domingo, 26 de febrero de 2017

In memoriam. La quinta del biberón.

DIGNIDAD.



Siempre que hacemos teatro hacemos política. De una u otra forma. Al menos así debería ser.
Tras el golpe de estado de Franco, si España ya estaba dividida, se dividió más. Una guerra entre hermanos, vecinos y amigos. En este espectáculo nos recuerdan lo que ocurrió en 1938, cuando el ejército republicano "reclutó" de manera forzosa a chavales de 17 años, "la quinta del biberón", unos niños inocentes "como los niños de 12 años de ahora". 
El punto de partida de este trabajo parece ser que fue una lectura entre el director y los actores de testimonios reales de los supervivientes de aquel horror. Esos testimonios reales unidos al ingente material recabado sobre el tema han acabado por llevar a los escenarios este espectáculo necesario y brutal.   
Un tío de Lluís Pasqual fue uno de esos críos muertos de esa quinta. En su casa nunca se habló del tema. Parece ser que tras analizar los testimonios de los pocos supervivientes hay tres ideas que sobrevuelan todos los relatos: el sentimiento de amistad surgido entre ellos, el miedo que pasaron y una especie de pacto para no hablar de la muerte.
Aquí se habla de amistad, se habla de miedo y se habla de la muerte.
La memoria es de las pocas cosas que nadie nos puede robar. El recuerdo de lo vivido, la herencia de lo sufrido y el poso de lo gozado. Durante cuarenta años los golpistas ganadores vivieron a sus anchas y acallaron las otras voces, las de los perdedores, las de las víctimas del golpe de estado. Muerto Paco la lucha por recuperar el sitio y el recuerdo de los perdedores está siendo una lucha titánica y casi imposible. Son los hijos, son los sobrinos y son los nietos los que están empezando a hablar, a contar en voz alta lo que sus padres, sus tíos o sus abuelos no pudieron decir. En eso consiste la memoria, en colocar cada pieza en su sitio, en devolver la dignidad al que no tuvo derecho a tenerla y en poder hablar del pasado y de su crueldad. 



En los Óscar, en los Goya, en cualquier gala de este tipo hay un "In memoriam". En los Óscar quitan el sonido de la sala para que no sepamos a quien se aplaude más. Aquí, en los Goya es descarado cómo aplaudimos más a los conocidos y directamente NO aplaudimos a los que no conocemos. Somos así. Por eso en este "In memoriam" se les da voz a los muertos, a los perdedores, a los niños enviados a la muerte. Era necesario devolverles la dignidad.
Este espectáculo nos cuenta los horrores que tuvieron que soportar estos críos, enviados a una guerra de la que, en muchos casos sabían poco. En este caso fue el ejército republicano el que mandó al matadero a estos niños. Aunque esto pasó y pasa en todos los bandos en todas las guerras en todo el planeta. 

"In memoriam. La quinta del biberón" es una especie de teatro documental. Datos, fechas, imágenes mezcladas con testimonios y con algún episodio de una dureza tan bestial como los propios hechos (el atisbo de simpatía haca el enemigo cercano, las carreras de piojos, el tabaco...). El texto es una maquinaria de relojería que consigue sin que nos demos cuenta y bajo una falsa sencillez, ir subiendo en intensidad hasta hacerse irrespirable. Varios momentos culminan esta montaña rusa emocional; la primera muerte y el punto final. Tres partes: el reclutamiento, la convivencia y la despedida y dos respiros necesarios. El primero cuando los actores "salen" de sus personajes y nos cuentan sus afectos reales y el segundo... no lo puedo contar, pero es un minuto en el que el aire se relaja, respiras hondo, te tragas las lágrimas y el teatro entero RECUERDA a aquellos chicos. 



A este prodigio de texto hay que añadir una puesta en escena bellísima. Unos músicos: violines, violonchelo, clave y órgano y un cantante, Robert González acompañan en todo momento a los actores. Monteverdi o Purcell nunca habían sonado tan dolorosos. Detrás, una pantalla gigante en la que se proyectan las imágenes reales y los discursos reales. Unas estructuras que son puente, trinchera, tienda de campaña, casa y refugio. Los actores entran y salen con una comodidad asombrosa. Ritmo, solidez, maestría y sobre todo, un punto de vista plagado de respeto, de calor y de amor a lo que se cuenta. Lluís Pasqual da otro recital de maestría como director de escena. Se coloca en el centro de la Historia, en medio de la trinchera, se mezcla con los soldados, con los críos y nos cuenta su matanza desde el respeto absoluto, desde la dignidad, desde el recuerdo y desde la reivindicación de la memoria. De sus mejores trabajos. Y decir esto de un director que colecciona obras maestras es decir mucho. 
Fabuloso trabajo de Alejandro Andújar plantándoles unos uniformes sucios, medio rotos, unas alpargatas imposibles y una imagen salida de una foto de Capa. Pascal Merat ilumina la escena pasando por todas las horas del día y todas las emociones de una vida. Magistral. Como el trabajazo de Franc Aleu y sus vídeos. Memoria y emoción. Roc Mateu e Igor Pinto nos meten en medio de la trinchera. Es imposible que una explosión suene más real. 



Y ahora, todos en pie porque voy a hablar de los actores.
El primer minuto confieso que me resultó desconcertante. Mis oídos no sabían qué opinar. Hasta que a los 50 segundos comprendí lo que pasaba. En ese momento empecé a flipar con lo que estaba viendo. Los seis intérpretes, actuantes, mutantes, seres vivos, niños, soldados, actores que viven durante hora y pico encima del escenario hacen un trabajo de esos que se ven pocas veces en la vida.  Han estudiado en profundidad las acentos concretos de los lugares de nacimiento de sus personajes. Evidentemente no se habla con el mismo acento en un pueblo que en otro. Ellos consiguen que cada uno suene totalmente diferente al otro. El efecto que se consigue con esto es prodigioso, porque puedes notar en el escenario varios planos de realidad o de recreación vital. Está el plano en el que hablan en castellano pero con sus acentos concretos, cuando hablan en catalán y cuando hablan en castellano sin acento. Estos tres planos de realidad dan una dimensión asombrosa y casi invisible que es parte del poder demoledor de esta trabajo.
Pero no sólo eso que ya de por sí es bestial, sino que emocionalmente construyen unos seres vivos únicos y distintos. Amas a los seis y quieres saltar al escenario y abrazarlos para cuidarlos y curarles. Hacen un trabajo que sale del interior. Conseguir que cada uno tenga una expresividad distinta, que su gestualidad sea única, que su centro emocional sea uno distinto en cada uno, que reciban cada uno de una forma, que a cada uno le nazcan las palabras de un sitio, que sientan el dolor en una parte diferente es producto de un trabajo emocional profundísimo. Eso sólo pasa si uno realmente se convierte en el otro, si das vida al otro. Así nace sobre el escenario un ser real. Los seis están absolutamente perfectos y estremecedores. Por si no te has dado cuenta durante la función, en los monólogos finales terminarán de mutar en esos chicos reventados por la guerra. 
Joan Solé y su vozarrón te traspasa el corazón y hace que te de hasta vergüenza estar escuchándole. Es un mastodonte en el escenario. Fuerza y solidez.



Enric Auquer es el chaval simpático, macarrilla, tierno y descarado. Todo un recital. Mil matices en una sonrisa socarrona.



Joan Amargós es tierra. Es dolor, es sacrificio y sufrimiento digno. La amargura del dolor. Un dios. 



Quim Ávila tiembla y tiembla tu corazón con él. Es la debilidad, el miedo y la soledad del distinto. 



Lluís Marqués es como una grieta en el suelo, como los restos de un terremoto, es ruinas y es desolación. Un cuerpote desconchado. 



Eduardo Lloveras es desgarro. Es una raíz arrancada de la tierra. Es la sabiduría de un refrán y la verdad de un abuelo.    



Recital interpretativo de estos seis monstruos generosos y valientes. Gracias a todos ellos. Gracias a todos los participantes en este necesario y brutal espectáculo. Y gracias a Lluís Pasqual por dar sitio y voz a estos jóvenes, a los olvidados, a los perdedores, a los que no habían tenido derecho a hablar. Recordar es devolver la vida y devolver a la vida y recordando a este grupo de chavales les devolvemos una parte de la vida que les robaron. 


   

Las fotos que he compartido son del grandioso Ros Ribas. Obras de arte, como siempre.

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