miércoles, 17 de octubre de 2018

Romancero gitano. Teatro de la Abadía.

Poder presenciar historias de amor intensas y vitales como la que han forjado Nuria Espert, Lluís Pasqual y Fedrico García Lorca es un lujo que esta época convulsa y envidiosa nos ha permitido disfrutar. 
Lo que podemos ver en la Abadía es el nuevo hijo nacido de esta historia de amor. De amor necesario, de amor imperecedero, de amor desbocado e hiperbólico y de amor que sobrevuela el paso de los años. Este "Romancero gitano" es como volver al origen. Tras "La oscura raíz", "Haciendo Lorca" y "La casa de Bernarda Alba" vuelven a reunirse tres seres que pese a haber navegado solos en muchas ocasiones, estaba escrito que tendrían que volver a reunirse. Porque hay amores y necesidades que son inevitables. Nuria ha viajado con Federico, Lluís ha viajado con Federico también y Federico ha viajado con muchos y muchas. Pero juntos, este trío es amor puro y necesario. 
Los amores necesarios de verdad no necesitan de aderezos ni de adornos. Una flor lo dice todo, un apretón de manos, un beso en el momento preciso o sentir juntos y por igual un aria de ópera pueden ser muestras del amor más hiperbólico e inevitable. Porque amar es estar y es ser. Por eso el escenario está vacío de aderezos o de palabras sobadas y desgastadas. Un escenario vacío y Nuria haciendo resonar las palabras de Lorca. Simplemente unas butacas. Fuera cuarta pared y leches. Aquí sí de verdad. Porque esto es entre tú y yo, entre iguales. "Te voy a contar una historia". Por eso el escenario es el patio de butacas por del revés. There's no greater love.  



A Federico le gustaba leer sus poemas a sus amigos. Quería ver sus reacciones y comprobar el efecto que producían sus palabras al sonar en voz alta y llegar al otro. Eso es sencillamente lo que pasa en la Abadía, que las palabras de Fedrico vuelan por el aire en la voz de Nuria y nos llegan directas al corazón, a los entresijos y al hígado como peces luna. 
En cierta ocasión, con motivo de una conferencia que Lorca pronunció en 1935, escribió también una introducción a cada uno de los poemas de su "Romancero gitano". Esos textos, junto con pequeñas "chispitas" de las experiencias personales de Nuria en sus acercamientos a Lorca, son la base de este hermoso trabajo. 

Pero vayamos por partes. Nuria habla por boca de Federico. Siente tal conexión y su nivel de comprensión de los textos de Federico es tan profundo y certero, que siente que habla con el ritmo interno de Federico. Incluso cuando interpreta al rey Lear, la forma de hablar, el ritmo de las palabras, es el ritmo del latido de Lorca. La verdad de las palabras está en ese latido interno. A eso hay que añadir que tanto Nuria como Lluís sienten que los poemas de Lorca, aun siendo poemas, son como pequeñas obras de teatro. O podrían serlo. Por eso, estudiando bien los textos (o simplemente leyéndolos con los ojos del amor en vez de con los ojos del entendimiento) se puede descubrir qué personajes intervienen en cada poema, cuándo habla cada uno y hasta las répilcas a los demás personajes. Ese tratamiento de los textos desde la máxima profundidad y compenetración hacen que lo que Nuria nos cuenta no sean "los-poemas-del-Romancero-gitano" sino directamente lo que Fedrico nos quería transmitir en cada poema. Lo que vemos no es un recital, ni siquiera un recital glorioso ni un recital mágico sino que es sencillamente un diálogo entre Federico y nosotros y nuestros corazones. Y la forma que tiene Nuria de acercarse a eso textos es simplemente magistral.



Hay quien dirá que utiliza muchos recursos y hay quien dirá, como yo, que lo que hace es llevar su compromiso con la escena a sus últimas consecuencias. Con un leve gesto, ensancha su voz, descuelga los hombros, clava la mirada y se transforma en todos los personajes del poema e incluso dialoga entre ella y ella misma. Y de pronto se quiebra y es La madre, o se vuelve a quebrar y es Yerma o Doña Rosita. Me da igual si se lo cree o no, si usa recursos de dama sabia del teatro, el caos es ue el efecto que debe conseguir, que es que yo en mi butaca me lo crea, eso lo consigue y yo la veo mutar. Delante de tus morros. Con profesión se puede dar el pego, pero sin corazón y sin el compromiso total con el hecho escénico no se traspasa, no se consigue que todo el teatro llore estremecido al oír "Con un cuchillo, con un cuchillito..." o al menos en mi caso, al comprender por primera vez en mi vida el significado del Romance Sonámbulo. Y mira que a Federico me lo tengo estudiado, requeteestudiado y asimilado. Pero Nuria nos lleva un paso más allá.
Y si Nuria habla por boca de Federico, Lluís Pasqual ES Federico. No voy a explicar aquí por qué, ni voy a contar lo del nacimiento, lo de Gonzalo (el ángel que ilumina) ni nada. TODO está en esa joya literaria y vital que es "De la mano de Federico", libro en el que Pasqual habla de y desde Federico. 
Así que si juntamos la voz de Federico y el espíritu de Lorca, ¿qué puede salir? Magia. Un viaje en el tiempo, amor. 

Pascal Mérat ilumina el espacio como si fuera un rincón del corazón. La luz y las sombras laten, respiran, iluminan y ocutan deseos, sueños, frustraciones, navajas, lunas y amores. Y Roc Mateu les pone sonidos a esas lunas. Los mismos sonidos nacidos de la necesidad y el amor. Un toque de guitarra, una pandereta o un simple zumbido.
Si alguien espera batas de cola, guitarras, gitaneo y referencias de esas que los limitados llaman "lorquianas" mejor que se quede en casa. Este montaje es lorquiano cien por cien porque no hay nada más "lorquiano" que sumergirte sediento en sus palabras y dejar que te mojen. Eso es lo que han hecho Nuria y Lluís. Alejarse de estereotipos, de clichés, de tópicos y de cadenas y dejarse llevar. Reconocer que todos tenemos peces luna en nuestras vidas. Y cuchillos. Que no hay nada más revolucionario ni más estabilizador que el amor. Que vivimos para amar y que ellos dos, Lluís y Nuria son amor. Y es que "Romancero gitano" tiene poco de Andalucía. A ver s, sí, es Andalucía, pero es amor, es muerte, es soledad, es pena, una pena mu grande, mu interna y mu desoladora. 




Imagino, supongo, sospecho que quizá Nuria necesitaba volver a casa tras el azote de "Incendios" y Lluís también necesitaba volver a casa tras el golpe de estado de este verano. Los dos se han vuelto a reunir con el tercer amante, Federico y entre los tres han vuelto a hacer un acto sencillo, delicado y estremecedor. Algo tan revolucionario como sencillo. Un acto de amor. Los dos se han cobijado en un nido seguro y calentito, en las palabras y los remolinos de Lorca. Los unos arropados en los otros y los otros en los unos.Y encima lo rematan con el "Soneto de la dulce queja", un grito desesperado de necesidad de amar, un grito al universo que sólo se lanza desde el conocimiento del amor necesitado, el que se sacia con un gesto sencillo. El mayor amor imaginable se contenta con un abrazo, con un paretoón, con una sonrisa o un "te quiero " bajito, dicho al oído. O dejándome ser la sombra de tu perro. Como colofón, el "Grito hacia Roma", ese alarido frente a la injusticia de la Iglesia y su falta de amor hacia el ser humano total. Un vómito a la altura de un Koltés bravo y suicida. Un ajuste de cuentas con la INJUSTICIA, LA FALTA DE VISIÓN, LA FALSEDAD y la mierda que embarra a los que van de dignos. Quizá los dos gritos más desgarrados y desgarradores de Federico; el grito al amor y el grito a la injusticia.  



Puede que como espectáculo teatral no pase a la historia; nada es epatante aunque todo es excelso. Y vivimos una época en la que un fisting vale más que un soneto y una buena vídeoproyección conmueve más que una sola palabra de Federico. Así que todo seguirá igual después de este "Romancero gitano", aunque en la oscuridad de la sala los cuerpos se ondulen con las palabras de Lorca y los cuerpos sientan que pueden "bordar una rosa en la uña de un niño recién nacido". Yo no soy el mismo que era antes de entrar. He comprendido cosas, he colocado otras, he perdonado muchas pendientes y me muero de amor como nunca. 
Repetiría todos los días de mi vida, porque las palabras de Federico en boca de Nuria y con la intención de Lluís sanan. Gracias por este espectáculo.

Y chico, como si no lo digo reviento, mejor lo suelto. De paso, Nuria y Lluís han demostrado que el original es infintamente mejor que la copia, que el maestro entiende y el mediocre desbarra y que mueve más un ceño relajado y un aria de Saint-Saëns que una plantilla vacía.     



           

martes, 9 de octubre de 2018

Tierra Baja. Teatro de la Abadía.

El comentario de un espectáculo en el que empleé menos palabras fue uno que me llevó exactamente... dos. 
Para hablar de "Tierra baja" no voy a emplear demasiadas. Porque hablar de este espectáculo es como intentar explicar un atardecer en el mar. Es algo que sucede poco a poco, que te inunda el espíritu sin que te des cuenta y cuando quieres bajar a la Tierra, ya ha pasado.



Sobre "Tierra baja", su importancia en el mundo de la literatura universal, su estilo, toda la simbología que encierra, su dimensión teatral y su peso específico como texto se ha escrito muchísimo. Hay interminables estudios y artículos desgranando todas las capas de este texto de Ángel Gimerá y no voy a ser yo el listillo que intente ni siquiera acercarme a la profundidad y profesionalidad de quienes ya han escrito. 

Yo creo, estoy convencido, es mi filosofía, que cuando uno decide trabajar un texto y exponerlo ante el público, tiene que ser por una necesidad. Quien decide escoger un texto concreto, investigarlo, estrujarlo, trabajarlo, definirlo, delimitarlo, y exhibirlo tiene siempre que ser porque necesite hacer eso en concreto, con ese texto en concreto y de esa forma en concreto. Mañana quizá será otra, pero hoy día D, hora H es esta concreta. Y creo que Lluís Homar necesitaba hacer este trabajo ahora. En este momento de su vida.
Ya en el año 90 interpretó a Manelic en un montaje histórico dirigido por un ángel, Fabiá Puigserver. Punto. Todos en pie. 



Casi 25 años después, Homar, junto con Pau Miró, agarran de nuevo este texto, lo desmenuzan y crean una adaptación monologada con solo cuatro personajes. Ni que decir tiene que el resultado es un texto de una belleza descomunal. La delicadeza de los diálogos contrasta con la crudeza y el horror del drama y consigue dibujar con trazos finos las capas de vida que envuelven los campos, la tierra, las traiciones, los engaños, las texturas y el amor. Texto con las aristas de los seres humanos y el paisaje. Tierra alta y Tierra baja, confianza y traición, bondad y crueldad, amor y muerte, sexo y caricias, soledad y horizonte. Todas las dimensiones del ser humanos están en esas palabras bellas como punzadas y en esos amores. Cierto es que tendemos a empatizar con los perdedores. Quizá algo nos resuene dentro, pero es así. Manelic y Marta llevan escrita la tragedia en la frente. Por eso, a pesar de todo les amamos. Y seguramente por eso, Gimerá no fue capaz de ahogar a Marta y de convertir a Manelic un asesino. Había que salvarlos por la naturaleza misma del amor. Si no, es mejor que nos suicidemos todos un noche de estas y se acabó la tontería.

Pau Miró dirige esta puesta en escena con una sutileza y un buen gusto que encima consiguen un tono casi mitológico a lo que vemos. La escenografía es austera y sutil. Un espacio blanco con una tela al fondo que Homar abrirá y cerrará. Pocos elementos. Los justos. Un vestuario parco y tan sutil como el espacio. Y un movimiento escénico flotante, como si Homar navegase entre las nubes del recuerdo y la tristeza. Brillante y respetuosa. 



Y Lluís Homar. De nuevo todos en pie. 
Mi primer recuerdo de Homar fue el Quimet de "La plaza del Diamante". Ya entonces me pareció bestialmente guapo y agitador. Su sutileza y su mirada afilada y acerada transmitían más que muchos actores coleccionistas de recursos y tics. En escena creo que fue aquella "Señorita Julia" con la Lizaran, creo que en el difunto Teatro Martín. Desde entonces Homar ha sido un icono para mí. Y aquí demuestra una vez más por qué. 
La bestialidad de esta "Tierra baja" es, aparte del descomunal texto, el trabajo de Lluís Homar. Porque Homar sale, sutil, y con un leve gesto relleno de verdad y compromiso (o quizá de oficio, pero mientras me engañe, qué más da) aparece sobre el escenario Nuri. Y con un leve gesto, un minúsculo giro de cabeza, surge Marta. Y estirando un poco la espalda se transforma en Manelic. Y volviendo más intensa y cruel la mirada nace Sebastian. Así. Chas. Sutilmente. Nada de aspavientos ni de demostraciones. Por eso tu alma no se mueve, por eso navega por esas tierras. y ves sobre el escenario a Marta y ves a Manelic, y ves a Nuri y ves a Sebastian. Porque eso es interpretar, es encarnar, es hacer carne lo inasible. Es ser dentro, es ser por dentro. Hay una distancia milimétrica entre lo que Homar hace cuando es uno y cuando es otro. Es imperceptible. Pero lo ves, lo notas, lo sientes, lo respiras. Es Lluís Homar haciendo lo mismo, poco, casi nada, pero es otro. Y ahí está el truco de este espectáculo. En que lo sutil está vivo. 
Yo no creo en eso de que "menos es más". Menos es menos. Lo que hay que buscar es lo necesario. Y en este caso lo necesario es esto, lo que vemos, poco, casi nada. La distancia entre el genio y lo muy bueno es muy débil y Homar se queda en el punto justo del genio. 
Poco más se puede añadir al comentario de lo que viví y sentí la otra noche. Un texto de un belleza descomunal y un actor sutil y sabio. En el matiz delicado y pequeño está el mayor mérito de este trabajazo, arropado, por si fuera poco por la voz y la sensibilidad de Silvia Pérez Cruz. 
Trabajo grandioso de todos y cada uno de los responsables. Gracias por regalarnos la alegría, la paz y el orgullo del teatro bien hecho.  
    

          

domingo, 7 de octubre de 2018

Katiuska. Teatro de la Zarzuela.


Daniel Bianco, uno de los mejores y más coherentes directores de nuestros teatros ha vuelto a acertar de lleno. ¿Qué mejor forma de inaugurar una temporada que con un gran título, un gran elenco, un gran maestro en la batuta, un gran director de escena y la satisfacción de poder vivir esta temporada con mucho más relax que la pasada?



Muy a pesar de PRISA y de sus intentos de dinamitar este estrenazo con artículos coloridos, el estreno de "Katiuska" fue un éxito. Y no sólo por la amplia presencia de rostros famosos (hablo de profesionales, no de rostros televisivos, que también) sino por la intensidad de las ovaciones y la calidad del resultado.
“Katiuska, la mujer rusa” fue el primer trabajo escénico de Pablo Sorozábal y es perfecta para arrancar la temporada. La partitura es brillante, tiene momentos de lucimiento para todos los cantantes, para la orquesta, para los actores e incluso para el coro y aunque el libreto es sencillo, tiene encanto y es fácil de seguir. Quizá la poda a la que lo han sometido haya sido algo excesiva, hay momentos en los que la acción avanza con demasiada velocidad, pero bueno. Creo que pese a ser algo excesiva, no es un sacrilegio, ya que tampoco es que la trama sea digna de James Joyce, con lo cual, se sigue bien y no plantea grandes abismos intelectuales. El acercamiento merece la pena. Aunque... quizá Sagi (a quien presupongo responsable de la versión) podría haber recortado menos y no pasaría nada  
Emilio Sagi se encarga de la dirección de escena. Y lo hace de manera brillante. Consigue unos momentos cómicos brillantes con los personajes secundarios y logra que todo parezca verosímil en medio de la escenografía simbólica de Bianco. El quinteto de personajes secundarios demuestra grandes dotes interpretativas y eso es labor del director de escena. Aparte, obviamente, de talento de los actores/cantantes. Estupenda iluminación de Eduardo Bravo, así como el vestuario de Pepa Ojanguren. La escenografía de Daniel Bianco representa el marco de un cuadro gigantesco sobre los restos de un antiguo palacio, hoy convertido casi en un campo de batalla. Tonos grises y tierra para resaltar la decadencia de una época que sobrevive en medio de la desolación y la guerra. Personalmente mi mente viajó a alguna imagen de "La Gioconda está triste", pero más por el poder evocador, claro está, que por parecido. Reconozco que para los cantantes, en algún momento no resultaba demasiado cómoda, jeje, pero la seguridad se consigue con trabajo y se acostumbrarán a caminar entre escombros. O quizá la gracias esté justo ahí, en moverse con cierta inseguridad, como los personajes en un mundo derruido y asolado que no es el suyo.
Guillermo García Calvo dirige a la ORCAM y consigue a base de sensibilidad, sacar de la orquesta titular algunos de los sonidos más puros y bellos que yo recuerde. Poderosa en algunos momentos, delicada en otros, divertida en otros y casi siempre melancólica, la Orquesta de la Comunidad de Madrid suena a música del corazón. Bravo por todos. Lo mismo se puede decir del coro titular. En sus breves intervenciones brillan como nunca.



El elenco principal es simplemente inmaculado. Antonio Torres, Enrique Baquerizo, Emilio Sánchez y Amelia Font son respectivamente Bruno, Amadeo, Boni y Tatiana. Los cuatro están divertidísimos y demuestran sus grandes dotes interpretativas. Milagros Martín es Olga, el nexo de unión entre todos ellos. Milagros Martín es una leyenda en la Zarzuela, ha cantado todos los títulos y todos los roles. Aquí vuelve a demostrar que es una bestia escénica que siempre está CELESTIAL. Con su Olga vuelve a brillar y por ello se llevó una grandiosa ovación. Personalmente siento una debilidad absoluta por esta prodigiosa actriz y cantante. 
Jorge de León, Ainhoa Arteta y Carlos Álvarez son el trío protagonista. Jorge de León es el príncipe Sergio. Su papel no tiene demasiados momentos de lucimiento, pero sí supo aprovecharlos y regalarnos su timbre precioso y esa elegancia en su forma de cantar que hace que no apartes la mirada de él cuando canta. Esa elegancia suple cierta rigidez en su gestualidad. La desolación no tiene que ser sinónimo de estatismo. Más bien es una actitud corporal, un estar con otro peso, con la espalda cargada de dolor y la mirada cansada, pero activo y pisando con fuerza. 
Ainhoa Arteta era la estrella de la noche. Tiene una gran presencia escénica e interpretativamente, aunque algo errante estuvo bien. Vocalmente tiene una facilidad para los agudos que sigue asombrando y un timbre precioso. Y hace algo que sólo pueden hacer algunas personas: es capaz de terminar una romanza con un agudo precioso que nos deja a todos embobados y consigue que nos olvidemos de su … creatividad con el libreto. Personalmente eso me sorprende un poco. Es capaz de inventarse palabras enteras y frases completas y acabar con un piano precioso que hace que te derritas y olvides esa creatividad. 
Carlos Álvarez está sin duda en su mejor momento. Vocalmente es un prodigio escucharle, con esa voz magistral, esa dicción fantástica y esa sabiduría a la hora de poner carne en cada palabra. Escénicamente es un peso pesado y vocalmente está en su mejor momento. Es imposible cantar mejor ni con más inteligencia. Sin duda el punto más celestial de esta grandísima producción.
Rocío Ignacio, Maite Alberola, Ángel Ódena y Alejandro del Cerro se encargarán de los papeles principales el resto de las funciones. Y seguro que brillan con la misma intensidad que el elenco del estreno, porque todos ellos son grandísimos cantantes e intérpretes. 



Arranque vigoroso de la temporada de la Zarzuela, con un espectáculo digno de los mejores teatros líricos del mundo. Eso es así. "Katiuska" es un título conocido, la partitura permite descubrir una música bellísima, la trama a pesar de todo es fácil de seguir y cuenta con un reparto (cualquiera de ellos) de lujo. ¿Que es una apuesta bastante segura? Tal vez. Pero, en cualquier caso hay que llevarla a cabo. Y acertar. Y de momento ya es otro acierto más. El primero de esta temporada. Ole. 
Ah, y se llama caché. No brecha salarial. Y existe desde el principio de los tiempos. 



Aprovecho este espacio para rendir mi máxima admiración y tristeza por la muerte de Montserrat Caballé. El universo entero nota ya su falta. Su voz y su risa convertían el mundo en un lugar más feliz.


Mundo obrero. Sala Margarita Xirgu.

Cuando fui al instituto, en la época en la que se estudiaba BUP y COU, tuve un profesor de Ética y Filosofía, Jesús García, que me enseñó a pensar por mí mismo, a ser crítico, a beber de muchos sitios y elaborar mis propias consecuencias, cuestionando lo cuestionable y responsabilizándome de mi propia ética y de sus resultados. Jesús García fue el mejor profesor que he tenido jamás. Porque me hizo ser humano; ser humano pensante, consciente y crítico. 



Yo como viendo la Sexta y el discurso de Alberto San Juan es el mío, es el que me gusta oír y es con el que estoy de acuerdo casi totalmente. Del todo no, porque de eso se encargó Jesús García.
A pesar de ser casi un reflejo de lo que suele contar San Juan, debo confesar que mi lado teatral, dramático, escénico, suele echar en falta en sus espectáculos un poco más de trabajo e investigación en la forma. El contenido me mola, eso es así. Pero a veces he visto que la forma se quedaba en una sucesión de artículos o de datos o de manifiestos e incluso panfletos con poco cuidado por la forma. 
Puede que se pueda llamar "teatro documental" y en ese caso, vale, lo compro. Pero se puede contar la misma verdad con una buena metáfora, o con una buena historia que dentro tenga escondido todo el mensaje, igual de descarnado y de real pero envuelto en una forma que escénicamente sea más atractiva que el simple panfleto. Por eso Jesús García me hizo ser humano, porque me enseñó a pensar por mí mismo y a llegar yo solo a conclusiones Quizá las ganas de inmediatez, o el ardor por contar cosas gordas y terroríficas como las que cuenta San Juan hagan que quizá se quede en la primera o segunda fase de investigación. Que en cuanto toma algo de forma el contenido, se de ya por suficiente y se quiera compartir. Que sí, que sí, que la decisión es del director y de nadie más. Y si a él le parece que eso debe ser así, pues perfecto. Sólo hablo de lo que yo como espectador simpatizante echo en falta. Pero el que dirige es él y hace lo que quiere y como quiere, faltaría más.  



Bueno, pues esta duda, o esta demanda o esta pretensión mía, me la ha resuelto el propio Alberto San Juan. Y quizá suene petardo o hasta muy petardo pero por fin ha hecho casi casi el espectáculo que yo soñaba. 
En esta ocasión ha intercalado sus famosos momentos panfletarios (no es un término peyorativo, ni mucho menos, todo lo contrario) de los que se encargan él y la grandiosa Marta Clavó y lo representan dramáticamente a través de la historia de una familia Luis Bermejo y Pilar Gómez.
San Juan y Marta Calvó van contando datos, fechas, realidades y verdades como puños mientras Pilar Gómez y Luis Bermejo nos cuentan la historia de Luis y Pilar ( y Pili, y Mari Pili, y María del Pilar). Las conclusiones a las que deberíamos llegar con las escenas de San Juan y Calvó llegamos con Pilar y Luis. Y yo, ya no personalmente sino teatralmente, prefiero esa forma. Prefiero llegar yo a la moraleja.
A ver, insisto; todo lo que cuentan es verdad, es dolorosamente cierto y punto. Eso no lo cuestiono. Pero me mola más la forma teatral, la dramática, la escénica, la de Pilar y Luis. Pero es que además es muy buena. El texto es precioso, con un toque poético justo y acertado, una dureza seca y amarga y un rigor incontestable. El texto es duro y precioso, el desarrollo medido y perfecto y la forma, delicada y dolorosa. Y encima Luis Bermejo aunque compone un personaje en la línea del que construyó en "Los mariachis", está adorable, simpático y empático. 



Y Pilar Gómez... en fin... no sé cómo decirlo. Creo que está en un momento dulce de su madurez artística. Digo madurez no por su edad, que ni la sé ni me importa, sino por la sabiduría y la seguridad con la que trabaja. Si lo que hacia en "Emilia" era absolutamente perfecto e inmejorable, la Pilar de "Mundo obrero" es un manual de recursos, un muestrario de matices y una enciclopedia de emociones vivas. NO HAY NADA QUE PUEDA ESTAR MEJOR. Ni un gesto, ni una búsqueda, ni un buceo, ni una lágrima, ni una respiración. Y eso se debe a su compromiso con el escenario y con lo que hace. No sé si también con lo que cuenta, aunque eso me da igual. Que comparta o no el mensaje es lo de menos. Como actriz está pringada hasta el cuello en hacer que todo lo que pasa en el escenario esté vivo y sea real. Ese compromiso la lleva a sitios asombrosos y a un nivel de comunicación con el espectador ejemplar. Y consigue lo mismo que Jesús García, que tú sólo seas crítico, que seas autosuficiente y que quieras salir a la calle. 



Alberto San Juan y Marta Calvó son complementos el uno del otro, son las dos caras del barón Ashler, son lo mismo y son iguales. Cantan, recitan, remueven y conmueven desde el convencimiento. Brillantes y guapos de morirte. Y sólidos tanto en lo que hacen como en cómo lo hacen. Les hago la ola.
Y encima todo este conjunto está arropado por grandes compañeros: Beatriz San Juan los viste y les crea la escenografía, la gran Paloma Díaz  les mueve por ese espacio que ilumina de forma magistral Raúl Baena y como remate, dios, digo.. Santiago Auserón compone la banda sonora que bucea por el espacio sonoro creado por Adrián Foulkes. Ea. Casi ná. 

Insisto, Alberto San Juan o cualquier director hace lo que quiere y como quiere, toma sus decisiones y manda sobre su material. Lo que los demás "hubiéramos hecho en su lugar" es sólo una audacia nuestra o una presunción. Pero como espectador, este espectáculo de San Juan me ha tocado mucho más que otros y reconozco que lo siento más y mejor, más maduro y más acertado dramáticamente hablando.
Yo salí con ganas lo primero de comérmelos a besos a todos y lo segundo, con ganas de salir a la calle. De respirar, que nos falta el aire, coño. De salir a la calle y recuperar lo nuestro. De hacer lo que quiero hacer cada vez que veo el telediario. Bueno, al menos yo. 


Las fotacas son de Sergio Parra y espero que no haya problema por ponerlas. 

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domingo, 30 de septiembre de 2018

Un enemigo del pueblo (Ágora). Pavón Teatro Kamikaze.

Lo normal cuando uno va al teatro es que lo haga sin ideas preconcebidas, que deje en casa sus prejuicios y llegue blanco y puro a su butaca. Yo intento hacerlo cada día pero esta vez no pude. Iba con mis ideas previas y con ellas puestas viví el espectáculo. ¿Fallo mío? Seguramente. 




Rígola dice en sus jugosas entrevistas que "ya no cree en la cuarta pared. Yo ya no entro en esa convención". Bien, hace un par de años pensaba otra cosa, por eso hizo esa versión de "El público" que no consiguió en mi caso, saltar esa cuarta pared en la que en ese momento sí creía y me dejó absolutamente frío. Pero pasan los años y ahora piensa otra cosa. Eso es guay, es parte de la evolución creativa de cada uno. Por eso en estos momentos de su vida derriba esa cuarta pared y se mete en proyectos como ese "Vania" en el que entre miradas complacientes y gestos suaves yo no vi ni rastro de Chejov o este "Enemigo del pueblo" para el que cuenta directamente con la implicación directa del espectador. 
Que conste que en esta ocasión el uso de la complicidad del espectador me pareció coherente y rica. Mola eso de que te den unas papeletas para votar y decidir lo que va a pasar. 
Pero vamos por partes:
Todo el mundo sabe ya lo de la votación para ver si la función sigue o se para. Los primeros días de previas se montó jari en las redes por este tema. Se supone que era un mecanismo que no se anunciaba al comprar las entradas porque contaban con que tanto la prensa como las redes se encargarían de publicitar ese asunto. Confieso que el planteamiento que se hace de entrada a mí no me convenció, no me gustó, me parecía tramposo e incluso "invotable". Se supone que se cuestionaba el derecho a la libertad de expresión y se plantea si uno debe limitar esa libertad de expresión para llevarse bien o evitar problemas con quien te paga. Concretamente se planteaba si "Kamikaze debe poder decir lo que piensa". Obviamente creo que la respuesta tiene que ser un SÍ rotundo. Pero es que yo creo que Kamikaze (o cualquiera que reciba una subvención, que es de lo que se hablaba), PUEDE DECIR LO QUE PIENSA. No es que "deba poder hacerlo", es que de hecho PUEDE hacerlo. No creo que nada se lo impida, es más, en Kamikaze se programan muchos espectáculos que son bastante críticos con los poderes y los políticos. Esa es una de las razones por las que muchos de nosotros damos gracias por el hecho de que exista Kamikaze. Entonces, como yo creo que sí puede decir lo que piensa, en el caso de que no lo hiciera sería por propia autocensura. Me voy a censurar yo solito para no poner le peligro las subvenciones que me ayudan a sobrevivir. En ese caso el fallo sería del que se autocensura.
Si para algo sirve la vida es entre otras cosas, para aprender a defender lo que uno cree con uñas y dientes. La coherencia y el respeto por uno mismo debe ir unido sí o sí a la defensa de lo que crees. Y lógicamente todo tiene consecuencias, pero si dejas de hacer o de decir lo que crees por temor a las consecuencias, eso para mí hace perder muchos enteros de dignidad. 
Yo mismo imagino que al escribir esto gustaré a unos y no gustaré a otros y que tendrá consecuencias para mí, pero no debería tenerlas. Si lo que defendemos es la libertad de expresión, cada uno deberá poder decir lo que piensa sin tener que sufrir ninguna consecuencia. Y si las sufre... es que no somos tan guays. 
A lo que voy, creo que la propia fórmula de la consulta a los espectadores lleva unida la "trampa".




"¿Crees en la democracia?" . A ver, pues sí. No estás preguntando si creo en el sistema, o si la sociedad es justa o si el sistema ha caducado o si el modelo ha muerto sobre todo tras la crisis. No, la pregunta es si crees en la democracia. 
"¿Crees que Kamikaze debe poder decir lo que piensa?" Claro, pero es que yo creo que sí puede. No es equiparable a los raperos detenidos ni a los poetas encarcelados ni a los titiriteros presos. Es evidente que esos desmanes son injustos y terroríficos. Pero esa gente hizo y dijo lo que quiso y esos actos tuvieron consecuencias. Injustas, bárbaras, aterradoras y nazis, claro. Es evidente que es injusto y terrorífico que alguien vaya a la cárcel por decir lo que piensa, pero afortunadamente eso no ha pasado con Kamikaze. Equiparar ambos planteamientos es... delicado. 
"¿Debemos parar la función como acto reivindicativo a favor de la libertad de expresión?" Creo que la libertad de expresión existe, lo que hay que atacar son los actos que la ponen en peligro, como las detenciones injustas o los encarcelamientos por mis santos cojones. Y creo que Kamikaze tiene libertad de expresión. Además, la mayor parte del público, como ya conocemos lo de parar la función y tal, lo que queremos es que siga y ver la obra de Ibsen. La votación no es "pura" porque no votamos pensando en la libertad de expresión sino en no tirar la pasta que nos ha costado la entrada. 
Por eso creo que el experimento como tal quizá funcionara los primeros días, pero en cuanto se hizo la labor de boca oreja, murió. 

Y pasamos a la obra de Ibsen como tal. Y al igual que me pasó en "Vania" veo a los actores contándonos la trama y con algún que otro momento de diálogo pero sin apenas más propuesta escénica que contarnos la trama para intentar ponernos en un sitio incómodo de cara a la última votación. Salvo el monologazo impresionante de Israel Elejalde que te pone los pelos de punta y que vuelve a colocarle en la élite de la escena española, lo que veo a mí particularmente me llega poco. Sí, Óscar de la Fuente está convincente, Francisco Reyes también al igual que Nao Albet. No así Irene Escolar, que para mi gusto está demasiado fría y ausente. Eso sí, ella, la única actriz, es la mala. Curioso cambio respecto al original que aporta cierta... inquietud. Es como si cada uno hubiera utilizado sus recursos y estuviera auto dirigiéndose. 
En definitiva, según mi opinión única y particular, Rigola plantea un juego escénico que no funciona y al que se le ve el cartón. Planteamientos que se dan como verdades a priori y que no lo son para intentar ponernos en un sitio que no fluye como él espera. Y montaje de Ibsen que parece como que importara poco en el que los actores parecen moverse según sus propios medios. Todos están bien, convincentes y serios y con un Israel Elejalde sublime. 

Lo bueno de que haya libertad de expresión es que yo puedo contar lo que yo sentí y viví el día que fui al teatro y ya está. También te digo que alguien que ha manejado tan bien a la prensa, a los colectivos, las redes, a los enfadados, que suelta lo más grande por esa boca, reconoce que "en mi vida no todo ha sido inmaculado" y denuncia a quien no piensa como él hable sobre libertad de expresión es cuanto menos, paradójico. No sé si es un efecto o una paradoja,  pero el día que estuve yo, el aparato ese con los globos donde está escrita la palabra "ETHIKE" tras elevarse, cayó sobre el escenario con varios globos estallados. La ética por los suelos. 



  
Otro sobresaliente para Kamikaze que lo ha vuelto a petar. Y espero que prorroguen y llenen más y más funciones, porque sinceramente, rezo cada día para que no cierren. No podemos quedarnos en Madrid sin el teatro más inteligente, interesante y vivo del panorama.         

jueves, 9 de agosto de 2018

Fedra, de Paco Bezerra y Luis Luque.

"El amor debería estar prohibido".



Uno se enfrenta a las cosas cuando puede. 
Uno habla de la muerte del padre cuando puede.
Uno habla de la desgracia del amor cuando puede.
Uno habla de la putada de haber amado a quien no debía cuando puede.

La "Fedra" que ha escrito Paco Bezerra y ha dirigido Luis Luque es una especie de ajuste de cuentas con un pasado que ha bloqueado cosas pero que ya está sanado. Por eso ahora ya se puede hablar de ello. Ahora la cicatriz ha dejado de doler y lo que queda es la mirada fría y distante de lo asumido y superado.

Esta vez hay mogollón de spoiler, pero paso de escribir de otra forma. De todas formas, conocer la trama es fácil, todos la conocemos. Solo aviso para que no haya quejas.


Ya he dicho muchas veces que Paco Bezerra es un genio que tiene rayos X en los ojos. Donde Paco mira, ve lo mismo que el resto de los humanos pero además, es capaz de ver varias capas ocultas de podredumbre. Con "Fedra" Bezerra nada a sus anchas. Lo que podría ser una tragedia en la que los personajes no pueden escapar de su destino trágico y fatal, se convierte en un microcosmos podrido en el que estos cinco personajes se aman, se odian, se desean, se mienten y ninguno de ellos puede escapar de la fatalidad de NO poder elegir a quién amas. 
La sexualidad de cada uno de nosotros no es una "opción sexual". No se elige, se siente como se siente y las fiebres te vienen por donde te vienen de forma inevitable. No es una opción. Como no es una opción elegir a quién amas. 

"El amor es una trampa".

Fedra se ha unido a Teseo tras una noche de pasión. Pero nada más conocer al hijo de su marido surge lo inevitable. Porque el amor no se puede elegir. Uno se enamora de quien se enamora, aunque suponga cavar tu propia tumba. Todos nos hemos enamorado de alguien sabiendo que era un amor imposible o incluso letal. A veces porque la otra parte ya estaba comprometida o porque te separaba un mundo o porque no le gustabas al otro o porque aun queriendo, el otro no te amaba. Tan inevitable es amar como no amar.
Hipólito no ama a Fedra. La ama de otra forma distinta a la que quiere Fedra. No la ama porque es su madre y porque hay un impedimento obvio y además porque no. Y ahí está el drama; en que Fedra no puede evitar amar a Hipólito, Teseo no puede evitar amar a Fedra, Acamante no puede evitar amar a la Fedra madre, Enone no puede evitar amar a Fedra e Hipólito no puede evitar no amar a Fedra, por mucho que ella le rete: "atrévete a amar". Ese es el drama y el origen de la fatalidad inexorable. Nadie puede elegir a quién amar ni puede elegir no amar.

"El amor es una desgracia".

Paco Bezerra ha escrito una tragedia sobre el amor, la dignidad del amor, la pureza del amor y la crueldad del amor. Del no correspondido, del amor que hace daño, del amor que te jode vivo, te deja aniquilado, te destroza, te deja inútil. El amor que una vez curado y sanado te permite hablar de él en voz alta y ponerle adjetivos. Porque mientras amaste y mientras duró el duelo del amor doloroso e imposible no podías hacerlo. No te lo podías permitir. Pero una vez curado ya sí puedes. 
A Fedra el amor la ha tenido torturada, le ha hecho sufrir como una perra herida hasta que decide amar a pecho descubierto. Con todo el peligro y el mogollonazo que ella sabe perfectamente que va a suponer. Y si no ya tiene al lado a la pelleja de Enone, amante en la sombra, mal bicho envuelto en amor de amiga. Y Fedra decide amar. Y gritarlo. Porque el amor te envalentona. Y ella está feliz de amar. Cuando asume la imposibilidad de ese amor, lo sacrifica, y sacrifica a su amado. O mío o de nadie. Y antes me salvo yo que nadie. Lo envía al matadero. Pero finalmente, cuando el destino ya ha hecho su trabajo, se da cuenta de lo que ha hecho y se entrega al destino inexorable. 
Porque todo es inevitable. Amar, no amar, desear y no desear, querer subir al volcán o querer cuidar de los caballos.    
Hay en Fedra incluso reflejos lorquianos en la relación con la naturaleza, con las flores, con el volcán, con la pasión oculta, con la tragedia del amor imposible y con la valentía del amor. 
Creo sinceramente que este es el trabajo más redondo de Paco Bezerra. Es un texto desgarrado, pasional, limpio, depurado, cercano e incluso diría que de una carnalidad pornográfica. En esa casa, como en la de Bernarda, lo que se quiere no se puede, lo que se desea está prohibido, lo que se puede no se quiere y lo que se debe te ahoga. Aquí, es la tragedia del amor mal elegido la que dice en voz alta: "me vais a soñar".

"Atrévete a amar".



Luis Luque es Paco Bezerra. Es algo también inevitable. No es que se entiendan, es que hablan el mismo idioma, piensan igual, son el mismo. 
Luque ha pasado por todos los estadios del amor antes de llegar a "Fedra". Digo metafóricamente, claro. Pero para contar Fedra desde donde la cuenta Luis hay que haber sido Fedra, hay que haber amado sin evitarlo, hay que haber perdido el amor, hay que haber sufrido por amor y haber pasado un duelo. Y ahora con esa cicatriz curada, colocarte enfrente de este retablo de personajes y desde la distancia de la salud saber dar paso, peso, respeto y medida a todos y cada uno de los matices de la tragedia. Luis respeta y entiende al bicho de Enone, que desde su amor imposible cuida como malamente puede a su niña querida. Entiende a Acamante, que desde su amor sincero, estricto y filial no concibe más amor que el básico, el del dos más dos. Entiende a Teseo, que desde su trono no admite que nada se salga del esquema establecido. Entiende a Hipólito, que vive a bandazo limpio un amor no elegido y entiende a Fedra y su imposibilidad de elegir. 
Hay que ser muy sabio y muy generoso para hacer lo que hace Luque. Luis viene de una comprensión previa no sólo del texto sino de todos los sentimientos de todos los personajes. Entiende y respeta todo. No juzga. Y monta las escenas superando o huyendo de recursos escénicos que subrayen nada. Son los actores y es la palabra. El peso de las escenas está en el peso de la palabra y en su poder de cambiar el mundo. Sin mucho movimiento, sin vagar por el espacio. Sólo lo justo. Y los actores. Y la palabra. 
El trabajo de Luque es ejemplar, porque está lleno de amor; de un amor también inevitable por el texto y por los personajes. Y por el teatro de intención. Por el teatro denso y relleno con la transcendencia de lo superado. Luis Luque conoce el amor y todas sus fases y consecuencias. Por eso se sienta frente al amor y lo expone tal cual, inevitable e inexorable. Quizá uno de los trabajos más depurados y serenos del mago Luque.

Mariano Marín crea un espacio sonoro lleno de embrujo y poderío. Fabuloso, como siempre. 
Almudena Rodríguez Huertas llena de colorido el espacio con un vestuario sobrio y simbólico. De los azules militares de Teseo al negro revenío de Acamonte, del rojo de la Fedra salvaje al blanco del amor letal. Y de las prendas hechas como de retales de distintas vidas de Teseo y Enone al brillo de las túnicas de la Fedra madre y amante. La paleta de colores está en el interior oculto de los personajes.



Monica Boromello se la juega. Estar en Mérida, en ese teatro, y crear una escenografía que prácticamente "cubra" el entorno y salir airosa es digno de una genia. Y Monica lo es, lo ha demostrado mil veces. Para esta Fedra, Monica ha creado un espacio en el que se proyectan las imágenes fabulosas de Bruno Praena. Es un volcán, un cráter, es un coño gigantesco y es el hueco que queda en el pecho si le arrancaras el corazón. Es un torbellino y un abismo, una pesadilla y el rastro de ondas que quedan en un lago al que lanzas una piedra. O son las fases del recuerdo, o del dolor, o las capas del amor. O las consecuencias de lo inevitable.

Tina Sáinz es una institución y un pozo de sabiduría. Cómo controla la respiración, la palabra, la intensidad de los acentos, la musicalidad de cada palabra o la forma en la que busca la luz de los focos demuestran que se las sabe todas. Y crea una Enone arpía y malona como una vecina de esas nacidas para enredar.
Críspulo Cabezas está mejor que nunca. Este actor ha crecido y ha aprendido muchísimo y aunque sigue teniendo una barrera que le aleja un poco de la verdad absoluta y hace que no traspase del todo y que no se corresponda la intensidad que él siente por dentro con el desgarro escénico, reconozco que está más intenso y certero que nunca.  


    
Eneko Sagardoy es un prodigio. Si ya sabíamos que es una bestia capaz de las mayores burradas del mundo, verle sobre un escenario es un gusto para todos los sentidos. Su dominio del espacio escénico, su forma de moverse, su ritmo a la hora de dosificar las emociones, su desinhibición frente a las reacciones más turbias y sobre todo su presencia escénica le convierten en un ser torturado digno de Fritz Lang o de Murnau. Eneko sufre tanto como la criatura de Mary Shelley y aterra tanto como Hans Beckert. Es lo que hay que ser; es bueno, pero es malo, pero es bueno, pero es malo. Admiración eterna.



Juan Fernández es el Lawrence Olivier español. Guapo de caerte de espaldas, con un dominio depurado del gesto inigualable, con un control sobre la palabras y sobre su poder acojonante y con una dosificación de la tensión y de la progresión como pocas veces se ve en un escenario. Juan Fernández sabe medir los tempos, sabe dominar una pausa, sabe enfatizar una sílaba, sabe controlar un gesto, sabe extender un brazo y que se pare el tiempo, sabe pegarte un grito y que desees no haber nacido. Es pura energía escénica y consigue que lo previsible sea imprevisible. 



Dolores González Flores es puro goce. Se mueve por el escenario como si tal cosa. Va y viene (emocionalmente, digo) con una naturalidad pasmosa. Es una Fedra herida, valiente, salvaje, apasionada, carnal y atormentada. Una Fedra que no es culpable, sino revolucionaria, salvaje y que defiende lo que siente.  
Y tiene tres cualidades vitales en un escenario.
No le tiene miedo a las palabras. Quiero decir, que pese a las barbaridades que suelta por esa boca, ella no les tiene miedo ni le dan vergüenza ni le parecen siquiera barbaridades, sino que las suelta como si fueran las palabras normales, necesarias y naturales en ese momento. No se deja aplastar por el peso de las salvajadas que dice, ni las juzga sino que se compromete con ellas a tope. Ese compromiso es la segunda cualidad. Porque a pesar de que Fedra es moralmente cuestionable, ella se compromete con lo que hace y con su personaje y lo lleva hasta las últimas consecuencias. Y encima tiene una forma de decir ejemplar. La dicción, el ritmo, los acentos, la musicalidad de las frases son perfectas. Ojalá muchos actores y actrices se comprometieran tanto y tan bien con las palabras que dicen. Eso no sólo hace que sea un gusto escucharla, sino que le da una dimensión a su personaje sólida y abrumadora. Por eso Dolores, Lolita o Fedra deambulan por el volcán heridas de amor, huidas, heridas, muertas de amor.
La única pega ni siquiera es suya, es nuestra. Es inevitable que todos hagamos juicios previos, que tengamos prejuicios (pre-juicios). Yo, por ejemplo, veo ciertos nombres en los carteles y presupongo que van a hacer cosas malas. Por mi juicio previo. No siempre por culpa de la ausencia del más mínimo talento de esos nombres. Y alguna vez he tenido que recular y reconocer que YO estaba equivocado. YO. No ellos. YO, en mi juicio previo, en mi prejuicio. Es innegable que la figura mediática que supone Lolita hace que tengamos todos un juicio previo. Pero ese juicio es culpa nuestra. Somos nosotros lo que lo tenemos, no ella. Somos nosotros los que prejuzgamos y decimos "bah, Lolita, claro, porque necesitan un nombre para el cartel, porque como actriz...". Y ese prejuicio dice más de nosotros que de ella. Dice somos mezquinos y básicos. Y unos catetos. Lolita no hace nada. Bueno, sí, hace su trabajo Y se pringa. Y lo hace que te cagas. Y luego vamos todos y reculamos y reconocemos que está sublime. Y que ese final es inmejorable, y que deberíamos aparcar nuestros prejuicios porque nos hacen más daño a nosotros mismos que a nadie. A Lolita se la pela si yo pienso "claro, mira esta". Ella se va a pringar en su curro igualmente. Y lo va a hacer igual de bien piense yo lo que piense. El problema lo voy a tener yo que voy a ir con una barrera previa o incluso que puede hasta que me lo pierda y no vea esta "Fedra" por culpa de mi propia estupidez. 

Repito, esta "Fedra" es un gusto. Por su música, por la escenografía, por el vestuario, por la dirección plagada de amor herido y sanado, por el inmenso texto de Bezerra y por el trabajazo descomunal de los intérpretes. De todos.                          


   

domingo, 24 de junio de 2018

La familia no. Fernán Gómez.

A veces, al leer críticas teatrales, ves que los autores se desviven por demostrar que han "entendido" el mensaje, que han comprendido la metáfora y quieren explicarte lo que en realidad querían contarte los responsables del espectáculo. Ese intento de demostrar que "lo has entendido" parece ser un objetivo final, como si tu nivel de inteligencia o de coincidencia significara algo o como si el objetivo del autor o del director hubiera sido en algún momento, lograr que se le entienda.
Como yo no escribo crítica sino que cuento y comparto mis sensaciones particulares, me la pela si "acierto" con la intención de Gon Ramos. Lo que yo sentí es independiente de la intención del autor y ese encuentro vivo y único es lo vital del encuentro teatral.  
Yo he dicho desde antes de "Yogur/Piano" que Gon es un genio. Es una mente de esas que miran y no es que vean tres capas de podredumbre debajo, como Paco Bezerra, sino que ven tres capas de carencias, de necesidades y de huecos. Es lo que tiene mirar sin esperar. Mirar sabiendo ver. 




"La familia no" trata (léete si eso el primer párrafo de nuevo) de las carencias familiares. O mejor dicho, de los estragos que el TIEMPO causa en lo que soñamos de pequeños. 
Los cuatros personajes que vemos en el escenario... de los muchos que veremos en la función, son yo. 
Recuerdo de pequeño que el día de salir de vacaciones era uno de los más emocionantes del año. El 127 petado, con el maletero a rebosar, los tres hermanos pegados a los asientos de plasticazo, bolsas debajo de las piernas, y porque no teníamos pajarito que si no, habría ido también la jaula de "pichurri" y la abuela mareada a la primera curva. Echábamos todo el día en ir de Valladolid a Panjón (antes se llamaba Panjón) y a pesar de las lipotimias, el puto coñazo del viaje y la incomodidad absoluta, ese viaje representaba el comienzo de unos días en los que estábamos todos juntos, a todas horas, felices, relajados, disfrutando y sintiéndonos un grupo, una tribu, una familia. En esa época pensaba que mis padres nunca cambiarían, que siempre serían jóvenes y poderosos, que siempre nos cuidarían y que nunca nos dejarían atrás. Yo he muerto ahogado dos veces; la primera fue en la playa de Patos y me salvo mi padre. Así debería haber sido siempre. Con mis hermanos nos embarcábamos en mil aventuras, escapábamos durante toda la tarde con la impunidad de los años setenta y recorríamos montes, corrales, casas, playas y caminos oscuros. Éramos invencibles. Nunca jamás nos poníamos crema solar. Y acabábamos el mes de julio como tizones. 
Pero el tiempo pasó y mis hermanos andan cada uno con lo suyo, mi madre no es la que era y mi padre murió hace años y nos dejó tirados. 





Eso les pasa a los cuatros seres que vemos en escena. Cuentan que sus padres les han dejado un momento solos en el coche y han ido a buscar noséqué a una gasolinera, pero que en seguida van a volver. Pero no es verdad. No han vuelto. Y ha pasado mucho tiempo ya. Porque no se han ido a por nada. Lo que pasa es que han desaparecido los padres que soñábamos de pequeños. Esos padres se han ido, se han pirado, se han esfumado y no han vuelto ni van a volver. Aunque pensemos que algún día volverán. No. Ahora son otros, ya no son los que nos dejaban preparada la cena cuando salíamos por la noche o los que nos salvaban cuando nos ahogábamos.  
Exactamente lo mismo pasa con los hermanos, con la familia, con la tribu o con el bloque. Cuando éramos pequeños soñábamos o notábamos un cemento uniendo de forma invisible esas piezas pero con el paso de los años, los roles cambian con cada circunstancia, el jefe es víctima y el madre pasa a ser hijo y el hijo padre o el madre mata al hijo jugando y esa herida no se cura nunca. La estructura que soñamos y que vemos en el horizonte se ha diluido. Por eso los juegos de Eva, Emilio, Jacinto y Fabia son eternos y no llevan a ninguna parte. Ellos ya no son lo que se suponía que debían ser. Y lo que tienen se parece muy poco a la imagen del 127 petado y feliz. La familia no. La familia no es lo que esperábamos. No es lo que creíamos. No es lo que necesitábamos. Y los padres no van a volver porque no. Porque son otros, cambiaron, no cumplieron nuestras expectativas o crecieron en otra dirección. Por eso la familia que hay hoy no es la que debería ser. 

Para que el espectáculo sea tan mágico y doloroso como lo vemos es IMPRESCINDIBLE el fabuloso trabajazo de Javier Ruiz de Alegría creando un coche desestructurado, un coche de nuestra infancia con los asientos de telilla de un Panda y la estructura de un castillo de hierro de esos de los parques de antes, en los que los niños jugábamos sin necesidad de tener a una patrulla de policía vigilando el perímetro.
Gon ha parido este ramillete de juegos infantiles y crueles de búsqueda de lo "inencontrable", lo ha ordenado y nos lo presenta con una mirada nostálgica pero superada. Incluso con un gran sentido del humor. El sentido del humor de la herida cicatrizada o al menos reconocida.  
Fabia Castro, Emilio Gómez, Jacinto Bobo y una inconmensurable Eva Lorach dan vida a estos niños, a estos padres, a los hermanos mayores, a los débiles, a los poderosos, a los salvadores, a los padres rigurosos, a los niños desamparados. Son y tienen mil edades y todas son puras y sinceras. 




Es de justicia y de necesidad destacar dos momentos. Primero el monologazo ACOJONANTE de Eva Llorach a grito pelao (no quiero desvelar nada más). Prodigio de trabajo vocal, lo primero. Sí, quizá suene absurdo, pero cuando uno ve cada vez con más frecuencia a supuestos actores microfonados en teatros de Madrid, ver de pronto a alguien que tiene detrás un curro vocal cojonudo, llama la atención. ¡Es que la preparación es vital para un actor! Que sí, que la intuición es muy chula y muy espontánea y muy natural y muy caca de la vaca. La preparación es el estado preexpresivo del actor.
Y encima Eva le da un nivel emocional y una implicación como muy, muy pocas veces he visto en un escenario. Y no hay que hacer ningún muestrario de recursos, no. Hay que saber dominarlos, dosificarlos y utilizarlos para lograr tu objetivo, en este caso conmover. GRANDIOSA.
El otro momento es cuando vuelan. Estéticamente precioso, dramáticamente colocado en el mejor sitio y de una depuración y limpieza que consigue estremecer de puro bello. El la respiración honda, el plano general que necesitamos en ese preciso momento intenso de cojones. 

Si alguien me quiere hacer caso, por dios, que vaya a ver "La familia no". Déjate jugar, déjate llevar y mira entre líneas, porque seguro que ves a tu familia, a la familia que soñaste, a la que tienes y a la que tuviste. Y puede incluso que perdones muchas cosas.    

            

lunes, 18 de junio de 2018

Islandia.

Hacía tiempo que tenía compradas estas entradas y realmente me apetecía ver un espectáculo producido por en TNC. Aunque fuera dirigido por el propio director del TNC. No lo digo por él, claro, porque en mi ignorancia no conocía el trabajo de este director, sino por propio prejuicio viendo cómo nos lucen las cosas por aquí. 

Lo cierto es que en estas últimas semanas han programado por Madrid varios espectáculos con pintaza, incluso alguno con amigos dentro que no he podido ver porque como ya tenía entradas para esto...
Y menuda puntería que he tenido. A ver si consigo explicarme.



El texto de Lluïsa Cunillé no me gusta nada. Creo entender que nos cuenta la historia de un chico islandés que viaja a Estados Unidos para buscar a su madre, de la que hace tiempo que no tiene noticias. La mujer se casó con un carnicero norteamericano y desde el estallido de la crisis no ha vuelto a saber de ella. El chico tiene una sóla ilusión en la vida, ser cantante de ópera cuando sea mayor. Incluso tiene una profesora particular que está muy contenta ella con los progresos del rapaz. 
El chico viaja a Nueva York y allí se cruzará con varios personajes que representan los estragos de la crisis en el mismo epicentro. Al final, el chaval se encontrará con la madre, aunque ninguno de los parezca especialmente ilusionado, el chico escapa, termina en un hospital y ya.
No tengo capacidad como para criticar en profundidad el texto, simplemente me pareció vacío y poco profundo. Es posible que la autora quisiera justamente eso, no lo sé por eso no diré si me parece bueno o malo. Sólo puedo decir lo que me provocó. 
De entrada me parece terrible que en un texto presentado sobre un escenario se oigan las cosas que se oyen aquí. Ya sé que es una traducción del catalán y supongo que las cosas que voy a comentar serán catalanismos o expresiones directamente traducidas del catalán al castellano, pero me parece que no se pueden permitir sobre un escenario. Y muchísimo menos sobre un escenario público, que debería vigilar mucho más que nadie el uso correcto del lenguaje. 
En castellano no se dice "tirar las cartas", se dice "echar las cartas". Lo de "me sabe mal" es una expresión catalana (esta vez sí, correcta). No se dice "he venido al hospital y he pedido por ti", se dice "he preguntado por ti". Lo de "he pedido" suena a que has puesto unas velas a Santa Gema para que interceda por su alma. También es extraño que a las hamburguesas las llamen hamburguesas y a los perritos calientes, hot dogs. 
Pero no es sólo eso sino que el texto en sí presenta a personajes vacíos, de esos que si te los cargas de la función esta sigue siendo igual. Plagada de frases de póster y de reflexiones artificiales que parecían sacadas de wikipedia. Texto que pretende desnudar el alma de personajes asolados por la crisis pero que resulta artificioso, literario, irreal y fofo.
A esto hay que añadir un dirección plana y laxa de Xavier Albertí. 
La escena inicial es desasosegante: ¿por qué esa chica está detrás del cabecero de la cama y casi no sale de ahí? ¿Por qué hablan de tostadas cuando lo que se comen es un trozo de pan de molde blanco? ¿Por qué estoy mirando el pan cuando debería estar pendiente de la escena? ¿Es esto una metáfora? ¿Por qué ha salido un niño de debajo de la cama? ¿El niño es el prota, el chico de la cama, el de la tostada? Ah, no que por edad no le ha dado tiempo de ser él. Entonces sí, es una metáfora. Digo yo.

La escena con el inventor y el neurólogo tampoco me funciona. Para empezar, no sé pero se me hace extraño que hablen todos en el mismo idioma y no haya ni una mención al acento. Vamos que aunque tomemos el castellano como idioma base, alguien debería mencionar que el chicho tiene acento. Es islandés. Por muy bien que hable inglés... Pero en ningún momento de la función se menciona. 
El inventor sí que tiene un acento exagerado. A ver, es catalán, es obvio, pero cuando se preguntan por sus orígenes parace que él va a contestar que es de Cornellá. Too much accent. 
Pero aparte de estos detalles (o como que un neurocirujano no sepa dónde está Islandia) es la escena en sí lo que no me funciona. Tanto esta como todo el resto del espectáculo se me hace eterno, las escenas dilatadas, tediosas, repetitivas y muy poco emocionantes. Varias escenas, si las quitáramos, no cambiarían en nada el espectáculo.     
Entiendo que la intención es la de presentar a un grupo humano variopinto y las consecuencias que han tenido en ellos la crisis. Desde el viejo buscavidas que va intentando estafar a los demás, a la señora arruinada y que malvende sus recuerdos en la calle, o el vendedor de perritos calientes en pleno Wall Street. En medio, ese chico al que no parece que le afecte que le hayan robado la maleta, no tener un sitio donde dormir, tener sólo billetes de 50 que milagrosamente le cambian en las taquillas del metro...
Todas las escenas son larguísimas, afectadas, estiradas en un intento de emocionar o de dar cierta transcendencia pero que lo que consiguen, al menos conmigo era que desconectara y que les viera el truco. 
La escena con la madre es el colmo de la extrañeza. Aparte de que aquí y la emoción brille por su ausencia. Madre e hijo sentados en la iglesia, ni se miran, la madre antipática como ella sola insiste al hijo una y otra vez para que se pire. ¿No hay ni un ligero afecto entre ellos? ¿Entonces por qué ha viajado hasta allí el pobre? Al final de ese encuentro gélido parece como que la movida es que la madre está avergonzada por vivir "tirando las cartas" (se las debe de tirar a la cara a sus clientes) y que se ha quedado embarazada... ¡de su marido!
Y fin. 
Bueno, no; entre medias se supone que el chico sueña con ser cantante de ópera. Tiene una profesora particular (muy mal económicamente no estará esa familia, claro), pero cada vez que hace como que canta, es un dolor. Yo si fuera la abuela del chico despedía a la profesora ya mismo. El chico no da ni una nota y digamos que canta como si no tuviera la más mínima posibilidad de dedicarse a eso de mayor. 
La escenografía es chula aunque promete más de lo que luego resuelve.  Max Glaenzel crea un espacio prometedor que acaba siendo más útil que expresivo. 
Del elenco destaco a Juan Codina porque despliega una fuerza y una rabia de gran maestro. El resto, de ambos sexos y de todas las edades chapotean en la superficie de sus personajes, sin ahondar en nada y dando una sensación de tedio, de pocas ganas de estar ahí y de una falta de implicación que se contagia.



Poco más que añadir, insisto en que estas fueron MIS sensaciones al ver la función. Un texto sin chispa, lleno de tópicos y de intenciones sin realizar, con una dirección tediosa y nada emocionada ni emocionante y unas interpretaciones superficiales. 
El María Guerrero, otrora petado, con medio aforo vendido. Así no levantamos cabeza.