martes, 23 de junio de 2015

Fortune cookie. Valle Inclán.

Cualquiera que haya visto un espectáculo de Carlota Ferrer sabe que es una de las figuras más interesantes de la escena actual. Personal, única, con una creatividad desmesurada y una capacidad de riesgo envidiable.
En "Fortune cookie" habla de muchísimas cosas. Bajo ese envoltorio bellísimo, laten mil temas a cada cual más intenso y acojonante.
Demostrando una vez más esa inteligencia que la caracteriza, Carlota Ferrer empieza encargando la escenografía a Alessio Meloni y a Mónica Boromello y estos dos genios crean uno de los espacios  escénicos más dolorosamente bellos de los últimos tiempos. Y encima lo ilumina de ensueño José Espigares. Pura poesía.




Y pura poesía es la que sobrevuela por todo este montaje. Rosalba añora su amor de juventud, aquel al que abandonó porque se le quedaba pequeño y al que ahora, enferma, rememora aunque su Ildefonso lleve varios años muerto. Aparte de la trama, que ni voy a revelar ni voy a desgranar aquí, este trabajo habla de muchísimas cosas. O las intuye, o las insinúa y uno ve lo que en él han provocado. Porque Carlota Ferrer tiñe de poesía todo lo que ocurre en el escenario y le añade unas gotitas de naturalidad, un humor fino y sugerente y algo de filosofía de creador y nos sirve un jarabe que como si fuéramos unos niños pequeños, nos tragamos sin darnos cuenta de lo que nos va pasando por dentro poco a poco.
Porque Carlota habla del hecho artístico, del poder del arte, de la creación como sublimación, del creador, del ego, de la necesidad de diálogo, de la herencia, de dejar algo detrás, de trascendencia, de amor, del otro de el complementario, de la pareja, del padre, del hijo, de la raíz, de los porqués de la vida y de la creación, del teatro, de la vida, del teatro como vida, del teatro en lugar de la vida... de todo eso y de mucho más. A través de una distribuidora teatral, un autor, un chino que lo mismo te sirve pa un roto que pa un descosido, una china embarazada y sufriente y del carnicero muerto. 
Tiene algunos de los momentos visualmente más bellos de los últimos tiempos y emocionalmente más complejos y completos vistos también últimamente.  No hay ni un sólo elemento gratuito, y desde los muñequitos de colores, al vestuario, a las copas de gin-tonic, y acabando con el cuentecito de María y su pretendiente, el único con el que quizá habría podido casarse, pero con quien no lo hará porque "ha llegado tarde al amor"; todo está impregnado de capas y de lecturas que tiene mucho que ver con la creación, con la necesidad del otro, del otro como receptor, como comprador, como amante, como amador, como hijo, como heredero, como complemento en definitiva para cualquier cosa que hagamos. Incluso para algo tan naif como recordar a tu primer y más blanco amor, cuando la muerte asoma su pezuña por debajo de tu puerta. Incluso ahí, el "otro" es paradójicamente vital. Aunque nada sea por nada ni valga para nada. Aunque no sepas por qué escribes, ni por qué vas al teatro, ni por qué lloras, ni por qué extrañas. Es así porque sí, como le canto de un pájaro. 





La función dura cerca de hora y media. Yo a los cuarenta minutos empecé a llorar y no paré hasta un buen rato después de terminar. Es de esas funciones de una belleza y un calado tal, que si vas abierto de corazón, te agarra el corazón y te lo estruja hasta secártelo. Grande Carlota Ferrer. Y grandiosos sus actores, todos ellos en estado de gracia: Joaquín Hinojosa, David Picazo (genio polivalente y absoluto), Alberto Jo Lee y Alba Celma. Brillando por encima de todos la diosa de las diosas. Esther Ortega. Sin duda una de las mejores actrices de España. Un titán escénico, un caballo de Troya emocional, que sin que te des cuenta, te invade, te enamora y no te suelta. Adoración eterna.


Ah, coño, que casi se me olvida. El momentazo "Dido y Eneas"... de romperte el alma de bello. Tan estremecedor como ese otro icono como era la lluvia de ceniza de "Las palabras".    

domingo, 21 de junio de 2015

R y R. Los reyes de la casa (de la portera)

Si Martret y Puraenvidia son los emperadores del Off, sin duda alguna los reyes de la casa (de la portera) son R y R. Raquel y Raúl. ¿O no?



Raquel Pérez tiene un carrerón que no cabe en este blog y un arte que no cabría en todo internet. Hace de todo desde hace mil años y todo lo hace bien. Bien no, mejor. Mejor no, muchísimo mejor. Todos los que la hemos visto de cerca nos hemos estremecido con sus lágrimas, con su respiración, con su voz, con su mirada y con su forma de escuchar. Es la más fuerte y la más débil. La más sufridora y la más perra. Odia con la misma facilidad con la que ama y te revuelve las tripas incluso con un monólogo sobre economía empresarial. es la emperatriz de la intensidad, de la profundidad y de la profesión. Maneja y utiliza el recurso preciso para conseguir lo que quiere en cada momento. Eso, que parece una tontería, sólo son capaces de hacerlo los más grandes. No hay mayor reina de la casa que Raki, la reina, la diosa y la puta ama.  



Raúl Tejón es uno de esos seres que lo tienen todo. Calidad, inteligencia, carisma, es guapo de doler, tiene una paleta de matices infinita, una profundidad en la mirada que te hiela el alma y una capacidad para hacer creíble todo lo que toca. Sabe dónde situarse en cada montaje y en cada momento, cómo dosificar el torrente de energía que le fluye, cómo mirar y seducir, cómo mirar y acojonar, cómo mirar y enternecer, cómo respirar y enamorar, cómo escuchar y doblegar. Hace literalmente lo que le quiere con sus compañeros. Tiene una capacidad inconmensurable para la comunicación. Y no se chupa el dedo. Pero cuando se lo chupa...



No hay dos bestias más bestias que estos dos seres. Son sin duda alguna los reyes de la casa y los reyes de nuestro corazón. Hoy que cierra "La casa de la portera" quiero proclamar por clamor mío particular a Raquel Pérez y a Raúl Tejón como los reyes absolutos de la casa y de mi alma. Para siempre. Gracias por esos momentos que pasarán a la historia.  

viernes, 19 de junio de 2015

La casa de la portera




Las experiencias que nacen como una necesidad acaban siendo las más viscerales, sinceras y comunicativas del mundo. Martet y Puraenvidia sintieron la necesidad de crear su propio espacio. Y lo hicieron. Y nos regalaron no sólo ese bajo de Abades, no sólo esas dos habitaciones, no sólo esa "taquilla", esos cuadros, esa Duquesa de Alba, esa virgen doliente, ese reloj, esas puertas, esos suelos y esos ventanucos sino que nos regalaron un concepto estremecedor. Estremecedor y necesario.
Mi tío Eduardo y mi tía Josefa vivían en una portería. En realidad eran mis tíos abuelos y cada vez que íbamos a verles era como si entráramos en un mundo de rincones, de sombras, de huecos y de recovecos. La portería de Abades era exactamente igual. Yo entré por primera vez para ver esa obra de la que tanto se hablaba; "Ivan-off". Claro, ni puta idea de lo que me iba a encontrar. Pero nada más entrar y ver a Raúl Tejón ahí en medio, echándote encima su aliento, mi cuerpo se rajó, se me salieron por los suelos las tripas y así hasta hoy.



La clave del teatro, creo yo, está en "subir" al espectador al escenario, meterle dentro de la acción y hacerle partícipe de los sentimientos y tensiones de los personajes. Y eso exactamente es lo que podías vivir en "La casa de la portera". El sentimiento voyeur que uno lleva dentro explotaba brutalmente al verte sentado entre la madre y Axel, o entre Bárbara Lennie y Santi Marín, o entre Carmen Mayordomo y Fran Arráez. La verdad teatral se volvía necesidad y encima tú estaban en medio, eras el espía de sentimientos que siempre habías soñado. Esa inmersión emocional en las obras que allí se representaban era única. Y el subidón de adrenalina con el que salías no se quemaba con nada. Todo el que ha ido alguna vez a "La casa de la portera" ha salido tocado.



No contentos con eso, Martret y Puraenvidia han sido consecuentes con su pensamiento y se han escabullido de la tentación de llevarse el experimento por el lado comercial y empezar a meter textos populares, o elencos... famostes y cercanos. Y prefirieron apostar por valores sólidos pero menos "conocidos". Apostaron por la CALIDAD y metieron en sus habitaciones a los mejores. Los mejores autores, los mejores directores y los mejores actores. Muchos venían ya avalados por trabajazos enormes y no es que fueran unos "desconocidos", pero es cierto que desde su paso por Abades... ha habido un antes y un después. Como nombrar a gente es injusto por definición, mejor me corto, aunque me quedo con ganas. Pero estaréis de acuerdo conmigo en que por la casa ha pasado lo mejor de lo mejor. Y las listas de espera para pillar entrada eran por algo. Martret y Puraenvidia supieron llevar adelante su sueño. Y quizá sin saberlo estaban dando forma a NUESTRO sueño. Con el corazón en la mano te digo que en mi percepción del teatro y de la comunicación, hay un antes y un después desde aquella noche en la que entré a ver "Ivan-off".



Lo mismo que mi vida cambió cuando vi, olí, sentí y casi toqué a Raquel Pérez, a Raúl Tejón, a German Torres, a Luis Luque, a Carlos Be, a Fran Arráez, a  José Padilla, a Codina, a Ana Rayo, a Rosa Mariscal, a Chevi, a Alberto Velasco, a Jorge Calvo, a Irene Arcos, a Santi Marín, Trinidad, Petra, Abel Zamora... tantísimos nombres... Y quizá por encima de todos ellos, ese auténtico bombazo que a día de hoy sigue y seguirá durante muchos años. El mayor pelotazo de "La casa". La apuesta más rompedora y auténtica. Esa joya indiscutible que es "Cerda" de Juan Mairena. 



Lo dije una vez y lo repito. Gracias a los creadores, y a Pablo Martínez, por supuesto, por haberme salvado muchas noches de una vida triste. Por hacer de este mundo un lugar más bello y por llevar emociones puras, sinceras y cercanas a nuestros corazones. Gracias desde lo más profundo de nuestros corazones, porque la que nos habéis liado ya no nos lo quita nadie.



domingo, 14 de junio de 2015

El príncipe. Corral de comedias de Alcalá.

Sin duda esta producción de Bernabé Rico para Talycual producciones va a ser uno de los pelotazos de la temporada. Normal. Un textazo super atractivo, la dirección de Juan Carlos Rubio y el talento interpretativo de Fernando Cayo. De Alcalá irán a Almagro y en octubre estará en la sala negra de Canal. Eso así de momento, cuando llevan dos funciones.



El montaje es un recital de Fernando Cayo. Sin duda ha sido, es y será uno de los mejores y más dotados actores del país. Su dominio de la escena y de todos sus elementos es brutal e incontestable. Vocalmente es un prodigio de control y de saber emplear y sacar el máximo partido a su instrumento. Físicamente es una bestia que de repente da un saltito y se sube a una mesa. Así, como si nada. Emocionalmente demuestra que sabe y entiende todas y cada una de las palabras que salen por su boca. Por eso es capaz de dar sentido a TODO lo que dice. No sólo eso, sino a los procesos, a los por qués. A por qué habla, por qué tiene la necesidad de hablar y de decir exactamente lo que dice. Eso tan difícil en el proceso creativo pero que dicho parece casi de perogrullo. Pero para decir un texto, unas palabras concretas es porque esas palabras son las escogidas por el personaje. Escogidas como necesidad de hacer presente un pensamiento, un pasado, una idea. Y saber por qué son esas las palabras escogidas es lo que da verdad y vida a una actuación, a la recreación de una realidad irreal. Ese proceso Fernando lo tiene en las venas, lo tiene clarísimo, por eso lo que sale por su boca tiene vida, tiene verdad y tiene sentido. 



El montaje está bien dirigido por Juan Carlos Rubio. Es dinámico, con buenos elementos y bien utilizados. Música, espacio sonoro, luces, escenografía... incluso los elementos "ocultos" están bien administrados y consiguen que dramáticamente el espectáculo tenga una coherencia y una solidez incontestables. 
El problema, para mi gusto, es el propio texto. A ver, es evidente que el texto de Maquiavelo es brutal, una obra gigantesca e indiscutible. Y encima, por desgracia sigue siendo actual y reconocible. Lo de que el fin justifique los medios, que el poder emplee los medio que sean necesarios para mantenerse ahí e incluso que pueda mentir y manipular para conseguir sus objetivos o que los gobernados necesitemos resultados sin plantearnos cómo ni de dónde salen, o la duda de si las acciones están al margen de la ética, ¿es un manual sobre cómo manejar o sobre cómo somos manejados?, etc... Estas disquisiciones son actuales y están vivas. y el texto es un mastodonte, está claro. Pero... ¿soporta una puesta en escena? Personalmente confieso que a pesar de que el mensaje es complejo, comprensible, cercano, reconocible, actual, a pesar de que está bien dirigido y a pesar incluso del recital de sabiduría e inteligencia de Fernando Cayo, me resultó algo pesado. Demasiado seco y árido (no de comprensión sino de forma, de la propia esencia) y tuve la sensación de que no siempre los grandes textos escritos son apropiados para llevarlos a escena. Lo que escrito funciona no siempre funciona igual de bien puesto en un escenario. Insisto, incluso cuando todos los componentes son buenos. No sólo buenos, sino buenísimos. Como en este caso, especialmente en el caso de Fernando Cayo, que vuelve a darlo todo y a darnos una lección de interpretación y trabajo teatral. Me dio la sensación de que los bravos y la ovación general era más por el trabajazo de Fernando que por el espectáculo como totalidad. Insisto, un espectáculo en el que todo es bueno o buenísimo, pero que se hace espeso y algo pesado. Pero vamos, que es un espectáculo que hay que ver sí o sí. Eso sin duda.    

Edipo rey. Abadía.

Hay veces en las que te encuentras con un texto tan poderoso y con un peso tan gigantesco, que por mucho que hagas para intentar cargártelo, no lo consigues porque su poder se escapa por todas partes y termina por envolverlo todo. En mi siempre modesta opinión, esto es justo lo que le pasa a este "Edipo rey". El texto de Sófocles es tan buenísimo, que a pesar de todo, este montaje acaba rezumando calidad. Gracias al texto y al trabajo de algunos de sus intérpretes. 
Sanzol sienta sus personajes en una mesa a medio poner. O a medio quitar. Cinco actores y seis copas. ¿La sexta? Podemos ponernos poéticos y pensar que es para el destino, o para la verdad, o incluso para la esfinge. A mí me da que no, pero bueno. Digamos que es para el destino y así le damos un toque de premeditación y de cosa curiosa. 



Vamos despacio, porque me lío. Para resumir así a grandes rasgos, diría que yo lo que noté o la sensación con la que salí fue que el propio texto, la propia tragedia llevaba al espectáculo por unos derroteros pero que desde la dirección el empeño era casi el contrario, tirando la dinámica hacia un lado y la realidad hacia otro.  
Es una tragedia, esto quiere decir que los personajes, hagan lo que hagan, no podrán escapar del poder del destino. Lucharán y harán de todo por escapar del destino y no lo conseguirán, acabando arrasados por ese destino que maraca la tragedia frente al drama, por ejemplo. A ese fatalismo hay que añadirle que Sófocles en concreto se encargó de reducir el histrionismo y redujo la expresión de actores y de texto a su esencia dramática, sin gesticulaciones ni énfasis añadidos. Quizá en este empeño por reducir la tragedia a la esencia y no recargar nada se haya encontrado con una lucha entre fondo y forma que para mi gusto no ayuda nada al espectáculo. 
Los actores empiezan quietos, en la mesa, sin apenas moverse, e incluso cuando avanza la acción y el drama se intensifica, ellos siguen sentados, sin apenas moverse. Hasta que en un momento dado se levantan, no se sabe por qué ni por qué en ese momento y no antes o después. Ese cambio de código a mí me descolocó. Es como esas veces en las que por ejemplo, está dibujado en el escenario el espacio como si fuera un plano pero luego los personajes atraviesan las paredes sin respetar ese plano. Quiero decir que si estableces un código, debes respetarlo. Y si el código de Sanzol es retener, no tiene sentido que en un momento dado rompa ese código y levante a los personajes. Vale que la tragedia ha avanzado y que ya es casi insostenible, pero no me convence. Que Yocasta se levante porque no puede más, vale. Que Edipo haga lo mismo, vale. Pero, que lo hagan los pastores... como que no corresponde. Y esa bobada al menos en mí fue lo que no me gustó. Yo notaba que había una separación entre actores y personajes muy grande, y entre lo que pasaba y lo que se veía. Los actores iban cargándose de energía y de emoción, como una olla express. Pero la dirección les había marcado retener, retener y retener. Y al final acababa desbordando, y los actores lloraban e intentaban gesticular como su emoción y su energía contenida les pedía. Pero no podían. Tenían marcado lo contrario. Aún así se les escapaba, porque la emoción se escurre por las grietas como el agua. Con lo que al final tenías a unos actores desbordados por la emoción de un texto salvaje pero reteniendo de tal forma todo ese torrente de energía que la lucha era entre lo que sentían y lo que hacían. Y no era por hacer un ejercicio de estilo ni por no recargar ni por hacer caso a Sófocles, sino porque sí. O eso era lo que yo notaba. Y me daba rabia porque veía la entrega de los actores y su lucha por esconder esa energía y no me molaba. Además parecía que les hubieran marcado ir a toda pastilla. Soltaban el texto a todo meter y sólo en contadas ocasiones ralentizaban y llevaban el texto al ritmo que marcaba la emoción. Esto, claro, en algunos momentos les provocaba problemas de dicción 
Eva Trancón está fabulosa. Su Yocasta es sólida, mujerona, con tanta dignidad como sufrimiento. Es la tragedia en sí misma y tiene un peso escénico absolutamente arrebatador. Aunque la tengan contenida. Elena González también está fabulosa. Quiero decir que "vuelve a estar fabulosa", porque ¿cuándo no lo ha estado? Pero también me pareció una lástima desaprovechar su torrente emocional especialmente en su monólogo final teniéndola tan retenida. A pesar de eso, la emoción se le escapaba sin querer. Paco Déniz también bien. Natalia Hernández más justa. Algo atropellada de dicción y a ratos... como fuera de tesitura. 
Juan Antonio Lumbreras está como siempre. Vamos, que no distingo mucho su Edipo del Vladimir. Me parece estar viendo el mismo personaje, la misma forma de decir, el mismo toniquete. Yo le miraba mucho y veía en sus ojos un peso y un sufrimiento interior que no se correspondía con lo que estaba viendo en escena. Veía que sufría mucho y que dentro de él ocurrían muchas cosas y muy intensas. Pero eso se acababa traduciendo en una dicción acelerada, atropellada, una respiración demasiado agitada y ahogada y en unos tonos y gritos muy por debajo de la energía y de la intensidad que se veían en su mirada. Y físicamente lo siento pero como que no me da el tipo que yo le imagino a Edipo. Corpulencia, presencia, peso, empaque...   



En resumen, una pelea entre lo que intentaba salir y a ratos se escapaba y lo que estaba marcado por la dirección. Un choque de fuerzas en el que el resultado acaba siendo una versión retenida (no contenida) y una tragedia convertida en discurso. Incluso como versión radiofónica resultaría sosa y apocada.          

domingo, 31 de mayo de 2015

Fidelio. Teatro Real.

Lo primero, así de entrada es avisar de que yo disfruté como un enano y me lo pasé pipa anoche en el Real. Ahora entro en detalles, pero primero voy a contar un detalle pal que no lo sepa. Lo de la famosa Leonore nº 3. 
Al parecer fue Mahler el que puso de moda lo de tocar la obertura Leonore nº 3 al final de la primera escena del acto segundo. Se supone que era para hacer tiempo mientras cambiaban los decorados para la siguiente escena. La verdad es que un cuarto de hora de música en ese momento, cuando casi ha terminado todo y sólo faltan diez minutillos escasos para que caiga el telón... es un poco raruno, pero si lo dice Mahler, ya está, punto redondo.
Pero anoche lo que decidió Haenchen fue tocar otra cosa. Tocaron los dos últimos movimientos de la quinta Sinfonía. ¿Por qué? Pues vaya usted  saber, será que al hombre le gustan. Menos mal que no le dio por tocar la obertura de Tannhäuser, porque habría sido todavía más raruno. Pero bueno, la verdad y siendo sinceros, orquestalmente fue el mejor momento de la noche. La orquesta sonó muy bien ya desde la obertura, y salvo algún momento de indecisión, estuvo a la altura todo el tiempo, alcanzando aquí su cima. También es verdad que era el momento de mayor lucimiento y en una partitura más trillada. Lo que quizá faltara durante toda la representación fuera un poco de cuerpo. Quiero decir que sonó brillante, con brío, con profundidad, pero le faltó algo de peso en la zona tenebrosa. Cuerpo, tumba, oscuridad... 



Vocalmente estuvo muy bien todo el elenco. Quizá Michael König estuvo más justito, pero dramáticamente, pese a no parecer un preso a punto de morir famélico, resolvió bien. El resto del elenco, muy, pero que muy bien. Destaco, pero por amor personal, a Anett Fritsch. Siempre que la he oído ha estado fabulosa y anoche también, con un dominio vocal acojonante, aparte de un timbre bellísimo. Fantástica. Aunque teatralmente, ella que es buena actriz, estuvo algo perdida y como deambulando falta de energía por ese escenario feo. Pero ese fue un aspecto negativo que afectó a todo el mundo, porque desde luego la puesta en escena era fea, fea, pero fea.




Lo que hace Pier'Alli es feo en general. Alcanzando el punto álgido en esos militares haciendo la instrucción en el patio. Horroroso. La escenografía del primer acto, simple y sin gracia (por cierto, lo de sacar a la gente planchando para que parezca más realista es ya un clásico). La del segundo acto, más acertado el calabozo de Florestán y ese toque "industrial" que aunque no pega mucho, queda bien. Ahora, las proyecciones tanto de la prisión como de esas cosas que salen volando al final (los restos de la tiranía hecha añicos, supongo) son realmente patéticos. Parecen sacados del "Witchblade arrow 3" o de algún videojuego de ese calibre. Cutres pero del verbo "cutre". Y teatralmente, los actores están abandonados a su suerte, dejados en medio del escenario para que hagan lo que ellos crean, con la premisa, eso sí, de que bajo ningún concepto dieran la espalda al público, provocando esto situaciones rocambolescas. 




En definitiva, una producción fea con una dirección de actores nula y una orquesta y una elenco fantásticos. A destacar, aparte del coro, el gran trabajo de los actores, los extras, demostrando que si cuentas con actores de verdad, no hay figurantes, sino actores haciendo papeles pequeños. 

sábado, 30 de mayo de 2015

El año del pensamiento mágico. Sala Margarita Xirgu.

Tardaremos un tiempo en acostumbrarnos a los nombres nuevos de las salas del Español, pero bueno, como con todo, es cuestión de tiempo. No digo más, jeje. La Margarita Xirgu es la pequeña del Español. Y allí podemos ver estos días a Jeannine Mestre con este monólogo.
Varias cosas pasan por mi mente mientras estoy viendo esta función. Otras cuantas cruzan, pero no dejo que se queden porque no es plan. Mejor voy por partes.
La puesta en escena es elegante, discreta y correcta. Claro que decir de una puesta en escena que es "correcta" quizá sea lo peor que se puede decir, pero en este caso, la corrección está en no estorbar, en realzar lo que se quiere hacer sin enfatizar, siendo respetuoso y dejando que cada elemento ocupe se lugar. La escenografía es también elegante, delicada, en tonos pastel. Como el vestuario, es elegantemente burgués, discreto, en tonos cremita. La música y el espacio sonoro también es color cream, beige, medianamente cálido y aséptico. Todo es como una rebequita color crema. Que ni molesta ni no molesta, es fríamente monjil y como... limpito. El texto también es color crema. Todo es como azul cielo, como unos pendientes de perlitas o como una canción de Pablo Alborán.

El teatro no tiene por qué ser obligatoriamente revolucionario, ni tiene por qué remover tus gallinejas, ni por qué dejar una huella imborrable ni por qué ser universal ni siquiera inmortal. Puede serlo, y si lo es, maravilloso. Pero si no lo es, tampoco pasa nada mientras sea el menos conmovedor. Si provoca en tí empatía, sea por lo que sea, ya funciona. En mí, este texto no provocó ninguna empatía, por varios motivos. Lo primero, por el texto en sí. Quiero decir, que para empezar la traducción de Juan Pastor me pareció fría y demasiado literal. Había demasiadas palabras y expresiones traducidas literalmente del inglés, y eso no funciona. No se puede hablar de "evento", de "audiencia" o de "hacer tu parte" ni usar muchas expresiones traducidas literalmente del inglés y que en castellano no tienen sentido ni por supuesto, el efecto que tienen un inglés. Así que ya de entrada el texto es artificioso y lejano. A esto hay que unirle la pronunciación exagerada de Jeannine Mestre de los nombres en inglés. Bueno, de casi todos, porque otros sin embargo los pronunciaba de forma mucho más relajada. Pero esa pronunciación exageradísima del inglés provoca distanciamiento. Parecía estar escuchando a una hiperpija o a una snob que se retuerce la lengua para pronunciar Manhattan como una lugareña. Además de este detalle, Jeannine Mestre exagera demasiado una dicción que ya de por sí es fabulosa. Pero la exagera tanto y enfatiza tanto cada sílaba, que a veces no distingues siquiera la puntuación de las frases y tienes que esforzarte en "recomponer" tú la frase, como si se tratara de un capítulo del "Ulises" de Joyce.  Esto en el plano formal. En lo que respecta al contenido, también hay cosas de las que hablar. 



La historia que nos cuentan la escribió la propia protagonista y habla de su propia vida. Quiero decir que ella eligió qué quería contar y cómo lo quería hacer. Evidentemente ella es la dueña de su vida y de su historia y cuenta lo que quiere y como quiere. Pero en lo que más se recrea es en narrar unos hechos que a mí me interesan menos que otros aspectos de la trama. Vamos a ver; el querer explicarnos lo que "vamos a sentir" los demás cuando nos enfrentemos a una pérdida me parece un poco prepotente, asi de entrada. Desgraciadamente yo he vivido mis pérdidas y para nada sentí eso que ella cuenta. Creo que el dolor, como el miedo, como el amor, como la ausencia, como la pena negra son sentimientos únicos, personales, propios y menos mal que son así, porque son lo que nos distingue y nos hace únicos. Y a esta mujer le pasan dos desgracias, de acuerdo. Pero hay un momento en el que empieza a explorar "el año de pensamiento mágico"; ese momento en el que alguien culto e inteligente como ella, sufren un "click" en su mente y se plantea "si me deshago de sus zapatos, él ya no podrá volver". Ese momento, ese filón expresivo me parecía infinitamente más interseante de explorar. Cómo y por qué el dolor puede hacer que una persona culta e inteligente tenga ese tipo de pensamientos, qué provoca la ausencia, por qué el dolor nos vuelve irracionales, por qué es imposible llenar el  espacio del ausente, por qué la ausencia es más poderosa que la presencia... Todo eso a mí me interesaba muchísimo más . Pero la autora no pensaba como yo y prefirió contarnos cenas pijas en Malibú. Pues vale. Ella es la dueña de su vida y de su historia y el que tiene un problema soy yo. A joderse. Pero claro, inevitablemente, su historia pierde interés para mí, que ya no siento ninguna empatía ni formal ni intelectual con esa mujer. Y si la forma de hacer tampoco me seduce y lo que oigo son las cuitas pijas de una snob burguesa fina en tonos pastel, apaga y vámonos. No me interesas, Joan. Puede que al resto del mundo sí, pero a mí no. Ni formal ni intelectualmente.





Y Jeannine Mestre, a pesar de re-mar-car de-ma-sia-do ca-si to-das las pa-la-bras hace un trabajazo espléndido en cuanto a proceso interno. Quiero decir; todos los caminos por los que pasa son los que tienen que ser. Pasa de un estado a otro de forma lógica, orgánica, natural y justificada. Digamos que... la partitura de sentimientos que van llevando a su Joan por distintos derroteros emocionales es fluída, lógica, orgánica, natural, sabia, muy buena. Todas las transiciones son perfectas; las grandes, las pequeñas, las mentales y las físicas. Su trabajo es magistral. Pero quizá un poco acelerado. Y en cuanto a intensidad...un poco pasado de rosca. Vamos, que es imposible enfatizar hasta el límite desde la primera hasta la última sílaba del texto, porque entonces el fluir de la energía, el color, la diversidad, el aspecto plural de la composición se evapora y acabas por ver sólo a una señora al borde de la histeria completamente crispada y que llega a ponerte de los nervios.          

domingo, 24 de mayo de 2015

Gira el mundo, gira. Espacio Labruc.

Aparte de gustos o de preferencias, yo lo que más valoro en un espectáculo es que sea sincero, que no "vaya" de nada y que sea un trabajo respetuoso con la profesión, con lo que significa y para lo que sirve. Hay muchas compañías que llevan este principio a rajatabla y "Vía Muerta" es un clarísimo ejemplo. Y encima me gusta lo que hacen. Bueno, no. Me gusta MUCHO. Así que volver a disfrutarlos es un gustazo y un honor.
En "Gira el mundo, gira" vuelven a juntarse Mónica García-Ferreras y Jorge San José. Lógico. Después del exitazo de "Quizás amar" es normal que aquella química brutal que había entre los dos actores tuviera continuidad. Es mágico y estremecedor lo bien que se complementan las energías de los dos. Su química es pólvora esperando el momento de explosionar. 
Pero volvamos a la "sinceridad" del trabajo. Hay veces en las que te encuentras con pasta, mucha pasta sobre un escenario vacío de chicha, o con fuegos artificiales tapatodo, o con soñadores de premio novel, o con volteretas y guiños snobs para todólogos y aspirantes a cultos de nuevo cuño, o pajas mentales y no mentales destinadas a la autocomplacencia. Incluso hay veces en las que te encuentras todo eso junto. Eso de por sí no es malo, pero si es para cubrir la falta de ingenio, entonces sí. Y ahí ya se caga la perra y se caga servidor. Sin embargo hay otras veces en las que te reencuentras con el teatro como oficio, como investigación, como labor artesanal, vivida, cardíaca y artesana. El teatro como oficio y como creador de sentimientos e historias sencillas, concretas, sinceras, básicas e incluso con un toque naif absolutamente "enamorante". Eso es lo que vas a encontrarte cuando vayas a ver "Gira el mundo, gira". Un historia sencilla, de amor, de fracaso, de heridas, de viajes, de los viajes interiores de dos personajes heridos, minusválidos. Sin florituras, con una puesta en escena sencilla, brillante, dejando espacio a los actores, apoyándose sólo en la luz y en la fuerza de Mónica y de Jorge. 



Un futbolista estrella y triunfador aunque vacío y sediento se saber se cruza con una joven herida, encerrada en sí misma y con una cojera emocional más fuerte y atenazadora que la física. Y el uno con el otro o el uno gracias al otro emprenderán cada uno su particular "viaje del héroe" hundiendo de paso la integridad de cada uno. Integridad que a pesar de parecer limitadora, es la de la propia libertad de cada uno. Los héroes callejeros, los del día a día no hacen cosas llamativas. Simplemente sobreviven, o sacan adelante una familia, o consiguen amar durante años, o son sinceros con ellos mismos, o logran sacar lo mejor del otro. Ese es el heroísmo cotidiano, el de "Gira el mundo, gira". Ana ayuda a Joaquín y Joaquín ayuda a Ana. Y ninguno de los dos se da cuenta de lo que en realidad está haciendo con el otro ni gracias al otro. La historia, en realidad, no tiene demasiadas complicaciones. Quiero decir, que el meollo así contado es claro. Lo complicado, lo duro es el desarrollo del drama en los personajes, con Diego Lescano como elemento catalizador. Víctor, el representante de Joaquín es quizá el personaje más desagradecido y menos interesante, porque realmente no afecta mucho en la historia. Pero sirve en bandeja el drama de estos dos seres heridos que se acercan y separan al mismo tiempo, se ayudan y se matan al mismo tiempo. 
Jorge San José y Mónica García-Ferreras son dos malas bestias. Jorge no puede ser más guapo ni tener más magnetismo. Hay muchísimos actores buenos (España es un paraíso habitado por millones de actores y actrices descomunales) pero actores buenos y con el carisma suficiente como para que la mirada se te quede pegada a él, muy pocos. Jorge consigue hipnotizarte y encima lo hace desde la sencillez de lo cercano. No es un personaje con una vida interior compleja y llena de vueltas y recovecos, sino al contrario, en un ser casi básico, simple, sencillo, primario, un choni de barrio. Y hacer eso como lo hace Jorge requiere de una capacidad acojonante. Porque conseguir que un personaje parezca tu vecino de abajo y esconderle las capas para que estas afloren solas en el momento preciso es un trabajo de filigrana. El viaje de Joaquín es un viaje duro, salvaje, en el que salen a la luz heridas ocultas y muy, muy dolorosas. Bajo su aspecto desinhibido, sufre un ser humano doliente y culpable. Magistral.



Mónica, es para mí una debilidad. Una mujer que lleva en esto del teatro toda la vida, siempre fiel a sí misma, con una calidad y una calidez descomunales. Es modesta, frágil, bestial, ingente, inteligente, sincera y curranta. Tiene todas y cada una de las cualidades que amo en una actriz. Y encima sus resultados son intensos, precisos, milimétricos, conscientes y bellos. Su Ana Vega es tierna, seca, castellana, dulce y correosa, con esa facilidad para alejar de ella a los que más la cuidan y la quieren que resulta familiar y dolorosamente conocida. Ana es coja, pero la cojera que más le duele y la que mas herida la tiene es la cojera del alma. Está revenía por dentro y ese remolino en el que vive la va a tener encerrada bajo su poncho toda la vida. Su viaje será hacia una luz escondida, hacia un horizonte inimaginado y hacia un ser opuesto a lo que ella piensa de sí misma. Más dolor y más dolor. Mónica, la Irene Gutiérrez Caba del siglo XXI no sólo lo borda sino que lo desborda y lora dotar de cuerpo y de espíritu a esa alma herida y deshojada. 



No dejéis de ver esta joya de integridad y de trabajo bello. La sinceridad en una puesta en escena naif, sencilla, honesta y con los latidos de un corazón artista latiendo por todas partes.     

lunes, 11 de mayo de 2015

Hedda Gabler. María Guerrero.




"Hay una maldición por la que todo lo que toco se vuelve feo y ridículo". Más o menos algo así viene a decir Hedda hacia el final de la función.  
Yolanda Pallín firma la versión y Eduardo Vasco la dirige. Avanzo desde ya que no me gustó nada de nada así que si hay algún alma sensible, mejor que no siga leyendo. 



Todo es feo. La escenografía de Carolina González no me gustó nada. Una cortina enorme que se medio mueve, se medio abre, se medio cierra sin sentido, unas sillas igual de feas y que tampoco sirven para nada y un piano en medio. Al fondo un espacio oscuro y un árbol proyectado y que cambia de color según el estado de ánimo de Hedda (no el de Cayetana, que parece ser siempre el mismo). Ese espacio oscuro sirve supuestamente para que los actores esperen su turno, queriendo dar un distanciamiento. Pero el distanciamiento se produce por puritita frialdad, no por el hecho de que ellos estén ahí detrás esperando, porque no es así. A veces están y a veces no. La oscuridad sirve, eso sí, para que Cayetana se cambie de vestido. El vestuario de Lorenzo Caprile es un cante. Cayetana, que también coproduce el montaje, saca cuatro vestiditos monísimos, mientras los demás sólo sacan dos, el normal y otro negro pal final, pal drama. Las luces brillan pero por su ausencia.



Eduardo Vasco no es un director que me suela gustar. Salvo "El malentendido". Aquí realmente no aporta nada de interés a esta enésima versión del dramón de Ibsen. En ese espacio feo, los personajes se mueven torpemente y de forma previsible y tópica y no hay nada en la propuesta de Vasco que revele premeditación o autoría. Los actores salen, cada uno actúa como buenamente sabe y puede y ya está. Y sinceramente, están mal o poco dirigidos. Hasta la figura del pianista queda fea. Al menos podían haber vestido un poco al hombre, porque cuando sale por ahí parece que es uno de los acomodadores que ha subido al escenario a algo.  
Charo Amador es una maestra a la que personalmente yo le debo mucho y la adoro de una forma patológica. Pero aquí está redicha, antinatural y tremendamente artificial. José Luis Alcobendas es un actorazo tremendo y aquí defiende como puede un personaje para el que de entrada le sobran años. Pero bueno, aceptando que todos menos Charo son mayores para sus papeles, Alcobendas defiende con sus propias armas un personaje montado a brochazos y dirigido para llegar a no se sabe dónde. Tanto él como Ernesto Arias demuestran su sabiduría en el escenario defendiendo personajes que se han montado con poco recorrido, acelerados, con una progresión escasa y que ambos buscan y defienden en medio del estrés emocional de montaje que les ha preparado Vasco. Jacobo Dicenta defiende con el mismo empeño que sus compañeros un personaje también reducido al tópico pero ni siquiera llevado al extremo, con lo que el resultado es más gris. 



Verónika Moral tiene todas las de perder. La sacan vestida como de tonta, con un vestidujo horrible, peinada fatal y con unos zapatos planos para no parecer más alta que la prota. Y su composición no sé si está marcada así o qué pero es básica, simplona. Parece la amiga sosa, la perdedora, la que no tiene carisma, a la que le quitan los novios y de la que se ríe todo el mundo. Va vestida, peinada y actúa como la amiga pava del grupo. Demasiada simpleza y poco atractivo para un personaje que obviamente te importa poco. 



Y Cayetana. Saca cuatro vestidos distintos monísimos. Se recuesta sobre el piano, posa, camina de un lado para otro como si estuviera en Cibeles, cruza las piernas cada vez que se sienta y adelanta un pie cada vez que se para. Anda, se para, anda, se sienta, cruza las piernas, se levanta, gira, se sienta, cruza las piernas, se levanta, se cambia, camina, se agarra al decorado, se recuesta en el piano, se atusa el pelo, se cambia otra vez, camina sobre unos zapatos con plataformas para ser la más alta, se sienta, cruza las piernas, se levanta, en un arrebato hace como que tira una silla, da dos gritos y hace como que se pega un tiro. Bueno, sí, se pega un tiro. Eso lo sé porque me he leído la obra. Y asombrosamente consigue hacer todo esto durante hora y media sin cambiar la expresión de su cara ni una vez. Y vocalmente tampoco me gustó nada. Estar haciendo un drama como este, ambientado como si fuera de época  no significa que haya que soltar aliento en todas las frases.    



Media entrada y respuesta justita y respetuosa de un público para el que esta propuesta se quedó fría, gélida, olvidable.        
         


domingo, 10 de mayo de 2015

Adentro. Sala de la Princesa.

Juntar de nuevo a Tristán Ulloa a los mandos y a Carolina Román y a Nelson Dante encima del escenario puede parecer tener el éxito asegurado, pero yo creo que es todo lo contrario. Es jugar con fuego. Si no consigues un producto tan redondo como "En construcción" te puedes pegar un batacazo que te cagas. Pero lo consiguen, vaya si lo consiguen. Porque "En construcción" no era un producto, sino un resultado. Y "Adentro" es también otro resultado. El resultado de mirar a la vida a la cara. Y de escudriñar en los higadillos de la mentira oculta. La mentira asumida, aceptada y familiar. Familiar de familia, no de habitual. 



Araceli Dvoskin va a celebrar su cumpleaños (o puede que ni siquiera sea su cumpleaños) y entre recriminaciones, cabreos, malos modos y modos buenos empuja a su hijita, Carolina Roman a que le organice una fiesta. Nelson Dante, el hijo, "El Negro", más conocido como "La Peligros" en la cárcel, destroza el corazón y la esperanza de su hermana mientras comparte cremas con ella. Es un cavernícola desalmado pero adicto a las cremitas para la cara y adora los pajaritos. Es un poco y perdón por la burrada que voy a decir, como decía mi amigo Angelito: "Es buena. Pero es mala. Pero es buena". Esos dobleces que tenemos todos aunque en su caso arrastren a su familia a un pozo de desesperación y de negrura tan reconocible y cercano que hasta duele. 
Montaje sobrio en la forma y respetuoso con un texto duro, frío y cortante, sin lugar para el melodrama. Tristán Ulloa demuestra un enorme amor por los personajes, desde la madre enferma que empieza a abandonar este mundo a la hija sacrificada y atada por un lazo tan invisible como poderoso, la sangre. O la amiga, esa "Male" que decide sobrevivir sonriendo y mirando para otro lado. El que pierde es "el Negro", pero no por Tristán, sino por ti mismo, espectador, que eres el que juzga. 
Actores brillantes, reales y carnales. Noelia Noto es casi una Blanche divina y delicada. Una crisálida recién salida a la vida, inocente y tristemente dulce. Carolina Roman no dice mucho, no hace mucho pero llena el espacio con su amargura, con su presencia triste y herida. Araceli Dvoskin vaga entre nubes, espera como Penélope y mira sin ver. Y Nelson Dante estremece con su presencia. Es un ogro bueno. O un cordero maldito. No lo sé. O ambas cosas. Impresionantes todos ellos. 



Historia amarga y dura, sin un resquicio siquiera para la esperanza. Quizá porque en la vida real no siempre se acaba viendo la luz del horizonte.