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domingo, 9 de febrero de 2014

El caballero de Olmedo de Lluís Pasqual. Pavón.

Supongo que a estas alturas de la película, sabréis todos que mi director de cabecera, el creador que más admiro por encima de todos mis iconos, es el señor Lluís Pasqual. Sinceramente creo que el hecho de que se ponga al mando de un nuevo espectáculo es un honor que se debería celebrar llenando la sala todos los días. No sé si todos los días pero casi todos tienen ya colgado el cartel. No es para menos. Independientemente de resultados, no cabe discusión o al menos yo no la admito sobre el nivel sobrehumano tanto de cultura como de inteligencia teatral del genio Pasqual. Mi enhorabuena a Helena Pimenta por "prestarle" a Pasqual el honor de llevarse los laureles de este montaje. Eso demuestra su inteligencia y su generosidad.




Según las propias palabras de Lluís Pasqual, esta aventura de unir el Teatro Lliure con la Compañía Nacional de Teatro Clásico ha sido dura a nivel personal pero tremendamente gratificante. Resaltaba la dificultad de hacer un espectáculo "cercano e intimo" pero en verso. Un verso respetado al máximo, puesto que ahí radica lo complejo y lo divino del verso. Es una cuestión casi numérica, los acentos, las sílabas... toda la musicalidad está encerrada en eso tan antinatural como es el verso. El propio silabeo del verso marca el ritmo de la función, como si se tratara de una sonata (palabras suyas, claro, algo tan acertado tiene que ser suyo). En este caso dirigiendo la orquesta, (o según su propia metáfora, cocinando las patatas con chorizo) ha estado un ser con una capacidad creadora y de comprensión, admiración y respeto por el texto que hace que la nota de partida sea ya alta de cojones.
Tenemos un escenario sobrio. Unas sillas dispuestas aparentemente de forma aleatoria. Una barandilla para apoyar los elementos y los actores. Dos músicos acompañan. Cámara oscura que acogerá yo no diría fondos sino estados de ánimo, iconos trágicos y el alma del drama. Mejor dicho, de la tragicomedia, que es como realmente la tituló Lope de Vega. Y los actores. Como un grupo de comediantes; que es lo que son.
Comienza el recital con una coña muy bien traída para que la gente apague los putos móviles. Brillante. Y literalmente coloca al espectador como un "colega". La cercanía que la Machi acaba de generar inundará el espectáculo y le dará ese toque especial que tiene toda la función.
Es emocionante ver y oír cómo esta generación de actores dicen el verso. Es un gustazo casi "no darte cuenta" de que están hablando en verso. Alcanzar la naturalidad con algo tan "antinatural" es prodigioso.
El espectáculo muestra una España plural, donde se mezclan acentos y orígenes muy a pesar de propio Rey. Un país tiránico donde si el propio dirigente es un intolerante, ¿cómo no va a matar la gente alegremente?
Distintos acentos, distintas músicas, flamenco y ¡¡¡hasta un tango!!! ¡¡¡Con dos cojones!!! Atrevimiento, riesgo, coherencia, precisión y toneladas de emoción.  El espectáculo fluye con un ritmo fantástico, con escenas de acción fantásticamente montadas, alternando momentos jocosos con otros íntimos y dramáticos con una suavidad natural como la música de Wagner en donde una nota te lleva a la siguiente como si fuera lo más natural. La sinfonía está servida. Unas luces preciosas, que marcan el tono de cada momento sin exagerarlo, simplemente acompañándolo. Y ese momento surrealista que es la escena del profesor de latín... momento que no sabes a qué viene está resuelto con una maestría de visionario. Pura farsa, puro circo. Sólo un genio y un sabio puede alternar el dramón del amor interrumpido por la puta muerte injusta y a destiempo con la algarabía de un pueblo. Hay un dominio tan gigantesco de los tiempos, de los ambientes, del clima, del ritmo, de la cualidad y de la esencia de cada palabra que uno no puede por menos que quitarse el sombrero ante tal despliegue de inteligencia y de sensibilidad. 




El reparto es cosa aparte. Pol López nos da un auténtico recital. Ese acento tan bien llevado, el obispo gallego, la naturalidad con la que te agarra el corazón y te lo estruja en ese monólogo final... prodigioso. Mima Riera está adorable, elegante, dolorosa, y te desgarra el toque fatalista que hay en su voz y en sus gestos. Divina. Francisco Ortiz es prodigioso. Tiene una voz preciosa y prodigiosa, es guapo que te mueres y un pedazo de actor que transmite verdad en cada palabra que dice. Machis aparte, junto con Pol, el mejor actor sobre el escenario. Pepe Motos y Antonio Sánchez adornan con su música y su cante el drama como dos maestros. El resto del reparto muy bien, salvo quizá Javier Beltrán, al que vi algo agarrotado y ligeramente falto de fuerza para un personaje tan gordo. A ver, yo lo que veo, principalmente es aparte de la historia de venganzas y de odios, es una historia de amor celestial truncada antes de tiempo, de forma injusta, cuando no corresponde, y ese fatalismo cósmico inexplicable es lo que no termino de ver en Javier Beltrán. Quizá esté demasiado "natural". Yo habría explotado algo más el lirismo de su personaje. Pero claro, yo, así que no cuenta. Pero vamos, esto por sacar alguna pega.
Bueno, es sabido que el personaje de Fabia lo empezó a ensayar  Rosa María Sardá y que un imprevisto la alejó del estreno, aunque se unirá de nuevo al proyecto pronto. Tuvieron que llamar con urgencia a Carmen Machi. Lluís Pasqual la describió el otro día como "Santa María de la generosidad". Si le dices a alguien que se ha preparado el papel en 19 días, no se lo cree. Es como si hubiera nacido siendo Fabia. Dice absolutamente cada palabra cargada de sentido y acompañando todo con el gesto justo. Te juro que pocos seres hay con tantísima inteligencia y fuerza como para hacer lo que ella hace. Una bestia parda que sobresale por encima de todos. No porque se los coma, porque es totalmente respetuosa con sus compis y con el trabajo general, sino por una sabiduría en el escenario que solo tienen los elegidos.  
De Madrid irán a Barcelona y luego a Bogotá. No creo que pueda ir a Barcelona, pero como sí voy a ir a Bogotá al festival iberoamericano de teatro, te digo yo que me lo veré otra vez. Tal gozada de espectáculo se merece dos, tres, cuatro o cinco visiones. 




Admirado e idolatrado señor Pasqual. Sabe que le admiro a unos niveles cósmicos, pero de verdad le digo que las patatas con chorizo le han quedado de fábula. Que las meigas buenas le acompañen muchos años. 

viernes, 7 de junio de 2013

La noche toledana. Pavón.

El teatro Pavón tiene un problema. Algo pasa con su acústica y las voces graves se quedan encajonadas y no salen proyectadas. Me imagino que en las últimas filas tendrán problemas para oír en condiciones. Incluso le pasaba a Blanca Portillo en "La vida es sueño". Evidentemente no tiene ningún problema con su voz ni con su técnica. Pero por algo, se quedaba encajonada. Y el otro día volví a notarlo. Ninguno de los componentes de la Joven Compañía Nacional de Teatro Clásico tiene problemas de proyección, pero el sonido se quedaba ahí metido, sobre todo el pobre Francisco Ortiz, que lo hace de maravilla, es guapo pa rabiar, buenísimo actor con mil recursos, pero que se le quedaba el vozarrón ahí metido. Eso por sacarle una falta a la sala, no al actor.
Texto brillante, divertido, con sus enredos pícaros, sus líos de faldas y demás. Muy apropiado para esta compañía. Dirección alegre, con brío. Quizá pecando un poco de querer hacer un montaje no muy largo y metiendo demasiado ritmo a toda la obra, cuando incluso los bodeviles necesitan medir cada escena. Todo pasaba demasiado deprisa. Escenografía no muy atractiva según empieza, pero enseguida ves que es efectiva, útil y muy muy bien utilizada. Los toques de modernización cuelan y están bien. Los billetes de euro, el vestuario indefinido, el ascensor ese tan ingenioso que encima permite que al otro lado hagan un cambio de escenario sin que se note. Muy bien, todo correcto y efectivo.



Y lo que sí hay que remarcar es la grandísima calidad de los actores. Yo que soy un obseso de la palabra y de la voz, me quito el sombrero antes estos chicos que TODOS dicen el verso de maravilla, con una naturalidad brillante y sin ningún artificio. Y se les oye a todos muy bien. Gran trabajo de voz y de dicción. La calidad de ellos no es homogénea, hay alguno un poco malucho, y algún otro que tiene que lidiar con un personaje que le va por el forro, pero en general demuestran profesionalidad y una calidad aplastante e incontestable. Natalia Huarte es un diamante, Francisco Ortiz lo tiene todo, Julia Barceló es como una Joan Cusack con la gracia en el cuerpo. Con un papel menor, también sobresale Álvaro de Juan.   
Correctísima versión con una puesta en escena tan acertada como sencilla y unos actores que brillan por encima de todo.