Ivan Viripaev escribió un texto envenenado y Miguel del Arco ha montado un espectáculo igual de envenenado.
"Ilusiones" es un drama existencialista sobre el amor, o sobre la verdad y la mentira, o un relato sobre la palabra, o sobre el recuerdo, o sobre lo no dicho, o sobre la verdad creada, o incluso sobre la verdad creada entre todos. O puede ser lo que tú quieras. Porque la trampa de "Ilusiones" es que es una bomba subterránea que va haciendo su trabajo lentamente, sin que te des cuenta. Hasta que te descubres taladrado.
Cuando uno va al teatro, o mejor dicho, cuando uno va a una sala en la que otros seres humanos han decidido compartir contigo una aventura necesaria y tú relajas tus esfínteres, abres los ojos y los oídos y dejas que las cosas pasen, es probable que descubras que las necesidades de los que te cuentan esa historia se parezcan a las tuyas. Entonces te estremeces.
Me explico.
Yo llegué al Kamikaze con unas ganas locas de que "Ilusiones" me gustara. Coño, a ver, Miguel del Arco, Varónica Ronda, Daniel Grao, Marta Etura (a Alejandro no le conocía, lo siento), Juanjo Llorens, Manuela Barrero... todos juntos en un proyecto, eso es maravilla.
Sin embargo el arranque me despistó. Marta Etura comienza a contarnos la historia de un matrimonio. Mejor dicho, las palabras de despedida de Dani a su mujer, Sandra en su lecho de muerte. Las palabras me suenan afectadas, demasiado acarameladas, casi tópicas. Me pongo a la defensiva como buen prejuicioso que soy a veces. No me gusta el tono ni el intento de emocionarme así, tan pronto. Y no termino de empatizar con la emoción de Marta Etura. Eso yo, el experto en autodefensa y en "aprioris".
Hablo siempre desde mis sensaciones y desde mi experiencia única. Ni cuestiono ni juzgo el punto de vista ni la intención del director, faltaría más. Por eso, digo en voz alta aquí y ahora que yo creo o quiero creer que la intención de Miguel del Arco es que piquemos el anzuelo. La primera "trampa" de las que hablo es que creas estar en medio de una historia lírica de amor hasta que de pronto llega Verónica Ronda y te da un quiebro que te descoloca, te deja indefenso, te rompe el esquema y te devuelve al sitio virgen desde el que deberías estar viendo la función. Te ha pillado, ha conseguido que te veas cazado en tus prejuicios. Y arranca de nuevo la función. O arranca otra función, o la buena, o la de verdad.
Porque cuando crees estar viendo una historia poética de amor entre dos seres preciosos y sinceros, se empiezan a abrir las capas subterráneas que esconden tanto el texto de Viripaev como la puesta en escena de Miguel del Arco. Veneno puro.
"Ilusiones", en mi experiencia, no habla del amor entre dos matrimonios, ni de los amores ocultos, ni siquiera del amor de verdad, o del amor sincero, o del amor escondido, o del amor enfermo, o del amor moñas. Que también. Sobre todo y principalmente habla de lo dicho. Y de lo no dicho. De lo que existe por el hecho de ser contado y de lo que nace al ponerlo en palabras. De lo real y lo irreal, de lo inventado, de lo creado al darle nombre, de lo que nunca existió y de lo que empieza a existir al ser nombrado.
Ya se encargan ellos mismos de recordarnos cada poco que "es broma". Este detallito casi sin importancia, esconde la clave de "Ilusiones". Lo que te estoy contando es real porque te lo cuento. Pero no olvides que quizá sea broma, que quizá no sea tal y como te lo cuento y en ese caso tal vez sea mentira aunque yo te lo cuente. Quizá Dani y Sandra fueran hermanos. De hecho lo son durante los pocos segundos que dura la broma. Y así todas las relaciones y los amores entre estos cuatro personajes. En realidad son verdaderas cuando nos las cuentan. Cobran vida al ser nombradas. Las palabras crean vida. Lo no dicho, lo no contado, lo que no se nombra no existe y no ha existido. Eso es la vida, eso es el recuerdo y eso somos nosotros. Somos lo que recordamos, somos a lo que le ponemos nombre, somos lo que decidimos que viva. Ahí está el veneno y la trampa de "Ilusiones". Que no habla del amor, ni de las relaciones, sino de la existencia, de la vida, de lo que decidimos que exista y de lo que decidimos que sea verdad. De hecho, no sabemos demasiado de ellos ni de sus vidas, sabemos lo justo, lo que nos hace falta saber para comprender lo que nos quieren contar. Simplemente sabemos que tienen hijos e incluso nietos, pero ya está. Es un dato y nada más. No nos afecta. Porque a lo que vamos es a otra cosa.
Además la historia se cuenta entre todos. En este "Rashomon" los vértices son variados, y los matices infinitos. Por eso cambian de personaje, de personalidad, y de eje. Los hechos narrados entre todos son más una creación que nunca. Creemos una historia entre todos. Este recurso literario y escénico es brillante, porque la riqueza de visiones nos da un prisma de realidad más variado.
La RAE lo dice bien clarito:
Ilusión: concepto, imagen o representación sin verdadera realidad, sugeridos por la imaginación o causados por engaño de los sentidos.
Ilusión: esperanza cuyo cumplimiento parece especialmente atractivo.
"Ilusiones" habla también de buscar nuestro lugar en el mundo. Subidos a una piedra, en medio de las palabras que dan vida a unos amores o dentro de un armario. O en medio de unos amores turbulentos e intercambiados. Por eso es normal el final de Margarita. Porque uno también sabe cuándo no hay más que rascar. Y en ese caso seguir... es tontería.
Confieso que viendo "Ilusiones" me pasó algo que muy, muy, muy pocas veces me ha pasado en un teatro. Durante toda la función YO fui de menos a más. Poco a poco fui entrando en la historia y en el código y poco a poco me dejé llevar por lo que estaba sintiendo, aunque yo solito me resistiera a sentirlo. Y de repente se produjo un "click" mágico, como en "Incendios", cuando el grito ahogado de Nuria Espert hace que de golpe comprendas el por qué. Pues me pasó igual. Cuando acaba la función y comienzan a mirar las fotos y a preguntar "Hola, ¿eres tú?", en ese momento TODO se colocó en mi cuerpo, me inundó una tristeza cósmica, se me hizo un nudo en la garganta y se me escurrieron dos lagrimones como dos melocotones. Y no podía parar de llorar. Porque en ese momento entendí todo, en ese momento todo cobró sentido, en ese momento "se colocaron los melones" y me di cuenta de lo inmensamente triste y leve que es la vida. Y me sentí tan frágil que no podía para de llorar. ESA ES LA TRAMPA Y EL VENENO DE "ILUSIONES", que te va horadando los centros sin que te des cuenta y cuando todo toma forma, ya es tarde, ya te ha destrozado. Porque ves que así es la vida, únicamente lo que tú decides que sea, lo que decides que sea verdad, lo que decides recordar, lo que decides contar... como estos amores, que son reales cuando se cuentan. Incluso los personajes tiene que gritar desde la mayor de las angustias cósmicas imaginables una frase que resume perfectamente el vértigo vital que esconde esta supuesta historia de amor. "Debe haber al menos alguna clase de permanencia en este inmenso y cambiante cosmos, ¿verdad?". Es el grito desesperado del que busca una razón para tanto dolor.
Miguel del Arco despliega toda su sabiduría para plasmar sobre el escenario el vaivén de los personajes y de sus verdades. Ingenio, diversión, sentido del humor y dominio de los géneros. Maestría total en cada decisión y un optimismo soterrado de los que dejan ver que el director pasa por un buen momento vital, algo de lo que nos beneficiamos todos. Bravo.
Las luces de Juanjo Llorens son de libro. Mágicas y con una potencia al servicio de los géneros, de los momentos, de la segunda capa de los personajes y de sus situaciones. Magistral.
Fabuloso vestuario, espacio sonoro, música y escenografía. Tanto Sandra Espinosa como Sandra Vicente, Arnau Vila o Eduardo Moreno firman unos trabajazos acojonantes.
Y un repartazo de lujo. Los cuatro ejes están sólidos, bravos y amorosos. Todos los balanceos de los personajes para un lado y para otro, alternando géneros, alternando densidades e incluso texturas dramáticas están vivos y nacen en el escenario. Daniel Grao es inmenso, divertido, sensual y magnético. Verónica Ronda despliega un ramillete de recursos de dejarte con la boca abierta. Marta Etura quizá necesite unas funciones para traspasar algo más. A veces parece que se esconde detrás de sus compañeros. Y Alejandro Jato no solo no se arruga ante sus experimentados compañeros, sino que compone y descompone sus personajes son una soltura desvergonzada.
Un espectáculo no solo sólido y de una calidad grandiosa sino que al menos en mí produjo el efecto mágico de disparar su dimensión en un sólo "click", justo al terminar, cuando la vida sigue y los actores, personajes o cuentacuentos vuelven a preguntar: "¿eres tú?", como buscando unos seres vivos que se quieran hacer cargo de las historias que ellos podrían seguir contándonos.
Y es que la historia y los protagonistas no siempre coinciden.
Las fotos de Vanessa Rabade, como siempre, una obra maestra.
Aquí podrás leer MI opinión sobre los espectáculos que voy viendo. Insisto en que es MI opinión, nada mas. No pretendo adoctrinar ni tener razón. Únicamente te contaré MIS razones para amar o amar menos lo que vaya viendo. El teatro son gustos y aquí leerás los míos. No soy crítico, solo necesito contarle al mundo el porqué de mis amores. Lo que puedes leer aquí es lo que yo he sentido al ver estos espectáculos. Ni más ni menos que mis sensaciones. Si a alguien le sirven, estupendo.
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domingo, 29 de abril de 2018
viernes, 22 de septiembre de 2017
Los universos paralelos. Teatro Español.
David Lindsay-Abaire escribió este texto el año 2006 y ganó el Pulitzer. Incluso se hizo una peli y Nicole Kidman estuvo nominada como mejor actriz protagonista.
Misterios de la vida, porque a mí el texto me ha parecido lo contrario de lo que David Serrano, director de esta función, cuenta en el dossier. Yo, que soy muy melodramático no sentí la más mínima emoción viendo este espectáculo. Texto lleno de clichés además a medio gas, sin siquiera exprimirlos para buscar la emoción. Ya lo sé, eso sería un truco barato, pero al menos puede que consiguiera emocionar. ¡Coño, más trucos que usaba Douglas Sirk...!
El texto no me emociona nada, los momentos más... estremecedores o las frases más duras están metidas con calzador. Además la puesta en escena es tediosa, se hace larga. La primera escena entre las hermanas por ejemplo, es eterna y no aporta nada a la función. Si la quitas, todo seguiría igual. Incluso si quitaras el personaje de la hermana todo seguiría igual. Igual de blando.
La puesta en escena de David Serrano es superflua y nada emocionada. Me gustó cómo administró las armas en "Buena gente" aunque en el resto de espectáculos que le he visto no ha vuelto a interesarme tanto. Aquí se centra en buscar demasiado premeditadamente los momentos sensibleros y deja pasar perlas auténticas, como por ejemplo la relación de los personajes con los objetos y con el entorno. Es imposible que una madre esté doblando la ropita de su hijo muerto sin estremecerse, sin sentir nada, ni querer olerla, sin que se le aparezcan mil imágenes de su hijo. Y la casa, la soledad en la casa, el sofá, el plato, el vaso, la camita, todo lo que debería recordarles al hijo ausente. Nada, no hay nada de eso.
La baza principal del espectáculo, que debería ser la potencia del drama y la desolación del texto no aparece en la puesta en escena, que a pesar de lo larga que se hace, está como precipitada y los momentos no discurren con naturalidad, sino de forma atropellada y sin dar lugar a que un momento provoque el siguiente.
Una vez desechado todo eso sólo queda el trabajo de los actores. Daniel Grao está fabuloso. Trata de dar profundidad y sufrimiento a su personaje torturado. Lo consigue a medias porque a pesar de que el está fantástico, lo que le rodea le aprisiona y le deja a punto sólo de conseguir la verdad. Algo real en medio de un bosque de gestos, poses, mohines y sombras no fluye como debiera.
Carmen Balagué está inconmensurable. No se puede estar mejor, con más seguridad y pisando el escenario con más derecho. Llevando las riendas de sus momentos como una sabia de la escena. De lejos y sin duda, lo mejor de la función. Aunque debo confesar que le referencia a esa actriz... amiga... en fin, me sacó de golpe de la escena y me dio de morros con la realidad de la sala. Medio llena, todo hay que decirlo. Eso sí, su monólogo sobre el dolor y la pérdida... magistral. Belén Cuesta también está muy bien.
Yo lo siento pero hasta para emocionarme prefiero hacerlo cuando yo lo sienta y sin que me dirijan. Y si lo hacen, que lo hagan bien para que o no me de cuenta de que me están llevando o al menos, no me importe dejarme llevar.
Misterios de la vida, porque a mí el texto me ha parecido lo contrario de lo que David Serrano, director de esta función, cuenta en el dossier. Yo, que soy muy melodramático no sentí la más mínima emoción viendo este espectáculo. Texto lleno de clichés además a medio gas, sin siquiera exprimirlos para buscar la emoción. Ya lo sé, eso sería un truco barato, pero al menos puede que consiguiera emocionar. ¡Coño, más trucos que usaba Douglas Sirk...!
El texto no me emociona nada, los momentos más... estremecedores o las frases más duras están metidas con calzador. Además la puesta en escena es tediosa, se hace larga. La primera escena entre las hermanas por ejemplo, es eterna y no aporta nada a la función. Si la quitas, todo seguiría igual. Incluso si quitaras el personaje de la hermana todo seguiría igual. Igual de blando.
La puesta en escena de David Serrano es superflua y nada emocionada. Me gustó cómo administró las armas en "Buena gente" aunque en el resto de espectáculos que le he visto no ha vuelto a interesarme tanto. Aquí se centra en buscar demasiado premeditadamente los momentos sensibleros y deja pasar perlas auténticas, como por ejemplo la relación de los personajes con los objetos y con el entorno. Es imposible que una madre esté doblando la ropita de su hijo muerto sin estremecerse, sin sentir nada, ni querer olerla, sin que se le aparezcan mil imágenes de su hijo. Y la casa, la soledad en la casa, el sofá, el plato, el vaso, la camita, todo lo que debería recordarles al hijo ausente. Nada, no hay nada de eso.
La baza principal del espectáculo, que debería ser la potencia del drama y la desolación del texto no aparece en la puesta en escena, que a pesar de lo larga que se hace, está como precipitada y los momentos no discurren con naturalidad, sino de forma atropellada y sin dar lugar a que un momento provoque el siguiente.
Una vez desechado todo eso sólo queda el trabajo de los actores. Daniel Grao está fabuloso. Trata de dar profundidad y sufrimiento a su personaje torturado. Lo consigue a medias porque a pesar de que el está fantástico, lo que le rodea le aprisiona y le deja a punto sólo de conseguir la verdad. Algo real en medio de un bosque de gestos, poses, mohines y sombras no fluye como debiera.
Carmen Balagué está inconmensurable. No se puede estar mejor, con más seguridad y pisando el escenario con más derecho. Llevando las riendas de sus momentos como una sabia de la escena. De lejos y sin duda, lo mejor de la función. Aunque debo confesar que le referencia a esa actriz... amiga... en fin, me sacó de golpe de la escena y me dio de morros con la realidad de la sala. Medio llena, todo hay que decirlo. Eso sí, su monólogo sobre el dolor y la pérdida... magistral. Belén Cuesta también está muy bien.
Yo lo siento pero hasta para emocionarme prefiero hacerlo cuando yo lo sienta y sin que me dirijan. Y si lo hacen, que lo hagan bien para que o no me de cuenta de que me están llevando o al menos, no me importe dejarme llevar.
sábado, 17 de enero de 2015
La piedra oscura. María Guerrero.
Todos tenemos un punto débil. Yo tengo varios. Y seguramente mi punto P emocional sea Federico. Si juntas a Federico con el textazo hermosísimo de Alberto Conejero, le das la batuta a San Pablo Messiez y les cedes el poder a dos seres como Nacho Sánchez y Daniel Grao, mi orgasmo cardíaco tiene por cojones que ser como el chorro del lago de Ginebra.
El primer artífice de este pequeño milagro es Alberto Conejero. Él es el responsable de esta joya sobre la ausencia y sobre la herencia. Lo que revolotea sobre estos dos seres son las ausencias. La ausencia de Federico, el no contar su historia de amor, la ausencia de una guerra que ni siquiera está presente sino que siempre está al otro lado de esas paredes, la ausencia de la madre, la ausencia de la música, el temor a que no haya trascendencia, que nada perdure, la necesidad de un encuentro entre esas dos almas, la ausencia de justicia, la ausencia incluso de un nombre, la ausencia de lo que da sentido al dolor, la ausencia de algo que convierta en real lo soñado. Esas ausencias sólo se curarán con un encuentro. El encuentro de dos seres torturados por una guerra puta que nada tiene que ver con ninguno de los dos pero que a los dos ha destrozado la vida, el presente y el futuro. Un futuro manco, cojo e incompleto para siempre. Y ya que no hay futuro y el presente está enfermo, al menos que perdure el pasado. Rafael necesita saber que todo ha sido por algo, que su historia de amor y desamor va a perdurar, que algo quedará en la memoria de los vivos. Y necesita de Sebastián, de ese chico que no tiene ni nombre hasta el final para eso. Sebastián navega entre recuerdos amargos que no sabe muy bien cómo digerir pero que sabe que son injustos y heridos. Y esos dos seres acabaran encontrándose por cojones, porque se necesitan para ser. Al menos en ese momento en el que no hay más salida que la verdad. Cada uno de ellos necesita al otro como catalizador de su propia vida y de su propia herencia. La herencia no material sino emocional, la jodía memoria histórica. La memoria sin más. Eso que tanto escuece a los desalmados. Eso que si lo hace Antígona parece lógico pero que si lo pretenden los hijos de los asesinados parece un desatino. Y ese ritual de "lavar" los pies del otro, se convierte en el momento en el que todo el patio de butacas se encoge, se desborda a llorar sin remedio y terminas de comprender la hermandad del dolor.
Los protagonistas de este encuentro ficticio son ellos dos, dos seres casi sin nombre y con una historia escamoteada hasta que no hay más remedio que buscar la salvación en el amor, en la entrega, en la culpa, en el pánico al vacío. Y protagonistas son esas presencias ausentes. Federico, la guerra, la paz, el vacío, el encuentro y el amor. El texto de Conejero es una auténtica maravilla tanto por la concreción como por el lirismo desaforado que encierra. Y aunque suene salvaje, al leerlo y releerlo y releerlo, da la sensación de que lo podía haber escrito el propio Federico. Es más, te diría, con permiso de Alberto, que de hecho LO HA ESCRITO Federico, metiéndose en los sueños de Conejero guiando su mano. Es absolutamente prodigioso.
Y llega San Pablo Messiez y ya pa qué quieres más. Desde el momento en el que entras en la sala y ves ese campo de camisas manchadas de sangre, entras en un cementerio. En el cementerio de los muertos en vano. y te sientas en una tumba sin nombre. O en una fosa común en un barranco o en una cuneta cualquiera. En esas tumbas que no quieren abrir. y antes de que empiece la función ya te han metido emocionalmente en todo el ajo. Hay que reconocer que el haber quitado o variado ciertos elementos que están en el texto para la puesta en escena es todo un acierto. Son dos lenguajes distintos y lo que es prodigioso en el texto, al ponerlo en pie seguramente habría funcionado de otra forma. Como la voz de Federico. Esa voz es necesario que está ausente. Porque la callaron. Y callada ha quedado para vergüenza de sus asesinos. Federico está y vuela por la escena pero es infinitamente más dramático y real NO escucharle.
Toda la puesta en escena es de una sutileza, de una profundidad, de un dramatismo y de una hondura de sentimientos asfixiantes. Las miradas entre ellos, su acercamiento reticente y necesario, el ritmo de la acción, los focos, los silencios, los contactos físicos y emocionales son una maquinaria de relojería hipnótica. Y de nuevo el poder sanador de la palabra. La palabra elegida, la precisa. La elección de las palabras como artista y como ser humano tiene consecuencias. Aquí vuelven a tener un poder sanador. Lo nombrado se convierte en real, en terrenal (como en "Los brillantes empeños"). Por eso hay que carnalizar el amor de Rafael y Federico. Ese poder brutal de la palabra, de lo dicho, de lo compartido, de lo valorado, de lo vivo es lo que nos salvará. Es necesario para que "nadie pueda desaparecer del todo". Sobriedad, lirismo, emoción, sutileza, respeto y un profundísimo sentido del amor y de la justicia inundan la elección de Messiez. y a mí me lleva de la mano a esos terrenos dolorosos de la transcendencia emocional de un amor, a la necesidad de haber amado y de haber sufrido por algo.
Elisa Sanz nos regala una escenografía acojonantemente bella y seca. Paloma Parra unas luces que no pueden ser más dolorosas y que convierten la escena en un cuadro de Mantegna. Y Ana Villa un espacio sonoro cruel y envolvente. Bravo por todas ellas.
Daniel Grao escucha, sufre, mira, siente, vuela, recuerda y ama de una forma espectacular. No puede estar mejor ni hacer cosas más difíciles. Calla lo que no debe decir, escucha y se empapa de lo que oye y descifra. Sus silencios son oro puro difícil, duro y seco de cojones. Es absolutamente prodigioso su nivel de profundidad y de buceo en los sentimientos para llegar a la depuración y sutileza de lo real. Llora y se rompe cuando literalmente NO PUEDE más. Y viaja de la sequedad del que sabe que tiene la razón hasta el desgarro del amante culpable de haber llevado a la muerte a su amor oscuro y de ahí a la frialdad del miedo al vacío de ese "Nadie puede desaparecer del todo, ¿verdad?" que debería pasar a la historia del teatro universal. Impresionante. Devoción eterna por este actor inmenso.
Nacho Sánchez me dejó boquiabierto. Su monólogo de arranque es sobrecogedor. Y de ahí parriba. Domina completamente el espacio, el ritmo, la progresión, la contención, la inocencia y la entrega. Es generoso con su compi y con la función. es niño, añora a su madre, se desconcierta con la guerra, admira a su rival, vive en la tierra y se ensueña de una forma que te hiela la sangre. El momento "me gustaría tocar en un teatro" te estruja el corazón y abre la compuerta de las lágrimas imparables. Nacho le da una fragilidad y una belleza a cada cosa que hace o dice inmejorable. Y esos ojos indominables tienen una profundidad y un poder que te agarran y te llevan a donde él quiere, dentro de su alma, a sus recuerdos o a sus temores. Los ojos de Nacho son una bomba atómica que maneja con respeto y con un nivel de verdad apabullantes. Y rizando el rizo... ¿no podrían ser los ojos de Federico? No me digas que no.
Y llego al momento ese al que llego a veces cuando escribo. Ese momento en el que debo parar de escribir porque vuelvo a ser un manojo de lágrimas y de hipo incontrolable. Sólo puedo decir que la belleza y el dolor que produce esta función no se pueden expresar ni compartir con palabras. Hay que vivirlas allí, sentado encima de una camisa manchada. Una camisa que podría ser la de Federico o la de cualquier asesinado que sigue esperando que se haga justicia con ellos y les saquen de la cuneta. Aunque a pesar de los malvados sigan vivos, porque afortunadamente "nadie puede desaparecer del todo".
El primer artífice de este pequeño milagro es Alberto Conejero. Él es el responsable de esta joya sobre la ausencia y sobre la herencia. Lo que revolotea sobre estos dos seres son las ausencias. La ausencia de Federico, el no contar su historia de amor, la ausencia de una guerra que ni siquiera está presente sino que siempre está al otro lado de esas paredes, la ausencia de la madre, la ausencia de la música, el temor a que no haya trascendencia, que nada perdure, la necesidad de un encuentro entre esas dos almas, la ausencia de justicia, la ausencia incluso de un nombre, la ausencia de lo que da sentido al dolor, la ausencia de algo que convierta en real lo soñado. Esas ausencias sólo se curarán con un encuentro. El encuentro de dos seres torturados por una guerra puta que nada tiene que ver con ninguno de los dos pero que a los dos ha destrozado la vida, el presente y el futuro. Un futuro manco, cojo e incompleto para siempre. Y ya que no hay futuro y el presente está enfermo, al menos que perdure el pasado. Rafael necesita saber que todo ha sido por algo, que su historia de amor y desamor va a perdurar, que algo quedará en la memoria de los vivos. Y necesita de Sebastián, de ese chico que no tiene ni nombre hasta el final para eso. Sebastián navega entre recuerdos amargos que no sabe muy bien cómo digerir pero que sabe que son injustos y heridos. Y esos dos seres acabaran encontrándose por cojones, porque se necesitan para ser. Al menos en ese momento en el que no hay más salida que la verdad. Cada uno de ellos necesita al otro como catalizador de su propia vida y de su propia herencia. La herencia no material sino emocional, la jodía memoria histórica. La memoria sin más. Eso que tanto escuece a los desalmados. Eso que si lo hace Antígona parece lógico pero que si lo pretenden los hijos de los asesinados parece un desatino. Y ese ritual de "lavar" los pies del otro, se convierte en el momento en el que todo el patio de butacas se encoge, se desborda a llorar sin remedio y terminas de comprender la hermandad del dolor.
Los protagonistas de este encuentro ficticio son ellos dos, dos seres casi sin nombre y con una historia escamoteada hasta que no hay más remedio que buscar la salvación en el amor, en la entrega, en la culpa, en el pánico al vacío. Y protagonistas son esas presencias ausentes. Federico, la guerra, la paz, el vacío, el encuentro y el amor. El texto de Conejero es una auténtica maravilla tanto por la concreción como por el lirismo desaforado que encierra. Y aunque suene salvaje, al leerlo y releerlo y releerlo, da la sensación de que lo podía haber escrito el propio Federico. Es más, te diría, con permiso de Alberto, que de hecho LO HA ESCRITO Federico, metiéndose en los sueños de Conejero guiando su mano. Es absolutamente prodigioso.
Y llega San Pablo Messiez y ya pa qué quieres más. Desde el momento en el que entras en la sala y ves ese campo de camisas manchadas de sangre, entras en un cementerio. En el cementerio de los muertos en vano. y te sientas en una tumba sin nombre. O en una fosa común en un barranco o en una cuneta cualquiera. En esas tumbas que no quieren abrir. y antes de que empiece la función ya te han metido emocionalmente en todo el ajo. Hay que reconocer que el haber quitado o variado ciertos elementos que están en el texto para la puesta en escena es todo un acierto. Son dos lenguajes distintos y lo que es prodigioso en el texto, al ponerlo en pie seguramente habría funcionado de otra forma. Como la voz de Federico. Esa voz es necesario que está ausente. Porque la callaron. Y callada ha quedado para vergüenza de sus asesinos. Federico está y vuela por la escena pero es infinitamente más dramático y real NO escucharle.
Toda la puesta en escena es de una sutileza, de una profundidad, de un dramatismo y de una hondura de sentimientos asfixiantes. Las miradas entre ellos, su acercamiento reticente y necesario, el ritmo de la acción, los focos, los silencios, los contactos físicos y emocionales son una maquinaria de relojería hipnótica. Y de nuevo el poder sanador de la palabra. La palabra elegida, la precisa. La elección de las palabras como artista y como ser humano tiene consecuencias. Aquí vuelven a tener un poder sanador. Lo nombrado se convierte en real, en terrenal (como en "Los brillantes empeños"). Por eso hay que carnalizar el amor de Rafael y Federico. Ese poder brutal de la palabra, de lo dicho, de lo compartido, de lo valorado, de lo vivo es lo que nos salvará. Es necesario para que "nadie pueda desaparecer del todo". Sobriedad, lirismo, emoción, sutileza, respeto y un profundísimo sentido del amor y de la justicia inundan la elección de Messiez. y a mí me lleva de la mano a esos terrenos dolorosos de la transcendencia emocional de un amor, a la necesidad de haber amado y de haber sufrido por algo.
Elisa Sanz nos regala una escenografía acojonantemente bella y seca. Paloma Parra unas luces que no pueden ser más dolorosas y que convierten la escena en un cuadro de Mantegna. Y Ana Villa un espacio sonoro cruel y envolvente. Bravo por todas ellas.
Daniel Grao escucha, sufre, mira, siente, vuela, recuerda y ama de una forma espectacular. No puede estar mejor ni hacer cosas más difíciles. Calla lo que no debe decir, escucha y se empapa de lo que oye y descifra. Sus silencios son oro puro difícil, duro y seco de cojones. Es absolutamente prodigioso su nivel de profundidad y de buceo en los sentimientos para llegar a la depuración y sutileza de lo real. Llora y se rompe cuando literalmente NO PUEDE más. Y viaja de la sequedad del que sabe que tiene la razón hasta el desgarro del amante culpable de haber llevado a la muerte a su amor oscuro y de ahí a la frialdad del miedo al vacío de ese "Nadie puede desaparecer del todo, ¿verdad?" que debería pasar a la historia del teatro universal. Impresionante. Devoción eterna por este actor inmenso.
Nacho Sánchez me dejó boquiabierto. Su monólogo de arranque es sobrecogedor. Y de ahí parriba. Domina completamente el espacio, el ritmo, la progresión, la contención, la inocencia y la entrega. Es generoso con su compi y con la función. es niño, añora a su madre, se desconcierta con la guerra, admira a su rival, vive en la tierra y se ensueña de una forma que te hiela la sangre. El momento "me gustaría tocar en un teatro" te estruja el corazón y abre la compuerta de las lágrimas imparables. Nacho le da una fragilidad y una belleza a cada cosa que hace o dice inmejorable. Y esos ojos indominables tienen una profundidad y un poder que te agarran y te llevan a donde él quiere, dentro de su alma, a sus recuerdos o a sus temores. Los ojos de Nacho son una bomba atómica que maneja con respeto y con un nivel de verdad apabullantes. Y rizando el rizo... ¿no podrían ser los ojos de Federico? No me digas que no.
Y llego al momento ese al que llego a veces cuando escribo. Ese momento en el que debo parar de escribir porque vuelvo a ser un manojo de lágrimas y de hipo incontrolable. Sólo puedo decir que la belleza y el dolor que produce esta función no se pueden expresar ni compartir con palabras. Hay que vivirlas allí, sentado encima de una camisa manchada. Una camisa que podría ser la de Federico o la de cualquier asesinado que sigue esperando que se haga justicia con ellos y les saquen de la cuneta. Aunque a pesar de los malvados sigan vivos, porque afortunadamente "nadie puede desaparecer del todo".
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