miércoles, 29 de enero de 2014

Tierra de nadie. Matadero.

Ofú, me parece difícil de cojones escribir sobre esta función. Desde luego, de todo el Pinter que he visto hasta ahora, es el texto más duro y hermético que he disfrutado. Y lo que sí hay que reconocer es que tiene una magia y una musicalidad especial que te tiene pegado las casi dos horas de representación. Y es cierto, como comentó mi amigo Miguel a la salida, hay algo de "Esperando a Godot" en esos dos personajes. En Lluís Homar y Josep María Pou. 



Cuenta la leyenda que Pinter escuchó unas frases sueltas un día en un taxi: "¿Tal cual? Sí, por favor, absolutamente tal cual" y que a partir de ahí escribió esta función. Pues será. Aunque si me cuentan otra también me la creo. Bueno, vamos allá. 
Spooner y Hirst aparecen juntos en la casa del segundo.  No sabemos cómo ni por qué han llegado allí. Darán varias versiones todas ciertas o todas falsas. O da igual Aunque parece que se han conocido en Hampstead Heath Park, un lugar de cruising relativamente conocido. No sería raro que se hubieran conocido en plena faena, de hecho los dos "mayordomos" de la casa tienen un ramalazo tremendo. Si es que son los mayordomos. Quizá sean ellos mismo de jóvenes. O quizá ellos dos sean el mismo. O quizá uno de ellos sea Pinter y el otro su otro yo, o quien le habría gustado ser, o su opuesto. Jesús, qué lío. 
Lo que sí es cierto es que ambos personajes hablan (de forma preciosa y magistral) de temas como la infidelidad o los celos, asuntos que parecen haber marcado su vida. Celos que también invaden a uno de los mayordomos, a Ramón Pujol. Diálogos imposibles, preguntas sin respuesta o quizá un diálogo depurado hasta la misma esencia. El caso es que esta historia de celos, fantasías, deseos, metas, frustraciones, fracasos, soledades, resquemores e imágenes tiene un poder hipnótico sobre el espectador. Igual si un día quiero hacer un estudio en profundidad sobre Pinter, me estudiaré bien este texto, porque tiene tela. Pero bueno, no sé si importa tanto "descifrar" su código. Lo extraño o no es que hay frases que se me han quedao clavadas. Como una de San Lluís Homar: "Perdone mi sinceridad. No es método, es locura". Magistral.
Y magistral desde luego tanto la escenografía de Lluc Castells como el vestuario de María Araujo. Ha vestido a Ramón Pujol realmente de grumete salido de "Querelle", con ese bigotillo, el pantalón ombliguero y esos campanones. Patético y ridículo. Y con un toque gayzón que no se puede aguantar.



San Lluís Homar da una auténtica lección. Cada cosa que hace este pedazo de maestro es espeluznantemente magistral. Cada palabra, cada gesto son sabios. Me vuelve loco. Hasta cuando de pega el pedazo de desayuno lo hace con un arte que flipas. Además demuestra un dominio apabullante de la voz. No así su compañero, Pou, que aunque de gesto está bien (menos en algunos momentos) de voz está raro. Está la mayor parte del tiempo poniendo voz de malo de dibujos animados aunque cuando se le olvida y habla normal, se te olvida todo y comienza el recital.
Ramón Pujol está fabuloso, en el punto chulesco perfecto. Es asombrosa la verdad que transmite este actorazo. No así David Selvas que particularmente no me gustó nada. Se tira toda la función con el brazo doblado e ilustrando cada palabra con un gesto.   

En resumen, es un texto hipnótico, indudablemente bellísimo pero quizá demasiado hermético. Al menos para mí, ayer, lo reconozco. Pero que merece la pena, sin ninguna duda. Aunque solo sea por ver a esos titanes. 

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