miércoles, 18 de febrero de 2015

Lover. Off del Lara.




Laaaaaaargoooooo, leeeeeeennnttttoooo, se me hizoooooo eteeeeeeernoooo y muuuuy aaaabuuuurridooooo. Pa mi gustoooooo mmuuuuuuy vaaaaaaacuoooo. Ni mágicooooo ni...zzzzzz

domingo, 15 de febrero de 2015

The table, Abadía versus Ne m'oublie pas, Canal.

Las cosas que hemos visto últimamente en Canal de "teatro visual" o como se quiera llamar tienen todas un poquito la cosa esa como de añejas, como de catálogo de espectáculos que giran por le mundo desde hace años, un poco en plan programa de José Luis Moreno un pelín más fino, pero anticuado y naftalínico.




El espectáculo de Philippe Genty se estrenó el año 92. 1992, hace 23 años, que se dice pronto. Y en 23 ha pasado de todo y la evolución en las artes escénicas ha sido bestial. Creo que con eso está todo dicho. Los actores muy buenos, sí, muy expresivos y lo que hacen, lo hacen muy bien. Pero claro, están haciendo cosas de hace 23 años. Puntín hortera, pasadísimo y muy, muy añejo. 
Igualito, igualito que lo que hacen los de Blind Summit Theatre con "The table" en la Abadía. Esta compañía mítica en creación y manipulación de títeres llegaba a Madrid con un espectáculo que había triunfado primero en el FRINGE de Edimburgo y después por medio mundo. Ellos son los responsables, entre otras mil criaturas y espectáculos, del famoso gato de aquella maravilla que fue "El maestro y Margarita" de los Complicité. Ahí es nada. 
Una especialización que les ha convertido en unos virtuosos de la manipulación de títeres. En este caso, en "The table", parten de la base del bunraku más básico y desarrollan una historia graciosa, sencilla, directa y efectiva. Tres manipuladores a cara descubierta dan forma y personalidad a Moses, mientras este irascible muñeco intenta recrear las últimas 12 horas de la vida de Moisés. La habilidad y el virtuosismo de los manipuladores llega a tal nivel que consiguen que una cabeza de cartón tenga expresiones. Pero así tal cual, tú mirabas al muñeco y veías literalmente cómo le cambiaba la cara, cómo la expresión de su rostro variaba y conseguía que el muñeco sencillo y de líneas indefinidas adquiriera personalidad y carisma. Por arte del arte de los manipuladores, Moses se convertía en un actor con personalidad y un carisma arrollador, consiguiendo que el publico a la salida se quisiera hacer un selfie con él, como si fuera el actor de moda o el protagonista de carne y hueso de la función que acabábamos de ver. La historia por lo demás es cachonda, los manipuladores/actores son fantásticos y te van llevando, junto con ese fenómeno de masas que es Moses por una historia cautivadora, cachonda y banalmente sincera. Creo que en mi vida me he descojonado de la forma que me descojoné el otro día. No podía para de reír con las ocurrencias y las caras de Moses. Uy, perdón, que es un títere, que no cambia de cara. Bueno, este sí, gracias a la labor de filigrana que hacen esos tres manipuladores absolutamente magistrales.




 Yo también trabajé en una compañía mítica de títeres de España, sé lo complicado que es manipular y dotar de vida a un muñeco. Pero también comprobé esa magia que se da cuando consigues que un simple movimiento de mano haga que tu compañero de madera cobre vida. Esa magia es la que lograron los miembros de Blind Summit Theatre en la Abadía. Igualito, igualito que el espectáculo de Philippe Genty.

sábado, 14 de febrero de 2015

Don Juan. Teatro Pavón.

Yo, como todo hijo de vecino, tenía unas ganas locas de ver este Don Juan dirigido por esa genia que es Blanca Portillo, una de las mejores actrices de este país, no ahora, sino desde hace más de veinte años (recuerdo unas Troyanas hace mil años y aquella "Oleanna" inolvidable) y encima protagonizada por esa bestia parda que es José Luis García Pérez. por el que cualquier que me lea sabrá que tengo debilidad. Así que el goce estaba servido. 
Iré por partes. La escenografía está bien, con esos elementos polivalentes muy ocurrentes y bien utilizados. Una buena ocurrencia que salva muchas situaciones. Aunque algunas entradas y salidas resulten un poco flojas. El tener que salir y entrar por entre esas cortinas quita un poco de carga dramática al conjunto. Las luces estuvieron muy bien, aunque quizá el juego de colores de esa luna tan poco lorquiana fuera un poco evidente. No entendí las canciones que defendió muy bien Eva Martín. Vamos, que eso es problema mío, pero no entendí parte de la letra, ni qué significaban, ni si los textos son de la obra (creo que no, al menos no me sonaban de nada).




Es inevitable que haya mucha expectación en la dirección de Blanca Portillo. Y ahí radica gran parte del gas y del desinfle de esta función. La adaptación de Mayorga no tiene tacha. Quizá el momento final, pero... ya llegaré a eso. Blanca Portillo deja claro que don Juan le cae fatal. Normal. Y mola ver que un director tiene punto de vista. Yo siempre espero que me cuenten la historia desde algún sitio concreto, sea el que sea, esté o no de acuerdo o me parezca el más apropiado o no. Eso da igual. El director elige y Blanca ha elegido ese sitio. Perfecto. Encima es que lo comparto, o sea, que... Pero para mi gusto, lo que yo advertí fue otra cosa. Él es un cabrón, Brígida tiene una dimensión concreta cojonuda, siendo casi tan perraca y tan mala y maquinadora como el prota. Fantástica elección para la Brígida. Entre ambos tejen la tela de araña en la que acabarán cayendo todos. Pero lo de presentar a Ana de Pantoja en lencería roja, como esperando sexo... o el que doña Inés parezca a ratos una cría caprichosa resta valor a las figuras femeninas. Sé que esa no era la intención, pero eso es lo que yo percibí. En el intento de dejar mal a don Juan, acaban quedan mal también las mujeres. SPOILER. Y el detalle final de bajar a don Juan al patio para intentar dejar claro que "esto es una función, es teatro, ninguno de nosotros estamos de acuerdo con lo que pasa ahí arriba, pero es que lo pone en el texto"  me sonó más a intento de distanciarse del texto, a distanciarse de la filosofía del personaje que a figura teatral. No sé si me explico. Ah, y las imágenes de los fantasmas merodeando por ahí me pareció ciertamente..anticuada y muy vista. 




En cuanto a dirección escénica pura y dura, la primera escena me pareció caótica y sucia. Mal de ritmo, avanzaba como a trompicones y curiosamente, según avanzaba la función, la cosa iba ganado en densidad, calidad, calidez, brío y tino. Hasta el verso fluía mejor, más suelto, más divertido y más sólido. El espectáculo va de menos a más de forma salvaje. Empieza errante y algo sucio y va poco a poco subiendo de tono, de textura y de densidad. 
Los actores están soberbios todos ellos. Quizá la Inés de Ariana Martínez sea un poco infantiloide. Opino que el poder de seducción o de engaño hacia ella no debe ser directamente proporcional a la inocencia de Inés, sino a las paradojas de la mente. Pero bueno, es es mi visión. 
Miguel Hermoso y Beatriz Argüello están como siempre, impecables, solventes y sólidos. Son dos monstruos y vuelven a demostrarlo. El resto están todos bien empastados, crean un conjunto bien formado, creíble y compacto. Muy bien. 
Y José Luis García Pérez es una cosa... que yo no sé cómo definir. Está en un punto creativo descomunal. Tiene un nivel de comprensión de lo que quiere hacer que a la hora de poner eso en pie le lleva directo al puto cielo. Transmite, convence, contagia y agarra tu atención y tu corazón, lo lleva del puño por la sala parrriba y pabajo y cuando decide, te suelta y te deja solito con tu alma tocada. Tiene un carisma y un poder de comunicación único y gigantesco y podría hacer mañana mismo de Escarlata O'Hara y sería creíble y fabuloso. 




En definitiva, un montaje que va de menos a más, con unos actores grandiosos y con una dirección que no vaga un poco y a la que quizá atrapa el propio punto de vista.          

El reportaje. Canal. Sala negra.




A mi entender, puede haber dos explicaciones a lo que vimos anoche en la recóndita sala negra de Canal (un invento para llevarse en off a este teatro de la Comunidad). 

A.- Que el texto de Santiago Varela sea un mejunje inconexo y con poco rigor dramático y la dirección de Hugo Urquijo torpe y vacilante. Así se explicaría que el personaje interpretado por el grandísimo actor Federico Luppi entre en contradicciones con lo que él mismo dice, vague entre recuerdos opuestos, repita frases enteras en varios momentos distintos, se quede absorto mirando a la nada mientras pasa el tiempo, no entienda lo que le dice su compañera Susana Hornos que a veces parece como si estuviera intentando reconducir un texto lleno de saltos, lagunas y vacíos. No se responden a las preguntas, hay incluso a veces que parece que ambos hablan de cosas distintas, se atropellan y hablan uno encima del otro, se producen pausas eternas en las que parecen mirarse con cara de pánico y como buscando ayuda. Además la historia va y viene, salta de un tema a otro para volver un rato después sin una justificación y dando la sensación, seguramente errónea de que se les ha ido el texto y un rato después o han vuelto a enganchar. El hecho de repetir la misma frase en varios momentos de la función tampoco ayuda a darle más fuerza a esa frase, sinceramente. Quizá por eso el público, que empezó muy concentrado, silencioso y entregado, poco a poco se empezaba a revolver en los asientos, y acabó más pendiente de la gotera que había en medio de la sala que de lo que pasaba en ese butacón. 
O bien:

B.- Que el grandísimo actor Federico Luppi esté mayor.

Supongo que quizá sea la opción A, pero le caso es que lo que prometía ser un documento desgarrador, acabó siendo un ir y venir sin terminar de enganchar por culpa de tanto vaivén. Lástima.    

domingo, 1 de febrero de 2015

La bella y la bestia.

Domingo 1 de febrero. Hoy, en "La pensión de las pulgas", Rocío Muñoz-Cobo se despide del papel que al menos en el corazón y en las tripas de muchos de nosotros, ha catapultado a esta dama al Olimpo de las diosas de la escena.
Rocío bella, Rocío valiente, Rocío generosa, Rocío desgarrada, Rocío suicida, Rocío inigualable y Rocío inimitable. Quien la haya visto sabrá de qué hablo y quien se la haya perdido... se arrepentirá toda la vida. Haber visto el nacimiento de Rocío como Lady McBeth y su crecimiento es como haber visto a la Espert en aquellas "Criadas" antológicas, o a Alfredo Alcón en "El público". Un papel como ese necesitaba de una actriz de garra, suicida emocionalmente y con una capacidad para el humor negro tan infrahumana como un espíritu burlón y asesino. Como no hay palabras suficientes para definir la experiencia que supone ver a esta pantera negra de la escena, voy a hacer un vulgar "copia/pega" de mis reflexiones cuando la he visto. Mi homenaje a este ser superior en todo y con una entrega a su trabajo admirable y deseable. Otra cosa, y espero que me entendáis bien, lo de Rocío no habría sido posible sin su marido, sin su víctima, sin el señor don Fran Boira. Son el uno y la otra, la otra por el uno, el uno por la otra y la otra con el uno. Física química, magia y milagro. Dos mastodontes emocionales y gigantescamente bellos y crueles.  





 "Rocío Muñoz-Cobo está soberbia como la arpía Lady McBeth. Es Ruth Roman, es Liz, es Ava y también es Maruja Asquerino o María Félix si me apuras. Incitadora, enferma, bicho malo y calentorro. No hay ser humano y no humano más bello que Rocío. Es todas las mujeres fatales del cine negro juntas en una perra en celo que sabe dónde y cómo tocarle los huevos y el orgullo a su señor esposo para hacer que le compre un collar nuevo, un modelazo, un sortijón o un reino. Claro, como pa no caer. Si encima eres un alma cántara que todo lo que tienes de inocentón lo tienes de ambicioso, pues claro que matas a to dios con tal de llegar lo antes posible a lo que te han pronosticado todos, brujas incluidas."




"Y luego Rocío Muñoz-Cobo. Sí, es Liz Taylor, es Ava, es María Asquerino, es carne, es vida, es sangre, es incitadora, es perra, es mala, es enferma, es femme fatal, es niña, es veneno, es cobarde, es audaz, es todo lo chungo. Ha creado un personaje enfermo, enfermizo y enfermante que es un prodigio de verdad. Y además hace un trabajo vocal acojonante. Saca unos graves y una voz de ultratumba que combinada con esos ojos, con esa mirada infernal, con esa raza de perra cachonda, húmeda, llena de bilis, de podredumbre, de ambición, de coño y de tierra, hace de su Lady un bicho podrido desde las raíces. Por cierto, la escena del sonambulismo... una lección.  Y Fran Boira. No sé ni qué decir de Fran Boira. Creo de corazón que hace una de las composiciones más complejas, completas e intensas del año. O de muchos años. Es como un niño que de pronto se ve metido en una espiral que le supera, pero de la que no puede escapar. Su motor no es el odio, ni la venganza, y si me apuras casi ni la ambición. Es una mezcla de destino fatal con una erección constante cuando oye la palabra "cobarde", un amor desmesurado por la perra, un sentimiento de culpa mal digerido y un masoquismo que le lleva a reír cuando más sufre y a sufrir cuando más ríe. Un desquicie emocional que el mago Fran Boira lleva con una naturalidad inexplicable. Ese abismo emocional es durísimo para un actor, y Fran lo lleva como si fuera su propia piel, dando una vida, una naturalidad a esa putrefacción que no tiene palabras en este mundo para definirlo. Y el mogollón de escenas que tiene con Rocío son puros recitales. Hace poco dije que son los Lawrence Olivier y Vivien Leigh españoles. No exageraba. Pero es que aquí el nivel de electricidad es tan brutal que son hasta Liz Taylor y Richard Burton en, o Bette Davis y Joan Crawford. Una pareja perfecta y químicamente salvajes. Ambos dos deberían estar en todos y cada uno de los repartos del mundo mundial. Son dos seres capaces de hacer lo que les salga del pepo. Gigantescos. Bestiales. Únicos."




"Rocío Muñoz-Cobo es una burra de tres pares de cojones. Es una madrastra de Blancanieves, es la femme fatal que habla por el coño y domina en la cama. La perra más perra que te puedas imaginar. y se planta unos monólogos acojonantes demostrando una maestría de grandísima actriz que te ponen la sangre a mil. Hace algo que es lo más difícil en un monólogo y es tener claros y distinguir los focos a los que les habla en cada momento. Un monólogo no es hablar en voz alta. Es dirigir tu texto a distintos objetivos y ella los tiene clarísimos. Por eso está concreta certera, bestial y perra. Absolutamente perfecta y cada día más diosa. Bella como una madrugada y mujer tierra. La naturaleza en una cama redonda."





Gracias, señora mía por su entrega, por su generosidad, por su riesgo, por su capacidad infinita y por haber conseguido que ir a ver un MBIG cada cierto tiempo haya sido para mí una necesidad.


  

martes, 27 de enero de 2015

Héroes. La pensión de las pulgas.

Puede haber y de hecho hay distintas razones para recomendar una función. No las hay mejores que otras. Y hay veces en las que se juntan muchas de estas razones y entonces ya si que NO recomendar a la peña que vaya a ver algo es de delito. Pues aquí el que escribe os recomienda que vayáis a ver "Héroes" a "La pensión de las pulgas". Luego ya la cosa dependerá de eso tan frágil, cruel y personal como es el gusto. Posiblemente mi primera función de teatro (como espectador) fuera allá por el año 83 u 84 (soy bastante más mayor de lo que creéis y de lo que afortunadamente aparento). Sin embargo me decidí a compartir mis impresiones sobre lo que veía con el resto del mundo hace escasamente dos años. ¿Por qué? Seguramente porque hay un momento en el que uno siente la NECESIDAD de contar. Fijo que Antonio Hernández Centeno sintió también la necesidad de contar esta historia y ahora ha sentido la necesidad de dirigirla. Porque es una historia de esas que salen de dentro. Una historia de amor, de culpa, de perdón, de asumir que algo empieza y de digerir que algo acaba. De valor, del valor del amor, del valor de la entrega, del valor del sentimiento profundo, el hondo, el de verdad, el oscuro, el negro, el enterrado, el que se quiere escapar como el agua cuando rebosa un cubo, el valor indomable y vivificante. Todo eso que nadie te explica que también es el amor. 



Ulises mata a gente por sus ideales. Iván odia a gente por sus ideales. Y María ayuda a gente por sus ideales. Los tres están más solos de lo que creen y quizá por eso mismo acabarán unidos en una historia de amor... de amor amor. Del de llorar, del de dolor, del de sufrir más cuanto más gozas. No quiero desgranar más de la historia porque... porque no quiero. Porque la tienes que descubrir y la tienes que sentir y te la tienes que llorar. Amor, perdón, redención, purificación...
Antonio Hernandez Centeno se la sabe al dedillo y por eso la ha querido dirigir. Pues di que sí, qué coño. Monta un juego escénico interesantísimo, en una sola habitación, pero con un ingenio y un dominio del sentido dramático cojonudo. El juego a tres bandas o a dos o a una o incluso a cuatro es brillante. Sólo quizá por poner una pega a tanto genio ingenioso diría que María a veces juega con los focos de forma algo confusa. Su Andrés (creo que era Andrés) a veces está en la silla pero a veces se mueve, se convierte en Raúl, o en Miguel y eso a veces despista. Yo, y cuando digo "yo" digo "yo" fijaría a Andrés siempre en un mismo sitio. Pero eso es como los gustos, que cada uno tiene uno y todos son buenos. 
Brillante dirección como digo de Antonio Hernández Centeno y brillantísimos los tres encargados de dar vida a estos seres. Diana Palazón tiene ese imán que hace que sea natural y creíble en cualquier situación. Eso se llama "duende"  y ella lo tiene. Carga con la parte más antipática, la que no pinta nada en medio de esto pero por algún motivo mis ojos se me iban a ella continuamente para ver qué hacía, qué sentía, si sus ojillos se le ponían chirripitosos o si se estremecía. Me interesaban sus reacciones, quería saber más de ella y de su relación. Raúl Tejón está... en su línea. En su línea de bien digo. De cojonudo. Esa forma de mirar, esa naturalidad con esos textos a veces un pelín "literarios", esa manera de escuchar, de oír, de recibir y de tragárselo es... brutal. Trabaja desde las tripas, desde el riesgo y desde la verdad absoluta y eso se nota y se escapa en esas lágrimas indomables que se escurren solas. Choni, tierno, cruel, despiadado, amoroso, oso, comestible, odiable, un prisma de seres y de sentimientos, como debe ser, cojones. Y Miguel Diosdado está que te mueres. Guapo, chulangano, chungo, débil, enamorado, rabioso, destrozado, amante, sacrificado, angelical y soberbio. Otro recital. 
En definitiva, que recomiendo esta función porque la historia lo merece, porque está muy bien dirigida, porque ellos están que te cagas y sobre todo, porque me ha gustado.    
  


domingo, 18 de enero de 2015

Carmina Burana. Canal.

Tú lees "Carmina Burana" y "La fura dels baus" y piensas que puede ser un espectáculo descomunal, vibrante y apoteósico. Pues vamos, nada más lejos. 



En escena, un circulillo así como con una gasa supuestamente para que no veamos a la orquesta. Está claro que se ve perfectamente a los músicos porque tienen un atril con una bombilla. Lógico. El coro de la comunidad de Madrid hace lo que puede a los lados, peleando con las capuchas que les han plantado y con las carpetas y las bombillas de las carpetas. Un numero. A todo esto tampoco es que estén demasiado finos. A ratos incluso desacompasados. Pero vamos, con decirte que fueron lo mejor de la noche... junto con la ORCAM, que sí tocaron bien, aunque un poco sosos en algunos momentos. Pero también es verdad que la partitura, aparte de los momentazos así famosos, tiene más altibajos que la montaña rusa de Port Aventura. Las "bailarinas" son unas chicas de una escuela de danza. Y con eso está todo dicho.  
Las solistas cantan como pueden. No es que sean unos virtuosos, pero encima les ponen a hacer cosas y en situaciones y posturas que se debaten entre el ridículo, el bochorno y la vergüenza ajena. Aunque no cantaron mal, pero es que estaban sometidos a tantas perrerías que bastante bien cantaron. 
En definitiva, todo el mundo lo hizo lo mejor que pudo, el problema como casi siempre no son los actuantes, sino el concepto y la visión. 
Recuerdo como si fuera ayer aquel "Accions" que marcó una época y una forma de hacer distinta, brutal y rompedora. Bueno pues ese espíritu y esa visión que tenía "La fura" se ha perdido por el camino. Todo evoluciona, y el mundo gira. Y el problema es que todas las imágenes, todas las elecciones estéticas y las posibles imágenes impactantes resultan anticuadas, muy vistas y más añejas que un capítulo de "Mazinguer Z". A estas alturas poner una pecera y meter a un señor para que moje porque sí a los de las primeras filas NO es rompedor. Es como de "Noche de fiesta".  
Y lo de hacer un bis del "O fortuna" sin que nadie se lo pidiera, sólo para ver si así había una ovación final (que por supuesto no hubo) y era como de premeditación y alevosía.  

sábado, 17 de enero de 2015

La piedra oscura. María Guerrero.

Todos tenemos un punto débil. Yo tengo varios. Y seguramente mi punto P emocional sea Federico. Si juntas a Federico con el textazo hermosísimo de Alberto Conejero, le das la batuta a San Pablo Messiez y les cedes el poder a dos seres como Nacho Sánchez y Daniel Grao, mi orgasmo cardíaco tiene por cojones que ser como el chorro del lago de Ginebra.



El primer artífice de este pequeño milagro es Alberto Conejero. Él es el responsable de esta joya sobre la ausencia y sobre la herencia. Lo que revolotea sobre estos dos seres son las ausencias. La ausencia de Federico, el no contar su historia de amor, la ausencia de una guerra que ni siquiera está presente sino que siempre está al otro lado de esas paredes, la ausencia de la madre, la ausencia de la música, el temor a que no haya trascendencia, que nada perdure, la necesidad de un encuentro entre esas dos almas, la ausencia de justicia, la ausencia incluso de un nombre, la ausencia de lo que da sentido al dolor, la ausencia de algo que convierta en real lo soñado. Esas ausencias sólo se curarán con un encuentro. El encuentro de dos seres torturados por una guerra puta que nada tiene que ver con ninguno de los dos pero que a los dos ha destrozado la vida, el presente y el futuro. Un futuro manco, cojo e incompleto para siempre. Y ya que no hay futuro y el presente está enfermo, al menos que perdure el pasado. Rafael necesita saber que todo ha sido por algo, que su historia de amor y desamor va a perdurar, que algo quedará en la memoria de los vivos. Y necesita de Sebastián, de ese chico que no tiene ni nombre hasta el final para eso. Sebastián navega entre recuerdos amargos que no sabe muy bien cómo digerir pero que sabe que son injustos y heridos. Y esos dos seres acabaran encontrándose por cojones, porque se necesitan para ser. Al menos en ese momento en el que no hay más salida que la verdad. Cada uno de ellos necesita al otro como catalizador de su propia vida y de su propia herencia. La herencia no material sino emocional, la jodía memoria histórica. La memoria sin más. Eso que tanto escuece a los desalmados. Eso que si lo hace Antígona parece lógico pero que si lo pretenden los hijos de los asesinados parece un desatino. Y ese ritual de "lavar" los pies del otro, se convierte en el momento en el que todo el patio de butacas se encoge, se desborda a llorar sin remedio y terminas de comprender la hermandad del dolor. 
Los protagonistas de este encuentro ficticio son ellos dos, dos seres casi sin nombre y con una historia escamoteada hasta que no hay más remedio que buscar la salvación en el amor, en la entrega, en la culpa, en el pánico al vacío. Y protagonistas son esas presencias ausentes. Federico, la guerra, la paz, el vacío, el encuentro y el amor. El texto de Conejero es una auténtica maravilla tanto por la concreción como por el lirismo desaforado que encierra. Y aunque suene salvaje, al leerlo y releerlo y releerlo, da la sensación de que lo podía haber escrito el propio Federico. Es más, te diría, con permiso de Alberto, que de hecho LO HA ESCRITO Federico, metiéndose en los sueños de Conejero guiando su mano. Es absolutamente prodigioso. 



Y llega San Pablo Messiez y ya pa qué quieres más. Desde el momento en el que entras en la sala y ves ese campo de camisas manchadas de sangre, entras en un cementerio. En el cementerio de los muertos en vano. y te sientas en una tumba sin nombre. O en una fosa común en un barranco o en una cuneta cualquiera. En esas tumbas que no quieren abrir. y antes de que empiece la función ya te han metido emocionalmente en todo el ajo. Hay que reconocer que el haber quitado o variado ciertos elementos que están en el texto para la puesta en escena es todo un acierto. Son dos lenguajes distintos y lo que es prodigioso en el texto, al ponerlo en pie seguramente habría funcionado de otra forma. Como la voz de Federico. Esa voz es necesario que está ausente. Porque la callaron. Y callada ha quedado para vergüenza de sus asesinos. Federico está y vuela por la escena pero es infinitamente más dramático y real NO escucharle. 



Toda la puesta en escena es de una sutileza, de una profundidad, de un dramatismo y de una hondura de sentimientos asfixiantes. Las miradas entre ellos, su acercamiento reticente y necesario, el ritmo de la acción, los focos, los silencios, los contactos físicos y emocionales son una maquinaria de relojería hipnótica. Y de nuevo el poder sanador de la palabra. La palabra elegida, la precisa. La elección de las palabras como artista y como ser humano tiene consecuencias. Aquí vuelven a tener un poder sanador. Lo nombrado se convierte en real, en terrenal (como en "Los brillantes empeños"). Por eso hay que carnalizar el amor de Rafael y Federico.  Ese poder brutal de la palabra, de lo dicho, de lo compartido, de lo valorado, de lo vivo es lo que nos salvará. Es necesario para que "nadie pueda desaparecer del todo".  Sobriedad, lirismo, emoción, sutileza, respeto y un profundísimo sentido del amor y de la justicia inundan la elección de Messiez. y a mí me lleva de la mano a esos terrenos dolorosos de la transcendencia emocional de un amor, a la necesidad de haber amado y de haber sufrido por algo. 



Elisa Sanz nos regala una escenografía acojonantemente bella y seca. Paloma Parra unas luces que no pueden ser más dolorosas y que convierten la escena en un cuadro de Mantegna. Y Ana Villa un espacio sonoro cruel y envolvente. Bravo por todas ellas.



Daniel Grao escucha, sufre, mira, siente, vuela, recuerda y ama de una forma espectacular. No puede estar mejor ni hacer cosas más difíciles. Calla lo que no debe decir, escucha y se empapa de lo que oye y descifra. Sus silencios son oro puro difícil, duro y seco de cojones. Es absolutamente prodigioso su nivel de profundidad y de buceo en los sentimientos para llegar a la depuración y sutileza de lo real. Llora y se rompe cuando literalmente NO PUEDE más. Y viaja de la sequedad del que sabe que tiene la razón hasta el desgarro del amante culpable de haber llevado a la muerte a su amor oscuro y de ahí a la frialdad del miedo al vacío de  ese "Nadie puede desaparecer del todo, ¿verdad?" que debería pasar a la historia del teatro universal. Impresionante. Devoción eterna por este actor inmenso.



Nacho Sánchez me dejó boquiabierto. Su monólogo de arranque es sobrecogedor. Y de ahí parriba. Domina completamente el espacio, el ritmo, la progresión, la contención, la inocencia y la entrega. Es generoso con su compi y con la función. es niño, añora a su madre, se desconcierta con la guerra, admira a su rival, vive en la tierra y se ensueña de una forma que te hiela la sangre. El momento "me gustaría tocar en un teatro" te estruja el corazón y abre la compuerta de las lágrimas imparables. Nacho le da una fragilidad y una belleza a cada cosa que hace o dice inmejorable. Y esos ojos indominables tienen una profundidad y un poder que te agarran y te llevan a donde él quiere, dentro de su alma, a sus recuerdos o a sus temores. Los ojos de Nacho son una bomba atómica que maneja con respeto y con un nivel de verdad apabullantes. Y rizando el rizo... ¿no podrían ser los ojos de Federico? No me digas que no.




Y llego al momento ese al que llego a veces cuando escribo. Ese momento en el que debo parar de escribir porque vuelvo a ser un manojo de lágrimas y de hipo incontrolable. Sólo puedo decir que la belleza y el dolor que produce esta función no se pueden expresar ni compartir con palabras. Hay que vivirlas allí, sentado encima de una camisa manchada. Una camisa que podría ser la de Federico o la de cualquier asesinado que sigue esperando que se haga justicia con ellos y les saquen de la cuneta. Aunque a pesar de los malvados sigan vivos, porque afortunadamente "nadie puede desaparecer del todo".                  

jueves, 15 de enero de 2015

Lo último que quiero. La pensión de las pulgas.

Sergio Martínez Vila ha escrito este texto lleno de humor negro, amargura, ironía y dolor contenido y lo ha soltado en las habitaciones de "La pensión de las pulgas" como si tal cosa. Y allá te las compongas. 
Lourdes tiene un cáncer en fase terminal y ha decidido junto con Elena, su mujer, morir esa noche. Lo tienen todo preparado. Unas inyecciones ayudarán a Lourdes a acabar su agonía. Elena ha invitado a un compañero suyo, Ángel a que las acompañe en ese momento. Él no sabe muy bien a qué va y cuando se encuentre con este cuadro... todo lo previsto se irá  tomar por culo. 



Isabel Ampudia está genial como esa mujer enferma, amargada y tocapelotas. Yo me creo que esa mujer esté harrrrta de la vida e incluso de su mujer, de la persona que más la quiere, a la que más ama y precisamente a la que menos necesita. Isabel Ampudia está fabulosa y despliega todo un abanico de sentimientos chungos y desesperados. Mercedes Castro es la mujer sufriente perfecta. Está con ella, con una paciencia infinita, comprendiendo, soportando, cargando y tragando carros y carretas. Perfecta. Iván Villanueva sin embargo tiene que tirar ( y tira) de un personaje más vacío, ciertamente incomprensible y dramáticamente insustancial. Su presencia no aporta gran cosa y aunque el actor está muy pero que muy creíble, sólido en lo que hace y convincente en su personaje, es el propio personaje el que aporta poco a la historia. Aunque cierto es que es la propia historia la trampa que hace que esta suma de buenos elementos. 



Lamentablemente en las tres escenas que componen la función no pasa realmente nada. O pasa poco. Quiero decir, que en la primera escena, aparte de la presentación de los personajes, ocurre poco. En la escena de la cena igual, y en la tercera lo mismo. Y cuando el supuesto giro argumental debería dejarnos epatados en la silla, no termina tampoco de funcionar, hasta que de pronto, se acaba. Quiero decir, que se termina de repente y porque sí, porque no se ha llegado a ningún final, a ningún sitio distinto de donde estábamos. Y tienen que salir a saludar los inmensos actores porque no nos hemos enterado muy bien de que ha terminado. Es realmente una lástima porque la historia, el planteamiento es muy, pero que muy atractivo y prometedor y los actores están fabulosos, pero la propia historia es la que renquea y se queda en un punto muerto. Una penita.      

Petra. La casa de la portera.

Estefanía Cortés hace una buena adaptación del texto duro y seco de Fassbinder para llevarlo a las habitaciones de "La casa de la portera". La gran historia de amores torturados, de posesiones, de pus, de dominación, de enfermedad, de alcohol, de mujeres amantes, de pasión y de desgarro del genio alemán están en esta versión. Y se mantienen los grandes temas de Fassbinder y de este texto en concreto; la búsqueda de la identidad, la soledad, el dolor, el amor no correspondido, la utilización y el vampirismo emocional, la desesperación. Todo esto está en la propuesta que adapta y dirige Estefanía Cortés. 




Tanto el vestuario como los elementos que utilizan son absolutamente precisos y preciosos. De las mejores cosas que se han visto en "La casa". Estéticamente no tiene pega ni desperdicio. Incluso intuyo algún tipo de referencia oculta o algo así en el uso de la canción principal de "El ángel azul", la peli de Marlene Dietrich en la que un profesor vivía un amor destructivo con la bella Lola-Lola. Algo de eso hay aquí. O mucho. Marlene... Schygulla,  Fassbinder... no sé, yo es que soy muy de referencias ocultas. Igual me lo invento, pero... me gusta hilar detalles a mi bola. Y si acierto, mejor pa mí. 
El principal problema que puede tener este espectáculo sea una ligera falta de ritmo, quizá por el relajo propio de llevar tiempo haciendo la función. Hay algún detalle un poco... extraño, como el hecho de que la protagonista no pare de beber y sin embargo no se note algo en su físico que indique que lleva encima media botella. También es un poco delicado el hecho de que las actrices sean tan jóvenes. Quiero decir, Esther Acebo está fabulosa. Fantástica. Se mueve, domina, se retuerce, se desgarra y llora de forma prodigiosa. Y es guapa que te mueres. No le falta de nada. Sólo edad. Tiene que ser una mujer que ha pasado por mucho, que está de vuelta de mucho, que a sus 38 años prácticamente está agarrándose quizá a su última posibilidad de amar. Y aunque Esther está brutal, algo le falta. Le falta poso. Le falta eso que da la edad y la experiencia. No hay por qué haber vivido eso mismo, pero sí es verdad que la experiencia da otra visión. E insisto en que está maravillosa. Como todas sus compañeras, especialmente Noemí Rodriguez, en ese papel difícil e ingrato.




En definitiva, un espectáculo más que recomendable, con un reparto fabuloso, una puesta en escena estéticamente impecable y dramáticamente muy, muy acertada. Quizá con cierta frialdad en la presencia de alguna actriz, pero todo con un nivelamen más que recomendable. De verdad, no os lo perdáis. Fassbinder, el amor, la angustia y el dolor os lo agradecerán.