lunes, 18 de junio de 2018

Islandia.

Hacía tiempo que tenía compradas estas entradas y realmente me apetecía ver un espectáculo producido por en TNC. Aunque fuera dirigido por el propio director del TNC. No lo digo por él, claro, porque en mi ignorancia no conocía el trabajo de este director, sino por propio prejuicio viendo cómo nos lucen las cosas por aquí. 

Lo cierto es que en estas últimas semanas han programado por Madrid varios espectáculos con pintaza, incluso alguno con amigos dentro que no he podido ver porque como ya tenía entradas para esto...
Y menuda puntería que he tenido. A ver si consigo explicarme.



El texto de Lluïsa Cunillé no me gusta nada. Creo entender que nos cuenta la historia de un chico islandés que viaja a Estados Unidos para buscar a su madre, de la que hace tiempo que no tiene noticias. La mujer se casó con un carnicero norteamericano y desde el estallido de la crisis no ha vuelto a saber de ella. El chico tiene una sóla ilusión en la vida, ser cantante de ópera cuando sea mayor. Incluso tiene una profesora particular que está muy contenta ella con los progresos del rapaz. 
El chico viaja a Nueva York y allí se cruzará con varios personajes que representan los estragos de la crisis en el mismo epicentro. Al final, el chaval se encontrará con la madre, aunque ninguno de los parezca especialmente ilusionado, el chico escapa, termina en un hospital y ya.
No tengo capacidad como para criticar en profundidad el texto, simplemente me pareció vacío y poco profundo. Es posible que la autora quisiera justamente eso, no lo sé por eso no diré si me parece bueno o malo. Sólo puedo decir lo que me provocó. 
De entrada me parece terrible que en un texto presentado sobre un escenario se oigan las cosas que se oyen aquí. Ya sé que es una traducción del catalán y supongo que las cosas que voy a comentar serán catalanismos o expresiones directamente traducidas del catalán al castellano, pero me parece que no se pueden permitir sobre un escenario. Y muchísimo menos sobre un escenario público, que debería vigilar mucho más que nadie el uso correcto del lenguaje. 
En castellano no se dice "tirar las cartas", se dice "echar las cartas". Lo de "me sabe mal" es una expresión catalana (esta vez sí, correcta). No se dice "he venido al hospital y he pedido por ti", se dice "he preguntado por ti". Lo de "he pedido" suena a que has puesto unas velas a Santa Gema para que interceda por su alma. También es extraño que a las hamburguesas las llamen hamburguesas y a los perritos calientes, hot dogs. 
Pero no es sólo eso sino que el texto en sí presenta a personajes vacíos, de esos que si te los cargas de la función esta sigue siendo igual. Plagada de frases de póster y de reflexiones artificiales que parecían sacadas de wikipedia. Texto que pretende desnudar el alma de personajes asolados por la crisis pero que resulta artificioso, literario, irreal y fofo.
A esto hay que añadir un dirección plana y laxa de Xavier Albertí. 
La escena inicial es desasosegante: ¿por qué esa chica está detrás del cabecero de la cama y casi no sale de ahí? ¿Por qué hablan de tostadas cuando lo que se comen es un trozo de pan de molde blanco? ¿Por qué estoy mirando el pan cuando debería estar pendiente de la escena? ¿Es esto una metáfora? ¿Por qué ha salido un niño de debajo de la cama? ¿El niño es el prota, el chico de la cama, el de la tostada? Ah, no que por edad no le ha dado tiempo de ser él. Entonces sí, es una metáfora. Digo yo.

La escena con el inventor y el neurólogo tampoco me funciona. Para empezar, no sé pero se me hace extraño que hablen todos en el mismo idioma y no haya ni una mención al acento. Vamos que aunque tomemos el castellano como idioma base, alguien debería mencionar que el chicho tiene acento. Es islandés. Por muy bien que hable inglés... Pero en ningún momento de la función se menciona. 
El inventor sí que tiene un acento exagerado. A ver, es catalán, es obvio, pero cuando se preguntan por sus orígenes parace que él va a contestar que es de Cornellá. Too much accent. 
Pero aparte de estos detalles (o como que un neurocirujano no sepa dónde está Islandia) es la escena en sí lo que no me funciona. Tanto esta como todo el resto del espectáculo se me hace eterno, las escenas dilatadas, tediosas, repetitivas y muy poco emocionantes. Varias escenas, si las quitáramos, no cambiarían en nada el espectáculo.     
Entiendo que la intención es la de presentar a un grupo humano variopinto y las consecuencias que han tenido en ellos la crisis. Desde el viejo buscavidas que va intentando estafar a los demás, a la señora arruinada y que malvende sus recuerdos en la calle, o el vendedor de perritos calientes en pleno Wall Street. En medio, ese chico al que no parece que le afecte que le hayan robado la maleta, no tener un sitio donde dormir, tener sólo billetes de 50 que milagrosamente le cambian en las taquillas del metro...
Todas las escenas son larguísimas, afectadas, estiradas en un intento de emocionar o de dar cierta transcendencia pero que lo que consiguen, al menos conmigo era que desconectara y que les viera el truco. 
La escena con la madre es el colmo de la extrañeza. Aparte de que aquí y la emoción brille por su ausencia. Madre e hijo sentados en la iglesia, ni se miran, la madre antipática como ella sola insiste al hijo una y otra vez para que se pire. ¿No hay ni un ligero afecto entre ellos? ¿Entonces por qué ha viajado hasta allí el pobre? Al final de ese encuentro gélido parece como que la movida es que la madre está avergonzada por vivir "tirando las cartas" (se las debe de tirar a la cara a sus clientes) y que se ha quedado embarazada... ¡de su marido!
Y fin. 
Bueno, no; entre medias se supone que el chico sueña con ser cantante de ópera. Tiene una profesora particular (muy mal económicamente no estará esa familia, claro), pero cada vez que hace como que canta, es un dolor. Yo si fuera la abuela del chico despedía a la profesora ya mismo. El chico no da ni una nota y digamos que canta como si no tuviera la más mínima posibilidad de dedicarse a eso de mayor. 
La escenografía es chula aunque promete más de lo que luego resuelve.  Max Glaenzel crea un espacio prometedor que acaba siendo más útil que expresivo. 
Del elenco destaco a Juan Codina porque despliega una fuerza y una rabia de gran maestro. El resto, de ambos sexos y de todas las edades chapotean en la superficie de sus personajes, sin ahondar en nada y dando una sensación de tedio, de pocas ganas de estar ahí y de una falta de implicación que se contagia.



Poco más que añadir, insisto en que estas fueron MIS sensaciones al ver la función. Un texto sin chispa, lleno de tópicos y de intenciones sin realizar, con una dirección tediosa y nada emocionada ni emocionante y unas interpretaciones superficiales. 
El María Guerrero, otrora petado, con medio aforo vendido. Así no levantamos cabeza.   
           

miércoles, 6 de junio de 2018

Galili / Kylián / Duato. CND. Teatro de la Zarzuela.

No sé ni cómo empezar a hablar de este espectáculo. 
Bueno, me lanzo, como siempre, y que las palabras me lleven por donde ellas quieran. 


FOTAZA DE JESÚS VALLINAS

Los programas mezclados, con piezas distintas, suelen correr el riesgo de acabar siendo un pastiche mono y desigual con la sana intención de contentar a todo el mundo y con un resultado desconcertante. Afortunadamente para todos en esta ocasión no es así. En todo caso podría decirse que es el programa PERFECTO para que se luzca toda la compañía. 
Yo no soy ningún experto en danza, ni siquiera soy un entendido. Yo únicamente cuento en voz alta las sensaciones que me produce lo que veo. L@s crític@s especializad@s escriben de maravilla (menos algún clásico revenío), con conocimiento, sabiduría y conceptos claros. A mí especialmente me gusta esta, ESCRITA POR YOLANDA VÁZQUEZ
Yo escribo como escribo y describo como siento.


FOTAZA DE JESÚS VALLINAS. 

"Hikarizatto" me parece una pieza perfecta para que baile todo el mundo. Así todos los inmensos bailarines de la CND salen al escenario, se lucen y participan en una pieza. Es obvio decir que las luces son una maravilla y que todos los bailarines despliegan sus mejores recursos en este ejercicio de precisión y exhibición técnica. Estuve todo el rato con la mandíbula desencajada viendo el despotorre físico de todos. Impecables, precisos, bestiales y matemáticos. Un diez para su precisión y exhibición física. Pero para mi gusto, la coreografía tiene poco de lo que a mí me mueve cuando veo danza. Es un gran número de relojería pero con cero sentimiento. La emoción brilla por su ausencia. Derroche, sí, y tremendo, pero de cualidades físicas. Ni matices, ni sutileza ni temblor. No se me mueven los centros. Eso sí, la mandíbula colgando durante toda la pieza. Y un piso que les pongo a todos ellos, porque están magistrales, pero para mi gusto no hay nada de emoción. Solo virtuosismo. O mejor dicho, virtuosismo, sin "solo". 




FOTAZA DE ALBA MURIEL

"Gods and dogs" es una puta obra maestra. Pero claro, Kylián es dios. 
Reconozco que leyendo el programa de mano se me puso cara de rodaballo. Se supone que es una reflexión sobre la forma en la que nos vestimos y las razones que nos hacen elegir la ropa. Te juro que yo leo esto y lo flipo. La magia del escenario consiste en que uno hace una cosa con una intención y el diálogo con el espectador crea que éste reciba lo que quiera o necesite recibir. Yo veía la lucha de seres torturados, enfermos, necesitados, o directamente locos o suicidas. No todo junto, sino a brochazos. Yo veía a Isaac Montllor y a Daan Vervoort buscando un sitio donde suicidarse, y a Agnes López y a Benjamin Poirier intentando salvar una relación a punto de acabarse y al gran Aleix Mañé luchando con los fantasmas de la enfermedad física y mental. Eso es lo que yo veía. Lo siento, Jirí. Yo veía dioses y perros, salud y enfermedad, locura y cordura, vida y autodestrucción, amor y soledad, huída y necesidad. 
Lo que sí tengo que decir es que en todo momento sobre el escenario los ejecutantes, los actuantes se convirtieron en mediums. He visto el espectáculo dos veces porque quería, aparte de darme el gusto, ver a los dos elencos. No para comparar, está claro, sino para disfrutar de dos maneras distintas de vivir lo mismo. Y para recrearme en lo distintos que pueden ser los mismos pasos si los transitan dos seres distintos y únicos. Porque eso es la danza. Los pasos son los pasos y siempre son (en fin...) los mismos. La danza es lo que hay entre medias, entre paso y paso. Ahí, en ese espacio mínimo pero inmenso es donde vive la personalidad del ejecutante, del mago, del bailarín, del intérprete, del actor, del actuante, del medium. Ese espacio es la danza. Igual que "música" es lo que hay entre una nota y otra nota. Si oyes dos versiones de "Morgen", las dos cantantes darán las mismas notas, porque son las escritas, pero cada una rellenará de un material distinto el espacio entre las notas. 
Eso hacen aquí los bailarines de la CND. Aleix y Álvaro bailan lo mismo, los mismos pasos, pero Aleix se retuerce de dolor, de un dolor interior, torturado, de desgarro interno y crea un ser frágil y atormentado por fantasmas internos mientras que Álvaro, bailando lo mismo, es un joven impetuoso, impulsivo y eléctrico. ¿A quién quieres más, a mamá o a papá? Son dos composiciones distintas. Parten de lo mismo y usan lo mismo pero crean cosas distintas. La sutileza, el matiz y el mundo interior de Aleix y el impulso, la rabia y el brío de la juventud de Álvaro. 
O como Sara y Agnes. Sara es el cálculo, la forma perfecta e intachable, mientras que Agnes mira al suelo, mueve un dedo y quiebra la espalda y de repente el escenario se transforma en una película de Kieslowski. Con Sara flipas con su elegancia y su delicadeza. Agnes transforma el aire que la rodea en necesidad. En necesidad de bailar para contar y para cambiar.
Isaac y Daan viajan por la depresión y el dolor insoportable. Buscan dónde morir. Alessandro y Toby viven ese dolor con otro desgarro, sin querer morir sino buscando la salvación.
Kayoko es fría y perfecta. Elisabet es perfecta y terrenal. 
¿A quién quieres más, a mamá o a papá?




FOTACA DE ALBA MURIEL

"Por vos muero" es una joyita. Es muy mona de ver y fácil de gozar. Por supuesto es indiscutible la figura de Nacho Duato en la historia de la danza mundial. Y es una alegría inmensa volver a ver sus coreografías en Madrid. Sólo por eso merece la pena. Lo que tiene "Por vos muero" es que ha envejecido regular. A ver; claro que creó escuela. Lo que en su día fue una revolución, con el paso del tiempo se ha vuelto más habitual. Es lo que tiene convertirte en referente. El uso de esas músicas se ha vuelto algo frecuente, el vestuario ha evolucionado y la coreografía en sí, siendo magistral, bellísima, delicada y gozosa, ahora parece algo menos novedosa. Aun así es un placer para los seis sentidos ver flotar por el escenario a estos magníficos bailarines. Disfrutar de una pieza tan redonda, tan flotante y tan placentera de ver es un regalazo y sin duda, cierra por todo lo alto este programa bestial y necesario. 

Espectáculo asombroso y magistral. Demuestra que la danza es plural, bella, dolorosa y necesaria para vivir. Y José Carlos Martínez nos regala de nuevo la ocasión de gozar como perras viendo cómo bailan y cómo sienten lo que nace en el escenario Mar, Isaac, Agnes, Daan, Elisabet, Alessandro, Shani, Sara, el gran Aleix, Álvaro, Aída, Rodrigo, Marcos, Toby, Jesse o Benjamin. 
Igual que estaría todo el día escuchando la muerte de Isolda, estaría todo el día viendo este programa. Es que la danza es vida. Toda la danza. Hasta la no danza.       









 

miércoles, 23 de mayo de 2018

Divinas palabras Revolution. Teatro Español

Yo con Chévere siempre he tenido mis más y mis menos. Vale, sí, estas "Divinas palabras" no son una producción de Chévere sino del Centro Dramático Galego, pero para el caso, como si lo fuera.
Con Chévere he ido de menos a más. De "Citizen" a esa maravilla de "Eroski Paraíso".  
Con "Divinas palabras" me lo pasé muy bien, disfruté mucho, me reí y me estremecí, pero reconozco que el brillante planteamiento inicial se acabó convirtiendo en la propia trampa del espectáculo. Creo que lo que parecía un hallazgo en un principio, se volvió incongruente a mi modo de ver. 



Manuel Cortés y Xron firman esta versión del textazo de Valle Inclán. A mí el texto de don Ramón María me enloquece y el rosario de personaje inmundos me priva. Situar la acción en un reality de esos en los que encierran a un puñado de desquiciados para que se despellejen delante de las cámaras y delante de millones de ojos ajenos que se olvidan de sus desgracias rebozándose en los jaris de cartón piedra de unos supuestos famosetes prestos a dejarse humillar con tal de pillar unos euros indignos es un acierto. Coño, qué frase más larga me ha salido... 
Los familiares de Xoana (Juana la Reina) están encerrados en un escenario de reality y allí se harán cargo de Laureano, el baldadiño, repartiéndose su cuidado entre Mari-Gaila y Marica del Reino, cuñada y hermana de la fallecida. Les acompañan en esa casa el resto de personajes de la obra de don Ramón María mientras desde fuera, Séptimo Miau les vigilará con su ojoquetodolove.
Este arranque es ingenioso y realmente funciona. La podredumbre de una Galicia ya superada por la realidad funciona bien en este marco. Mientras la vida parece detenerse dentro de ese microcosmos podrido, fuera, Galicia arde y es asolada por un tiempo inexorable. La Galicia que recibirá a toda esta peña al final del desastre, cuando esa placa de Petri en la que han vivido les devuelva a la puta y quemada realidad. 
Los que han ido a esos concursos dicen que ahí dentro "todo se magnifica". Bueno, vale, chaval. Aceptaremos pulpo. Por eso es ingenioso y prometedor encerrar a esos personajes en un micro espacio en el que sus miserias se magnifiquen y se saquen de madre. 
Pero precisamente por las limitaciones de un entorno tan concreto creo que es por lo que acaba haciendo aguas el planteamiento. Me explico: ellos están en un sitio en el que hay cámaras por todas partes y todo lo que pasa es retransmitido en directo. ¿Cómo es entonces posible que suceda el final del baldadiño? Sus causantes deben de saber que lo que está pasando allí lo está viendo todo el mundo, ¿no? Igual que lo que sucede en el dormitorio entre padre e hija. No hay nada de la acción que transcurra en la impunidad de un bosque, o agazapado en la oscuridad o los secretos. Es impensable que pase lo que pasa entre Pedro Gailo y Simoniña. Y no puedes "devolver" la silla a la habitación de Marica sin que se entere toda España. Y no puedes revolcarte con Séptimo Miau porque te ve todo el país. O sí puedes, pero todo eso tendrá consecuencias. Y esas consecuencias se escapan del propósito de los personajes. Quiero decir que hay cosas que pueden darte igual o que pueden tener consecuencias inesperadas, pero otras cosas se hacen cobijado en la impunidad de lo secreto. Está en Valle Inclán y está en la lógica de la acción. Hay cosas que pueden pasar delante de unas cámaras y que no importe pero otras son totalmente inimaginables si tienes una cámara enfocándote. 
Tampoco entiendo que haya habitaciones que no se ven. La escenografía de Suso Montero es una pasada, pero el que falten algunas habitaciones ya da una pista sobre categorías de importancia. Vale que las habitaciones de los mendrugos esos no nos importan, ni la de Tatula, ni siquiera la de Marica, pero que de entrada no aparezcan lo hace demasiado evidente. 



En lo que se refiere estrictamente a la trama, al hecho de haber trasladado la acción en esta versión a un espacio tan acotado, creo que lo que podría haber ayudado a encerrar y limitar lo repodrido de los hechos acaba atrapado en una incongruencia que al menos a mí me hizo salir de la complicidad inicial y empezar a "ver el cartón". 
Por eso creo que la principal baza de esta versión es también su principal trampa. 
Además me dio la sensación de que muchas escenas estaban como flojas. Era como si estuvieran recién montadas y necesitaran todavía hacer nacer más vida. Tuve la sensación en muchos momentos de que el hiperrealismo a la hora de montar determinadas escenas lastraba su vida. Y sentía como que casi todo necesitaba rodaje. Seguramente dentro de un mes el espectáculo habrá crecido mogollón, de hecho estoy convencido, porque con una base tan potente es cuestión de entresacar la vida y lo nacido en el momento. Pero en mi cuerpo la tensión caía a ratos y notaba una falta de "vida escénica" resultado del tono hiperrealista de la apuesta de Xron en la dirección.
  
Aunque colaboro en algún ranking y a veces tengo que "puntuar" espectáculos, no soy muy amigo de poner estrellitas a los espectáculos teatrales. Pienso que uno valora lo que ve y vive por su experiencia única e individual. El director y el equipo han tomado sus decisiones y han optado por hacer las cosas como ellos han querido. Eso es incuestionable y decir de una decisión del director que es acertada o equivocada es una soplapollez. El director ha tomado las decisiones que ha querido y ha creído convenientes para contar su historia a su manera. Y no admite que nos parezca bien o mal a los demás. De lo que se puede hablar es de si esas decisiones han funcionado en nosotros. Si nos han tocado y si nos han funcionado. Ni se me ocurre cuestionar las decisiones de Xron ni de nadie del equipo. Obviamente todo lo que hacen está pensado, repensado, decidido y requetedecidido. Y no lo critico ni lo pongo en duda. Simplemente no funcionó conmigo. Me hizo salirme de la empatía inicial y situarme lejos, en un sitio donde encontraba fisuras en la acción, en la congruencia y en el tono.   



El elenco es de ensueño, ahí no se puede poner ni una pega. Lo de Patricia de Lorenzo es pura debilidad. Crea una Mari-Gaila mala de cojones, seductora, pringosa y repugnante (el momento pañal es estremecedor, unos minutos interminables que todo político debería ver antes de tomar decisiones económicas por encima de los seres humanos). Consigue ser todo lo malo que tiene que ser un bicho así y da verdad y vida a cada movimiento. No es una actriz de grandes composiciones desgarradas y mutantes. No, ella trabaja desde sí misma, desde sus recursos y consigue hacer nacer la verdad SIEMPRE. Eso sólo lo consiguen los grandes intérpretes. Los hay que se transforman cada vez y los hay que desde su forma de hacer logran siempre SER el personaje. Adoración absoluta. Y encima ha hecho sus pinitos en doblaje y con eso ya me tiene a sus pies. Yo soy muy fans de mis colegas.
La misma admiración siento por Tomé Viéitez que crea un baldadiño asombroso y la admiración se vuelve absoluta con Borja Fernández, que compone un monstruo repugnante con trazos finos y precisos.  



En resumen, creo de verdad que es un gran trabajo de todos, el equipo al completo hacen un curro de altura, desde el creador del espacio sonoro a la responsable del vestuario o al iluminador pasando por los actores e incluso por los responsables de la versión y el director. Sin embargo algo no hizo click en mí y me sacó de la magia de lo nacido en el momento y me hizo ser consciente de que estaba en una butaca de un teatro, con una cabezón que me tapaba la mitad de la visión y con las rodillas dándome con la butaca de delante.
Con Chévere me ha pasado esto otras veces; que simpatizo totalmente con su punto de vista y ética y moralmente me siento cerca, pero algo me descoloca. Quizá el intentar transmitir el mensaje por encima de las formas. Demasiado empeño en dejar claro su punto de vista moral. Y a veces ese empeño, pese a ser lícito y admirable, puede que conmigo no funcione. Prefiero ver yo las cosas y descubrirlas antes que verlas ahí puestas. Está Galicia, está Valle a ratos pero me falta dejarme estar a mí .     







 

domingo, 20 de mayo de 2018

Contratiempoymarea. Intemperie Teatro.

Al lío. 
"Contratiempoymarea" es una gozada. Así, tal cual. 
El texto de Sonia Madrid es para leerlo una y otra vez y sacarle jugo, exprimirlo de nuevo y buscarle mas vueltas y luego más y así varias veces. Porque lo que hace es plasmar en el papel el pensamiento de dos seres surrealistas. O absurdos, o sacados de un circo, o de un psiquiátrico. O de la calle. 
Mezcla estilos y géneros con una audacia que te tira de espaldas y llega incluso a atreverse con el monólogo interior en algunos momentos. Magistral. Además retrata a dos seres perdidos y complementarios. Las dos caras de una moneda o la misma desde dos prismas distintos. Pompoff y Thedy, o Vladimir y Estragón, o Cara blanca y Augusto o Tip y Coll o C3PO y R2D2. El uno dice lo que el otro piensa, el uno dice lo que el otro teme, el uno dice lo que el otro espera. Los dos son desconocidos aunque se conocen mejor que nadie. Los dos esperan a su Godot. Los dos aman y han amado y tiene miedo y sueñan y mueren y se defienden de un mundo que no entienden y se pelean y se vacilan. Son como dos amantes o los dos polos de una misma mente. Tan complementarios como enemigos y tan necesarios como peligrosos. 



Maravilla de texto amargo y desgarrado sobre el vació y la incomunicación, la búsqueda y la necesidad.
Y llega Raquel Pérez y disfraza estos dos seres de payasos. Y así ya tiene la coartada perfecta para tocarnos los huevos y que nos lo tengamos que comer. Porque estos dos vagabundos, estos payasos salidos del Retiro (del de antes), estos dos heridos tiene derecho a decir y hacer lo que quieran. Parecen arrancados de un circo barroco, de un circo de esos en los que los payasos hacen llorar y la trapecista tiene las medias rotas y el corazón hecho añicos. Entre cartones de vino, música decadente y recriminaciones ácidas, Plácido y Domingo se buscan, se miden, se encuentran, se necesitan y se matan. El amor puro. La vida misma. Brillante el sitio desde el que Raquel nos cuenta esta historia de amor y brillante la forma y el tempo elegidos. Grandísima directora. 
Albino Hernández-Newman está a los mandos de la luz y el sonido. OLE tú, Albino. 
Iván Villanueva es Cara blanca. Es el reposo, la serenidad, la sabiduría olvidada y el reposo. Quizá peque de estar a ratos demasiado entero. Su locura o su punto de partida a veces se desdibuja un pelo. David González sin embargo da un recital. Todo lo que hace es magistral. Ya desde su aparición, arrastrando un carrito en el que nos avisa de que es esquizofrénico. Sólo con ese cartel nos avisa de que puede hacer cualquier cosa. Y es eso exactamente lo que hace. Cualquier cosa. O mejor dicho, de todo, hace de todo. David grita, susurra, va, viene, salta, llora, corre, ríe, sufre, sodomiza, ama, escupe, mata, busca, escarba, hiere y seduce. Hace de todo y todo lo hace bien. 

Hacedme caso. "Contratiempoymarea" es un espectáculo pequeño, con los medios justos y necesarios. Y no necesita más. Pero es un espectáculo GRANDE en su vuelo, en su pretensión, en la profundidad de su texto y en la seriedad de su puesta en escena. Y por supuesto, en el trabajazo ejemplar de sus dos actorazos.
Bravo para todos y cada uno de sus responsables. Este es el teatro que mola.   

lunes, 7 de mayo de 2018

Beatrice. Teatro Galileo

José Gómez-Friha es el responsable tanto de la dramaturgia como de la dirección de esta "Beatrice". Un revisión de "La hostería de la posta", montaje con el que Venezia Teatro celebran su quinto año de vida. 
San Carlo Goldoni escribió "La hostería" en siete días allá por 1762. Doscientos cincuenta y seis años después el aparentemente divertido texto de Goldoni sigue vivo. Tristemente vivo. 
Hace pocos días saltaba la noticia de que la comisión que se va a crear ahora, si es que se crea, en pleno siglo XXI para estudiar la reforma de los delitos sexuales va a estar compuesta únicamente por hombres y que... ay, calla, que no. Que me lío. 
Hace pocos días se hacía pública la sentencia del juicio de "La manada" y todos flipábamos al ver que.. ay, calla que tampoco. Me vuelvo a liar. 




Beatrice pasa una noche en la hostería de la posta con su padre en pleno viaje a Milán, a donde van para que ella contraiga contrato... digo... matrimonio con un señor que le ha buscado su padre y que les vendrá muy bien a ambos, padre e hija. Sobre todo al padre, claro, si no de qué.
Por cosas del destino el futuro marido también pasa la noche en la hostería, aunque ellos no se conocen. El enredo está servido y lo que parece un vodevil de entradas, salidas, cruces y equívocos se convierte en un alegato en defensa del derecho de la mujer a decidir por sí misma. 
José Gómez-Friha se sirve de un par de elementos sencillos para marcar un punto de vista y dar un aplastante poder tanto ético como social frente a lo que estamos viendo. 
Todo en "Beatrice" es estilizado. O mejor dicho, es sobrio y depurado. El espacio en un cuadrángulo con un par de puertas marcadas con luz. Un luz que sencillamente ilumina la zona de acción y oscurece la zona en la que los actores esperan sentados su turno. Punto. Ni más ni menos. Nada que distraiga. El derroche está en el vestuario suntuoso y bellísimo. 

Andrés Requejo, el grandísimo Andrés Requejo se adelanta, enciende una cerilla y se ilumina la lámpara que hay sobre él. Se hace la luz y comienza la acción. 
Todo discurre con brillo, muchísima chispa, buen ritmo y un puñado de actores excelsos. No hay ninguna pega que ponerle. ES COMO DEBE SER. La chispa del texto de san Carlo Goldoni está ahí. El vestuario ayuda, el espacio y las luces no estorban ni distraen del verdadero propósito de lo que vemos. Disfrute. Hasta que de repente, Marta Matute interrumpe la escena para... para... para... y se va. Ese gesto, ese intento de decir algo, de decirnos algo que no está escrito es la clave de "Beatrice". 

SPOILER     

Esto culminará con el gesto final, cuando Beatrice está a punto de aceptar a su marido de encargo, porque el hombre es majo y algo de tilín le ha hecho. Hasta que Marta se para, reflexiona durante unos segundos y decide cortar. Sencillamente no le sale del coño aceptar a este tío porque sí. Ella amenazaba con negarse a aceptarle si no era de su agrado. Pero ahora va más allá. ¿Por qué coño va a aceptarle si ni ella le ha elegido, ni ha pensado en él, ni ha tenido voz ni voto en nada? Ella sabe que es dueña de su vida, de su destino y de su futuro. Y que es la única que manda en sus propias decisiones. Ella, Marta. Y ni manadas ni comisiones de estudio, ni padres, ni tíos ni testosterona. Marta es dueña y señora única y exclusiva de su vida y de sus decisiones. Sí es sí, todo lo demás es violación. Y Marta se quita todos los trastos que tiene que llevar encima, coge la puerta y se pira. Y ahí se quedan todos los machos Ellos verán. 
Lo dice el dossier, no lo digo yo, pero es totalmente cierto, es el portazo de una Nora del siglo XXI. 
Si el montaje como tal estaba siendo impecable y magistral, este detalle sencillo formalmente pero terrorífico como símbolo hace que "Beatrice" levante el vuelo hasta el infinito. ¿No se puede hacer teatro del siglo XVIII en el siglo XXI?  Hablen con José Gómez-Friha y luego ya vemos a ver. O mejor, vayan a ver "Beatrice" y luego nos tomamos un vino. 




Y si brillante es el planteamiento y la forma que han elegido, el reparto es cosa aparte. 

Andrés Requejo tiene un breve papel pero demuestra un poderío y un dominio de la escena y del género incuestionable. Este hombre es inmenso. Juanma Navas está brillante. Como David Alonso, que está divertido y payaso en la justa medida. 
El trío de ases son oro puro. TODOS ellos pero quizá estos tres al tener más papel luzcan más, TODOS ellos, digo, tienen una de las cualidades más tristemente escasas hoy en día en un escenario. Saben hablar. Tienen una dicción per-fec-ta. Y sí, no nos pongamos a la defensiva porque sabéis como yo que es verdad. No es fácil encontrar actores que hablen como hay que hablar. Con una dicción impoluta, y dando a cada palabra el peso necesario. 
Rubén de Eguía está para comérselo. Aparte de ser un rato guapo, es un actorazo de los inteligentes, de los que saben que el fin de un intérprete es ser un medio, no un objetivo. Y se "limita" a dar vida a su personaje desde la sinceridad y la palabra correcta y limpia. Si ya se lo vimos en "El principio de Arquímedes", ya. 
Marta Matute es una de las más grandes de su generación. Llevo diciéndolo desde hace tiempo. Desde que la vi por primera vez hacer ... o mejor dicho, escuchar una Antígona. Da igual que haga teatro del siglo XVIII como este o del siglo XXI como en "La escena número 12" o del siglo XXII como "Yogur/Piano",  o una figuración en el Real o que nade entre las palabras de Pessoa; Marta es inmensa, implicada, lista como ella sola y un muestrario de estados de ánimo y de recursos. 
Y para mí, mi mayor descubrimiento fue Pablo Sevilla. Las razones son simples. Porque sabe hablar. Tiene un timbre de voz luminoso y una dicción realmente buena. Impecable sin afectación. Es un gusto oírle hablar. Y no sólo por la calidez de su palabra sino por su calidad. Sabe medir las palabras, sabe su significado (sí, aunque suene básico, es así, cuántas veces oyes a gente que no sabe lo que dice) y sabe su poder y su repercusión. Y obviamente su composición del personaje es exquisita, perfecta, compleja y atinada.  
Y completando este grupo de hombres está Álvaro Llorente con el violonchelo. El complemento perfecto para provocar a Marta.  Corran a ver esta nueva versión de "La hostería de la posta", porque "Beatrice" es una joya. Pero una joya joya. Y déjense llevar por el poder de una mujer que se reivindica en pleno siglo XXI y por la belleza de la palabra dicha con sentido y peso.  




  

miércoles, 2 de mayo de 2018

Cyrano de Bergerac. Teatro Reina Victoria.

Atreverse con un texto como el de Edmond Rostand es un reto, pero también es una trampa. 
Todos hemos visto quinientas mil versiones, a quinientos mil actores y hemos visto resultados buenísimos y estrepitosos fracasos. Versiones divertidas, truños insufribles, luces y sombras.
Esta versión de "Cyrano" es de las divertidas, de las brillantes, de los aciertos sobre todo gracias al inmenso trabajo de José Luis Gil. 
Carlota Pérez Reverte firma la versión junto a Alberto Castrillo-Ferrer, quien también se encarga de la dirección del espectáculo. Alberto ya dirigió otro montaje anterior, "Si la cosa funciona" con la misma pareja protagonista. El entendimiento entre ellos tres se nota en esta nueva puesta en escena (aunque llevan ya 100 representaciones). 



Estamos ante un artificio. No es que sea "teatro dentro del teatro" pero sí es "teatro como representación", artificioso. No es una recreación de la vida sino un juego escénico, una representación. Y como tal la vemos. El escenario, con las candilejas en el proscenio, unos paneles de madera que se cubren de telas, de tapices o que se desnudan según la escena. O sirven de pantalla donde se proyectan imágenes que ambientan otros lugares, o se adelantan o atrasan para crear entradas y salidas. En definitiva, una escenografía del grandísimo Alejandro Andújar junto con Enric Planas que es a la vez eficaz, útil, evocadora y expresiva. Es casi como el escenario ambulante de una compañía. Madera, versatilidad y eficacia. Como alguna caracterización; barbas postizas nada disimuladas, múltiples personajes a cargo de cada intérprete, cambios de escenografía a la vista, pómulos postizos casi de comedia dell'arte...
Luces y vestuario de Nicolás Fitschel y Marie-Laure Bénard al servicio del espectáculo. Y en el mismo tono que la escenografía. 
La dirección de Alberto Castrillo-Ferrer es eficaz y respetuosa. Nos cuenta esta historia trágica de amor desde el respeto por los personajes, por todos ellos y lo barniza todo con un aire de comedia de repertorio de compañía ambulante. El artificio "evidente" es así de evidente para realzar el carácter del texto. Quieren contarnos una historia. Como tal, una historia. La historia de Cyrano, de su amor por Roxana y de la imposibilidad de ese amor. Castrillo-Ferrer pasa de la comedia de toda la primera parte a la tragedia amarga de esa escena final antológica y del humor de la panadería al amor de la escena del balcón. Cada escena, cada momento tiene un tono, un ambiente, una profundidad. JUSTA y EXACTAMENTE la que necesita cada momento. Así no sólo consigue que no despegues el culo del asiento en las dos horas y pico que dura la función sino que sin querer vas sumergiéndote en el estado de ánimo de Cyrano, el eje obvio del espectáculo. No esperéis un montaje grandioso, no. Todo lo que vemos es medido y es justo y escueto. Lo gordo; lo gordo gordo está donde tiene que estar, no tanto en la forma. 



El resto queda "sencillamente" en manos de los intérpretes. Y ahí encontramos de todo. Desde el trazo grueso de la experimentada Rocío Calvo al poderío en escena del gran Carlos Heredia. De la experiencia de Ricardo Joven a la frescura y el desparpajo de Álex Gadea. Cada uno está en su código y todos ellos al servicio del conjunto. Ana Ruiz está estupenda de presencia y de gesto. Cada movimiento, cada mueca, cada movimiento de su cara, por leve que sea es perfecto. Sabe lo que dice y por qué lo dice. Pero hay algo atropellado en su verso. Junta demasiado algunas palabras y pasa por encima de ellas, sin darles todo el espacio que necesitan. Si las palabras siempre son escogidas, en el verso esto se dispara. Y las palabras elegidas son esas porque necesariamente deben ser esas, no sólo por la rima y la medida, que también, sino por la carga, el significado y el poder de las palabras. Y a veces Ana pasa un poco por encima de las palabras. Y vocalmente quizá ayer estaba algo tocada, porque su emisión, la proyección vocal quedaba escasa y su voz se quedaba en un agudo con no mucho color que está claro que no corresponde a una actriz que además canta, como ella. Vamos, que ella canta muy, muy bien. Por eso supongo que lo de ayer sería un asunto pasajero. Y es una lástima, porque tanto la belleza del personaje como toda su gestualidad fueron muy acertadas. 



Y vamos a lo gordo. Porque como decía al principio, "Cyrano" es tanto un reto como una trampa. Y el actor que se encargue de dar vida a este ser amoroso, ingenioso, brillante, divertido, sabio, inteligentísimo, generoso, pícaro, sacrificado, del que querrías ser amigo y alumno; el actor que de vida a Cyrano se la juega. Cyrano NECESITA para vivir a un actor capaz de hacer surf en cada palabra, en cada sílaba, en cada acento, porque si no, el texto naufraga. 
Pero, ¿que ha hecho Alberto Castrillo-Ferrer? Darle el papel a un ser de otro mundo. JOSÉ LUIS GIL, así, en mayúsculas. Para la mayoría será conocido por sus interpretaciones televisivas, en las que es EL MEJOR. Pero José Luis lleva años y años y años tocando todos los palos de la interpretación. TODOS. No sólo es gracioso y un cómico asombroso, sino que ha estado en vuestras mentes y corazones sin que os dierais cuenta, porque José Luis ha participado en los mejores doblajes que se han hecho en este país. Yo le he visto hacer cosas que vosotros, humanos, no creeríais. Ha sido y ES uno de los mejores actores de este país delante de un micrófono. ¿Y eso qué le ha dado? La sensibilidad y sabiduría de distinguir, conocer y valorar el peso de cada palabra. Porque cuando delante de ti sólo tienes una interpretación ya hecha y un texto y tu obligación es dar vida a las palabras para que se junten a esa cara y todas unidas parezcan vivir, en ese momento el poder está en LA PALABRA. Y José Luis llena CADA palabra que sale de su boca de carne, de sangre, de peso, de saber, de sentido y de emoción. Lo hace delante de un micro y lo hace delante de una cámara y lo hace encima de un escenario. Y encima lo hace dando vida a Cyrano, la trampa de las trampas. Porque con Cyrano puedes meter la pata y creerte que eres la hostia. Puedes empezar a gustarte y que se te vaya la pinza y la medida. Puedes empezar a cantar, a hacer ripios, a querer sonar grandilocuente. Puedes querer hacer un personaje aún más grande de lo que es Cyrano. Puedes venirte arriba, creerte la estrella y que te sobren los compañeros. Y el teatro, como todo en la vida menos la masturbación, es una labor de equipo. Pero José Luis no hace nada de eso. Jose entiende las palabras, las ha desgranado una a una, las tiene medidas y tiene medida la medida de lo que quiere y necesita hacer para que este "Cyrano de Bergerac" sea coherente, sólido y brillante. Jose se sitúa justo donde debe en cada escena, es prota cuando debe serlo y secundario cuando es menester. Y sobre todo, tiene un control de LA PALABRA que hace que sea posiblemente el mejor Cyrano posible. Así lo demuestra. Jose emociona, viaja por mil estados de ánimo, regala dos mil millones de matices y convierte cada palabra que sale por su boca en una obra maestra. 



Confieso, que al igual que me pasa con Cyrano, a mí me pasa con José Luis, que querría ser su amigo y su alumno. También confieso que he aprendido de él sin él saberlo lo que sé de mi profesión. Siempre ha sido una referencia. Por mucho. Por todo. Y es que yo le veo y le hago la ola.        


             

Si no te hubiese conocido.

Sergi Belbel ha estado siete años sin escribir y ahora que lo ha hecho nos habla de amor. Y del destino. 
Reconozco que Belbel me gusta y Unax Ugalde también. Sin embargo mis expectativas de derrumbaron nada más empezar el espectáculo. Por todo. 



SPOILER TOTAL, NO LEAS SI NO QUIERES ENTERARTE DE LA TRAMA.

Empieza la acción y vemos una escena de matrimonio. Los niños se acaban de acostar y ellos, sentados en dos sillas que simulan ser un hogar, hablan de los niños, de sus movidas, de llevarles al cole al día siguiente. Prácticamente por accidente, Elisa, la mami se encarga de hacerlo. y por accidente también, se mata junto con los nenes. Esta primera escena nos da todas las claves de lo que vamos a ver: diálogos artificiosos, frases de carpeta, diálogos increíbles y afectados y personajes que se empeñan en contarnos que se quieren aunque tanto sus palabras como sus actos nos dejen ver que hay muy poquito afecto entre ellos.
Y de ese momento dramático pasamos a otro trágico. Retrocedemos hasta 1989, con los cuatro protagonistas de la historia en la uni, tía. Y yo me encojo en mi butaca al ver a los actores haciendo de jóvenes ochenteros. Confieso que me viene a la mente Meryl Streep en "La casa de los espíritus". 



A partir de ahí entramos en una historia de amores posibles y de "mundos paralelos". La típica historia de "qué habría pasado si en un momento de mi vida, hubiera tomado otra decisión". Sí, aquello que contó tan bien Edgar Neville en "la vida en un hilo" y Manuel Hidalgo y Carmen Posadas no tan bien en "Una mujer bajo la lluvia", por ejemplo. Pues eso mismo. Con una diferencia, que lo que allí era fábula, era magia y era un ajuste de cuentas con la felicidad y el equilibrio cósmicos, aquí es un ir y venir y transitar por momentos absurdos en los que el pobre Unax Ugalde SIEMPRE tiene un momento de lucidez en el que se da cuenta de la movida. Y eso se lo carga todo. Porque por mucha fábula que le metas a la cosa (que tampoco la tiene) y por mucha magia que quieras untar (que tampoco) es imposible que un ser que vive palante y patrás esté a por uvas todo el rato pero de pronto tenga una chispita de lucidez. Que tampoco le sirve para nada. Una chispita gratuita e inútil. 
En definitiva, la historia no solo me parece trillada sino que está plagada de frases empalagosas y situaciones reiterativas y vacuas. Diálogos sensibleros, situaciones increíbles y moralejas ñoñas.
No se me ocurriría decir que el texto de Sergi Belbel es malo, sería una osadía. Pero sí digo que no me tocó en absoluto, ni me lo creí, ni me embaucó, ni me estimuló, ni me trastocó, ni me cambió ni me afecto lo más mínimo. Sin hablar de los cientos de detalles incomprensibles o cantosos dentro de la historia, como que el novio de una boda no sepa quién cantó en su boda, o una accidentada a punto de morir se levante tan pichi de la cama, o que de pronto una actriz aparezca disfrazada y maquillada de vieja y los demás no. Pero bueno, son detalles. 
Y lo que más siento es que el resto de elementos del espectáculo tampoco me gustaron nada. Las luces me parecieron sucias y que enturbiaban. Ni las luces ni las sombras, todo me parecía difuso e impreciso. La escenografía no ayudaba nada. La pared blanca y las sillas podrían ser multiusos y hacer que recurramos a la imaginación para rellenar ese simbolismo, pero entonces me sobran las revistas, los libros y los pocos elementos concretos. Y luego, técnicamente, los cambios en la parte de atrás "suenan" muchísimo y desde las filas delanteras no hacíamos más que mirar hacia los lados y hacia atrás porque parecía que iba a aparecer alguien en cualquier momento. 
Ni me gustó que las canciones estuvieran grabadas. Y tampoco sonaban como que fueran las grandes grabaciones de una super estrella de la canción. 
La dirección no tiene ni punto de vista estético ni ético. Las cosas están contadas al corre corre, sin dar tiempo a que nada nazca, crezca ni se desarrolle. Parece que hay prisa por contarlo todo rapidito para que no nos aburramos. Y al final resulta una dirección vacía y sin rumbo. 
Unax Ugalde va a toda mecha. Llora mucho y se tira de cabeza a los pozos emocionales en los que debe sumergirse, pero quizá todo sea tan precipitado que no termina de dar profundidad ni siquiera una ligera capa oculta a ninguna situación. Aunque es de ley reconocer el enorme esfuerzo que hace y que se deja la piel. Marta Hazas está bien de gesto y de intención aunque también sufre las prisas. Y tiene algo en la voz que yo creo que quizá podría revisar. El sonido que emite tiene algo rasposo, una emisión extraña, no sé.
Óscar Jarque y sobre todo Ana Cerdeiriña están en otro código, están totalmente disparados. Conmigo consiguieron que no empatizara ni un sólo segundo con ellos y me rechinaban tanto sus personajes como su código. 



Siceramente, confieso que en este caso, el trabajo seguro que durísimo de todos los implicados no consiguió ningún efecto en mí. Es una pena, porque el cartel tiene nombres grandes, aunque mi experiencia fue totalmente infructuosa.  
       

domingo, 29 de abril de 2018

Ilusiones. Pavón Teatro Kamikaze.

Ivan Viripaev escribió un texto envenenado y Miguel del Arco ha montado un espectáculo igual de envenenado. 
"Ilusiones" es un drama existencialista sobre el  amor, o sobre la verdad y la mentira, o un relato sobre la palabra, o sobre el recuerdo, o sobre lo no dicho, o sobre la verdad creada, o incluso sobre la verdad creada entre todos. O puede ser lo que tú quieras. Porque la trampa de "Ilusiones" es que es una bomba subterránea que va haciendo su trabajo lentamente, sin que te des cuenta. Hasta que te descubres taladrado. 




Cuando uno va al teatro, o mejor dicho, cuando uno va a una sala en la que otros seres humanos han decidido compartir contigo una aventura necesaria y tú relajas tus esfínteres, abres los ojos y los oídos y dejas que las cosas pasen, es probable que descubras que las necesidades de los que te cuentan esa historia se parezcan a las tuyas. Entonces te estremeces. 
Me explico.
Yo llegué al Kamikaze con unas ganas locas de que "Ilusiones" me gustara. Coño, a ver, Miguel del Arco, Varónica Ronda, Daniel Grao, Marta Etura (a Alejandro no le conocía, lo siento), Juanjo Llorens, Manuela Barrero... todos juntos en un proyecto, eso es maravilla.  
Sin embargo el arranque me despistó. Marta Etura comienza a contarnos la historia de un matrimonio. Mejor dicho, las palabras de despedida de Dani a su mujer, Sandra en su lecho de muerte. Las palabras me suenan afectadas, demasiado acarameladas, casi tópicas. Me pongo a la defensiva como buen prejuicioso que soy a veces. No me gusta el tono ni el intento de emocionarme así, tan pronto. Y no termino de empatizar con la emoción de Marta Etura. Eso yo, el experto en autodefensa y en "aprioris". 
Hablo siempre desde mis sensaciones y desde mi experiencia única. Ni cuestiono ni juzgo el punto de vista ni la intención del director, faltaría más. Por eso, digo en voz alta aquí y ahora que yo creo o quiero creer que la intención de Miguel del Arco es que piquemos el anzuelo. La primera "trampa" de las que hablo es que creas estar en medio de una historia lírica de amor hasta que de pronto llega Verónica Ronda y te da un quiebro que te descoloca, te deja indefenso, te rompe el esquema y te devuelve al sitio virgen desde el que deberías estar viendo la función. Te ha pillado, ha conseguido que te veas cazado en tus prejuicios. Y arranca de nuevo la función. O arranca otra función, o la buena, o la de verdad. 
Porque cuando crees estar viendo una historia poética de amor entre dos seres preciosos y sinceros, se empiezan a abrir las capas subterráneas que esconden tanto el texto de Viripaev como la puesta en escena de Miguel del Arco. Veneno puro.




"Ilusiones", en mi experiencia, no habla del amor entre dos matrimonios, ni de los amores ocultos, ni siquiera del amor de verdad, o del amor sincero, o del amor escondido, o del amor enfermo, o del amor moñas. Que también. Sobre todo y principalmente habla de lo dicho. Y de lo no dicho. De lo que existe por el hecho de ser contado y de lo que nace al ponerlo en palabras. De lo real y lo irreal, de lo inventado, de lo creado al darle nombre, de lo que nunca existió y de lo que empieza a existir al ser nombrado. 
Ya se encargan ellos mismos de recordarnos cada poco que "es broma". Este detallito casi sin importancia, esconde la clave de "Ilusiones". Lo que te estoy contando es real porque te lo cuento. Pero no olvides que quizá sea broma, que quizá no sea tal y como te lo cuento y en ese caso tal vez sea mentira aunque yo te lo cuente. Quizá Dani y Sandra fueran hermanos. De hecho lo son durante los pocos segundos que dura la broma. Y así todas las relaciones y los amores entre estos cuatro personajes. En realidad son verdaderas cuando nos las cuentan. Cobran vida al ser nombradas. Las palabras crean vida. Lo no dicho, lo no contado, lo que no se nombra no existe y no ha existido. Eso es la vida, eso es el recuerdo y eso somos nosotros. Somos lo que recordamos, somos a lo que le ponemos nombre, somos lo que decidimos que viva. Ahí está el veneno y la trampa de "Ilusiones". Que no habla del amor, ni de las relaciones, sino de la existencia, de la vida, de lo que decidimos que exista y de lo que decidimos que sea verdad. De hecho, no sabemos demasiado de ellos ni de sus vidas, sabemos lo justo, lo que nos hace falta saber para comprender lo que nos quieren contar. Simplemente sabemos que tienen hijos e incluso nietos, pero ya está. Es un dato y nada más. No nos afecta. Porque a lo que vamos es a otra cosa. 
Además la historia se cuenta entre todos. En este "Rashomon" los vértices son variados, y los matices infinitos. Por eso cambian de personaje, de personalidad, y de eje. Los hechos narrados entre todos son más una creación que nunca. Creemos una historia entre todos. Este recurso literario y escénico es brillante, porque la riqueza de visiones nos da un prisma de realidad más variado. 

La RAE lo dice bien clarito:
Ilusión: concepto, imagen o representación sin verdadera realidad, sugeridos por la imaginación o causados por engaño de los sentidos.
Ilusión: esperanza cuyo cumplimiento parece especialmente atractivo.  

"Ilusiones" habla también de buscar nuestro lugar en el mundo. Subidos a una piedra, en medio de las palabras que dan vida a unos amores o dentro de un armario. O en medio de unos amores turbulentos e intercambiados. Por eso es normal el final de Margarita. Porque uno también sabe cuándo no hay más que rascar. Y en ese caso seguir... es tontería.




Confieso que viendo "Ilusiones" me pasó algo que muy, muy, muy pocas veces me ha pasado en un teatro. Durante toda la función YO fui de menos a más. Poco a poco fui entrando en la historia y en el código y poco a poco me dejé llevar por lo que estaba sintiendo, aunque yo solito me resistiera a sentirlo. Y de repente se produjo un "click" mágico, como en "Incendios", cuando el grito ahogado de Nuria Espert hace que de golpe comprendas el por qué. Pues me pasó igual. Cuando acaba la función y comienzan a mirar las fotos y a preguntar "Hola, ¿eres tú?", en ese momento TODO se colocó en mi cuerpo, me inundó una tristeza cósmica, se me hizo un nudo en la garganta y se me escurrieron dos lagrimones como dos melocotones. Y no podía parar de llorar. Porque en ese momento entendí todo, en ese momento todo cobró sentido, en ese momento "se colocaron los melones" y me di cuenta de lo inmensamente triste y leve que es la vida. Y me sentí tan frágil que no podía para de llorar. ESA ES LA TRAMPA Y EL VENENO DE "ILUSIONES", que te va horadando los centros sin que te des cuenta y cuando todo toma forma, ya es tarde, ya te ha destrozado. Porque ves que así es la vida, únicamente lo que tú decides que sea, lo que decides que sea verdad, lo que decides recordar, lo que decides contar... como estos amores, que son reales cuando se cuentan. Incluso los personajes tiene que gritar desde la mayor de las angustias cósmicas imaginables una frase que resume perfectamente el vértigo vital que esconde esta supuesta historia de amor. "Debe haber al menos alguna clase de permanencia en este inmenso y cambiante cosmos, ¿verdad?". Es el grito desesperado del que busca una razón para tanto dolor.       

Miguel del Arco despliega toda su sabiduría para plasmar sobre el escenario el vaivén de los personajes y de sus verdades. Ingenio, diversión, sentido del humor y dominio de los géneros. Maestría total en cada decisión y un optimismo soterrado de los que dejan ver que el director pasa por un buen momento vital, algo de lo que nos beneficiamos todos. Bravo. 
Las luces de Juanjo Llorens son de libro. Mágicas y con una potencia al servicio de los géneros, de los momentos, de la segunda capa de los personajes y de sus situaciones. Magistral. 
Fabuloso vestuario, espacio sonoro, música y escenografía. Tanto Sandra Espinosa como Sandra Vicente, Arnau Vila o Eduardo Moreno firman unos trabajazos acojonantes. 
Y un repartazo de lujo. Los cuatro ejes están sólidos, bravos y amorosos. Todos los balanceos de los personajes para un lado y para otro, alternando géneros, alternando densidades e incluso texturas dramáticas están vivos y nacen en el escenario. Daniel Grao es inmenso, divertido, sensual y magnético. Verónica Ronda despliega un ramillete de recursos de dejarte con la boca abierta. Marta Etura quizá necesite unas funciones para traspasar algo más. A veces parece que se esconde detrás de sus compañeros. Y Alejandro Jato no solo no se arruga ante sus experimentados compañeros, sino que compone y descompone sus personajes son una soltura desvergonzada.  

Un espectáculo no solo sólido y de una calidad grandiosa sino que al menos en mí produjo el efecto mágico de disparar su dimensión en un sólo "click", justo al terminar, cuando la vida sigue y los actores, personajes o cuentacuentos vuelven a preguntar: "¿eres tú?", como buscando unos seres vivos que se quieran hacer cargo de las historias que ellos podrían seguir contándonos. 
Y es que la historia y los protagonistas no siempre coinciden.               
Las fotos de Vanessa Rabade, como siempre, una obra maestra.  



lunes, 23 de abril de 2018

Elvira. Pavón Teatro Kamikaze.

Lo que no puede ser es que uno se suba a un escenario y no esté comprometido con el escenario. 



Recuerdo con cariño y nostalgia el antiguo Festival de Otoño, cuando se celebraba en otoño y era un festival. Había que comprar las entradas en las taquillas de los teatros y ese mes era una locura para poder verlo todo. Yo me guardaba un dinerillo de lo que ganaba con mis bolos para gastármelo en ver lo mejor de cada casa. Este año, gracias a la amorosa e hiperprofesional labor de Carlos Aladro y de su equipo, al menos hemos podido ver una selección gloriosa de lo mejor que se hace en el mundo. Ese era antaño el espíritu del festival y ese es ahora. Sólo falta que sea en otoño y que nos estresemos para cuadrar agendas. 
A lo que voy; este año hemos visto joyas, algunas de ellas con la palabra como eje. De la palabra barroca y rellena de carne y de sentido de "Pequeño misterio ácrata" de Mauricio Kartun, posiblemente uno de los mejores espectáculos vistos en Madrid este año a la palabra sonoramente sólida de esta "Elvira". Sonoramente sólida. Punto.

Pasa una cosa y es que si viene a Madrid alguien con la fama (y el talento, por supuesto) de Toni Servillo, las entradas vuelan. Todo vendido en minutos. Normal. Como normal es que todos demos por hecho y a priori que lo que vamos a ver va a ser una joya. Yo confieso que en mi prejuicio, en mi juicio previo, partía de la seguridad de que "Elvira" iba a ser una joya. Luego uno entra al teatro, nervioso por ir a ver una joya, se apaga la luz, comienza la vida sobre el escenario y te encuentras con lo que se produce realmente sobre el escenario. O entre el escenario y tú. Ese día, entre lo que ves y lo que tú eres esa noche, cómo estás, cómo eres y cómo te dejas. Eso pasa siempre. Pero también parece que es necesario explicar por qué algo tan incontestable como "Elvira" me dejó como estaba. 

Me pasa con muchos espectáculos; que los veo y confieso que son impecables, cada gesto, cada frase cada tono, cada mirada están en su sitio, son impolutos, impecables, intachables, limpitos y precisos. Pero para mi percepción del espectáculo les falta vida. Les falta nacer y "ser" en ese momento. Tengo la sensación de que sí, de que son perfectas, pero que si veo la función de ayer y veo la de mañana van a ser exactas. Siento que la función es siempre la misma. Exacta, clavada. Y puede que sea porque el proceso creativo ha sido bueno, se ha llegado a donde ellos querían, y lo han fijado. Sí, claro que hay que fijar y hay cosas que tienen que ser iguales porque la función es la misma, el texto es el mismo, el espectáculo es el mismo. Pero también es otro. Y tiene que ser otro. Porque eso es lo jodido del teatro; que siendo todos los días lo mismo, sea nuevo, nazca en ese momento. Que los actores vean nacer la energía esa tarde, la recojan, la utilicen y la expriman para hacer entre todos, la función única, la de cada día. La función viva. Si eso no pasa, las funciones serán perfectas, pero estarán disecadas. Perfectamente disecadas, pero disecadas. Y es que lo que no puede ser es que uno se suba a un escenario y no esté comprometido con el escenario. Puedes ser un funcionario de la escena impecable, incluso magistral, el más grande, pero no será un espectáculo vivo. Al menos para alguien no lo será. Y no digo que yo sea más listo que nadie ni tenga la sensibilidad en otra parte del cuerpo, para nada, solo digo que a mí no me coló, le vi el cartón. O esa fue mi sensación. 
Obviamente es un gran espectáculo. Indiscutible. Y escuchar a Toni Servillo es música. Qué gusto da oír las palabras cuando las palabras son seres vivos. Cuando las palabras son música, son notas que suenan y resuenan desde la maestría del que sabe lo que dice, por qué lo dice y para qué lo dice. Y se regodea en su propio sonido. Un gustazo cerrar los ojos y simplemente escuchar el sonido de sus palabras. 



Pero en mí se produjo desde el principio una especie de cortocircuito entre lo que estaba oyendo y lo que estaba viendo. 
Louis Jouvet trabaja con una joven actriz y alumna, Claudia en el París del año 40. Ella intenta preparar y descubrir el monólogo final de Doña Elvira. La forma de trabajar de Claudia no le gusta al director y este pide a la actriz que trabaje desde la emoción. Porque el teatro sin emoción no es verdadero teatro. 
Año 40, Stanislavski ha muerto hace nada y el método está extendido. Guay. El personaje de Servillo defiende que el teatro debe buscar el sentimiento, que la actriz ha de encontrar las emociones del personaje para así poder trasmitirlas. Sin artificios escénicos. Sólo con la pura emoción. 
Sin embargo lo que yo veo es una función disecada, una función que me hace sospechar lo que decía antes, que es clavada a la función de ayer y será clavada a la de mañana. Magistralmente montada, sí, minuciosa y detallista, pero YO sospecho que es y será la misma. Por eso me cortocircuito, porque me cuentan una cosa, la defensa de los sentimientos reales como única forma de acercarse a un personaje y a un espectáculo pero lo que veo es justo lo contrario. Insisto, esto es lo que YO siento, no digo que sea verdad. Que aquí a veces hay que cogérsela con papel de fumar...
El maestro hace uno, dos, tres, dieciséis análisis del texto, desgrana las palabras en un trabajo de mesa que quizá debería ser todo el curro previo a empezar a montar. Pero bueno. Yo lo que veía era a Servillo destripando una y otra y otra y otra vez el texto y pidiendo sentimientos, emociones sinceras y reales. Sin embargo lo que va marcando a la actriz es que entre más despacio para crear mayor impacto, que no haga pausas porque escénicamente no funcionan, ahora que no, que entre más deprisa... en fin... que en realidad está marcando justamente los recursos escénicos que le pide a la chica que NO utilice. 



En medio de ese cortocircuito mental mío entre lo que me dicen y lo que veo confieso que el texto da muchas vueltas sobre lo mismo. La misma escena se repite una y otra vez con el único aliciente de escuchar la melodía de la voz y la forma de hablar de Servillo y las mutaciones que sufre esa inmensa actriz que es Petra Valentini. Lo siento mucho pero me parece que ella es la verdadera ganadora de la función. Cuando ves que esta acorralada y que ni ella sabe cómo ni desde dónde retomar el texto otra vez, ella da un giro y te sorprende rebuscando en su interior el matiz minúsculo que marca la diferencia. Sinceramente, Petra Valentini me pareció prodigiosa. 
Además... y esto ya es una cosa personal... yo no creo que haya que buscar el sentimiento real ni la emoción verdadera. Sí y no. Lo que hay que conseguir es que el que mira se emocione, no que se emocione el actor. O no siempre. O no como regla, o no como axioma. Otra cosa es trabajar desde la sinceridad, buscando la verdad y desde la honradez. Eso sí, claro, siempre. Hay que ser honesto con las palabras, con lo que significan, con el hecho de elegir unas y no otras y de darles sentido desde ti con los seres que comparten el compromiso contigo. Pero la verdad de los sentimientos, las emociones reales, etc... sí pero no. Yo creo más en vivir y hacer nacer el momento único y especial, en alimentarlo y darle espacio. Y dejar que viva. Que sí, que lo otro también, pero esto más, jajaja.
Por cierto... hablaban de emociones sinceras y sentimientos reales pero solo se ocupaban de buscar los recovecos del texto, no buscaban las emociones de la actriz. Solo cuál era el significado real de las palabras y cuál debería ser el resultado final. De la búsqueda de la emoción de la actriz, nada. 
Aunque claro, esto es el texto y uno puede o no estar de acuerdo con el texto. 

Bueno, pues eso, que yo aquí haciendo amigos, como siempre.  
Pero insisto en que eso es lo que yo veía, lo que yo oía y lo que yo sentía. Tres cosas que no llegaron a juntarse. Y es una pena, porque con lo bien que suenan las palabras dichas como las dice Servillo y con un actrizón como Petra Valentini habría dado lo que fuera por haber salido más tocado.