"La infancia es un cuchillo clavado en la garganta. No se lo arranca uno fácilmente".
Sabía que al texto de Mouawad lo calificaban como "una obra maestra del siglo XXI. Sabía que Mario Gas es uno de los grandes directores de escena de este país. Sabía que el elenco era de ensueño. Sabía que Nuria Espert es posiblemente la mejor y más inteligente actriz que hay en este país. Lo que no sabía era que iba a salir absolutamente cambiado, conmovido y removido después de ver esta auténtica joya.
Hubo un momento en mi juventud en el que mi vida cambió. Mi forma de ver las cosas, de vivirlas, de recibirlas, de sentirlas, de desearlas y de llorarlas. Como todos sabéis, fue cuando vi "El público" allá por el año 86. Treinta años después me ha vuelto a pasar lo mismo. "Incendios" ha sido la experiencia teatral más intensa que he vivido en treinta años.
Yo me entrego enseguida. A nada que note un poquito de verdad y me toquen una o dos fibras, yo me emociono y me echo a llorar. Pero anoche mi estructura vital fue un paso más allá. Desde el minuto cuatro de función se me puso un nudo en la garganta, se me inundaron los ojos de lágrimas y no paré de llorar durante toda la función. Con la sala al completo puesta en pie gritando y aplaudiendo, mi cuerpo estaba un par de centímetros por debajo de mí, mi alma flotaba por la sala, mis lágrimas corrían disparadas y mi interior intentaba guardar una compostura imposible. Cuando pude articular palabra le dije a mi acompañante: "no puedo hablar, espera un rato porque ahora no puedo". Y tardé muchos minutos en poder hablar sin ahogarme en un tsunami de tristeza.
Intentaré explicar mi viaje aunque no prometo que pueda conseguirlo.
El texto de Wajdi Mouawad efectivamente pertenece a esos pocos títulos que se podrían considerar obras maestras. Es un monumento tan grandioso, tan profundo, con un dolor tan real e íntimo, con una poesía y un lirismo purificador y salvador tan desolador como un Koltès. Además de narrar una historia preciosa y horrible, dolorosa y terriblemente dulce, lo hace con un lenguaje y con unos recursos literarios prodigiosos y envuelve el dolor insoportable y el horror de una vida con unas imágenes de un lirismo sanador. "Cuando miro al sol, pienso que él también lo mira..." No recuerdo un texto que defina, transite y describa tan al detalle el horror de un infierno en vida con palabras tan bellas. Debería ser obligatoria su lectura al menos una vez en la vida. Ya lo dice Nawal, aunque con otras palabras mucho más bellas que estas; "ahí donde hay amor, no puede haber odio y para preservar le mor, ciegamente escogí enmudecer." El dolor y el horror de la búsqueda de la propia identidad, de la identidad de una madre "cruel", de un padre desconocido, de un hermano perdido, de un hijo arrancado. Lo dice Mouawad, "somos casas habitadas por un inquilino del que no sabemos nada"
Mario Gas pone en escena este monumento de la mejor forma posible. Sintiendo lo que hay escrito, traduciendo a imágenes esta tragedia y dejando espacio para que los personajes, los actores y las palabras cobren vida. Desde el respeto, la serenidad y la medida. Con sobriedad, sin recalcar nada ni tomar partido, ni caricaturizar, ni cargar tintas sobre nada.
Escenografía, vestuario, espacio sonoro, iluminación, vídeo... todos los elementos son sobrios, delicados y duros, elegantes y sobrecogedores. Bravo a todos y cada uno de los responsables.
Con esta atmósfera sólo falta que tomen cuerpo, forma y espíritu las víctimas del destino, los protagonistas del horror. Edu Soto es la imagen de lo inenarrable, lo que no se puede contar. Viaja de la luz a la sombra y del amanecer al ocaso a golpe de miradas. A Alberto Iglesias no se le puede pedir más ni él hacerlo mejor. Mil personajes distintos con tres mil rincones plagados de verdad. Un recital. Como el que da Ramón Barea. Domina la escena, la palabra y el sentido de la medida y y la mesura. Carlota Olcina y Alex García son los gemelos que buscan. Impresionantes en su profundidad y en la dimensión de su transitar por el desconcierto y el espanto. Carlota dejándose inundar y Alex bloqueando cuerpo y sentimientos. Brutales. Lucía Barrado tiene una presencia escénica, un nivel de compromiso y un poder de traspasar que flipas. Domina todo y a todos los niveles. Una bestia escénica que vive su poesía desde el dolor más íntimo.
Capítulo aparte merece Laia Marull. Laia Marull ES teatro.
Voy a puntualizar un detalle antes de seguir. A mí, que un actor o actriz sufra y se emocione muchísimo me da igual. Quiero decir, lo que tiene que lograr es que YO me emocione y YO sufra. Si el intérprete sufre o no, es cosa suya mientras consiga que sufra y me emocione yo, espectador.
Laia Marull ES teatro. Una sonrisa suya ilumina un escenario oscuro, un quiebro de su voz estremece a 300 personas, una pausa suya mantiene tu alma en vilo. Ha hecho de todo y ha transitado por todos los estados de ánimo imaginables. Ser tan inteligente como para no hacer un repertorio de recursos y preferir bucear en los sentimientos, buscar las razones, rascar en su alma y desgarrar toda una vida y todo un amor es de ser una diosa. Desde la contención y la sobriedad ilumina el espíritu de un ser amable, amante, queriente, deseante, buscante y herido. Su horror son sus razones y su poder, la soledad de ser la única de su raza que sabe leer y escribir. En definitiva; pensar. Inconmensurable.
Nuria Espert es... lo más. Lleva apenas tres minutos en el escenario cuando, desde una mecedora te explica por qué va a tener un lápida sin su nombre escrito y automáticamente consigue traspasar el escenario, sobrevolar la sala, nadar entre y sobre 300 espectadores y meterse en tu interior, encontrar tu epicentro emocional, agarrarlo, estrujarlo y destruirlo. Con una frase, con una palabra te asola.
Su presencia escénica es incontestable y arrolladora. Sobria, vestida con el color del dolor, sale, avanza y habla. Y cada palabra es un dardo de inteligencia interpretativa y sabiduría humana. Ha analizado el texto, lo ha estudiado, lo ha interiorizado y ha hecho algo tan básico como raro de ver: ha buscado desde dónde nace cada frase, cada palabra que va a pronunciar y a qué lugar exacto de tu existencia quiere llegar. Y abre la boca y envía las palabras directas a la diana. No gesticula, no se mueve apenas, no adorna ni distrae. Da vida a cada palabra y hace que vuelen de su ser hacia tu interior, al interior oculto, a la raíz oscura, a tu negrura, a lo que te niegas, a lo que te ocultas, a tus miedos y a tus silencios. Nuria ha dado vida y revivido mil personajes hipercomplicados a lo largo de su envidiable carrera, pero Nawal es un hito por medida, por mesura, por profundidad, por ejemplaridad, por intensidad y por perfección. Pinchando AQUÍ podrás leer mi opinión de su "Rei Lear" en el Lliure. Dos ejemplos de que Nuria definitivamente, viene de otro planeta.
Sólo por ver el trabajo de Nuria Espert merece la pena cruzar España y ver "Incendios". Sólo por ver el trabajo de Laia Marull y del resto de sus compañeros también. Ya está. No hay más.
Este "Incendios" me removió de una forma inaudita anoche. Consiguió que mi mente viajara hasta mi interior y rebuscara recuerdos, memorias, imágenes olvidadas e hirientes. Y el nivel de angustia, de hundimiento, de tragedia, de pena negra y podrida, de rabia y de tristeza casi cósmica no lo había sentido jamás en un teatro. El grito seco de Nuria, la crueldad de las matemáticas, la locura del destino y el amor extremo. Todo eso junto es "Incendios". Como el perro de Pavlov, soy incapaz de escuchar "la mujer que canta" y no derrumbarme.
Sobre ese "cuchillo clavado en la garganta que es la infancia" dice el autor: "solamente las palabras tienen el poder de arrancarlo y calmar así la quemadura".
Aquí podrás leer MI opinión sobre los espectáculos que voy viendo. Insisto en que es MI opinión, nada mas. No pretendo adoctrinar ni tener razón. Únicamente te contaré MIS razones para amar o amar menos lo que vaya viendo. El teatro son gustos y aquí leerás los míos. No soy crítico, solo necesito contarle al mundo el porqué de mis amores. Lo que puedes leer aquí es lo que yo he sentido al ver estos espectáculos. Ni más ni menos que mis sensaciones. Si a alguien le sirven, estupendo.
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domingo, 18 de septiembre de 2016
domingo, 18 de octubre de 2015
El burlador de Sevilla. Teatro Español
Te juro que flipo con que haya pateos, peña saliéndose de la función y ofensas varias. Vamos, te digo más. Yo iba casi esperando ver un festival de nabos y tetis y... menos el desnudo inicial y unas tetas por aquí y por allá... carne, lo que se dice carne como para ofender sensibilidades... ni por asomo. Si realmente hay gente que se sensibiliza por ver a Alex García en todo su esplendor y por ver unas tetas (absolutamente justificadas, además, pero bueno, aunque fuera gratuito) es que seguimos en la edad media. Se han visto mil millones de veces en un escenario pollas, culos, tetas, chichis y de todo. Escandalizarse por un rabo es tercermundista. Aunque claro, igual alguno se marchaba por el agravio comparativo, entonces... ahí no entro. Reconozco que ayer sábado no se salió ni dios, ni hubo pateo ni nada. Todo transcurrió con normalidad. Afortunadamente.
Pero a lo que voy, que es a lo realmente importante.
Yo no he visto muchos espectáculos de Darío Facal, la verdad, sólo "Invernadero", "Inside" y "Las amistades peligrosas". De estos tres montajes, sin duda me quedo con "Las amistades". Pero claro, eso es justamente lo malo.
Pienso, creo, opino que uno, cuando decide dirigir un proyecto, es porque el texto te provoca o te sugiere contarlo de una forma concreta, única y específica. Facal estudió, leyó o releyó el texto de Choderlos de Laclos y ese texto le provocó querer contarlo de una forma concreta. Ese texto concreto provocó esa decisión formal también concreta. Vale. Pero si ahora resulta que el texto de Tirso de Molina provoca la misma decisión formal... entonces a mí en particular, no me sirve. No me sirve porque es imposible que ambos textos provoquen lo mismo. Es imposible que al leer ambos textos, quieras contarlos desde el mismo sitio, usando los mismos recursos, cediendo a las mismas provocaciones. Con lo cual, si montas igual uno que otro, lo que parecía ser una opción y un punto de vista se convierte en un recurso, o en un autohomenaje, o en una opción estética. Si es una opción estética, es válida, por supuesto, pero entonces pierde todo el peso de la decisión inevitable y se vuelve buscada, artificial y premeditada. De hecho, ayer tuve todo le rato la sensación de que en cualquier momento iban a aparecer por ahí Carmen Conesa o Cristóbal Suarez.
Pero bueno, que estéticamente me resultara algo ya visto no hizo que se me cayera la función. Sólo que no se me levantara (ya, no es la frase más acertada para el comentario de este espectáculo, pero... es lo que hay). Además lo de que los actores estén en el escenario lo hemos visto hasta la saciedad y tanto eso como la música en directo, las guitarras eléctricas, la cámara de vídeo, etc... todos esos elementos "modernos" me resultan bastante de los noventa. También hay que decir que los micros a mí en concreto no me molestaban. Me molestaba más la desigualdad a la hora de enfrentarse al verso. Desde maestros como Eduardo Velasco a otros... que casi parecían sacados de un bareto de Lavapiés. Imperdonable no gozar con la belleza de la palabra.
Si todo lo anterior fueran sólo opciones estéticas... igual hasta estarían bien siempre que sirvieran para ofrecer una visión única, especial y decidida del espectáculo y que ayudaran a transmitir esa sensación. Pero lo que consigue, al menos en mí es distanciamiento. No por la mezcla, no por las guitarras, no por los micros, no por las luces (no demasiado "dramáticas", un tanto sucias) sino porque anulaba cualquier intimidad y cercanía. De hecho, los momentos que más me estremecieron fueron la escena de las cerillas, la de la trenza y la cena. Justo cuando menos elementos había, cuando bajaba la luz y se creaba intimidad.
Todos esos inconvenientes ayudaron a que el texto no me enganchara. A ver, está claro que el texto es conocido y de una calidad incuestionable. Pero tanto distanciamiento lo que provocó en mí fue frialdad, y a la larga, cierto aburrimiento. Hubo momentos contados de emoción. Y yo si no me emociono en el teatro...
Los actores están todos bien. Bueno, Luis Hostalot se enganchó con el texto bastantes veces. Bastantes. Muchas. Y eso... Las actrices todas correctas, salvo Marta Nieto, que deslumbra bella y emocionante. Alex García da todo lo que tiene. Y por encima de todo y de todos está esa bestia escénica, ese ser que con poco da mucho, que habla por derecho, sonríe y se hiela el desierto, grita y se abre la Tierra. Eduardo Velasco sobresale por encima de todo y de todos. Presencia, peso, saber estar, saber moverse y saber hablar. Brutal dominio de todos los elementos escénicos. Un león escénico.
En definitiva, un espectáculo ya visto, con muchos elementos anticuados, utilizados ya antes, con una frialdad peligrosa y que hizo que a mí me aburriera el entregado trabajo de los actores.
Pero a lo que voy, que es a lo realmente importante.
Yo no he visto muchos espectáculos de Darío Facal, la verdad, sólo "Invernadero", "Inside" y "Las amistades peligrosas". De estos tres montajes, sin duda me quedo con "Las amistades". Pero claro, eso es justamente lo malo.
Pienso, creo, opino que uno, cuando decide dirigir un proyecto, es porque el texto te provoca o te sugiere contarlo de una forma concreta, única y específica. Facal estudió, leyó o releyó el texto de Choderlos de Laclos y ese texto le provocó querer contarlo de una forma concreta. Ese texto concreto provocó esa decisión formal también concreta. Vale. Pero si ahora resulta que el texto de Tirso de Molina provoca la misma decisión formal... entonces a mí en particular, no me sirve. No me sirve porque es imposible que ambos textos provoquen lo mismo. Es imposible que al leer ambos textos, quieras contarlos desde el mismo sitio, usando los mismos recursos, cediendo a las mismas provocaciones. Con lo cual, si montas igual uno que otro, lo que parecía ser una opción y un punto de vista se convierte en un recurso, o en un autohomenaje, o en una opción estética. Si es una opción estética, es válida, por supuesto, pero entonces pierde todo el peso de la decisión inevitable y se vuelve buscada, artificial y premeditada. De hecho, ayer tuve todo le rato la sensación de que en cualquier momento iban a aparecer por ahí Carmen Conesa o Cristóbal Suarez.
Pero bueno, que estéticamente me resultara algo ya visto no hizo que se me cayera la función. Sólo que no se me levantara (ya, no es la frase más acertada para el comentario de este espectáculo, pero... es lo que hay). Además lo de que los actores estén en el escenario lo hemos visto hasta la saciedad y tanto eso como la música en directo, las guitarras eléctricas, la cámara de vídeo, etc... todos esos elementos "modernos" me resultan bastante de los noventa. También hay que decir que los micros a mí en concreto no me molestaban. Me molestaba más la desigualdad a la hora de enfrentarse al verso. Desde maestros como Eduardo Velasco a otros... que casi parecían sacados de un bareto de Lavapiés. Imperdonable no gozar con la belleza de la palabra.
Si todo lo anterior fueran sólo opciones estéticas... igual hasta estarían bien siempre que sirvieran para ofrecer una visión única, especial y decidida del espectáculo y que ayudaran a transmitir esa sensación. Pero lo que consigue, al menos en mí es distanciamiento. No por la mezcla, no por las guitarras, no por los micros, no por las luces (no demasiado "dramáticas", un tanto sucias) sino porque anulaba cualquier intimidad y cercanía. De hecho, los momentos que más me estremecieron fueron la escena de las cerillas, la de la trenza y la cena. Justo cuando menos elementos había, cuando bajaba la luz y se creaba intimidad.
Todos esos inconvenientes ayudaron a que el texto no me enganchara. A ver, está claro que el texto es conocido y de una calidad incuestionable. Pero tanto distanciamiento lo que provocó en mí fue frialdad, y a la larga, cierto aburrimiento. Hubo momentos contados de emoción. Y yo si no me emociono en el teatro...
Los actores están todos bien. Bueno, Luis Hostalot se enganchó con el texto bastantes veces. Bastantes. Muchas. Y eso... Las actrices todas correctas, salvo Marta Nieto, que deslumbra bella y emocionante. Alex García da todo lo que tiene. Y por encima de todo y de todos está esa bestia escénica, ese ser que con poco da mucho, que habla por derecho, sonríe y se hiela el desierto, grita y se abre la Tierra. Eduardo Velasco sobresale por encima de todo y de todos. Presencia, peso, saber estar, saber moverse y saber hablar. Brutal dominio de todos los elementos escénicos. Un león escénico.
En definitiva, un espectáculo ya visto, con muchos elementos anticuados, utilizados ya antes, con una frialdad peligrosa y que hizo que a mí me aburriera el entregado trabajo de los actores.
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