jueves, 9 de agosto de 2018

Fedra, de Paco Bezerra y Luis Luque.

"El amor debería estar prohibido".



Uno se enfrenta a las cosas cuando puede. 
Uno habla de la muerte del padre cuando puede.
Uno habla de la desgracia del amor cuando puede.
Uno habla de la putada de haber amado a quien no debía cuando puede.

La "Fedra" que ha escrito Paco Bezerra y ha dirigido Luis Luque es una especie de ajuste de cuentas con un pasado que ha bloqueado cosas pero que ya está sanado. Por eso ahora ya se puede hablar de ello. Ahora la cicatriz ha dejado de doler y lo que queda es la mirada fría y distante de lo asumido y superado.

Esta vez hay mogollón de spoiler, pero paso de escribir de otra forma. De todas formas, conocer la trama es fácil, todos la conocemos. Solo aviso para que no haya quejas.


Ya he dicho muchas veces que Paco Bezerra es un genio que tiene rayos X en los ojos. Donde Paco mira, ve lo mismo que el resto de los humanos pero además, es capaz de ver varias capas ocultas de podredumbre. Con "Fedra" Bezerra nada a sus anchas. Lo que podría ser una tragedia en la que los personajes no pueden escapar de su destino trágico y fatal, se convierte en un microcosmos podrido en el que estos cinco personajes se aman, se odian, se desean, se mienten y ninguno de ellos puede escapar de la fatalidad de NO poder elegir a quién amas. 
La sexualidad de cada uno de nosotros no es una "opción sexual". No se elige, se siente como se siente y las fiebres te vienen por donde te vienen de forma inevitable. No es una opción. Como no es una opción elegir a quién amas. 

"El amor es una trampa".

Fedra se ha unido a Teseo tras una noche de pasión. Pero nada más conocer al hijo de su marido surge lo inevitable. Porque el amor no se puede elegir. Uno se enamora de quien se enamora, aunque suponga cavar tu propia tumba. Todos nos hemos enamorado de alguien sabiendo que era un amor imposible o incluso letal. A veces porque la otra parte ya estaba comprometida o porque te separaba un mundo o porque no le gustabas al otro o porque aun queriendo, el otro no te amaba. Tan inevitable es amar como no amar.
Hipólito no ama a Fedra. La ama de otra forma distinta a la que quiere Fedra. No la ama porque es su madre y porque hay un impedimento obvio y además porque no. Y ahí está el drama; en que Fedra no puede evitar amar a Hipólito, Teseo no puede evitar amar a Fedra, Acamante no puede evitar amar a la Fedra madre, Enone no puede evitar amar a Fedra e Hipólito no puede evitar no amar a Fedra, por mucho que ella le rete: "atrévete a amar". Ese es el drama y el origen de la fatalidad inexorable. Nadie puede elegir a quién amar ni puede elegir no amar.

"El amor es una desgracia".

Paco Bezerra ha escrito una tragedia sobre el amor, la dignidad del amor, la pureza del amor y la crueldad del amor. Del no correspondido, del amor que hace daño, del amor que te jode vivo, te deja aniquilado, te destroza, te deja inútil. El amor que una vez curado y sanado te permite hablar de él en voz alta y ponerle adjetivos. Porque mientras amaste y mientras duró el duelo del amor doloroso e imposible no podías hacerlo. No te lo podías permitir. Pero una vez curado ya sí puedes. 
A Fedra el amor la ha tenido torturada, le ha hecho sufrir como una perra herida hasta que decide amar a pecho descubierto. Con todo el peligro y el mogollonazo que ella sabe perfectamente que va a suponer. Y si no ya tiene al lado a la pelleja de Enone, amante en la sombra, mal bicho envuelto en amor de amiga. Y Fedra decide amar. Y gritarlo. Porque el amor te envalentona. Y ella está feliz de amar. Cuando asume la imposibilidad de ese amor, lo sacrifica, y sacrifica a su amado. O mío o de nadie. Y antes me salvo yo que nadie. Lo envía al matadero. Pero finalmente, cuando el destino ya ha hecho su trabajo, se da cuenta de lo que ha hecho y se entrega al destino inexorable. 
Porque todo es inevitable. Amar, no amar, desear y no desear, querer subir al volcán o querer cuidar de los caballos.    
Hay en Fedra incluso reflejos lorquianos en la relación con la naturaleza, con las flores, con el volcán, con la pasión oculta, con la tragedia del amor imposible y con la valentía del amor. 
Creo sinceramente que este es el trabajo más redondo de Paco Bezerra. Es un texto desgarrado, pasional, limpio, depurado, cercano e incluso diría que de una carnalidad pornográfica. En esa casa, como en la de Bernarda, lo que se quiere no se puede, lo que se desea está prohibido, lo que se puede no se quiere y lo que se debe te ahoga. Aquí, es la tragedia del amor mal elegido la que dice en voz alta: "me vais a soñar".

"Atrévete a amar".



Luis Luque es Paco Bezerra. Es algo también inevitable. No es que se entiendan, es que hablan el mismo idioma, piensan igual, son el mismo. 
Luque ha pasado por todos los estadios del amor antes de llegar a "Fedra". Digo metafóricamente, claro. Pero para contar Fedra desde donde la cuenta Luis hay que haber sido Fedra, hay que haber amado sin evitarlo, hay que haber perdido el amor, hay que haber sufrido por amor y haber pasado un duelo. Y ahora con esa cicatriz curada, colocarte enfrente de este retablo de personajes y desde la distancia de la salud saber dar paso, peso, respeto y medida a todos y cada uno de los matices de la tragedia. Luis respeta y entiende al bicho de Enone, que desde su amor imposible cuida como malamente puede a su niña querida. Entiende a Acamante, que desde su amor sincero, estricto y filial no concibe más amor que el básico, el del dos más dos. Entiende a Teseo, que desde su trono no admite que nada se salga del esquema establecido. Entiende a Hipólito, que vive a bandazo limpio un amor no elegido y entiende a Fedra y su imposibilidad de elegir. 
Hay que ser muy sabio y muy generoso para hacer lo que hace Luque. Luis viene de una comprensión previa no sólo del texto sino de todos los sentimientos de todos los personajes. Entiende y respeta todo. No juzga. Y monta las escenas superando o huyendo de recursos escénicos que subrayen nada. Son los actores y es la palabra. El peso de las escenas está en el peso de la palabra y en su poder de cambiar el mundo. Sin mucho movimiento, sin vagar por el espacio. Sólo lo justo. Y los actores. Y la palabra. 
El trabajo de Luque es ejemplar, porque está lleno de amor; de un amor también inevitable por el texto y por los personajes. Y por el teatro de intención. Por el teatro denso y relleno con la transcendencia de lo superado. Luis Luque conoce el amor y todas sus fases y consecuencias. Por eso se sienta frente al amor y lo expone tal cual, inevitable e inexorable. Quizá uno de los trabajos más depurados y serenos del mago Luque.

Mariano Marín crea un espacio sonoro lleno de embrujo y poderío. Fabuloso, como siempre. 
Almudena Rodríguez Huertas llena de colorido el espacio con un vestuario sobrio y simbólico. De los azules militares de Teseo al negro revenío de Acamonte, del rojo de la Fedra salvaje al blanco del amor letal. Y de las prendas hechas como de retales de distintas vidas de Teseo y Enone al brillo de las túnicas de la Fedra madre y amante. La paleta de colores está en el interior oculto de los personajes.



Monica Boromello se la juega. Estar en Mérida, en ese teatro, y crear una escenografía que prácticamente "cubra" el entorno y salir airosa es digno de una genia. Y Monica lo es, lo ha demostrado mil veces. Para esta Fedra, Monica ha creado un espacio en el que se proyectan las imágenes fabulosas de Bruno Praena. Es un volcán, un cráter, es un coño gigantesco y es el hueco que queda en el pecho si le arrancaras el corazón. Es un torbellino y un abismo, una pesadilla y el rastro de ondas que quedan en un lago al que lanzas una piedra. O son las fases del recuerdo, o del dolor, o las capas del amor. O las consecuencias de lo inevitable.

Tina Sáinz es una institución y un pozo de sabiduría. Cómo controla la respiración, la palabra, la intensidad de los acentos, la musicalidad de cada palabra o la forma en la que busca la luz de los focos demuestran que se las sabe todas. Y crea una Enone arpía y malona como una vecina de esas nacidas para enredar.
Críspulo Cabezas está mejor que nunca. Este actor ha crecido y ha aprendido muchísimo y aunque sigue teniendo una barrera que le aleja un poco de la verdad absoluta y hace que no traspase del todo y que no se corresponda la intensidad que él siente por dentro con el desgarro escénico, reconozco que está más intenso y certero que nunca.  


    
Eneko Sagardoy es un prodigio. Si ya sabíamos que es una bestia capaz de las mayores burradas del mundo, verle sobre un escenario es un gusto para todos los sentidos. Su dominio del espacio escénico, su forma de moverse, su ritmo a la hora de dosificar las emociones, su desinhibición frente a las reacciones más turbias y sobre todo su presencia escénica le convierten en un ser torturado digno de Fritz Lang o de Murnau. Eneko sufre tanto como la criatura de Mary Shelley y aterra tanto como Hans Beckert. Es lo que hay que ser; es bueno, pero es malo, pero es bueno, pero es malo. Admiración eterna.



Juan Fernández es el Lawrence Olivier español. Guapo de caerte de espaldas, con un dominio depurado del gesto inigualable, con un control sobre la palabras y sobre su poder acojonante y con una dosificación de la tensión y de la progresión como pocas veces se ve en un escenario. Juan Fernández sabe medir los tempos, sabe dominar una pausa, sabe enfatizar una sílaba, sabe controlar un gesto, sabe extender un brazo y que se pare el tiempo, sabe pegarte un grito y que desees no haber nacido. Es pura energía escénica y consigue que lo previsible sea imprevisible. 



Dolores González Flores es puro goce. Se mueve por el escenario como si tal cosa. Va y viene (emocionalmente, digo) con una naturalidad pasmosa. Es una Fedra herida, valiente, salvaje, apasionada, carnal y atormentada. Una Fedra que no es culpable, sino revolucionaria, salvaje y que defiende lo que siente.  
Y tiene tres cualidades vitales en un escenario.
No le tiene miedo a las palabras. Quiero decir, que pese a las barbaridades que suelta por esa boca, ella no les tiene miedo ni le dan vergüenza ni le parecen siquiera barbaridades, sino que las suelta como si fueran las palabras normales, necesarias y naturales en ese momento. No se deja aplastar por el peso de las salvajadas que dice, ni las juzga sino que se compromete con ellas a tope. Ese compromiso es la segunda cualidad. Porque a pesar de que Fedra es moralmente cuestionable, ella se compromete con lo que hace y con su personaje y lo lleva hasta las últimas consecuencias. Y encima tiene una forma de decir ejemplar. La dicción, el ritmo, los acentos, la musicalidad de las frases son perfectas. Ojalá muchos actores y actrices se comprometieran tanto y tan bien con las palabras que dicen. Eso no sólo hace que sea un gusto escucharla, sino que le da una dimensión a su personaje sólida y abrumadora. Por eso Dolores, Lolita o Fedra deambulan por el volcán heridas de amor, huidas, heridas, muertas de amor.
La única pega ni siquiera es suya, es nuestra. Es inevitable que todos hagamos juicios previos, que tengamos prejuicios (pre-juicios). Yo, por ejemplo, veo ciertos nombres en los carteles y presupongo que van a hacer cosas malas. Por mi juicio previo. No siempre por culpa de la ausencia del más mínimo talento de esos nombres. Y alguna vez he tenido que recular y reconocer que YO estaba equivocado. YO. No ellos. YO, en mi juicio previo, en mi prejuicio. Es innegable que la figura mediática que supone Lolita hace que tengamos todos un juicio previo. Pero ese juicio es culpa nuestra. Somos nosotros lo que lo tenemos, no ella. Somos nosotros los que prejuzgamos y decimos "bah, Lolita, claro, porque necesitan un nombre para el cartel, porque como actriz...". Y ese prejuicio dice más de nosotros que de ella. Dice somos mezquinos y básicos. Y unos catetos. Lolita no hace nada. Bueno, sí, hace su trabajo Y se pringa. Y lo hace que te cagas. Y luego vamos todos y reculamos y reconocemos que está sublime. Y que ese final es inmejorable, y que deberíamos aparcar nuestros prejuicios porque nos hacen más daño a nosotros mismos que a nadie. A Lolita se la pela si yo pienso "claro, mira esta". Ella se va a pringar en su curro igualmente. Y lo va a hacer igual de bien piense yo lo que piense. El problema lo voy a tener yo que voy a ir con una barrera previa o incluso que puede hasta que me lo pierda y no vea esta "Fedra" por culpa de mi propia estupidez. 

Repito, esta "Fedra" es un gusto. Por su música, por la escenografía, por el vestuario, por la dirección plagada de amor herido y sanado, por el inmenso texto de Bezerra y por el trabajazo descomunal de los intérpretes. De todos.                          


   

domingo, 24 de junio de 2018

La familia no. Fernán Gómez.

A veces, al leer críticas teatrales, ves que los autores se desviven por demostrar que han "entendido" el mensaje, que han comprendido la metáfora y quieren explicarte lo que en realidad querían contarte los responsables del espectáculo. Ese intento de demostrar que "lo has entendido" parece ser un objetivo final, como si tu nivel de inteligencia o de coincidencia significara algo o como si el objetivo del autor o del director hubiera sido en algún momento, lograr que se le entienda.
Como yo no escribo crítica sino que cuento y comparto mis sensaciones particulares, me la pela si "acierto" con la intención de Gon Ramos. Lo que yo sentí es independiente de la intención del autor y ese encuentro vivo y único es lo vital del encuentro teatral.  
Yo he dicho desde antes de "Yogur/Piano" que Gon es un genio. Es una mente de esas que miran y no es que vean tres capas de podredumbre debajo, como Paco Bezerra, sino que ven tres capas de carencias, de necesidades y de huecos. Es lo que tiene mirar sin esperar. Mirar sabiendo ver. 




"La familia no" trata (léete si eso el primer párrafo de nuevo) de las carencias familiares. O mejor dicho, de los estragos que el TIEMPO causa en lo que soñamos de pequeños. 
Los cuatros personajes que vemos en el escenario... de los muchos que veremos en la función, son yo. 
Recuerdo de pequeño que el día de salir de vacaciones era uno de los más emocionantes del año. El 127 petado, con el maletero a rebosar, los tres hermanos pegados a los asientos de plasticazo, bolsas debajo de las piernas, y porque no teníamos pajarito que si no, habría ido también la jaula de "pichurri" y la abuela mareada a la primera curva. Echábamos todo el día en ir de Valladolid a Panjón (antes se llamaba Panjón) y a pesar de las lipotimias, el puto coñazo del viaje y la incomodidad absoluta, ese viaje representaba el comienzo de unos días en los que estábamos todos juntos, a todas horas, felices, relajados, disfrutando y sintiéndonos un grupo, una tribu, una familia. En esa época pensaba que mis padres nunca cambiarían, que siempre serían jóvenes y poderosos, que siempre nos cuidarían y que nunca nos dejarían atrás. Yo he muerto ahogado dos veces; la primera fue en la playa de Patos y me salvo mi padre. Así debería haber sido siempre. Con mis hermanos nos embarcábamos en mil aventuras, escapábamos durante toda la tarde con la impunidad de los años setenta y recorríamos montes, corrales, casas, playas y caminos oscuros. Éramos invencibles. Nunca jamás nos poníamos crema solar. Y acabábamos el mes de julio como tizones. 
Pero el tiempo pasó y mis hermanos andan cada uno con lo suyo, mi madre no es la que era y mi padre murió hace años y nos dejó tirados. 





Eso les pasa a los cuatros seres que vemos en escena. Cuentan que sus padres les han dejado un momento solos en el coche y han ido a buscar noséqué a una gasolinera, pero que en seguida van a volver. Pero no es verdad. No han vuelto. Y ha pasado mucho tiempo ya. Porque no se han ido a por nada. Lo que pasa es que han desaparecido los padres que soñábamos de pequeños. Esos padres se han ido, se han pirado, se han esfumado y no han vuelto ni van a volver. Aunque pensemos que algún día volverán. No. Ahora son otros, ya no son los que nos dejaban preparada la cena cuando salíamos por la noche o los que nos salvaban cuando nos ahogábamos.  
Exactamente lo mismo pasa con los hermanos, con la familia, con la tribu o con el bloque. Cuando éramos pequeños soñábamos o notábamos un cemento uniendo de forma invisible esas piezas pero con el paso de los años, los roles cambian con cada circunstancia, el jefe es víctima y el madre pasa a ser hijo y el hijo padre o el madre mata al hijo jugando y esa herida no se cura nunca. La estructura que soñamos y que vemos en el horizonte se ha diluido. Por eso los juegos de Eva, Emilio, Jacinto y Fabia son eternos y no llevan a ninguna parte. Ellos ya no son lo que se suponía que debían ser. Y lo que tienen se parece muy poco a la imagen del 127 petado y feliz. La familia no. La familia no es lo que esperábamos. No es lo que creíamos. No es lo que necesitábamos. Y los padres no van a volver porque no. Porque son otros, cambiaron, no cumplieron nuestras expectativas o crecieron en otra dirección. Por eso la familia que hay hoy no es la que debería ser. 

Para que el espectáculo sea tan mágico y doloroso como lo vemos es IMPRESCINDIBLE el fabuloso trabajazo de Javier Ruiz de Alegría creando un coche desestructurado, un coche de nuestra infancia con los asientos de telilla de un Panda y la estructura de un castillo de hierro de esos de los parques de antes, en los que los niños jugábamos sin necesidad de tener a una patrulla de policía vigilando el perímetro.
Gon ha parido este ramillete de juegos infantiles y crueles de búsqueda de lo "inencontrable", lo ha ordenado y nos lo presenta con una mirada nostálgica pero superada. Incluso con un gran sentido del humor. El sentido del humor de la herida cicatrizada o al menos reconocida.  
Fabia Castro, Emilio Gómez, Jacinto Bobo y una inconmensurable Eva Lorach dan vida a estos niños, a estos padres, a los hermanos mayores, a los débiles, a los poderosos, a los salvadores, a los padres rigurosos, a los niños desamparados. Son y tienen mil edades y todas son puras y sinceras. 




Es de justicia y de necesidad destacar dos momentos. Primero el monologazo ACOJONANTE de Eva Llorach a grito pelao (no quiero desvelar nada más). Prodigio de trabajo vocal, lo primero. Sí, quizá suene absurdo, pero cuando uno ve cada vez con más frecuencia a supuestos actores microfonados en teatros de Madrid, ver de pronto a alguien que tiene detrás un curro vocal cojonudo, llama la atención. ¡Es que la preparación es vital para un actor! Que sí, que la intuición es muy chula y muy espontánea y muy natural y muy caca de la vaca. La preparación es el estado preexpresivo del actor.
Y encima Eva le da un nivel emocional y una implicación como muy, muy pocas veces he visto en un escenario. Y no hay que hacer ningún muestrario de recursos, no. Hay que saber dominarlos, dosificarlos y utilizarlos para lograr tu objetivo, en este caso conmover. GRANDIOSA.
El otro momento es cuando vuelan. Estéticamente precioso, dramáticamente colocado en el mejor sitio y de una depuración y limpieza que consigue estremecer de puro bello. El la respiración honda, el plano general que necesitamos en ese preciso momento intenso de cojones. 

Si alguien me quiere hacer caso, por dios, que vaya a ver "La familia no". Déjate jugar, déjate llevar y mira entre líneas, porque seguro que ves a tu familia, a la familia que soñaste, a la que tienes y a la que tuviste. Y puede incluso que perdones muchas cosas.    

            

lunes, 18 de junio de 2018

Islandia.

Hacía tiempo que tenía compradas estas entradas y realmente me apetecía ver un espectáculo producido por en TNC. Aunque fuera dirigido por el propio director del TNC. No lo digo por él, claro, porque en mi ignorancia no conocía el trabajo de este director, sino por propio prejuicio viendo cómo nos lucen las cosas por aquí. 

Lo cierto es que en estas últimas semanas han programado por Madrid varios espectáculos con pintaza, incluso alguno con amigos dentro que no he podido ver porque como ya tenía entradas para esto...
Y menuda puntería que he tenido. A ver si consigo explicarme.



El texto de Lluïsa Cunillé no me gusta nada. Creo entender que nos cuenta la historia de un chico islandés que viaja a Estados Unidos para buscar a su madre, de la que hace tiempo que no tiene noticias. La mujer se casó con un carnicero norteamericano y desde el estallido de la crisis no ha vuelto a saber de ella. El chico tiene una sóla ilusión en la vida, ser cantante de ópera cuando sea mayor. Incluso tiene una profesora particular que está muy contenta ella con los progresos del rapaz. 
El chico viaja a Nueva York y allí se cruzará con varios personajes que representan los estragos de la crisis en el mismo epicentro. Al final, el chaval se encontrará con la madre, aunque ninguno de los parezca especialmente ilusionado, el chico escapa, termina en un hospital y ya.
No tengo capacidad como para criticar en profundidad el texto, simplemente me pareció vacío y poco profundo. Es posible que la autora quisiera justamente eso, no lo sé por eso no diré si me parece bueno o malo. Sólo puedo decir lo que me provocó. 
De entrada me parece terrible que en un texto presentado sobre un escenario se oigan las cosas que se oyen aquí. Ya sé que es una traducción del catalán y supongo que las cosas que voy a comentar serán catalanismos o expresiones directamente traducidas del catalán al castellano, pero me parece que no se pueden permitir sobre un escenario. Y muchísimo menos sobre un escenario público, que debería vigilar mucho más que nadie el uso correcto del lenguaje. 
En castellano no se dice "tirar las cartas", se dice "echar las cartas". Lo de "me sabe mal" es una expresión catalana (esta vez sí, correcta). No se dice "he venido al hospital y he pedido por ti", se dice "he preguntado por ti". Lo de "he pedido" suena a que has puesto unas velas a Santa Gema para que interceda por su alma. También es extraño que a las hamburguesas las llamen hamburguesas y a los perritos calientes, hot dogs. 
Pero no es sólo eso sino que el texto en sí presenta a personajes vacíos, de esos que si te los cargas de la función esta sigue siendo igual. Plagada de frases de póster y de reflexiones artificiales que parecían sacadas de wikipedia. Texto que pretende desnudar el alma de personajes asolados por la crisis pero que resulta artificioso, literario, irreal y fofo.
A esto hay que añadir un dirección plana y laxa de Xavier Albertí. 
La escena inicial es desasosegante: ¿por qué esa chica está detrás del cabecero de la cama y casi no sale de ahí? ¿Por qué hablan de tostadas cuando lo que se comen es un trozo de pan de molde blanco? ¿Por qué estoy mirando el pan cuando debería estar pendiente de la escena? ¿Es esto una metáfora? ¿Por qué ha salido un niño de debajo de la cama? ¿El niño es el prota, el chico de la cama, el de la tostada? Ah, no que por edad no le ha dado tiempo de ser él. Entonces sí, es una metáfora. Digo yo.

La escena con el inventor y el neurólogo tampoco me funciona. Para empezar, no sé pero se me hace extraño que hablen todos en el mismo idioma y no haya ni una mención al acento. Vamos que aunque tomemos el castellano como idioma base, alguien debería mencionar que el chicho tiene acento. Es islandés. Por muy bien que hable inglés... Pero en ningún momento de la función se menciona. 
El inventor sí que tiene un acento exagerado. A ver, es catalán, es obvio, pero cuando se preguntan por sus orígenes parace que él va a contestar que es de Cornellá. Too much accent. 
Pero aparte de estos detalles (o como que un neurocirujano no sepa dónde está Islandia) es la escena en sí lo que no me funciona. Tanto esta como todo el resto del espectáculo se me hace eterno, las escenas dilatadas, tediosas, repetitivas y muy poco emocionantes. Varias escenas, si las quitáramos, no cambiarían en nada el espectáculo.     
Entiendo que la intención es la de presentar a un grupo humano variopinto y las consecuencias que han tenido en ellos la crisis. Desde el viejo buscavidas que va intentando estafar a los demás, a la señora arruinada y que malvende sus recuerdos en la calle, o el vendedor de perritos calientes en pleno Wall Street. En medio, ese chico al que no parece que le afecte que le hayan robado la maleta, no tener un sitio donde dormir, tener sólo billetes de 50 que milagrosamente le cambian en las taquillas del metro...
Todas las escenas son larguísimas, afectadas, estiradas en un intento de emocionar o de dar cierta transcendencia pero que lo que consiguen, al menos conmigo era que desconectara y que les viera el truco. 
La escena con la madre es el colmo de la extrañeza. Aparte de que aquí y la emoción brille por su ausencia. Madre e hijo sentados en la iglesia, ni se miran, la madre antipática como ella sola insiste al hijo una y otra vez para que se pire. ¿No hay ni un ligero afecto entre ellos? ¿Entonces por qué ha viajado hasta allí el pobre? Al final de ese encuentro gélido parece como que la movida es que la madre está avergonzada por vivir "tirando las cartas" (se las debe de tirar a la cara a sus clientes) y que se ha quedado embarazada... ¡de su marido!
Y fin. 
Bueno, no; entre medias se supone que el chico sueña con ser cantante de ópera. Tiene una profesora particular (muy mal económicamente no estará esa familia, claro), pero cada vez que hace como que canta, es un dolor. Yo si fuera la abuela del chico despedía a la profesora ya mismo. El chico no da ni una nota y digamos que canta como si no tuviera la más mínima posibilidad de dedicarse a eso de mayor. 
La escenografía es chula aunque promete más de lo que luego resuelve.  Max Glaenzel crea un espacio prometedor que acaba siendo más útil que expresivo. 
Del elenco destaco a Juan Codina porque despliega una fuerza y una rabia de gran maestro. El resto, de ambos sexos y de todas las edades chapotean en la superficie de sus personajes, sin ahondar en nada y dando una sensación de tedio, de pocas ganas de estar ahí y de una falta de implicación que se contagia.



Poco más que añadir, insisto en que estas fueron MIS sensaciones al ver la función. Un texto sin chispa, lleno de tópicos y de intenciones sin realizar, con una dirección tediosa y nada emocionada ni emocionante y unas interpretaciones superficiales. 
El María Guerrero, otrora petado, con medio aforo vendido. Así no levantamos cabeza.   
           

miércoles, 6 de junio de 2018

Galili / Kylián / Duato. CND. Teatro de la Zarzuela.

No sé ni cómo empezar a hablar de este espectáculo. 
Bueno, me lanzo, como siempre, y que las palabras me lleven por donde ellas quieran. 


FOTAZA DE JESÚS VALLINAS

Los programas mezclados, con piezas distintas, suelen correr el riesgo de acabar siendo un pastiche mono y desigual con la sana intención de contentar a todo el mundo y con un resultado desconcertante. Afortunadamente para todos en esta ocasión no es así. En todo caso podría decirse que es el programa PERFECTO para que se luzca toda la compañía. 
Yo no soy ningún experto en danza, ni siquiera soy un entendido. Yo únicamente cuento en voz alta las sensaciones que me produce lo que veo. L@s crític@s especializad@s escriben de maravilla (menos algún clásico revenío), con conocimiento, sabiduría y conceptos claros. A mí especialmente me gusta esta, ESCRITA POR YOLANDA VÁZQUEZ
Yo escribo como escribo y describo como siento.


FOTAZA DE JESÚS VALLINAS. 

"Hikarizatto" me parece una pieza perfecta para que baile todo el mundo. Así todos los inmensos bailarines de la CND salen al escenario, se lucen y participan en una pieza. Es obvio decir que las luces son una maravilla y que todos los bailarines despliegan sus mejores recursos en este ejercicio de precisión y exhibición técnica. Estuve todo el rato con la mandíbula desencajada viendo el despotorre físico de todos. Impecables, precisos, bestiales y matemáticos. Un diez para su precisión y exhibición física. Pero para mi gusto, la coreografía tiene poco de lo que a mí me mueve cuando veo danza. Es un gran número de relojería pero con cero sentimiento. La emoción brilla por su ausencia. Derroche, sí, y tremendo, pero de cualidades físicas. Ni matices, ni sutileza ni temblor. No se me mueven los centros. Eso sí, la mandíbula colgando durante toda la pieza. Y un piso que les pongo a todos ellos, porque están magistrales, pero para mi gusto no hay nada de emoción. Solo virtuosismo. O mejor dicho, virtuosismo, sin "solo". 




FOTAZA DE ALBA MURIEL

"Gods and dogs" es una puta obra maestra. Pero claro, Kylián es dios. 
Reconozco que leyendo el programa de mano se me puso cara de rodaballo. Se supone que es una reflexión sobre la forma en la que nos vestimos y las razones que nos hacen elegir la ropa. Te juro que yo leo esto y lo flipo. La magia del escenario consiste en que uno hace una cosa con una intención y el diálogo con el espectador crea que éste reciba lo que quiera o necesite recibir. Yo veía la lucha de seres torturados, enfermos, necesitados, o directamente locos o suicidas. No todo junto, sino a brochazos. Yo veía a Isaac Montllor y a Daan Vervoort buscando un sitio donde suicidarse, y a Agnes López y a Benjamin Poirier intentando salvar una relación a punto de acabarse y al gran Aleix Mañé luchando con los fantasmas de la enfermedad física y mental. Eso es lo que yo veía. Lo siento, Jirí. Yo veía dioses y perros, salud y enfermedad, locura y cordura, vida y autodestrucción, amor y soledad, huída y necesidad. 
Lo que sí tengo que decir es que en todo momento sobre el escenario los ejecutantes, los actuantes se convirtieron en mediums. He visto el espectáculo dos veces porque quería, aparte de darme el gusto, ver a los dos elencos. No para comparar, está claro, sino para disfrutar de dos maneras distintas de vivir lo mismo. Y para recrearme en lo distintos que pueden ser los mismos pasos si los transitan dos seres distintos y únicos. Porque eso es la danza. Los pasos son los pasos y siempre son (en fin...) los mismos. La danza es lo que hay entre medias, entre paso y paso. Ahí, en ese espacio mínimo pero inmenso es donde vive la personalidad del ejecutante, del mago, del bailarín, del intérprete, del actor, del actuante, del medium. Ese espacio es la danza. Igual que "música" es lo que hay entre una nota y otra nota. Si oyes dos versiones de "Morgen", las dos cantantes darán las mismas notas, porque son las escritas, pero cada una rellenará de un material distinto el espacio entre las notas. 
Eso hacen aquí los bailarines de la CND. Aleix y Álvaro bailan lo mismo, los mismos pasos, pero Aleix se retuerce de dolor, de un dolor interior, torturado, de desgarro interno y crea un ser frágil y atormentado por fantasmas internos mientras que Álvaro, bailando lo mismo, es un joven impetuoso, impulsivo y eléctrico. ¿A quién quieres más, a mamá o a papá? Son dos composiciones distintas. Parten de lo mismo y usan lo mismo pero crean cosas distintas. La sutileza, el matiz y el mundo interior de Aleix y el impulso, la rabia y el brío de la juventud de Álvaro. 
O como Sara y Agnes. Sara es el cálculo, la forma perfecta e intachable, mientras que Agnes mira al suelo, mueve un dedo y quiebra la espalda y de repente el escenario se transforma en una película de Kieslowski. Con Sara flipas con su elegancia y su delicadeza. Agnes transforma el aire que la rodea en necesidad. En necesidad de bailar para contar y para cambiar.
Isaac y Daan viajan por la depresión y el dolor insoportable. Buscan dónde morir. Alessandro y Toby viven ese dolor con otro desgarro, sin querer morir sino buscando la salvación.
Kayoko es fría y perfecta. Elisabet es perfecta y terrenal. 
¿A quién quieres más, a mamá o a papá?




FOTACA DE ALBA MURIEL

"Por vos muero" es una joyita. Es muy mona de ver y fácil de gozar. Por supuesto es indiscutible la figura de Nacho Duato en la historia de la danza mundial. Y es una alegría inmensa volver a ver sus coreografías en Madrid. Sólo por eso merece la pena. Lo que tiene "Por vos muero" es que ha envejecido regular. A ver; claro que creó escuela. Lo que en su día fue una revolución, con el paso del tiempo se ha vuelto más habitual. Es lo que tiene convertirte en referente. El uso de esas músicas se ha vuelto algo frecuente, el vestuario ha evolucionado y la coreografía en sí, siendo magistral, bellísima, delicada y gozosa, ahora parece algo menos novedosa. Aun así es un placer para los seis sentidos ver flotar por el escenario a estos magníficos bailarines. Disfrutar de una pieza tan redonda, tan flotante y tan placentera de ver es un regalazo y sin duda, cierra por todo lo alto este programa bestial y necesario. 

Espectáculo asombroso y magistral. Demuestra que la danza es plural, bella, dolorosa y necesaria para vivir. Y José Carlos Martínez nos regala de nuevo la ocasión de gozar como perras viendo cómo bailan y cómo sienten lo que nace en el escenario Mar, Isaac, Agnes, Daan, Elisabet, Alessandro, Shani, Sara, el gran Aleix, Álvaro, Aída, Rodrigo, Marcos, Toby, Jesse o Benjamin. 
Igual que estaría todo el día escuchando la muerte de Isolda, estaría todo el día viendo este programa. Es que la danza es vida. Toda la danza. Hasta la no danza.       









 

miércoles, 23 de mayo de 2018

Divinas palabras Revolution. Teatro Español

Yo con Chévere siempre he tenido mis más y mis menos. Vale, sí, estas "Divinas palabras" no son una producción de Chévere sino del Centro Dramático Galego, pero para el caso, como si lo fuera.
Con Chévere he ido de menos a más. De "Citizen" a esa maravilla de "Eroski Paraíso".  
Con "Divinas palabras" me lo pasé muy bien, disfruté mucho, me reí y me estremecí, pero reconozco que el brillante planteamiento inicial se acabó convirtiendo en la propia trampa del espectáculo. Creo que lo que parecía un hallazgo en un principio, se volvió incongruente a mi modo de ver. 



Manuel Cortés y Xron firman esta versión del textazo de Valle Inclán. A mí el texto de don Ramón María me enloquece y el rosario de personaje inmundos me priva. Situar la acción en un reality de esos en los que encierran a un puñado de desquiciados para que se despellejen delante de las cámaras y delante de millones de ojos ajenos que se olvidan de sus desgracias rebozándose en los jaris de cartón piedra de unos supuestos famosetes prestos a dejarse humillar con tal de pillar unos euros indignos es un acierto. Coño, qué frase más larga me ha salido... 
Los familiares de Xoana (Juana la Reina) están encerrados en un escenario de reality y allí se harán cargo de Laureano, el baldadiño, repartiéndose su cuidado entre Mari-Gaila y Marica del Reino, cuñada y hermana de la fallecida. Les acompañan en esa casa el resto de personajes de la obra de don Ramón María mientras desde fuera, Séptimo Miau les vigilará con su ojoquetodolove.
Este arranque es ingenioso y realmente funciona. La podredumbre de una Galicia ya superada por la realidad funciona bien en este marco. Mientras la vida parece detenerse dentro de ese microcosmos podrido, fuera, Galicia arde y es asolada por un tiempo inexorable. La Galicia que recibirá a toda esta peña al final del desastre, cuando esa placa de Petri en la que han vivido les devuelva a la puta y quemada realidad. 
Los que han ido a esos concursos dicen que ahí dentro "todo se magnifica". Bueno, vale, chaval. Aceptaremos pulpo. Por eso es ingenioso y prometedor encerrar a esos personajes en un micro espacio en el que sus miserias se magnifiquen y se saquen de madre. 
Pero precisamente por las limitaciones de un entorno tan concreto creo que es por lo que acaba haciendo aguas el planteamiento. Me explico: ellos están en un sitio en el que hay cámaras por todas partes y todo lo que pasa es retransmitido en directo. ¿Cómo es entonces posible que suceda el final del baldadiño? Sus causantes deben de saber que lo que está pasando allí lo está viendo todo el mundo, ¿no? Igual que lo que sucede en el dormitorio entre padre e hija. No hay nada de la acción que transcurra en la impunidad de un bosque, o agazapado en la oscuridad o los secretos. Es impensable que pase lo que pasa entre Pedro Gailo y Simoniña. Y no puedes "devolver" la silla a la habitación de Marica sin que se entere toda España. Y no puedes revolcarte con Séptimo Miau porque te ve todo el país. O sí puedes, pero todo eso tendrá consecuencias. Y esas consecuencias se escapan del propósito de los personajes. Quiero decir que hay cosas que pueden darte igual o que pueden tener consecuencias inesperadas, pero otras cosas se hacen cobijado en la impunidad de lo secreto. Está en Valle Inclán y está en la lógica de la acción. Hay cosas que pueden pasar delante de unas cámaras y que no importe pero otras son totalmente inimaginables si tienes una cámara enfocándote. 
Tampoco entiendo que haya habitaciones que no se ven. La escenografía de Suso Montero es una pasada, pero el que falten algunas habitaciones ya da una pista sobre categorías de importancia. Vale que las habitaciones de los mendrugos esos no nos importan, ni la de Tatula, ni siquiera la de Marica, pero que de entrada no aparezcan lo hace demasiado evidente. 



En lo que se refiere estrictamente a la trama, al hecho de haber trasladado la acción en esta versión a un espacio tan acotado, creo que lo que podría haber ayudado a encerrar y limitar lo repodrido de los hechos acaba atrapado en una incongruencia que al menos a mí me hizo salir de la complicidad inicial y empezar a "ver el cartón". 
Por eso creo que la principal baza de esta versión es también su principal trampa. 
Además me dio la sensación de que muchas escenas estaban como flojas. Era como si estuvieran recién montadas y necesitaran todavía hacer nacer más vida. Tuve la sensación en muchos momentos de que el hiperrealismo a la hora de montar determinadas escenas lastraba su vida. Y sentía como que casi todo necesitaba rodaje. Seguramente dentro de un mes el espectáculo habrá crecido mogollón, de hecho estoy convencido, porque con una base tan potente es cuestión de entresacar la vida y lo nacido en el momento. Pero en mi cuerpo la tensión caía a ratos y notaba una falta de "vida escénica" resultado del tono hiperrealista de la apuesta de Xron en la dirección.
  
Aunque colaboro en algún ranking y a veces tengo que "puntuar" espectáculos, no soy muy amigo de poner estrellitas a los espectáculos teatrales. Pienso que uno valora lo que ve y vive por su experiencia única e individual. El director y el equipo han tomado sus decisiones y han optado por hacer las cosas como ellos han querido. Eso es incuestionable y decir de una decisión del director que es acertada o equivocada es una soplapollez. El director ha tomado las decisiones que ha querido y ha creído convenientes para contar su historia a su manera. Y no admite que nos parezca bien o mal a los demás. De lo que se puede hablar es de si esas decisiones han funcionado en nosotros. Si nos han tocado y si nos han funcionado. Ni se me ocurre cuestionar las decisiones de Xron ni de nadie del equipo. Obviamente todo lo que hacen está pensado, repensado, decidido y requetedecidido. Y no lo critico ni lo pongo en duda. Simplemente no funcionó conmigo. Me hizo salirme de la empatía inicial y situarme lejos, en un sitio donde encontraba fisuras en la acción, en la congruencia y en el tono.   



El elenco es de ensueño, ahí no se puede poner ni una pega. Lo de Patricia de Lorenzo es pura debilidad. Crea una Mari-Gaila mala de cojones, seductora, pringosa y repugnante (el momento pañal es estremecedor, unos minutos interminables que todo político debería ver antes de tomar decisiones económicas por encima de los seres humanos). Consigue ser todo lo malo que tiene que ser un bicho así y da verdad y vida a cada movimiento. No es una actriz de grandes composiciones desgarradas y mutantes. No, ella trabaja desde sí misma, desde sus recursos y consigue hacer nacer la verdad SIEMPRE. Eso sólo lo consiguen los grandes intérpretes. Los hay que se transforman cada vez y los hay que desde su forma de hacer logran siempre SER el personaje. Adoración absoluta. Y encima ha hecho sus pinitos en doblaje y con eso ya me tiene a sus pies. Yo soy muy fans de mis colegas.
La misma admiración siento por Tomé Viéitez que crea un baldadiño asombroso y la admiración se vuelve absoluta con Borja Fernández, que compone un monstruo repugnante con trazos finos y precisos.  



En resumen, creo de verdad que es un gran trabajo de todos, el equipo al completo hacen un curro de altura, desde el creador del espacio sonoro a la responsable del vestuario o al iluminador pasando por los actores e incluso por los responsables de la versión y el director. Sin embargo algo no hizo click en mí y me sacó de la magia de lo nacido en el momento y me hizo ser consciente de que estaba en una butaca de un teatro, con una cabezón que me tapaba la mitad de la visión y con las rodillas dándome con la butaca de delante.
Con Chévere me ha pasado esto otras veces; que simpatizo totalmente con su punto de vista y ética y moralmente me siento cerca, pero algo me descoloca. Quizá el intentar transmitir el mensaje por encima de las formas. Demasiado empeño en dejar claro su punto de vista moral. Y a veces ese empeño, pese a ser lícito y admirable, puede que conmigo no funcione. Prefiero ver yo las cosas y descubrirlas antes que verlas ahí puestas. Está Galicia, está Valle a ratos pero me falta dejarme estar a mí .     







 

domingo, 20 de mayo de 2018

Contratiempoymarea. Intemperie Teatro.

Al lío. 
"Contratiempoymarea" es una gozada. Así, tal cual. 
El texto de Sonia Madrid es para leerlo una y otra vez y sacarle jugo, exprimirlo de nuevo y buscarle mas vueltas y luego más y así varias veces. Porque lo que hace es plasmar en el papel el pensamiento de dos seres surrealistas. O absurdos, o sacados de un circo, o de un psiquiátrico. O de la calle. 
Mezcla estilos y géneros con una audacia que te tira de espaldas y llega incluso a atreverse con el monólogo interior en algunos momentos. Magistral. Además retrata a dos seres perdidos y complementarios. Las dos caras de una moneda o la misma desde dos prismas distintos. Pompoff y Thedy, o Vladimir y Estragón, o Cara blanca y Augusto o Tip y Coll o C3PO y R2D2. El uno dice lo que el otro piensa, el uno dice lo que el otro teme, el uno dice lo que el otro espera. Los dos son desconocidos aunque se conocen mejor que nadie. Los dos esperan a su Godot. Los dos aman y han amado y tiene miedo y sueñan y mueren y se defienden de un mundo que no entienden y se pelean y se vacilan. Son como dos amantes o los dos polos de una misma mente. Tan complementarios como enemigos y tan necesarios como peligrosos. 



Maravilla de texto amargo y desgarrado sobre el vació y la incomunicación, la búsqueda y la necesidad.
Y llega Raquel Pérez y disfraza estos dos seres de payasos. Y así ya tiene la coartada perfecta para tocarnos los huevos y que nos lo tengamos que comer. Porque estos dos vagabundos, estos payasos salidos del Retiro (del de antes), estos dos heridos tiene derecho a decir y hacer lo que quieran. Parecen arrancados de un circo barroco, de un circo de esos en los que los payasos hacen llorar y la trapecista tiene las medias rotas y el corazón hecho añicos. Entre cartones de vino, música decadente y recriminaciones ácidas, Plácido y Domingo se buscan, se miden, se encuentran, se necesitan y se matan. El amor puro. La vida misma. Brillante el sitio desde el que Raquel nos cuenta esta historia de amor y brillante la forma y el tempo elegidos. Grandísima directora. 
Albino Hernández-Newman está a los mandos de la luz y el sonido. OLE tú, Albino. 
Iván Villanueva es Cara blanca. Es el reposo, la serenidad, la sabiduría olvidada y el reposo. Quizá peque de estar a ratos demasiado entero. Su locura o su punto de partida a veces se desdibuja un pelo. David González sin embargo da un recital. Todo lo que hace es magistral. Ya desde su aparición, arrastrando un carrito en el que nos avisa de que es esquizofrénico. Sólo con ese cartel nos avisa de que puede hacer cualquier cosa. Y es eso exactamente lo que hace. Cualquier cosa. O mejor dicho, de todo, hace de todo. David grita, susurra, va, viene, salta, llora, corre, ríe, sufre, sodomiza, ama, escupe, mata, busca, escarba, hiere y seduce. Hace de todo y todo lo hace bien. 

Hacedme caso. "Contratiempoymarea" es un espectáculo pequeño, con los medios justos y necesarios. Y no necesita más. Pero es un espectáculo GRANDE en su vuelo, en su pretensión, en la profundidad de su texto y en la seriedad de su puesta en escena. Y por supuesto, en el trabajazo ejemplar de sus dos actorazos.
Bravo para todos y cada uno de sus responsables. Este es el teatro que mola.   

lunes, 7 de mayo de 2018

Beatrice. Teatro Galileo

José Gómez-Friha es el responsable tanto de la dramaturgia como de la dirección de esta "Beatrice". Un revisión de "La hostería de la posta", montaje con el que Venezia Teatro celebran su quinto año de vida. 
San Carlo Goldoni escribió "La hostería" en siete días allá por 1762. Doscientos cincuenta y seis años después el aparentemente divertido texto de Goldoni sigue vivo. Tristemente vivo. 
Hace pocos días saltaba la noticia de que la comisión que se va a crear ahora, si es que se crea, en pleno siglo XXI para estudiar la reforma de los delitos sexuales va a estar compuesta únicamente por hombres y que... ay, calla, que no. Que me lío. 
Hace pocos días se hacía pública la sentencia del juicio de "La manada" y todos flipábamos al ver que.. ay, calla que tampoco. Me vuelvo a liar. 




Beatrice pasa una noche en la hostería de la posta con su padre en pleno viaje a Milán, a donde van para que ella contraiga contrato... digo... matrimonio con un señor que le ha buscado su padre y que les vendrá muy bien a ambos, padre e hija. Sobre todo al padre, claro, si no de qué.
Por cosas del destino el futuro marido también pasa la noche en la hostería, aunque ellos no se conocen. El enredo está servido y lo que parece un vodevil de entradas, salidas, cruces y equívocos se convierte en un alegato en defensa del derecho de la mujer a decidir por sí misma. 
José Gómez-Friha se sirve de un par de elementos sencillos para marcar un punto de vista y dar un aplastante poder tanto ético como social frente a lo que estamos viendo. 
Todo en "Beatrice" es estilizado. O mejor dicho, es sobrio y depurado. El espacio en un cuadrángulo con un par de puertas marcadas con luz. Un luz que sencillamente ilumina la zona de acción y oscurece la zona en la que los actores esperan sentados su turno. Punto. Ni más ni menos. Nada que distraiga. El derroche está en el vestuario suntuoso y bellísimo. 

Andrés Requejo, el grandísimo Andrés Requejo se adelanta, enciende una cerilla y se ilumina la lámpara que hay sobre él. Se hace la luz y comienza la acción. 
Todo discurre con brillo, muchísima chispa, buen ritmo y un puñado de actores excelsos. No hay ninguna pega que ponerle. ES COMO DEBE SER. La chispa del texto de san Carlo Goldoni está ahí. El vestuario ayuda, el espacio y las luces no estorban ni distraen del verdadero propósito de lo que vemos. Disfrute. Hasta que de repente, Marta Matute interrumpe la escena para... para... para... y se va. Ese gesto, ese intento de decir algo, de decirnos algo que no está escrito es la clave de "Beatrice". 

SPOILER     

Esto culminará con el gesto final, cuando Beatrice está a punto de aceptar a su marido de encargo, porque el hombre es majo y algo de tilín le ha hecho. Hasta que Marta se para, reflexiona durante unos segundos y decide cortar. Sencillamente no le sale del coño aceptar a este tío porque sí. Ella amenazaba con negarse a aceptarle si no era de su agrado. Pero ahora va más allá. ¿Por qué coño va a aceptarle si ni ella le ha elegido, ni ha pensado en él, ni ha tenido voz ni voto en nada? Ella sabe que es dueña de su vida, de su destino y de su futuro. Y que es la única que manda en sus propias decisiones. Ella, Marta. Y ni manadas ni comisiones de estudio, ni padres, ni tíos ni testosterona. Marta es dueña y señora única y exclusiva de su vida y de sus decisiones. Sí es sí, todo lo demás es violación. Y Marta se quita todos los trastos que tiene que llevar encima, coge la puerta y se pira. Y ahí se quedan todos los machos Ellos verán. 
Lo dice el dossier, no lo digo yo, pero es totalmente cierto, es el portazo de una Nora del siglo XXI. 
Si el montaje como tal estaba siendo impecable y magistral, este detalle sencillo formalmente pero terrorífico como símbolo hace que "Beatrice" levante el vuelo hasta el infinito. ¿No se puede hacer teatro del siglo XVIII en el siglo XXI?  Hablen con José Gómez-Friha y luego ya vemos a ver. O mejor, vayan a ver "Beatrice" y luego nos tomamos un vino. 




Y si brillante es el planteamiento y la forma que han elegido, el reparto es cosa aparte. 

Andrés Requejo tiene un breve papel pero demuestra un poderío y un dominio de la escena y del género incuestionable. Este hombre es inmenso. Juanma Navas está brillante. Como David Alonso, que está divertido y payaso en la justa medida. 
El trío de ases son oro puro. TODOS ellos pero quizá estos tres al tener más papel luzcan más, TODOS ellos, digo, tienen una de las cualidades más tristemente escasas hoy en día en un escenario. Saben hablar. Tienen una dicción per-fec-ta. Y sí, no nos pongamos a la defensiva porque sabéis como yo que es verdad. No es fácil encontrar actores que hablen como hay que hablar. Con una dicción impoluta, y dando a cada palabra el peso necesario. 
Rubén de Eguía está para comérselo. Aparte de ser un rato guapo, es un actorazo de los inteligentes, de los que saben que el fin de un intérprete es ser un medio, no un objetivo. Y se "limita" a dar vida a su personaje desde la sinceridad y la palabra correcta y limpia. Si ya se lo vimos en "El principio de Arquímedes", ya. 
Marta Matute es una de las más grandes de su generación. Llevo diciéndolo desde hace tiempo. Desde que la vi por primera vez hacer ... o mejor dicho, escuchar una Antígona. Da igual que haga teatro del siglo XVIII como este o del siglo XXI como en "La escena número 12" o del siglo XXII como "Yogur/Piano",  o una figuración en el Real o que nade entre las palabras de Pessoa; Marta es inmensa, implicada, lista como ella sola y un muestrario de estados de ánimo y de recursos. 
Y para mí, mi mayor descubrimiento fue Pablo Sevilla. Las razones son simples. Porque sabe hablar. Tiene un timbre de voz luminoso y una dicción realmente buena. Impecable sin afectación. Es un gusto oírle hablar. Y no sólo por la calidez de su palabra sino por su calidad. Sabe medir las palabras, sabe su significado (sí, aunque suene básico, es así, cuántas veces oyes a gente que no sabe lo que dice) y sabe su poder y su repercusión. Y obviamente su composición del personaje es exquisita, perfecta, compleja y atinada.  
Y completando este grupo de hombres está Álvaro Llorente con el violonchelo. El complemento perfecto para provocar a Marta.  Corran a ver esta nueva versión de "La hostería de la posta", porque "Beatrice" es una joya. Pero una joya joya. Y déjense llevar por el poder de una mujer que se reivindica en pleno siglo XXI y por la belleza de la palabra dicha con sentido y peso.  




  

miércoles, 2 de mayo de 2018

Cyrano de Bergerac. Teatro Reina Victoria.

Atreverse con un texto como el de Edmond Rostand es un reto, pero también es una trampa. 
Todos hemos visto quinientas mil versiones, a quinientos mil actores y hemos visto resultados buenísimos y estrepitosos fracasos. Versiones divertidas, truños insufribles, luces y sombras.
Esta versión de "Cyrano" es de las divertidas, de las brillantes, de los aciertos sobre todo gracias al inmenso trabajo de José Luis Gil. 
Carlota Pérez Reverte firma la versión junto a Alberto Castrillo-Ferrer, quien también se encarga de la dirección del espectáculo. Alberto ya dirigió otro montaje anterior, "Si la cosa funciona" con la misma pareja protagonista. El entendimiento entre ellos tres se nota en esta nueva puesta en escena (aunque llevan ya 100 representaciones). 



Estamos ante un artificio. No es que sea "teatro dentro del teatro" pero sí es "teatro como representación", artificioso. No es una recreación de la vida sino un juego escénico, una representación. Y como tal la vemos. El escenario, con las candilejas en el proscenio, unos paneles de madera que se cubren de telas, de tapices o que se desnudan según la escena. O sirven de pantalla donde se proyectan imágenes que ambientan otros lugares, o se adelantan o atrasan para crear entradas y salidas. En definitiva, una escenografía del grandísimo Alejandro Andújar junto con Enric Planas que es a la vez eficaz, útil, evocadora y expresiva. Es casi como el escenario ambulante de una compañía. Madera, versatilidad y eficacia. Como alguna caracterización; barbas postizas nada disimuladas, múltiples personajes a cargo de cada intérprete, cambios de escenografía a la vista, pómulos postizos casi de comedia dell'arte...
Luces y vestuario de Nicolás Fitschel y Marie-Laure Bénard al servicio del espectáculo. Y en el mismo tono que la escenografía. 
La dirección de Alberto Castrillo-Ferrer es eficaz y respetuosa. Nos cuenta esta historia trágica de amor desde el respeto por los personajes, por todos ellos y lo barniza todo con un aire de comedia de repertorio de compañía ambulante. El artificio "evidente" es así de evidente para realzar el carácter del texto. Quieren contarnos una historia. Como tal, una historia. La historia de Cyrano, de su amor por Roxana y de la imposibilidad de ese amor. Castrillo-Ferrer pasa de la comedia de toda la primera parte a la tragedia amarga de esa escena final antológica y del humor de la panadería al amor de la escena del balcón. Cada escena, cada momento tiene un tono, un ambiente, una profundidad. JUSTA y EXACTAMENTE la que necesita cada momento. Así no sólo consigue que no despegues el culo del asiento en las dos horas y pico que dura la función sino que sin querer vas sumergiéndote en el estado de ánimo de Cyrano, el eje obvio del espectáculo. No esperéis un montaje grandioso, no. Todo lo que vemos es medido y es justo y escueto. Lo gordo; lo gordo gordo está donde tiene que estar, no tanto en la forma. 



El resto queda "sencillamente" en manos de los intérpretes. Y ahí encontramos de todo. Desde el trazo grueso de la experimentada Rocío Calvo al poderío en escena del gran Carlos Heredia. De la experiencia de Ricardo Joven a la frescura y el desparpajo de Álex Gadea. Cada uno está en su código y todos ellos al servicio del conjunto. Ana Ruiz está estupenda de presencia y de gesto. Cada movimiento, cada mueca, cada movimiento de su cara, por leve que sea es perfecto. Sabe lo que dice y por qué lo dice. Pero hay algo atropellado en su verso. Junta demasiado algunas palabras y pasa por encima de ellas, sin darles todo el espacio que necesitan. Si las palabras siempre son escogidas, en el verso esto se dispara. Y las palabras elegidas son esas porque necesariamente deben ser esas, no sólo por la rima y la medida, que también, sino por la carga, el significado y el poder de las palabras. Y a veces Ana pasa un poco por encima de las palabras. Y vocalmente quizá ayer estaba algo tocada, porque su emisión, la proyección vocal quedaba escasa y su voz se quedaba en un agudo con no mucho color que está claro que no corresponde a una actriz que además canta, como ella. Vamos, que ella canta muy, muy bien. Por eso supongo que lo de ayer sería un asunto pasajero. Y es una lástima, porque tanto la belleza del personaje como toda su gestualidad fueron muy acertadas. 



Y vamos a lo gordo. Porque como decía al principio, "Cyrano" es tanto un reto como una trampa. Y el actor que se encargue de dar vida a este ser amoroso, ingenioso, brillante, divertido, sabio, inteligentísimo, generoso, pícaro, sacrificado, del que querrías ser amigo y alumno; el actor que de vida a Cyrano se la juega. Cyrano NECESITA para vivir a un actor capaz de hacer surf en cada palabra, en cada sílaba, en cada acento, porque si no, el texto naufraga. 
Pero, ¿que ha hecho Alberto Castrillo-Ferrer? Darle el papel a un ser de otro mundo. JOSÉ LUIS GIL, así, en mayúsculas. Para la mayoría será conocido por sus interpretaciones televisivas, en las que es EL MEJOR. Pero José Luis lleva años y años y años tocando todos los palos de la interpretación. TODOS. No sólo es gracioso y un cómico asombroso, sino que ha estado en vuestras mentes y corazones sin que os dierais cuenta, porque José Luis ha participado en los mejores doblajes que se han hecho en este país. Yo le he visto hacer cosas que vosotros, humanos, no creeríais. Ha sido y ES uno de los mejores actores de este país delante de un micrófono. ¿Y eso qué le ha dado? La sensibilidad y sabiduría de distinguir, conocer y valorar el peso de cada palabra. Porque cuando delante de ti sólo tienes una interpretación ya hecha y un texto y tu obligación es dar vida a las palabras para que se junten a esa cara y todas unidas parezcan vivir, en ese momento el poder está en LA PALABRA. Y José Luis llena CADA palabra que sale de su boca de carne, de sangre, de peso, de saber, de sentido y de emoción. Lo hace delante de un micro y lo hace delante de una cámara y lo hace encima de un escenario. Y encima lo hace dando vida a Cyrano, la trampa de las trampas. Porque con Cyrano puedes meter la pata y creerte que eres la hostia. Puedes empezar a gustarte y que se te vaya la pinza y la medida. Puedes empezar a cantar, a hacer ripios, a querer sonar grandilocuente. Puedes querer hacer un personaje aún más grande de lo que es Cyrano. Puedes venirte arriba, creerte la estrella y que te sobren los compañeros. Y el teatro, como todo en la vida menos la masturbación, es una labor de equipo. Pero José Luis no hace nada de eso. Jose entiende las palabras, las ha desgranado una a una, las tiene medidas y tiene medida la medida de lo que quiere y necesita hacer para que este "Cyrano de Bergerac" sea coherente, sólido y brillante. Jose se sitúa justo donde debe en cada escena, es prota cuando debe serlo y secundario cuando es menester. Y sobre todo, tiene un control de LA PALABRA que hace que sea posiblemente el mejor Cyrano posible. Así lo demuestra. Jose emociona, viaja por mil estados de ánimo, regala dos mil millones de matices y convierte cada palabra que sale por su boca en una obra maestra. 



Confieso, que al igual que me pasa con Cyrano, a mí me pasa con José Luis, que querría ser su amigo y su alumno. También confieso que he aprendido de él sin él saberlo lo que sé de mi profesión. Siempre ha sido una referencia. Por mucho. Por todo. Y es que yo le veo y le hago la ola.