sábado, 7 de marzo de 2015

Silenciados. DT Espacio.

¿Es bueno ir al teatro a ver algo panfletario? Por supuesto que sí. ¿"Silenciados" lo es? Por supuesto que sí. ¿Es una pena que lo sea? Por supuesto que también. 
Porque es una pena que en pleno siglo XXI, haya que seguir haciendo este tipo de espectáculos. Porque es una pena que en pleno siglo XXI sigan tirando a gente al vacío por vivir su vida. Porque es una pena que en pleno siglo XXI se siga considerando la diferencia como motivo para matar, torturar, herir, martirizar, degradar, mutilar o sencillamente MARCAR al otro sólo porque viva de forma diferente. 
En este caso la discriminación viene por la vida sexual de los implicados. Fíjate tú. La vida sexual, como si uno pudiera elegir qué le excita. Hace poco he leído por ahí: "La sexualidad no la eliges. La descubres" . Pues eso, no me voy a poner ahora a defender que el mar sea azul, que el fuego queme o que llueva hacia abajo. Lo evidente y lo irrefutable no merece mayor defensa. Cada uno vive su vida sexual como le da la gana. Punto. Por eso es horriblemente cruel que un ser humano degrade a otro o torture a otro, o mate a otro sólo por vivir su sexualidad como la siente. 
En ese compromiso político que tiene cualquier obra de teatro, Sudhum decidió hace ocho años poner en escena las historias de cinco seres perseguidos por vivir su sexualidad. Desgraciadamente, ocho años después, siguen representando "Silenciados" y lo peor de todo es que sigue siendo de total actualidad. Y peor aún, lo seguirá siendo si no ponemos remedio. Si no nos damos cuenta de una puta vez de que la vida de cada uno es tan "sagrada" que nuestra única obligación como seres humanos es la de protegerla, cuidarla y respetarla. La de cualquiera. 




El espectáculo, escrito y dirigido por Gustavo del Río Prieto nos cuenta las historias de cinco seres humanos sacrificados por sentir. Cinco seres que surgen de debajo de un plástico como si fueran casi cinco cadáveres escapándose del depósito para contarnos sus historias. Juan Caballero, una debilidad personal, un hiperdotado en hacer creíble y cercano cualquier papel que interprete es el prisionero 1895 de Aushwich. Enrique Gimeno es Octavio Acuña, un activista mejicano asesinado en 2004, Gustavo del Río es Jesús Prieto, asesinado por "motivos religiosos", Jonatan Fernández es Paulina, transexual guatemalteca asesinada por... transexual guatemalteca y Nicolás Gaude es Mateo Rodríguez, víctima de bullying y también muerto. Todos y cada uno de los actores se dejan la piel, los huevos, las babas y media vida en cada representación. Entregan todo lo que son y todo lo que tienen y eso traspasa. Y llega. Y estremece. Y duele. Cinco actorazos a los que sólo se puede admirar contando cinco historias crueles, duras, salvajes e injustas. Tanto que darían hasta risa si no fueran reales. 

La puesta en escena es elegante, dura, imaginativa, dinámica y muy, muy comprometida. La imagen de los cinco elementos es tan poderosa como la de los cinco actores. Quizá si peca de algo sea de que las cinco historias repiten un poco un esquema parecido y el efecto se va diluyendo un pelín. Aunque por otro lado el que todas las historias sean parecidas sólo refleja que esto no ha cambiado y que es igual en cualquier época y lugar del mundo. Tarados y enfermos hay en todas partes. Ahora mismo, en los telediarios están estos que tiran a gente desde las azoteas y que parecen sacados de la Edad Media y que se creen salvadores de una sociedad que se pudre por lo que cada uno hace en la intimidad de su cama. 




Teatro desgraciadamente necesario que debería ser de visión obligada para TODO ser humano. A ver si de una jodía vez nos damos cuenta de que no hay nada más bonito y azul que la libertad. Libertad para que cada uno haga lo que sienta, respete al de al lado y construya un mundo con el color del arco iris, el único arco que tiene todos los colores y los tiene en armonía.          

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