El pasado es eso que nos imaginamos para poder soportar el presente y tener fuerzas para enfrentarnos la futuro.
Eso piensa Fernando Delgado-Hierro, ese manojo de inteligencia, creatividad, clarividencia y capacidad creadora.
Fernando se crió en el barrio sevillano de Los Remedios junto a su amigo Pablo. Como todos los espíritus que no caben en su cuerpo, Fernando necesitaba aire. Se marchó a Madrid, igual que Pablo y cada uno por su lado intentaron seguir. Pero para comprender su presente necesitaban perdonarse su pasado. Porque ser andaluz, sevillano, hombre, joven, guapo, de clase media y no sentir ni querer nada de lo que se supone que debes ser y querer es jodido. Pero juntos es más fácil. Siempre el cobijo de un AMIGO te da calorcito y te cuida. Juntos, ahora, años después, inician este viaje al pasado para intentar comprender por qué fue todo, por qué es todo ahora y por qué todo es y fue así.
Si consiguen llegar a un acuerdo con su pasado podrán comprenderse ahora, en el presente. Y perdonar. Y perdonarse. Y poder seguir. Y entender. Y para entender hay que repetir. Para despojar, limpiar y dejar en la esencia. Y asumir que todo está en el cuerpo, que lo llevas ahí y que ese gesto que hacía tu madre y que te ponía malo, lo llevas tú ahí. Y que te sale cuando lo has repetido... ¿cuántas veces?
Yo, la gente de mi edad, tuvimos que reconstruir nuestra infancia y nuestra juventud a base de recuerdos, de memoria y de un puñado de fotos en blanco y negro. Estos chicos, los que hoy mueven el mundo han tenido una infancia y una juventud 2.0. Tiene mil millones de vídeos, de fotos, de películas, de certezas digitales. Yo me inventé mi pasado en "B" para ajustar cuentas con él y perdonarme, pero Fernando y Pablo y la gente de su edad, que son los amos hoy en día, tienen que perdonar y ajustar cuentas con lo evidente, lo inapelable, lo digitalizado y lo palpable. Su pasado es implacable porque tienen mil pruebas de ello. Yo me lo inventé y lo hice, seguramente, como más me convenía para que me doliera menos o para que me doliera más. Ellos tienen su pasado en un disco duro. Ajustar cuentas con eso es duro de cojones.
El textazo escrito por Fernando es magistral. Se pueden percibir fuentes de las que este cerebro privilegiado ha bebido y de las que ha sacado el máximo provecho desde sí mismo. Es el alumno ideal porque capta la esencia y la hace suya. Escribe desde su propia personalidad y consigue un texto divertido, duro, incisivo, curativo y demoledor. Y tanto él como Pablo Chaves exorcizan sus demonios (o eso nos hacen creer) con un despliegue de recursos A-CO-JO-NAN-TE. Los dos actores literalmente lo dan todo. Y no sólo es admirable esa generosidad sino que lo hacen desde el sitio perfecto, sabiendo a cada instante qué hacer, cómo y desde dónde. DOS PRODIGIOS.
Como prodigiosa es la dirección de Juan Ceacero, otro monstruo que últimamente está soltando todo su inmenso poder creativo con una certeza pasmosa. Toda la concepción global, la dramaturgia, es clara, amigable y empática. Ama lo que cuenta, ama a esos personajes y ama lo que quieren contarnos. Las transiciones vertiginosas y diabólicas le permiten un juego escénico perfecto y magistral
La sala Exlímite se cuelga la primera medalla por ser los primeros en regalarnos esta puta maravilla por la que se van a pegar ahora todos. Todo dios va a querer tener en su programación esta JOYA. BRAVO.
No sé, pero para alguien como yo, criado en el Valladolid de los ochenta y con ningún sentido de terruño... "Los Remedios" me tocó desde el minuto uno. Nunca me he sentido especialmente vallisoletano pese a haber vivido allí mis años decisivos y de tener a mis amigos más amados allí. Mis héroes eran los Comuneros y mi forma de ser es castellana, pero mi falta de sentido del terruño y mi nulo sentimiento de raíz es tan grande como mi debilidad por el vino de Pesquera.
Por eso con "Los Remedios" me dejé derretir desde el minuto uno. Porque el desarraigo, el no cumplir con lo esperado, el recomponer y perdonar para seguir y la necesidad de una liturgia desinfectante es universal.
Gracias, Fernando, Pablo y Juan por regalarnos algo así.
AMO "LOS REMEDIOS"
Aquí podrás leer MI opinión sobre los espectáculos que voy viendo. Insisto en que es MI opinión, nada mas. No pretendo adoctrinar ni tener razón. Únicamente te contaré MIS razones para amar o amar menos lo que vaya viendo. El teatro son gustos y aquí leerás los míos. No soy crítico, solo necesito contarle al mundo el porqué de mis amores. Lo que puedes leer aquí es lo que yo he sentido al ver estos espectáculos. Ni más ni menos que mis sensaciones. Si a alguien le sirven, estupendo.
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sábado, 25 de mayo de 2019
miércoles, 18 de octubre de 2017
Bodas de sangre. María Guerrero.
Lorca es Dios.
Pero Dios tiene mil formas, mil representaciones, mil imágenes y mil lecturas.
Hace tiempo que Ernesto Caballero estaba detrás de montar un Lorca. Finalmente el afortunado ha sido Pablo Messiez, posiblemente el director de escena más personal, consecuente e inteligente de hoy en día.
Hay nombres sagrados e imponentes en todas las artes. Aunque en nuestro afán etiquetador y fanático convertimos los nombres imponentes en iconos esculpidos en nuestra imaginería y en vez de otorgarles un lugar de honor les hacemos una putada que te cagas.
Sí, Lorca es Dios. Pero si quieres trabajar con Dios, o representar a Dios, tienes varias opciones: cagarte por la pata abajo, mirar desde la admiración grupie y sentir que hagas lo que hagas todo va ir por delante de ti o puedes acercarte al mito (al puto mito), mirarle a los ojos, cogerle de la mano, hacerte su cómplice y dejarte guiar por su amistad.
Es cierto que están muy arraigados ciertos clichés con la obra de Federico. Y enfrentarte a "Bodas de sangre" sin imaginarte Andalucía, las navajas, las guitarras, su poquito de flamenco, mantones negros y una luna en el escenario parece inevitable. Pues no, señoras, de eso nada. Esas imágenes, no sólo no ayudan nada sino que son una tumba para el propio trabajo del autor. Federico decía " yo siempre haré el teatro que me guste, el que siento. Y lo haré como me dé la gana". Así quería Federico hacer teatro y así ha elegido hacerlo Pablo Messiez. Messiez ha decidido ser fiel a Federico, no a la idea que tenemos del pobre Federico.
Lorca decía del teatro que se hacía en su época que era "un teatro de y para puercos. Así, un teatro hecho por puercos y para puercos". Nada que ver con esa imagen de señor cantarín y alegre, educado y señorito. Por ejemplo.
Por eso Messiez ha traído al presente las palabras de Federico, para que así tengan sentido y vida. Montar unas bodas con llantos, pañuelos negros, caballos, folclore y arriquitaun habría sido empolvar más aún la ya de por sí demasiado empolvada huella de Lorca.
Porque para que el teatro esté vivo tiene que cohabitar con nosotros. Tenemos que verlo en paralelo. Y por muy Lorca que sea, si no está en presente no vive. Además el propio Federico en su corta vida tuvo la valentía y la ocasión de dejarnos una extensísima "bibliografía" para que buscáramos las respuestas a todas las preguntas en él mismo. Conferencias, obra dramática, versos, canciones, dibujos, miles de cartas... ahí están sus palabras para darnos respuestas, para ayudarnos y para completar la ingente dimensión de su figura y de su libertad creativa. Y de paso para encarnarle, para hacerle humano y real, no mítico, lejano y arquetípico.
¿O no es de una libertad creativa absoluta poner a hablar a la luna en ese acto tercero mágico y perturbador después de haber navegado entre versos, costumbrismo, tragedia, fatalidad y comedia? Eso es precisamente "hacer el teatro que me guste, el que siento. Y hacerlo como me dé la gana".
Una libertad creativa que él mismo definía hablando de la "cualidad anarquista" del artista. El artista y su capacidad de escuchar únicamente tres voces: la voz de la muerte, con todos sus presagios, la voz del amor y la voz del arte.
Sin ir más lejos, en sus propias palabras está lo que sintió al viajar a Estados Unidos y a Cuba, el descubrimiento de las razas y de la llamada de la naturaleza.
Descubrir a Lorca no es mirarle con devoción, respeto, idolatría y un acojone interior por la dimensión "creada" alrededor de su figura. Descubrir a Federico es verle humano y escarbar en sus palabras y en su desinhibición. Él sólo te dará las repuestas y la ayuda necesarias para ser consecuente con su trabajo y respetuoso con su intención. Y siempre desde aquí, desde hoy, desde el mismo nivel, cogiéndole de la mano (mejor del brazo) y saliendo a pasear como dos amigos.
Y como Pablo Messiez es más listo que un ratón colorao, eso es justo (creo) lo que ha hecho. Ha bajado a Federico del altar, le ha pedido respuestas y le ha escuchado cuando se las ha dado. Así, los dos agarraditos del brazo.
Por eso comienza el espectáculo con la luna (o la muerte) adueñándose de las palabras del Autor de "Comedia sin título" que podían haber sido perfectamente las del director de "El público". Por eso el padre recita "Cielo vivo" en la boda (y encima lo adorna con unas palabras bellísimas en las que viene a decir: "no entiendo qué significa, pero me gusta mucho, me conmueve y ya está", todo un homenaje a lo de "hacerlo como me dé la gana"). Por eso, ¿qué mejor vals para cantar que el "pequeño vals vienés"? Porque Federico es un artista global y toda su obra es un conjunto. Y la respuesta a sus preguntas está en él mismo. Genial, Messiez. ¡Qué coño, si caber caben hasta Juana Reina y su vibrato!
En lo estrictamente escénico este espectáculo es un derroche visual, estético y emocional.
Tras ese arranque demoledor, Messiez nos mete de lleno en el mundo de "Bodas" tal y como el propio Federico lo describió. En una habitación pintada de amarillo. Si ya desde antes de comenzar el espectáculo, quizá desde su propia concepción la libertad inunda las salas de Messiez, en lo que vemos a partir de este momento está Federico, Pablo, la palabra y el encuentro de esa palabra con el hoy y el ahora. Único e irrepetible como nunca.
Pablo ha optado por la lucha entre el orden establecido y el deseo. Entre el poder irrefrenable del cuerpo y de la carne y la limitación del propio ser humano. Entre la libertad de las palabras y la propia cárcel que estas pueden generar. Entre moral y pasión. La madre no es una doliente magdalena sino una señora de su tiempo pero muy, muy jodida por haber perdido su carne y haber tenido que lamer su sangre. Teme la soledad y la inutilidad de una vida dedicada, no vivida. Messiez quiere a sus personajes, les comprende y les mima. Y recrea todo el subidón trágico sin caer en amaneramientos ni en disfraces culturetas. Deja que la pasión fluya por las venas de esa novia calentorra y sonríe y sufre con la criada/madre. Agarra a Federico, le estudia, le entiende, le mima y juntos transitan por ese bosque mágico, casi shakespeariano.
Su sitio es la fraternidad y el calorcito. Nada de altares ni hostias. De tú a tú con Fede. Hablando el mismo idioma y usando sus mismas armas. Las palabras que tocan, las imágenes que te cambian y las tentaciones físicas a las que sucumbes.
Esos deditos acercándose entre temblores son puro Lorca, son pasión, temor, calentón y poesía.
Los espacios que crean a pachas Elisa Sanz y Paloma Parra son gloriosos. Son puro brillo, pura tragedia y puro viaje a la esencia del drama. Si las palabras mueven, tocan y cambian, la gama de colores, texturas y calidades de los espacios creados por Elisa son puro interior. Son lo que pasa por dentro, son lo que se calla y sólo se siente, son "el sitio donde tiembla enmarañada la oscura raíz del grito". De los colores y las formas libres, juguetonas y densas hasta el vestuario colorido y atemporal. Pues sí. ¿O es que esa boda tal y como la vemos no puede celebrarse hoy mismo?
Las casas de los novios, los troncos, el banquete de bodas, el bosque, la sala de espejos... todo es puro ardor.
Y como complemento perfecto las luces, las sombras, los brillos, los fogonazos, los reflejos y las linternas de Paloma Parra. Creo que la escena de la huida de los amantes por el bosque no podría estar mejor iluminada. Es pasión, es terror, es deseo y es semen y fluidos.
El espacio sonoro de Óscar G. Villegas mezcla fábula y realidad. Tierra y noche. Pez luna y cuchillos. Es teatro y es noche. Y fiesta y compañía. Y pueblo.
Gloria Muñoz es una madre sin nombre seca, sufrida, con la palabra "muerte" escrita en la frente y con el cuerpo blando por la pérdida. No es la madre coraje que pelea, ni la sufridora que araña las paredes. Sufre y llora por dentro, como si su dolor fuera agua. Por eso su cuerpo ya no sostiene con fuerza, sino con inercia. Claudia Faci se adueña de las palabras y se alía con ellas para ir poco a poco taladrando nuestra seguridad. Es un espectro, la muerte, la sombra, la oscura raíz, un espejo, la navaja y la serenidad del autor demiurgo. Carmen León borda una creación sensible, sabia y con el poderío de la tierra. Es ancestral y primitiva. Sabe que siente aunque no comprenda y se mueve por el escenario con un peso brutal. Francesco Carril vuelve a demostrar su inmensa capacidad de adueñarse de los sentimientos de sus personajes y de "crearlos" en el momento, de "hacer que nazcan" y que parezcan únicos y surgidos en el momento. Estefanía de los (dioses) y de los Santos se marca una criada antológica. Fani tiene un don especial y es que haga lo que haga no puedas quitar tus ojos de ella. Absorbe las miradas. Y tiene una intensidad y una dimensión en su mirada que traspasa escenarios y leches. Su forma de mirar a la novia es real. Como real es su mirada profunda y trágica durante esa boda que sólo ella sabe ya de antemano que está muerta y teñida de rojo. De un rojo sangre con el que sólo ella se atreve.
Carlota Gaviño es la novia terrenal, la novia cuyo cuerpo cambia y muta al enfrentarse al amor, al deseo, a la carne alterada para siempre y al sexo febril y apasionado que ha mutado su corazón y su coño para siempre. Porque desde que cede al deseo, es como si atrajese a la muerte a la vez. Es fatalidad, tragedia pura y calor de recién parida. Grandiosa hembra removida que comienza a temblar sin querer antes incluso de saber que su pasión es inevitable, que "cuando las cosas llegan a los centros, no hay quien las arranque". Prodigiosa Carlota, suicida y amorosa. La mejor novia imaginable. Es un algodón de azúcar lleno de calor, de pena, de muerte, de fatalidad, de sexo, de vida y de saliva. "Una mujer quemada, llena de llagas por dentro y por fuera". Es una Julieta que sabe que puede follar y que sabe que follar mola, conmueve y perturba. Virgen quizá, pero con el cuerpo y la carne tocados para siempre. Y eso ya no se cambia.
El resto del repartazo lo completan Pilar Gómez, Julián Ortega, Guadalupe Álvarez, Pilar Bergés, Juan Ceacero, Fernando Delgado-Hierro, todos ellos vivos y brillantes.
Ya lo dice Messiez: todos los apellidos que derivan en adjetivo tienen un peligro reduccionista enorme. Ahora que su obra ha pasado a ser de dominio publico, tengamos cuidado. No es que desde hoy se puedan hacer chuminadas sin sentido ni respeto, pero hablemos de tu a tú con Federico y dejemos atrás eso de hacer algo "lorquiano". Se acabó lo de mirarle desde abajo, con devoción, con miedo, con el acojone de quien mira a lo inalcanzable. Yo ya dije hace unos días, que viendo estas "Bodas de sangre" de Messiez, me vuelvo Lorca!!!!!
Que sí, que Lorca es Dios. Pero es más sano ser ateo.
Pero Dios tiene mil formas, mil representaciones, mil imágenes y mil lecturas.
Hace tiempo que Ernesto Caballero estaba detrás de montar un Lorca. Finalmente el afortunado ha sido Pablo Messiez, posiblemente el director de escena más personal, consecuente e inteligente de hoy en día.
Hay nombres sagrados e imponentes en todas las artes. Aunque en nuestro afán etiquetador y fanático convertimos los nombres imponentes en iconos esculpidos en nuestra imaginería y en vez de otorgarles un lugar de honor les hacemos una putada que te cagas.
Sí, Lorca es Dios. Pero si quieres trabajar con Dios, o representar a Dios, tienes varias opciones: cagarte por la pata abajo, mirar desde la admiración grupie y sentir que hagas lo que hagas todo va ir por delante de ti o puedes acercarte al mito (al puto mito), mirarle a los ojos, cogerle de la mano, hacerte su cómplice y dejarte guiar por su amistad.
Es cierto que están muy arraigados ciertos clichés con la obra de Federico. Y enfrentarte a "Bodas de sangre" sin imaginarte Andalucía, las navajas, las guitarras, su poquito de flamenco, mantones negros y una luna en el escenario parece inevitable. Pues no, señoras, de eso nada. Esas imágenes, no sólo no ayudan nada sino que son una tumba para el propio trabajo del autor. Federico decía " yo siempre haré el teatro que me guste, el que siento. Y lo haré como me dé la gana". Así quería Federico hacer teatro y así ha elegido hacerlo Pablo Messiez. Messiez ha decidido ser fiel a Federico, no a la idea que tenemos del pobre Federico.
Lorca decía del teatro que se hacía en su época que era "un teatro de y para puercos. Así, un teatro hecho por puercos y para puercos". Nada que ver con esa imagen de señor cantarín y alegre, educado y señorito. Por ejemplo.
Por eso Messiez ha traído al presente las palabras de Federico, para que así tengan sentido y vida. Montar unas bodas con llantos, pañuelos negros, caballos, folclore y arriquitaun habría sido empolvar más aún la ya de por sí demasiado empolvada huella de Lorca.
Porque para que el teatro esté vivo tiene que cohabitar con nosotros. Tenemos que verlo en paralelo. Y por muy Lorca que sea, si no está en presente no vive. Además el propio Federico en su corta vida tuvo la valentía y la ocasión de dejarnos una extensísima "bibliografía" para que buscáramos las respuestas a todas las preguntas en él mismo. Conferencias, obra dramática, versos, canciones, dibujos, miles de cartas... ahí están sus palabras para darnos respuestas, para ayudarnos y para completar la ingente dimensión de su figura y de su libertad creativa. Y de paso para encarnarle, para hacerle humano y real, no mítico, lejano y arquetípico.
¿O no es de una libertad creativa absoluta poner a hablar a la luna en ese acto tercero mágico y perturbador después de haber navegado entre versos, costumbrismo, tragedia, fatalidad y comedia? Eso es precisamente "hacer el teatro que me guste, el que siento. Y hacerlo como me dé la gana".
Una libertad creativa que él mismo definía hablando de la "cualidad anarquista" del artista. El artista y su capacidad de escuchar únicamente tres voces: la voz de la muerte, con todos sus presagios, la voz del amor y la voz del arte.
Sin ir más lejos, en sus propias palabras está lo que sintió al viajar a Estados Unidos y a Cuba, el descubrimiento de las razas y de la llamada de la naturaleza.
Descubrir a Lorca no es mirarle con devoción, respeto, idolatría y un acojone interior por la dimensión "creada" alrededor de su figura. Descubrir a Federico es verle humano y escarbar en sus palabras y en su desinhibición. Él sólo te dará las repuestas y la ayuda necesarias para ser consecuente con su trabajo y respetuoso con su intención. Y siempre desde aquí, desde hoy, desde el mismo nivel, cogiéndole de la mano (mejor del brazo) y saliendo a pasear como dos amigos.
Y como Pablo Messiez es más listo que un ratón colorao, eso es justo (creo) lo que ha hecho. Ha bajado a Federico del altar, le ha pedido respuestas y le ha escuchado cuando se las ha dado. Así, los dos agarraditos del brazo.
Por eso comienza el espectáculo con la luna (o la muerte) adueñándose de las palabras del Autor de "Comedia sin título" que podían haber sido perfectamente las del director de "El público". Por eso el padre recita "Cielo vivo" en la boda (y encima lo adorna con unas palabras bellísimas en las que viene a decir: "no entiendo qué significa, pero me gusta mucho, me conmueve y ya está", todo un homenaje a lo de "hacerlo como me dé la gana"). Por eso, ¿qué mejor vals para cantar que el "pequeño vals vienés"? Porque Federico es un artista global y toda su obra es un conjunto. Y la respuesta a sus preguntas está en él mismo. Genial, Messiez. ¡Qué coño, si caber caben hasta Juana Reina y su vibrato!
En lo estrictamente escénico este espectáculo es un derroche visual, estético y emocional.
Tras ese arranque demoledor, Messiez nos mete de lleno en el mundo de "Bodas" tal y como el propio Federico lo describió. En una habitación pintada de amarillo. Si ya desde antes de comenzar el espectáculo, quizá desde su propia concepción la libertad inunda las salas de Messiez, en lo que vemos a partir de este momento está Federico, Pablo, la palabra y el encuentro de esa palabra con el hoy y el ahora. Único e irrepetible como nunca.
Pablo ha optado por la lucha entre el orden establecido y el deseo. Entre el poder irrefrenable del cuerpo y de la carne y la limitación del propio ser humano. Entre la libertad de las palabras y la propia cárcel que estas pueden generar. Entre moral y pasión. La madre no es una doliente magdalena sino una señora de su tiempo pero muy, muy jodida por haber perdido su carne y haber tenido que lamer su sangre. Teme la soledad y la inutilidad de una vida dedicada, no vivida. Messiez quiere a sus personajes, les comprende y les mima. Y recrea todo el subidón trágico sin caer en amaneramientos ni en disfraces culturetas. Deja que la pasión fluya por las venas de esa novia calentorra y sonríe y sufre con la criada/madre. Agarra a Federico, le estudia, le entiende, le mima y juntos transitan por ese bosque mágico, casi shakespeariano.
Su sitio es la fraternidad y el calorcito. Nada de altares ni hostias. De tú a tú con Fede. Hablando el mismo idioma y usando sus mismas armas. Las palabras que tocan, las imágenes que te cambian y las tentaciones físicas a las que sucumbes.
Esos deditos acercándose entre temblores son puro Lorca, son pasión, temor, calentón y poesía.
Los espacios que crean a pachas Elisa Sanz y Paloma Parra son gloriosos. Son puro brillo, pura tragedia y puro viaje a la esencia del drama. Si las palabras mueven, tocan y cambian, la gama de colores, texturas y calidades de los espacios creados por Elisa son puro interior. Son lo que pasa por dentro, son lo que se calla y sólo se siente, son "el sitio donde tiembla enmarañada la oscura raíz del grito". De los colores y las formas libres, juguetonas y densas hasta el vestuario colorido y atemporal. Pues sí. ¿O es que esa boda tal y como la vemos no puede celebrarse hoy mismo?
Las casas de los novios, los troncos, el banquete de bodas, el bosque, la sala de espejos... todo es puro ardor.
Y como complemento perfecto las luces, las sombras, los brillos, los fogonazos, los reflejos y las linternas de Paloma Parra. Creo que la escena de la huida de los amantes por el bosque no podría estar mejor iluminada. Es pasión, es terror, es deseo y es semen y fluidos.
El espacio sonoro de Óscar G. Villegas mezcla fábula y realidad. Tierra y noche. Pez luna y cuchillos. Es teatro y es noche. Y fiesta y compañía. Y pueblo.
Gloria Muñoz es una madre sin nombre seca, sufrida, con la palabra "muerte" escrita en la frente y con el cuerpo blando por la pérdida. No es la madre coraje que pelea, ni la sufridora que araña las paredes. Sufre y llora por dentro, como si su dolor fuera agua. Por eso su cuerpo ya no sostiene con fuerza, sino con inercia. Claudia Faci se adueña de las palabras y se alía con ellas para ir poco a poco taladrando nuestra seguridad. Es un espectro, la muerte, la sombra, la oscura raíz, un espejo, la navaja y la serenidad del autor demiurgo. Carmen León borda una creación sensible, sabia y con el poderío de la tierra. Es ancestral y primitiva. Sabe que siente aunque no comprenda y se mueve por el escenario con un peso brutal. Francesco Carril vuelve a demostrar su inmensa capacidad de adueñarse de los sentimientos de sus personajes y de "crearlos" en el momento, de "hacer que nazcan" y que parezcan únicos y surgidos en el momento. Estefanía de los (dioses) y de los Santos se marca una criada antológica. Fani tiene un don especial y es que haga lo que haga no puedas quitar tus ojos de ella. Absorbe las miradas. Y tiene una intensidad y una dimensión en su mirada que traspasa escenarios y leches. Su forma de mirar a la novia es real. Como real es su mirada profunda y trágica durante esa boda que sólo ella sabe ya de antemano que está muerta y teñida de rojo. De un rojo sangre con el que sólo ella se atreve.
Carlota Gaviño es la novia terrenal, la novia cuyo cuerpo cambia y muta al enfrentarse al amor, al deseo, a la carne alterada para siempre y al sexo febril y apasionado que ha mutado su corazón y su coño para siempre. Porque desde que cede al deseo, es como si atrajese a la muerte a la vez. Es fatalidad, tragedia pura y calor de recién parida. Grandiosa hembra removida que comienza a temblar sin querer antes incluso de saber que su pasión es inevitable, que "cuando las cosas llegan a los centros, no hay quien las arranque". Prodigiosa Carlota, suicida y amorosa. La mejor novia imaginable. Es un algodón de azúcar lleno de calor, de pena, de muerte, de fatalidad, de sexo, de vida y de saliva. "Una mujer quemada, llena de llagas por dentro y por fuera". Es una Julieta que sabe que puede follar y que sabe que follar mola, conmueve y perturba. Virgen quizá, pero con el cuerpo y la carne tocados para siempre. Y eso ya no se cambia.
El resto del repartazo lo completan Pilar Gómez, Julián Ortega, Guadalupe Álvarez, Pilar Bergés, Juan Ceacero, Fernando Delgado-Hierro, todos ellos vivos y brillantes.
Ya lo dice Messiez: todos los apellidos que derivan en adjetivo tienen un peligro reduccionista enorme. Ahora que su obra ha pasado a ser de dominio publico, tengamos cuidado. No es que desde hoy se puedan hacer chuminadas sin sentido ni respeto, pero hablemos de tu a tú con Federico y dejemos atrás eso de hacer algo "lorquiano". Se acabó lo de mirarle desde abajo, con devoción, con miedo, con el acojone de quien mira a lo inalcanzable. Yo ya dije hace unos días, que viendo estas "Bodas de sangre" de Messiez, me vuelvo Lorca!!!!!
Que sí, que Lorca es Dios. Pero es más sano ser ateo.
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viernes, 15 de julio de 2016
Scratch. Grumelot.
Cuando uno casi había perdido la fe en la raza humana, aparece "Scratch" y todo vuelve a tener sentido.
Hasta ahora, en este Frinje descafeinado y caro de cojones si lo comparas con otros años, sólo había visto propuestas a medias y poca innovación. Personalmente, nada que me moviera en absoluto. Hasta ayer yo era el mismo David del mes pasado.
Se supone, según dicen los propios responsables, que en los criterios que se valoraron antes de escoger los espectáculos estaban "la capacidad de análisis sobre la realidad política y social, la búsqueda de un lenguaje personal y el rigor e innovación de las propuestas". Espectáculos de hace años, innovación cero, lenguajes personales inexistentes y propuestas pobretonas y con muy escaso horizonte.
Para remate acabábamos de salir de un espectáculo asombrosamente ridículo y simplón. El alma por los pies, arrastrando una desgana ajena y con el palpito de que si este va a ser el teatro del año que viene... me paso al cine.
Pero no, claro que hay artistas que viven en la búsqueda, que rascan la realidad y hurgan en los sentimientos, en los recuerdos y en las dimensiones. Hay artistas como Javier Lara que hablan como y de lo que quieren. Hay artistas como Javier Lara que hablan desde sitios diversos, que plantean preguntas y dudas, que mezclan, que descolocan, que recurren, que acorralan y que te sirven una ensalada con ingredientes envenenados y aromas a Joyce.
El periplo de Antonio Carlos no es de un día por las calles de Dublín. Es de unos años por las calles de Londres, por su casa, por sus recovecos sentimentales, por sus fantasmas, por sus ángeles, por sus miedos y por sus samaritanos seguramente salidos, como nos pasa a todos, de su pasado en B.
Javier Lara, Lara, Javi, el Lara escribe, reescribe, inventa, reinventa, mezcla, bate, ajusta cuentas, paga deudas, navega, desgarra un texto que casi podría ser una cosmogonía. Brillante hasta en las acotaciones, en el empleo de la música como elemento que dialoga con los personajes y con el espectador, otro personaje más de esta ouija que es "Scratch".
Si el comienzo es una declaración de intenciones y un prodigio emocional y literario (sumergiendo al público en una sesión casi de hipnosis colectiva), el torrente de emociones, temblores y temores que siguen son dignos de estudio. Porque este textazo no es sólo un ejemplo de desarrollo dramático ejemplar, de viaje emocional de los personajes, empezando por Antonio Carlos y siguiendo por los padres (el padre, siempre el padre... momento en el que arranco a llorar y ya no paro), Nacho, el filósofo de la calle, el ángel de la guarda de Hillegonda, incluso el Obispo Lara o Rachel. No es sólo ese proceso, esa aventura, ese crecimiento, es un ajuste de cuentas con el destino. Es buscar una explicación a por qué pasó lo que no tenía que haber pasado. Es rebuscar y retorcer el cerebro, los recuerdos, reinventar una secuencia que explique la ausencia y el dolor. Es intentar saber por que no estuvo cerca o pedir perdón por no haber sabido ver.
Cuando uno tira de su pasado en B para buscar porqués, el torbellino te descompone, gritas, potas y giras sobre todos tus ejes a la vez. Lara se escuda en la forma y en el desorden mental de su escritura (tan mental como la de Joyce, tan serpenteante como la memoria y como el proceso mental del escritor irlandés) para tratar de dar sentido al viaje de Antonio Carlos. Un viaje en el que el caos ordena, la luz oscurece, el ruido ensordece, la droga da lucidez y la sangre aleja. Porque "el vacío tiene esperanza de luz".
Lara imagina junto con Carlos Aladro, Carlota Gaviño e Iñigo Rodriguez-Claro un espacio poderoso, lo iluminan de maravilla, crean un universo sonoro y visual vivo y cómplice, en el que música e imágenes son un personaje que dialoga con los actores. Distribuyen los ritmos, crean tempos especiales, dan aire a la angustia y energía a la muerte. Escénicamente es un prodigio de libertad, pruebas, interrogantes y puertas abiertas. Potencia, delicadeza, dolor y muuuuchos interrogantes. Justo eso, un idioma libre, un discurso movido y "movedor" y una concepción del hecho teatral como espacio de búsqueda y catarsis.
Javier Lara despliega un catálogo de personajes A-CO-JO-NAN-TE. Da vida y carácter a no sé cuantos personajes siempre desde la delicadeza, el matiz y la profundización emocional. Si todos los personajes son un ejemplo de creación y amor, ese padre... no tiene calificativos dignos. Está buscado desde lo más profundo del respeto y la admiración. Es una imagen emotiva y emocionante, es lo que debería ser un padre, es el tirón inevitable de la sangre, es el amor infinito y universal, es el vértigo horizontal, por alejamiento, es un padre amoroso, idealizado, con una dignidad y una vulnerabilidad poéticas que a mí, particularmente, que perdí a mi padre justamente hace trece años, me abre en canal, me desgarra y me hace soñar con mi pasado en B. Estremecedor, humano, digno y calentito.
Y a su lado, de tú a tú, el mejor actor de su generación. Fernando Delgado-Hierro. No sólo mantiene el pulso con Lara de tú a tú, sino que durante todo el espectáculo está en escena lleno de verdad, de intensidad, de pasado y de futuro. Por sus ojos se dispara una mirada perdida rebosante de potencia, de amargura, de vómito y de sed de luz. La búsqueda de una razón, el viaje iniciático y el aprendizaje desde la soledad, la sabiduría desde el caos y el crecimiento desde la necesidad. Todo eso está en la mirada blanca, poseída, profunda y estremecedora de Fernando Delgado-Hierro. Sólo por poder dejarte llevar por su monólogo final merece la pena vivir. Es un mago y un torrente de carisma y oro puro. Sólo viendo su vulnerabilidad y su mirada sedienta uno aprende lo que es ser actor.
A pesar de que yo llorara como un bebé necesitado y que me tocara el rincón más doloroso de mi corazón abandonado, perdido y solitario, "Scratch" es una puta maravilla de concepto, de forma, de búsqueda, de filosofía y de manejo tanto del hecho teatral en sí como de las emociones, del pudor, de la necesidad y de las emociones capadas. Lo mejor no sólo del Frinje sino de este año. Este es el teatro que me pone.
¿Cómo se hace si no?
Hasta ahora, en este Frinje descafeinado y caro de cojones si lo comparas con otros años, sólo había visto propuestas a medias y poca innovación. Personalmente, nada que me moviera en absoluto. Hasta ayer yo era el mismo David del mes pasado.
Se supone, según dicen los propios responsables, que en los criterios que se valoraron antes de escoger los espectáculos estaban "la capacidad de análisis sobre la realidad política y social, la búsqueda de un lenguaje personal y el rigor e innovación de las propuestas". Espectáculos de hace años, innovación cero, lenguajes personales inexistentes y propuestas pobretonas y con muy escaso horizonte.
Para remate acabábamos de salir de un espectáculo asombrosamente ridículo y simplón. El alma por los pies, arrastrando una desgana ajena y con el palpito de que si este va a ser el teatro del año que viene... me paso al cine.
Pero no, claro que hay artistas que viven en la búsqueda, que rascan la realidad y hurgan en los sentimientos, en los recuerdos y en las dimensiones. Hay artistas como Javier Lara que hablan como y de lo que quieren. Hay artistas como Javier Lara que hablan desde sitios diversos, que plantean preguntas y dudas, que mezclan, que descolocan, que recurren, que acorralan y que te sirven una ensalada con ingredientes envenenados y aromas a Joyce.
El periplo de Antonio Carlos no es de un día por las calles de Dublín. Es de unos años por las calles de Londres, por su casa, por sus recovecos sentimentales, por sus fantasmas, por sus ángeles, por sus miedos y por sus samaritanos seguramente salidos, como nos pasa a todos, de su pasado en B.
Javier Lara, Lara, Javi, el Lara escribe, reescribe, inventa, reinventa, mezcla, bate, ajusta cuentas, paga deudas, navega, desgarra un texto que casi podría ser una cosmogonía. Brillante hasta en las acotaciones, en el empleo de la música como elemento que dialoga con los personajes y con el espectador, otro personaje más de esta ouija que es "Scratch".
Si el comienzo es una declaración de intenciones y un prodigio emocional y literario (sumergiendo al público en una sesión casi de hipnosis colectiva), el torrente de emociones, temblores y temores que siguen son dignos de estudio. Porque este textazo no es sólo un ejemplo de desarrollo dramático ejemplar, de viaje emocional de los personajes, empezando por Antonio Carlos y siguiendo por los padres (el padre, siempre el padre... momento en el que arranco a llorar y ya no paro), Nacho, el filósofo de la calle, el ángel de la guarda de Hillegonda, incluso el Obispo Lara o Rachel. No es sólo ese proceso, esa aventura, ese crecimiento, es un ajuste de cuentas con el destino. Es buscar una explicación a por qué pasó lo que no tenía que haber pasado. Es rebuscar y retorcer el cerebro, los recuerdos, reinventar una secuencia que explique la ausencia y el dolor. Es intentar saber por que no estuvo cerca o pedir perdón por no haber sabido ver.
Cuando uno tira de su pasado en B para buscar porqués, el torbellino te descompone, gritas, potas y giras sobre todos tus ejes a la vez. Lara se escuda en la forma y en el desorden mental de su escritura (tan mental como la de Joyce, tan serpenteante como la memoria y como el proceso mental del escritor irlandés) para tratar de dar sentido al viaje de Antonio Carlos. Un viaje en el que el caos ordena, la luz oscurece, el ruido ensordece, la droga da lucidez y la sangre aleja. Porque "el vacío tiene esperanza de luz".
Lara imagina junto con Carlos Aladro, Carlota Gaviño e Iñigo Rodriguez-Claro un espacio poderoso, lo iluminan de maravilla, crean un universo sonoro y visual vivo y cómplice, en el que música e imágenes son un personaje que dialoga con los actores. Distribuyen los ritmos, crean tempos especiales, dan aire a la angustia y energía a la muerte. Escénicamente es un prodigio de libertad, pruebas, interrogantes y puertas abiertas. Potencia, delicadeza, dolor y muuuuchos interrogantes. Justo eso, un idioma libre, un discurso movido y "movedor" y una concepción del hecho teatral como espacio de búsqueda y catarsis.
Javier Lara despliega un catálogo de personajes A-CO-JO-NAN-TE. Da vida y carácter a no sé cuantos personajes siempre desde la delicadeza, el matiz y la profundización emocional. Si todos los personajes son un ejemplo de creación y amor, ese padre... no tiene calificativos dignos. Está buscado desde lo más profundo del respeto y la admiración. Es una imagen emotiva y emocionante, es lo que debería ser un padre, es el tirón inevitable de la sangre, es el amor infinito y universal, es el vértigo horizontal, por alejamiento, es un padre amoroso, idealizado, con una dignidad y una vulnerabilidad poéticas que a mí, particularmente, que perdí a mi padre justamente hace trece años, me abre en canal, me desgarra y me hace soñar con mi pasado en B. Estremecedor, humano, digno y calentito.
Y a su lado, de tú a tú, el mejor actor de su generación. Fernando Delgado-Hierro. No sólo mantiene el pulso con Lara de tú a tú, sino que durante todo el espectáculo está en escena lleno de verdad, de intensidad, de pasado y de futuro. Por sus ojos se dispara una mirada perdida rebosante de potencia, de amargura, de vómito y de sed de luz. La búsqueda de una razón, el viaje iniciático y el aprendizaje desde la soledad, la sabiduría desde el caos y el crecimiento desde la necesidad. Todo eso está en la mirada blanca, poseída, profunda y estremecedora de Fernando Delgado-Hierro. Sólo por poder dejarte llevar por su monólogo final merece la pena vivir. Es un mago y un torrente de carisma y oro puro. Sólo viendo su vulnerabilidad y su mirada sedienta uno aprende lo que es ser actor.
A pesar de que yo llorara como un bebé necesitado y que me tocara el rincón más doloroso de mi corazón abandonado, perdido y solitario, "Scratch" es una puta maravilla de concepto, de forma, de búsqueda, de filosofía y de manejo tanto del hecho teatral en sí como de las emociones, del pudor, de la necesidad y de las emociones capadas. Lo mejor no sólo del Frinje sino de este año. Este es el teatro que me pone.
¿Cómo se hace si no?
viernes, 18 de marzo de 2016
La distancia. Teatro Galileo.
Salí de casa nervioso porque había quedado y no sabía lo que me iba a encontrar. Era una cita a ciegas y aunque lo poco que había visto prometía un encuentro mágico, uno nunca sabe y hasta que se apagan las luces y empieza la vida... uno no sabe por dónde te va a agarrar, si es que te agarra. También es posible que lo que sentí fuera irreal, inventado y producto de un subidón de fiebre. No recuerdo estar malo, pero eso no quita para que me diera un ataque de fiebre y viviera durante unas horas más allá de la realidad.
En mi cita me encontré con tres mujeres y un hombre, que se habían puesto en manos de un señor para revivir unos hechos terroríficos y estremecedores. Acabó siendo una cita amorosa. Pero no lo parecía.
Al poquito de salir, ya en casa, ya en mi territorio de seguridad, ya protegido entre mis recuerdos y mis peluches vitales quise escribir mi primer impulso. Sonó así: "Cuando termina una función, se encienden las luces y el tiempo es cruel, te ha desplazado, traspasado, aniquilado y eres incapaz de moverte del sitio y sólo puedes mirarte, reencontrarte, reconocerte e intentar salir a flote de nuevo, entonces es que lo que has visto te ha gustado. Eso se llama teatro".
Yo a oscuras siento, me lanzo. Y si Amanda es gerundia y vive en presente continuo y siente en pluscuamperfecto, yo nado en pretérito imperfecto y a veces en futuro simple. Así lo hice en mi cita y lo que pasó fue que me rompí. Vi que mi distancia de rescate es casi inexistente, que no me salvaré ni pa dios. Si Carla no vio venir el destino, si David ha transmigrado hacia vaya usted a saber, si a Amanda se le escapa su hijita Nina (siempre Nina), a mí me paso tres cuartos de lo mismo. Me sobrepasó. Mi pareja en esa cita se llamaba "La distancia" y es una criatura sana y fuerte, navega de dimensión a dimensión, cabalga de pasado a presente y a futuro como si tal cosa. Como esa escenografía de planos interceptados unos con otros. De verde cortado, de praderas sajadas.
Estuve hora y pico mirándome por dentro, midiendo mi distancia de rescate, la que debería tener conmigo mismo o con los demás. Porque en mi cita me dio tanto miedo medirme yo como medir mi necesidad de otros, de los otros, de mis otros. Y darte cuenta de que uno necesita piel porque mi distancia de rescate es cero te machaca. Y salí de mi cita machacado.
Las citas son amor, o deberían ser amor. Esta lo fue. Si Amanda es gerundia y en pocos minutos morirá y necesita saber, yo, en mi butaca vi que saber, ver y ver morir y vaciar me llevó a sitios delicados. Al terminar mi cita, mi cita amorosa a ciegas me quedé en mi sitio, clavado, sin poder moverme, mirando al vacío y buscando dónde estoy, a dónde he ido, a dónde me han llevado.
En mi cita hubo varios compañeros de viaje, Paloma Parra poniendo unas luces mágicas e hirientes sobre un espacio de Elisa Sanz que te lleva, te transporta a la belleza maldita de la manzana de Blancanieves. Allí estaban Fernando, un ser de luz con una de las miradas más llenas que yo recuerdo, Luz que sufre y busca, Estefanía que va y viene a donde quiere y como quiere, viaja, se transfigura, muta, araña y escuece. Y María, que es el límite, el tope, no existe nada más allá de María. Y Pablo en medio de todas las dimensiones. Es un mago; no sé si le conocéis pero os cuento que mira desde otro sitio, se mueve en otra dimensión y viaja entre sueños y truenos. Es él, es Pablo. Todos juntos tuvimos esta cita amorosa. Y aunque me dolió mucho y me rompió por varios sitios, me iluminó y me enseño un camino. Sí, sencillamente. No sólo salí roto, sino removido, cambiado y despojado. Habíamos quedado todos para amarnos y así fue, durante hora y pico nos amamos entre dolores, lágrimas, pesticidas, soledades y necesidades.
¿Os da envidia y ahora queréis una cita como la mía? Corre, ahí están. Y cada día quedan con gente nueva. YO volveré. Porque esto no te recorre todos los días. Y es que estos compañeros de romance hacen lo más difícil que hay, le hacen bien al mundo.
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