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sábado, 27 de abril de 2019

La otra mujer (un concierto). Kamikaze.

Muchas veces lo que más y mejor cura es lo inevitable. 
"La otra mujer" es una liturgia de sanación. La sanación de Nina, que acaba de romper con su chico, pero también nuestra sanación como "observantes" ajenos de esa ceremonia de sanación. Porque la medicina que cura a Nina y que nos curará a nosotros es una inevitable; la música.



Puede que la Nina de "La gaviota" sea el personaje chejoviano cuyo dolor más y mejor entiendo. Quizá porque soy actor. Y entiendo el dolor de esta Nina "messiánica" que busca lágrimas sinceras que laven su pena. La pena que tiñe a todas las mujeres de los textos de Messsiez. 
Y es que las mujeres de Messiez son las que más y mejor sufren. Las que sienten el dolor ese que te hace ir encogido de hombros, ese que te hace mirar como si fueras una cría de galgo a punto de ser asesinada, ese dolor que va de dentro afuera, ese miedo que da frío, que te llena de quizás, de por favor y de nunca. A todas nos gustaría sentir y expresar la pena como lo hacen las mujeres de Messiez. Al menos, aunque la pena no pase, la sueltan con palabras bellas, precisas y llenas de color. Palabras gorrrdas como las lágrimas y sabrosas como un fruto tropical. A todas nos gustaría hablar como lo hacen las mujeres "messiánicas" y a todas nos gustaría tener la chispa de las mujeres de Mankiewicz, la pasión de las mujeres verdianas o el salero de las mujeres de Almodovar. 




Al igual que las palabras son elegidas y su poder es multidimesional tanto en el tiempo como en el espacio, la música es inevitable. Puedes creerte curado, pero unas notas musicales entran por tus oídos y se clavan inmisericordes en tu corazón. La música NO la puedes evitar, las notas atacan y hagas lo que hagas producen un efecto inevitable e irreversible. NO PUEDES evitar emocionarte al oír el "Morgen" o "El hombre del piano" o "Le plat pays".
Y eso hace esta Nina, recurre a lo que sabe que puede salvarla. La música. Y se refleja y arropa en otra Nina, la Simone. Nina Simone no necesita explicación, es de esos seres que se explican solos. Basta con ver cualquier actuación suya. Toca la primera nota y se deja mojar por ese sonido, dice la primera palabra y la rellena con su vida, arrrrrranca a contar una historia y se abre en canal. Así, Nina Simone se dejaba hacer. Y Nina Messiez se deja hacer por la Simone buscando verdad en sus lágrimas, sanación en la catarsis y alegría cuando se pueda. No antes. Antes no puede. 

Cantar es como hablar. Si se hace sin sentido, resulta, pero no hace nada. No cambia. No moja, no altera, no toca, no mueve. Y eso es una puta mierda. Pero si al cantar, cantas es como cuando al hablar, hablas. Eliges, decides, rellenas y utilizas. Y si cantas como quien vive, las canciones, la música, te tocan, te cambian, te ponen ahí, te hacen arriesgarte, te hacen querer volar "para ver el mar desde el cielo". Y es que cantar es como vivir, es como actuar, es como hablar pero con notas. Pero deben sí o sí nacer del mismo sitio y de la misma intención y necesidad. Si no, son trampantojos. La música de verdad, las canciones de verdad, las palabras de verdad son las que hacen que las lágrimas salgan gorrrdas. 



Guadalupe Álvares Luchía se deja hacer por cada nota que entona y por cada palabra que pronuncia y navega por los rincones más comprometidos con una suavidad casi insultante. Se sumerge en el poder de sus palabras y se mece entre las notas de Nina. Espeluznante.



 Como espeluznante es ver los dedos suaves y flotantes de Juan Ignacio Ufor, un compañero generoso y delicado. 
Paloma Parra ilumina y oscurece a estas dos Ninas de forma prodigiosa. Y nos lleva del interior del alma a un estadio repleto y de ahí de nuevo al interior de un ser herido y a la intimidad de un acto de amor. Y Elisa Sanz cobija a esta gaviota herida con suavidad y respeto. 

De Messiez voy a decir poco. TODO  lo dicho anteriormente es POR él. Punto. Es el más. Es el amo. Le amo. 
Tres ejemplos de por qué: esa canción en la que se va deslizando con el codo apoyado en la barra, el "Nina nuestra que estás en los discos" y... la catarsis de Nina haciendo el amor con la música de Saint-Saëns. 

Si la música sana, el teatro transforma y Messiez ilumina. Es así, es inevitable.   


Gracias, Vanessa Rábade, por inmortalizar estos momentos con esas fotazas. 

domingo, 29 de abril de 2018

Ilusiones. Pavón Teatro Kamikaze.

Ivan Viripaev escribió un texto envenenado y Miguel del Arco ha montado un espectáculo igual de envenenado. 
"Ilusiones" es un drama existencialista sobre el  amor, o sobre la verdad y la mentira, o un relato sobre la palabra, o sobre el recuerdo, o sobre lo no dicho, o sobre la verdad creada, o incluso sobre la verdad creada entre todos. O puede ser lo que tú quieras. Porque la trampa de "Ilusiones" es que es una bomba subterránea que va haciendo su trabajo lentamente, sin que te des cuenta. Hasta que te descubres taladrado. 




Cuando uno va al teatro, o mejor dicho, cuando uno va a una sala en la que otros seres humanos han decidido compartir contigo una aventura necesaria y tú relajas tus esfínteres, abres los ojos y los oídos y dejas que las cosas pasen, es probable que descubras que las necesidades de los que te cuentan esa historia se parezcan a las tuyas. Entonces te estremeces. 
Me explico.
Yo llegué al Kamikaze con unas ganas locas de que "Ilusiones" me gustara. Coño, a ver, Miguel del Arco, Varónica Ronda, Daniel Grao, Marta Etura (a Alejandro no le conocía, lo siento), Juanjo Llorens, Manuela Barrero... todos juntos en un proyecto, eso es maravilla.  
Sin embargo el arranque me despistó. Marta Etura comienza a contarnos la historia de un matrimonio. Mejor dicho, las palabras de despedida de Dani a su mujer, Sandra en su lecho de muerte. Las palabras me suenan afectadas, demasiado acarameladas, casi tópicas. Me pongo a la defensiva como buen prejuicioso que soy a veces. No me gusta el tono ni el intento de emocionarme así, tan pronto. Y no termino de empatizar con la emoción de Marta Etura. Eso yo, el experto en autodefensa y en "aprioris". 
Hablo siempre desde mis sensaciones y desde mi experiencia única. Ni cuestiono ni juzgo el punto de vista ni la intención del director, faltaría más. Por eso, digo en voz alta aquí y ahora que yo creo o quiero creer que la intención de Miguel del Arco es que piquemos el anzuelo. La primera "trampa" de las que hablo es que creas estar en medio de una historia lírica de amor hasta que de pronto llega Verónica Ronda y te da un quiebro que te descoloca, te deja indefenso, te rompe el esquema y te devuelve al sitio virgen desde el que deberías estar viendo la función. Te ha pillado, ha conseguido que te veas cazado en tus prejuicios. Y arranca de nuevo la función. O arranca otra función, o la buena, o la de verdad. 
Porque cuando crees estar viendo una historia poética de amor entre dos seres preciosos y sinceros, se empiezan a abrir las capas subterráneas que esconden tanto el texto de Viripaev como la puesta en escena de Miguel del Arco. Veneno puro.




"Ilusiones", en mi experiencia, no habla del amor entre dos matrimonios, ni de los amores ocultos, ni siquiera del amor de verdad, o del amor sincero, o del amor escondido, o del amor enfermo, o del amor moñas. Que también. Sobre todo y principalmente habla de lo dicho. Y de lo no dicho. De lo que existe por el hecho de ser contado y de lo que nace al ponerlo en palabras. De lo real y lo irreal, de lo inventado, de lo creado al darle nombre, de lo que nunca existió y de lo que empieza a existir al ser nombrado. 
Ya se encargan ellos mismos de recordarnos cada poco que "es broma". Este detallito casi sin importancia, esconde la clave de "Ilusiones". Lo que te estoy contando es real porque te lo cuento. Pero no olvides que quizá sea broma, que quizá no sea tal y como te lo cuento y en ese caso tal vez sea mentira aunque yo te lo cuente. Quizá Dani y Sandra fueran hermanos. De hecho lo son durante los pocos segundos que dura la broma. Y así todas las relaciones y los amores entre estos cuatro personajes. En realidad son verdaderas cuando nos las cuentan. Cobran vida al ser nombradas. Las palabras crean vida. Lo no dicho, lo no contado, lo que no se nombra no existe y no ha existido. Eso es la vida, eso es el recuerdo y eso somos nosotros. Somos lo que recordamos, somos a lo que le ponemos nombre, somos lo que decidimos que viva. Ahí está el veneno y la trampa de "Ilusiones". Que no habla del amor, ni de las relaciones, sino de la existencia, de la vida, de lo que decidimos que exista y de lo que decidimos que sea verdad. De hecho, no sabemos demasiado de ellos ni de sus vidas, sabemos lo justo, lo que nos hace falta saber para comprender lo que nos quieren contar. Simplemente sabemos que tienen hijos e incluso nietos, pero ya está. Es un dato y nada más. No nos afecta. Porque a lo que vamos es a otra cosa. 
Además la historia se cuenta entre todos. En este "Rashomon" los vértices son variados, y los matices infinitos. Por eso cambian de personaje, de personalidad, y de eje. Los hechos narrados entre todos son más una creación que nunca. Creemos una historia entre todos. Este recurso literario y escénico es brillante, porque la riqueza de visiones nos da un prisma de realidad más variado. 

La RAE lo dice bien clarito:
Ilusión: concepto, imagen o representación sin verdadera realidad, sugeridos por la imaginación o causados por engaño de los sentidos.
Ilusión: esperanza cuyo cumplimiento parece especialmente atractivo.  

"Ilusiones" habla también de buscar nuestro lugar en el mundo. Subidos a una piedra, en medio de las palabras que dan vida a unos amores o dentro de un armario. O en medio de unos amores turbulentos e intercambiados. Por eso es normal el final de Margarita. Porque uno también sabe cuándo no hay más que rascar. Y en ese caso seguir... es tontería.




Confieso que viendo "Ilusiones" me pasó algo que muy, muy, muy pocas veces me ha pasado en un teatro. Durante toda la función YO fui de menos a más. Poco a poco fui entrando en la historia y en el código y poco a poco me dejé llevar por lo que estaba sintiendo, aunque yo solito me resistiera a sentirlo. Y de repente se produjo un "click" mágico, como en "Incendios", cuando el grito ahogado de Nuria Espert hace que de golpe comprendas el por qué. Pues me pasó igual. Cuando acaba la función y comienzan a mirar las fotos y a preguntar "Hola, ¿eres tú?", en ese momento TODO se colocó en mi cuerpo, me inundó una tristeza cósmica, se me hizo un nudo en la garganta y se me escurrieron dos lagrimones como dos melocotones. Y no podía parar de llorar. Porque en ese momento entendí todo, en ese momento todo cobró sentido, en ese momento "se colocaron los melones" y me di cuenta de lo inmensamente triste y leve que es la vida. Y me sentí tan frágil que no podía para de llorar. ESA ES LA TRAMPA Y EL VENENO DE "ILUSIONES", que te va horadando los centros sin que te des cuenta y cuando todo toma forma, ya es tarde, ya te ha destrozado. Porque ves que así es la vida, únicamente lo que tú decides que sea, lo que decides que sea verdad, lo que decides recordar, lo que decides contar... como estos amores, que son reales cuando se cuentan. Incluso los personajes tiene que gritar desde la mayor de las angustias cósmicas imaginables una frase que resume perfectamente el vértigo vital que esconde esta supuesta historia de amor. "Debe haber al menos alguna clase de permanencia en este inmenso y cambiante cosmos, ¿verdad?". Es el grito desesperado del que busca una razón para tanto dolor.       

Miguel del Arco despliega toda su sabiduría para plasmar sobre el escenario el vaivén de los personajes y de sus verdades. Ingenio, diversión, sentido del humor y dominio de los géneros. Maestría total en cada decisión y un optimismo soterrado de los que dejan ver que el director pasa por un buen momento vital, algo de lo que nos beneficiamos todos. Bravo. 
Las luces de Juanjo Llorens son de libro. Mágicas y con una potencia al servicio de los géneros, de los momentos, de la segunda capa de los personajes y de sus situaciones. Magistral. 
Fabuloso vestuario, espacio sonoro, música y escenografía. Tanto Sandra Espinosa como Sandra Vicente, Arnau Vila o Eduardo Moreno firman unos trabajazos acojonantes. 
Y un repartazo de lujo. Los cuatro ejes están sólidos, bravos y amorosos. Todos los balanceos de los personajes para un lado y para otro, alternando géneros, alternando densidades e incluso texturas dramáticas están vivos y nacen en el escenario. Daniel Grao es inmenso, divertido, sensual y magnético. Verónica Ronda despliega un ramillete de recursos de dejarte con la boca abierta. Marta Etura quizá necesite unas funciones para traspasar algo más. A veces parece que se esconde detrás de sus compañeros. Y Alejandro Jato no solo no se arruga ante sus experimentados compañeros, sino que compone y descompone sus personajes son una soltura desvergonzada.  

Un espectáculo no solo sólido y de una calidad grandiosa sino que al menos en mí produjo el efecto mágico de disparar su dimensión en un sólo "click", justo al terminar, cuando la vida sigue y los actores, personajes o cuentacuentos vuelven a preguntar: "¿eres tú?", como buscando unos seres vivos que se quieran hacer cargo de las historias que ellos podrían seguir contándonos. 
Y es que la historia y los protagonistas no siempre coinciden.               
Las fotos de Vanessa Rabade, como siempre, una obra maestra.  



lunes, 23 de abril de 2018

Elvira. Pavón Teatro Kamikaze.

Lo que no puede ser es que uno se suba a un escenario y no esté comprometido con el escenario. 



Recuerdo con cariño y nostalgia el antiguo Festival de Otoño, cuando se celebraba en otoño y era un festival. Había que comprar las entradas en las taquillas de los teatros y ese mes era una locura para poder verlo todo. Yo me guardaba un dinerillo de lo que ganaba con mis bolos para gastármelo en ver lo mejor de cada casa. Este año, gracias a la amorosa e hiperprofesional labor de Carlos Aladro y de su equipo, al menos hemos podido ver una selección gloriosa de lo mejor que se hace en el mundo. Ese era antaño el espíritu del festival y ese es ahora. Sólo falta que sea en otoño y que nos estresemos para cuadrar agendas. 
A lo que voy; este año hemos visto joyas, algunas de ellas con la palabra como eje. De la palabra barroca y rellena de carne y de sentido de "Pequeño misterio ácrata" de Mauricio Kartun, posiblemente uno de los mejores espectáculos vistos en Madrid este año a la palabra sonoramente sólida de esta "Elvira". Sonoramente sólida. Punto.

Pasa una cosa y es que si viene a Madrid alguien con la fama (y el talento, por supuesto) de Toni Servillo, las entradas vuelan. Todo vendido en minutos. Normal. Como normal es que todos demos por hecho y a priori que lo que vamos a ver va a ser una joya. Yo confieso que en mi prejuicio, en mi juicio previo, partía de la seguridad de que "Elvira" iba a ser una joya. Luego uno entra al teatro, nervioso por ir a ver una joya, se apaga la luz, comienza la vida sobre el escenario y te encuentras con lo que se produce realmente sobre el escenario. O entre el escenario y tú. Ese día, entre lo que ves y lo que tú eres esa noche, cómo estás, cómo eres y cómo te dejas. Eso pasa siempre. Pero también parece que es necesario explicar por qué algo tan incontestable como "Elvira" me dejó como estaba. 

Me pasa con muchos espectáculos; que los veo y confieso que son impecables, cada gesto, cada frase cada tono, cada mirada están en su sitio, son impolutos, impecables, intachables, limpitos y precisos. Pero para mi percepción del espectáculo les falta vida. Les falta nacer y "ser" en ese momento. Tengo la sensación de que sí, de que son perfectas, pero que si veo la función de ayer y veo la de mañana van a ser exactas. Siento que la función es siempre la misma. Exacta, clavada. Y puede que sea porque el proceso creativo ha sido bueno, se ha llegado a donde ellos querían, y lo han fijado. Sí, claro que hay que fijar y hay cosas que tienen que ser iguales porque la función es la misma, el texto es el mismo, el espectáculo es el mismo. Pero también es otro. Y tiene que ser otro. Porque eso es lo jodido del teatro; que siendo todos los días lo mismo, sea nuevo, nazca en ese momento. Que los actores vean nacer la energía esa tarde, la recojan, la utilicen y la expriman para hacer entre todos, la función única, la de cada día. La función viva. Si eso no pasa, las funciones serán perfectas, pero estarán disecadas. Perfectamente disecadas, pero disecadas. Y es que lo que no puede ser es que uno se suba a un escenario y no esté comprometido con el escenario. Puedes ser un funcionario de la escena impecable, incluso magistral, el más grande, pero no será un espectáculo vivo. Al menos para alguien no lo será. Y no digo que yo sea más listo que nadie ni tenga la sensibilidad en otra parte del cuerpo, para nada, solo digo que a mí no me coló, le vi el cartón. O esa fue mi sensación. 
Obviamente es un gran espectáculo. Indiscutible. Y escuchar a Toni Servillo es música. Qué gusto da oír las palabras cuando las palabras son seres vivos. Cuando las palabras son música, son notas que suenan y resuenan desde la maestría del que sabe lo que dice, por qué lo dice y para qué lo dice. Y se regodea en su propio sonido. Un gustazo cerrar los ojos y simplemente escuchar el sonido de sus palabras. 



Pero en mí se produjo desde el principio una especie de cortocircuito entre lo que estaba oyendo y lo que estaba viendo. 
Louis Jouvet trabaja con una joven actriz y alumna, Claudia en el París del año 40. Ella intenta preparar y descubrir el monólogo final de Doña Elvira. La forma de trabajar de Claudia no le gusta al director y este pide a la actriz que trabaje desde la emoción. Porque el teatro sin emoción no es verdadero teatro. 
Año 40, Stanislavski ha muerto hace nada y el método está extendido. Guay. El personaje de Servillo defiende que el teatro debe buscar el sentimiento, que la actriz ha de encontrar las emociones del personaje para así poder trasmitirlas. Sin artificios escénicos. Sólo con la pura emoción. 
Sin embargo lo que yo veo es una función disecada, una función que me hace sospechar lo que decía antes, que es clavada a la función de ayer y será clavada a la de mañana. Magistralmente montada, sí, minuciosa y detallista, pero YO sospecho que es y será la misma. Por eso me cortocircuito, porque me cuentan una cosa, la defensa de los sentimientos reales como única forma de acercarse a un personaje y a un espectáculo pero lo que veo es justo lo contrario. Insisto, esto es lo que YO siento, no digo que sea verdad. Que aquí a veces hay que cogérsela con papel de fumar...
El maestro hace uno, dos, tres, dieciséis análisis del texto, desgrana las palabras en un trabajo de mesa que quizá debería ser todo el curro previo a empezar a montar. Pero bueno. Yo lo que veía era a Servillo destripando una y otra y otra y otra vez el texto y pidiendo sentimientos, emociones sinceras y reales. Sin embargo lo que va marcando a la actriz es que entre más despacio para crear mayor impacto, que no haga pausas porque escénicamente no funcionan, ahora que no, que entre más deprisa... en fin... que en realidad está marcando justamente los recursos escénicos que le pide a la chica que NO utilice. 



En medio de ese cortocircuito mental mío entre lo que me dicen y lo que veo confieso que el texto da muchas vueltas sobre lo mismo. La misma escena se repite una y otra vez con el único aliciente de escuchar la melodía de la voz y la forma de hablar de Servillo y las mutaciones que sufre esa inmensa actriz que es Petra Valentini. Lo siento mucho pero me parece que ella es la verdadera ganadora de la función. Cuando ves que esta acorralada y que ni ella sabe cómo ni desde dónde retomar el texto otra vez, ella da un giro y te sorprende rebuscando en su interior el matiz minúsculo que marca la diferencia. Sinceramente, Petra Valentini me pareció prodigiosa. 
Además... y esto ya es una cosa personal... yo no creo que haya que buscar el sentimiento real ni la emoción verdadera. Sí y no. Lo que hay que conseguir es que el que mira se emocione, no que se emocione el actor. O no siempre. O no como regla, o no como axioma. Otra cosa es trabajar desde la sinceridad, buscando la verdad y desde la honradez. Eso sí, claro, siempre. Hay que ser honesto con las palabras, con lo que significan, con el hecho de elegir unas y no otras y de darles sentido desde ti con los seres que comparten el compromiso contigo. Pero la verdad de los sentimientos, las emociones reales, etc... sí pero no. Yo creo más en vivir y hacer nacer el momento único y especial, en alimentarlo y darle espacio. Y dejar que viva. Que sí, que lo otro también, pero esto más, jajaja.
Por cierto... hablaban de emociones sinceras y sentimientos reales pero solo se ocupaban de buscar los recovecos del texto, no buscaban las emociones de la actriz. Solo cuál era el significado real de las palabras y cuál debería ser el resultado final. De la búsqueda de la emoción de la actriz, nada. 
Aunque claro, esto es el texto y uno puede o no estar de acuerdo con el texto. 

Bueno, pues eso, que yo aquí haciendo amigos, como siempre.  
Pero insisto en que eso es lo que yo veía, lo que yo oía y lo que yo sentía. Tres cosas que no llegaron a juntarse. Y es una pena, porque con lo bien que suenan las palabras dichas como las dice Servillo y con un actrizón como Petra Valentini habría dado lo que fuera por haber salido más tocado.            

        

lunes, 19 de marzo de 2018

El tratamiento. Kamikaze.

La comedia es un género endiablado y difícil de cojones. El chiste puede valer, pero son las situaciones las que deben despertar la carcajada. En "El tratamiento", Pablo Remón recurre a la comedia para colarnos un dramón de cagarte por las patas. 
Remón domina todos los géneros. Pero no porque tenga un don especial, sino porque escribe desde el corazón de la verdad. No tiene ningún pudor (o eso parece) y se coloca en el epicentro del mogollón y te habla desde ahí. Ya sea contándonos los traumas de la Historia y de las heridas que deja, o hablando del amor y de las múltiples formas de defenderse y de atacarse que puede tener una pareja o hurgando en las cicatrices de una familia desestructurada. Y que quede claro, no digo que no tenga mérito y que no tenga un don especial para escribir; obviamente lo tiene, pero para mí su principal valor es el sitio desde donde te cuenta las cosas. Siempre es desde el más arriesgado, el que hace más pupa.
Ahora te toca el turno a la vida. Así, muy sencillo él. 



"El tratamiento" nos cuenta supuestamente la historia de un escritor, Martín que una vez cumplidos los cuarenta se encuentra divorciado, vendiendo su alma y su "arte" al show bussiness, con un hermano ausente al que necesita y un amor soñado que también se fue. Frente a nosotros, en un tiovivo de situaciones rocambolescas, personajes frikis y encuentros más o menos desafortunados llevarán a Martin a plantearse por fin para qué y por qué escribe.
Esto es lo que parece y de hecho de esto habla la función. Pero no sólo de esto.
Remón utiliza herramientas cinematográficas para llevar al teatro una forma de contar muy, muy del cine, pero trasladada a las tablas con genio. Desde el uso de narradores (varios y variados) que nos van contando como si de una voz en off se tratara las acotaciones y las elipsis de la acción hasta saltos temporales y casi, casi te diría que de eje. Incluso recurre a personajes que de repente empiezan a hablar de los demás. Martín habla de sí mismo, sí, pero los demás personajes interrumpen la acción para hablarnos de él, para describirle, para ubicarle. A fin de cuentas, la historia de uno está hecha por las visiones de uno mismo y de los demás. 
La forma en "El tratamiento" es un peldaño distinto dentro de la obra de Pablo Remón.  En cada obra suya ha empleado una "forma" distinta. Ni mejor ni peor. No es que vaya avanzando, es que para cada texto utiliza un material escénico diferente. "La abducción" hay que contarla como él lo hizo, y "Barbados etcétera" también. Lo que pasa es que en este caso, la "forma" parece más llamativa. Pero porque la historia lo necesita. En esta ocasión necesitaba hacer "cine dentro del teatro" o "teatro dentro del cine". 
"El tratamiento" habla de Martín, sí, de cómo olvida por qué y para qué escribe, de cómo vende su tratamiento con tal de ver su peli estrenada, de cómo la vida pasa veloz, de cómo es imposible fijar fotográficamente los momentos clave de nuestra vida, de que aunque los fijemos, su recuerdo siempre será manipulado, del vacío de un amor soñado, de la ausencia de amor paterno/materno/filial, de la fragilidad de los recuerdos, de lo que soñamos que sea la vida y el amor y lo que luego es y de la muerte como ser abstracto, frío y silencioso. "El tratamiento" es un puñetazo al hígado, es retorcerte los huevos con las dos manos y dejarte tirado en medio de un charco, es una apisonadora. Peeeero con el envoltorio de celofán de la carcajada y la situación esperpéntica. 
La obra está dirigida con ritmo de cine. Creo que si cronometras las escenas saldría incluso un algoritmo con un resultado pacífico. Porque "El tratamiento" tiene una capa no muy alta, una nariz dulce, con notas de confitura de frutas rojas con un amargor soportable, un paso en boca equilibrado, con alguna arista cómica equilibrada con el drama justo y sin embargo con un regusto amargo de cojones. Porque "la vida es un momentito" y eso no hay dios que lo soporte. Porque todos querríamos recordar aquel baile como si hubiera sido con un italiano viril con una melena como una cascada. Todos querríamos haber entendido mejor a aquel amor que llegó, duró y se fue. Porque a todos nos han dicho un día por teléfono, fríamente que nosequién ha muerto sin decir adiós. Porque todos hemos cedido parte de nuestro ser para conseguir eso etéreo que creemos que es lo que buscamos. Porque todos echamos de menos a nuestro hermano ausente. Porque la vida, por muy bien que vaya, es una putada. "El tratamiento" consta de tres partes, una presentación, un nudo y un desenlace particulares. Son tres tempos, tres estilos y tres conceptos distintos. 



Si la dirección y el texto son dos obras maestras, el trabajo de Monica Boromello no se queda atrás. 
Para esta ocasión ha creado como el cajón donde uno guarda los objetos sueltos que conforman una vida. Esa caja que todos tenemos en la que duermen desde el posavasos de aquella disco teen a una postal del año del pedo o un cacharrito que en su día significó algo. Es la caja de los recuerdos, esa caja donde todos los chismes juntos significan algo pero por separado sólo son partes de un todo. Maravilloso espacio sonoro de Sandra Vicente-Studio 340 y fabulosas luces de David Benito. Hasta la paleta de colores es magistral e invisible, de los azules brillantes al blanco y a los tierras. Magia pura. 
Y cinco seres tocados por el genio dando la cara.
Lo primero que quiero destacar es algo que consiguen los cinco a la vez, los cinco juntos. He visto el espectáculo dos veces. Lo vi el martes  y he repetido el domingo. Y debo decir que los dos días han sido perfectos y en ambas ocasiones he visto lo mismo. A ver si consigo explicarme: los dos días los cinco han ido alimentándose de lo que estaba pasando en escena. La energía y la densidad del aire sobre el escenario la recogían entre los cinco y la transformaban en energía escénica. Eso es JUSTO lo que debe suceder en un escenario, que lo que fluye, lo que se crea entre todos, lo recojan los cinco y lo utilicen para seguir creando algo juntos. Eso es algo inexplicable e invisible, pero que se nota, se distingue, se percibe, se huele, se algo. Y gracias a eso, lo que yo he visto cada día era lo mismo y era nuevo. Así debe ser el teatro, lo mismo pero nacido cada día. Para que esto pase hay que ser un actor/actriz grandioso y hay que estar abierto y respirando lo que pasa en el escenario. Eso hace que cada día sea único. A pesar de ser lo mismo. 



Bárbara Lennie, Ana Alonso, Francisco Reyes, Emilio Tomé y un cada día más perfecto Francesco Carril son el quinteto celestial que dan vida a veinte personajes. Los cinco están asombrosos, no sólo por lo que acabo de decir, sino porque son capaces de adueñarse de las palabras de Remón, de pasarlas por su sistema digestivo y de soltarlas en escena como si fueran el vapor de un géiser. Sus palabras son pura necesidad y sus acciones, impulsos. Ana, Bárbara, Emilio, Francisco y Francesco (no se puede ser más guapo) son los mediums PER-FEC-TOS para traer a la Tierra las palabras de Remón. Y entre ellos consiguen dos de los momentos más poéticos y dolorosos del teatro contemporáneo: el encuentro en el spa y el estreno de la peli. La aparición de Emilio y el giro que da ahí el texto es de esos momentos en los que el alma te da un vuelco y quieres morir de amor. Es tan estremecedor como cuando Yuri veía a Lara o cuando Stefan se daba cuenta de que ella era... Lisa, o cuando Nené decía que ella era Nené. 
¡¡Y qué decir del enano!!  Para la historia del teatro.  

Kamikaze lleva tiempo presentando y produciendo el MEJOR teatro que vemos en Madrid (aparte de la cósmica programación de Rígola en Canal) y con "El tratamiento" vuelven a demostrar algo que es obvio. El teatro está hecho, está ahí. La gente HACE buen teatro, buenísimo, sólo hay que ver quién y ponérselo fácil. Bravo de nuevo por Kamikaze, los madrileños nunca les agradeceremos lo suficiente lo que están haciendo.  

Las fotacas... de Vanessa Rábade, IMPRESIONANTES!!!!!       

viernes, 22 de septiembre de 2017

Ensayo. El Pavón teatro Kamikaze.

Si es que Fernanda tiene razón. La estructura se ha derrumbado. Está hecha añicos. ¿Cómo que cuál? Todas. La pareja, la sociedad, el futuro, el entramado, la seguridad, la paz, el bienestar, la belleza, la comunicación, la creación...



La pareja está rota. La pareja entendida como tal. Se puede amar desde el vacío, como la mirada de Fer escudriñando señales que nadie más ve; se puede amar desde la lejanía, como Jesús, se puede amar a dos y no estar loca como María y se puede amar el amor o la falta de amor como Isra.
La sociedad está rota. Pascal Rambert nació a principios de los 60, es hijo de la generación del 68, de una generación que creyó en un sueño y vio cómo ese sueño se desmoronaba. En realidad... casi como muchas generaciones. Pero está claro que el futuro, aun que depende de todos, está en manos de los jóvenes. Porque la sociedad se ha derrumbado. La estructura ya no vale. "Hay que volver a empezar el mundo".
Lo mismo pasa con todo. La paz, la seguridad, el bienestar, la comunicación, todo lo que nos rodea como seres se ha desmoronado. No hoy, no ayer. Está desmoronado, la estructura como tal ha volado, ha mutado, es otra, "la frase no es esa". Esa estructura que acordamos (y ellos cuatro acordaron) ya no vale.
Puesto que la estructura se ha roto, se ha derrumbado, debemos crear otra. Desde el amor. Hay que amarse. Porque esto ya no sirve. Hay que mirar la ficción. En la ficción está la verdad y la salvación.
No es un drama que la estructura se haya roto. Es. Y nada más. Mira a tu alrededor, hoy hay mil familias distintas, mil formas de amar, mil formas de organizarse, mil formas de protegerse, mil formas de atacar, mil formas de follar, mil formas de odiar, mil formas de morir.



El mundo, la sociedad, la estructura tal y como nos la plantearon yo existe más. Y es normal que Fer muera de pena al ver que su manantial salvador de amor es irreal, está difuminado y se ha secado por varias partes. Es normal que no pueda con la angustia de buscar en el texto, en lo concreto, en su arma hasta ahora. Y es normal que María pida justicia para su cuerpo y para su sentir.Y que Jesús busque la realidad en la creación, en la frase, en la palabra elegida, en el amor  irremediable. Y que Isra vea el fin de la estructura y pida ayuda.
Porque solos no podemos, solos seremos Fer, María, Jesús o Isra, no seremos nada, seremos partes y necesitamos volver a empezar el mundo. Desde la ficción, desde lo irreal, desde la creación, desde el lenguaje nuevo y la relación arriesgada, novedosa y peligrosa con la palabra y con el de al lado.



Es cierto que este "mensaje" es un lugar común, que se lleva escuchando desde hace tiempo y que es incluso algo... "ochentero", pero la crueldad es que sigue siendo vigente y necesario.
También es cierto que hay algo de: "hasta aquí hemos hecho nosotros, nosotros nos hemos cargado esto, ahora os toca a vosotros" con lo que no quiero estar de acuerdo. TODOS tenemos que luchar por crear un mundo nuevo. Los que tienen el dinero y el poder y los que vienen. Esa leve derrota me aleja un pelín.
Como también es cierto que el texto es un derroche de conceptos, un torrente salvaje que merece tiempo de digestión. Es como querer ver el Ermitage en una mañana. O como querer leer "Ulises" en la playa. Siento, preveo y me temo que me he dejado mil vueltas y revueltas que merecen una lectura calmada y abierta. Y es que quizá el texto sea demasiado bestial y con demasiado peso como para una sola lectura, un solo visionado. Tanto peso quizá reste algo de empatía. Aunque reconozco que no pestañeé en ningún momento y salí realmente trastocado.  Pero con todo y con eso, y sintiendo que es un espectáculo descomunal y grandioso, quizá tenga demasiado peso el texto. Aunque como ellos dicen (más o menos): tú dices o escribes unas palabras y luego está el público que pone la otra parte. Tú sueltas una idea y el otro la completa, la interpreta, la asume, la censura o la digiere. En ese sentido lo que sale de la pluma de Pascal Rambert es gigantesco. Somos nosotros los que tenemos que estar a la altura.

La puesta en escena funciona, me funciona. Incluso la luz y el espacio desnudo y aséptico. No me convence que las mujeres añadan un color a su ropa y los hombres no. Me sugiere una dicotomía que no va con la historia.

Es obligatorio que destaque el momento musical. Es curioso que un canción de los 70, "De amor ya no se muere" de Gianni Bella sirva para unir de esa forma a estos dos personajes abandonados y casi humillados. La mutación de Isra y de Fer en este momento debería pasar a la historia del teatro. IMPACTANTE en su simplicidad y desgarradora en su intensidad.



María Morales, Jesús Noguero, Israel Elejalde y Fernanda Orazi sencillamente hacen lo que deben hacer unos intérpretes sobre un escenario: logran crear una situación abrasadora por primera y única vez. Intentar buscar adjetivos es absurdo. María y Fernanda son sobrehumanas, viven sus papeles desde el riesgo y la valentía. Hacen surgir una realidad a golpe de intestino. Jesús e Israel son dos maestros. La declaración de amor de Jesús es tan patética como bella como dolorosa, tres cualidades que es casi imposible que vayan juntas. Y el arrebato y la vulnerabilidad herida e hiriente de Isra conmueve y te abre en canal. Insuperables.

Aunque tenga sus cosillas, "Ensayo" (o "Repetición", en francés) es un espectáculo abrasador y desgarrador. Asentado en un texto quizá demasiado inmenso y con cuatro bestias suicidas. El primer bombazo de la temporada.

¡Ah, se me olvidaba! Quién sabe si estos cuatro vértices, estas cuatro patas del mismo banco, estas cuatro esquinas de la mesa, de hierro o de madera, estos cuatro puntos cardinales, estos cuatro elementos de la naturaleza, estos cuatro trozos del mismo ser, del mismo cuerpo quizá sean cuatro aristas de la misma pieza. ¿De qué color era el puto Golf GTI; azul, verde, amarillo? ¿Acaso importa? ¿No era tal vez de todos esos colores o incluso de alguno más?  



PD: Las fotazas acojonantes son de Vanessa Rabade y espero que no le importe que las haya utilizado.