domingo, 1 de marzo de 2015

Las amistades peligrosas. Matadero.

Darío Facal se atrevió hace un par de años a poner en pie una nueva visión de "Las amistades peligrosas". Empezó, que yo sepa, en el Fringe. Y ahí siguen. Lógico. 
No me conozco el texto original de Christopher Hampton ni el de Choderlos de Laclos al dedillo como para poder juzgar la adaptación de Javier L. Patiño y Darío Facal. Lo que sí sé es que el texto que nos encontramos en Matadero es una gozada, sin una sola fisura y con una riqueza tanto sonora como rítmica realmente asombrosa. 




Darío Facal se encarga de la dirección de esa bomba de relojería y plantea un espectáculo desnudo, fingido, tan fingido como las "relaciones" que vamos a ver. Los actores se acicalan y comienza la farsa, comienza el engaño. Unos pocos elementos en la escena, sillas, micrófonos, instrumentos musicales... todo disonante y con una energía salvaje simplemente "estando". Y desde ele momento en el que se enciende la mecha, no hay vuelta atrás. Ni un sólo respiro, ni una pausa, ni un sólo momento para que el espectador se relaje y respire. Al contrario, vas a enfrentarte a una montaña de dinamita. Lo único que quizá me chirríe sea que Volanges tararee "Los pescadores de perlas". Con todo y con eso, el subidón de adrenalina que se despliega y se transmite en la sala dos del Matadero es asfixiante.   




Carmen Conesa recrea a la perraca marquesa de Merteuil y crea, sin duda, el mejor trabajo de su vida. Tiene toda la maldad, el rencor, la ironía, la maquinación, la bilis y la pus enquistada necesarias para que ni remotamente te acuerdes de Glenn Close. A ver, es que las cosas como son, todo dios ha visto la peli y todos tenemos en un rincón de nuestro corazón las imágenes poderosas de la versión de Stephen Frears. Luchar contra eso o al menos intentar olvidarlo es un peso tremendo contra el que tiene que luchar a priori esta visión. Afortunadamente para todos estamos ante una visión tan poderosa, personal y coherente que consigue que en ningún momento recordemos la peli. Y la Conesa crea y recrea una víbora en sí misma. Manipuladora, pérfida y más mala que cualquier mala. Pasa por mil estados complejos hasta llegar a esa imagen final salvaje, cruda y estremecedora sin hacer nada más que mirarnos mientras se le cae, sin poder reprimirla, una lágrima. Acojonante. 




Nosotros elegimos ir un día en el que actuaba Cristóbal Suárez. Y dimos en la diana. No me imagino un Valmont más seductor, cruel, manipulador, maltratador, sibilino ni sexual que Cristóbal Suárez. Yo no sé el resto del público, pero servidor, incluso sabiendo lo cabrón que era, sólo pensaba en que rompiera la cuarta pared y me secuestrara a mí. Es como un semental desbocado que arrasa a cualquier mujer que se le ponga a tiro. No hay ni un sólo movimiento, palabra, gesto o pausa que no sea absolutamente perfecta. Lucía Díez es la desasosegante Cecile. Brillante actriz, envuelta en el halo de niña que hace que te revuelvas en la butaca en la escena... en esa escena. Estremecedora. Iria del Río sin embargo se me quedó un poco fuera de lo que esperaba de ella. Para mi gusto, le faltó un poco de la delicadeza y casi misticismo que debería tener en la primera parte. Luego se enturbia bien, pero falta base en el comienzo. 




En definitiva, montajazo salvaje, brutal, personal y enérgico. Una pasada tanto de concepción como de desarrollo. Visión caníbal de un textazo y desplegado con brutalidad y una calidad soberbia por parte de todos. Uno de esos montajes que se quedan en la memoria y que pueden durara años y años en cartel. De quitarse el sombrero.          

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