecia" habla de muchas cosas, como casi todo Shakespeare, de lo evidente; de antisemitismo, de odio, de justicia, de venganza, de rencor, de una hija que ha recibido una herencia de amor envenenada, de una hija oprimida, de un judío ultrajado y humillado, de un cristiano guapo y rico que se lo pasa todo por el forro, de dos hombres que se aman, de cómo buscan poder estar juntos, de los vericuetos de la justicia y de los recovecos del amor. Y de cómo los seres humanos, en nuestra necesidad de organizar esos afectos, esos amores, establecemos normas como nos sale de los huevos para sentirnos a salvo y de paso, para distanciarnos de esos afectos, de esos amores. Por eso creamos la justicia, porque somos incapaces de entendernos. Y nos montamos el paripé de las normas, para no tener que comprendernos. Si lo dice la ley ya no hay margen para el entendimiento. Y complicaciones, las justas. Leyes que cambian según el momento, el listo que las escribe o el más listo que las aprueba o el rematadamente listo que las aplica. 
En el "mercader de Venecia" Antonio ama a Bassanio, pero como el hombre anda pelao, busca la pasta de una joven heredera a la que su padre, al morir, aparte de pasta le ha dejado un marronazo. No podrá casarse (prefiero decir "amar") a quien quiera sino a quien acierte un acertijo. La excusa es que el que lo acierte lo hará guiado por el power of love. Toma marronazo. Jessica vive aprisionada por un padre estricto y por unas normas heredadas y necesita aire y horizontes. Pero su padre, Shylock, vive revenío por el recuerdo de una esposa muerta y una sociedad que le escupe a la cara. Antonio le busca y él acepta dejarse querer si eso sirve para acercar posiciones, para dejarse amar, para acercar afectos. hasta se los dice: "te ofrezco mi amistad, si la quieres bien y si no, adiós. Y por este afecto, NO ME HAGAS DAÑO". Esta frase, que puede parecer caprichosa o simplemente una más en medio del texto para mí es la clave, es el epicentro de la que montan entre José Padilla y Carlos Aladro. 
Habría sido fácil, te dejo la pasta pero enterramos el hacha de guerra. Guay, le doy la pasta a Bassanio, este pilla con Porcia y se montan un matrimonio de conveniencia. Antonio y Bassanio retozan libremente y Shylock, Antonio, judíos y cristianos ganan un montonazo de amigos nuevos y mucha paz de espíritu. Pero como somos como somos, no hay manera. Cara blanca cree que es más listo que Augusto y ya tenemos el lío. Y el juicio, y todo eso tan chulo, y el acto IV y tal.

Esto en cuanto a "El mercader de Venecia". 



Por otro lado Carlos Aladro y Javi Lara se plantean currar con Greg Hicks al que conocen y admiran. Y claro, con un actor de la Royal, ¿qué vas a hacer? Pues un Shakespeare, lógico. Pero como ambos dos están en un momento de crisis (bien entendida, crisis como cambio, como replantearse) no quieren hacer un Shakespeare al uso. La tradición y el academicismo no son palabras de sus vocabularios. Por eso llaman a un maestro que siempre mira con rayos X, José Padilla. Entre los tres van a montar junto a Hicks un Shakespeare propio. Hicks nunca a hecho de Shylock, así que ya está. Padilla se sumerge en las palabras de su viejo amigo William, dialogan y llegan a un acuerdo. Claro que para poder hacer eso necesitan organizar sus afectos. Y como amar es ceder (ya, la frase es asquerosa, pero a ver si hay alguien emparejado que me diga que no es cierta), Padilla crea hasta donde quiere y cede donde Shakespeare merece su lugar. Y del pacto amoroso entre los dos, William y José nace la base de "Mercaderes de Babel". El pacto, el texto, es brillante, luminoso, vibrante y dramáticamente portentoso. Cada palabra es la justa y necesaria y el empaste entre los dos autores es virguero. Bravísimo, Padilla una vez más. 



Aladro entonces formó un equipo de juego, de entrenamiento, una cama redonda de talentos y ganas de buscar. Y como es listo como un ratón colorao, tiró de lo mejor de cada casa. Reclutó a Hicks (con quien yo tengo un lazo secreto que nadie sabe, jeje), a Javier Lara (quién no querría a Javer Lara en su vida), a Alba Enríquez (oficio, hambre de escenario y carisma) a Ramón Pujol (personalidad, riesgo, solidez, calor y una forma de mirar al compañero generosa y única) a Natalia Huarte (dulzura, empatía, dolor y una luz que lo flipas) y Juan Blanco (valentía, desvergüenza y seriedad) y les puso a jugar con el material. Un británico, varios españoles, cada uno de un rincón, varios idiomas, varias culturas, varias edades, varias experiencias, varias escuelas y varias formas de trabajar. Y entre todos crearon una Venecia 2.0. Babel. Y entre todos se tuvieron que organizar, crear su propias leyes, ordenar sus afectos. Y ahí nació "Mercaderes de Babel". 
Que conste que todo esto que digo lo digo yo por mi chocho moreno, porque no sé nada, es todo puritita ficción, pura teatro, "falsedad bien ensayada". 
Y aunque esto me cueste un cate, creo también que "Mercaderes de Babel" sigue creciendo. Porque han creado una organización, unas normas que se alimentan de eso, del no estancamiento y del avanzar y descubrir cada día. Si el teatro siempre se mueve, y los espectáculos son seres vivos que nacen, crecen y se mueven, en este caso más todavía, porque el proceso kamikaze creativo que empezaron lo han "interrumpido" con el estreno de ahora, pero ese ser vivo creativo sigue en movimiento y no sólo no se puede parar, sino que no se debe parar. Yo.. vería "Mercaderes de Babel" cada quince días, porque fijo que va cambiando hasta llegar... vaya usted a saber. Y no digo que esté verde, que ya están las malas con los colmillos afilados, sino que está VIVO.
Y encima van y lo cobijan con el trabajo de otros seres que han latido a la vez que los que dan la cara. Fabuloso espacio sonoro de Manu Solís. Geniales audiovisuales de Marta Valverde, y una luz de Pablo R. Seoane que palpita pegada al vestuario y a la escenografía mágica de Paula Castellano, que extiende la magia del juego teatral más allá del escenario. 




Montajazo divertido, incisivo, supercrítico y muy vivo. Y que pese a tomar como excusa el texto de Shakespeare, consigue volar por sí solo porque el maestro José Padilla ama a Shakespeare y organiza con él sus afectos igual que Carlos Aladro se los organiza con los intérpretes y estos con sus personajes.

Hicks es TEATRO, es palabra y es música, Javier Lara hace un Julián Muñoz impresentable pero frágil, enamorado y cretino, al que quieres abrazar y rebozar en barro. Yo es que si volviera a nacer, me pediría Javi Lara. Ramón Pujol es un actorazo valiente y arriesgado. Siempre que le he visto no he podido apartar mis ojos de él, es el actor que me gustaría llegar a ser. Juan Blanco es elegante y entregadísimo. Le hago una reverencia. Natalia Huarte es ACTRIZ. Se mueve, habla, dice y siente desde el mejor sitio. Y Alba Enríquez es debilidad. Tiene carisma, muuucha profesión encima, es plastilina y es pura luz.                   



Querer montar un Shakespeare también es un acto de amor.Y a ello se pusieron Padilla y Aladro. Pero de pronto aparece el ser humano que todas llevamos dentro y te impide soltar tu ánimo punk y acabas haciendo más Shakespeare del que querrías. Y está bien. Y es bueno. Porque uno crea sus normas. Y uno se organiza su propia justicia como le sale del pepo. Y Carlos Aladro la ha organizado de forma sólida, magistral, limpia y honesta. 

Y el momento "conversión"... de morir de gusto.



El teatro así es el que mola. El teatro que AMO.












           

sábado, 5 de octubre de 2019

El caserío. Teatro de la Zarzuela.




El maestro Miquel Ortega lo explicó perfectamente hace un tiempo. Se llama "género chico" no a las obras menores, a las casposas, a las modestas y mucho menos a las zarzuelas como género. Denominar "género chico" a una zarzuela es un error. La diferencia entre el "género chico" y el "género grande" está en la duración de las obras. "Chico" son las obras en un acto que no pasan de una hora de duración y "grande" las de dos actos o más y lógicamente, mayor duración. En el caso de "El caserío" hablamos de "género grande" no solo por propia definición (tres actos y hora y tres cuartos de duración) sino, metafóricamente por su dimensión artística. Quiero decir, que estamos ante un espectáculo grandioso. Sé que la definición no es correcta, pero uso la figura para elevar mis elogios a esta producción. Técnicamente es "género grande" y es grande en cuanto a resultado. Si en otros medios leéis algún comentario mío hablando de "género chico" y grandeza, es por seguir usando la figura, pero la definición del maestro Ortega es inapelable. Y si a continuación vuelvo a usar ese término, será de forma incorrecta pero siempre apelando a la figura.

Daniel Bianco lo tuvo clarísimo cuando se planteó este espectáculo hace años, cuando se gestó. Y así se lo ha vuelto a plantear al recuperar ese mismo montaje para abrir esta nueva temporada del Teatro de la Zarzuela. 
Pleno. 



Para darle el fuste necesario, Bianco cuenta con un maestro indiscutible, internacionalmente reconocido y musicalmente sabio. Juanjo Mena se pone al mando musical y consigue que la ORCAM, que suele sonar de maravilla, lo haga de forma gloriosa. Creo que nunca les he escuchado tan empastados, tan cómplices unos con otros y con un sonido tan sólido, compacto y denso. Quizá un pelín intensos en algunos acompañamientos, pero sonando siempre wagnerianos, sólidos y emocionalmente vibrantes. Tengo entendido que es la primera vez que trabajan con una partitura completa para orquesta y se nota que la batuta sabia del maestro les ha hecho sentirse cómplices, y transmiten todos ellos que están trabajando en lo mismo y para lo mismo. 
La mezcla de partes veristas con otras partes de música tradicional, las danzas y toda la mezcla musical es muy, muy complicada. Pero ahí demuestra Guridi su grandeza al componer una partitura tan maravillosa como esta en una época en la que el conocer las tendencias, las formas y los parámetros de composición en el resto del mundo eran complicado. Musicalmente es una gozada autentica y nos regala una obertura preciosa, unos dúos bellísimos y otros originales y graciosos y unas romanzas inolvidables. 



La escenografía del propio Daniel Bianco representa la puerta de entrada de Sasibil, el caserío del tío Santi y el frontón de Arrigorri. En ese frontón, convertido en ágora donde el pueblo se reune para debatir, juzgar, criticar, observar, crear y acabar con todo lo que pasa en ese pueblo. Un auténtico coro griego vigilará en todo momento los movimientos de los amantes. Bellísimo trabajo de Bianco en esta coproducción de 2011 entre el Arriaga y el Campoamor. Insisto; 2011.  
El coro resulta tan solvente como siempre, cantando de maravilla y escénicamente entregados, aunque sigue notándose que alguna miembra tiene un nivel de entrega justito. 
El vestuario de Jesús Ruiz es precioso y detallista y la iluminación de Juan Gómez-Cornejo es interesante y colorida.
La compañía Aukeran Dantza nos regalan unas danzas vascas inmejorables. Coreografiadas por Eduardo Muruamendiaraz, aportan el toque tradicional que hace que el nivel artístico se dispare a la vez que lo hace el entusiasmo en el patio de butacas. 



Itxaro Mentxaka como Eustasia encabeza un elenco de lujo. Despliega una vis cómica de gran actriz y se mete al público en el bolsillo desde el minuto uno.
Ana Cristina Marco está graciosa como Inosensia y aunque su timbre y su forma de cantar me descolocan un poco, escénicamente está impecable. Jorge Rodriguez-Norton, aparte de tener uno de los timbres más personales, únicos y preciosos del mundo mundial, es un actorazo y siempre lo demuestra. Su Txomin es divertido, fantoche, farsesco y amoroso. Genial, como siempre. 
José Luis Sola es José Miguel. Sola tiene infinidad de recurso vocales; canta bien y canta bonito y fácil  y aunque su timbre también me desconcierte a veces, cumple vocalmente con muuuuucha facilidad su cometido. Escénicamente le noto envarado, algo tieso y no demasiado convincente.
José Antonio López está asombroso. Tiene una voz prodigiosa de timbre hermoso y una técnica arrolladora. Y escénicamente tiene buena presencia y se mueve por el escenario con libertad y soltura. Grande. 



Y Carmen Solís es Ana Mari. A estas alturas de mi vida y de la vida del planeta no es ningún secreto mi debilidad por esta soprano extremeña. Pero es que no es pa menos. Anoche cantó como una diosa, con una amplitud de registro de flipar, con unos graves rellenos y profundos, unas notas medias infinitamente bellas y con unos agudos fáciles, perfectamente afinados y con un brillo, una potencia y una soltura que te dejan muerto de placer. Canta como quiere y canta como si nada, como si fuera su forma natural de expresarse. Y escénicamente es un actrizón. Sobria, dulce, serena y con halo de estrella. Tiene una calidad infinita como artista total y un carisma en el escenario que te hipnotiza. Deberían nombrarla Patrimonio de la Humanidad, porque es de esas joyas que no nos merecemos. 

El otro elenco (no diré primero ni segundo, porque ambos son inmejorables) seguro que también hace un trabajo de quitar el hipo. Con nombres como Ángel Odena, Raquel Lojendio o Andeka Gorrotxategui acompañados de Marifé Nogales y Pablo García-López el resultado sólo puede ser MARAVILLA. 

Estuve viendo "El caserío" con mi amiga Mari Carmen. Vasca, ochenta y pico años, vecina de Conchita Panadés y con la zarzuela metida en la sangre. De hecho sus sobrinos se llaman José Miguel y Ana Mari. Y salió emocionada y encantada con el montaje. NO digo más. 


En breve termina el contrato de Daniel Bianco. Rezo, suplico y me arrodillo pidiendo que por nuestro bien, se lo renueven. No sólo porque vende tooooodas las entradas de toooodos los espectáculos que programa, sino porque su visión global de la dimensión de los espectáculos va más allá de las funciones. Arriesga, busca, extiende, propaga, contagia AMOR  por el género y busca la complicidad de todos. Ama lo que hace, y ese amor supura en cada actividad del teatro. 
Empezar la temporada con un espectáculo como "El caserío" es un regalo. 
    




















          

domingo, 22 de septiembre de 2019

Lo nunca visto.

Este comentario está plagadito de spoilers. Lo digo pa que luego no me venga nadie con que si le he reventado la trama. Yo ya lo aviso. En esta ocasión no puedo ni quiero evitar contar cosas que pasan. 

Pues al lío.




José Troncoso y el equipo de "La Estampida" ya nos dejaron mudos con sus "Princesas del Pacífico". Aquel trabajazo era una postal agria de una pareja de perdedoras. Dos mujeres tan dignas como desgraciadas. Fue un pelotazo. Y una obra maestra.
Y no creo que Troncoso repita fórmula en "Lo nunca visto", sino que cuando uno tiene una forma de expresarse, de contar las cosas, eso sale. Inevitablemente, e menos que uno pretenda cambiar de registro o explorar lenguajes nuevos. Pero la forma de ser y de sentir de cada uno, sale.
No conozco personalmente a Troncoso pero juraría que es un ser de esos que aman lo trágico pero que tiene un sentido del humor desbordante. Esa mezcla melodramática e hiperbólica al menos es la que conecta conmigo. Yo a veces me asusto de mí mismo por mi nivel de humor negro, por cómo saco la coña en os momentos más terroríficos. Yo soy así. Bueno, yo también soy así.
Y es que me da la sensación de que Troncoso adora el drama. Sus personajes son tres animales heridos. Pero cuando ve que está rozando lo insoportable, tiene que sacar la coña. Porque escarbar más sería demasiado doloroso. Y ahí, justo en ese momento, entra el humor. Troncoso ama y domina el humor tanto como el drama. Por eso se debate y por eso su arma de protección frente al precipicio es la carcajada salvadora y sanadora. Y yo AMO eso.  




Araceli está en un hospital (o en una residencia). Está perdiendo la cabeza (también eso le están vaciando) y desde su silla reconoce que jamás tuvo talento. Ganas sí, pero talento, ninguno. Antes de desconectarse del todo de este mundo, recuerda su último intento de dejar huella. O de recomponer el porqué de su vida, la razón última que de sentido a una vida. 
Al borde de la vejez y con un desahucio encima, Araceli, años atrás intentó crear un espectáculo total junto a sus ex alumnas. Ella nunca tuvo talento para bailar, pero sí para enseñar. A su llamada sólo responden Sofía, no se sabe muy bien por qué y Mari Carmen. Juntas intentarán recordar y exorcizar sus vidas, buscando un sentido a tanto dolor. En ese camino descubrirán en qué momento su vida se torció. La vida es un camino de decisiones y no siempre acertamos. 
Sofía, en realidad, Gertrudis, se subió a una moto y acabó seropositiva y yonki. Mari Carmen se dejó casar con quien no quería y en su afán de cuidar a los demás ( yo estoy bien; pero tú, ¿tú qué tal estás?) se convierte en una maruja como cualquier vecina o familiar nuestra y casi sin querer se dejar maltratar y termina provocando a muerte de su hijo. Cuando no puede más, escapa con lo que pilla, el carrito de la compra, el álbum de fotos de la boda y un zapato. Y una vida vacía y herida.  
Lo que más me estremece del trabajo de Troncoso es su capacidad para reflejar la vida gris de cualquier mujer normal y corriente como Mari Carmen con uno texto real. Conozco a muchas mujeres así, que hablan así, que en su verborrea y su repetición hay un horror vacui, un miedo a la pausa y a tener espacio para pensar. Mari Carmen sufre en silencio porque es lo que le ha tocado. Y ni lo distingue. Sólo cuando hace un repaso de su propia vida es capaz de ver su herida, su momento de click, cuándo su vida se torció. Va con gafas de sol para tapar los moretones, no porque el sol la moleste. Y me parece brillante la sutileza con la que Troncoso muestra tanto la muerte de Toñito como la paliza y la huida con un zapato. Como con el diagnóstico de Gertrudis, la que fuera reina de su casa. Sofía, novia de Felipe, la reina para su papi. Hasta que se subió a una moto y su vida cambió.
Ese amor y ese respeto por la vida de los humildes, de la gente normal, de los seres con poca capacidad de defensa es la base del acercamiento de Troncoso. Por eso frena el drama con toques de humor, para no caer en la pena o en la compasión.
Brillantísimo y amoroso trabajo el de José Troncoso. Consigue un trabajo personal, hermoso, real, vivo y cuidadoso con sus personajes. Y los envuelve en una historia mágica, dura y seca. 
Eso suponiendo que lo que vemos sea real, sea de verdad ese espectáculo inacabado, sea de verdad la vida de esas mujeres. El pasado se inventa, sobre todo si el de verdad duele. Quién sabe si lo que recuerda Araceli es cierto. Porque si Sofía es Mari Carmen...

Puede que narrativamente esté un poco embarullado en algún momento, que la narración no sea tan limpida como la de "Las princesas", (me había propuesto no comparar, pero he picado) pero como el amor a los personajes, la brillantez dramática y la labor suicida de las actrices es tan brutal, yo arranqué a llorar en el minuto uno y no paré hasta bastante después de terminar la función.  

 Magníficos trabajos de Miguel Ángel Milan, Juan Sebastian Domínguez y Juanan Morales iluminando, vistiendo y arropando este viaje. 



Y por supuesto, bravo para Ana Turpin, que se mete de lleno hasta el corvejón en el código y el idioma de Troncoso. Gran trabajo escuchando (eso que parece que la gente ha descubierto ahora) y gran trabajo dando vida y lenguaje a esa Gertrudis herida y moribunda, un zombi andante que busca cobijo desde el ataque. 



Y gloriosas Alicia Rodriguez y Belén Ponce de León. Alicia es capaz de descifrar cómo y por qué un ama de casa gris y sometida lo es. Investiga a cualquier vecina de Valdelagrana, la entiende y nos lo regala desde el amor infinito. Porque sólo desde ahí puedes interpretar a esa Mari Carmen que no sabe ni qué hacer con su vida, que ama y odia la playa, que se deja maltratar porque le toca y asume la muerte de Toñito también porque le toca. Alicia congela el despiporre con un silencio y deja suspendida tu carcajada en un gesto quebrado como su vida. Y de ahí sólo puedes caer a un abismo como el suyo. Pero...aquí no se llora.



Belén es debilidad personal. Es Silvana Mangano, es aristocrática y decadente, es la más delicada y la más imponente. Es grande y es grandiosa. Es generosa y es sabia. El viaje que hace por la vida y los años de Araceli son un regalo y un suicidio ESO NO SE HACE ASÍ SI UNO NO SE LA JUEGA. Y si uno no se la juega no es actor. Belén, te hago la ola eterna, el tsunami emocional. Verte mover la cabeza mientras dices. "Yo, talento ninguno. Ganas todas, pero talento ninguno", eso... hace que merezca la pena que exista el teatro.

Y que vivan los silencios, las pausas y los gestos helados por el horror.



  

lunes, 9 de septiembre de 2019

Las canciones. Kamikaze.

"... y mañana brillará de nuevo el sol..." 

En este espacio mío, personal e íntimo escribo casi siempre mis sensaciones sobre lo que vivo en los teatros. Creo, o al menos esa es mi intención, que no hago crónicas ni críticas de los espectáculos. A pesar de que siempre, lógicamente acaba surgiendo el punto de vista, la opinión e incluso el juicio, mi intención al escribir aquí es contar MIS sensaciones y MI experiencia el día concreto que yo estuve en ese teatro concreto viendo ese espectáculo concreto. 
Y sí, si el texto es el mismo, el espectáculo el mismo, los actores los mismos, todo lo mismo, lo que hace que los trabajos cambien es el público, los ojos que lo ven, los poros que lo reciben y los oídos que no pueden evitar oír. 
La noche que estuve yo, pasó todo esto:




Es cierto que a veces las palabras sobran, o estorban, o manchan o no son necesarias. Mirar es voluntario, decir palabras y sobre todo elegirlas es premeditado y necesario. Pero tanto oler como oír son inevitables. Un olor se cruza de pronto en tu camino y todo tú viajas al lugar donde oliste eso por primera vez, o la vez que te marcó. A la razón de que vuelvas a ese olor. Igual pasa con las canciones, con la música. Bastan dos notas y todo tu viajas el lugar, al tiempo y al mundo de cuando oíste esas notas la otra vez, la que recuerdas, la que te marcó. Y es inevitable, no puedes cerrar el olfato ni el oído. El silencio total no existe ( o no puede captarlo el ser humano así, de natural). 
Yo, por ejemplo, que soy muy chejoviano, muy melodramático y muy maruja, viajé en el tiempo y el espacio al escuchar las primeras notas de DOS de las canciones que se oyen en "Las canciones". Nada más sonar esas notas, mi yo entero las identificó y volé a otra época, a otro momento y lugar. Momento y lugar doloroso, eso sí. 
Porque también creo que las canciones que más nos marcan son las que acompañan momentos tristes. Vale, sí, una música, una canción de esas que te encienden el alma y te llenan de energía positiva también pueden marcarte, pero para las generaciones, que como la mía crecimos entre películas (con banda sonora), palabras (con su musicalidad) y teatro (con sus músicas); para unas generaciones audiovisuales intensas, lo que añadimos nosotros a la vida es la banda sonora. 



Siempre he pensado que si la vida fuera una película, todo sería más fácil, porque sabrías, por la banda sonora, cuando se acerca un peligro, o cuando aparece el hombre de tu vida, o cuando un drama realmente lo es, o cuando alguien que te mira, es chungo. La vida con banda sonora sería más fácil. Por eso se la ponemos. Y con el tiempo tenemos canciones que nos recuerdan a un novio, a cuando nos dejó, a lo que lloramos, a momentos chungos. Porque cuando sufrimos, siempre encontramos a alguien que ha sufrido tanto o más que nosotros. Y lo ha cantado. Si te abandonan, tienes a Brel que encima lo dice mejor que tú. Y dice más, y en francés, que es como más melodramático. 
Al menos a mí, mis canciones me llevan a momentos chungos, dolorosos. A momentos en los que necesité ponerles música a mis dramas para que parecieran más de película. Porque soy hiperbólico, sí, pero también porque siendo película se separaba un poquito de mí y eso me dejaba poder seguir viviendo.
Mis canciones son canciones de pena. De pequeño me compraba cintas de esas de 60 (las de 90 se atascaban y no las desenredabas ni con el boli) y me grababa de la radio canciones de llorar. Y me ponía las cintas para llorar. Y así lloraba más y mejor. 
Las dos canciones de "Las canciones" que me tocaron particularmente son dos canciones de llorar. Ya me las había llorado en el pasado y me las volvía a llorar el otro día. Y sí, aunque el drama esté sobrevalorado y las lágrimas sean un recurso fácil, para las hiperbólicas, una buena jartá de llorar te deja nuevo. Y te sana.



Y es que las tres hermanas que se juntan tras la desaparición del padre (misterio que ni se resuelve ni falta que hace), lo hacen para curarse. 
En ese prólogo fascinante, cada uno elige una canción, la pone y se deja hacer. Las reacciones de cada uno son inesperadas, pequeñitas (o no) pero son únicas. Son las suyas. Porque cada uno escucha como quiere y como puede. Hasta Olga se retuerce. Aquí tenemos en pocos minutos, el libro de instrucciones de cómo ver el espectáculo que va a empezar en breve. Es fácil, escucha y déjate hacer. 

Hace un tiempo, un guay me acusó de "messiánico" por mi debilidad por Pablo Messiez. No sólo es cierto sino que es verdad. Y un orgullo. 
A veces, muchas, casi siempre, al leer críticas parece que lo que lees son intentos de demostrar que has entendido lo que el autor o el director te querían contar. La mejor crítica es la que descifra mejor las intenciones del autor o del director. Por eso paso de intentar desgranar aquí lo que pasa entre los hermanos, o con la mujer, o con los músicos, o con Jota. Ahí está, eso es lo fácil y que cada uno lo vea como quiera. 
Para mí lo magistral de este espectáculo es que empapa. Empapa la que mira y escucha desde su butaca si de verdad quiere mirara y escuchar. Yo confieso que me perdí alguna cosa, por lo que me han contado, porque en cuantos los subtítulos me pedían cerrar los ojos, los cerraba. 
Por sacar punta a algo... quizá hubo algún momento en que al estar pendiente de leer los subtítulos con las letras de esas canciones, me despegaba un pelín del dejarme hacer total. 

Curioso, la mayoría de las canciones que se oyen las cantan mujeres. Y aunque las palabras aquí estén en un supuesto segundo plano, las letras de las canciones, las palabras elegidas en esos poemas, son vitales, importantes, únicas, necesarias. Así que hasta en las canciones, las palabras son importantes. Es sólo que en algo como una canción, en donde hay varias capas de tentación unidas, puedes fijar tu atención en las palabras o no, y dejarte hacer por la música. ¿Cuántas canciones nos destrozan por dentro y no seguimos la letra al cien por cien?




Pablo Messiez lleva a sus actores, a sus personajes, a ese muestrario chejoviano al sitio más delicado y peligroso. Y con ellos, a nosotros, si nos dejamos hacer. Les (nos) lleva al lugar del que no puedes escapar, el lugar de lo inevitable, justo donde la única salida es la salvación. O la desolación. Y si las tres hermanas intentan purificar sus vidas con este ritual, esta liturgia, esa eucaristía, esta danza ritual, este exorcismo, la pobre Natasha busca lo que no ve, el sentido a una vida inútil. Y el público, desde su butaca, puede navegar por estas o por sus propias canciones y llegar a un acuerdo con su pasado o con sus historia. 
Y Pablo no engaña. Cuando lo que leemos no es suyo nos lo dice: "Eh, sí, es precioso, pero es de Rilke". Genial.
La "pausa" es la muestra de que casi todos estamos deseando o necesitando purificar cosas. Se da el pistoletazo de salida, y al igual que antes nos han explicado cómo deberíamos escuchar si es que queremos escuchar, ahora nos explican cómo debemos responder a ese momento tribal. Nos invitan a romper la barrera público, escenario y ser todos una tribu soltando toxinas, mierda, tensiones o deshaciendo nudos internos. Y la peña flipa. 
Yo, que tengo en el cuerpo el mismo sentido del ritmo que una vaca sanabresa, bailo padentro. Vamos, que aparte del teatro, lo que más me ha movido siempre en la vida ha sido y es la música. Pero nunca he necesitado "bailar". Mi cuerpo no pide bailar, ni saltar ni nada así. Lo hago pero interno. Vamos, que no es que no baile, que claro que bailo, sino que a mí la música me mueve de otra forma. Pero es que tenía delante a Jota, a Rebeca, a Mikele, a Carlota, a Iñigo, a Joan y a Javier y cada cuerpo era una reacción. Como también dice el sabio... ¿qué es bailar bien? ¿Cómo bailó el primer ser humano que bailó? Cada uno reacciona de una forma porque la reacción, la consecuencia, es parte de la escucha. Por eso entre el público hay quien baila, quien corre, quien grita, quien mueve un poco la piernecita, quien ni se mueve, quien sonríe, quien se vuelve histérica y quien sale al pasillo. Y todo vale, y todo es bueno. Porque si alguien piensa que no todo es la respuesta correcta, es que no se ha enterado de nada. Aunque sí hay quien insiste a los demás para que hagan los mismo que hace él. Y eso no es. Porque con la escucha va la sanación y la reacción. Y si la escucha es sana, la reacción, se la que sea, es buena. 

Magistral la escenografía y las luces. El vestuario es invisible, no llama la atención ni destaca nada, pero si miras con atención a cada personaje, ves su ser. Trabajazo de Alejandro Andújar y de Paloma Parra. E impecable la coreografía de Lucas Condró. A sus pies, maestro. Es verdad, el cuerpo baila entero, todo él. Como sabe y como puede.



Y esta liturgia no sería posible sin un grupo de actores implicados todos al mismo nivel. Los Grumelot siempre actúan comprometidos con la verdad, con lo vivo y con los demás. Aquí te invitan a escuchar. Eso con lo que parece que todo el mundo alucina, la escucha, siempre ha sido y es en teatro, lo primordial. Y en todos los montajes de Pablo y de Grumelot, la escucha es vital. Lo único especial es que en este montaje se nombra como tal. Pero "la escucha" es siempre, siempre, raíz y motor de cualquier espectáculo teatral. Como en "las canciones" nos invitan a fijarnos en esa escucha, parece que esta es mayor que en otras ocasiones. Y vemos cómo Carlota, Iñigo, Rebeca, Joan, Mikele, Javier y Jota respiran en los otros. Juntos y unidos se dejan mover por lo que escuchan y juntos y unidos viven y comparten cada uno su forma de soportarlo.



El trabajo de todos ellos bordea el límite último del compromiso. Un espectáculo como este sólo se puede hacer realidad tras partir de un descubrimiento conjunto y jugando todos con las mismas cartas, las de las tripas y la sinceridad más comprometida. Es imposible que se levante el telón y empiece "las canciones" si los siete no están en el mismo nivel de riesgo, si no hablan desde lo común y si no están desnudos y juntos frente a lo que pueda pasar. De corazón digo que pocas veces he visto un grupo de actores tan integrado y tan siendo grupo. Hasta los dos recién llegados respiran como los clásicos. 
A ratos sentía que esta familia podría perfectamente ser la misma familia canina de "Los brillantes empeños". Después he haber abandonado las palabras, con la misma presencia paterna misteriosa sobrevolando sus traumas, con algunas bajas y con unos recién llegados. Si mal no recuerdo, ¿Rebeca Hernando no se llamaba Olga?



Quiero hablar de Rebeca, pero nada más lejos de mi intención que desmerecer a sus compañeros. Sólo quiero resaltar su trabajo porque quiero hacer justicia con esta actriz. 
Siempre me ha gustado, y recuerdo perfectamente que una de las veces que vi "Todo el tiempo del mundo" me quedé embrujado por su forma de trabajar. Estando siempre maravillosa, nunca había resaltado especialmente. Repito, no por falta de calidad, quizá porque sus papeles no habían sido tan llamativos como otros, o quizá por su forma sutil y callada de habitar la verdad. Era difícil resaltar frente a la Nené de la Morales o a los monologazos de Iñigo, pero recuerdo la sensibilidad y la delicadeza pequeñita, sutil y delicada, con trazos finísimos y detalles mínimos pero estremecedores con los que aparecía embarazada por la zapatería Flores, se sentaba en el banco, colocaba las manitas dejando hueco para que buscara su regazo su hijo y le soltaba palabras bellas y desoladoras. 
Quizá por no tener los fuegos artificiales de Javi Lara, o la dureza de Carlota olvidando las palabras, o la magia de Mikele doliéndole el pasado, o la energía de Jota su trabajo no resaltaba. Quizá salía perdiendo por ser normal. Pero yo aquel día, no podía para de llorar mirándola cómo desde la normalidad, la sutileza y la delicadeza componía una madre viva y humana. Y me enamoré. 
Y ahora, en "las canciones" tiene una joya, tiene a esa Olga podrida y reconcomida por dentro, esa Olga que se arruga, que envejece y que huye de sus propias miserias. Que no quiere cantar para no sentirse vulnerable y herida. Merecería la pena verse la función entera únicamente mirando a Rebeca Hernando y fijándose en cómo vuelve a hacer magia desde el trabajo pequeñito, delicado, desde el matiz mínimo, hablando por necesidad y escuchando con dolor. Rebeca es Pina fumando y Pina sufriendo.
De todos los sitios posibles, Rebeca ha elegido el mas doloroso y eso sólo lo hacen los intérpretes valientes.
   


Javier es mirada, es potencia contenida y es ojos. Joan es inteligencia y saber. Iñigo es sabiduría y hundimiento desde lo sutil. Jota es energía y fuerza, es correr para no pararse y gritar para no oír. Mikele es sed, es hambre, es Adela y es Ofelia. Carlota es patética y divertida, es amiga y amante, es sexo y es pena negra. Y Rebeca es dolor profundo, es como un sarcoma, un mal que invade el interior, es la raíz oscura, es Bernarda y es el dolor de conocer lo inevitable. Su mirada torba esconde traumas, faltas, necesidades y muchas horas de llanto.   

Seguiría hablando mil horas más de "Las canciones", pero no quiero que nadie me odie ni le coja tirria al espectáculo. Así que mejor me callo ya. Y voy a hacer algo peligroso, pero chica, sin riesgo no hay emoción.  No voy a repasar lo que he escrito. Ha salido como ha salido y aunque esté todo revuelto y mezclado e incluso incoherente, así ha nacido. Pero es que este milagro que podéis ver en Kamikaze merece ser espontáneo. Así ha nacido y así es. 


Ah, gracias, Pablo, por uno de los finales más preciosos y conmovedores que he visto en mi puta vida. Simplemente unos personajes girando suavemente mientras suena "El largo día termina".




Las fotos creo que son casi todas o todas de Vanessa Rabade, maravillosas como siempre.






 


          

miércoles, 29 de mayo de 2019

Doña Francisquita. Teatro de la Zarzuela.

El teatro de la Zarzuela ha vuelto a apostar por un director de escena de lo mejorcito del panorama mundial para darle un aire nuevo y sólido a sus producciones. En esta ocasión, Daniel Bianco ha confiado de nuevo, tras sus anteriores éxitos en este teatro, en Lluís Pasqual, sabio del teatro desde hace muchísimos años. 




Pasqual siente la zarzuela en la sangre desde pequeño, ama el género y aparte de cuestiones pintorescas (sus recuerdos de infancia, su madre se llama Francisca, sus padres tenían una confitería...), se acerca a este título emblemático con la ilusión y la intención de que el público se divierta y salga del teatro, tras casi tres horas, con una sonrisa en los labios y más optimismo en el corazón.
Yo he dicho ya otras veces que la forma de que este género sobreviva al siglo XXI es o con puestas en escena sólidas, novedosas y atractivas para el gran público o tocando los libretos, para despojarlos del costumbrismo apolillado de ciertas partes y de unas formas que hoy en día resultan menos atractivas que en su momento. 
Es evidente que las partes cantadas son intocables así como las notas musicales. Pero las partes habladas son otra cosa. Claro que hemos tenido grandes libretistas, eso es cierto. Grandísimos, pero también es cierto que en muchas ocasiones, en este género que mostraba la vida de la gente corriente en contraposición a los conflictos más lejanos de las óperas, esos autores escribían con un lenguaje muy de su momento y para ser interpretado como se hacía entonces. Todos sabemos que el teatro en España, hasta la aparición de Valle Inclán, Lorca y otros genios, estaba marcado por un costumbrismo que a veces arropaba grandísimas obras, pero cuyos códigos eran otros, particulares y viejunos. Pasqual, en esta anunciada adaptación del texto de los autores originales, intenta quitar esas telarañas que a veces, vistas desde el siglo XXI, pueden resultar lejanas. 
En cualquier caso es una adaptación del libreto original de esta obra, como muchos espectáculos de los que han pasado tanto por este teatro como por cualquier otro teatro del mundo. Ah, por cierto, el libreto de Federico Romero y Guillermo Fernández-Shaw ya fue en su momento una versión de "La discreta enamorada" de Lope, pero "actualizando" esa obra intocable a los personajes y gustos de SU época. Vamos, lo mismo que se ha hecho ahora. El objetivo que persigue Pasqual es entretener, divertir y hacer gozar. Yo entré dispuesto a dejarme hacer por lo que iba a ver y me lo pasé pipa. Yo. Sí. Pipa.
Esta coproducción con el Liceu y la ópera de Lausanne tiene todos los ingredientes para ser un bombazo. El grandísimo Oliver Díaz, Alejandro Andújar, Pascal Mérat, Nuria Castejón, Lluís Pasqual, Gonzalo de Castro, la inmensa Lucero Tena, la ORCAM, los fantásticos bailarines, el coro titular... inmejorable.
El primer acto se sitúa en plena II República. Un grupo de cantantes están grabando una versión de "Doña Francisquita" para repartirla por el mundo e intentar "luchar" contra las músicas de Wagner que invadían Europa. Eso sí, sólo van a grabar las partes cantadas, porque como en Europa no entienden el castellano, no van a entender las partes habladas. Una parte del elenco refunfuña porque se quedan sin una parte de su "lucimiento". El segundo acto transcurre durante la grabación de un programa de televisión de aquellos de zarzuela de los sesenta. ¿Problema? El mismo, hay un.. mandatario que se aburre y quiere que el programa vaya ligerito. Así que fuera diálogos. Sólo se grabará la parte cantada. El tercer acto es el ensayo un día antes del estreno de una producción de "Doña Francisquita" en pleno siglo XXI. Al fondo, podemos ver la copia recuperada y restaurada de la versión cinematográfica de Hans Behrendt del año 34. Un lujo poder gozar de la recuperación de esta joya. Estos tres actos son tres formas de enfrentarse a un clásico como este: yendo a su esencia musical, tratándolo como se hacía en plena expansión del género y como se haría en nuestros días. 



La escenografía sobria de Alejandro Andújar acoge bien los propósitos de esta propuesta. El vestuario brilla con una paleta de colores brillante y unos figurines exquisitos. Iluminado de maravilla, como siempre hace Pascal Mérat. Y brillando por encima de todo, las vibrantes coreografías de Nuria Castejón que unos entregadísimos bailarines exprimen al máximo consiguiendo una ovación merecidísima. Bravo, sois asombrosos y vuestro sacrificado trabajo nos regala algunos de los mejores momentos de la velada. 
La ORCAM, bajo la batuta del maestro Oliver Díaz suena vibrante y alegre. Siempre acertadísima y con unos sonidos muy, muy sólidos y acertados. El coro titular, NUNCA ha sonado mejor. Y no sólo vocalmente sino escénicamente. Están brillantes. Lo de Lucero Tena es histórico. No sé cómo explicarlo. Tener la oportunidad de verla en directo es brutal. Cómo consigue con dos trozos de madera sacar de ahí notas musicales, pianos, fortes y todo tipo de matices musicales y expresivos. Asombrosa. Fantástica la intervención de la Rondalla lírica.



El elenco, (yo vi al primer reparto) encabezado por un Gonzalo de Castro tan luminoso como siempre, nos regala la oportunidad de disfrutar de la elegancia de Ismael Jordi. Su voz suave, su timbre único y precioso estuvo a puntito de visar el celebérrimo "Por el humo se sabe..". Sabina Puértolas demostró que la suya es la zona alta, donde su voz se mueve con más libertad. Sus trinos agudísimos volaron bien por la sala. María José Suarez hace una creación única, divertidísima y sin duda se ganó la grandiosa ovación con la que el público le agradeció su entrega. 



Ana Ibarra me deslumbró con una voz poderosísima, con un timbre bellísimo y una presencia escénica brutal. Para mi gusto, lo mejor de la noche.
En cuanto a la dirección de escena, el genio de Pasqual brilló como siempre. Su propuesta (la suya, no la de nadie más, no la mía, no la de nadie) es sólida y alegre. Consigue que el espectáculo navegue ligero y divertido. El primer acto es divertidísimo, el segundo acto es precioso y el tercero, brutal. Quizá, por poner un "pero", la aparición de Lucero Tena quede un poco desdibujada y no termine de estar afinada del todo. Es lógico caer en la tentación de presentársela al público, pero quizá la forma elegida no termine de cuajar del todo. No sé.   



Y claro, la polémica. 
Yo pienso que esta es una propuesta. Una. La concreta que ha hecho Pasqual. La que él ha pensado y elegido. Cada uno de nosotros alberga un director oculto. Por eso en las obras hay señores opinando desde las verjas. Y por eso siempre hay alguien pendiente mientras aparcas, comprobando que él aparcaría mejor que tú. 
Si nos hubieran encargado a nosotros esta producción seguramente cada uno habríamos hecho una distinta. Pero se la han encargado a Pasqual. Y él ha decidido hacer esta. 
Obviamente te puede gustar o no, te puede llegar más o menos. Pero es la suya. Decir: "es que esto se debería hacer de tal manera" es un axioma que nos hace parecer poseedores de la verdad. Y en teatro no hay verdades, hay opciones. Entiendo que a mucha gente no le guste, e incluso puedo llegar a entender que a mucha gente le moleste. Lo que no me creo es que genere tanta ira que te haga saltar por los aires y no poder reprimir la necesidad de montar un pifostio. 
De toda la vida de dios, se abuchea, pero cuando procede. O no se aplaude, o si me apuras, si tan mal lo ves, te piras. O montas un griterío en los entreactos, o en los saludos finales, o te vas y pides la hoja de reclamaciones. Yo me he ido muchas veces del teatro y he presenciado abucheos. Pero no los desmanes que se han vivido ahora.  
He visto también miles de adaptaciones. De todo tipo de autores y con todo tipo de resultados. Incluso espantosos y alguno ofensivo. No quito la razón al que se ofenda o se horrorice con esta versión. Cada uno recibe las cosas de una forma y las asume o asimila como puede o quiere. Pero desde luego no me parecen las formas. Es más, eso de montar el jari a los diez minutos de función, cuando todavía no ha dado tiempo a que pase demasiado... me mosquea. 
No sé, de verdad que no entiendo tanta ira. Hace no mucho, por ejemplo, vimos una apaluadida versión de "La casa de Bernarda Alba". Estuvo anunciado como "libreto de Julio Ramos basado en la obra original de...". Se decía que "estaba basado en" y quizá por eso nadie criticó que no estuvieran ahí las palabras de Federico García Lorca. Personalmente creo que la música de las palabras de Lorca es vital para disfrutar del poder de sus textos. Ahora esto se anuncia como "adaptación del libreto de...". Vamos, que avisan de que es una adaptación. ¿Cuál es la diferencia, que la de Julio Ramos  tenía más derecho que esta o que nos gustó y esta en cambio no? Si es cuestión de gustos, entonces no hay discusión posible. Cada uno tiene un gusto y cada uno recibe las cosas de una forma. Y sí, vale que en la Bernarda no se alteraba la trama, pero para mí, las palabras son tan importantes como lo que contienen y si hablamos de alterar, hablamos de alterar. Si no, es que hablamos de resultado. Y eso ya es subjetivo. Ah, y que quede claro que el trabajo de Julio Ramos me pareció fabuloso.       
En cualquier caso me parece una falta de respeto brutal hacia los que están sobre el escenario, trabajando. Todos los artistas que están sobre el escenario están trabajando y haciendo su trabajo lo mejor posible. Y no se les puede dinamitar de esta forma. El derecho a la protesta es incuestionable, pero en el momento y de la forma que hay que ejercerlo. El resto es barbarie. Y la culpa es de los políticos que han perdido el respeto y se han convertido en agitadores, de los medios de comunicación que viven del insulto y de los programas que se alimentan de la carroña. Hoy en día, el insulto y la violencia son habituales y parece que están legitimadas la agresión y la barbarie. Nadie discute que este espectáculo (o cualquier otro) pueda incluso ofenderte, pero ¿en serio ofende tantísimo como para no poder refrenar el impulso de montar un griterío así? Te juro que no me cabe en la cabeza. 
Desde los tiempos de "La torna" o del famoso "Teledeum" o del estreno de "La última tentación de Cristo" no se veía algo así. Deberíamos reflexionar. Ah, y los que gritan son los menos, lo que pasa es que suenan más. 
Hay quien pide responsabilidades, que alguien salga a dar explicaciones. La única explicación que se me ocurre está en el escenario. Esta es la versión concreta que se ha querido mostrar y su defensa es ella misma. El escenario habla. Como siempre. 
No sé qué tiene este género que hay una corriente que pide que no se toque nada. Que todo se haga y se siga haciendo exactamente igual que hace 80 años. No sólo a nivel de resultado sino de concepto. Y no entiendo por qué ese afán. Vale que el género reflejaba una forma de vida y un lenguaje concretos y que no se deberían olvidar. Pero meter la zarzuela en un bote con formol para conservarla intacta no es sano. Y es algo que sólo pasa con este género. Picasso pintó 56 variaciones de "Las meninas" y no borró el cuadro de Velázquez. Si te gustan esos 56 cuadros, vas a verlos. Y si prefieres el original, vas a ver el original y ya está, no acuchillas los cuadros de Picasso. Si es que no pasa nada. ¡Anda que no se hacen y se harán versiones de "Doña Francisquita"! Pues esta te la ahorras y ya está. 
Hace tiempo una señora cardada decía en un entreacto: "hasta esto nos quieren quitar". Ese sentido de la propiedad, de creer que hay cosas que se deben hacer como yo quiero, porque yo tengo más derechos sobre ello que tú es algo muy chungo. Y, señora, no se crea usted que ama más el género que nadie y por supuesto, no piense que le pertenece. La música es libertad y nadie es dueño ni de unas notas, ni del arte, ni de lo que provoca ni de cómo se debe hacer. 
Bueno, quizá le he dedicado demasiado tiempo a la polémica. A la polémica que ha surgido en un par de funciones, además. Pero las redes son tan incendiarias... y hay tanta gente a la que le gusta meter mierda... Porque quejarse es bueno, y estar en contra, inevitable, y ofenderte también. Y yo no digo nada de la gente a la que esta versión no le haya gustado, o le haya parecido horrorosa o infumable. Los gustos son los gustos. Pero de verdad que no me creo que lo que se ve en el escenario ofenda tantísimo como para tener que explotar y sucumbir al deseo irrefrenable de montar un pifostio. Es un espectáculo. Es diversión, es entretenimiento. Para las iras, sería mejor y más productivo ir justo a la vuelta, que ahí si se deciden cosas importantes. Esto sólo son tres horas de tu vida, a las que vas voluntariamente y ya está.            




 Así que por mi parte sólo puedo agradecer a La Zarzuela y a sus responsables por regalarnos un espectáculo a mi parecer redondo y que me hizo pasar una tarde divertidísima y de puro goce. Bravo.




 Las fotazas son de Javier del Real. Si hay algún inconveniente en que las utilice, por favor, comuníquemelo y las quitaré.