martes, 10 de marzo de 2015

Needles and Opium. Canal.

Supongo que se ha vendido todo. Robert Lepage llena y llena. Se crea una expectación a su alrededor que es cosa mala. Cuatro días y me imagino que cuatro llenos. Para ver un espectáculo de hace 20 años. Sí, señora, así somos. Claro que tampoco sé cómo era el espectáculo de hace 20 años, si ya estaba el cubo y tal, o si eso es de ahora. Aunque si le quitas el cubo...



Como ya no vais a poder verlo, me paso los spoilers por el Chateau Frontenac. El espectáculo es el cubo. La puesta en escena. Quiero decir, ni siquiera tanto la puesta en escena sino el aparataje. El cubo que gira, los espacios que crea, las luces que ayudan a crear esos espacios... Visualmente el espectáculo es una pura maravilla. Grandioso, vistoso, mágico, ingenioso, epatante, reiterativo, cadencioso y muy, muy atractivo. Los pobres actores se mueven como pueden (realmente bien y con una agilidad acojonante) y serpentean entre cables, esquinas, rincones, paredes, suelos y techos como si tal cosa. Repito, visualmente es un prodigio. Intachable e impactante. Pero bastante hueca de contenido. Hay frases chulas y de esas como pa la carpeta, tipo "hay tres cosas que no cura a la acupuntura: la angustia, la baja autoestima y un corazón roto". Bueno, un poco como de poeta sobrao, la verdad. Y reconozco que la escena de la grabación de la locución en el estudio es tan real como la vida misma. Yo, en una ocasión, tuve en la sala al director de la peli, a su señora, que por supuesto tenía un papel gordo en la peli y a su hijo. La criatura tendría unos doce años. Y cada cosa que grabábamos, se organizaba un forum en el que opinaban todos y evidentemente, el visto bueno acababa dándolo... el niño. Tal cual. O alguna que otra vez que vas a grabar una locución para un spot  de café soluble y te tiras 45 minutos repitiendo un "sí", porque... no lo dices con "voz de agua". Tal real como la vida misma. Pero vamos, que aparte de la broma interna, la escena no aporta gran cosa a la historia del teatro. Como la bochornosa escena de la pareja ñikiñiki en la habitación de al lado. Era un poco como de "matrimoniadas". Además, no me jodas, un señor al que llevan a París para locutar un documental tiene pasta para irse a un hotel mejor. Coño, que se vaya a otro hotel más caro y tranquilo, aunque no esté en la habitación 9. Claro que entonces, adiós escena y adiós función. 
Pero vamos, que todas las escenas se mueven un poco en ese nivel de profundidad y de densidad intelectual. Y chico, supongo que incluso estos alardes técnicos e imaginativos de la puesta en escena estarán hasta superados, veinte años después. En cualquier caso, insisto en que en ese aspecto a mí me gustó mucho, pero... si ese alarde no va acompañado de algo más de chicha...pues olvídate. No es que haya que hablar de metafísica a todas horas, pero... si encima tocas aunque sea tangencialmente el tema de los existencialistas y no lo aprovechas más que para hacer dos comentarios sobre Juliette Gréco... roza casi el delito. Ah, los actores están muy bien. Sobre todo, claro, Marc Labrèche.          

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