martes, 25 de noviembre de 2014

Madama Butterfly. Teatro Campoamor.

Estos días se ha estado representando en el Campoamor de Oviedo "Madama Butterfly", la preciosísima ópera de Puccini con libreto de la famosa pareja Illica/Giacosa. En el primer reparto figuraba Amarilli Nizza, la que fuera gran voz y sigue siendo un nombre de la escena mundial. Confieso que en ningún momento pensé en ir a verla. Lo primero porque prefiero un piano a un vibrato pero principalmente porque encabezando el segundo reparto estaba Carmen Solís y cualquier que me lea, sabrá que si mi corazón tiene un nombre dentro de la lírica, ese nombre es Carmen Solís. Otras tienen un hijo llamado "dolor". Pues mi corazón lírico se llama Carmen Solís. 
Por lo que he leído esta ha sido una de esas ocasiones en las que el segundo reparto ha despertado pasiones enfurecidas mientras que el primer reparto ha sido claramente... una chufa. Por eso debemos aprender todos que NO siempre el primer reparto es el de mayor calidad. Puede que sea el de nombres más rimbombantes, pero no de mayor calidad. Olvidemos primeros y segundos repartos y miremos los nombres, las personas que entregan su alma y decidamos más por ese criterio que por el del cartel. Pero bueno, a lo que voy.




Escenografía y vestuario de Niki Turner. Vestuario correcto, kimonos muy chulos, estampados y colores acorde con los personajes aunque quizá le faltó algún collarón a  Yamadori o algo que realzara su poderío y el de José Manuel Díaz. La escenografía era más discutible. Las plataformas circulares parecían puestas para ver si conseguían que alguno se escoñara. Además de tenerlos a los pobres apretujaos a veces en circulillos enanos, el ojo se te iba y parecía que estabas viendo un episodio de "humos amarillo" y Goro parecía el chino Cudeiro. No, en serio, cualquier elemento escenográfico debe ser necesario, útil y preciso. Y esas plataformas circulares a veces eran más un escollo que una ayuda. Además, si se supone que forman caminos por los que moverse, hay que respetar eso siempre, y no bajarse de repente porque conviene. Quiero decir, si para entrar en la casa hay que hacer una "ese", habrá que hacerla siempre y respetar eso siempre, no pasar de esa "ese" cuando te conviene. La urna central, casa, hogar, parecía como la urna de un museo de ciencias naturales y eso me gustaba. Aunque si esa era la idea, podía haber estado algo más explotada como tal. En cualquier caso, el espacio y los elementos simbólicos funcionaban. Incluso la nevera esa como de "Mad men" tenía un punto. No era quizá la mejor opción, pero funcionaba. Menos el cucurucho de Yatekomo como símbolo de austeridad. Eso sí que no. 




La luces de Alfonso Malanda no me gustaron. Daba la sensación de que había dos parrillas de focos en la parte de dentro y na más. Y creo que es de primero de iluminación que si iluminas por arriba, tienes que matar esa luz por los laterales o por delante. Sólo había luz por arriba. Y la escena pedía a gritos un cañón que siguiera a los protas. Las luces del fondo, cambiando de color según el estado emocional de la escena estaba bien. Esos azules, el rosa y el rojo pasión. Pero la mayor parte del tiempo los cantantes estaban en penumbra, o al menos mal iluminados. Y cuando de repente estaban bien iluminados, como en las arias y un ratito del dúo de las flores, entonces el corazón se te iluminaba. Así de importantes son unas luces.
Dirección escénica algo errante. Los grupos estaban regu movidos, a veces atropellados y poco concisos. Realmente no vi nada llamativo sino todo correcto. Eso sí, el "coro a bocca chiusa" se lo cargó por completo Olivia Fuchs. Los pobres estaban sepultados en el foso y se les oyeron las tres primeras notas, el resto nada. Y aunque las bailarinas hicieron un gran trabajo en ese momento (y en todos), la escena pedía a gritos gente y gente y gente deambulando y haciendo que la gente llorara con ese coro tan precioso. Dirección de actores totalmente nula. Una lástima, porque lo que los intérpretes hicieron por propia intuición era una auténtica mina para un director de actores medianamente entregado y con una visión concreta. Y lo del señor ese borracho del primer acto... no tiene explicación más que en mis sueños más bizarros. Inenarrable el pobre. La orquesta sonó bien, pero la batuta de José María Moreno a mi parecer, homogeneizó demasiado toda la partitura y limó demasiado los distintos momentos. Todo sanaba parecido y no había pasión, lirismo, melancolía o dulzura. La obra es sencilla en cuanto a libreto. Pasa poco y es muy simple y concreto. La grandeza está en la música, en las notas, en los matices, en los momentos. Y la orquesta  sonó monótona y muy plana todo el rato. 



  
Vocalmente hubo un poco de todo. Eduardo Aladrén estuvo un poco superado por su papel de Pinkerton. Aunque sus tonos medios fueron correctos, en los agudos perdió el tino y si ya desde el principio le superaron, en el final del dúo del primer actor fueron más evidentes. Aún así, pasó la prueba. Actoralmente estuvo bien y con la ayuda de su compañera logró lucir más y mejor de lo que parecía que se avecinaba. La Suzuki de Marina Rodríguez-Cusí aguantó bien el tipo con una buena interpretación aunque con la voz algo cansada. Se nota que tiene cantado este rol cien mil veces, porque lo domina vocal y escénicamente, aunque como digo se le notó la voz algo tocadilla.      
José Manuel Díaz cantó un Yamadori convincente y con una voz poderosa, de timbre precioso y actoralmente de mucha altura. Gran actor y gran cantante.  Jorge Rodríguez-Norton compuso un Goro divertido, simpaticón y cómplice. Vocalmente prodigioso. Tiene un timbre peculiar y para mi gusto, único y precioso. Los vídeos que hay por ahí no le hacen justicia. En vivo es carismático y embrujador. Javier Franco es un gran nombre y un gran cantante. Absolutamente perfecto tanto como actor como vocalmente. 




Y luego, y aparte de este mundo está Carmen Solís. Debutando el rol, para más inri. El papel de Cio-Cio San es lucido pero es a su vez una trampa mortal. Pasa por mil estados de ánimo. Desde la criatura que aparece rodeada de su familia en el primer acto, a la enamorada, a la mosqueada, a la mujer decidida, a la derrumbada, y a la mujerona madre suicida. Lo peor que puede hacer una japonesa hija de padre suicida. El honor perdido, lo que aquí sería la honra pero multiplicado pro mil millones de años de tradición nipona. La sutileza de la voz y la presencia de Carmen Solís es apabullante. Comienza la función realmente como una niña de 15 años y termina como una mujer derrotada. Su trabajo como  actriz fue absolutamente arrollador. Sutilezas, matices, acciones lógicas, reacciones justificadas, evolución, progresión, acumulación. Un trabajazo actoral completo y total de grandísima actriz. A la altura de esos momentos históricos como la Tosca de la Callas. Y vocalmente es la perfección absoluta. Voz ligera, fácil que sube a agudos expresivos, líricos a más no poder o incluso sobrehumanos (en riqueza, en matiz y en expresividad), sin recurrir a trucos, colocando la voz en todo momento en el sitio perfecto y con una voz fluída, nada estridente, que llega a donde quiere, con unos graves poderosos y con cuerpo y con un arco expresivo enorme y pleno en todo momento. Pianos, vibrato justo, sentimiento en cada nota y lo más difícil para mi gusto; diferentes texturas emocionales. La misma nota no puede nunca sonar igual si el personaje está en momentos distintos. Y como la grandísima actriz que es, Carmen Solís demuestra que en cada momento sabe lo que le está pasando  por dentro y de ahí las distintas texturas de su voz, siempre dentro de la belleza más sobrehumana. Juro por Mahler que nunca en mi puta vida he escuchado un "un bel di vedremo" tan intachablemente perfecto. Todas y cada una de las notas en su sitio, en su medida, con su duración, con su identidad, con su significado, con su color y con su emoción. De corazón digo que jamás de los jamases un momento me ha taladrado el corazón más que el "un bel di vedremo" de la Solís. Porque mi Carmen ya no es Carmen Solís, es como las grandes, la Solís. No me gusta ser agorero, pero con cosas así de evidentes... ya me diréis muy, muy pronto si la Solís no es la soprano española del siglo  XXI.      


  

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