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martes, 17 de noviembre de 2015

El público. Teatro de la Abadía.





Las ganas que yo tenía de ver este montaje no lo sabe nadie. 
Intentaré ser lo más frío posible porque es lo suyo, ¿no? Para desmanes... otros comentarios míos. Pero en este prefiero ceñirme al asunto.
Este texto se ha representado en muy contadas ocasiones en España. Esta era la segunda... no, tercera vez que lo veía. Poquísimas para lo que merece un texto como este. Con la boca abierta y grande digo desde YA que para mí es uno de los textos más impactantes y necesarios de la historia de la cultura. Ahora al asunto, que es lo importante.
Me resulta curioso o chocante o raruno leer durante estos días que se diga con absoluta naturalidad que este texto es "indescifrable" o "incomprensible", que se den estas afirmaciones como una verdad  y te hablen desde ahí. Vamos a ver, yo pienso que este texto si lo analizas, si lo lees con cuidado y tranquilidad es claro, conciso, de una belleza abrasadora, con una música en las palabras e incluso en su métrica apabullante y de una claridad casi meridiana. Eso sí, hay que estudiarlo un poco. Un poco. No un mucho. ¿Raro? Coño, hablamos de surrealismo, claro que es raro. Figuras, imágenes, metáforas incluso, colores, disfraces, símbolos. Eso no implica ni muchísimo menos que sea un texto inescrutable. Pero hay que adentrarse en él. Y digo esto única y exclusivamente como TEXTO, no me refiero a cómo uno debe enfrentarse o entregarse al hecho teatral. Evidentemente uno debe ir a una sala entregado, relajado, dispuesto a dejarse llevar por las mareas y los aromas del director, de los actores, del músico, del iluminador, del coreógrafo, del escenógrafo... Al hecho único teatral hay que ir sin pretensión, con el poro abierto y lubricado. Sin medida ni meta, ni tope, ni red, ni teoría, ni amor siquiera. Y luego que pase lo que tenga que pasar.

En este montaje ha habido cosas que me han gustado y cosas que no. 

Me ha gustado:




La Julieta de Irene Escolar. No es la Julieta que habita en mi adentro pero es admirable el trabajazo de esta mujer que si no lo es ya, en nada será de las mejores y más carismáticas actrices del país. Se temblor, su miedo es casi real. Y su contacto con los caballos es revelador. Estremece desde un sitio fascinante. Un sitio inteligente, bello y muy impactante. 




El prestidigitador de Juan Codina. Sádico, sibilino y con un aspecto de serpiente tentadora muy, muy acojonante. Puesto que todo el espectáculo tiene ese tono trascendente y de máxima importancia, el prestidigitador es totalmente coherente con ese tono y el único en el que ese tono, para mi gusto, funciona. 
Determinados momentos del Hombre 1, Hombre 2 y Hombre 3.  Personajes marcados, buena dinámica entre ellos y escenas y conflictos bien resueltos. Realmente resultan coherentes y sus distancias son claras. 
La escena de los estudiantes y las damas. Visualmente bien resuelta y aunque como en todo el espectáculo se pase un poco por encima del texto, sus posturas resultan convincentes. Digo sus posturas morales, claro. 
Pep Tosar en la escena final. Bueno, concretamente cuando saca las manos de los bolsillos y la emoción y el propio texto le lleva por sitios más espontáneos, más reales y más comprometidos. 




David Boceta. fantásticos su Hombre 1, su Gonzalo y su Desnudo Rojo. Aunque yo creo que siendo el Desnudo Rojo Gonzalo, lo es a partir de un momento dado, desde "Todo se ha consumado" como bien decía Federico.  Pero no siempre. David está en un tono fabuloso, con una composición corporal concreta y maravillosa, con el peso justo, la firmeza justa y la rigidez precisa. Sin duda, lo mejorcito junto con Codina e Irene Escolar.
El traje de Arlequín y el Traje de Bailarina. Bien en concepto y en reflexión. 
Los cambios de dimensión, de espacio y de tiempo, en general están bien resueltos y funcionan.
El trabajo de todos los actores. Sin excepción y sin coartadas. 


No me ha gustado:

La dirección.
El tono general como de una trascendencia pesarosa, doliente y demoledora. Lo que se cuenta, para mi gusto, es duro, pero desde un sitio más jocoso, es un dolor brillante y azul, no marrón y cadenciosa. Ese tono, ese sitio, esa elección (absolutamente respetable, eso está claro; cada uno monta, elige y dirige desde donde quiere y como quiere) al menos en mí provocó desinterés, pesadumbre y poca emoción. Chica, a veces hay conexión y a veces no. Con un espectador sí y con el de al lado no. 
Los caballos blancos. No entiendo por qué uno de los caballos blancos, símbolo del sexo viril y hetero (no lo digo yo, lo dice Federico en el propio texto) es una mujer. No hay nada de lesbianismo en esas figuras ni en sus momentos y la libertad de Julieta no pasa por acostarse con una chica. Es más, cuando Julieta pasa a ser un chico de 15 años (tampoco lo digo yo, lo dice Federico) tampoco tendría sentido que uno de los caballos fuera una mujer. 
Las acotaciones. Cada uno es muy dueño de respetar las acotaciones del autor o no hacerlo. Es de cajón. Pero las acotaciones de "El público" casi son como Pinterianas, son casi de obligado cumplimiento. Bueno, en Pinter son lo cumplimiento obligatorio. Las acotaciones son muy aclaratorias. Los colores, lo que pasa, lo que cambia, el vestuario o al menos la referencia, el cuándo, el cuántos, el para qué... las acotaciones son riquísimas. Una cama vertical (la cruz) , radiografías en las paredes, decoración realista (la única nota realista del texto, el sepulcro de Julieta), vestida de griega (Elena de Troya), decorado azul... Especialmente cuando uno de los actores dijo en una entrevista “Àlex quería ayudar al espectador a entender mejor los símbolos que maneja Lorca. Y todo lo que se pueda perder en contenido se gana en forma”. 




Pep Tosar. Mejor dicho el desarrollo de su personaje. Lo siento, pero durante casi toda la función está con las manos en los bolsillos. Hay tantísima pasión y tantísimo cambio que es imposible vivir todo lo que pasa en esa hora y poco sin desmangarse. Es imposible que Enrique esté igual al principio de la obra que al final. Aunque en la escena final no pueda evitar sacar las manos y dejarse llevar. Pero la frialdad del cuadro 1, ya de por sí bastante delicada, no puede estar en el cuadro 6. Imposible. El teatro se ha derrumbado, y él también. Por eso tiene frío. Por eso "no vale silbar desde las ventanas". Porque quitar es fácil. Lo difícil es poner. Por eso es mucho más difícil sustituir. Por eso llueven guantes blancos.




La ruina romana. Es un juego, sí, pero un juego de tira y afloja y con mucho dolor. No es sólo un doy y un recibo. No se les borra la sonrisa en ningún momento. Y cada vez que aparecen el pez luna y el cuchillo, se produce un relámpago. Esa es justamente la clave de toda la función. De las cien capas del texto, las dos capas más evidentes y poderosas; el teatro y su sinceridad y coherencia y el amor y su sinceridad y coherencia, en la capa del amor el responder al pez luna con un cuchillo es la clave. Ahí está la distancia entre ellos, ese es el límite que va a perseguir a Enrique y Gonzalo durante toda su vida. No es una frase más, no es una imagen más. Toda la escena es de una belleza sobrecogedora, cada frase, cada imagen, cada reto es un homenaje a la belleza lírica, humana y amorosa descomunal. Nube, ojo, mosca, manzana, beso, pecho, sábana blanca... Y hay un momento en el que no se respeta la puntuación. "Tendré necesidad de desmayarme para que vengan los campesinos. Tendré necesidad de llamar a los negros..." , son afirmaciones, no son preguntas. No es lo mismo "Ya no me sirves" que "¿No me quieres?"
El Emperador. La voz que oímos parece casi la voz de Dios. y justamente lo último que hay en esta obra es el sentimiento de culpa judeo cristiana. Hay imágenes poderosísimas bíblicas; el Desnudo rojo y sus frases, la madre de Gonzalo, "deja que te lave los pies"..., pero lo que no hay es sentimiento de pecado. El Emperador es la prohibición, el poder viciado y vicioso que viola niños (no lo digo yo, lo dice Federico), no Dios. 
Las referencias a Pirandello, a Shakespeare, a Calderón, a "Poeta en Nueva York" quedan demasiado difuminadas aunque en este caso, siendo también una elección, quizá no sea un aspecto tan importante. Sólo un capricho mío. 




El "Solo del pastor bobo". Vale, es raro, es incómodo, ¿qué hago con esto? Quizá lo más apropiado sería ponerlo al principio, como en el Siglo de Oro, para anunciar de qué se va a hablar a continuación. O quizá justo antes del cuadro sexto, cuando todo ya ha sucedido (o casi) y todas las caretas están en el armario. Pero de ahí a convertirlo en una canción seria, de hoy mismo, en una canción de cadena Dial... no sé yo. Esa letra es muy fuerte. Todo lo que dice. O haces farsa o yo qué sé, pero... un éxito de cantautor... como que no.   
El caballo negro. Es igual que el prestidigitador. Hasta se confunden. ¿Dirías que son dos personajes? Lo son y casi te diría que antagónicos. 




El excesivo tono flotante y trascendente que para mi gusto y según mi percepción, en mí provocó desapego, falta de empatía y poco embrujo. 
La escenografía, la luz en general y la música. Demasiado ocre todo para un texto tan dolorosamente brillante. 
El preámbulo con imágenes de Federico, el rostro de Federico, Federico con La Barraca, las canciones de Federico y las canciones no de Federico. No es necesaria tanta "mentalización" de quién es Federico. Bueno, corrijo, esto lo pongo en la sección ni fu ni fa.
Los conejos.

A falta de que el tiempo y el transcurrir de los días me den perspectivas nuevas, ahí queda mi reflexión sobre "El público". Lectura que no coincide con la mía, dirección que desaprovecha el ingente filón de imágenes y referencias que hay en el texto y lo vuelve mortecino, apesadumbrado y color tierra. Y un repartazo con grandísimos actores que hacen un gran trabajo, aunque las directrices que tienen no es la que yo veo como más adecuada. Pero, como digo siempre, esta es sólo mi humilde opinión.                  

Por cierto, creo que todas o casi todas las fotos son de Ros Ribas. Paradojas de la vida. Y un genio indiscutible. 

domingo, 8 de junio de 2014

Sótano. La pensión de las pulgas.

Así de entrada, "Sótano" lo tiene todo. Texto de Benet i Jornet, dirección del maestro de la interpretación Israel Elejalde, dos monstruos de trayectoria intachable como son el prodigioso Juan Codina y ese fenómeno que es Victor Clavijo (que parece que está doblado por mí, jeje, perdón por el autohomenaje) y todo esto en "La pensión de las pulgas". Con todos esos ingredientes, ¿qué puede salir mal? Pues chico, no lo sé, pero conmigo, algo salió mal, o al menos regular, porque no me estremeció todo lo que yo habría querido.
El texto, a pesar de ser una tela de araña de engaños, trucos, mentiras y ardides, me resultó previsible en muchos momentos (y eso que iba cansado de cojones), el supuesto truco final me lo vi venir desde el minuto ocho, y en bastantes momentos me parecí plagado de frases grandilocuentes y más literarias que teatrales. A ver, no todo ha de ser naturalismo, está claro, pero frases tipo: "fue en ese momento cuando tomé consciencia de mi propia mentira" me resultan demasiado artificiales. Es un ejemplo inventado, eso no se dice nunca en la función. Y si uno de los platos principales de este menú flaquea, el peso recae sobre el resto de los responsables. Y siento decir que la dirección tampoco me pareció algo histórico. Que Israel Elejalde es uno de los actores más poderosos de ahora mismo es indiscutible, pero esa sabiduría para interpretar me faltó un poco a la hora de montar este espectáculo. Quiero decir, eché en falta más punto de vista, saber mejor desde dónde me estaban contando la historia. No dejan de ser dos portentos hablando y moviéndose casi nada. Vale que todo es muy espeso y que la cadencia debe ser esa. Eso de acuerdo. Pero acaba haciéndose algo tedioso sobre todo porque son escenas o momentos muy largos con uno a un lado de la sala y el otro al otro lado. 



En definitiva, que casi acaba siendo un duelo interpretativo. Y como son dos monstruos, ahí sí hay un acierto gordo. Y te reconcilias con todo por el altísimo nivel de ambos dos. Que Juan Codina es una bestia parda lo sabe to dios, porque es verdad y porque lo ha demostrado mil veces. También es verdad es que tiene cierta tendencia a fruncir el ceño. Y sobre todo en la segunda "parte" de "Sótano", suelta el entrecejo, y concentra su poderío infernal en su forma de decir, en la intensidad de lo que dice, en la densidad con la que lo dice y en una preparación vocal fabulosa. Preparación en la que Victor Clavijo es un maestro. Tiene un control de su voz como pocos actores. Muchas veces se confunde ser natural o "fresco" con hablar mal, farfullar o susurrar demasiado. Y una cosa es que en una salita pequeña de Off se oiga todo, y otra muy distinta no tener una técnica vocal adecuada para cuando te llamen de un teatro tocho. Ahí, por muy natural o "fresco" que seas, no te van a oír más allá de la fila tres. San diafragma, el mejor aliado de un actor, Santa respiración, la patrona de los actores. Si tienes bien analizado y entendido el texto y lo juntas con ambos santos,  es la rehostia. Y Victor (como Codina, claro) lo tiene tan asimilado que lo que en otros podría ser técnica, en él es su estado natural. Y la gente alucina por su poderío vocal. es una pena que lo que debería ser norma sea excepción. Y sí, llama la atención. Claro que esa preparación y dominio técnico de su voz va unido a una inteligencia interpretativa descomunal, que hace que en una función como esta, un duelo de frase contra frase, sea potente y poderosa. Realmente es esa definición tan utilizada. Un duelo interpretativo. Con dos monstruos, dos portentos que cargan con todo el peso de la función, que aunque previsible y algo "densa", les permite lucirse como ellos saben. Prodigiosos.        

domingo, 2 de febrero de 2014

Ejecución hipotecaria. CNC Mirador.

Al parecer K Producciones nació con la idea de llevar a los escenarios textos actuales que traten de temas candentes y socialmente preocupantes. Con "Ejecución hipotecaria" han vuelto a dar en el clavo, tras el nivelazo de "Naturaleza muerta en una cuneta" y de una fabulosa "En tierra de nadie" de hace unos años.
Es mérito de la Mirador el programar este tipo de funciones. Siempre ha sido así, pero ahora, en su nueva etapa como Centro de nuevos creadores, es más que evidente su interés por remover conciencias y tocar los huevos. 



El texto es totalmente actual y correcto. Un equipo de burócratas van a ejecutar un desahucio. Y se encuentran con el propietario y sus circunstancias. El mayor acierto quizá sea el mostrar a esos burócratas como seres humanos débiles, unos pringaos que hablan, se defienden y lo que dicen es verdad, pero no por eso tienen razón. Porque enfrente tienen a un ser humano, no un código, ni un número de expediente. Él no es un santo, pero ellos tampoco son unos monstruos. Son unos putos mandados que van a joderle la vida, sí, pero no son unos monstruos. Además, está basado en un hecho real, así que no hay peligro de juzgar lo que está ocurriendo, porque efectivamente ha ocurrido. Evidentemente, antes de que empiece la acción, TODOS los espectadores estamos de entrada de parte del prota. Pero tampoco dilapidas a esos pobre ejecutantes. A ver, pobres por pringaos, no porque no sean culpables. Claro que lo son. Aunque es eso o el paro. ¿Qué es mejor, dedicarte a ayudar a arruinar la vida de la gente o estar tú puteado? ¿Les arruinas tú la vida o ya la tienen arruinada? ¿Hasta dónde llega la supervivencia y empieza la cacería?
Durante la función, quizá fallen los flah backs. Se intenta explicar por qué el prota ha llegado al punto en el que está. Y no hace falta. Nos lo imaginamos. Y casi mejor imaginártelo. Lo que cuentan flojea un poco, como ciertos detalles. No digo que para que alguien esté al borde del desahucio tenga que vivir en una chabola, pero ver ese pedazo de tele, o ese sofá o esa barra de bar y esa nevera de diseño no ayudan a simpatizar con el prota. Y los cuatro brochazos con los que se pretende contar su proceso descorazonador quedan cojos. No se ve claramente el proceso destructivo, falta desarrollo. 
Pero bueno, aparte de esos ajustes narrativos, el espectáculo funciona, el espacio funciona, las luces, el movimiento, y sobre todo los actores. Quizá lo más flojo sea ese mejicano que no da mucho el pego. Estupendos todos, fabulosos y creíbles. Pero por encima de todos, ese fenómeno de la naturaleza que es Juan Codina. El peso y el trabajo que tiene durante toda la función es estratosférico. Va de un extremo emocional a otro como si nada y mantiene la tensión y el foco en todo momento con una maestría brutal. Sólo por ver su inmenso currazo merece la pena. Pero vamos, que merece la pena por todo. ¡¡¡¡Ya estáis todos corriendo a la Mirador!!!!