miércoles, 26 de febrero de 2020

Los días felices.

Las etiquetas son una putada se mire por donde se mire. 
Está claro que sirven para orientar un poco cuando la cosa está jodida, pero son el elemento perfecto para esconder estereotipos, lugares comunes, tópicos, prejuicios y polladas. 
"Teatro del absurdo". ¿Será porque hay quien no entiende del todo los textos y todo le parece incongruente y chorras? Ya, ya sé lo de Esslin y todo eso. Pero vamos, no me digas que considerar "absurdo" a Pinter...




Y de pronto baja a la Tierra San Pablo y te das cuenta de que es evidente que se entiende. Se entiende todo, todo tiene sentido, todo tiene significado. Y el sentido es exactamente el significado de las palabras.
¿Qué es lo más difícil en teatro? Lo más fácil en la vida real: escuchar y estar. Pues lo más difícil es lo más fácil; leer las palabras.
Allá por el año 84, 85 o así, en la muestra de teatro de Valladolid, uno de los mejores festivales de teatro que ha habido en este país, vi a Rosa Novell hundida hasta la cintura buscando a Willy. Desde entonces la figura de Winnie creándose un tiempo propio y adaptándose a un espacio también propio me ha perseguido. Como me persiguen ahora mismo las ideas que quiero compartir. Y con mi coño moreno decido que no las quiero ordenar, que paso, así que las voy a potar según me vengan. 



Winnie necesita a Willy. Aunque esté a su bola. Necesita que esté ahí para no hablar sola. Necesita al otro para que su discurso, para que sus palabras tengan sentido. 
Winnie no vive en el mundo real. Para empezar está enterrada. ¿Por qué? Pues porque sí. ¿Necesita ella o necesitamos nosotros tener una explicación de por qué para darle sentido? Pues no. Es así y punto.
Winnie está enterrada en un espacio que podría ser una placa de petri o una tesela de un mosaico gigantesco. O quizá vive en un mundo nuevo en el que igual que hay tres soles, el tiempo tiene una dimensión distnta. ¿Cuánto duran los días en ese mundo? Ni lo sabemos ni nos importa. Duran lo que duran. Lo que ella necesita para que la cosa tenga sentido. Antes, los días eran días (a la antigua usanza) pero ahora quizá sí o quizá no. Y ella necesita hablar y hacer cosas para llenar ese tiempo. Ese tiempo nuevo y relativo que pasa y la hunde cada vez más. Ella decide cómo, cuándo y para qué hace cada cosa de las que según dice, hace todos los "días". Ella organiza el tiempo, lo administra y lo moldea según su necesidad. Y tiene una pistola. Aunque no la usa.
¿Podría haber un tercer acto? Qué más da. Damos por hecho que los dos actos son correlativos, pero, ¿y si no lo fueran? ¿Y si el segundo acto ocurriera antes que el segundo? ¿Y si en vez de hundirse, Winnie estuviera creciendo y dándole sentido a su vida poco a poco? ¿Por qué dar por hecho que el tiempo es lineal y en una dirección? Para Winnie el tiempo es otra cosa. Y el mundo es otra cosa. Y Willie es su amor necesario. Es el otro que ella necesita para dar sentido a su estar ahí. Ella podría hablar sola pero no quiere, quiere hablar con él, dirigirle su verborrea a él, porque necesita del otro para que la cosa tenga sentido. 
Pero es que eso es el teatro. Podría ser "hablar sólo" pero se necesita la mirada del otro y la atención del otro para que el hecho exista y tenga sentido. ¿Es teatro una función que haces en casa tú solo, sin espectadores, sin nadie mirando? ¿El teatro no es la mirada y el encuentro con el otro? 
"Los días felices" es teatro y es la vida. Y es el amor. Amar mola todo, pero si amas a otro, mejor.
"Los días felices" es angustia. Es que te falte el aire. Es ver a Winnie escuchando la caja de música y quedarte sin sangre en el cuerpo. Es querer detener la vida y quedarte ahí. Un rato, un minuto, un siglo, para siempre.



Terrenalmente hablando, el trabajo de Elisa Sanz y de Paula Castellano creando la escenografía y el vestuario es asombroso. El trozo en el que viven Willie y Winnie es como un mundo desolado, acabado o quizá la esquinita de un mundo en construcción. ¿Les rodean restos de algo o son las partes que irán formando su mundo? Carlos Marquerie y Óscar Villegas envuelven el luces, claroscuros, ruidos, cobijos y brillos la existencias difusas de los dos seres. El cielo mágico que cambia sin que te des cuenta es una puta obra de arte. Bravo, grandiosos, lo habéis vuelto a hacer.    

Francesco Carril vuelve a hacerlo. Con un personaje casi ausente y casi inexistente, se vuelve necesario. Bestial. 
Y Fernanda Orazi es algo indescriptible. Cada palabra suya tiene sentido. Pero no sólo lo tiene porque ella lo sepa y lo transmita, sino porque lo vive, lo siente y transita de un sentido a otro como si fuera natural y necesario. Todo lo que hace es perfecto: cada respiración, cada pausa, cada grito, cada carcajada, cada agudo, cada grave, cada perfil, cada mano, cada búsqueda, cada mirada, cada pestañeo, cada coma son perfectos. Y el viaje emocional de una palabra a otra es como las olas del mar; natural y necesario. Quizá suene chorras, pero no sé expresarlo mejor: Fernanda logra que creas que Winnie existe, que respira y que vive en el escenario. El trabajo que hace es hipercomplicado, hiperexigente e hipercomprometido y Fer se entrega hasta el final con un riesgo, un compromiso y una generosidad estremecedoras. 
Pablo es el responsable de hacer todo eso de lo que he hablado. No hay más palabras. TODO lo anterior es por él y gracias a él. Es dios.



Hay una cosa que me destrozó especialmente. Pisar el suelo y saber que trabajos como este sólo están al alcance de seres privilegiados y que nunca jamás en la vida seré capaz de tener una mente como la de Pablo ni seré tan buen actor como Fernanda. Y eso te destroza. 

Gracias, Francesco, Elisa, Óscar, Paula, Carlos, Pablo y Fernanda porque la hora y media que pasé mirándoos ha sido uno de los moemntos más felices de mi vida.     








  

domingo, 15 de diciembre de 2019

Las cosas que sé que son verdad.

¡Qué gusto cuando vas al teatro y sin que te adoctrinen, sales removido!

La familia. Eso que creemos necesario, que necesitamos, de la que queremos huir, que queremos crear, que nos cobija y nos traumatiza, a la que recurrimos y la que nos ahoga. 
Andrew Bovell es experto en agarrar esquemas incuestionables y trastocarlos, sacarles el jugo envenenado en el que todos navegamos y retorcerte el corazón a golpe de melodramas.
Porque efectivamente, "las cosas que sé que son verdad" son pocas. Muy pocas. Menos de las que querríamos y muchísimas menos de las que creemos necesitar.



Bob, mecánico en un taller de coches y Frank, enfermera, tienen cuatro hijos y una vida normalita, en una casita normal con un jardincito y las cuatro cosas que han conseguido reunir tras toda una vida juntos. Nada en sus vidas ha sido especialmente nada. Sencillamente la vida ha ido pasando, han criado a sus cuatro hijos y creen que todo es estable. Pero el regreso de Rosie, la peque, tras su primer fracaso amoroso, desencadenará una serie de enfrentamientos entre ellos que les hará ver que no es oro todo lo que reluce. Y que una familia puede ser jaula y playa a la vez.

El espacio que nos encontramos es cuadrado, es un ring perfecto en el que se producirán todas las luchas. En el centro, el gran árbol símbolo de la tierra, de las raíces, de lo sólido que mantiene junta y fundida a esa familia. Pero el árbol está boca abajo. El árbol genealógico, la raíz hundida en la tierra que mantiene el eje de la familia está del revés. Así qué coño va a sujetar. Y ellos, los luchadores se mueven en círculos alrededor de ese ring cuadrado. Y los espectadores formamos otro cuadrado alrededor del círculo alrededor del cuadrado. Orden, forma, equilibrio, lucha, estructura, conflicto.

La lucha entre el individuo y el grupo al que pertenece y necesita es antigua. Es tan antigua como el ser humano. Los humanos buscamos y necesitamos ser parte de un grupo para sentirnos protegidos, arropados, seguros, queridos y cuidados. E incluso responsables de los demás. 
Incluso al nacer ya tenemos adjudicado un primer grupo, tu familia. Variopinta, la que sea, da igual; pero tu familia. Los primeros brazos que buscas de pequeño cuando te sientes amenazado por otro niño son los de tus padres. Porque en tu grupo te sientes protegido. Hasta que tus interese o necesidades particulares entran en conflicto con los del grupo. Eso les pasa a Pip, a Mark y a Ben. Incluso a Rosie. También le pasó a Frank, pero ella eligió. Ahora les toca elegir a sus hijos. Y por mucho amor de madre gallina que sienta, no será capaz de aceptar la vida de Mark. Porque en su lucha personal frente al grupo, puede asumir vivir sin amor, o sin pasión, pero no asume la vida de otra. En su balanza pesa más una estabilidad mental que intentar comprender a Mia. Y Mia por su parte no necesita el beneplácito de nadie. Tras una vida escondida y evitando ahora con asumirse, comprenderse y quererse le basta. Y que cada uno haga lo que crea. 



Pip vive vacía. Aunque tenga "todo": marido, hijas, un trabajo brillante... se ahoga porque le falta algo. Hasta ahora ha vivido cumpliendo pero jamás se ha sentido querida, valorada y apreciada. Ni siquiera por su madre, que como buena perra asustada no se permite decirle a su hija que en el fondo la envidia. Pip rompe con sus grupos porque ella como individuo es más importante. Y necesita buscar en una aventura improbable la sal que hasta ahora le ha faltado a su vida. Aunque le salga mal, que ya sabe ella que le saldrá mal. Pero mejor eso que acabar siendo su madre. Justo ahora que empieza a sentir las ganas de decirles a sus hijas, chicas, mujeres, que no son lo más. Que son normales, mediocres, que no son las más altas, las más guapas ni las más listas. Lo que le hicieron a ella. 
Ben no huye, pero no le basta su grupo y busca desesperadamente otro. Otro que en realidad le es ajeno, pero él lo busca. Y ahí choca con Bob. Porque Bob es un hombre sencillo y honrado. Bob es el padre de muchos de nosotros, un señor sobrepasado por la vida, envuelto en la aventura sin retorno que es una familia pero sin tener quizá ganas de tenerla y sin estar seguramente preparado para afrontarla y dirigirla. Pero bueno, de eso se encarga Frank, así que... eso que me quito. Él ha trabajado y poco más. Ha dado pocos problemas peor también ha dado pocas pasiones. Ha vivido con suavidad. No sabe poner una cafetera así que,  ¿cómo va a saber manejar una familia?
Frank ha ido ahorrando por si acaso un día le daba el arrebato y se iba. No se ha ido y no se irá. Pero por siaca. Bob no. Ni lo concibe. Por eso quiere apoyar a Mia a su manera, y a Bob a su manera. Es BUENO. Indolentemente bueno. Bueno pasivo. Pero bueno. A fin de cuentas, todos vivimos como podemos y hacemos lo que podemos. Bob igual. 
Reconozco que la historia de Bob es la que menos me interesa, pero por empatía, porque me cae gordo.
Y el final... ¿Qué te voy a decir del final? Impactante final esperable pero no esperado.


Verónica Forqué sale y se tiene metido al público en el bolsillo. Viendo el público que había el día que estuve yo y sus reacciones, te diría que la mayoría estaban allí por ella. Y lo sabe. Y saca todo su repertorio de tonos, de gestos, de coñas. Pero como ella es lista como un ratón colorao, consigue llevarse a la gente a su terreno y que se inunden de la historia. Está absolutamente perfecta. Y lista.
Julio García Vélez está delicioso. Es como estos héroes bonachones de las pelis de Capra. Sencillo, sin alardes, trabajando desde la sinceridad y el compromiso. Un caballero de la escena.



Pilar Gómez es esa actriz que siempre está bien. Bien no, cojonuda. No sé, "Cuando deje de llover", "Mundo obrero", "Bodas de sangre", "La ciudad oscura", "Emilia", "Marca España", "Mejorcita de lo mío"... por dios... ¡si hasta estaba cojonuda en "El accidente"!! Además tiene uno de los momentos más intensos, sinceros y desgarradores de la función. La carta a su madre, a esa madre pelícano por mis cojones. Nunca ha habido tanta necesidad de cariño y de aceptación mezclada con rabia y ganas de volar hacia donde sea, me da igual. Un trabajo desde el corazón. Y desde una pena muy negra. 



A Jorge Muriel habría que ponerle un piso. Ha sido su afán personal el que nos ha traído la obra de Bovell a España. Y eso es un puntazo. Pero es que encima, ha construido una Mia de libro de historia. Desde que aparece en escena sabes que algo le pasa. No avanza nada de su personaje pero sí deja entrever de alguna manera sutil que algo pasa ahí. Y vaya si le pasa. Lo peor que te puede pasar; tener que vivir tratando de evitar ser lo que eres. Y no lo hace desde el esperpento ni desde la autocompasión sino desde la naturalidad. La naturalidad de una peluca normal, de un vestido normal, de unos gestos normales y de unas necesidades y carencias normales. Porque en la naturaleza todo es normal, aunque sea poco habitual. Lejos de estereotipos y de mamarrachadas dignas de un reportaje del Orgullo en Intereconomía. Porque Mia es una mujer que ha sufrido muuuucho. Desde el descubrimiento natural al intento de negación y al arrastrar una mentira años u años. Hasta que en su conflicto con el grupo gana la coherencia y la naturaleza. Si es que... "cuando las cosas llegan a los centros, no hay quien las arranque". Y es que no hay nada más duro que lo normal. El resto del reparto, geniales.


Pero entre tanta flor, yo, que lo mismo te digo una cosa como te digo la otra, sí encontré algo que no me gustó. Obviamente no es un fallo ni un error, ni nada mal hecho. Lo que hay es lo que hay, ellos han montado lo que han querido como han querido y nadie puede juzgarlo. Es simplemente una sensación. Y es que tuve la sensación de que podría haber durado media hora más. Ya, estoy diciendo una burrada, pero tuve en muchos momentos la sensación de que todo iba muy deprisa. Había momentos, monólogos, escenas que me pedían más sosiego, más pausas, más dejarse espacio. Insisto, es una sensación no una crítica. Dios me libre, me parece que le trabajazo de Julián Fuentes Reta  es invisible pero potente. Amoroso y respetuoso. Delicado pero demoledor.  

Confieso que tengo la agenda petada y desgraciadamente tuve que dejar este espectáculo para hace na. Y lo siento porque igual hay algún tarado que se deja llevar por lo que estoy escribiendo y le apetece ir a descubrir esta maravilla, pero no le va a dar tiempo porque en teoría acaba hoy. Digo en teoría porque me juego un brazo a que este espectáculo va a seguir y a seguir y a seguir todo lo que las agendas de sus intérpretes permitan. Porque es que esto debería verlo toda España. Por su emoción, su respeto, su dureza, su compromiso, por Pilar, por Julio y por Jorge,  y por sus mil capas. Porque desde la escenografía al último detalle todo oculta muchas capas. Como ese Bob intentando proteger sus rosas con plásticos, como él se protege de lo que sabe que le va a hacer daño. 
 
 Una maravilla que merece larga vida. Porque mostrar con este nivel de poesía algo tan duro como el desmembramiento natural de una mentira llamada familia debería ser algo infinito. 
Y es que en realidad, las cosas que sé que son verdad son tan pocas...

PD: yo tengo una puta manía, y es que no releo lo que escribo antes de publicarlo. Así que es probable que haya erratas y cosas mal escritas. Por ejemplo suelo escribir mal "pero" y casi siempre escribo "peor" y cosas así. Me las perdonáis, ¿vale?  


Creo que todas las fotos so nde Javier Naval. Son una pasada, como todas las que hace este hombre. Espero que no le importe que las use.





       

domingo, 3 de noviembre de 2019

Las Bárbaras.

Lo peor para un espectador son los prejuicios. Esos juicios que llevas pegados por culpa de mil motivos y que te hacen sentarte en la butaca ya mediatizado. O los juicios que estableces cuando te crees más listo que los listos. 
Yo fui al Valle Inclán muerto de amor. Lucía Carballal me gusta mucho y mi debilidad y amor extremo por Ana Wagener son más que sabidos. Y confieso que hasta ese día, Mona Martínez no era especialmente santo de mi devoción.
Hasta ahí mis "prejuicios", mis juicios previos. 



Los primeros diez minutos de función, entre una escenografía que no me seducía, el aspecto como de revista de Amparo Fernández, y la aparente ligereza de lo que veía, me hicieron pensar que estaba viendo una comedia del Maravillas. Pues no, chavalín, no. Otro zasca en toda la boca. 
Soy especialista en estas meteduras de pata. Me creo más listo que los listos y en vez de intentar ir virgen y confiar en las intenciones de los demás, me monto mi película. Pues por listo, me tocó meterme la lengua por el culo, porque lo que parecía una comedia ligera de tres (o cuatro) mujeres maduras se convirtió en uno de los mejores textos que se han llevado a escena este año. 
Voy por partes, que me amontono. 
Primera metedura:
El texto de Lucía Carballal es fabuloso. Presenta a tres mujeres mayores, amigas de toda la vida, que se reunen en el Hotel "Juventud" para cumplir la última voluntad de una joven, amiga, sobrina y colaboradora de las tres. 
Las tres mujeres fueron revolucionarias en su momento. Pero tanto la vida como esa cuarta mujer, Bárbara les harán cuestionarse si lo que las demás creen de ellas es lo que ellas realmente son.



Carmen es arquitecta. Decidió volcarse en su trabajo y levantó un estudio importantísimo, pero renunció a formar una familia, a tener una vida y casi a ella misma. Ahora que su estudio ha fracasado y acaba de cerrarlo, se plantea si esa vida mereció la pena y si lo que se dejó en la cuneta se puede recuperar. 
Susi es una burguesa que nunca se ha preocupado por casi nada. Sus decisiones fueron valientes en su momento, pero la vida pasa y quizá ahora sienta que le falte un amor verdadero y algo que hacer en la vida. Ha vivido tan despegada de la vida y de lo que se esperaba de ella, que la vida se le ha escapado y se plantea si mereció la pena ser tan chula.
Encarna ha vivido al día. Parece que su falta de complicaciones le ha servido para ser la más feliz, pero no. No sabe comunicarse ni comprometerse. Lo fácil mola, lo sencillo mola, pero a veces es una trampa.
Las tres han sido heroínas, pertenecen a una generación que hizo una revolución VITAL para el futuro de las mujeres. Y de los hombres también. De la sociedad en general. Ellas, su generación, fueron pioneras en muchas cosas, y el resto de los humanos nunca se lo agardeceremos lo suficiente. Porque ellas se la jugaron. Y lo hicieron porque era necesario para que la sociedad avanzara. Y con todo su coño se arriesgaron. Pero por un lado, los años pasan y esas revolucionarias han dejado cosas por el camino. Toda revolución conlleva sacrificios. Y riesgos. Y la que no dejó de lado su vida, dejó de lado el amor, o la dignidad, o una carrera, o la autosuficiencia, o incluso la maternidad. Ahora, cuando están en torno a los sesenta, esa última voluntad de Bárbara les hará ver que el tiempo les ha pasado por encima y aunque sean aparentemente felices, tienen más carencias que las que las otras les suponen. Porque una cosa es lo que uno alcance en la vida y otra cosa, casi siempre, lo que los demás dan por sentado de nuestras vidas. Estas amigas necesitan pensar que las demás son algo que en realidad no son. Las tres tendrán que asumir que pese a ser heroínas en algo, son perdedoras en otras cosas y además que las otras no son lo que ellas piensan que son. Esa situación brutal y amarga es la que hace del textazo de Lucía Carballal una joya, porque esconde bajo la primera capa de comedia ligera una bomba atómica que destroza. 
Porque sí, las mujeres siempre lo han tenido más difícil que los hombres y cualquier postura elegida por una mujer ha supuesto mayor riesgo y valentía. Ni te cuento las de una época determinada. Pero el sacrificio, el haber tenido que elegir, el sentir que quizá hayas metido la pata en muchas cosas en tu vida y el comprobar que los demás ven en ti algo que no hay, nos toca a todos. 
A estas mujeres, Bárbara parece pedirles más. Y ellas tendrán primero que aceptar que lo que han hecho cada una ha sido una heroicidad y luego, que ni han podido hacer más ni han podido o sabido hacerlo mejor. Esa generación hizo una revolución y rompió con el yugo ancestral de sus madres, pero la revolución es un estado continuo y hoy, ellas poco más pueden hacer salvo asumir su dignidad y el valor de lo que hicieron. Que bastante es. Las siguientes continuaron esa revolución y las de ahora la siguen. Cada una es responsable de su época.      
Insisto; el texto de Lucía Carballal es una puta apisonadora. Envuelta en el celofán de las coñas, del texto fluido y divertido, gira repentinamente cuando topa con la realidad y congela las sonrisas convirtiéndolas en muecas dolorosas. 



Segunda metedura:
Esa escenografía que me descolocaba es totalmente acertada. Ese estilo aparentemente pasado de moda en realidad es casi vintage. Es un logro estético que ha sobrevivido a los años. Como los logros de estas mujeres. Por eso el espacio de José Novoa no es casual, no es "útil" sino casi figurativo. Bravísimo. No sólo facilita el trabajo de las actrices sino que es casi una metáfora de ellas mismas. 

Tercera metedura:
 El aspecto de Amparo Fernández. No necesita explicación. Otro zasca para espectadores listillos como yo. 
Todo lo que puede parecer una cosa, en realidad es otra. 

Cuarta metedura: 
Mona Martínez está brillante. Es lo mejor que le he visto nunca o al menos el personaje que más y mejor me ha llegado. Su presencia, su forma de mirar, de escuchar, de esperar, su dominio del escenario y de la progresión son brillantes. 
Amparo Fernández está divina. Poco se puede decir, domina todo y lo domina con solvencia y poderío. 



Y Ana Wagener es que es dios. Lo he dicho mil veces y lo repito. Cada tono de voz, cada gesto, cada intención, cada mirada, cada coz, cada quiebro, nacen en el momento y en el sitio exactos y salen por necesidad. Habla, ríe, llora, se mueve y escupe por necesidad, porque es lo que tiene que hacer para seguir viva. Y no le da tres dimensiones a su Susi, sino que le da seis. Es tu madre, tu amiga, la mujer que admiras, la que logró lo inimaginable, tu amiga luchadora que perdió más que ganó aunque logró mucho. Es mil personas que tenemos alrededor. Yo tengo 50 y veo en ella a muchas mujeres de mi vida. Todas necesarias y todas vivas. Eso sólo puede hacerlo la Wagener, digo... dios.

Hay una cosa que no me llegó del montaje; que no me gustó o no me convenció. Pero obviamente no lo voy a mencionar. Sobre todo porque no quiero. Porque prefiero destacar y que quede como resumen de mis sensaciones, que "Las Bárbaras" es un puñetazo. Es una bomba que te aplasta y te deja destrozado. Porque ahí estamos todas, en ese escenario. Todas somos esas amigas que miran y esas amigas que son miradas. 
Y además, como me pasó a mí, para los listillos que vamos de casa ya con ideas preconcebidas o que nos ponemos a mirar como si fuéramos más listos de lo que somos, nos viene bien que la inteligencia de Lucía Carballal y la sabiduría de esas tres actrices nos coloquen en nuestro sitio. 
Lo que a ojos de petardos como yo puede parecer una comedia ligera, pronto se destapará como una de las más amargas y desoladoras radiografías de una generación que hizo más y mejor de lo que piensa. Y chica, yo que me crié en una ciudad de curas y militares también hice lo mío y rompí mis moldes, qué coño. Por eso mi quiebro es doble.      
      
Así que, servidora, como todas, reivindico como Carmen, Susi y Encarna, mi derecho a tener contradicciones. 
Amo a estas tres actrices y amo a Lucía Carballal. Y amo que me hicierais quedar como un pedorro y que me diese cuenta, una vez más, de que lo mejor al ir al teatro es ir virgen, ir limpio. Que ninguna somos tan listas como nos creemos. Y menos aún yo. 







    

miércoles, 9 de octubre de 2019

Mercaderes de Babel. Teatro de la Abadía.

Para darse cuenta de que el ser humano es gilipollas no hay ni que mirar hacia afuera. Basta con mirar adentro. Porque quizá esté en nuestra propia naturaleza el ponernos impedimentos para lo que seguramente nos de miedo. 
Inventamos palabras y les damos significados distintos no sea que. Por eso inventamos las palabra AMOR y AFECTO. Para poder usarlas por separado no sea que se confundan y no veas tú el lío. Y con las mismas decidimos que AMAR se va a usar para tu pareja, como mucho para tu madre (qué mejor tatoo vintage que un "amor de madre") y si nos ponemos elevadas, para el amor al prójimo o a la naturaleza. Pero por ejemplo, con un amigo es impensable. Por un amigo sentirás afecto, le querrás mucho mucho, como la trucha al trucho, pero no sentirás AMOR. Afecto sí. O cariño. Le querrás con locura, pero decir que sientes por un amigo AMOR, no. No sea que se piensen (no sé quién, pero bueno, yo es que ya estoy muy mayor y me importa todo bien poco) que ahí hay lío. Ya lo decía San Pablo Messiez, "no da igual hacerlo que no hacerlo, decirlo que callarlo". Si lo decimos, queda dicho, y eso es bueno. Y sano. Y bello. Pero no, nos empeñamos en no decírnoslo. Y así nos va. Y por ese miedo a entendernos encarcelamos ideas y derrocamos iconos. Por el puto miedo a sentirnos endebles, frágiles o vulnerables.




"El mercader de Venecia" habla de muchas cosas, como casi todo Shakespeare, de lo evidente; de antisemitismo, de odio, de justicia, de venganza, de rencor, de una hija que ha recibido una herencia de amor envenenada, de una hija oprimida, de un judío ultrajado y humillado, de un cristiano guapo y rico que se lo pasa todo por el forro, de dos hombres que se aman, de cómo buscan poder estar juntos, de los vericuetos de la justicia y de los recovecos del amor. Y de cómo los seres humanos, en nuestra necesidad de organizar esos afectos, esos amores, establecemos normas como nos sale de los huevos para sentirnos a salvo y de paso, para distanciarnos de esos afectos, de esos amores. Por eso creamos la justicia, porque somos incapaces de entendernos. Y nos montamos el paripé de las normas, para no tener que comprendernos. Si lo dice la ley ya no hay margen para el entendimiento. Y complicaciones, las justas. Leyes que cambian según el momento, el listo que las escribe o el más listo que las aprueba o el rematadamente listo que las aplica. 
En el "mercader de Venecia" Antonio ama a Bassanio, pero como el hombre anda pelao, busca la pasta de una joven heredera a la que su padre, al morir, aparte de pasta le ha dejado un marronazo. No podrá casarse (prefiero decir "amar") a quien quiera sino a quien acierte un acertijo. La excusa es que el que lo acierte lo hará guiado por el power of love. Toma marronazo. Jessica vive aprisionada por un padre estricto y por unas normas heredadas y necesita aire y horizontes. Pero su padre, Shylock, vive revenío por el recuerdo de una esposa muerta y una sociedad que le escupe a la cara. Antonio le busca y él acepta dejarse querer si eso sirve para acercar posiciones, para dejarse amar, para acercar afectos. hasta se los dice: "te ofrezco mi amistad, si la quieres bien y si no, adiós. Y por este afecto, NO ME HAGAS DAÑO". Esta frase, que puede parecer caprichosa o simplemente una más en medio del texto para mí es la clave, es el epicentro de la que montan entre José Padilla y Carlos Aladro. 
Habría sido fácil, te dejo la pasta pero enterramos el hacha de guerra. Guay, le doy la pasta a Bassanio, este pilla con Porcia y se montan un matrimonio de conveniencia. Antonio y Bassanio retozan libremente y Shylock, Antonio, judíos y cristianos ganan un montonazo de amigos nuevos y mucha paz de espíritu. Pero como somos como somos, no hay manera. Cara blanca cree que es más listo que Augusto y ya tenemos el lío. Y el juicio, y todo eso tan chulo, y el acto IV y tal.

Esto en cuanto a "El mercader de Venecia". 



Por otro lado Carlos Aladro y Javi Lara se plantean currar con Greg Hicks al que conocen y admiran. Y claro, con un actor de la Royal, ¿qué vas a hacer? Pues un Shakespeare, lógico. Pero como ambos dos están en un momento de crisis (bien entendida, crisis como cambio, como replantearse) no quieren hacer un Shakespeare al uso. La tradición y el academicismo no son palabras de sus vocabularios. Por eso llaman a un maestro que siempre mira con rayos X, José Padilla. Entre los tres van a montar junto a Hicks un Shakespeare propio. Hicks nunca a hecho de Shylock, así que ya está. Padilla se sumerge en las palabras de su viejo amigo William, dialogan y llegan a un acuerdo. Claro que para poder hacer eso necesitan organizar sus afectos. Y como amar es ceder (ya, la frase es asquerosa, pero a ver si hay alguien emparejado que me diga que no es cierta), Padilla crea hasta donde quiere y cede donde Shakespeare merece su lugar. Y del pacto amoroso entre los dos, William y José nace la base de "Mercaderes de Babel". El pacto, el texto, es brillante, luminoso, vibrante y dramáticamente portentoso. Cada palabra es la justa y necesaria y el empaste entre los dos autores es virguero. Bravísimo, Padilla una vez más. 



Aladro entonces formó un equipo de juego, de entrenamiento, una cama redonda de talentos y ganas de buscar. Y como es listo como un ratón colorao, tiró de lo mejor de cada casa. Reclutó a Hicks (con quien yo tengo un lazo secreto que nadie sabe, jeje), a Javier Lara (quién no querría a Javer Lara en su vida), a Alba Enríquez (oficio, hambre de escenario y carisma) a Ramón Pujol (personalidad, riesgo, solidez, calor y una forma de mirar al compañero generosa y única) a Natalia Huarte (dulzura, empatía, dolor y una luz que lo flipas) y Juan Blanco (valentía, desvergüenza y seriedad) y les puso a jugar con el material. Un británico, varios españoles, cada uno de un rincón, varios idiomas, varias culturas, varias edades, varias experiencias, varias escuelas y varias formas de trabajar. Y entre todos crearon una Venecia 2.0. Babel. Y entre todos se tuvieron que organizar, crear su propias leyes, ordenar sus afectos. Y ahí nació "Mercaderes de Babel". 
Que conste que todo esto que digo lo digo yo por mi chocho moreno, porque no sé nada, es todo puritita ficción, pura teatro, "falsedad bien ensayada". 
Y aunque esto me cueste un cate, creo también que "Mercaderes de Babel" sigue creciendo. Porque han creado una organización, unas normas que se alimentan de eso, del no estancamiento y del avanzar y descubrir cada día. Si el teatro siempre se mueve, y los espectáculos son seres vivos que nacen, crecen y se mueven, en este caso más todavía, porque el proceso kamikaze creativo que empezaron lo han "interrumpido" con el estreno de ahora, pero ese ser vivo creativo sigue en movimiento y no sólo no se puede parar, sino que no se debe parar. Yo.. vería "Mercaderes de Babel" cada quince días, porque fijo que va cambiando hasta llegar... vaya usted a saber. Y no digo que esté verde, que ya están las malas con los colmillos afilados, sino que está VIVO.
Y encima van y lo cobijan con el trabajo de otros seres que han latido a la vez que los que dan la cara. Fabuloso espacio sonoro de Manu Solís. Geniales audiovisuales de Marta Valverde, y una luz de Pablo R. Seoane que palpita pegada al vestuario y a la escenografía mágica de Paula Castellano, que extiende la magia del juego teatral más allá del escenario. 




Montajazo divertido, incisivo, supercrítico y muy vivo. Y que pese a tomar como excusa el texto de Shakespeare, consigue volar por sí solo porque el maestro José Padilla ama a Shakespeare y organiza con él sus afectos igual que Carlos Aladro se los organiza con los intérpretes y estos con sus personajes.

Hicks es TEATRO, es palabra y es música, Javier Lara hace un Julián Muñoz impresentable pero frágil, enamorado y cretino, al que quieres abrazar y rebozar en barro. Yo es que si volviera a nacer, me pediría Javi Lara. Ramón Pujol es un actorazo valiente y arriesgado. Siempre que le he visto no he podido apartar mis ojos de él, es el actor que me gustaría llegar a ser. Juan Blanco es elegante y entregadísimo. Le hago una reverencia. Natalia Huarte es ACTRIZ. Se mueve, habla, dice y siente desde el mejor sitio. Y Alba Enríquez es debilidad. Tiene carisma, muuucha profesión encima, es plastilina y es pura luz.                   



Querer montar un Shakespeare también es un acto de amor.Y a ello se pusieron Padilla y Aladro. Pero de pronto aparece el ser humano que todas llevamos dentro y te impide soltar tu ánimo punk y acabas haciendo más Shakespeare del que querrías. Y está bien. Y es bueno. Porque uno crea sus normas. Y uno se organiza su propia justicia como le sale del pepo. Y Carlos Aladro la ha organizado de forma sólida, magistral, limpia y honesta. 

Y el momento "conversión"... de morir de gusto.



El teatro así es el que mola. El teatro que AMO.












           

sábado, 5 de octubre de 2019

El caserío. Teatro de la Zarzuela.




El maestro Miquel Ortega lo explicó perfectamente hace un tiempo. Se llama "género chico" no a las obras menores, a las casposas, a las modestas y mucho menos a las zarzuelas como género. Denominar "género chico" a una zarzuela es un error. La diferencia entre el "género chico" y el "género grande" está en la duración de las obras. "Chico" son las obras en un acto que no pasan de una hora de duración y "grande" las de dos actos o más y lógicamente, mayor duración. En el caso de "El caserío" hablamos de "género grande" no solo por propia definición (tres actos y hora y tres cuartos de duración) sino, metafóricamente por su dimensión artística. Quiero decir, que estamos ante un espectáculo grandioso. Sé que la definición no es correcta, pero uso la figura para elevar mis elogios a esta producción. Técnicamente es "género grande" y es grande en cuanto a resultado. Si en otros medios leéis algún comentario mío hablando de "género chico" y grandeza, es por seguir usando la figura, pero la definición del maestro Ortega es inapelable. Y si a continuación vuelvo a usar ese término, será de forma incorrecta pero siempre apelando a la figura.

Daniel Bianco lo tuvo clarísimo cuando se planteó este espectáculo hace años, cuando se gestó. Y así se lo ha vuelto a plantear al recuperar ese mismo montaje para abrir esta nueva temporada del Teatro de la Zarzuela. 
Pleno. 



Para darle el fuste necesario, Bianco cuenta con un maestro indiscutible, internacionalmente reconocido y musicalmente sabio. Juanjo Mena se pone al mando musical y consigue que la ORCAM, que suele sonar de maravilla, lo haga de forma gloriosa. Creo que nunca les he escuchado tan empastados, tan cómplices unos con otros y con un sonido tan sólido, compacto y denso. Quizá un pelín intensos en algunos acompañamientos, pero sonando siempre wagnerianos, sólidos y emocionalmente vibrantes. Tengo entendido que es la primera vez que trabajan con una partitura completa para orquesta y se nota que la batuta sabia del maestro les ha hecho sentirse cómplices, y transmiten todos ellos que están trabajando en lo mismo y para lo mismo. 
La mezcla de partes veristas con otras partes de música tradicional, las danzas y toda la mezcla musical es muy, muy complicada. Pero ahí demuestra Guridi su grandeza al componer una partitura tan maravillosa como esta en una época en la que el conocer las tendencias, las formas y los parámetros de composición en el resto del mundo eran complicado. Musicalmente es una gozada autentica y nos regala una obertura preciosa, unos dúos bellísimos y otros originales y graciosos y unas romanzas inolvidables. 



La escenografía del propio Daniel Bianco representa la puerta de entrada de Sasibil, el caserío del tío Santi y el frontón de Arrigorri. En ese frontón, convertido en ágora donde el pueblo se reune para debatir, juzgar, criticar, observar, crear y acabar con todo lo que pasa en ese pueblo. Un auténtico coro griego vigilará en todo momento los movimientos de los amantes. Bellísimo trabajo de Bianco en esta coproducción de 2011 entre el Arriaga y el Campoamor. Insisto; 2011.  
El coro resulta tan solvente como siempre, cantando de maravilla y escénicamente entregados, aunque sigue notándose que alguna miembra tiene un nivel de entrega justito. 
El vestuario de Jesús Ruiz es precioso y detallista y la iluminación de Juan Gómez-Cornejo es interesante y colorida.
La compañía Aukeran Dantza nos regalan unas danzas vascas inmejorables. Coreografiadas por Eduardo Muruamendiaraz, aportan el toque tradicional que hace que el nivel artístico se dispare a la vez que lo hace el entusiasmo en el patio de butacas. 



Itxaro Mentxaka como Eustasia encabeza un elenco de lujo. Despliega una vis cómica de gran actriz y se mete al público en el bolsillo desde el minuto uno.
Ana Cristina Marco está graciosa como Inosensia y aunque su timbre y su forma de cantar me descolocan un poco, escénicamente está impecable. Jorge Rodriguez-Norton, aparte de tener uno de los timbres más personales, únicos y preciosos del mundo mundial, es un actorazo y siempre lo demuestra. Su Txomin es divertido, fantoche, farsesco y amoroso. Genial, como siempre. 
José Luis Sola es José Miguel. Sola tiene infinidad de recurso vocales; canta bien y canta bonito y fácil  y aunque su timbre también me desconcierte a veces, cumple vocalmente con muuuuucha facilidad su cometido. Escénicamente le noto envarado, algo tieso y no demasiado convincente.
José Antonio López está asombroso. Tiene una voz prodigiosa de timbre hermoso y una técnica arrolladora. Y escénicamente tiene buena presencia y se mueve por el escenario con libertad y soltura. Grande. 



Y Carmen Solís es Ana Mari. A estas alturas de mi vida y de la vida del planeta no es ningún secreto mi debilidad por esta soprano extremeña. Pero es que no es pa menos. Anoche cantó como una diosa, con una amplitud de registro de flipar, con unos graves rellenos y profundos, unas notas medias infinitamente bellas y con unos agudos fáciles, perfectamente afinados y con un brillo, una potencia y una soltura que te dejan muerto de placer. Canta como quiere y canta como si nada, como si fuera su forma natural de expresarse. Y escénicamente es un actrizón. Sobria, dulce, serena y con halo de estrella. Tiene una calidad infinita como artista total y un carisma en el escenario que te hipnotiza. Deberían nombrarla Patrimonio de la Humanidad, porque es de esas joyas que no nos merecemos. 

El otro elenco (no diré primero ni segundo, porque ambos son inmejorables) seguro que también hace un trabajo de quitar el hipo. Con nombres como Ángel Odena, Raquel Lojendio o Andeka Gorrotxategui acompañados de Marifé Nogales y Pablo García-López el resultado sólo puede ser MARAVILLA. 

Estuve viendo "El caserío" con mi amiga Mari Carmen. Vasca, ochenta y pico años, vecina de Conchita Panadés y con la zarzuela metida en la sangre. De hecho sus sobrinos se llaman José Miguel y Ana Mari. Y salió emocionada y encantada con el montaje. NO digo más. 


En breve termina el contrato de Daniel Bianco. Rezo, suplico y me arrodillo pidiendo que por nuestro bien, se lo renueven. No sólo porque vende tooooodas las entradas de toooodos los espectáculos que programa, sino porque su visión global de la dimensión de los espectáculos va más allá de las funciones. Arriesga, busca, extiende, propaga, contagia AMOR  por el género y busca la complicidad de todos. Ama lo que hace, y ese amor supura en cada actividad del teatro. 
Empezar la temporada con un espectáculo como "El caserío" es un regalo. 
    




















          

domingo, 22 de septiembre de 2019

Lo nunca visto.

Este comentario está plagadito de spoilers. Lo digo pa que luego no me venga nadie con que si le he reventado la trama. Yo ya lo aviso. En esta ocasión no puedo ni quiero evitar contar cosas que pasan. 

Pues al lío.




José Troncoso y el equipo de "La Estampida" ya nos dejaron mudos con sus "Princesas del Pacífico". Aquel trabajazo era una postal agria de una pareja de perdedoras. Dos mujeres tan dignas como desgraciadas. Fue un pelotazo. Y una obra maestra.
Y no creo que Troncoso repita fórmula en "Lo nunca visto", sino que cuando uno tiene una forma de expresarse, de contar las cosas, eso sale. Inevitablemente, e menos que uno pretenda cambiar de registro o explorar lenguajes nuevos. Pero la forma de ser y de sentir de cada uno, sale.
No conozco personalmente a Troncoso pero juraría que es un ser de esos que aman lo trágico pero que tiene un sentido del humor desbordante. Esa mezcla melodramática e hiperbólica al menos es la que conecta conmigo. Yo a veces me asusto de mí mismo por mi nivel de humor negro, por cómo saco la coña en os momentos más terroríficos. Yo soy así. Bueno, yo también soy así.
Y es que me da la sensación de que Troncoso adora el drama. Sus personajes son tres animales heridos. Pero cuando ve que está rozando lo insoportable, tiene que sacar la coña. Porque escarbar más sería demasiado doloroso. Y ahí, justo en ese momento, entra el humor. Troncoso ama y domina el humor tanto como el drama. Por eso se debate y por eso su arma de protección frente al precipicio es la carcajada salvadora y sanadora. Y yo AMO eso.  




Araceli está en un hospital (o en una residencia). Está perdiendo la cabeza (también eso le están vaciando) y desde su silla reconoce que jamás tuvo talento. Ganas sí, pero talento, ninguno. Antes de desconectarse del todo de este mundo, recuerda su último intento de dejar huella. O de recomponer el porqué de su vida, la razón última que de sentido a una vida. 
Al borde de la vejez y con un desahucio encima, Araceli, años atrás intentó crear un espectáculo total junto a sus ex alumnas. Ella nunca tuvo talento para bailar, pero sí para enseñar. A su llamada sólo responden Sofía, no se sabe muy bien por qué y Mari Carmen. Juntas intentarán recordar y exorcizar sus vidas, buscando un sentido a tanto dolor. En ese camino descubrirán en qué momento su vida se torció. La vida es un camino de decisiones y no siempre acertamos. 
Sofía, en realidad, Gertrudis, se subió a una moto y acabó seropositiva y yonki. Mari Carmen se dejó casar con quien no quería y en su afán de cuidar a los demás ( yo estoy bien; pero tú, ¿tú qué tal estás?) se convierte en una maruja como cualquier vecina o familiar nuestra y casi sin querer se dejar maltratar y termina provocando a muerte de su hijo. Cuando no puede más, escapa con lo que pilla, el carrito de la compra, el álbum de fotos de la boda y un zapato. Y una vida vacía y herida.  
Lo que más me estremece del trabajo de Troncoso es su capacidad para reflejar la vida gris de cualquier mujer normal y corriente como Mari Carmen con uno texto real. Conozco a muchas mujeres así, que hablan así, que en su verborrea y su repetición hay un horror vacui, un miedo a la pausa y a tener espacio para pensar. Mari Carmen sufre en silencio porque es lo que le ha tocado. Y ni lo distingue. Sólo cuando hace un repaso de su propia vida es capaz de ver su herida, su momento de click, cuándo su vida se torció. Va con gafas de sol para tapar los moretones, no porque el sol la moleste. Y me parece brillante la sutileza con la que Troncoso muestra tanto la muerte de Toñito como la paliza y la huida con un zapato. Como con el diagnóstico de Gertrudis, la que fuera reina de su casa. Sofía, novia de Felipe, la reina para su papi. Hasta que se subió a una moto y su vida cambió.
Ese amor y ese respeto por la vida de los humildes, de la gente normal, de los seres con poca capacidad de defensa es la base del acercamiento de Troncoso. Por eso frena el drama con toques de humor, para no caer en la pena o en la compasión.
Brillantísimo y amoroso trabajo el de José Troncoso. Consigue un trabajo personal, hermoso, real, vivo y cuidadoso con sus personajes. Y los envuelve en una historia mágica, dura y seca. 
Eso suponiendo que lo que vemos sea real, sea de verdad ese espectáculo inacabado, sea de verdad la vida de esas mujeres. El pasado se inventa, sobre todo si el de verdad duele. Quién sabe si lo que recuerda Araceli es cierto. Porque si Sofía es Mari Carmen...

Puede que narrativamente esté un poco embarullado en algún momento, que la narración no sea tan limpida como la de "Las princesas", (me había propuesto no comparar, pero he picado) pero como el amor a los personajes, la brillantez dramática y la labor suicida de las actrices es tan brutal, yo arranqué a llorar en el minuto uno y no paré hasta bastante después de terminar la función.  

 Magníficos trabajos de Miguel Ángel Milan, Juan Sebastian Domínguez y Juanan Morales iluminando, vistiendo y arropando este viaje. 



Y por supuesto, bravo para Ana Turpin, que se mete de lleno hasta el corvejón en el código y el idioma de Troncoso. Gran trabajo escuchando (eso que parece que la gente ha descubierto ahora) y gran trabajo dando vida y lenguaje a esa Gertrudis herida y moribunda, un zombi andante que busca cobijo desde el ataque. 



Y gloriosas Alicia Rodriguez y Belén Ponce de León. Alicia es capaz de descifrar cómo y por qué un ama de casa gris y sometida lo es. Investiga a cualquier vecina de Valdelagrana, la entiende y nos lo regala desde el amor infinito. Porque sólo desde ahí puedes interpretar a esa Mari Carmen que no sabe ni qué hacer con su vida, que ama y odia la playa, que se deja maltratar porque le toca y asume la muerte de Toñito también porque le toca. Alicia congela el despiporre con un silencio y deja suspendida tu carcajada en un gesto quebrado como su vida. Y de ahí sólo puedes caer a un abismo como el suyo. Pero...aquí no se llora.



Belén es debilidad personal. Es Silvana Mangano, es aristocrática y decadente, es la más delicada y la más imponente. Es grande y es grandiosa. Es generosa y es sabia. El viaje que hace por la vida y los años de Araceli son un regalo y un suicidio ESO NO SE HACE ASÍ SI UNO NO SE LA JUEGA. Y si uno no se la juega no es actor. Belén, te hago la ola eterna, el tsunami emocional. Verte mover la cabeza mientras dices. "Yo, talento ninguno. Ganas todas, pero talento ninguno", eso... hace que merezca la pena que exista el teatro.

Y que vivan los silencios, las pausas y los gestos helados por el horror.



  

lunes, 9 de septiembre de 2019

Las canciones. Kamikaze.

"... y mañana brillará de nuevo el sol..." 

En este espacio mío, personal e íntimo escribo casi siempre mis sensaciones sobre lo que vivo en los teatros. Creo, o al menos esa es mi intención, que no hago crónicas ni críticas de los espectáculos. A pesar de que siempre, lógicamente acaba surgiendo el punto de vista, la opinión e incluso el juicio, mi intención al escribir aquí es contar MIS sensaciones y MI experiencia el día concreto que yo estuve en ese teatro concreto viendo ese espectáculo concreto. 
Y sí, si el texto es el mismo, el espectáculo el mismo, los actores los mismos, todo lo mismo, lo que hace que los trabajos cambien es el público, los ojos que lo ven, los poros que lo reciben y los oídos que no pueden evitar oír. 
La noche que estuve yo, pasó todo esto:




Es cierto que a veces las palabras sobran, o estorban, o manchan o no son necesarias. Mirar es voluntario, decir palabras y sobre todo elegirlas es premeditado y necesario. Pero tanto oler como oír son inevitables. Un olor se cruza de pronto en tu camino y todo tú viajas al lugar donde oliste eso por primera vez, o la vez que te marcó. A la razón de que vuelvas a ese olor. Igual pasa con las canciones, con la música. Bastan dos notas y todo tu viajas el lugar, al tiempo y al mundo de cuando oíste esas notas la otra vez, la que recuerdas, la que te marcó. Y es inevitable, no puedes cerrar el olfato ni el oído. El silencio total no existe ( o no puede captarlo el ser humano así, de natural). 
Yo, por ejemplo, que soy muy chejoviano, muy melodramático y muy maruja, viajé en el tiempo y el espacio al escuchar las primeras notas de DOS de las canciones que se oyen en "Las canciones". Nada más sonar esas notas, mi yo entero las identificó y volé a otra época, a otro momento y lugar. Momento y lugar doloroso, eso sí. 
Porque también creo que las canciones que más nos marcan son las que acompañan momentos tristes. Vale, sí, una música, una canción de esas que te encienden el alma y te llenan de energía positiva también pueden marcarte, pero para las generaciones, que como la mía crecimos entre películas (con banda sonora), palabras (con su musicalidad) y teatro (con sus músicas); para unas generaciones audiovisuales intensas, lo que añadimos nosotros a la vida es la banda sonora. 



Siempre he pensado que si la vida fuera una película, todo sería más fácil, porque sabrías, por la banda sonora, cuando se acerca un peligro, o cuando aparece el hombre de tu vida, o cuando un drama realmente lo es, o cuando alguien que te mira, es chungo. La vida con banda sonora sería más fácil. Por eso se la ponemos. Y con el tiempo tenemos canciones que nos recuerdan a un novio, a cuando nos dejó, a lo que lloramos, a momentos chungos. Porque cuando sufrimos, siempre encontramos a alguien que ha sufrido tanto o más que nosotros. Y lo ha cantado. Si te abandonan, tienes a Brel que encima lo dice mejor que tú. Y dice más, y en francés, que es como más melodramático. 
Al menos a mí, mis canciones me llevan a momentos chungos, dolorosos. A momentos en los que necesité ponerles música a mis dramas para que parecieran más de película. Porque soy hiperbólico, sí, pero también porque siendo película se separaba un poquito de mí y eso me dejaba poder seguir viviendo.
Mis canciones son canciones de pena. De pequeño me compraba cintas de esas de 60 (las de 90 se atascaban y no las desenredabas ni con el boli) y me grababa de la radio canciones de llorar. Y me ponía las cintas para llorar. Y así lloraba más y mejor. 
Las dos canciones de "Las canciones" que me tocaron particularmente son dos canciones de llorar. Ya me las había llorado en el pasado y me las volvía a llorar el otro día. Y sí, aunque el drama esté sobrevalorado y las lágrimas sean un recurso fácil, para las hiperbólicas, una buena jartá de llorar te deja nuevo. Y te sana.



Y es que las tres hermanas que se juntan tras la desaparición del padre (misterio que ni se resuelve ni falta que hace), lo hacen para curarse. 
En ese prólogo fascinante, cada uno elige una canción, la pone y se deja hacer. Las reacciones de cada uno son inesperadas, pequeñitas (o no) pero son únicas. Son las suyas. Porque cada uno escucha como quiere y como puede. Hasta Olga se retuerce. Aquí tenemos en pocos minutos, el libro de instrucciones de cómo ver el espectáculo que va a empezar en breve. Es fácil, escucha y déjate hacer. 

Hace un tiempo, un guay me acusó de "messiánico" por mi debilidad por Pablo Messiez. No sólo es cierto sino que es verdad. Y un orgullo. 
A veces, muchas, casi siempre, al leer críticas parece que lo que lees son intentos de demostrar que has entendido lo que el autor o el director te querían contar. La mejor crítica es la que descifra mejor las intenciones del autor o del director. Por eso paso de intentar desgranar aquí lo que pasa entre los hermanos, o con la mujer, o con los músicos, o con Jota. Ahí está, eso es lo fácil y que cada uno lo vea como quiera. 
Para mí lo magistral de este espectáculo es que empapa. Empapa la que mira y escucha desde su butaca si de verdad quiere mirara y escuchar. Yo confieso que me perdí alguna cosa, por lo que me han contado, porque en cuantos los subtítulos me pedían cerrar los ojos, los cerraba. 
Por sacar punta a algo... quizá hubo algún momento en que al estar pendiente de leer los subtítulos con las letras de esas canciones, me despegaba un pelín del dejarme hacer total. 

Curioso, la mayoría de las canciones que se oyen las cantan mujeres. Y aunque las palabras aquí estén en un supuesto segundo plano, las letras de las canciones, las palabras elegidas en esos poemas, son vitales, importantes, únicas, necesarias. Así que hasta en las canciones, las palabras son importantes. Es sólo que en algo como una canción, en donde hay varias capas de tentación unidas, puedes fijar tu atención en las palabras o no, y dejarte hacer por la música. ¿Cuántas canciones nos destrozan por dentro y no seguimos la letra al cien por cien?




Pablo Messiez lleva a sus actores, a sus personajes, a ese muestrario chejoviano al sitio más delicado y peligroso. Y con ellos, a nosotros, si nos dejamos hacer. Les (nos) lleva al lugar del que no puedes escapar, el lugar de lo inevitable, justo donde la única salida es la salvación. O la desolación. Y si las tres hermanas intentan purificar sus vidas con este ritual, esta liturgia, esa eucaristía, esta danza ritual, este exorcismo, la pobre Natasha busca lo que no ve, el sentido a una vida inútil. Y el público, desde su butaca, puede navegar por estas o por sus propias canciones y llegar a un acuerdo con su pasado o con sus historia. 
Y Pablo no engaña. Cuando lo que leemos no es suyo nos lo dice: "Eh, sí, es precioso, pero es de Rilke". Genial.
La "pausa" es la muestra de que casi todos estamos deseando o necesitando purificar cosas. Se da el pistoletazo de salida, y al igual que antes nos han explicado cómo deberíamos escuchar si es que queremos escuchar, ahora nos explican cómo debemos responder a ese momento tribal. Nos invitan a romper la barrera público, escenario y ser todos una tribu soltando toxinas, mierda, tensiones o deshaciendo nudos internos. Y la peña flipa. 
Yo, que tengo en el cuerpo el mismo sentido del ritmo que una vaca sanabresa, bailo padentro. Vamos, que aparte del teatro, lo que más me ha movido siempre en la vida ha sido y es la música. Pero nunca he necesitado "bailar". Mi cuerpo no pide bailar, ni saltar ni nada así. Lo hago pero interno. Vamos, que no es que no baile, que claro que bailo, sino que a mí la música me mueve de otra forma. Pero es que tenía delante a Jota, a Rebeca, a Mikele, a Carlota, a Iñigo, a Joan y a Javier y cada cuerpo era una reacción. Como también dice el sabio... ¿qué es bailar bien? ¿Cómo bailó el primer ser humano que bailó? Cada uno reacciona de una forma porque la reacción, la consecuencia, es parte de la escucha. Por eso entre el público hay quien baila, quien corre, quien grita, quien mueve un poco la piernecita, quien ni se mueve, quien sonríe, quien se vuelve histérica y quien sale al pasillo. Y todo vale, y todo es bueno. Porque si alguien piensa que no todo es la respuesta correcta, es que no se ha enterado de nada. Aunque sí hay quien insiste a los demás para que hagan los mismo que hace él. Y eso no es. Porque con la escucha va la sanación y la reacción. Y si la escucha es sana, la reacción, se la que sea, es buena. 

Magistral la escenografía y las luces. El vestuario es invisible, no llama la atención ni destaca nada, pero si miras con atención a cada personaje, ves su ser. Trabajazo de Alejandro Andújar y de Paloma Parra. E impecable la coreografía de Lucas Condró. A sus pies, maestro. Es verdad, el cuerpo baila entero, todo él. Como sabe y como puede.



Y esta liturgia no sería posible sin un grupo de actores implicados todos al mismo nivel. Los Grumelot siempre actúan comprometidos con la verdad, con lo vivo y con los demás. Aquí te invitan a escuchar. Eso con lo que parece que todo el mundo alucina, la escucha, siempre ha sido y es en teatro, lo primordial. Y en todos los montajes de Pablo y de Grumelot, la escucha es vital. Lo único especial es que en este montaje se nombra como tal. Pero "la escucha" es siempre, siempre, raíz y motor de cualquier espectáculo teatral. Como en "las canciones" nos invitan a fijarnos en esa escucha, parece que esta es mayor que en otras ocasiones. Y vemos cómo Carlota, Iñigo, Rebeca, Joan, Mikele, Javier y Jota respiran en los otros. Juntos y unidos se dejan mover por lo que escuchan y juntos y unidos viven y comparten cada uno su forma de soportarlo.



El trabajo de todos ellos bordea el límite último del compromiso. Un espectáculo como este sólo se puede hacer realidad tras partir de un descubrimiento conjunto y jugando todos con las mismas cartas, las de las tripas y la sinceridad más comprometida. Es imposible que se levante el telón y empiece "las canciones" si los siete no están en el mismo nivel de riesgo, si no hablan desde lo común y si no están desnudos y juntos frente a lo que pueda pasar. De corazón digo que pocas veces he visto un grupo de actores tan integrado y tan siendo grupo. Hasta los dos recién llegados respiran como los clásicos. 
A ratos sentía que esta familia podría perfectamente ser la misma familia canina de "Los brillantes empeños". Después he haber abandonado las palabras, con la misma presencia paterna misteriosa sobrevolando sus traumas, con algunas bajas y con unos recién llegados. Si mal no recuerdo, ¿Rebeca Hernando no se llamaba Olga?



Quiero hablar de Rebeca, pero nada más lejos de mi intención que desmerecer a sus compañeros. Sólo quiero resaltar su trabajo porque quiero hacer justicia con esta actriz. 
Siempre me ha gustado, y recuerdo perfectamente que una de las veces que vi "Todo el tiempo del mundo" me quedé embrujado por su forma de trabajar. Estando siempre maravillosa, nunca había resaltado especialmente. Repito, no por falta de calidad, quizá porque sus papeles no habían sido tan llamativos como otros, o quizá por su forma sutil y callada de habitar la verdad. Era difícil resaltar frente a la Nené de la Morales o a los monologazos de Iñigo, pero recuerdo la sensibilidad y la delicadeza pequeñita, sutil y delicada, con trazos finísimos y detalles mínimos pero estremecedores con los que aparecía embarazada por la zapatería Flores, se sentaba en el banco, colocaba las manitas dejando hueco para que buscara su regazo su hijo y le soltaba palabras bellas y desoladoras. 
Quizá por no tener los fuegos artificiales de Javi Lara, o la dureza de Carlota olvidando las palabras, o la magia de Mikele doliéndole el pasado, o la energía de Jota su trabajo no resaltaba. Quizá salía perdiendo por ser normal. Pero yo aquel día, no podía para de llorar mirándola cómo desde la normalidad, la sutileza y la delicadeza componía una madre viva y humana. Y me enamoré. 
Y ahora, en "las canciones" tiene una joya, tiene a esa Olga podrida y reconcomida por dentro, esa Olga que se arruga, que envejece y que huye de sus propias miserias. Que no quiere cantar para no sentirse vulnerable y herida. Merecería la pena verse la función entera únicamente mirando a Rebeca Hernando y fijándose en cómo vuelve a hacer magia desde el trabajo pequeñito, delicado, desde el matiz mínimo, hablando por necesidad y escuchando con dolor. Rebeca es Pina fumando y Pina sufriendo.
De todos los sitios posibles, Rebeca ha elegido el mas doloroso y eso sólo lo hacen los intérpretes valientes.
   


Javier es mirada, es potencia contenida y es ojos. Joan es inteligencia y saber. Iñigo es sabiduría y hundimiento desde lo sutil. Jota es energía y fuerza, es correr para no pararse y gritar para no oír. Mikele es sed, es hambre, es Adela y es Ofelia. Carlota es patética y divertida, es amiga y amante, es sexo y es pena negra. Y Rebeca es dolor profundo, es como un sarcoma, un mal que invade el interior, es la raíz oscura, es Bernarda y es el dolor de conocer lo inevitable. Su mirada torba esconde traumas, faltas, necesidades y muchas horas de llanto.   

Seguiría hablando mil horas más de "Las canciones", pero no quiero que nadie me odie ni le coja tirria al espectáculo. Así que mejor me callo ya. Y voy a hacer algo peligroso, pero chica, sin riesgo no hay emoción.  No voy a repasar lo que he escrito. Ha salido como ha salido y aunque esté todo revuelto y mezclado e incluso incoherente, así ha nacido. Pero es que este milagro que podéis ver en Kamikaze merece ser espontáneo. Así ha nacido y así es. 


Ah, gracias, Pablo, por uno de los finales más preciosos y conmovedores que he visto en mi puta vida. Simplemente unos personajes girando suavemente mientras suena "El largo día termina".




Las fotos creo que son casi todas o todas de Vanessa Rabade, maravillosas como siempre.