jueves, 19 de marzo de 2015

Constelaciones. Teatro Lara

"¿Te imaginas tirar un dado 60000 veces?" dice ella, Marianne a Roland. Y lo hacen, tiran el dado de la posibilidad cien mil veces y nosotros vemos lo frágil y estable que el el destino, el futuro, la vida, la posibilidad. Ella es profesora de física cuántica y él, apicultor y urbanita. No es caprichoso tampoco. Ella maneja dimensiones gigantescas, vacíos, eternidad, infinito, agujeros negros, posibilidades, espacio, tiempo y dimensiones. Él maneja un orden establecido, un ritmo y una jerarquía indiscutibles, incuestionable e inalterable. Ninguna abeja, zángano, reina ni obrera hace nada que no sea lo que su "destino" le tiene reservado. Su capacidad de arbitrariedad es nulo. Justo todo lo contrario que una estrella o un asteroide. Pero resulta que van y se juntan. ¿Por qué? ¡Ah, puritita casualidad! Y mira que podría haber pasado cualquier cosa. Pero pasa lo que pasa. 



Este pedazo de texto de Nick Payne es terriblemente complejo y potencial. Nos presenta a estos dos personajes adorables y comestibles y los junta en un momento anodino. Acto seguido explora las cien mil posibilidades que podrían haber sucedido de haber cambiado una coma, un sustantivo, una intención o una reacción. Nunca sabemos exactamente cuál es la acción real y cuáles las posibilidades. O quizá hayan sucedido todas. O ninguna. O puede que una sucediera y las otras sean el subtexto, el pensamiento interno. ¿Por qué no? En esta historia de posibilidades puede haber pasado cualquier cosa. Lo que parece inevitable es el final. Ese final desolador y terrorífico. Si las "escenas" de componen la obra fueran piezas de un tangram, ¿crees de verdad que habría dos espectadores que formaran la misma figura? Creo sinceramente que lo estremecedor de este espectáculo es que deja en manos (o en mentes) del espectador el orden de lo que sucede, e incluso te regala la posibilidad de armar tú mismo el desarrollo de la historia y decidir qué es lo que ocurre de verdad y cuáles son las posibilidades. Brillante. Aparte, claro, de la historia dura que cuenta y de lo complementario y necesario de cada personaje para vivir y convivir con el otro. 



Para llevar esto adelante Fernando Soto ha hecho lo mejor que podía hacer; buscar a dos actorazos inconmensurables, dejan que convivan y que fluya la energía entre ellos y orquestar un movimiento escénico esquemático, limpio y casi minimalista y envolverlo en unas buenas luces y una escenografía escueta e integrada. Y dejar que campen a sus anchas esas dos bestias escénicas que son don Fran Calvo y doña Inma Cuevas. 
Inma Cuevas, la grandiosa Madre Teresa del grandioso Judas del que hablo continuamente, la "Cerda" más cerda de las Camelias, lleva quinientos mil premios. Y pocos son para los que merece. Porque no me digáis que no es un prodigio TODO lo que hace. ¿Sabes cómo es el diagrama de un encefalograma, lleno de picos parriba y pabajo? Pues ese es el diagrama emocional en el que se mueve Inma Cuevas. Salta de la risa histérica al vozarrón profundo y el hachazo en un plisplás. Y se queda tan pancha, como si ese fuera su estado habitual. Y Fran Calvo no sólo está a la altura de su compañera, sino que crea, mantiene, devuelve y modifica un torrente de energía que no deja de fluir por el escenario. Para conseguir eso no hay que ser un actorazo capaz de dar una réplica de altura sino que hay que ser algo más. Un creador, una esponja emocional que absorbe, empapa, genera, crea y suelta chorros y chorros de energía. Ese flujo lo crean al 50% ellos dos, y gracias a eso funciona. Si no estuvieran de tú a tú y si no se electrificaran el uno al otro no sería posible ese nivel de sensaciones y de realidad. Perdóname, Inma, sé que vas a entender lo que voy a decir. Si Fran no se ha llevado tantos premios como Inma es porque Marianne nos pilla le corazón de otra forma. Pero el nivelamen de ambos actores es igual de generoso y de inconmensurable. 
Si esto lo hicieran en Londres, por ejemplo, sería el típico espectáculo que se tiraría quince años en cartel. Porque lo tiene todo, es absolutamente PERFECTO.    



Y al final va Fran y tira el dado. Porque esto no acaba aquí.

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