domingo, 20 de octubre de 2013

La conquista de México. Teatro Real

Siempre que voy a ver algo de lo que no he oído hablar antes, evidentemente es culpa mía. Y no había oído hablar nunca de esta Ópera ni de su compositor. Pero vamos, ni pajolera. Bueno, esto cuando compré las entradas, porque luego ya me informé. Pensaba que podría ser un experimento de Mortier o una obra de esas que le gustan a él pero que tendrían poco interés. Como el "Ainadamar" ese horrible del año pasado o el "The perfect american" de Philip Glass que no aportó nada a la historia de la música. Pues por listo, me meto mis palabritas por ahí.
Wolfgang Rihm es un autor importante y tremendamente prolífico. Y a falta de escuchar otras obras suyas, esta es simplemente abrumadora. Al parecer primero compuso la música y luego añadió los textos. Octavio Paz, Artaud... vamos, que no tiene desperdicio. Más que una historia, hay retazos poéticos o brochazos que te dejan enganchado como un yonki ante esa belleza. 



La orquesta, aparte de en el foso, está situada en el palco real (de las pocas veces que lo he visto ocupado, manda narices) y en los palcos bajos laterales. Ahí están también la soprano y la contralto que complementan la voz femenina, en mi caso, Nadja Mitchel. Todo tiene su por qué. La escenografía es brillante y simbolista. Todo con una concepción geométrica que le da un tono abstracto pero coherente a esta obra. Elementos fantasmales como la colección de sistemas circulatorios, o los troncos rojos... brillante. Y el sonido exactamente igual. Te envuelve y suena por todas partes, en distintos planos, por delante, por detrás, por los lados... dándole también ese sentido geométrico o en tres dimensiones. No sé muy bien cómo explicarlo, pero es como si estuvieras dentro de una maqueta, y fueras una de esas figuritas que aparecen rodeadas de todos los elementos de la maqueta. Y las voces, idem de idem. La voz femenina aparece multiplicada por tres sitios distintos y tres tesituras que se complementan. La masculina, por dos recitantes que desde el foso, dan color a la voz del barítono. Incluso el coro pregrabado surge por todas partes y por todas las alturas y profundidades. Todo es en tres dimensiones. Y tú en medio, pequeñito, y envuelto por la belleza de las notas de Rihm.
No hay anuncio de que apagues el móvil (yo multaría directamente a los salvajes del móvil o les quitaría el pasaporte y los mandaría a trabajos forzados), ni sale el maestro y se le aplaude ni ningún preludio. Se apagan lentamente las luces y de los sonidos de la afinación se enlaza con la obra. Y sin darte cuenta, en menos de diez segundos empiezas a levitar. La hora y 50 minutos que duró la función, yo estuve a volando a varios centímetros por encima de la butaca. La música no es fácil. Quiero decir, no es Verdi. Pero fluye como una poción mágica que te hipnotiza y no te suelta en ningún momento. La dirección musical de Alejo Pérez me pareció magistral. Sacó lo mejor de la orquesta (que ya de por sí es fabulosa, pero ayer estuvieron especialmente sembraos) y manejó ese batiburrillo de movidas como un gran demiurgo pinganillo en oreja. El coro, por muy pregrabado que estuviera sonó que te mueres. Caroline Stein y Katarina Bradic estuvieron sembradas. Dos cantantes sugerentes y con una voces privilegiadas que contribuyeron a las ovaciones de Nadja Mitchel.
Mira que esta mujer no me entusiasma. Estuvo bien en aquel ladrillo que fue "Poppea e Nerone" y bastante regumal en el "Wozzeck". Pero aquí es la elección perfecta. Físicamente es perfecta y expresiva y vocalmente maravillosa. Cantó de maravilla y su nivel de actriz estuvo igualmente sobresaliente. Georg Nigl, al que ya disfrutamos en "Il prigioniero" estuvo fabuloso. Cantó y recitó de fábula y es un pedazo de actor. En esta obra compleja pudo lucirse en ambos sentidos.
Al terminar, cuando dejé de levitar y bajé de nuevo a la butaca, se oyó un pateo y unos aplausos medio tibios y entre medias, bravos contundentes. División de opiniones, pero conseguimos que saludaran durante un buen rato. Mi vecino de butaca, un señor mayor, aplaudió con ganas. Y eso me dejó mejor sabor de boca aún. Que un señor del talento de Mortier haga que tiemblen las telarañas del Real tiene mucho mérito. Yo le estaré eternamente agradecido. Al menos ha dejado montada la programación durante un tiempo. Y espero que su sucesor siga por esa línea. No me gustaría acabar viendo "La del soto del parral" un año de estos. Con todos mis respetos por la zarzuela. Pero ya me entiendes.



   

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