jueves, 23 de noviembre de 2017

El gato montés. Teatro de la Zarzuela.

Las cosas como son. "El gato montés" es un montaje redondo. Bueno, casi redondo. 
Este montaje es de 2012 y ha recorrido toda la geografía española. Ahora se cumplen 100 años desde el estreno de esta "ópera popular" y el Teatro de la Zarzuela retoma este valor seguro. Y es que si tienes a José Carlos Plaza dirigiendo el asunto ya sabes que la calidad va a dominar el escenario. Plaza se toma el trabajo como si se tratara de un espectáculo dramático. En realidad eso es  exactamente lo que es: una función teatral con todos los vericuetos de un espectáculo teatral solo que encima, los actores tiene que cantar. Por cómo yo concibo la lírica, esto tiene que ser así siempre. SIEMPRE hay que saber que lo que haces es una función de teatro, un trabajo escénico con la dificultad añadida de que tiene que ser cantada. 



Los responsables de encargar a Plaza la dirección de esta obra sabían perfectamente lo que hacían. Como lo sabían quienes retomaron este montaje para la temporada actual. Porque "El gato montés" es directamente una tragedia verista. Y ese es el terreno natural de Plaza. Bueno, lo cierto es que el maestro Plaza domina todos los terrenos, pero una tragedia como esta parece que lleva escrita el nombre de José Carlos Plaza en la frente. 
Y así es como él se plantea el espectáculo. Como una tragedia en la que planea la imagen de la muerte casi desde que sube el telón y vemos a Soleá con la imagen de la parca enturbiando su mirada. 
Escenografía oscura, sencilla y tenebrosa. Con un primer y tercer acto más realistas y un segundo acto sombrío y simbólico. Francisco Leal despliega toda una gama de luces, sombras, tonos terrosos y que echan raíces en el escenario. Quizá estéticamente peque un poco de añejo, pero cumple su cometido. Enraiza la tragedia en la tierra. Personalmente el espejo del acto segundo no me gusta pero es incuestionable su poder simbólico. Coherente con el desarrollo tanto musical como escénico de ese acto.



Cristina Hoyos se encarga de las coreografías vibrantes y trágicas. Ramón Tébar arranca notazas de la ORCAM y aunque en algún momento parece no apoyar a los cantantes, entre todos llegan a los acuerdos necesarios para que se te remueva el poderío en la butaca. 
En esta ocasión no se puede hablar de un primer y un segundo reparto sino de artistas que cantan unos días y artistas que cantan otros días. Pero el nivel de todos es tan sideral que establecer rangos es injusto. Yo tuve el privilegio de disfrutar del trabajazo de un elenco en el que Rafaeliyo era Alejandro Roy, un tenor con buena voz, agudos fáciles y una potencia encomiables. Aunque quizá el físico no le ayude demasiado. Aún así se llevó una gran y merecida ovación. Miguel Sola compone un Padre Antón perfecto, divertido y simpaticón a diez centímetros del Don Camilo de Fernadel. Casi tan simpático como el Bárcenas... digo, el Hormigón de Gerardo Bullón Bravo para los dos. Milagros Martín, brillante como siempre. Ha pasado por todos los roles, de la Soleá a la Frasquita y a la gitana. Vozarrón y presencia escénica apabullantes. Grandísima. César San Martín cantó un Gato asombroso, con la voz quizá un poco oscura pero con un gran poderío y mucha profundidad. Actoralmente pisa fuerte el escenario. Un primer acto asombroso y un final bestial también. 

  

Y Carmen Solís. Vocalmente es un prodigio. Canta como si tal cosa, con unas notas bellísimas y rellenas todas y cada una de sentido y de emoción. Y escénicamente es un actrizón que cada gesto, cada movimiento, cada mano que levanta, cada giro de cabeza, cada escalofrío que le recorre el cuerpo son producto de una emoción, de cantar desde el conocimiento de lo que dice, de para qué lo dice y de con qué notas lo dice. Según se levanta el telón notas en su densidad corporal que la tragedia está presente en ese páramo. Y transita por los sentimientos con una naturalidad pasmosa que sólo da el conocimiento de lo que hace y de por qué lo hace. Pasa del fatalismo a la alegría, al dolor, a la nostalgia, a la rabia, a la pasión, al terror, al amor y a la muerte así con una facilidad estremecedora. Cuando la ves y la escuchas sobre un escenario sólo quieres que siga y que cante más y más. Realmente creo que esta Soleá va a convertirse en uno de sus roles preferidos. Y míos.





Enhorabuena de nuevo al Teatro de la Zarzuela porque ha vuelto a acertar. El montaje de José Carlos Plaza es sólido y tenebroso, con el peso de la tragedia y un amor por las notas indudable. Quizá a ratos sea demasiado sombrío y algo anticuado. No sé decir por qué, quizá en la imaginería del segundo acto. Pero a pesar de todo saca todo el brillo que tiene la grandiosa partitura y regala a los intérpretes la oportunidad de lucirse como actores y brillar como cantantes. 
Y qué coño, que sales del teatro con el regustillo de haber visto un GRAN espectáculo y tarareando eso de "torero quiero seeeeer".         
  
  Las fotazas son de Javier del Real, un mago de la cámara.

domingo, 19 de noviembre de 2017

Léucade 38º 20º. Teatro de las Aguas.




Los mecanismos de la maquinaria teatral son extraños e insondables. Que conste que estas palabras no son una queja hacia los espectáculos que triunfan, obviamente, sino una reivindicación de los que se quedan en las sombras, ocultos en la maraña de la multiprogramación (una lacra que habría que combatir) y no consiguen traspasar ni llegar a ser ni siquiera conocidos por el público. 
Entre estos espectáculos "menores y ocultos" tengo que destacar dos joyas que he visto recientemente. "La escena nº 12" en Nave 73 es una joya teatral. El texto es cautivador, muy pero que muy para teatreros y gente que ha pasado por una sala de ensayos y los actores, Marta Matute, José Gómez-Friha y Eleazar Ortiz están simplemente inmejorables. Bueno, pues el día que estuve yo seríamos unos 30. 
Peor parte se llevó "Léucade 38º 20º" en el Teatro de las Aguas. Ahí rondaríamos los diez. Y este espectáculo debería tener la sala llena. 
Venezia teatro por un lado y la Cia. Vía Muerta por otro lado hacen teatro por amor. Por amor al Arte. Y a veces por amor al arte. 



"Léucade 38º 20º" es un texto escrito por Mónica García Ferreras que bebe de varias fuentes y que nos cuenta la historia de una mujer, Nora, que vive refugiada (o escondida) en una isla. Supuestamente esa isla es el lugar más seguro del mundo. El más oculto. Pero un día, aparecerá por sus costas un extraño y esa seguridad, ese refugio se verá desmoronado de repente. Por culpa del amor, claro.
Los dos personajes presentes en la función y los otros que deambulan por la historia (padre, esposa, socio, supuestas vidas pasadas...) viven en prisiones interiores tan oscuras y dolorosas como los mundos de los que intentan escapar. Porque no hay mayor cárcel que la cárcel interior de un alma herida y cerrada a cal y canto al aire, al mar, al horizonte. Cuando reduces tu mirada a donde alcanzas tus ojos terminas por hacerte pequeño, por no tener perspectiva y por hacerte diminuto, frágil, asustadizo y cobarde. 
Así estos dos personajes se han creado unas barreras más inhumanas que las físicas y viven encerrados en ellos mismos sin dejar que el mar ni el aire les hagan volar. 
La historia es dura, los personajes taciturnos y sombríos y el ambiente que se crea en la sala, casi irrespirable. Porque el ser humanos es más cruel que cualquier circunstancia. Hasta las guerras las creamos nosotros, no surgen solas. Y la soledad y las heridas de estas dos víctimas son internas e incurables. Ni siquiera el atisbo de amor que surge es capaz de iluminar sus vidas.



Mónica García Ferreras se encarga de dirigir el espectáculo y desde luego es un acierto porque como autora sabe perfectamente dónde y cómo incidir. Impregna la función de un fatalismo trágico que avanza sin desvelar el drama. Además Mónica y su compañía trabaja desde un sitio que siempre es el mejor. Desde el amor a sus proyectos y desde la sinceridad más absoluta. No contarán con grandes escenografías ni con medios aparatosos, pero tampoco los necesitan. Hombre, a ver, está claro que si estuvieran en el Lara, por ejemplo, o en la pequeña del Español, todo cambiaría, la dinámica, la gestualidad, los desplazamientos por el espacio... pero la base fundamental de su trabajo es el AMOR. El querer hacer teatro sí o sí. Ojalá no tuviera que ser así, pero si tienen que luchar contra las multiprogramaciones, con la falta de promoción, con los mastodontes y los grandes nombres, y los vales de descuento y las invitaciones a mansalva, lo hacen. Y luchan. Y pelean y a veces no ganarán, pero pase lo que pase trabajarán con el mismo amor. 
Mónica junto con Diego Ramírez se encargan de dar vida a estos dos seres heridos, perdidos y ocultos. Y los dos están maravillosos. Están invadidos por la amargura y por la falta de recursos vitales para ser empáticos, optimistas y de colores. Son dos almas cerradas y escondidas en ellos mismos y pintados en blanco y negro. O mejor dicho, en color sepia. Naturales, espontáneos y con mucha química. Una gran pareja teatral. 




Esta función acaba de nacer. Es cierto que quizá en algún momento le falte afinar el ritmo pero eso es algo que se consigue con el tiempo. Haciendo la función una y otra vez y entrando en comunicación con el público. Juntando miradas. Ahora está en un punto goloso y muy bueno porque está empezando a crecer. Y necesita alimentarse de la mirada del público, y que ellos sientan qué funciona, qué no, dónde la gente se remueve en la butaca y dónde se congelan del terror. La vida real del espectáculo como ser vivo. Y para eso necesitan que vaya gente, tener público y tener funciones. Así que por dios, hagamos algo para que "Léucade 38º 20º" tenga vida. Mucha vida. Y si tiene que pasar a una sala más grande, y que la programen en fin de semana, y que aparezca en las revistas y anunciada y promocionada como es debido. Coño, que cuando se hace teatro sincero la única salida es apoyarlo.
       

miércoles, 18 de octubre de 2017

Bodas de sangre. María Guerrero.

Lorca es Dios.


Pero Dios tiene mil formas, mil representaciones, mil imágenes y mil lecturas.
Hace tiempo que Ernesto Caballero estaba detrás de montar un Lorca. Finalmente el afortunado ha sido Pablo Messiez, posiblemente el director de escena más personal, consecuente e inteligente de hoy en día.




Hay nombres sagrados e imponentes en todas las artes. Aunque en nuestro afán etiquetador y fanático convertimos los nombres imponentes en iconos esculpidos en nuestra imaginería y en vez de otorgarles un lugar de honor les hacemos una putada que te cagas.
Sí, Lorca es Dios. Pero si quieres trabajar con Dios, o representar a Dios, tienes varias opciones: cagarte por la pata abajo, mirar desde la admiración grupie y sentir que hagas lo que hagas todo va  ir  por delante de ti o puedes acercarte al mito (al puto mito), mirarle a los ojos, cogerle de la mano, hacerte su cómplice y dejarte guiar por su amistad.
Es cierto que están muy arraigados ciertos clichés con la obra de Federico. Y enfrentarte a "Bodas de sangre" sin imaginarte Andalucía, las navajas, las guitarras, su poquito de flamenco, mantones negros y una luna en el escenario parece inevitable. Pues no, señoras, de eso nada. Esas imágenes, no sólo no ayudan nada sino que son una tumba para el propio trabajo del autor. Federico decía " yo siempre haré el teatro que me guste, el que siento. Y lo haré como me dé la gana". Así quería Federico hacer teatro y así ha elegido hacerlo Pablo Messiez. Messiez ha decidido ser fiel a Federico, no a la idea que tenemos del pobre Federico.
Lorca decía del teatro que se hacía en su época que era "un teatro de y para puercos. Así, un teatro hecho por puercos y para puercos". Nada que ver con esa imagen de señor cantarín y alegre, educado y señorito. Por ejemplo.
Por eso Messiez ha traído al presente las palabras de Federico, para que así tengan sentido y vida. Montar unas bodas con llantos, pañuelos negros, caballos, folclore y arriquitaun habría sido empolvar más aún la ya de por sí demasiado empolvada huella de Lorca.




Porque para que el teatro esté vivo tiene que cohabitar con nosotros. Tenemos que verlo en paralelo. Y por muy Lorca que sea, si no está en presente no vive. Además el propio Federico en su corta vida tuvo la valentía y la ocasión de dejarnos una extensísima "bibliografía" para que buscáramos las respuestas a todas las preguntas en él mismo. Conferencias, obra dramática, versos, canciones, dibujos, miles de cartas... ahí están sus palabras para darnos respuestas, para ayudarnos y para completar la ingente dimensión de su figura y de su libertad creativa. Y de paso para encarnarle, para hacerle humano y real, no mítico, lejano y arquetípico.
¿O no es de una libertad creativa absoluta poner a hablar a la luna en ese acto tercero mágico y perturbador después de haber navegado entre versos, costumbrismo, tragedia, fatalidad y comedia? Eso es precisamente "hacer el teatro que me guste, el que siento. Y hacerlo como me dé la gana". 
Una libertad creativa que él mismo definía hablando de la "cualidad anarquista" del artista. El artista y su capacidad de escuchar únicamente tres voces: la voz de la muerte, con todos sus presagios, la voz del amor y la voz del arte.
Sin ir más lejos, en sus propias palabras está lo que sintió al viajar a Estados Unidos y a Cuba, el descubrimiento de las razas y de la llamada de la naturaleza.
Descubrir a Lorca no es mirarle con devoción, respeto, idolatría y un acojone interior por la dimensión "creada" alrededor de su figura. Descubrir a Federico es verle humano y escarbar en sus palabras y en su desinhibición. Él sólo te dará las repuestas y la ayuda necesarias para ser consecuente con su trabajo y respetuoso con su intención. Y siempre desde aquí, desde hoy, desde el mismo nivel, cogiéndole de la mano (mejor del brazo) y saliendo a pasear como dos amigos.




Y como Pablo Messiez es más listo que un ratón colorao, eso es justo (creo) lo que ha hecho. Ha bajado a Federico del altar, le ha pedido respuestas y le ha escuchado cuando se las ha dado. Así, los dos agarraditos del brazo.       
Por eso comienza el espectáculo con la luna (o la muerte) adueñándose de las palabras del Autor de "Comedia sin título" que podían haber sido perfectamente las del director de "El público". Por eso el padre recita "Cielo vivo" en la boda (y encima lo adorna con unas palabras bellísimas en las que viene a decir: "no entiendo qué significa, pero me gusta mucho, me conmueve y ya está", todo un homenaje a lo de "hacerlo como me dé la gana"). Por eso, ¿qué mejor vals para cantar que el "pequeño vals vienés"? Porque Federico es un artista global y toda su obra es un conjunto. Y la respuesta a sus preguntas está en él mismo. Genial, Messiez. ¡Qué coño, si caber caben hasta Juana Reina y su vibrato!




En lo estrictamente escénico este espectáculo es un derroche visual, estético y emocional.
Tras ese arranque demoledor, Messiez nos mete de lleno en el mundo de "Bodas" tal y como el propio Federico lo describió. En una habitación pintada de amarillo. Si ya desde antes de comenzar el espectáculo, quizá desde su propia concepción la libertad inunda las salas de Messiez, en lo que vemos a partir de este momento está Federico, Pablo, la palabra y el encuentro de esa palabra con el hoy y el ahora. Único e irrepetible como nunca. 
Pablo ha optado por la lucha entre el orden establecido y el deseo. Entre el poder irrefrenable del cuerpo y de la carne y la limitación del propio ser humano. Entre la libertad de las palabras y la propia cárcel que estas pueden generar. Entre moral y pasión. La madre no es una doliente magdalena sino una señora de su tiempo pero muy, muy jodida por haber perdido su carne y haber tenido que lamer su sangre. Teme la soledad y la inutilidad de una vida dedicada, no vivida. Messiez quiere a sus personajes, les comprende y les mima. Y recrea todo el subidón trágico sin caer en amaneramientos ni en disfraces culturetas. Deja que la pasión fluya por las venas de esa novia calentorra y sonríe y sufre con la criada/madre. Agarra a Federico, le estudia, le entiende, le mima y juntos transitan por ese bosque mágico, casi shakespeariano. 
Su sitio es la fraternidad y el calorcito. Nada de altares ni hostias. De tú a tú con Fede. Hablando el mismo idioma y usando sus mismas armas. Las palabras que tocan, las imágenes que te cambian y las tentaciones físicas a las que sucumbes. 
Esos deditos acercándose entre temblores son puro Lorca, son pasión, temor, calentón y poesía.




Los espacios que crean a pachas Elisa Sanz y Paloma Parra son gloriosos. Son puro brillo, pura tragedia y puro viaje a la esencia del drama. Si las palabras mueven, tocan y cambian, la gama de colores, texturas y calidades de los espacios creados por Elisa son puro interior. Son lo que pasa por dentro, son lo que se calla y sólo se siente, son "el sitio donde tiembla enmarañada la oscura raíz del grito".  De los colores y las formas libres, juguetonas y densas hasta el vestuario colorido y atemporal. Pues sí. ¿O es que esa boda tal y como la vemos no puede celebrarse hoy mismo? 
Las casas de los novios, los troncos, el banquete de bodas, el bosque, la sala de espejos... todo es puro ardor. 
Y como complemento perfecto las luces, las sombras, los brillos, los fogonazos, los reflejos y las linternas de Paloma Parra. Creo que la escena de la huida de los amantes por el bosque no podría estar mejor iluminada. Es pasión, es terror, es deseo y es semen y fluidos. 
El espacio sonoro de Óscar G. Villegas mezcla fábula y realidad. Tierra y noche. Pez luna y cuchillos. Es teatro y es noche. Y fiesta y compañía. Y pueblo. 




Gloria Muñoz es una madre sin nombre seca, sufrida, con la palabra "muerte" escrita en la frente y con el cuerpo blando por la pérdida. No es la madre coraje que pelea, ni la sufridora que araña las paredes. Sufre y llora por dentro, como si su dolor fuera agua. Por eso su cuerpo ya no sostiene con fuerza, sino con inercia. Claudia Faci se adueña de las palabras y se alía con ellas para ir poco a poco taladrando nuestra seguridad. Es un espectro, la muerte, la sombra, la oscura raíz, un espejo, la navaja y la serenidad del autor demiurgo. Carmen León borda una creación sensible, sabia y con el poderío de la tierra. Es ancestral y primitiva. Sabe que siente aunque no comprenda y se mueve por el escenario con un peso brutal. Francesco Carril vuelve a demostrar su inmensa capacidad de adueñarse de los sentimientos de sus personajes y de "crearlos" en el momento, de "hacer que nazcan" y que parezcan únicos y surgidos en el momento. Estefanía de los (dioses) y de los Santos se marca una criada antológica. Fani tiene un don especial y es que haga lo que haga no puedas quitar tus ojos de ella. Absorbe las miradas. Y tiene una intensidad y una dimensión en su mirada que traspasa escenarios y leches. Su forma de mirar a la novia es real. Como real es su mirada profunda y trágica durante esa boda que sólo ella sabe ya de antemano que está muerta y teñida de rojo. De un rojo sangre con el que sólo ella se atreve. 




Carlota Gaviño es la novia terrenal, la novia cuyo cuerpo cambia y muta al enfrentarse al amor, al deseo, a la carne alterada para siempre y al sexo febril y apasionado que ha mutado su corazón y su coño para siempre. Porque desde que cede al deseo, es como si atrajese a la muerte a la vez. Es fatalidad, tragedia pura y calor de recién parida. Grandiosa hembra removida que comienza a temblar sin querer antes incluso de saber que su pasión es inevitable, que "cuando las cosas llegan a los centros, no hay quien las arranque". Prodigiosa Carlota, suicida y amorosa. La mejor novia imaginable. Es un algodón de azúcar lleno de calor, de pena, de muerte, de fatalidad, de sexo, de vida y de saliva. "Una mujer quemada, llena de llagas por dentro y por fuera". Es una Julieta que sabe que puede follar y que sabe que follar mola, conmueve y perturba. Virgen quizá, pero con el cuerpo y la carne tocados para siempre. Y eso ya no se cambia.       
El resto del repartazo lo completan Pilar Gómez, Julián Ortega, Guadalupe Álvarez, Pilar Bergés, Juan Ceacero, Fernando Delgado-Hierro, todos ellos vivos y brillantes. 

Ya lo dice Messiez: todos los apellidos que derivan en adjetivo tienen un peligro reduccionista enorme. Ahora que su obra ha pasado a ser de dominio publico, tengamos cuidado. No es que desde hoy se puedan hacer chuminadas sin sentido ni respeto, pero hablemos de tu a tú con Federico y dejemos atrás eso de hacer algo "lorquiano". Se acabó lo de mirarle desde abajo, con devoción, con miedo, con el acojone de quien mira a lo inalcanzable. Yo ya dije hace unos días, que viendo estas "Bodas de sangre" de Messiez, me vuelvo Lorca!!!!!
Que sí, que Lorca es Dios. Pero es más sano ser ateo.   




       

lunes, 16 de octubre de 2017

Dentro de la Tierra. Valle Inclán.

"Dentro de la Tierra" es una historia de amor. Un intensa y definitiva historia de amor. 




Paco Bezerra escribió hace 8 años este texto en el que "ajusta cuentas" con su infancia, el entorno físico y emocional en el que se crió y seguramente unos cuantos "fantasmas" personales. 
Paco se sirve de la fantasía para atacar la realidad, ponerla en su sitio y darle su autentico valor. Igual que el protagonista. Indalecio descubre o cree descubrir lo que sucede en ese invernadero a través de sueños, de apariciones, de fantasmas y de un contacto cercano y vivo con la fantasía de su imaginación. Allí incluso crea historias, relatos que supuestamente corresponderían con la realidad pero que nunca materializa. La verdad que vive en su mente casi de forma religiosa, en un acto de fe. 

Las letras de Bezerra son de una riqueza asombrosa. Si él de natural parece que tenga rayos X en sus ojos y allá donde mire es capaz de ver tres capas más de suciedad de las que vemos los demás humanos, en "Dentro de la Tierra" escarba no sólo en la terrorífica realidad de los trabajadores explotados en el mar de plástico sino en las podridas relaciones familiares de ese grupo de seres condenados a compartir raíces; un padre tirano e hijoputa que busca el tomate ario perfecto que le haga millonario. Un hermano refugiado en la crueldad, la empatía con el padre y la negación. Otro hermano superado por la "realidad" y que vive apestado y marcado por un destino fatal, trágico, del que no podrá escapar. En realidad ningún personaje podrá escapar de su destino trágico. Es lo que tiene la Tierra. Y si vives o miras dentro de ella, más.
En esta maraña de culpas, dependencias, secretos, silencios, y redes familiares y sentimentales la brizna del amor no consigue echar raíces. Quizá porque es tierra pocha, llena de gusanos, de pesticidas, de tomates mutantes, de prepotencia y despotismo el amor es una brizna demasiado débil como para germinar.  Ángel vive un amor prohibido, o una falta de amor por un deseo prohibido. Farida vive un amor imposible, desigual, secreto y prohibido que lleva escrito en l frente que acabará mal.  
Mil capas esconden las bellas palabras de Paco Bezerra que todas parecen crecer hacia el interior de la Tierra, como si "Dentro de la Tierra" fuera una especie de rito de comunión con la madre naturaleza. Una búsqueda de lo profundo, de la respuesta ancestral y primigenia a la barbarie y la salvajada. 
Voy a poner un "pero". Que no es que sea algo chungo, pero como no me puedo callar ni debajo de la tierra o lo digo o se me queda dentro y no mola. Quizá el personaje de Mercedes parezca incluso prescindible. Sí, su presencia es como un rayito de esperanza y su buen rollo el punto optimista que necesita tanta densidad, pero quizá quede dibujada ligeramente a medio gas. Es una brizna, pero puede que se quede en eso, en una brizna. A mí hay algo en ella que me falta. Quizá más fatalismo, no sé. Algo.  




Ahora todos en pie, porque... toca hablar de Luis Luque. 
Si Paco Bezerra nos sirve esta tragedia agreste, seca, dura y sin clemencia, Luis Luque le regala a esta joya de texto una puesta en escena PRODIGIOSA. 
Luis conoce a Paco desde hace un huevo, son uña y carne, no se esconden nada y si lo hacen, el otro enseguida lo caza. Y Luque ha cazado todas las claves que puso en palabras Paco y les ha dado vida, aire y espacio. 
Este homenaje a la tierra, al barro y a la raíz merecían algo grandioso. Y Luque, junto con Santa Mónica, San Juan y San Luismi se marcan un pedazo de Ópera para corresponder a la grandiosa obra de Paco. Porque lo que vemos es una ópera. Tal cual. Grandiosa, ritual, majestuosa, poderosa, lúcida y hermosa. 
Luis Luque da paso a la tragedia desde el mejor sitio posible. El del amor. Luis ama el trabajo de Paco y lo trata con exquisitez, dulzura y amor extremos. Esta vez, en vez de dar paso o de mostrar sin juzgar ha apostado más alto y rozando más el peligro. Luis ha cogido a Paco, le ha pasado el brazo por encima del hombro, se han hecho todos amigos y han formado un ser nuevo llamado Luquerra. Porque Luis esta vez es otro ser, es un ser inundado por el amor hacia Paco. Caminan juntos y Luquerra no tiene el más mínimo pudor en colocarse siempre del lado de Paco y desde ahí contarnos y regalarnos esta Eucaristía. Porque no me jodas, es un puro rito. Bueno, no quiero adelantarme. Luego voy con eso.
Si Luis Luque  es uno de mis directores más queridos y admirados, porque siempre elige le mejor sitio para contarnos sus historias (menos en "Oleanna" pero creo que por otro motivo), en esta ocasión hace que sea inevitable que se te llenen los ojos de lágrimas al ver el amor que desprende la puesta en escena. Amor por las  palabras, amor por los personajes, por las situaciones, por el homenaje y por la búsqueda de la raíz. Y Luis se funde con Paco. Y forman Luquerra que es el ser perfecto que asume el texto como un miembro propio y lo eleva a los altares del gozo. Que comience el ritual.




Por si fuera poco, Monica Boromello levanta un catedral para envolver esta "pasión". Una catedral tal cual, con la higuera que marca uno de los ejes primordiales de esta tragedia como centro, como si fuera un gran crucifijo pagano. De debajo de las raíces de esa higuera surgirá Ángel, un ángel subterráneo, enterrado en mentiras, culpas, picores, veneno y mutilaciones. Las naves laterales sostienen los tomates rojos, símbolo de avaricia y de muerte. La sangre que se verterá y que quizá brote de la sangre subterránea. Y en la nave central el gran altar donde se celebran los ritos paganos de limpieza del ser manchado y de consagración del santo tomate ario perfecto. Tres tomates, tres hermanos, tres mujeres... 
Monica es una diosa sabia y magistral, pero lo que consigue con "Dentro de la Tierra" es que el alma del texto quede arropada por un monumento inmensamente bello y a la vez refleje la esencia ritual del texto y la delicadeza fatal de los personajes. 
Luismi Cobo vuelve a poner sonido y vida al silencio. Crea música y belleza de un grano de tierra y convierte en notas lo que siente tu corazón. No hay músico mejor en el mundo.
Y Juan Gómez Cornejo pone la última nota de este inmenso regalo a Paco. Ilumina la noche, ilumina el dolor de Indalecio y el misterio de la tierra. Saca luz de las raíces e ilumina las escenas y los personajes buscando su luz interior. Lo que emana de ellos. Y pone la última pieza del rompecabezas ritual. En ese invernadero "es fácil caerse si no se ha entrenado lo suficiente. Sólo hay que pisar en la cruz" dice premonitoriamente Indalecio. Y ahí están esas cruces, cruces que no sólo son la salvación (de nuevo el rito) sino la prueba de lo que puede que esté pasando ahí debajo, dentro de la Tierra. Magistral. 
Almudena Rodríguez Huertas viste a los hombres con tonos terrosos y cálidos, a Ángel de blanco y a las mujeres de azules, los colores del mar y de la posibilidad de libertad, cada una a su manera.




Samy Khalil está fabuloso, sueña, mira, respira y descubre como un niño pequeño, al que querrías abrazar y salvar y va viajando por la ficción, la fantasía y la realidad con solidez y soltura. Bravo. También tiene un "pero" aunque este lo hablaré con Luis en privado,  jeje.
Jorge Calvo está para llevarse todos los premios del año. Creo (y mira que tiene trabajos memorables) que quizá sea su mejor trabajo. Ha limpiado, ha pulido y ha dejado su creación en la esencia, dejando que el mayor peso de su Ángel recaiga en su voz, en la palabra y en el poder de esta. Es un tarrito de esencia artística inteligente a rabiar que explota lo mejor que hay en el mundo: la sinceridad. Jorge es sincero al contarnos su Ángel, pule su actuación y da peso específico a la palabra. La suma de eso es el prodigio que vemos en escena. 
Mina El Hammani, Raúl Prieto, Chete Lera, Pepa Rus y Julieta Serrano completan este elenco sobresaliente. 




En definitiva, creo que entre todos le han regalado a Paco Bezerra un grandioso regalo de amigos. Todos desprende amor por el espectáculo, por el texto. El texto de Paco es el eje y todas las piezas están perfectas y perfectamente entramadas para sacar lo mejor de este espectáculo. Que encima desprende amor por tos laos.          
     

lunes, 9 de octubre de 2017

Gross Indecency. Teatro Fernán Gómez.

Gabriel Olivares y David DeGea adaptan el plomizo texto de Moisés Kaufman y consiguen pulir bastantes de las aristas que tiene el texto. El resto queda en las expertas manos de Olivares que ya demostró con "Our town" que sabe manejar a la perfección los repartos mogollónicos y la fragmentación como arma. 



Vamos por partes. De entrada ya te avanzo que el montaje me parece desigual. 
De entrada le texto, aunque tremendamente interesante, me parece denso y demasiado largo. Quiero decir, el primer juicio es largo, hay mucho texto, muchos datos, mucha información. Se repite la misma estructura en el segundo juicio y cuando comienza le tercero te revuelves en la butaca porque temes que volver al mismo bucle de nuevo. Cierto, no es así, pero es verdad que yo sentí cierto vértigo al comenzar le tercer juicio.    
Obviamente me interesa mucho la historia de Oscar Wilde y cómo una "metedura de pata" pudo llevarle a la cárcel y finalmente la muerte en la más absoluta decadencia. Todo por vivir en una sociedad hipócrita que no consentía el amor entre dos hombres. Ni siquiera el sexo entre dos hombres. Pero a pesar de que la historia me interesa, el texto no tanto. El recurso de utilizar recortes de prensa, titulares, cartas, fragmentos de textos, artículos o declaraciones mola todo. Sorprende al principio, enseguida aceptas el código y lo asumes y lo disfrutas. Hasta que llegado un momento quizá acabe saturando. El teatro documental quizá podría haber dejado paso al terrenal para pellizcar más el alma del público. Pero habría sido otro texto, claro, este es el que es.



Con este material áspero Gabriel Olivares sin embargo hace lo mejor que se puede hacer. Meterle mano de lleno y sacar todo el jugo posible al juego escénico. 
Maneja a la perfección la coreografía de ese conjunto de actores (y una actriz) y vuelve dinámico un material que sobre el papel podría ser plomizo. Imagina una puesta en escena ingeniosa, divertida y sorprendente y logra que a pesar de que inevitablemente el ritmo y el efecto sanador de su propuesta escénica decaiga un poco, mantenga siempre el suspense de "qué coño va a pasar ahora". Así que, la puesta en escena de Olivares es sin duda lo mejor y más acertado.  Incluso los "intermedios musicales" me parecen acertadísimos. Quizá los dos momentos "sodomía" fueran pelín excesivos. No por su contenido, evidentemente sino por su efecto repetitivo. 

Felype de Lima acierta de pleno una vez más tanto en su escenografía como en el vestuario y Carlos Alzueta ilumina magistralmente esas sombras y esos huecos oscuros en el alma de Wilde. Bravo. 
El reparto me pareció desigual. Tengo debilidad  por Carmen Flores y viéndola se entiende por qué. Está fantástica y con una presencia arrasadora. Javier Martín aunque está bien, creo que se mantiene demasiado en un tono irónico y lejano que le resta empatía. Algo más de humanidad de la sincera ,de la de verdad les vendría bien a él y al personaje. David DeGea como Bosie a mi parecer está sobreactuado. Pero aparte de tener la adrenalina disparada le noté incluso ciertos problemas de dicción. Una dicción espesa y esforzadísima. Y cierta tendencia a estar igual siempre, en el mismo sitio (como personaje, digo, no físicamente). La mirada de superioridad y el gesto de enfado unido a la tendencia a gritar demasiado hacían que pareciera demasiado histérico como para simpatizar con él. El resto del reparto muy bien. Y por supuesto hay que destacar el trabajazo dificilísimo que hacen todos físico y coreográfico. Quiero destacar a Andrés Acevedo porque aparte de una presencia sólida, tiene una mirada que es una mina. Aunque a veces se engole un poco y quiera buscar una voz grave que aunque sea la suya natural, a ratos suena un poco forzada.



En resumen, con este montaje me pasa como con "Our Town". Creo que son montajes mayores y deberían estar no en la sala pequeña sino en la grande. Porque lo merecen, porque lo necesitan y porque lucirían mucho más si pudieran extenderse más cómodamente.  Este "Gross indecency" merece larga vida porque el montaje en sí lo merece y porque el trabajo de Olivares es solido y merece muchísima proyección.          

El cantor de Méjico. Teatro de la Zarzuela.

El principal cometido de cualquier función teatral, musical, de cualquier expresión artística en definitiva es el de no dejarte impasible, moverte, removerte y modificarte.
De "El cantor de Méjico" es IMPOSIBLE que no salgas transformado. Es puro goce, pura diversión, puro disfrute. Una laguna de optimismo que te tatúa una sonrisa y te hace volver a casa tarareando y sonriendo como la Gioconda. 




Daniel Bianco arranca esta nueva temporada con el listón en un punto asombroso. Ahí es nada, "El cantor de Méjico", dirección de escena y versión libre de Emilio Sagi, Óliver Díaz en el foso dirigiendo a la ORCAM, el propio Bianco a cargo de la escenografía y un reparto intachable con Rossy de Palma como principal reclamo. Suma todos estos elementos y añádeles unas ganas de diversión abrumadoras y como resultado tendrás la primera joya de la temporada. 
Óliver Díaz sacó las mejores notas de la ORCAM, que sonaron ágiles, brillantes, románticos y absolutamente bellos. Bravo por todos. 
Emilio Sagi firma esta versión libre del libreto de Félix Gandera y Raymond Vincy. Sagi es un maestro que se las sabe todas. Por eso nos regala una versión divertida, sin complicaciones, con chispa y muy bien llevada. Escénicamente lo que vemos es casi un musical de Gene Kelly. Luces alegres, colores brillantes, mucha gente pululando por escena, personajes divertidos, bien dibujados y bien movidos. Un espectáculo dinámico y divertidísimo como los grandes musicales de Hollywood. Por momentos pareces estar viendo a Gene Kelly, Donald O'Connor y a Debbie Reynolds. 
Las escenas de grupo, con el coro más entregado que en otras ocasiones, son dinámicas, alegres y brillantes y los momentos íntimos surgen de forma natural y emocionalmente te llevan a donde quieren. Gran trabajo de Sagi. Otro más. Y otro "bravo" para el coro, especialmente el masculino, por ese fabuloso numerazo de Tornada y sus guerrilleros. 




Todo tiene un punto kitsch. Desde las luces de Eduardo Bravo a las fantásticas coreografías de Nuria Castejón pasando por el vestuario fascinante de Renata Schussheim (los vestidos de las mujeres del coro en la segunda parte son magistrales). Brilli brilli, lentejuelas, pieles, chorreras y vestidazos de diva divina. Y para la escenografía... tras una primera parte romántica en interiores con esos decorados, camerinos, tejados que nos llevan directamente a un rodaje hollywoodiense, Bianco busca la inspiración en Méjico, en Diego Rivera y llena el escenario de calas, de flores, de luz, de color y de alegría. No recuerdo haber visto antes que el publico aplaudiera una escenografía. Pues le viernes, en pleno momento "fallero" el público arrancó a aplaudir la escenografía que estábamos viendo nacer. Si ese milagro sucede, es por algo. Una obra maestra kitsch y vibrante de Daniel Bianco. 




En cuanto al elenco, basta con ver la respuesta del público. Unanimidad de opiniones. Ana Goya, esa actrizona que siempre que aparece en escena (y no hablo sólo de esta función sino de SIEMPRE que aparece en escena) consigue hacerse con el foco. Es una mujer plagada de recursos que no sólo sabe explotar sino medir. Siempre está perfecta y en su justa medida. Se ganó una de las mayores ovaciones de la noche. Y en justicia, porque fue un gustazo volver a verla. Nagore Navarro y Maribel Salas están para comértelas. 
El elenco vocal también es de campanillas. Luis Álvarez tiene uno de los mejores y más divertidos números. Un regalo. Maravilloso. Como el Bilou de Manel Esteve. Carismático, amoroso, para comértelo. Yo quiero un Bilou como amigo. Además lidió con la parte más difícil de la partitura y cantó como dios y el "Guarrimbá" lo bordó. 
Sonia de Munck aunque cantó muy bien y defendió su personaje con sinceridad y un punta naif que le iba muy bien, quizá tuvo algún problemilla de volumen, aunque su "No sé qué siento" con la luna de fondo fue uno de los momentos más bellos de la función.




Rossy de Palma borda su personaje de Eva Marshall, la diva insufrible. Es un personaje que se nota que no le cuesta nada y recurre a algunos de sus infinitos recursos para darle vida y espíritu, lo más difícil de hacer en un escenario. La Coronela Tornada es apoteósica. No se puede estar mejor. Por poner un "pero" quizá en la primera escena, la de los espejos, no se le oiga bien, por la propia colocación escénica. Tiene que gritar demasiado y se pierde algo de frescura. 
José Luis Sola se llevó una ovación merecidísima. Tiene unos recursos vocales asombrosos y canta muy bien y muy bonito. Ese Mejiiiiiiiiico interminable es una cosa histórica y se ganó la ovación y la fiebre del público. 




Vamos a ver, no nos volvamos locos. No estamos viendo un texto de Koltès ni de Genet. Estamos viendo pura diversión. Los personajes no tienen capas y capas y las situaciones no son complejas y plagadas de conflictos. Estamos ante un espectáculo divertido, optimista, de pura diversión, luz y color. De momento, y como arranque de temporada, un diez.           

SPOILER 

Y un apunte que puede parecer una bobada pero que no lo es. El "descubrimiento" que hace Bilou con Pancho está tratado con una naturalidad pasmosa, sin regalar al respetable ningún gestito de más, ni ningún mohín plumífero buscando la risa fácil y censurable. La naturalidad es la mejor forma de normalización y en este caso, la decisión es para quitarse el sombrero. Así es como se hacen las cosas.  

domingo, 8 de octubre de 2017

El lunar de Lady Chatterley. Teatro Español, sala Margarita Xirgu.

No deja de ser paradójico que en pleno siglo XXI, con una mujer al mando de la institución, la sala grande del Español se llame "sala principal" y sin embargo la pequeña se llame "Margarita Xirgu". Es como si estuvieran esperando encontrar un hombre de señor lo bastante importante como para darle nombre a la sala grande, cuando podría llamarse perfectamente Sala Margarita Xirgu. Vale, la grande no tiene nombre de tío, pero que la pequeña lo tenga de mujer es otra razón más para no perderse "El lunar de Lady Chatterley". Otra más. 




El texto de Roberto Santiago plantea un "qué pasa con los personajes después de sus novelas/obras/películas". En esta ocasión Constance Chatterley se enfrenta a un supuesto juicio en el que ella ejercerá su propia defensa. Vemos un mundo ideal en el que una mujer consigue lo impensable; defenderse a sí misma. El acceso a los estudios o el derecho al voto eran casi ciencia ficción en aquellos años. Qué coño, si el derecho al voto es de no hace tanto, y el abrir una cuenta corriente sin el permiso del marido...  
Constance representa a la mujer capaz de desgranar sus condiciones, analizar sus armas y utilizarlas con sutileza. ¿Que me dejáis "sólo" ser sutil, ácida, irónica, sensual y embaucadora? Vale, pues os vais a cagar. Porque con eso hago yo maravillas. Y sencillamente utilizando las pocas armas que los machos de esa época consentían en una mujer, Constance hará un alegato demoledor de la podredumbre de una época (cuántos rasgos se pueden distinguir incluso hoy en día; desigualdad de sueldos, presencia en cargos de responsabilidad, publicidad sexista, humillación y manipulación social, "mi mujer tiene una igual para lavar") y de la capacidad de un ser inteligente (encima mujer) para cargarse los argumentos baratos, añejos, absurdos y sin fundamento. 




Constance es la mujer que lucha y la mujer que sobrevive bajo una capa social que la relegaba al rol de florero y poco más. La mujer oprimida, la mujer sin derecho a pensar, a sentir, a gozar, a correrse, a echarse un maromo y a defender su lugar en el mundo. A ras de suelo, al mismo nivel que el resto de los seres vivos. 
Constance será la heroína inimaginable de una época en la que la acción de este espectáculo sería impensable y la heroína de hoy, que sigue luchando por desterrar tanta mierda machista y tanta desigualdad como sigue infectándonos.
Esa misma sociedad enferma y tarada es la que forma el espacio escénico. Un entramado de "estructuras" inacabadas, rotas, quebradas por los defectos de esa misma estructura. Fantástico trabajo de Sean Mackaoul. 
Por el fondo aparece vestida por Montse Sancho, iluminada por Gustavo Pérez Cruz y arropada por el fabuloso espacio sonoro creado por Iñaki Rubio, Constance, Ana Fernández, casi como un guiñol, como una muñeca buscando el camino en medio de esos hierros entre los que es difícil encontrar una ruta fiable. Ana aparece y se hace la luz en la Margarita Xirgu. No, mejor aún, Ana ilumina la sala. Porque la Fernández es como una luciérnaga, es como si de debajo de esa piel blanca y fresca saliera luz. Ana ilumina desde dentro. Y Constance toma las riendas de la situación con su mejor arma: la palabra. La palabra hecha adjetivo, no sustantivo. Porque lo que ella quiere y necesita es describir, no definir. Porque un adjetivo es más rico y poético que un sustantivo. Aunque parezca que se esconde detrás de él. El adjetivo vive agazapado tras el sustantivo, esperando su momento de iluminar las limitaciones de ese sustantivo protagonista. Y Ana viaja de recurso en recurso, de derroche en derroche demostrando que la escena no tiene secretos para ella, que maneja sus recursos a la perfección y que sabe llevarte de la mano por las sensaciones, las impresiones, los géneros y los destinos. Portentosa. 
Encima se busca aliados entre el público. Un fiscal, un juez y un Clifford. Y con ese simple detalle te regala el sentirte partícipe de ese despropósito. De un plumazo te da permiso para entrar en la acción, en su movida. Hala, soy todo tuyo. Ella, cambio, nos da una lección de buen teatro y se nos entrega en alma y cuerpo.   
Antonio Gil y José Troncoso hacen lo mejor que se puede hacer en estos casos: se colocan en el sitio del respeto absoluto, marcan unas directrices sencillas y respetuosas y dejan que el espacio lo habite la palabra. Y la presencia y carisma de una actriz tocada por la musa. 




"El lunar de Lady Chatterley" es como una película de Mankiewitz. Es elegancia, es drama y es una actriz al mando. Ana Fernández, su saber, su presencia, su don para dominar la palabra y el ritmo. Todo por defender esta lucha a base de ironía, la palabra como arma fina y certera y una batalla casi tan actual como entonces. Una joya que debe verse por toda España y que personalmente deseo que así sea. Porque es un trabajazo. 

Ah, y el momento tacita de té... impagable!!!            

viernes, 22 de septiembre de 2017

Los universos paralelos. Teatro Español.

David Lindsay-Abaire escribió este texto el año 2006 y ganó el Pulitzer. Incluso se hizo una peli y Nicole Kidman estuvo nominada como mejor actriz protagonista. 



Misterios de la vida, porque a mí el texto me ha parecido lo contrario de lo que David Serrano, director de esta función, cuenta en el dossier. Yo, que soy muy melodramático no sentí la más mínima emoción viendo este espectáculo. Texto lleno de clichés además a medio gas, sin siquiera exprimirlos para buscar la emoción. Ya lo sé, eso sería un truco barato, pero al menos puede que consiguiera emocionar. ¡Coño, más trucos que usaba Douglas Sirk...! 
El texto no me emociona nada, los momentos más... estremecedores o las frases más duras están metidas con calzador. Además la puesta en escena es tediosa, se hace larga. La primera escena entre las hermanas por ejemplo, es eterna y no aporta nada a la función. Si la quitas, todo seguiría igual. Incluso si quitaras el personaje de la hermana todo seguiría igual. Igual de blando.  
La puesta en escena de David Serrano es superflua y nada emocionada. Me gustó cómo administró las armas en "Buena gente" aunque en el resto de espectáculos que le he visto no ha vuelto a interesarme tanto. Aquí se centra en buscar demasiado premeditadamente los momentos sensibleros y deja pasar perlas auténticas, como por ejemplo la relación de los personajes con los objetos y con el entorno. Es imposible que una madre esté doblando la ropita de su hijo muerto sin estremecerse, sin sentir nada, ni querer olerla, sin que se le aparezcan mil imágenes de su hijo. Y la casa, la soledad en la casa, el sofá, el plato, el vaso, la camita, todo lo que debería recordarles al hijo ausente. Nada, no hay nada de eso. 
La baza principal del espectáculo, que debería ser la potencia del drama y la desolación del texto no aparece en la puesta en escena, que a pesar de lo larga que se hace, está como precipitada y los momentos no discurren con naturalidad, sino de forma atropellada y sin dar lugar a que un momento provoque el siguiente. 
Una vez desechado todo eso sólo queda el trabajo de los actores. Daniel Grao está fabuloso. Trata de dar profundidad y sufrimiento a su personaje torturado. Lo consigue a medias porque a pesar de que el está fantástico, lo que le rodea le aprisiona y le deja a punto sólo de conseguir la verdad. Algo real en medio de un bosque de gestos, poses, mohines y sombras no fluye como debiera.
Carmen Balagué está inconmensurable. No se puede estar mejor, con más seguridad y pisando el escenario con más derecho. Llevando las riendas de sus momentos como una sabia de la escena. De lejos y sin duda, lo mejor de la función. Aunque debo confesar que le referencia a esa actriz... amiga... en fin, me sacó de golpe de la escena y me dio de morros con la realidad de la sala. Medio llena, todo hay que decirlo. Eso sí, su monólogo sobre el dolor y la pérdida... magistral. Belén Cuesta también está muy bien.  



Yo lo siento pero hasta para emocionarme prefiero hacerlo cuando yo lo sienta y sin que me dirijan. Y si lo hacen, que lo hagan bien para que o no me de cuenta de que me están llevando o al menos, no me importe dejarme llevar.   

Ensayo. El Pavón teatro Kamikaze.

Si es que Fernanda tiene razón. La estructura se ha derrumbado. Está hecha añicos. ¿Cómo que cuál? Todas. La pareja, la sociedad, el futuro, el entramado, la seguridad, la paz, el bienestar, la belleza, la comunicación, la creación...



La pareja está rota. La pareja entendida como tal. Se puede amar desde el vacío, como la mirada de Fer escudriñando señales que nadie más ve; se puede amar desde la lejanía, como Jesús, se puede amar a dos y no estar loca como María y se puede amar el amor o la falta de amor como Isra.
La sociedad está rota. Pascal Rambert nació a principios de los 60, es hijo de la generación del 68, de una generación que creyó en un sueño y vio cómo ese sueño se desmoronaba. En realidad... casi como muchas generaciones. Pero está claro que el futuro, aun que depende de todos, está en manos de los jóvenes. Porque la sociedad se ha derrumbado. La estructura ya no vale. "Hay que volver a empezar el mundo".
Lo mismo pasa con todo. La paz, la seguridad, el bienestar, la comunicación, todo lo que nos rodea como seres se ha desmoronado. No hoy, no ayer. Está desmoronado, la estructura como tal ha volado, ha mutado, es otra, "la frase no es esa". Esa estructura que acordamos (y ellos cuatro acordaron) ya no vale.
Puesto que la estructura se ha roto, se ha derrumbado, debemos crear otra. Desde el amor. Hay que amarse. Porque esto ya no sirve. Hay que mirar la ficción. En la ficción está la verdad y la salvación.
No es un drama que la estructura se haya roto. Es. Y nada más. Mira a tu alrededor, hoy hay mil familias distintas, mil formas de amar, mil formas de organizarse, mil formas de protegerse, mil formas de atacar, mil formas de follar, mil formas de odiar, mil formas de morir.



El mundo, la sociedad, la estructura tal y como nos la plantearon yo existe más. Y es normal que Fer muera de pena al ver que su manantial salvador de amor es irreal, está difuminado y se ha secado por varias partes. Es normal que no pueda con la angustia de buscar en el texto, en lo concreto, en su arma hasta ahora. Y es normal que María pida justicia para su cuerpo y para su sentir.Y que Jesús busque la realidad en la creación, en la frase, en la palabra elegida, en el amor  irremediable. Y que Isra vea el fin de la estructura y pida ayuda.
Porque solos no podemos, solos seremos Fer, María, Jesús o Isra, no seremos nada, seremos partes y necesitamos volver a empezar el mundo. Desde la ficción, desde lo irreal, desde la creación, desde el lenguaje nuevo y la relación arriesgada, novedosa y peligrosa con la palabra y con el de al lado.



Es cierto que este "mensaje" es un lugar común, que se lleva escuchando desde hace tiempo y que es incluso algo... "ochentero", pero la crueldad es que sigue siendo vigente y necesario.
También es cierto que hay algo de: "hasta aquí hemos hecho nosotros, nosotros nos hemos cargado esto, ahora os toca a vosotros" con lo que no quiero estar de acuerdo. TODOS tenemos que luchar por crear un mundo nuevo. Los que tienen el dinero y el poder y los que vienen. Esa leve derrota me aleja un pelín.
Como también es cierto que el texto es un derroche de conceptos, un torrente salvaje que merece tiempo de digestión. Es como querer ver el Ermitage en una mañana. O como querer leer "Ulises" en la playa. Siento, preveo y me temo que me he dejado mil vueltas y revueltas que merecen una lectura calmada y abierta. Y es que quizá el texto sea demasiado bestial y con demasiado peso como para una sola lectura, un solo visionado. Tanto peso quizá reste algo de empatía. Aunque reconozco que no pestañeé en ningún momento y salí realmente trastocado.  Pero con todo y con eso, y sintiendo que es un espectáculo descomunal y grandioso, quizá tenga demasiado peso el texto. Aunque como ellos dicen (más o menos): tú dices o escribes unas palabras y luego está el público que pone la otra parte. Tú sueltas una idea y el otro la completa, la interpreta, la asume, la censura o la digiere. En ese sentido lo que sale de la pluma de Pascal Rambert es gigantesco. Somos nosotros los que tenemos que estar a la altura.

La puesta en escena funciona, me funciona. Incluso la luz y el espacio desnudo y aséptico. No me convence que las mujeres añadan un color a su ropa y los hombres no. Me sugiere una dicotomía que no va con la historia.

Es obligatorio que destaque el momento musical. Es curioso que un canción de los 70, "De amor ya no se muere" de Gianni Bella sirva para unir de esa forma a estos dos personajes abandonados y casi humillados. La mutación de Isra y de Fer en este momento debería pasar a la historia del teatro. IMPACTANTE en su simplicidad y desgarradora en su intensidad.



María Morales, Jesús Noguero, Israel Elejalde y Fernanda Orazi sencillamente hacen lo que deben hacer unos intérpretes sobre un escenario: logran crear una situación abrasadora por primera y única vez. Intentar buscar adjetivos es absurdo. María y Fernanda son sobrehumanas, viven sus papeles desde el riesgo y la valentía. Hacen surgir una realidad a golpe de intestino. Jesús e Israel son dos maestros. La declaración de amor de Jesús es tan patética como bella como dolorosa, tres cualidades que es casi imposible que vayan juntas. Y el arrebato y la vulnerabilidad herida e hiriente de Isra conmueve y te abre en canal. Insuperables.

Aunque tenga sus cosillas, "Ensayo" (o "Repetición", en francés) es un espectáculo abrasador y desgarrador. Asentado en un texto quizá demasiado inmenso y con cuatro bestias suicidas. El primer bombazo de la temporada.

¡Ah, se me olvidaba! Quién sabe si estos cuatro vértices, estas cuatro patas del mismo banco, estas cuatro esquinas de la mesa, de hierro o de madera, estos cuatro puntos cardinales, estos cuatro elementos de la naturaleza, estos cuatro trozos del mismo ser, del mismo cuerpo quizá sean cuatro aristas de la misma pieza. ¿De qué color era el puto Golf GTI; azul, verde, amarillo? ¿Acaso importa? ¿No era tal vez de todos esos colores o incluso de alguno más?  



PD: Las fotazas acojonantes son de Vanessa Rabade y espero que no le importe que las haya utilizado.