sábado, 30 de mayo de 2015

El año del pensamiento mágico. Sala Margarita Xirgu.

Tardaremos un tiempo en acostumbrarnos a los nombres nuevos de las salas del Español, pero bueno, como con todo, es cuestión de tiempo. No digo más, jeje. La Margarita Xirgu es la pequeña del Español. Y allí podemos ver estos días a Jeannine Mestre con este monólogo.
Varias cosas pasan por mi mente mientras estoy viendo esta función. Otras cuantas cruzan, pero no dejo que se queden porque no es plan. Mejor voy por partes.
La puesta en escena es elegante, discreta y correcta. Claro que decir de una puesta en escena que es "correcta" quizá sea lo peor que se puede decir, pero en este caso, la corrección está en no estorbar, en realzar lo que se quiere hacer sin enfatizar, siendo respetuoso y dejando que cada elemento ocupe se lugar. La escenografía es también elegante, delicada, en tonos pastel. Como el vestuario, es elegantemente burgués, discreto, en tonos cremita. La música y el espacio sonoro también es color cream, beige, medianamente cálido y aséptico. Todo es como una rebequita color crema. Que ni molesta ni no molesta, es fríamente monjil y como... limpito. El texto también es color crema. Todo es como azul cielo, como unos pendientes de perlitas o como una canción de Pablo Alborán.

El teatro no tiene por qué ser obligatoriamente revolucionario, ni tiene por qué remover tus gallinejas, ni por qué dejar una huella imborrable ni por qué ser universal ni siquiera inmortal. Puede serlo, y si lo es, maravilloso. Pero si no lo es, tampoco pasa nada mientras sea el menos conmovedor. Si provoca en tí empatía, sea por lo que sea, ya funciona. En mí, este texto no provocó ninguna empatía, por varios motivos. Lo primero, por el texto en sí. Quiero decir, que para empezar la traducción de Juan Pastor me pareció fría y demasiado literal. Había demasiadas palabras y expresiones traducidas literalmente del inglés, y eso no funciona. No se puede hablar de "evento", de "audiencia" o de "hacer tu parte" ni usar muchas expresiones traducidas literalmente del inglés y que en castellano no tienen sentido ni por supuesto, el efecto que tienen un inglés. Así que ya de entrada el texto es artificioso y lejano. A esto hay que unirle la pronunciación exagerada de Jeannine Mestre de los nombres en inglés. Bueno, de casi todos, porque otros sin embargo los pronunciaba de forma mucho más relajada. Pero esa pronunciación exageradísima del inglés provoca distanciamiento. Parecía estar escuchando a una hiperpija o a una snob que se retuerce la lengua para pronunciar Manhattan como una lugareña. Además de este detalle, Jeannine Mestre exagera demasiado una dicción que ya de por sí es fabulosa. Pero la exagera tanto y enfatiza tanto cada sílaba, que a veces no distingues siquiera la puntuación de las frases y tienes que esforzarte en "recomponer" tú la frase, como si se tratara de un capítulo del "Ulises" de Joyce.  Esto en el plano formal. En lo que respecta al contenido, también hay cosas de las que hablar. 



La historia que nos cuentan la escribió la propia protagonista y habla de su propia vida. Quiero decir que ella eligió qué quería contar y cómo lo quería hacer. Evidentemente ella es la dueña de su vida y de su historia y cuenta lo que quiere y como quiere. Pero en lo que más se recrea es en narrar unos hechos que a mí me interesan menos que otros aspectos de la trama. Vamos a ver; el querer explicarnos lo que "vamos a sentir" los demás cuando nos enfrentemos a una pérdida me parece un poco prepotente, asi de entrada. Desgraciadamente yo he vivido mis pérdidas y para nada sentí eso que ella cuenta. Creo que el dolor, como el miedo, como el amor, como la ausencia, como la pena negra son sentimientos únicos, personales, propios y menos mal que son así, porque son lo que nos distingue y nos hace únicos. Y a esta mujer le pasan dos desgracias, de acuerdo. Pero hay un momento en el que empieza a explorar "el año de pensamiento mágico"; ese momento en el que alguien culto e inteligente como ella, sufren un "click" en su mente y se plantea "si me deshago de sus zapatos, él ya no podrá volver". Ese momento, ese filón expresivo me parecía infinitamente más interseante de explorar. Cómo y por qué el dolor puede hacer que una persona culta e inteligente tenga ese tipo de pensamientos, qué provoca la ausencia, por qué el dolor nos vuelve irracionales, por qué es imposible llenar el  espacio del ausente, por qué la ausencia es más poderosa que la presencia... Todo eso a mí me interesaba muchísimo más . Pero la autora no pensaba como yo y prefirió contarnos cenas pijas en Malibú. Pues vale. Ella es la dueña de su vida y de su historia y el que tiene un problema soy yo. A joderse. Pero claro, inevitablemente, su historia pierde interés para mí, que ya no siento ninguna empatía ni formal ni intelectual con esa mujer. Y si la forma de hacer tampoco me seduce y lo que oigo son las cuitas pijas de una snob burguesa fina en tonos pastel, apaga y vámonos. No me interesas, Joan. Puede que al resto del mundo sí, pero a mí no. Ni formal ni intelectualmente.





Y Jeannine Mestre, a pesar de re-mar-car de-ma-sia-do ca-si to-das las pa-la-bras hace un trabajazo espléndido en cuanto a proceso interno. Quiero decir; todos los caminos por los que pasa son los que tienen que ser. Pasa de un estado a otro de forma lógica, orgánica, natural y justificada. Digamos que... la partitura de sentimientos que van llevando a su Joan por distintos derroteros emocionales es fluída, lógica, orgánica, natural, sabia, muy buena. Todas las transiciones son perfectas; las grandes, las pequeñas, las mentales y las físicas. Su trabajo es magistral. Pero quizá un poco acelerado. Y en cuanto a intensidad...un poco pasado de rosca. Vamos, que es imposible enfatizar hasta el límite desde la primera hasta la última sílaba del texto, porque entonces el fluir de la energía, el color, la diversidad, el aspecto plural de la composición se evapora y acabas por ver sólo a una señora al borde de la histeria completamente crispada y que llega a ponerte de los nervios.          

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