sábado, 3 de febrero de 2018

La danza

Soy un asiduo espectador de espectáculos de danza. Afortunadamente en Madrid hay ocasiones de ver danza. Es evidente que debería haber muchísimos más. Pero algo hay. 
Siempre he pensado que cualquier expresión artística tiene que nacer de una necesidad. Bailar, cantar, hacer acrobacias, vivir en las palabras de otro... son actos antinaturales. Como seres humanos, nuestro código de comunicación es otro, más terrenal, más carnal, más cercano y más basicote. Comunicar cantando, bailando, tocando un instrumento es... raro. No es lo habitual. 
A ver si me explico. 
Actores, directores, escenógrafos, coreógrafos, iluminadores, vestuaristas, todos las partes vitales de un espectáculo necesitan una preparación, un planteamiento previo, a veces hasta unos estudios y siempre mucho, mucho, mucho trabajo previo. Pero músicos, cantantes, malabaristas, acróbatas, funambulistas, y bailarines NECESITAN una preparación muchísimo más exigente, continua y rigurosa. Años y años y años y años de curro en silencio, llevando su cuerpo al límite para ofrecernos algo único y especial. Nos regalan lo que los demás NO PODEMOS hacer. Eso nos fascina (o me fascina) de la música, del circo, del canto y de la danza. Que veo a gente hacer cosas extremas que yo jamás sería capaz de hacer. Son seres especiales. Hacen cosas especiales. Tocan fibras especiales. ¿O es que hay alguien que no haya roto a llorar escuchando un aria en concreto, o un solo de violonchelo, o viendo a un acróbata haciendo un numerazo en el mástil chino, o viendo bailar el paso a dos de "Espartaco"?
Todo ese trabajo duro, sordo, anónimo y gratuito de estos artistas no trasciende, es algo que parece que damos por hecho. Y sólo eso es de quitarse el sombrero y admirar de por vida. Son gente que sacrifican su entrenamiento y llevan su cuerpo al límite para regalarnos belleza. 
Ese es el estado previo, el trabajo anterior. Luego viene en encuentro con el público. Si un autor, un director y un actor sienten la NECESIDAD de compartir y de que su voz sea escuchada y mirada por los otros, estos dioses con más motivo, puesto que su lenguaje además, es antinatural. ¿O no es antinatural cantar "Amore" durante cinco minutos? Antinatural pero primario. primitivo, impulsivo, racial. Quizá de las primeras cosas que uno hace sean bailar ( o moverse según siente los ruidos, la música y los estímulos externos) o intentar gritar, llorar y soltar la voz, o tratar de seguir un ritmo y producir sonidos armónicos con el sonajero o con un palo. 

En esta reflexión en voz alta quiero ceñirme a la danza. Porque en estos días he tenido el honor de disfrutar de tres espectáculos y tres concepciones distintas de lo que es, de dónde nace y de a dónde quiere llegar la danza. 
Los tres espectáculos nacen de una necesidad extrema de compartir dolor y asfixia. Y digo necesidad, de necesidad, del verbo necesidad. De que si no, te mueres.



Chevi Muraday y Paloma Sáinz-Aja necesitaban dar luz a las palabras de Paco Tomás. No hablo de la luz mágica y estremecedora de David Picazo, sino de sacar de la tumba a esos dos seres medio muertos, vengativos, necesitados el uno del otro, crueles, débiles, heridos y putrefactos. Si Chevi siempre baila porque no le cabe el cuerpo en el cuerpo, en esta ocasión ha arriesgado te diría que su serenidad para meterse en la piel de un moribundo, de un cadáver becketiano. Y lo ha hecho por pura necesidad. Porque no se puede vivir con eso dentro. Por eso hay que bailarlo. Y Chevi lo baila y lo llora. 



Sharon Fridman en "All ways" necesita hablar en voz alta. Necesita decirnos que hay salida, que si sueñas y vuelas te puedes liberar. Que a pesar de todo lo que se cruce en tu camino, si miras al frente, respiras y confías, llegarás. Por eso desnuda a un puñado de seres perfectos y celestiales. Cuerpos bellos, desnudos, libres, con el morbo de una estatua clásica y la piel al aire, buscando horizontes. Por eso Melania Olcina, ese ser puro, transparente y frágil sonríe, cierra los ojos y danza como si estuviera poseída, como si bailara hipnotizada y en éxtasis. Por eso su sonrisa regala paz. Por eso salimos flotando y sintiendo que en el fondo la vida en bella. 
La CND es un debilidad que tengo, eso es sabido. En Kamikaze han vuelto a colgar el cartel de NO HAY ENTRADAS (igual que Chevi y que Sharon, cuidado). Cada vez que actúan demuestran que a la gente le gusta la danza, que la gente quiere ver danza, que cuando hay danza se agotan las entradas. Por dios, que alguien se entere. ¡LA DANZA LLENA! 
Aparte de que la CND necesita y merece urgentemente una sede, un teatro donde puedan bailar todos los días, no sé, Albéniz, Teatro de Madrid, Matadero..., la Compañía Nacional de Danza baila porque lo necesita. Porque el grupo de bailarines jóvenes que acaban de entrar en la compañía necesitan bailar. Porque si no las compartes, hay cosas que se enquistan. Porque los humanos necesitamos ver y sentir a Mar, a Aleix, a Seh, a Aída, a Isaac, a Elisabet, a Esteban, a Daan, a Anthony, a Cristina, a Álvaro, a Agnés, a Yanier...  
El programa, aparte de repasar en sala varios trabajos habituales (como los sobrehumanos "Passing time" o "Polvo eres" de Juan Carlos Santamaría con unos Aída Badía y Erez Ilan grandiosos) presentaron varias coreos nuevas y prometedoras, como "Jián", "Odila", "Triple Bach" o "Absolutio". Cuatro maravillas. 



En el ambigú del Kamikaze bailaron Agnés López e Isaac Montllor "Elogio del caminar". La verdad es que decir "bailaron" es falso. Isaac y Agnés no bailan. Viven. Ellos dos son el ejemplo perfecto de la necesidad. Bailan, danzan, respiran, miran, sufren, lloran, sonríen y viven por necesidad. La pieza es una auténtica maravilla de orfebrería fina, pequeña y delicada. Y ellos dos están tan llenos de dolor, de confusión, de búsqueda y de dependencia que necesitan que salga. Y sale danzando, dejando que el cuerpo lo exprese. Su necesidad se hace movimiento y su mirada se inunda de emoción. Porque los dos bailan con todo, bailan con el cuerpo, bailan con la mirada, esa mirada llena y pesada que taladra, bailan con su respiración, bailan con el aire que les rodea, bailan con el cosmos y bailan porque lo necesitan. Y a mí particularmente me llevan a sitios fabulosos e íntimos. Me dan ganas de saltar y abrazarles y revolcarme y dejar que mi cuerpo hable también (obviamente no como ellos, yo sería más bien el saco de patatas revolconas y sin gracia). Contagian lo que sienten, porque lo que sienten se les escapa por los poros y necesitan regalarlo. Ellos dos demuestran que las manos son el final del brazo, no una parte que va después de la muñeca. Y demuestran que bailar es lo que hay entre movimiento y movimiento. Los pasos son los pasos, pero bailar es lo de en medio. 

Lloré con Melania, lloré con Chevi (como siempre) y lloré con Agnés y con Isaac. Porque cuando estos seres sacrificados, incomprendidos, maltratados y olvidados nos regalan su necesidad de explotar, uno sólo puede abrirse, dejarse hacer, dejarse querer, dejarse herir y echarse a llorar ante tanta belleza. 

Los bailarines (o la gente que se expresa bailando) son seres especiales y sacrificados. Lo que hacen es único. Así que, señores que mandan y que programan, cuiden un poco más a estos currantes. Ellos se mueren creando belleza y nos la regalan. Y eso nos hace mejores.
Más danza, por dios.       


   

lunes, 29 de enero de 2018

Beatriz Galindo en Estocolmo. Sala de la Princesa.

No se debe confundir el propósito de un espectáculo, el por qué de su origen ni su pretensión con la valoración de su resultado. 



"Beatriz Galindo en Estocolmo" es un encargo de Ernesto Caballero a Blanca Baltés, autora de este texto, para intentar reivindicar la figura de las mujeres de la Generación del 27. Quizá ahí radique el punto débil. Es un encargo, del que puedes enamorarte y poner en él toda tu pasión y sabiduría, pero que NO nace de una necesidad. No es esa tenga que ser una condición indispensable, pero sí ayuda a que el resultado sea febril y que lleve un trozo de tu alma.  
Blanca Baltés ha escrito un texto en el que efectivamente reivindica a todas aquellas mujeres no sólo olvidadas sino directamente silenciadas, mutiladas de la historia. Jamás existieron. O fueron puteadas y muteadas. Las mujeres siempre han sido peligrosas, por supuesto las educadas más y las creadoras ni te cuento. Un polvorín que ponía (y pone) en peligro la supremacía de la testosterona. Y eso da mucho miedito. Mejor seguir explotando el cuento de la superioridad, de la cocina, del gen distinto y que la Historia y la cultura la vayan formando los tíos, que por supuesto son los que mandan y por tanto los que deciden.    

Este mensaje y este propósito son indudablemente incuestionables y cualquiera con dos dedos de frente reconocerá que una injusticia tan flagrante como esta necesitaba y merecía un resarcimiento a la altura del atropello. Desgraciadamente la intención queda por debajo del resultado y el texto se convierte en un listado de nombres, datos y anécdotas sacadas de wikipedia con menos calado del deseado.   
El hilo conductor de la historia es el supuesto rodaje de una película dirigida por otra injusta olvidada, Concha Méndez . Este juego teatral es lo más interesante porque permite jugar con la ficción y la realidad y hacer más ágil tanto el trasiego de personajes como de anécdotas. Este punto sí funciona y le da una agilidad que contrarresta la pesadumbre del resto del texto. Quizá se podría haber optado por no intentar nombrar a tanta gente ni tantos datos e intentar crear una historia directamente ficticia que ejemplarizara y lograra el mismo objetivo pero sin convertirse en un artículo enciclopédico. 
Carlos Fernández de Castro tiene un extensísimo currículum y demuestra maestría jugando con los elementos que tiene. Mueve y dinamiza bien al elenco y saca partido de todo lo que tiene de su parte.   
Carmen Gutiérrez es Isabel Oyarzábal, defensora de la república y primera embajadora española. Su destino: Estocolmo.  Escritora , diplomática, actriz, periodista... una mujer increíble y totalmente desconocida. Eligió como seudónimo, Beatriz Galindo, escritora y humanista del siglo XV, más conocida como La Latina. La figura de Isabel es bestial, una mujer desconocida en la historia de España y de su cultura. Borrada directamente del mapa. Carmen Gutiérrez convierte le personaje en una mujer algo mal encarada, soberbia y antipática. Tiene una dicción limpísima pero afectada y una forma de actuar artificiosa. Algo más naturales están Ana Cerdeiriña y Gloria Vega aunque también están en un sitio algo afectado y poco natural. Eva Higueras sin embargo sí está más relajada y siente sus papeles desde otro sitio más real y vivo.



Y Chupi  Llorente vuelve a demostrar que es una actriz de raza y seguridad. Chupi lleva haciendo teatro y viviendo el teatro 30 años y eso se nota en su forma de pisar el escenario y de exprimir al máximo todos los recursos que un personaje como Concha Méndez pone a su disposición. Chupi es sólida, viva, crea un personaje cercano, con fondo, un ser vivo con brillo propio y con un dominio de la voz y de la expresión bestiales. Es sin duda, un pedazo de actriz integral que merece un papelón a su altura en teatro importante en la sala grande. 

Así que... id a ver este espectáculo necesario que realmente tiene el mérito de poner en su sitio a todas estas heroínas capadas. Es obligación de todos el intentar devolverles su pasado robado y poner a todas estas mujeres en el lugar de la historia que les corresponde. Para eso lo primero es conocer su vida y obra.  En ese sentido es casi obligado ir a ver este espectáculo. Aunque el texto no consiga volar a la altura que merecen esas mujeres, esas creadoras, pensadoras y artistas.    

Hablar por hablar. Teatro Bellas Artes

El mundo de la soledad, del recuerdo y de la "necesidad del otro" son terrenos fértiles para la producción artística. Es como si el dolor y lo chungo fueran más productivos o como si de esa negrura salieran experiencias más atractivas. O puede que nos guste y alivie ver sufrir un poquito a los demás porque así tal vez logremos relativizar nuestras sombras.



Hace mucho que no soy un asiduo oyente de radio. Pero en mi niñez, adolescencia y primera juventud era constante la necesidad de escuchar voces, de poner algo de suelo firme bajo mis pies inquietos y débiles.
Las radionovelas, los seriales, los programas de peticiones musicales (a los que escribía insistentemente para que pusieran esas canciones con las que me hartaba de llorar y que nunca conseguía grabar enteras), y sobre todo... el quedarte dormido con el transistor traído de Andorra, de Canarias o comprado en los decomisos de Arenal pegado a la oreja.
En esos programas nocturnos recuerdo haber escuchado historias sórdidas, muchísimas soledades compartidas y a muchísima gente tan sola como me sentía yo buscando sencillamente una voz amiga que te dijera que todo tenía solución. De noche todo es mucho más tremendo. Los amores y los temores. Los miedos y las penas. Es el tiempo mágico e irreal en el que todo puede pasar. En el que lo malo parece peor pero a la vez más etéreo y lo bueno parece eterno y mágico. Es el tiempo en el que una ciudad entera se vuelca en buscar a ese chico perdido necesitado de ayuda. Es el tiempo en el que la joven busca al padre de su hijo, el solitario suelta sus quejas al viento, es el tiempo en el que las parejas rompen, buscan y encuentran. Es el tiempo en el que un enfermo pide un abrazo. Es el tiempo de las necesidades sin vergüenza y de las carencias disparadas y valientes.

Una voz en la oscuridad, una voz anónima sencillamente suelta tópicos y habla desde el corazón edulcorado que a veces todos necesitamos. Sin más. Calorcito, abrazos y azúcar. Y que cualquiera, sea quien sea, da igual, nos diga que tranquilos, que todo va a pasar.
Eso exactamente es lo que te vas a encontrar en el Teatro Bellas Artes. El calor de la radio. De la radio nocturna. De la radio de las llamadas pidiendo socorro. Historias no demasiado especiales, no demasiado ruidosas, no demasiado trágicas pero REALES. Historias sinceras como las que todos hemos escuchado en esos programas nocturnos de identidades en sombra y necesidades desbocadas y amargas.



Y poco más. Amor, respeto, sencillez y honestidad. Una puesta en escena sencilla y respetuosa, un texto medido con gran ritmo y una progresión emocional preciosa. Y sobre todo, un puñado de actores reales, de carne y hueso. Seres vivos con emociones enquistadas.
El texto lo han escrito un puñado de seres privilegiados, unos maestros incuestionables. Sanzol, Juan Carlos Rubio, Yolanda García Serrano, Ana R. Costa y Juan Cavestany. Casi nada. Y lo ha dirigido Fernando Sánchez Cabezudo. Pues eso. Punto. Calidad asegurada. El equipo técnico de tirar cohetes. Con unas luces de David Picazo de cagarte por las patas, como suele ser habitual en él.
Y dando la cara, compartiendo las voces y regalando sus emociones, Pepa Zaragoza, Antonio Gil y tres seres estremecedores: Samuel Viyuela, un actor que SIEMPRE te roba el alma, SIEMPRE está perfecto y SIEMPRE hace que te enamores de él.  Carolina Yuste, una actriz fascinante que nunca falla, ya sea trabajando con LaJovenCompañía, siendo Cleopatra o incluso en medio de aquel desaguisado que fue "Séneca". Tiene brillo, carisma, una voz bellísima y una presencia aplastante. Y Ángeles Martín. Es conocida mi debilidad por esta fiera escénica. Pero es que es para rendirte a sus pies cada vez que pisa un escenario. Tiene un dominio de las emociones y una capacidad de transmitirlas asombrosa. Te lleva por donde quiere, y su carisma brutal y arrollador hacen que simpatices con ella nada más verla. Es una auténtica fiera escénica que algún día recibirá el papelón que se merece; un drama de estos de cagarte donde despliegue todo su arte y las masas caigan rendidas ante tantísimo talento.



Corran a ver "Hablar por hablar". Bueno, no, mejor vayan pero despacito, con tiempo, relájense en su butaca y déjense llevar por las voces de la noche, por los dramas cotidianos y reconocibles. Y por un puñado de actores empáticos, simpáticos y tan solitarios como cualquiera de nosotros en una noche fría.       

domingo, 28 de enero de 2018

Maruxa. Teatro de la Zarzuela.

"Maruxa" es una sencilla historia de amor entre dos pastores en los montes de Galicia. Sin más.
Como todos los libretos, este de Luis Pascual Frutos, puedes cogerlo,manipularlo, menearlo y llevarlo a donde quieras llevarlo siempre que mantenga la coherencia y un objetivo claro. Y es lo suyo, porque hacer una historia de pastorcillos, marqueses malotes, ovejas y zagalas hoy en día resultaría viejuno.



Esta "Maruxa" es un híbrido con zonas prodigiosas y otras oscuras. 
José Miguel Pérez-Sierra consigue notas preciosas de la ORCAM aunque quizá a la partitura le falte un pellizco de tensión, un crescendo dramático más afinado. Musicalmente la ORCAM suena de miedo y el maestro cumple con su parte, consiguiendo uno de los puntos fuertes de esta producción. 
El coro también suena con peso y con mucho empaque. Mejor que muchas veces; quizá por no tener que estar pendientes de coreografías en las que se les nota incómodos. Especialmente a algunas cantantes/funcionarias a las que a veces se les nota que sienten muy poquita implicación con su trabajo. Afortunadamente son casos aislados y no ocurre así en esta ocasión. En esta "Maruxa" están tod@s brillantes y sólid@s.
Me resulta imposible separar las voces de las interpretaciones, así que hablaré primero de la propuesta escénica y la enlazaré con mi visión del trabajo de los intérpretes. 
Figuración de auténtico lujo. Eso es un seguro y un acierto total. Contar con actrices y actores tan importantes como Rosalía Castro, Nerea Moreno, Agus Ruiz o Álex Larumbe entre otros es un lujazo para cualquier producción. BRAVO todos ellos. 



Paco Azorín es un gran escenógrafo. Sin embargo creo que como director de escena no alcanza las mismas cotas. En esta ocasión ha decidido arrancar con la coartada de las palabras de Rosalía de Castro. Es como si hubiese querido tener un colchón incuestionable. Las palabras de Rosalía son bellísimas e inmortales. Cierto. Pero juntar tópicos siempre es arriesgado. Hablar de Galicia y usar a Rosalía está bien. Pero hablar de Galicia y usar los desastres marítimos es jugar al riesgo. 
Azorín intenta actualizar la trama de "Maruxa" y traerla no al presente sino al año 76. Sus razones tendrá, supongo que sí. Aunque yo lo que veo es que es una excusa para poner imágenes en las que los malos sean Franco, "la collares" y gente lejana e inocua. Si en vez de Azorín lo hubiera dirigido yo, habría acercado más la acción a la actualidad y habría utilizado imágenes del "Prestige", aunque claro, eso hubiera supuesto haber sacado a M. Rajoy , los hilitos y cosas quizá más peligrosas para según quién. Claro que yo creo que soy más macarra que Azorín o quizá simplemente no me juego nada. Desde 1970 ha habido cinco grandes desastres navales en las costas gallegas.
La verdad es que no sólo no me gusta que se use el hundimiento del Urquiola en vez del Prestige ( o incluso del Polycomander, otro petrolero hundido que yo recuerdo haber ido a ver y del que conservo alguna foto). Creo que el uso de esta "anécdota" para situar a "los malos" despista, aleja y no aporta mucho, aparte de una estética fría, un vestuario gris y poco más. Bueno, menos los monos de los voluntarios que limpian el chapapote, más propios del "Prestige" que del "Urquiola", aunque claro, parece que lo que se busca es el efecto, no la coherencia y sacar a los lugareños con los monos del "Prestige" es más efectivo. Siempre hablo de mis gustos y opiniones personales.   
La trama es sencilla: dos pastores descubren que lo que sienten es amor ( y deseo) pero se van a dar de morros con el capricho de la señorona rica de la zona, que se encapricha del zagal y decide hacerse con él, pasando de la pastorcilla y de su amor sincero, natural y bucólico. Un señor del pueblo, impide el plan de la loba y ayuda a que los pastores vivan su amor tranquilos y en paz.  
La parte de los malvados es la que se desarrolla en las salas de juntas de la petrolera y de la que acabo de hablar. Sin embargo, al primar este escenario sobre el otro, ha dejado a los pobres pastores amándose en medio de una estructura incómoda y en la que resulta difícil salir airoso. Hay momentos en los que Pablo, por ejemplo, aparece por un lateral, se tumba, se levanta y se va. Y ya. Y tanto Maruxa como Pablo tienen que retozar, brincar y perseguirse por una plataforma incómoda que creo que asemeja un tejado de pizarra. La pobre Maite Alberola va brincando como Heidi por ese tejado, como si la naturaleza de una pastora fuera el brinco. Pablo, Rodrigo Esteves hace lo que le han marcado; se tumba, se levanta, corre, se acerca, se aleja, se tumba y se levanta. 



Maite Alberola canta como dios. Tiene una voz no demasiado personal ni especialmente bella pero canta fácil, aunque parece que tiene que apretar demasiado en diafragma para algunos agudos. El rol lo canta con la gorra y no creo que le suponga ninguna dificultad. Pero su resultado se ve lastrado por una dirección escénica que hace que esté brincando como una colegiala de acá para allá y que resta dimensión a un personaje ya de por sí psicológicamente justito. Algo así le sucede a Rodrigo Esteves, que tiene una voz importantísima, con un bonito timbre y un gran dominio. Pero tener que entrar, tumbarse, levantarse, volver a tumbarse y así hasta el infinito, tampoco le ayuda nada. Carlos Fidalgo sale mejor parado, gracias a que tampoco tiene marcados demasiados desmanes escénicos y Simón Orfila sí consigue estar realmente espectacular. Tiene una voz prodigiosa y una dicción PER-FEC-TA. Escénicamente se lleva la mejor parte y sus salidas y entradas por el patio le ayudan a quitar peso y densidad. Le rebajan estatismo y eso le viene divino. Grandísima y más que merecida ovación. Svetla Krasteva estrenó el rol de Rosa al enfermar la titular del primer reparto. Su rendimiento escénico fue correcto y a pesar de tener que defender un papel antipático y algo incómodo de llevar con soltura en el escenario, fue en el aspecto vocal en el que demostró unas lagunas tremendas. Parecía no saberse bien el papel. Literalmente NO cantó todas las palabras escritas y además tiene la voz colocada en un sitio extraño. No sé muy bien qué le sucede pero aparte de no soltar la voz más que en los agudos (que sí, los da, pero con gran esfuerzo y por los pelos, o al menos eso parece), es como si cantase hacia dentro, no se le oye lo que canta. Pero no por falta de emisión, que también, sino porque parece que emite con sordina. Y además se produce en ella un efecto extraño. Os propongo un reto a los que vayáis a verla estos días. No se le oyen las consonantes. Si le miras con detenimiento a la boca, obviamente las pronuncia, se distinguen las labiales, las fricativas, etc... pero no se oyen. Si canta "Amor mío" yo sólo oía "Aaaoooíííooo". Es como si tuviera la voz colocada en un sitio y utilizara un resonador extraño que hiciera que se pierda sonoridad y emisión. Escénicamente salvó el rol pero vocalmente estuvo lejos de ofrecernos una gran noche. 
Y brillante María Cabeza de Vaca danzando como una Galicia doliente y sufrida. Magistral. 
Feote el vestuario de Anna Güell. Puede que funcione en los malotes y en la figuración, pero no me gustaron ni el anacronismo de los monos ni el vestuario de Maruxa, que parecía más una girl scout o un miembro de los jóvenes castores que una pastora protagonista. 
En resumen, este es un gran espectáculo, sólido y bien armado. El elenco brilla por tener unas voces prodigiosas y por defender unos personajes limitados y básicos. En ese sentido son sin duda lo mejor, con una grandísima calidad y eso, unido a la gran labor del coro y a la maravillosa dirección musical, hacen que merezca la pena de lejos ir a la Zarzuela. Eso sí, con una dirección escénica que presenta a los poderosos como malos, perros y crueles pero contando por un lado con la coartada de usar a Rosalía de Castro para dar autenticidad a una imagen de Galicia rara y por otro lado de elegir las referencias (algunas, los monos y el chapapote no) que alejan esta imagen de malosos de M. Rajoy y de sus secuaces. A cambio nos ponen a Franco y a la collares como petroleros mayores y villanos indiscutibles. Planteamiento escénico que a mí no me funcionó y movimiento escénico correcto en la grandiosa figuración y errónea en los roles protagonistas. 
Es que es jodido llevar estos trabajos de amor pastoriles y simplones al año 76 y que quede coherente. Pero claro, Manolete, Manolete...

Un diez para los cantantes y actores protagonistas, actores sin texto, coro, músicos y director musical. Sólo por eso... ¡¡todos a la Zarzuela!!  



Insisto en lo que digo siempre; esat es MI opinión única e intransferible. He contado MI experiencia. Ni pretendo sentar cátedra ni lo que digo tiene mayor importancia que la de una simple opinión más. Y como siempre, lo mejor es que vayáis vosotros al teatro y que lo viváis en vuestras carnes. Esa siempre será la mejor experiencia.          

domingo, 21 de enero de 2018

Lo(r)ca. Nave 73

Barak Ben-David se metió hace un tiempo en un berenjenal de esos de los que es difícil salir airoso. A no ser que lo que hagas sea destripar los textos de Lorca, exprimirlos, quitarles capas, ponérselas, cambiárselas, entrelazarlas, ponerles pantalón y dotarles de una perspectiva nueva, rica y colorida.
Es obvio que los personajes femeninos de Federico corresponden a una época concreta y que su dimensión dramática es profunda si los sitúas en su momento y lugar. No es lo mismo lo que podría sentir una mujer que no consigue quedarse embarazada en los años 30 que ahora. Ni por supuesto, es igual que lo que puede sentir un hombre HOY por no poder adoptar un hijo. La llamada de la naturaleza es brutal. Y Barak ha conseguido trasladar los dramas y mogollones de varias mujeres lorquianas (palabra que cada vez da más repelús) a los cuerpos y mentes de hombres. De hombres de hoy en día. Y funciona. Vamos, no es que funciona sino que consigue dotar a esos textos de una dimensión bestial y coherente sin que eches en falta nada. Los dramas humanos son dramas humanos y todos los seres somos iguales en lo que sentimos. Al menos en nuestra potencia para sentir. 



Por eso mismo Adela, Martirio, la novia, Doña Rosita o Yerma pueden ser y de hecho SON hombres y no sólo no rechina nada sino que abre horizontes. Y los horizontes siempre son buenos.
Hombres sufriendo los dolores de las mujeres de Federico. Y hombres gays. España es afortunada. Vivimos en una sociedad bastante avanzada en el tema de la normalización de las opciones. Con todo y con eso, somos muy modernis pero sigue habiendo agresiones a todas horas. Nazis, descerebrado, machirulos y peña con necesidad de tenerla mas grande que los demás. Ni te cuento en el resto del mundo, en países muy cercanos, en África, en Asia, o en pueblos pequeños de nuestra querida y remacha piel de toro. Otra dimensión más a añadir a las que tiene este espectáculo.    

El punto de partida de este montaje según yo lo sentí, es el respeto, la honestidad  y el riesgo. Respeto por Federico, por sus palabras y por su intención. Honestidad al plantear un universo distinto e igualmente sincero, doloroso y profundo que el que supuestamente planteaba Federico. Se me ocurre una cosa: ¿si no hubieran asesinado a Federico, habría representado alguna vez sus obras interpretadas por actores, por hombres? Yo me juego un brazo a que sí. Porque es evidente que los dramones que viven sus personajes son universales, no tienen género ni sexo. Y riesgo al adueñarse de unos textos "sagrados" (si queréis podéis leer AQUÍ mis reflexiones sobre Lorca y "lo esperado") y hacer con ellos los que Lorca habría hecho. Directamente apropiarse de ellos, despojarlos de mitos y pudores y llevarlos al sitio donde para ti tienen sentido. 

Visualmente la propuesta es vigorosa, con una iluminación fabulosa y un movimiento escénico brillante. La dramaturgia funciona a la perfección: tanto el texto en sí tal y como está remozado, removido, remezclado y transitado como su concepción escénica son sólidas y muy, muy emocionantes. El ritmo está perfectamente medido y el drama avanza con paso firme incluso con los intermedios desoladores. Doña Rosita navega como si de un despojo humano se tratase, de un lado para otro, buscando su sitio. Y su sitio es todos.

El ramillete de actores que dan vida a estos hombres es de ensueño. 
Raúl Pulido, Jorge Gonzalo, Javier Prieto y un inconmensurable Juan Caballero reviven las palabras de Rosita, de Adela, de la novia, de Yerma, de Martirio... Los cuatro son guapos de caerte de espaldas, bellos y atractivos, simpáticos y empáticos. Circulan del odio al dolor, a la luna, a la risa, al gozo y a la muerte con naturalidad y un desparpajo asombrosos. Son jóvenes, bellos y llenos de solidez en escena. Son pesos pesados y seguros. Personalmente, y por sacar punta, destacaría a Jorge Gonzalo por dar vida a las palabras de Rosita. Quizá el personaje más difícil de encajar en este entramado. Y Jorge logra revivir unas de las más bellas palabras escritas jamás como si nacieran de una necesidad. 
Y Juan Caballero. De Juan llevo tiempo diciendo que es de los mejores actores de su tiempo. Haga lo que haga ves en escena a seres vivos. Juan no fabrica emociones ni las busca, sino que deja que nazcan. Mira a sus compañeros y abre los poros. Por ahí le entran las emociones que le mueven y que dan vida a sus palabras. Nada es fingido, todo en Juan es real, actual, vivo y necesario. Por eso viaja de Martirio a Yerma como si tal cosa.



En definitiva, un espectáculo vivo, vigoroso y doliente. Una gran dramaturgia, una dirección brillante, iluminada, vestida y con unas imágenes fabulosas y con un puñado de actorazos prodigiosos que consiguen que revivan las tragedias de estos personajes como si de forma natural fueran masculinos. Y es que a lo mejor lo eran. O lo son. O lo serán.         

sábado, 6 de enero de 2018

"La autora de Las meninas". Valle Inclán.

Terminar el año viendo "La autora de Las meninas" es tener mala suerte. 




Nada más empezar aparece Carmen Machi andando como si le pasara algo. Piensas: "igual está impedida la pobre, o tiene algo de huesos". Pero no. Es que es monja. Y las monjas, todos sabemos que andan como si se hubieran hecho popó.
Aparece Carmen Machi y nos adelanta que nos va a contar su historia. La historia de una monja que hace copias de cuadros. De cuadros clásicos aunque en el fondo admire a Kandinski. Se dedica a copiar de forma técnicamente perfecta pero sin nada de alma, de corazón ni de implicación. Correcto, es el planteamiento del autor y no se le pueden poner pegas. La única es que eso te agarre o no te agarre. Particularmente ese punto de partida me interesa poco. Pero es que el drama viene después. 
Lo que quiero decir es que lo peor de este espectáculo para mí, es el texto, lo que encierra y lo que provoca. Para explicar cómo lo viví necesito contar bastante del argumento así que... SPOILER.

Bueno, la escenografía de Paco Azorín tampoco me enloquece. Creo que esos bastidores enormes que van a albergar una imágenes que sólo ilustran lo que deberíamos sentir en cada momento son simples y poco expresivos. Además no soporto que me vayan indicando cómo debo sentirme o cuál debería ser mi estado de ánimo o el de los personajes. Aunque eso ya no es responsabilidad de Paco Azorín. 
No entiendo tampoco que se muevan porque sí. La única razón que encuentro es que espacialmente, necesiten sitios para que los actores entren y salgan. Ya ves tú. 
Pero el principal impedimento para que yo disfrutara o me implicara en este espectáculo fue sin duda el texto. Ideológicamente me pareció horrible que a los pocos minutos nos cuenten que han pasado unos años, estamos en un futuro cercano, y se habla de unos años "de estrecheces" refiriéndose a la crisis que ha arruinado a medio país, ha provocado desahucios, suicidios, bancarrotas. Me parece irrespetuoso, insultante e indignante. Pero eso no es lo peor. Lo peor es que un partido político llamado "Pueblo unido" o algo así, vamos, Podemos, ha llegado al poder y automáticamente va a cargarse la cultura y a traficar con obras de arte porque, obviamente, no distingue su valor. Lo siento pero me parece demasiado reaccionario para mí. 




A ver si es que no me he enterado y en realidad el texto es supermoderno, progre e izquierdoso y soy yo el que estaba a por peras.
Pero no es que lo diga la monja, es que más adelante la directora del Prado se marca una escena totalmente desaforada en la que se descubre como energúmena que odia el arte. Estremecedor.  
Lo más reaccionario, por si esto era poco, estaba a punto de llegar. Resulta que cuando la monja descubre que tiene un "pellizquito" de artista, de creadora, entonces se vuelve loca. Pero loca de loca. Claro, porque los artistas están locos. O porque el don de la creación va unido a la locura, al desquicie, a la enfermedad mental. Y como remate, la monja es capaz de pintar una y otra vez "Las meninas" en un par de días. Hombre, yo calculo que la media para pintar una obra maestra será algo más... amplia. Pinta "Las meninas" en dos días" roza el insulto.   
No sé si ella es monja por algo en concreto aparte de por los dos chistes con Francisco Reyes. Aunque lo que yo siento es que es monja como coartada. Coartada para que tengas que simpatizar con ella. Quiero decir, es monja, una figura "respetable" y a la que no puedes criticar porque te vuelves un demonio. Si piensas mal de ella o la cuestionas eres un perro malo.  
El caso es que entre lo desquiciado e hiperconservador del planteamiento y el desarrollo de un texto absolutamente apolillado, yo me revolvía en la butaca esperando al menos disfrutar del lucimiento de la Machi. Y no.




La mano de Ernesto Caballero va llevándola todo el rato hacia la parodia más absurda y desaforada que se ha visto. Sí, la Machi hace de todo, baila, llora, grita, gruñe, salta y lo da todo. No se le puede poner ni una pega. Sólo que lo que hace es absolutamente desmangado, exagerado, desquiciado y desaforado.




No encuentro palabras para definir el exagerado, afectado y artificial trabajo de su compañera de escenario. Y debo confesar que Francisco Reyes me enloquece. Haga lo que haga me apasiona. Y debo confesar que aquí me da la sensación de que cada uno está a su bola. Francisco está a lo suyo, con su forma de hacer y como autodirigido. Lo que pasa es que lo que hace me enloquece. Por eso me pasé toda la función deseando que apareciese más por escena, porque mis ojos y mi atención no se podían despegar de él. 

Incluso el espacio sonoro y la música del grandioso Luismi Cobo aquí queda ensombrecido. Quizá la sombra de un proyecto filosóficamente tan reaccionario haya ido contagiando todo. En cualquier caso, muy flojo fin de temporada para mí. Un gran plof unido al de "Esto no es la casa de Bernarda Alba". Menos mal que el recuerdo de la magia de Tamako Akiyama y Dimo Kirilov permanecen en el espíritu para siempre...   



       

martes, 19 de diciembre de 2017

Mi top 10 de 2017




No es que me gusten especialmente estos rankings, o las listas de fin de año o los resúmenes de lo que ya ha pasado y por tanto tiene poco sentido. Pero cuando miras atrás, sea por lo que sea y ves experiencias, momentos que te han marcado, te han cambiado y te han hecho mejor, lo justo es nombrarlas, hacerles la ola, ponerles un piso y dedicarles una entrada en tu blog.
Y puesto que este es mi blog y escribo en él cuando lo necesito y sobre lo que me apetece y cuando me apetece, en este top diez voy a hablar de ocho espectáculos. Porque sí. Y de regalo, de otros cinco más. Eso sí, no os volváis Lorcas porque el orden es simplemente temporal. He empezado por enero y llegado hasta hoy. 


"LA VOZ HUMANA"




  El textazo de Jean Cocteau lo hemos visto cientos y cientos de veces. Se lo hemos visto a las mejores actrices, desde Anna Magnani a Amparo Rivelles. Incluso Poulenc compuso una ópera porque es tan demoledor el texto, tienen tantísimo peso las palabras que es imposible no caer en la tentación de ponerlas en pie. Hasta yo, en mis locuras particulares, tengo dos ideas fascinantes para llevar a escena esta "Voz humana". La versión de Israel Elejalde es brillante. Acerca al siglo XXI este drama. Lógico, quizá en estos tiempos de móviles y Black Mirror quede raro lo del teléfono. Elejalde corta, pega, mueve, se carga todo lo de la operadora y las interferencias y va al meollo del asunto. 
Pau Fullana ilumina de forma prodigiosa un espacio creado por Eduardo Moreno. Luces salidas del corazón de la mujer, ella, la sin nombre. Cada foco es un rincón de su corazón, de su tripa, de su abandono o de su coño. Eduardo Moreno cambia la consabida cama por una especia de tumba/escenario brillante y negra. Otro prodigio. Y para rematar Arnau Vilà ha compuesto una música tan terrorífica como los mazazos que suponen esas notas sencillas. Cada tecla del piano es un escalofrío directo a tus intestinos. Ana López viste a la Wagener de mujer acabada, cubierta con una gabardina ajena y tan desvalida como el gatito de "Desayuno con diamantes".
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"IN MEMORIAM. LA QUINTA DEL BIBERÓN"




Siempre que hacemos teatro hacemos política. De una u otra forma. Al menos así debería ser.
Tras el golpe de estado de Franco, si España ya estaba dividida, se dividió más. Una guerra entre hermanos, vecinos y amigos. En este espectáculo nos recuerdan lo que ocurrió en 1938, cuando el ejército republicano "reclutó" de manera forzosa a chavales de 17 años, "la quinta del biberón", unos niños inocentes "como los niños de 12 años de ahora".
El punto de partida de este trabajo parece ser que fue una lectura entre el director y los actores de testimonios reales de los supervivientes de aquel horror. Esos testimonios reales unidos al ingente material recabado sobre el tema han acabado por llevar a los escenarios este espectáculo necesario y brutal.  
Un tío de Lluís Pasqual fue uno de esos críos muertos de esa quinta. En su casa nunca se habló del tema. Parece ser que tras analizar los testimonios de los pocos supervivientes hay tres ideas que sobrevuelan todos los relatos: el sentimiento de amistad surgido entre ellos, el miedo que pasaron y una especie de pacto para no hablar de la muerte.

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"VIENTOS DE LEVANTE".





El levante es el viento más puñetero. "Destroza nervios, ilusiones y cristales". Es cierto, cuando sopla levante es mejor quedarse en casa y cruzar los dedos para que pase pronto.

Sinceramente creo que en esta ocasión, el alma de este trabajo de Carolina África está compartido. Carlos Matallanas es un origen, un referente y una inspiración casi vital.
Frente al levante lo mejor es cobijarse en casa. Y frente a una enfermedad terminal también. No digo cerrarse, sino buscar calor, sentir calorcito, seguridad, afecto y hogar.
Carolina África es la brillante autora de este texto. También lo dirige. Afortunadamente.
En el texto de Carolina están todos los ingredientes que hacen de este un textazo universal y eterno.
Cuando a un ser humano vivo y sano le dicen que la suerte ha hecho que la enfermedad le toque con su varita cruel, el mundo es posible que se derrumbe. En ese momento puedes optar por dos caminos igual de respetables. Puedes hundirte y no asumir que junto a la vida va pegada la muerte o puedes intentar buscar calor. Puedes optar por intentar asumir que la puta casualidad ha hecho que la célula pocha te toque a ti, que la vida va a tener un fin quizá más programado que el de los demás y que eso no significa que dejes de gozar del sol, de la paz, de un vino, de una puesta de sol o de un beso relleno. 

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"HE NACIDO PARA VERTE SONREÍR"





Hace tiempo un señor me llamó "Paulino" y "Messiánico", supongo que por mi pasión y admiración descomunal y pública hacia Pablo Messiez. Me da que pretendía ser un insulto o al menos un desprecio. Nada más lejos. Para mí es un honor, un lujo y una constante. Viendo espectáculos como "He nacido para verte sonreír" uno sólo puede reafirmarse en sus creencias. 

El comentario que escribí en su día era realmente jugoso. Puedes leerlo entero PINCHANDO AQUÍ.



"FURIOSA ESCANDINAVIA"





Somos lo que contamos. Cierto. Y fuimos lo que podamos recordar. Y seremos lo que nos recordarán. Una de las grandes obsesiones del hombre es la herencia. El por qué estamos aquí, aparte de por la conjunción de unas células. En cierta forma si somos es para dejar algo, seremos lo que dejemos. ¿Existió un hombre llamado Alejandro de Avellaneda que vivió en 1643? Quizá sí, quizá no. Si nadie le recuerda, ¿existió realmente? Ese afán de dejar algo, aunque sea un recuerdo es nuestra trascendencia. Desaparecer pero dejar una huella, dejar algo detrás. 

El resto de mi comentario lo puedes leer si PINCHAS AQUÍ



"LA CANTANTE CALVA"





Luis Luque vuelve a estar feliz. Y se le nota.
"La cantante calva" es un puritito derroche de optimismo, de brillo y de luz. A pesar de la crítica feroz de un texto intemporal que sigue desnudando y destrozando sociedades. Pero eso se puede contar desde la amargura, desde la sombra, desde la pesadumbre y desde el beige o se pude contar desde el sarcasmo, desde la luz al final del túnel y desde el azul brillante de los calcetines de los protas. Y esta cantante calva del siglo XXI es brillante, luminosa y de colores chillones.


Esto es sólo el principio, PINCHA AQUÍ para leer el comentario enterito. 



"ENSAYO"






Si es que Fernanda tiene razón. La estructura se ha derrumbado. Está hecha añicos. ¿Cómo que cuál? Todas. La pareja, la sociedad, el futuro, el entramado, la seguridad, la paz, el bienestar, la belleza, la comunicación, la creación...

Ahí lo dejo. Puedes PINCHAR AQUÍ para leer el resto del comentario. 




"BODAS DE SANGRE"






Lorca es Dios. 

Punto. El resto lo descubrirás si PINCHAS AQUÍ



Y sería injusto no mencionar "Iphigenia en Vallecas". María Hervás vuelve a dar un recital de naturalidad y espontaneidad acojonantes. Iphi te desmonta, te destroza, te saca los colores y te deja en bragas frente a ti mismo. Imprescindible. 
Como imprescindible es "Tebas Land", un bombón, una historia de amor dolorosa y cruel. Dos personajes heridos, uno de ellos en lo más profundo de su ser, su relación con su padre al que ha matado. Los dos se irán acercando poco a poco a base de sinceridad, falta de pudor, de juicio, de vergüenza, de expectativas y de prejuicios. Israel Elejalde y Pablo Espinosa brillan y piden amor con los brazos abiertos. 
"Espía a una mujer que se mata" es un Chéjov de libro. Un grupúsculo humano está encerrado en un espacio mínimo y van a crear poco a poco un ambiente irrespirable, enfermizo y castrante. Alguna de las mejores y más densas interpretaciones del año: Malena Gutiérrez, Ginés García Millán y la divina Natalia Verbeke junto a la diosa Susi Sánchez. En ese espacio reducido se crea lo que debería pasar siempre en un escenario: que todos los actores recojan, se alimenten de lo que está pasando en el momento y juntos creen una atmósfera. Un prodigio escénico.  
Y dos maravillas venidas de lejos. "TERRENAL, PEQUEÑO MISTERIO ÁCRATA", del maestro Kartun, un MILAGRO con un uso del lenguaje y de la palabra realmente mágico y prodigioso. una OBRA MAESTRA TOTAL. 
Y "RABIOSA MELANCOLÍA", una auténtica partitura sonora en la que notas, palabras, ritmos y sentimientos componen una sinfonía milimétrica. Otra auténtica OBRA MAESTRA.


Este es mi resumen de 2017. En general no ha habido demasiado nivel. Se hace mucho pero se hace poco bueno. O sincero. O desde un sitio honesto, coherente, bello o necesario. Todos queremos contar peor no todo merece ser contado. O al menos, no merece ser contado así. Es difícil que se junten las musas para crear buenos espectáculos ,de los que plantean interrogantes, abren heridas o al menos te cambian la vida. Yo si algo del teatro igual que entré, no me sirve. Puede que me entretenga, pero como el humo de los cigarros esos electrónicos, no me va a dejar huella. Y no estamos como para perder ni tiempo ni ganas. 
Menos mal que siempre hay maravillas, joyas estremecedoras y que te cambian. El teatro debe hacernos mejores. A veces se consigue. Por eso enjaulo mis reticencias a los rankings y las carreras de caballos y agradezco a estos espectáculos por haberme hecho mejor ser humano. 

A estos y a "El lunar de Lady Chaterley", a las "Tres hermanas" de Raúl Tejón, a los "Placeres íntimos" de Martret y a los grandísimos espectáculos de danza, música, zarzuela, ópera y circo que he gozado. La danza y el circo sobre todo, los grandes olvidados, de los que nadie se preocupa y que crean algunos de los momentos más mágicos y creativos del año. La danza, la música y el canto salvan el mundo. Y yo vivo para ser salvado.      

jueves, 23 de noviembre de 2017

El gato montés. Teatro de la Zarzuela.

Las cosas como son. "El gato montés" es un montaje redondo. Bueno, casi redondo. 
Este montaje es de 2012 y ha recorrido toda la geografía española. Ahora se cumplen 100 años desde el estreno de esta "ópera popular" y el Teatro de la Zarzuela retoma este valor seguro. Y es que si tienes a José Carlos Plaza dirigiendo el asunto ya sabes que la calidad va a dominar el escenario. Plaza se toma el trabajo como si se tratara de un espectáculo dramático. En realidad eso es  exactamente lo que es: una función teatral con todos los vericuetos de un espectáculo teatral solo que encima, los actores tiene que cantar. Por cómo yo concibo la lírica, esto tiene que ser así siempre. SIEMPRE hay que saber que lo que haces es una función de teatro, un trabajo escénico con la dificultad añadida de que tiene que ser cantada. 



Los responsables de encargar a Plaza la dirección de esta obra sabían perfectamente lo que hacían. Como lo sabían quienes retomaron este montaje para la temporada actual. Porque "El gato montés" es directamente una tragedia verista. Y ese es el terreno natural de Plaza. Bueno, lo cierto es que el maestro Plaza domina todos los terrenos, pero una tragedia como esta parece que lleva escrita el nombre de José Carlos Plaza en la frente. 
Y así es como él se plantea el espectáculo. Como una tragedia en la que planea la imagen de la muerte casi desde que sube el telón y vemos a Soleá con la imagen de la parca enturbiando su mirada. 
Escenografía oscura, sencilla y tenebrosa. Con un primer y tercer acto más realistas y un segundo acto sombrío y simbólico. Francisco Leal despliega toda una gama de luces, sombras, tonos terrosos y que echan raíces en el escenario. Quizá estéticamente peque un poco de añejo, pero cumple su cometido. Enraiza la tragedia en la tierra. Personalmente el espejo del acto segundo no me gusta pero es incuestionable su poder simbólico. Coherente con el desarrollo tanto musical como escénico de ese acto.



Cristina Hoyos se encarga de las coreografías vibrantes y trágicas. Ramón Tébar arranca notazas de la ORCAM y aunque en algún momento parece no apoyar a los cantantes, entre todos llegan a los acuerdos necesarios para que se te remueva el poderío en la butaca. 
En esta ocasión no se puede hablar de un primer y un segundo reparto sino de artistas que cantan unos días y artistas que cantan otros días. Pero el nivel de todos es tan sideral que establecer rangos es injusto. Yo tuve el privilegio de disfrutar del trabajazo de un elenco en el que Rafaeliyo era Alejandro Roy, un tenor con buena voz, agudos fáciles y una potencia encomiables. Aunque quizá el físico no le ayude demasiado. Aún así se llevó una gran y merecida ovación. Miguel Sola compone un Padre Antón perfecto, divertido y simpaticón a diez centímetros del Don Camilo de Fernadel. Casi tan simpático como el Bárcenas... digo, el Hormigón de Gerardo Bullón Bravo para los dos. Milagros Martín, brillante como siempre. Ha pasado por todos los roles, de la Soleá a la Frasquita y a la gitana. Vozarrón y presencia escénica apabullantes. Grandísima. César San Martín cantó un Gato asombroso, con la voz quizá un poco oscura pero con un gran poderío y mucha profundidad. Actoralmente pisa fuerte el escenario. Un primer acto asombroso y un final bestial también. 

  

Y Carmen Solís. Vocalmente es un prodigio. Canta como si tal cosa, con unas notas bellísimas y rellenas todas y cada una de sentido y de emoción. Y escénicamente es un actrizón que cada gesto, cada movimiento, cada mano que levanta, cada giro de cabeza, cada escalofrío que le recorre el cuerpo son producto de una emoción, de cantar desde el conocimiento de lo que dice, de para qué lo dice y de con qué notas lo dice. Según se levanta el telón notas en su densidad corporal que la tragedia está presente en ese páramo. Y transita por los sentimientos con una naturalidad pasmosa que sólo da el conocimiento de lo que hace y de por qué lo hace. Pasa del fatalismo a la alegría, al dolor, a la nostalgia, a la rabia, a la pasión, al terror, al amor y a la muerte así con una facilidad estremecedora. Cuando la ves y la escuchas sobre un escenario sólo quieres que siga y que cante más y más. Realmente creo que esta Soleá va a convertirse en uno de sus roles preferidos. Y míos.





Enhorabuena de nuevo al Teatro de la Zarzuela porque ha vuelto a acertar. El montaje de José Carlos Plaza es sólido y tenebroso, con el peso de la tragedia y un amor por las notas indudable. Quizá a ratos sea demasiado sombrío y algo anticuado. No sé decir por qué, quizá en la imaginería del segundo acto. Pero a pesar de todo saca todo el brillo que tiene la grandiosa partitura y regala a los intérpretes la oportunidad de lucirse como actores y brillar como cantantes. 
Y qué coño, que sales del teatro con el regustillo de haber visto un GRAN espectáculo y tarareando eso de "torero quiero seeeeer".         
  
  Las fotazas son de Javier del Real, un mago de la cámara.

domingo, 19 de noviembre de 2017

Léucade 38º 20º. Teatro de las Aguas.




Los mecanismos de la maquinaria teatral son extraños e insondables. Que conste que estas palabras no son una queja hacia los espectáculos que triunfan, obviamente, sino una reivindicación de los que se quedan en las sombras, ocultos en la maraña de la multiprogramación (una lacra que habría que combatir) y no consiguen traspasar ni llegar a ser ni siquiera conocidos por el público. 
Entre estos espectáculos "menores y ocultos" tengo que destacar dos joyas que he visto recientemente. "La escena nº 12" en Nave 73 es una joya teatral. El texto es cautivador, muy pero que muy para teatreros y gente que ha pasado por una sala de ensayos y los actores, Marta Matute, José Gómez-Friha y Eleazar Ortiz están simplemente inmejorables. Bueno, pues el día que estuve yo seríamos unos 30. 
Peor parte se llevó "Léucade 38º 20º" en el Teatro de las Aguas. Ahí rondaríamos los diez. Y este espectáculo debería tener la sala llena. 
Venezia teatro por un lado y la Cia. Vía Muerta por otro lado hacen teatro por amor. Por amor al Arte. Y a veces por amor al arte. 



"Léucade 38º 20º" es un texto escrito por Mónica García Ferreras que bebe de varias fuentes y que nos cuenta la historia de una mujer, Nora, que vive refugiada (o escondida) en una isla. Supuestamente esa isla es el lugar más seguro del mundo. El más oculto. Pero un día, aparecerá por sus costas un extraño y esa seguridad, ese refugio se verá desmoronado de repente. Por culpa del amor, claro.
Los dos personajes presentes en la función y los otros que deambulan por la historia (padre, esposa, socio, supuestas vidas pasadas...) viven en prisiones interiores tan oscuras y dolorosas como los mundos de los que intentan escapar. Porque no hay mayor cárcel que la cárcel interior de un alma herida y cerrada a cal y canto al aire, al mar, al horizonte. Cuando reduces tu mirada a donde alcanzas tus ojos terminas por hacerte pequeño, por no tener perspectiva y por hacerte diminuto, frágil, asustadizo y cobarde. 
Así estos dos personajes se han creado unas barreras más inhumanas que las físicas y viven encerrados en ellos mismos sin dejar que el mar ni el aire les hagan volar. 
La historia es dura, los personajes taciturnos y sombríos y el ambiente que se crea en la sala, casi irrespirable. Porque el ser humanos es más cruel que cualquier circunstancia. Hasta las guerras las creamos nosotros, no surgen solas. Y la soledad y las heridas de estas dos víctimas son internas e incurables. Ni siquiera el atisbo de amor que surge es capaz de iluminar sus vidas.



Mónica García Ferreras se encarga de dirigir el espectáculo y desde luego es un acierto porque como autora sabe perfectamente dónde y cómo incidir. Impregna la función de un fatalismo trágico que avanza sin desvelar el drama. Además Mónica y su compañía trabaja desde un sitio que siempre es el mejor. Desde el amor a sus proyectos y desde la sinceridad más absoluta. No contarán con grandes escenografías ni con medios aparatosos, pero tampoco los necesitan. Hombre, a ver, está claro que si estuvieran en el Lara, por ejemplo, o en la pequeña del Español, todo cambiaría, la dinámica, la gestualidad, los desplazamientos por el espacio... pero la base fundamental de su trabajo es el AMOR. El querer hacer teatro sí o sí. Ojalá no tuviera que ser así, pero si tienen que luchar contra las multiprogramaciones, con la falta de promoción, con los mastodontes y los grandes nombres, y los vales de descuento y las invitaciones a mansalva, lo hacen. Y luchan. Y pelean y a veces no ganarán, pero pase lo que pase trabajarán con el mismo amor. 
Mónica junto con Diego Ramírez se encargan de dar vida a estos dos seres heridos, perdidos y ocultos. Y los dos están maravillosos. Están invadidos por la amargura y por la falta de recursos vitales para ser empáticos, optimistas y de colores. Son dos almas cerradas y escondidas en ellos mismos y pintados en blanco y negro. O mejor dicho, en color sepia. Naturales, espontáneos y con mucha química. Una gran pareja teatral. 




Esta función acaba de nacer. Es cierto que quizá en algún momento le falte afinar el ritmo pero eso es algo que se consigue con el tiempo. Haciendo la función una y otra vez y entrando en comunicación con el público. Juntando miradas. Ahora está en un punto goloso y muy bueno porque está empezando a crecer. Y necesita alimentarse de la mirada del público, y que ellos sientan qué funciona, qué no, dónde la gente se remueve en la butaca y dónde se congelan del terror. La vida real del espectáculo como ser vivo. Y para eso necesitan que vaya gente, tener público y tener funciones. Así que por dios, hagamos algo para que "Léucade 38º 20º" tenga vida. Mucha vida. Y si tiene que pasar a una sala más grande, y que la programen en fin de semana, y que aparezca en las revistas y anunciada y promocionada como es debido. Coño, que cuando se hace teatro sincero la única salida es apoyarlo.