Sergi Belbel ha estado siete años sin escribir y ahora que lo ha hecho nos habla de amor. Y del destino.
Reconozco que Belbel me gusta y Unax Ugalde también. Sin embargo mis expectativas de derrumbaron nada más empezar el espectáculo. Por todo.
SPOILER TOTAL, NO LEAS SI NO QUIERES ENTERARTE DE LA TRAMA.
Empieza la acción y vemos una escena de matrimonio. Los niños se acaban de acostar y ellos, sentados en dos sillas que simulan ser un hogar, hablan de los niños, de sus movidas, de llevarles al cole al día siguiente. Prácticamente por accidente, Elisa, la mami se encarga de hacerlo. y por accidente también, se mata junto con los nenes. Esta primera escena nos da todas las claves de lo que vamos a ver: diálogos artificiosos, frases de carpeta, diálogos increíbles y afectados y personajes que se empeñan en contarnos que se quieren aunque tanto sus palabras como sus actos nos dejen ver que hay muy poquito afecto entre ellos.
Y de ese momento dramático pasamos a otro trágico. Retrocedemos hasta 1989, con los cuatro protagonistas de la historia en la uni, tía. Y yo me encojo en mi butaca al ver a los actores haciendo de jóvenes ochenteros. Confieso que me viene a la mente Meryl Streep en "La casa de los espíritus".
A partir de ahí entramos en una historia de amores posibles y de "mundos paralelos". La típica historia de "qué habría pasado si en un momento de mi vida, hubiera tomado otra decisión". Sí, aquello que contó tan bien Edgar Neville en "la vida en un hilo" y Manuel Hidalgo y Carmen Posadas no tan bien en "Una mujer bajo la lluvia", por ejemplo. Pues eso mismo. Con una diferencia, que lo que allí era fábula, era magia y era un ajuste de cuentas con la felicidad y el equilibrio cósmicos, aquí es un ir y venir y transitar por momentos absurdos en los que el pobre Unax Ugalde SIEMPRE tiene un momento de lucidez en el que se da cuenta de la movida. Y eso se lo carga todo. Porque por mucha fábula que le metas a la cosa (que tampoco la tiene) y por mucha magia que quieras untar (que tampoco) es imposible que un ser que vive palante y patrás esté a por uvas todo el rato pero de pronto tenga una chispita de lucidez. Que tampoco le sirve para nada. Una chispita gratuita e inútil.
En definitiva, la historia no solo me parece trillada sino que está plagada de frases empalagosas y situaciones reiterativas y vacuas. Diálogos sensibleros, situaciones increíbles y moralejas ñoñas.
No se me ocurriría decir que el texto de Sergi Belbel es malo, sería una osadía. Pero sí digo que no me tocó en absoluto, ni me lo creí, ni me embaucó, ni me estimuló, ni me trastocó, ni me cambió ni me afecto lo más mínimo. Sin hablar de los cientos de detalles incomprensibles o cantosos dentro de la historia, como que el novio de una boda no sepa quién cantó en su boda, o una accidentada a punto de morir se levante tan pichi de la cama, o que de pronto una actriz aparezca disfrazada y maquillada de vieja y los demás no. Pero bueno, son detalles.
Y lo que más siento es que el resto de elementos del espectáculo tampoco me gustaron nada. Las luces me parecieron sucias y que enturbiaban. Ni las luces ni las sombras, todo me parecía difuso e impreciso. La escenografía no ayudaba nada. La pared blanca y las sillas podrían ser multiusos y hacer que recurramos a la imaginación para rellenar ese simbolismo, pero entonces me sobran las revistas, los libros y los pocos elementos concretos. Y luego, técnicamente, los cambios en la parte de atrás "suenan" muchísimo y desde las filas delanteras no hacíamos más que mirar hacia los lados y hacia atrás porque parecía que iba a aparecer alguien en cualquier momento.
Ni me gustó que las canciones estuvieran grabadas. Y tampoco sonaban como que fueran las grandes grabaciones de una super estrella de la canción.
La dirección no tiene ni punto de vista estético ni ético. Las cosas están contadas al corre corre, sin dar tiempo a que nada nazca, crezca ni se desarrolle. Parece que hay prisa por contarlo todo rapidito para que no nos aburramos. Y al final resulta una dirección vacía y sin rumbo.
Unax Ugalde va a toda mecha. Llora mucho y se tira de cabeza a los pozos emocionales en los que debe sumergirse, pero quizá todo sea tan precipitado que no termina de dar profundidad ni siquiera una ligera capa oculta a ninguna situación. Aunque es de ley reconocer el enorme esfuerzo que hace y que se deja la piel. Marta Hazas está bien de gesto y de intención aunque también sufre las prisas. Y tiene algo en la voz que yo creo que quizá podría revisar. El sonido que emite tiene algo rasposo, una emisión extraña, no sé.
Óscar Jarque y sobre todo Ana Cerdeiriña están en otro código, están totalmente disparados. Conmigo consiguieron que no empatizara ni un sólo segundo con ellos y me rechinaban tanto sus personajes como su código.
Siceramente, confieso que en este caso, el trabajo seguro que durísimo de todos los implicados no consiguió ningún efecto en mí. Es una pena, porque el cartel tiene nombres grandes, aunque mi experiencia fue totalmente infructuosa.
Aquí podrás leer MI opinión sobre los espectáculos que voy viendo. Insisto en que es MI opinión, nada mas. No pretendo adoctrinar ni tener razón. Únicamente te contaré MIS razones para amar o amar menos lo que vaya viendo. El teatro son gustos y aquí leerás los míos. No soy crítico, solo necesito contarle al mundo el porqué de mis amores. Lo que puedes leer aquí es lo que yo he sentido al ver estos espectáculos. Ni más ni menos que mis sensaciones. Si a alguien le sirven, estupendo.
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miércoles, 2 de mayo de 2018
sábado, 29 de octubre de 2016
Escuadra hacia la muerte.
Mientras teatros como La Zarzuela de esfuerzan por modernizar sus programaciones, otros como en el teatro de Tamayo y Baus parecen encaminarse hacia el talco y la naftalina. No hay forma de que salgan de ahí. Hace años, el teatro Federic... digo... el teatro María Guerrero era el puntal de la modernidad y lo arriesgado. Desgraciadamente lleva unos años cayendo en picado y salvo los ciclos paralelos que sí buscan proyectos arriesgados y más minoritarios, la sala grande parece empeñada en contentar sólo al público más conservador. Es lógico que un teatro público busque agradar el público mayoritario, pero en los 80 y 90 el teatro también estaba lleno. Ah, no, calla, que el otro día el teatro Federico estaba a medias. Ya.
Seguir reivindicando la figura de Alfonso Sastre es elogiable y justo. Ya se intentó el año pasado en el otro gran teatro público madrileño y no resultó muy bien. Está claro que lo mejor que se podía intentar este año si se quería insistir con Sastre es buscar un director que lo lleve por otros caminos más... actuales. En ese sentido, la elección de Paco Azorín me parece un gran acierto.
Personalmente quizá el trasladar la acción del zulo de la España posguerra a un futuro incierto y casi postapocalíptico no sé si me convence. Igual se podría haber situado en la España de hoy mismo, víspera de la investidura dura. Pero en definitiva es una decisión del adaptador y director y por tanto, totalmente respetable. Sobre todo porque es coherente con todo lo que vemos. Por tanto perfectamente válida.
Paco Azorín adapta el texto de Sastre, crea una escenografía realmente impactante y muy expresiva y agobiante y además dirige a este grupo de actores. Quizá los insertos Brechtianos me sobren, pero bueno. Ilustran bien y reinciden en el mensaje. Eso sí, el vestuario y el atrezzo sí deberían estar más... vividos. Las botas tiene las suelas demasiado nuevas, la ropa está demasiado planchada y limpia y el atrezzo parece que lo están estrenando.
Azorín mueve bien a los actores, crea una atmósfera inquietante e irrespirable y consigue darle un ritmo a esta función acertado.
El elenco me parece irregular. Hay varios actores que directamente me resultan increíbles y afectados. Sin embargo, es destacable el trabajazo de Jan Cornet y de Iván Hermes. Cornet crea un sufridor atormentado y frágil que te dan ganas de subir al escenario y protegerle. Para mi gusto está fantástico. Es un auténtico ser vivo. Iván Hermes vuelve a demostrar que es uno de los mejores actores del país. Su creación está llena de vida y de potencia. Cuando habla, cuando está activo y cuando escucha, cuando recibe y cuando calla. Eso sólo lo hacen bien y con carne los actorazos de raza. Unax Ugalde empieza bien pero se le va.
En definitiva, creo que el montaje funciona, los actores lo dan todo y unos cuantos funcionan de maravilla y la dirección de Azorín creo que salva este espectáculo de ser un fiasco. Y aunque me llaméis salvaje y hereje, creo que el principal lastre es el propio texto de Sastre o quizá la adaptación, que no levanta el vuelo y no logra llenar de interés la hora y media que dura el espectáculo.
Seguir reivindicando la figura de Alfonso Sastre es elogiable y justo. Ya se intentó el año pasado en el otro gran teatro público madrileño y no resultó muy bien. Está claro que lo mejor que se podía intentar este año si se quería insistir con Sastre es buscar un director que lo lleve por otros caminos más... actuales. En ese sentido, la elección de Paco Azorín me parece un gran acierto.
Personalmente quizá el trasladar la acción del zulo de la España posguerra a un futuro incierto y casi postapocalíptico no sé si me convence. Igual se podría haber situado en la España de hoy mismo, víspera de la investidura dura. Pero en definitiva es una decisión del adaptador y director y por tanto, totalmente respetable. Sobre todo porque es coherente con todo lo que vemos. Por tanto perfectamente válida.
Paco Azorín adapta el texto de Sastre, crea una escenografía realmente impactante y muy expresiva y agobiante y además dirige a este grupo de actores. Quizá los insertos Brechtianos me sobren, pero bueno. Ilustran bien y reinciden en el mensaje. Eso sí, el vestuario y el atrezzo sí deberían estar más... vividos. Las botas tiene las suelas demasiado nuevas, la ropa está demasiado planchada y limpia y el atrezzo parece que lo están estrenando.
Azorín mueve bien a los actores, crea una atmósfera inquietante e irrespirable y consigue darle un ritmo a esta función acertado.
El elenco me parece irregular. Hay varios actores que directamente me resultan increíbles y afectados. Sin embargo, es destacable el trabajazo de Jan Cornet y de Iván Hermes. Cornet crea un sufridor atormentado y frágil que te dan ganas de subir al escenario y protegerle. Para mi gusto está fantástico. Es un auténtico ser vivo. Iván Hermes vuelve a demostrar que es uno de los mejores actores del país. Su creación está llena de vida y de potencia. Cuando habla, cuando está activo y cuando escucha, cuando recibe y cuando calla. Eso sólo lo hacen bien y con carne los actorazos de raza. Unax Ugalde empieza bien pero se le va.
En definitiva, creo que el montaje funciona, los actores lo dan todo y unos cuantos funcionan de maravilla y la dirección de Azorín creo que salva este espectáculo de ser un fiasco. Y aunque me llaméis salvaje y hereje, creo que el principal lastre es el propio texto de Sastre o quizá la adaptación, que no levanta el vuelo y no logra llenar de interés la hora y media que dura el espectáculo.
sábado, 28 de noviembre de 2015
Siempre me resistí a que terminara el verano. Marquina
De Lautaro Perotti yo sólo había visto aquella maravilla de "Breve ejercicio para sobrevivir", una exhibición de Santi Marín y Bárbara Lennie. Entre eso y el pedazo de repartazo que te encuentras en el cartel... como pa no ir cagando hostias a verlo. Pues claro.
Lautaro Perotti vuelve a demostrar que maneja a la perfección los entresijos del alma humana necesitada del otro para completarse. Escribe y desarrolla de forma precisa, hiriente y real la necesidad que tenemos de prolongarnos o de necesitarnos en el otro para sentirnos vivos, para cerrar el eslabón de la cadena vital. Los encuentros entre dos personajes son secos y potentes tanto literariamente como en su traslado a la vida real (la del escenario, digo). No tanto el manejo del ritmo o de el enlace de escenas. Quiero decir, el texto es cercano, familiar, conocido, poco sorprendente pero desarrolla de forma irregular según qué momentos, dando, al final una sensación de ya visto y de poco emocionante peligrosa. El texto se mueve entre momentos memorables y emocionantes y otros rutinarios, revisitados y poco conmovedores. Y es que la intención que hay debajo yo siento que es la de conmover. Las cosas así buscadas suelen funcionar regular. Yo al menos prefiero lo que sucede sin querer, lo no buscado (es un decir porque toda intención se busca). Si se provoca emoción, que sea sin querer, si se conmueve que no sea por cojones. Es como la diferencia que hay entre el plano de Angelica Huston mirando la nieve caer en ese plano mágico de "Dublineses" o un capítulo de "Autopista hacia el cielo". Bueno, no tanto, me he pasado, pero a eso me refiero; el afán por conmover provoca que Perotti haya escrito escenas a veces muy largas, repetitivas, ilustrativas y deja a un lado la capacidad de profundizar que ha demostrado y demuestra y navegue a ratos entre la carga de profundidad y la reiteración. Lo que pasó en mi caso es que eso me llevó a cierto desinterés y a poca empatía.
Que yo adoro a Mónica Boromello es sabido por todos, pero en esta ocasión el espacio doble no me gusta. A ver, el bosque lluvioso sí, es bellísimo, pero el puticlub no. Y no tanto por el espacio en sí, que no me provoca ni evoca nada sino por el uso. Si estableces el código que de la puerta está en un sitio concreto, tiene que estar ahí siempre, no vale que luego los personajes atraviesen las paredes porque te es más cómodo moverlos por ahí.
Técnicamente todo perfecto, luces, espacio sonoro, vestuario...
Y lo mismo que te digo que la dirección y el texto en sí me parece que no conectan conmigo y se me quedan a medio camino, te digo que el reparto está a un nivel prodigioso. Muy, pero que muy por encima del texto.
Unax Ugalde me sorprendió porque nunca le había visto en teatro y demuestra una dominio del espacio, un control del escenario y una maestría tanto para el trazo grueso, como para el sutil e incluso para el primer plano acojonantes. Me parece que hace un trabajazo magistral. Como Estefanía (de los dioses) y de los Santos. Ella es carne y es tierra, es puta y es amiga, está ajada pero más viva que todos juntos. Recorre un arco de emociones como si nada que te estremece y te retuerce. Y todo eso lo hace como si fuera su estado natural. Impresionante cómo crea vida en el escenario. Andres Gertrudix es una debilidad que yo tengo. Es un actorazo que consigue siempre dar credibilidad a todo lo que agarra entre sus manos. Y Andrés está fabuloso y salvaje en los momentos en los que el texto se lo permite y le lleva mejor aunque hay momentos en los que cae en lo reiterativo y en los recursos ya explotados cuando el texto decae. Pablo Rivero está algo perdido. Bueno no, quiero decir que da el aspecto de pijo fachorro asqueroso. Da grima. Pero su personaje quizá sea más esperpéntico y menos "real". Y ahí sale perdiendo Pablo, que mantiene un tono que no corresponde con lo que le rodea. Además, vocalmente está como engolado o con la voz en un sitio raro y poco natural y efectivo.
Y luego está Samuel Viyuela. Un puto descubrimiento, el amo del escenario, un robaplanos implacable. Sale, está en otro tono distinto, es pura comedia, es Berlanga, es la vida y es lo natural. Surge, crea, nace en él cada frase, cada coña, cada morcilla (fijo que no hay ninguna, pero incluso lo parecen), cada mirada y cada silencio. Desde que sale y arranca a hablar, alucinas, flipas y no puedes despegar la mirada de este actor sencillamente PRODIGIOSO.
En definitiva, un texto reiterativo y poco empático con un reparto de ensueño muy por encima del espectáculo.
Lautaro Perotti vuelve a demostrar que maneja a la perfección los entresijos del alma humana necesitada del otro para completarse. Escribe y desarrolla de forma precisa, hiriente y real la necesidad que tenemos de prolongarnos o de necesitarnos en el otro para sentirnos vivos, para cerrar el eslabón de la cadena vital. Los encuentros entre dos personajes son secos y potentes tanto literariamente como en su traslado a la vida real (la del escenario, digo). No tanto el manejo del ritmo o de el enlace de escenas. Quiero decir, el texto es cercano, familiar, conocido, poco sorprendente pero desarrolla de forma irregular según qué momentos, dando, al final una sensación de ya visto y de poco emocionante peligrosa. El texto se mueve entre momentos memorables y emocionantes y otros rutinarios, revisitados y poco conmovedores. Y es que la intención que hay debajo yo siento que es la de conmover. Las cosas así buscadas suelen funcionar regular. Yo al menos prefiero lo que sucede sin querer, lo no buscado (es un decir porque toda intención se busca). Si se provoca emoción, que sea sin querer, si se conmueve que no sea por cojones. Es como la diferencia que hay entre el plano de Angelica Huston mirando la nieve caer en ese plano mágico de "Dublineses" o un capítulo de "Autopista hacia el cielo". Bueno, no tanto, me he pasado, pero a eso me refiero; el afán por conmover provoca que Perotti haya escrito escenas a veces muy largas, repetitivas, ilustrativas y deja a un lado la capacidad de profundizar que ha demostrado y demuestra y navegue a ratos entre la carga de profundidad y la reiteración. Lo que pasó en mi caso es que eso me llevó a cierto desinterés y a poca empatía.
Que yo adoro a Mónica Boromello es sabido por todos, pero en esta ocasión el espacio doble no me gusta. A ver, el bosque lluvioso sí, es bellísimo, pero el puticlub no. Y no tanto por el espacio en sí, que no me provoca ni evoca nada sino por el uso. Si estableces el código que de la puerta está en un sitio concreto, tiene que estar ahí siempre, no vale que luego los personajes atraviesen las paredes porque te es más cómodo moverlos por ahí.
Técnicamente todo perfecto, luces, espacio sonoro, vestuario...
Y lo mismo que te digo que la dirección y el texto en sí me parece que no conectan conmigo y se me quedan a medio camino, te digo que el reparto está a un nivel prodigioso. Muy, pero que muy por encima del texto.
Unax Ugalde me sorprendió porque nunca le había visto en teatro y demuestra una dominio del espacio, un control del escenario y una maestría tanto para el trazo grueso, como para el sutil e incluso para el primer plano acojonantes. Me parece que hace un trabajazo magistral. Como Estefanía (de los dioses) y de los Santos. Ella es carne y es tierra, es puta y es amiga, está ajada pero más viva que todos juntos. Recorre un arco de emociones como si nada que te estremece y te retuerce. Y todo eso lo hace como si fuera su estado natural. Impresionante cómo crea vida en el escenario. Andres Gertrudix es una debilidad que yo tengo. Es un actorazo que consigue siempre dar credibilidad a todo lo que agarra entre sus manos. Y Andrés está fabuloso y salvaje en los momentos en los que el texto se lo permite y le lleva mejor aunque hay momentos en los que cae en lo reiterativo y en los recursos ya explotados cuando el texto decae. Pablo Rivero está algo perdido. Bueno no, quiero decir que da el aspecto de pijo fachorro asqueroso. Da grima. Pero su personaje quizá sea más esperpéntico y menos "real". Y ahí sale perdiendo Pablo, que mantiene un tono que no corresponde con lo que le rodea. Además, vocalmente está como engolado o con la voz en un sitio raro y poco natural y efectivo.
Y luego está Samuel Viyuela. Un puto descubrimiento, el amo del escenario, un robaplanos implacable. Sale, está en otro tono distinto, es pura comedia, es Berlanga, es la vida y es lo natural. Surge, crea, nace en él cada frase, cada coña, cada morcilla (fijo que no hay ninguna, pero incluso lo parecen), cada mirada y cada silencio. Desde que sale y arranca a hablar, alucinas, flipas y no puedes despegar la mirada de este actor sencillamente PRODIGIOSO.
En definitiva, un texto reiterativo y poco empático con un reparto de ensueño muy por encima del espectáculo.
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