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miércoles, 2 de mayo de 2018

Cyrano de Bergerac. Teatro Reina Victoria.

Atreverse con un texto como el de Edmond Rostand es un reto, pero también es una trampa. 
Todos hemos visto quinientas mil versiones, a quinientos mil actores y hemos visto resultados buenísimos y estrepitosos fracasos. Versiones divertidas, truños insufribles, luces y sombras.
Esta versión de "Cyrano" es de las divertidas, de las brillantes, de los aciertos sobre todo gracias al inmenso trabajo de José Luis Gil. 
Carlota Pérez Reverte firma la versión junto a Alberto Castrillo-Ferrer, quien también se encarga de la dirección del espectáculo. Alberto ya dirigió otro montaje anterior, "Si la cosa funciona" con la misma pareja protagonista. El entendimiento entre ellos tres se nota en esta nueva puesta en escena (aunque llevan ya 100 representaciones). 



Estamos ante un artificio. No es que sea "teatro dentro del teatro" pero sí es "teatro como representación", artificioso. No es una recreación de la vida sino un juego escénico, una representación. Y como tal la vemos. El escenario, con las candilejas en el proscenio, unos paneles de madera que se cubren de telas, de tapices o que se desnudan según la escena. O sirven de pantalla donde se proyectan imágenes que ambientan otros lugares, o se adelantan o atrasan para crear entradas y salidas. En definitiva, una escenografía del grandísimo Alejandro Andújar junto con Enric Planas que es a la vez eficaz, útil, evocadora y expresiva. Es casi como el escenario ambulante de una compañía. Madera, versatilidad y eficacia. Como alguna caracterización; barbas postizas nada disimuladas, múltiples personajes a cargo de cada intérprete, cambios de escenografía a la vista, pómulos postizos casi de comedia dell'arte...
Luces y vestuario de Nicolás Fitschel y Marie-Laure Bénard al servicio del espectáculo. Y en el mismo tono que la escenografía. 
La dirección de Alberto Castrillo-Ferrer es eficaz y respetuosa. Nos cuenta esta historia trágica de amor desde el respeto por los personajes, por todos ellos y lo barniza todo con un aire de comedia de repertorio de compañía ambulante. El artificio "evidente" es así de evidente para realzar el carácter del texto. Quieren contarnos una historia. Como tal, una historia. La historia de Cyrano, de su amor por Roxana y de la imposibilidad de ese amor. Castrillo-Ferrer pasa de la comedia de toda la primera parte a la tragedia amarga de esa escena final antológica y del humor de la panadería al amor de la escena del balcón. Cada escena, cada momento tiene un tono, un ambiente, una profundidad. JUSTA y EXACTAMENTE la que necesita cada momento. Así no sólo consigue que no despegues el culo del asiento en las dos horas y pico que dura la función sino que sin querer vas sumergiéndote en el estado de ánimo de Cyrano, el eje obvio del espectáculo. No esperéis un montaje grandioso, no. Todo lo que vemos es medido y es justo y escueto. Lo gordo; lo gordo gordo está donde tiene que estar, no tanto en la forma. 



El resto queda "sencillamente" en manos de los intérpretes. Y ahí encontramos de todo. Desde el trazo grueso de la experimentada Rocío Calvo al poderío en escena del gran Carlos Heredia. De la experiencia de Ricardo Joven a la frescura y el desparpajo de Álex Gadea. Cada uno está en su código y todos ellos al servicio del conjunto. Ana Ruiz está estupenda de presencia y de gesto. Cada movimiento, cada mueca, cada movimiento de su cara, por leve que sea es perfecto. Sabe lo que dice y por qué lo dice. Pero hay algo atropellado en su verso. Junta demasiado algunas palabras y pasa por encima de ellas, sin darles todo el espacio que necesitan. Si las palabras siempre son escogidas, en el verso esto se dispara. Y las palabras elegidas son esas porque necesariamente deben ser esas, no sólo por la rima y la medida, que también, sino por la carga, el significado y el poder de las palabras. Y a veces Ana pasa un poco por encima de las palabras. Y vocalmente quizá ayer estaba algo tocada, porque su emisión, la proyección vocal quedaba escasa y su voz se quedaba en un agudo con no mucho color que está claro que no corresponde a una actriz que además canta, como ella. Vamos, que ella canta muy, muy bien. Por eso supongo que lo de ayer sería un asunto pasajero. Y es una lástima, porque tanto la belleza del personaje como toda su gestualidad fueron muy acertadas. 



Y vamos a lo gordo. Porque como decía al principio, "Cyrano" es tanto un reto como una trampa. Y el actor que se encargue de dar vida a este ser amoroso, ingenioso, brillante, divertido, sabio, inteligentísimo, generoso, pícaro, sacrificado, del que querrías ser amigo y alumno; el actor que de vida a Cyrano se la juega. Cyrano NECESITA para vivir a un actor capaz de hacer surf en cada palabra, en cada sílaba, en cada acento, porque si no, el texto naufraga. 
Pero, ¿que ha hecho Alberto Castrillo-Ferrer? Darle el papel a un ser de otro mundo. JOSÉ LUIS GIL, así, en mayúsculas. Para la mayoría será conocido por sus interpretaciones televisivas, en las que es EL MEJOR. Pero José Luis lleva años y años y años tocando todos los palos de la interpretación. TODOS. No sólo es gracioso y un cómico asombroso, sino que ha estado en vuestras mentes y corazones sin que os dierais cuenta, porque José Luis ha participado en los mejores doblajes que se han hecho en este país. Yo le he visto hacer cosas que vosotros, humanos, no creeríais. Ha sido y ES uno de los mejores actores de este país delante de un micrófono. ¿Y eso qué le ha dado? La sensibilidad y sabiduría de distinguir, conocer y valorar el peso de cada palabra. Porque cuando delante de ti sólo tienes una interpretación ya hecha y un texto y tu obligación es dar vida a las palabras para que se junten a esa cara y todas unidas parezcan vivir, en ese momento el poder está en LA PALABRA. Y José Luis llena CADA palabra que sale de su boca de carne, de sangre, de peso, de saber, de sentido y de emoción. Lo hace delante de un micro y lo hace delante de una cámara y lo hace encima de un escenario. Y encima lo hace dando vida a Cyrano, la trampa de las trampas. Porque con Cyrano puedes meter la pata y creerte que eres la hostia. Puedes empezar a gustarte y que se te vaya la pinza y la medida. Puedes empezar a cantar, a hacer ripios, a querer sonar grandilocuente. Puedes querer hacer un personaje aún más grande de lo que es Cyrano. Puedes venirte arriba, creerte la estrella y que te sobren los compañeros. Y el teatro, como todo en la vida menos la masturbación, es una labor de equipo. Pero José Luis no hace nada de eso. Jose entiende las palabras, las ha desgranado una a una, las tiene medidas y tiene medida la medida de lo que quiere y necesita hacer para que este "Cyrano de Bergerac" sea coherente, sólido y brillante. Jose se sitúa justo donde debe en cada escena, es prota cuando debe serlo y secundario cuando es menester. Y sobre todo, tiene un control de LA PALABRA que hace que sea posiblemente el mejor Cyrano posible. Así lo demuestra. Jose emociona, viaja por mil estados de ánimo, regala dos mil millones de matices y convierte cada palabra que sale por su boca en una obra maestra. 



Confieso, que al igual que me pasa con Cyrano, a mí me pasa con José Luis, que querría ser su amigo y su alumno. También confieso que he aprendido de él sin él saberlo lo que sé de mi profesión. Siempre ha sido una referencia. Por mucho. Por todo. Y es que yo le veo y le hago la ola.        


             

viernes, 5 de mayo de 2017

La ternura. Teatro de la Abadía.

Vaya por delante que me lo pasé pipa y me divertí mucho. Me eché mis risas y me descojoné con la cordera y las gallinas.

Este nuevo proyecto de Teatro de la Ciudad se llama "Comedia" y al igual que el anterior, este se ha basado en talleres, improvisaciones y muuuucho curro sobre las comedias de Shakespeare. Incluso casi a modo de bibliografía, se van mencionando a lo largo y ancho del texto varios se esos títulos: "Como gustéis", "Noche de reyes", "El sueño de una noche de verano", "Los dos hidalgos de Verona", "Medida por medida"...
Y a simple vista el texto de Sanzol parece que cumple todos los requisitos para ser un gran homenaje a las comedias de Shakespeare (no soporto lo de "el bardo", lo siento). Enredos, vodevil, travestismo, una isla, una tormenta, parejas de enamorados, encantamientos, filtros amorosos... Puede parecer Shakespeare. Pero no es Shakespeare.




Como yo soy sacrílego por naturaleza, confesaré que la mayoría de las obras de Shakespeare me parecen largas. Muy largas. A casi todas les vendría bien una buena poda y quitar esas escenas de soldados o de campesinos que aportan poco a la trama y que sólo servían para dar trabajo a todos los de la compañía y relajar el ambiente para que el público pudiera desenchufar un rato, beber y pelearse a gusto. En definitiva, en mi modestísima opinión, a casi cualquier obra de Shakespeare le sobran escenas. Y a "La ternura" también. Pese a ser alegre, graciosa, vivaracha, divertida y chispeante, le sobran sus veinte minutitos bien a gusto. Llegados a un punto de la acción, lo que ocurre se ralentiza y se vuelve algo reiterativo. Insisto en que me lo pasé pipa, pero sobrarle, para mi gusto le sobran veinte minutos.
Las canciones, por ejemplo me rechinaron también un poco. El tono farsesco que tiene la función es coherente, lógico y divertido, pero esas canciones tan reconocibles me parece que están como en otro tono, que pertenecen a un lenguaje distinto. Y a pesar de que hacen gracia y quedan cachondas, no sé yo si "cachondas" es el adjetivo más adecuado para un trabajo como este. Ese tipo de humor me aleja un pelín. 
Oye, también te digo que no voy a estar repitiendo en cada párrafo que me divertí mucho y que me reí a gusto, porque parece que me quiero justificar y nada más lejos. Lo he dicho y lo repito. Me divertí mucho con "La ternura" pero le encuentro sus cosas. 

El lenguaje utilizado por Sanzol es bastante más ligero que el del autor inglés. Las florituras son dignas herederas del lenguaje de Shakespeare pero con la cercanía de la depuración. Bravo. Independientemente de las referencias, el texto en sí es ágil, divertido, ocurrente, preciosista, cercano y muy, muy muy brillante. Aunque quizá la falte algo de personalidad. Quiero decir que es tan shakespeariano que puede que le falte algo de toque personal, de sello de la casa, de marca de autor. 

Me da a mí que a partir de este punto hay mucho SPOILER así que quien quiera conservar el misterio de la trama, que no lea más.




Me da la sensación de que en las comedias de Shakespeare los personajes aprenden, a través de pócimas, traumas, choques o batallas una moraleja que les hace cambiar y aprender una lección. Aquí en realidad no aprenden nada. Los leñadores sienten unas cosas al principio de la función que son las mismas que sienten al final. Quiero decir: Azulcielo se siente atraído por Salmón por la “llamada de la selva”, por un impulso irrefrenable y desconocido. Como no tiene prejuicios sociales lo vive bien, de forma sana. El único “problemilla” es que pensaba que eso debería sentirlo por una mujer, pero entre que no sabe cómo son las mujeres y que tampoco le afecta mucho sentirlo por un hombre… realmente no hay grandes conflictos. El conflicto viene más por traicionar o no la confianza y los secretillos y las ordenes de su padre. Pero no en sus sentimientos, ni en su forma de sentir ni en el objeto de sus deseos. Lo mismo pasa con Verdemar. Es más perturbadora la traición a Marrón que el hecho en sí de que un tío les remueva los cimientos de su virilidad.
Eso, que podría ser un puntazo, tampoco se convierte en el eje de la función sino que queda algo desdibujado. 
Salí con la sensación de que tanto hijas como hijos no aprenden ninguna lección al terminar la función y cuando el humo del volcán fulmina el efecto liante del humo del cigarro de Esmeralda. Siguen igual; amando y deseando al mismo objeto de deseo. Y Esmeralda y Marrón siguen encabronaos. Deciden quedarse juntos en la isla, pero van a levantar un muro para no verse nunca. Curiosamente ese "final" tan poco shakespeariano mola todo. Ahí sí veo sello personal, veo que no se ha caído en la tentación de hacer un final homenaje. 

Por otro lado me encanta que el deseo entre dos “hombres” se viva de forma tan natural y fresca, sin traumas y sin florituras. Aunque al final resulte que se atraían tanto porque en realidad eran de sexos opuestos, en fin... Y me encannnnnnnta que los padres sean tan jóvenes como los hijos. Lo de que Elena González y Juan Antonio Lumbreras sean padres de Eva Trancón, Javier Lara, Paco Déniz y Natalia Hernández es de mearse. Que mira que me gusta a mí lo de saltarse unas normas, oye. Como de mearse es todo el vodevil, el entrar y salir, el perseguirse, liarse y engañarse. Y las escenas con el juego del cambio de voces… absolutamente brillantes. Como brillante es el crescendo final. 
En ese sentido la dirección de Sanzol es correctísima, vibrante y muy optimista. Encuentra soluciones escénicas totalmente naif que funcionan tan bien como las de "Vientos de Levante". En escena el ritmo está bien llevado, la acción no decae, los actores están bien movidos, aceptas el código desde el minuto uno y disfrutas como un crío. 
Estamos ante una comedia y en estos caso lo mejor es sentarse, abrirse un poquito de patas, dejarse llevar y disfrutar. Todas mis disquisiciones anteriores vienen a mi mente en casa, cuando intelectualizo más lo que he visto. Y en realidad son tontunas, son ganas de buscar las cosquillas. Porque la comedia que vemos es fresca y divertida, el enredo gracioso y los actores brillantes.  




Alejandro Andújar les ha regalado un vestuario de ensueño con materiales fabulosos, tonos maravillosos y figurines a cuál más precioso. También es suya una escenografía sencilla y funcional pero efectiva. Tengo curiosidad por saber si se verá igual en un escenario más grande. Yo sé lo que me digo. 
Y el reparto: la mayor y mejor baza junto con el texto divertido de Sanzol. 
Pa todo hay gustos y hay cosas con las que uno no puede luchar. Gente con la que conectas y gente con la que no. Indiscutiblemente los seis actores están más que consagrados. Aunque cada uno tenga luego sus preferencias. En conjunto, tuve la sensación de que cada uno estaba un poco moviéndose en su propio terreno, actuando cada uno en su propio idioma. Eché en falta la mano de Sanzol dando unidad a lo que veíamos. 
Elena González carga con el mayor peso de la función. Y me da a mí que la comedia no es su terreno más cómodo. Está fabulosa, sí, pero conserva un cierto rictus de seriedad que no es por la corajina de su Esmeralda, sino por ella, como si no estuviera tan relajada haciendo comedia como sus compañeras. El monólogo de "la comida", por ejemplo, es tronchante por el ingenio del texto, no porque ella lo viva con chispa. Eva Trancón y Natalia Hernández parece que han nacido para vernos sonreír. Qué gusto ver a dos monstruos diciendo el texto como lo hacen ellas, como si realmente necesitaran decirlo y les naciera de las tripas. Esa naturalidad en un terreno tan artificioso como este es de quitarse el sombrero. Inmensas, divertidas, inteligentes, plagadas de recursos y dominando la comedia y sus trucos a la perfección. Paco Déniz nunca ha estado más gracioso. Aunque su nivel de "escucha" del otro no sea su mejor arma. Eso sí, en mi función me dio la sensación de que casi todos gritaban demasiado. No digo "proyectar" sino "gritar". Y con esas cosas hay que tener mucho cuidado. De hecho, al final de la función algún actor parecía estar tocadete. Cuidadín con las voces. 




Es más que sabida mi debilidad por el que puede ser uno de los mejores actores del país, Javier Lara. Pero es que está que no se puede estar mejor. Su trabajo corporal es inmenso, y su profundidad al trabajar un texto tan arduo como este es flipante. Al verle es como si estuvieras ante un documental en el que ves a alguien real, a alguien vivo. Javier es Azulcielo. Sin más. Habla por necesidad, se mueve por impulso, siente por naturaleza, sufre por carencia y ríe por plenitud. Grabaos esto a fuego porque con el tiempo me daréis la razón: Javier Lara de aquí a nada se va a revelar como el Bódalo del siglo XXI. Es el poliactor que hace de todo y todo lo hace bien porque lo hace desde el sitio justo desde donde lo tiene que hacer nacer. Todo elogio es poco. Y si no me creéis, id a ver "La ternura" y luego me contáis.

Porque "La ternura" es de obligada visión. Y de inevitable disfrute. Texto, lenguaje, colores, sensaciones, risas, frescura, actores, optimismo. Puritito goce.
      

sábado, 18 de marzo de 2017

Furiosa Escandinavia. Sala Margarita Xirgu.

Somos lo que contamos. Cierto. Y fuimos lo que podamos recordar. Y seremos lo que nos recordarán. 




Una de las grandes obsesiones del hombre es la herencia. El por qué estamos aquí, aparte de por la conjunción de unas células. En cierta forma si somos es para dejar algo, seremos lo que dejemos. ¿Existió un hombre llamado Alejandro de Avellaneda que vivió en 1643? Quizá sí, quizá no. Si nadie le recuerda, ¿existió realmente? Ese afán de dejar algo, aunque sea un recuerdo es nuestra trascendencia. Desaparecer pero dejar una huella, dejar algo detrás. 
Hay momentos en la vida en los que la línea de calma, la "distancia de rescate" se rompe. Y flaqueamos. Ante lo imprevisto no sabemos reaccionar. Un accidente, una muerte inesperada, una ruptura, o cuando perdemos el control. En esos casos recomponemos mentalmente una y mil veces todo lo que pasó buscando la fractura, el "momento" en el que se nos fue, en el que todo pasó. Tras una ruptura reconstruyes noches de amor, encuentros, besos, caricias, momentos dulces, todo lo bello buscando la grieta. Lo inexplicable necesita una explicación. Ante un abandono, recuerdas una y otra vez los mismos escenarios y cada vez añades, decoras y aumentas lo que quieres pero sin querer. Cada recuerdo, siendo el mismo es nuevo, distinto, caprichoso. Y todos son verdad.
Los recuerdos son la mejor forma de reconstruir tu historia. La que ha pasado y la que no. Recordando recompones piezas sueltas, creas otras y todas te las acomodas como buenamente puedes para que te ayuden a vivir. O a sobrevivir. Por eso Erika reconstruye una y otra vez el momento, la puta cena en la que se le fue de las manos. Esa cena en la que el anuncio de una vida nueva destruyó la suya.
Erika trata de olvidar. Acaba de romper. Mejor dicho, la han abandonado y necesita olvidar para preservar ese amor como algo puro y para poder seguir viviendo.  Erika va a abrir su propio mapa de carreteras. Marilyn en "Bus stop" y Victoria Abril en "Átame" abrían sus mapas con sus viajes vitales. Erika abrirá el suyo, ese mapa "difícil de abrir, difícil de interpretar e imposible de volver a plegar". Erika necesita olvidar para sobrevivir. En ese viaje contará con Balzacman, un vaquero nihilista que saldrá a buscar a su propia Odette aunque Odette sea simplemente T. Erika necesita olvidar aunque sea mediante la pastilla esa que "bloquea el recuerdo chungo, lo aparta y lo elimina gradualmente". Con la segunda pastilla el coco recupera como pueda los trozos esparcidos por el espacio y los recoloca pero como le sale, distorsionados, caprichosos. Por eso la cena nunca será igual. Y por eso nunca sabemos cuál es la cena real. Una cena sin copas. Total, ¿quién las necesita para el recuerdo? 




Otra vuelta de tuerca más: ¿y si Pablo fuese T.? ¿Y si Pablo fuese el amante de Erika? ¿Y si Pablo se hubiese tomado la pastilla del olvido y ahora estuviese recomponiendo él también su propia vida? ¿Y si Pablo estuviera buscando a su Irene en T.?¿Es posible que Pablo hubiera sido amante de Irene, ella le hubiera dejado, él se hubiera tomado la pastilla y ahora estuviera recomponiendo la historia él también? ¿Y si Erika y Pablo se han vuelto a encontrar de nuevo tras sus olvidos comunes? Esa postal... no una carta, sino una postal. Una postal que escribe Pablo.
En esa cena eterna comparten vacíos y vino con sus amigos, Lucas y Sonia, una pareja de maniquíes que deambulan, se miran, se cruzan y se evitan. Lucas busca a Sonia, se ofrece a ella pero ella ni le mira, está vacía. Sonia lleva dentro el germen de la vida de Lucas pero hace tiempo que está muerta. Fértil pero muerta. Llena de él y vacía de él. Ellos no cambian, ellos repiten su ritual gélido e "infértilmente" fértil. Es el vacío de alguien que no saldrá a las calles a buscar a su Odette, que no buscará su tiempo perdido. 

Este rompecabezas hipnótico y desolador tiene unos alicientes escénicos que lo hacen IMPRESCINDIBLE. Voy por partes.   




Lo primero, voy a sacar una falta.
Antonio Rojano parece que está abonado a las salas pequeñas. "La ciudad oscura" en la pequeña del teatro ese que antaño fue glorioso y ahora es un museo. Y ahora "Furiosa Escandinavia" en la pequeña del Español. Y "Furiosa" es un espectáculo para la sala grande. Para la más grande, para una sala en la que se produzcan los milagros y las apariciones divinas. SE MERECE UNA SALA DESCOMUNAL.
Alejandro Andújar y Lola Barroso se encargan de crear una escenografía y unas luces que parecen sacadas de un cuadro hiperrealista. La escenografía es descomunal, nórdica, fría, desolada, acojonante y fantasmagórica. Un trabajazo apabullante tanto escenográfico como de luces y sombras.
Ana Rodrigo lo viste de forma natural y espontánea. Maravilla. Bruno Paena crea unos visuales mágicos y desoladores. Luismi Cobo vuelve a crear otra joya más. Un espacio sonoro de los invisibles y una música estremecedora y gélida. 
Víctor Velasco organiza todo el mejunje, dirige desde el lugar preciso y pone cada detalle en el punto justo que necesita el textazo descomunal de Rojano. Brillante. 


Y dando la cara, David Fernández "Fabu" y Sandra Arpa. Sólidos y precisos. 




Y brillando con luz propia la gran Irene Ruiz, que ya deslumbró en "La ciudad oscura". Irene es Sonia y es Agnes. Dos mundos, dos potencias y dos personalidades. La mujer llena y vacía, la amiga amargada pero naif, la madre y amante gélida y muerta en vida y por otro lado la potencia, el impulso, la energía desbocada del primer impulso, esa Agnes de ensueño, sacada de una peli de Lynch. 




Y ahora todos en pie porque voy a hablar de Francesco Carril. Es imposible definir lo que hace. ¿Cómo se puede definir la perfección? A ver, yo estaba sentado en la fila 1, a treinta centímetros de los actores y te digo que lo que pasaba por dentro de Francesco era VIDA. NO estaba interpretando sino que estaba sirviendo de medio para traer a la tierra lo que estaba pasando en otra dimensión. Como un médium. Pablo estaba realmente ahí, viviendo en el escenario. Todo lo que hace es PERFECTO, desde respirar a cada pausa, a cada gallito, a cada sonrisa, a cada nota grave, a cada mirada, a cada escucha, a cada reacción, a cada percibir el aire... TODO es prodigioso. 

Resumiendo: actores brillantes, una música, una escenografía, unas luces, unos vídeos, un vestuario y una dirección perfectas. Y sobre todo y por encima de todo, Francesco Carril y el texto acojonante de Rojano. Un monumento bestial con millones de vueltas y capas. Si en escena conviven varios planos temporales, espaciales y de realidad, imaginación, recuerdo, creación, supervivencia, humanos y vitales. Un texto para estudiarlo y rascar, rascar y rascar durante horas, días, semanas. 
Cada coma es un recoveco y cada renglón un escondite donde habitan posibilidades. ¿Quién es quién? ¿Cuál es la verdad? ¿Qué pasó en realidad? ¿Importa? 

Las fotazas fascinantes son de Javier Naval y espero que no le importe que las use.      

domingo, 26 de febrero de 2017

In memoriam. La quinta del biberón.

DIGNIDAD.



Siempre que hacemos teatro hacemos política. De una u otra forma. Al menos así debería ser.
Tras el golpe de estado de Franco, si España ya estaba dividida, se dividió más. Una guerra entre hermanos, vecinos y amigos. En este espectáculo nos recuerdan lo que ocurrió en 1938, cuando el ejército republicano "reclutó" de manera forzosa a chavales de 17 años, "la quinta del biberón", unos niños inocentes "como los niños de 12 años de ahora". 
El punto de partida de este trabajo parece ser que fue una lectura entre el director y los actores de testimonios reales de los supervivientes de aquel horror. Esos testimonios reales unidos al ingente material recabado sobre el tema han acabado por llevar a los escenarios este espectáculo necesario y brutal.   
Un tío de Lluís Pasqual fue uno de esos críos muertos de esa quinta. En su casa nunca se habló del tema. Parece ser que tras analizar los testimonios de los pocos supervivientes hay tres ideas que sobrevuelan todos los relatos: el sentimiento de amistad surgido entre ellos, el miedo que pasaron y una especie de pacto para no hablar de la muerte.
Aquí se habla de amistad, se habla de miedo y se habla de la muerte.
La memoria es de las pocas cosas que nadie nos puede robar. El recuerdo de lo vivido, la herencia de lo sufrido y el poso de lo gozado. Durante cuarenta años los golpistas ganadores vivieron a sus anchas y acallaron las otras voces, las de los perdedores, las de las víctimas del golpe de estado. Muerto Paco la lucha por recuperar el sitio y el recuerdo de los perdedores está siendo una lucha titánica y casi imposible. Son los hijos, son los sobrinos y son los nietos los que están empezando a hablar, a contar en voz alta lo que sus padres, sus tíos o sus abuelos no pudieron decir. En eso consiste la memoria, en colocar cada pieza en su sitio, en devolver la dignidad al que no tuvo derecho a tenerla y en poder hablar del pasado y de su crueldad. 



En los Óscar, en los Goya, en cualquier gala de este tipo hay un "In memoriam". En los Óscar quitan el sonido de la sala para que no sepamos a quien se aplaude más. Aquí, en los Goya es descarado cómo aplaudimos más a los conocidos y directamente NO aplaudimos a los que no conocemos. Somos así. Por eso en este "In memoriam" se les da voz a los muertos, a los perdedores, a los niños enviados a la muerte. Era necesario devolverles la dignidad.
Este espectáculo nos cuenta los horrores que tuvieron que soportar estos críos, enviados a una guerra de la que, en muchos casos sabían poco. En este caso fue el ejército republicano el que mandó al matadero a estos niños. Aunque esto pasó y pasa en todos los bandos en todas las guerras en todo el planeta. 

"In memoriam. La quinta del biberón" es una especie de teatro documental. Datos, fechas, imágenes mezcladas con testimonios y con algún episodio de una dureza tan bestial como los propios hechos (el atisbo de simpatía haca el enemigo cercano, las carreras de piojos, el tabaco...). El texto es una maquinaria de relojería que consigue sin que nos demos cuenta y bajo una falsa sencillez, ir subiendo en intensidad hasta hacerse irrespirable. Varios momentos culminan esta montaña rusa emocional; la primera muerte y el punto final. Tres partes: el reclutamiento, la convivencia y la despedida y dos respiros necesarios. El primero cuando los actores "salen" de sus personajes y nos cuentan sus afectos reales y el segundo... no lo puedo contar, pero es un minuto en el que el aire se relaja, respiras hondo, te tragas las lágrimas y el teatro entero RECUERDA a aquellos chicos. 



A este prodigio de texto hay que añadir una puesta en escena bellísima. Unos músicos: violines, violonchelo, clave y órgano y un cantante, Robert González acompañan en todo momento a los actores. Monteverdi o Purcell nunca habían sonado tan dolorosos. Detrás, una pantalla gigante en la que se proyectan las imágenes reales y los discursos reales. Unas estructuras que son puente, trinchera, tienda de campaña, casa y refugio. Los actores entran y salen con una comodidad asombrosa. Ritmo, solidez, maestría y sobre todo, un punto de vista plagado de respeto, de calor y de amor a lo que se cuenta. Lluís Pasqual da otro recital de maestría como director de escena. Se coloca en el centro de la Historia, en medio de la trinchera, se mezcla con los soldados, con los críos y nos cuenta su matanza desde el respeto absoluto, desde la dignidad, desde el recuerdo y desde la reivindicación de la memoria. De sus mejores trabajos. Y decir esto de un director que colecciona obras maestras es decir mucho. 
Fabuloso trabajo de Alejandro Andújar plantándoles unos uniformes sucios, medio rotos, unas alpargatas imposibles y una imagen salida de una foto de Capa. Pascal Merat ilumina la escena pasando por todas las horas del día y todas las emociones de una vida. Magistral. Como el trabajazo de Franc Aleu y sus vídeos. Memoria y emoción. Roc Mateu e Igor Pinto nos meten en medio de la trinchera. Es imposible que una explosión suene más real. 



Y ahora, todos en pie porque voy a hablar de los actores.
El primer minuto confieso que me resultó desconcertante. Mis oídos no sabían qué opinar. Hasta que a los 50 segundos comprendí lo que pasaba. En ese momento empecé a flipar con lo que estaba viendo. Los seis intérpretes, actuantes, mutantes, seres vivos, niños, soldados, actores que viven durante hora y pico encima del escenario hacen un trabajo de esos que se ven pocas veces en la vida.  Han estudiado en profundidad las acentos concretos de los lugares de nacimiento de sus personajes. Evidentemente no se habla con el mismo acento en un pueblo que en otro. Ellos consiguen que cada uno suene totalmente diferente al otro. El efecto que se consigue con esto es prodigioso, porque puedes notar en el escenario varios planos de realidad o de recreación vital. Está el plano en el que hablan en castellano pero con sus acentos concretos, cuando hablan en catalán y cuando hablan en castellano sin acento. Estos tres planos de realidad dan una dimensión asombrosa y casi invisible que es parte del poder demoledor de esta trabajo.
Pero no sólo eso que ya de por sí es bestial, sino que emocionalmente construyen unos seres vivos únicos y distintos. Amas a los seis y quieres saltar al escenario y abrazarlos para cuidarlos y curarles. Hacen un trabajo que sale del interior. Conseguir que cada uno tenga una expresividad distinta, que su gestualidad sea única, que su centro emocional sea uno distinto en cada uno, que reciban cada uno de una forma, que a cada uno le nazcan las palabras de un sitio, que sientan el dolor en una parte diferente es producto de un trabajo emocional profundísimo. Eso sólo pasa si uno realmente se convierte en el otro, si das vida al otro. Así nace sobre el escenario un ser real. Los seis están absolutamente perfectos y estremecedores. Por si no te has dado cuenta durante la función, en los monólogos finales terminarán de mutar en esos chicos reventados por la guerra. 
Joan Solé y su vozarrón te traspasa el corazón y hace que te de hasta vergüenza estar escuchándole. Es un mastodonte en el escenario. Fuerza y solidez.



Enric Auquer es el chaval simpático, macarrilla, tierno y descarado. Todo un recital. Mil matices en una sonrisa socarrona.



Joan Amargós es tierra. Es dolor, es sacrificio y sufrimiento digno. La amargura del dolor. Un dios. 



Quim Ávila tiembla y tiembla tu corazón con él. Es la debilidad, el miedo y la soledad del distinto. 



Lluís Marqués es como una grieta en el suelo, como los restos de un terremoto, es ruinas y es desolación. Un cuerpote desconchado. 



Eduardo Lloveras es desgarro. Es una raíz arrancada de la tierra. Es la sabiduría de un refrán y la verdad de un abuelo.    



Recital interpretativo de estos seis monstruos generosos y valientes. Gracias a todos ellos. Gracias a todos los participantes en este necesario y brutal espectáculo. Y gracias a Lluís Pasqual por dar sitio y voz a estos jóvenes, a los olvidados, a los perdedores, a los que no habían tenido derecho a hablar. Recordar es devolver la vida y devolver a la vida y recordando a este grupo de chavales les devolvemos una parte de la vida que les robaron. 


   

Las fotos que he compartido son del grandioso Ros Ribas. Obras de arte, como siempre.

lunes, 30 de enero de 2017

El cartógrafo. Sala Fernando Arrabal.

Juan Mayorga ha escrito el texto y además se pone al mando para ponerlo en pie, para darle vida. Claro, nadie mejor que él para saber exactamente qué quiere decirnos, cómo y desde dónde.
No sólo sale airoso del empeño sino que consigue dar vida a una historia de muerte de forma brillante. Aunque para ser sinceros, esta aventura es una aventura a tres bandas. Mayorga, Blanca Portillo y José Luis García Pérez. Tres pilares bestiales.



Mira, para no hacer lo de siempre voy a empezar por lo que menos me ha gustado. 
Intentaré no destripar nada del argumento, cosa difícil. Así que el que no quiera saber, que no lea. Bueno, no, qué coño, voy a destriparlo todo, así que NO sigáis leyendo si no queréis que os reviente la función.
Esta función para mi gusto tiene un hándicap. Es demasiado buena. Me explico: la historia del abuelo y la pequeña en el gueto es sobrecogedora, descomunal, interesantísima y emocionante. Tanto que mi cuerpo me pedía más desarrollo todavía. Creo que esa historia se merecería una función para ella sola. La historia del matrimonio en crisis me interesa tanto y es tan rica que se merecería una función para ella sola. Y la historia de la cartógrafa errante me interesa tanto y es tan dura que se merecería una función para ella sola. La pena es que al juntar y mezclar todas estas historias estremecedoras e interesantísimas el espectáculo que y dura dos horas y pico se pondría en cuatro horas y claro, no es plan. 
En serio, el texto es una maravilla, una joya de esas de relojería en las que cada pieza, cada elemento, cada frase dicha significa algo dentro del orden universal. Una bomba. 
La puesta en escena es igual de sólida. Un espacio delimitado por unos actores que incluso antes de empezar ya dejan claro que son dos actores, que lo que cuentan es una historia escrita. No crean "verdades" falsas, las interpretan. Salen, pegan una cinta adhesiva en el suelo, hacen señas a los técnicos y comienza el rito. Un rito falso en el que ellos solos interpretan todos los papeles. Sin "meterse" en el personaje, ni haciendo ninguna ouija, tal cual, poniéndose una boina o arqueando la espalda. Incluso en un momento dado el dolor es tan insoportable que los propios actores paran la función y "confiesan" que es tan tremendo lo que cuentan que han sido incapaces ni siquiera de ensayarlo y montarlo. No sé si es cierto o si es parte del "montaje" , en cualquier caso podría ser perfectamente cierto, lo primero porque efectivamente lo que cuentan es tan duro que es insoportable y lo segundo, porque ya han establecido la premisa de que lo que vemos es ficción y ellos dos actores. Que de pronto paren la función entra dentro de lo posible. Además, qué quieres que te diga, pero hasta yo como espectador necesitaba un momento de oxígeno y distanciarme aunque fuera unos segundos me ayudó a sobrellevar tanta intensidad. 
Mayorga mueve a sus actores con total impunidad por el espacio, les coloca, les descoloca, les da poder y les hace vulnerables con un simple oscuro. Y a veces ni eso. Por tol morro. Y ellos, como dignos emisarios de su mensaje en el escenario, actúan, recrean, crean, viven y sufren  por tol morro también. Todo el engranaje es sólido y funciona a la perfección. Cada piececita. Eso convierte a "El cartógrafo" en un ejemplo de TEATRO así con mayúsculas bien hecho. Sincero y bien hecho. Sí, el tono es el drama mezclado con pinceladas de melodrama, pero es lo que es, es sincero y como tal funciona. Y yo como espectador me seco las lágrimas que me provoca ver las lágrimas de Blanca y quiero consumirme viendo cómo se consume José Luis. 



Alejandro Andújar ha creado un espacio mágico y lo ha vestido y decorado de rojo. Todo es rojo. Sí, rojo. Rojo sangre, rojo pasión, rojo muerte o rojo rojo. Pero rojo. Y lo que parece un recurso antiguo no lo es porque milagrosamente cobra vida y lo evidente pasa a ser mágico y el sufrimiento, la duda, el dolor y la búsqueda se hacen cuerpo. Cuerpo rojo. Maravillosos vestuario y espacio escénico.
Las luces de ese mago que es Juan Gómez Cornejo son sencillamente magistrales. Son unas luces salidas del interior de los personajes. Los únicos momentos azules y blancos. Frío, muerte, soledad y vacío. 
Mariano García creo un espacio sonoro y una música vibrantes y estremecedores. Puras sombras. 

Blanca Portillo y José Luis García Pérez son indiscutiblemente dos de los mejores intérpretes de este país. Y de cualquier país. Así, en general. 
Aparecen, se arrancan, desnudan su alma, ponen en medio de la sala los lugares más dolorosos de sus propios seres, cambian, intercambian, suben, se tiran, nadan, bucean, se flagelan, se hieren y se dejan morir. Si piensas en dos actores hiperdotados, con una capacidad infinita de convertir en "real" cualquier texto y de dar vida y cuerpo a un puñado de personajes apenas con dos pinceladas, esos son ellos dos. Además del texto, ellos son los máximos responsables de que la función sea una apisonadora. Son una pantera y un león enjaulados y pasan del grito estremecedor de la muerte a la dulzura de una caricia pequeñita. Dos prodigios. 



Fabuloso espectáculo que merece una muy larga vida. Texto fantástico (quizá demasiado), luces dolorosas, vestuario perfecto, espacio de diez, música estremecedora, muy buena dirección y sobre todo, dos ACTORES prodigiosos regalando unos trabajos comprometidos, dolientes y generosos.