Lo que no puede ser es que uno se suba a un escenario y no esté comprometido con el escenario.
Recuerdo con cariño y nostalgia el antiguo Festival de Otoño, cuando se celebraba en otoño y era un festival. Había que comprar las entradas en las taquillas de los teatros y ese mes era una locura para poder verlo todo. Yo me guardaba un dinerillo de lo que ganaba con mis bolos para gastármelo en ver lo mejor de cada casa. Este año, gracias a la amorosa e hiperprofesional labor de Carlos Aladro y de su equipo, al menos hemos podido ver una selección gloriosa de lo mejor que se hace en el mundo. Ese era antaño el espíritu del festival y ese es ahora. Sólo falta que sea en otoño y que nos estresemos para cuadrar agendas.
A lo que voy; este año hemos visto joyas, algunas de ellas con la palabra como eje. De la palabra barroca y rellena de carne y de sentido de "Pequeño misterio ácrata" de Mauricio Kartun, posiblemente uno de los mejores espectáculos vistos en Madrid este año a la palabra sonoramente sólida de esta "Elvira". Sonoramente sólida. Punto.
Pasa una cosa y es que si viene a Madrid alguien con la fama (y el talento, por supuesto) de Toni Servillo, las entradas vuelan. Todo vendido en minutos. Normal. Como normal es que todos demos por hecho y a priori que lo que vamos a ver va a ser una joya. Yo confieso que en mi prejuicio, en mi juicio previo, partía de la seguridad de que "Elvira" iba a ser una joya. Luego uno entra al teatro, nervioso por ir a ver una joya, se apaga la luz, comienza la vida sobre el escenario y te encuentras con lo que se produce realmente sobre el escenario. O entre el escenario y tú. Ese día, entre lo que ves y lo que tú eres esa noche, cómo estás, cómo eres y cómo te dejas. Eso pasa siempre. Pero también parece que es necesario explicar por qué algo tan incontestable como "Elvira" me dejó como estaba.
Me pasa con muchos espectáculos; que los veo y confieso que son impecables, cada gesto, cada frase cada tono, cada mirada están en su sitio, son impolutos, impecables, intachables, limpitos y precisos. Pero para mi percepción del espectáculo les falta vida. Les falta nacer y "ser" en ese momento. Tengo la sensación de que sí, de que son perfectas, pero que si veo la función de ayer y veo la de mañana van a ser exactas. Siento que la función es siempre la misma. Exacta, clavada. Y puede que sea porque el proceso creativo ha sido bueno, se ha llegado a donde ellos querían, y lo han fijado. Sí, claro que hay que fijar y hay cosas que tienen que ser iguales porque la función es la misma, el texto es el mismo, el espectáculo es el mismo. Pero también es otro. Y tiene que ser otro. Porque eso es lo jodido del teatro; que siendo todos los días lo mismo, sea nuevo, nazca en ese momento. Que los actores vean nacer la energía esa tarde, la recojan, la utilicen y la expriman para hacer entre todos, la función única, la de cada día. La función viva. Si eso no pasa, las funciones serán perfectas, pero estarán disecadas. Perfectamente disecadas, pero disecadas. Y es que lo que no puede ser es que uno se suba a un escenario y no esté comprometido con el escenario. Puedes ser un funcionario de la escena impecable, incluso magistral, el más grande, pero no será un espectáculo vivo. Al menos para alguien no lo será. Y no digo que yo sea más listo que nadie ni tenga la sensibilidad en otra parte del cuerpo, para nada, solo digo que a mí no me coló, le vi el cartón. O esa fue mi sensación.
Obviamente es un gran espectáculo. Indiscutible. Y escuchar a Toni Servillo es música. Qué gusto da oír las palabras cuando las palabras son seres vivos. Cuando las palabras son música, son notas que suenan y resuenan desde la maestría del que sabe lo que dice, por qué lo dice y para qué lo dice. Y se regodea en su propio sonido. Un gustazo cerrar los ojos y simplemente escuchar el sonido de sus palabras.
Pero en mí se produjo desde el principio una especie de cortocircuito entre lo que estaba oyendo y lo que estaba viendo.
Louis Jouvet trabaja con una joven actriz y alumna, Claudia en el París del año 40. Ella intenta preparar y descubrir el monólogo final de Doña Elvira. La forma de trabajar de Claudia no le gusta al director y este pide a la actriz que trabaje desde la emoción. Porque el teatro sin emoción no es verdadero teatro.
Año 40, Stanislavski ha muerto hace nada y el método está extendido. Guay. El personaje de Servillo defiende que el teatro debe buscar el sentimiento, que la actriz ha de encontrar las emociones del personaje para así poder trasmitirlas. Sin artificios escénicos. Sólo con la pura emoción.
Sin embargo lo que yo veo es una función disecada, una función que me hace sospechar lo que decía antes, que es clavada a la función de ayer y será clavada a la de mañana. Magistralmente montada, sí, minuciosa y detallista, pero YO sospecho que es y será la misma. Por eso me cortocircuito, porque me cuentan una cosa, la defensa de los sentimientos reales como única forma de acercarse a un personaje y a un espectáculo pero lo que veo es justo lo contrario. Insisto, esto es lo que YO siento, no digo que sea verdad. Que aquí a veces hay que cogérsela con papel de fumar...
El maestro hace uno, dos, tres, dieciséis análisis del texto, desgrana las palabras en un trabajo de mesa que quizá debería ser todo el curro previo a empezar a montar. Pero bueno. Yo lo que veía era a Servillo destripando una y otra y otra y otra vez el texto y pidiendo sentimientos, emociones sinceras y reales. Sin embargo lo que va marcando a la actriz es que entre más despacio para crear mayor impacto, que no haga pausas porque escénicamente no funcionan, ahora que no, que entre más deprisa... en fin... que en realidad está marcando justamente los recursos escénicos que le pide a la chica que NO utilice.
En medio de ese cortocircuito mental mío entre lo que me dicen y lo que veo confieso que el texto da muchas vueltas sobre lo mismo. La misma escena se repite una y otra vez con el único aliciente de escuchar la melodía de la voz y la forma de hablar de Servillo y las mutaciones que sufre esa inmensa actriz que es Petra Valentini. Lo siento mucho pero me parece que ella es la verdadera ganadora de la función. Cuando ves que esta acorralada y que ni ella sabe cómo ni desde dónde retomar el texto otra vez, ella da un giro y te sorprende rebuscando en su interior el matiz minúsculo que marca la diferencia. Sinceramente, Petra Valentini me pareció prodigiosa.
Además... y esto ya es una cosa personal... yo no creo que haya que buscar el sentimiento real ni la emoción verdadera. Sí y no. Lo que hay que conseguir es que el que mira se emocione, no que se emocione el actor. O no siempre. O no como regla, o no como axioma. Otra cosa es trabajar desde la sinceridad, buscando la verdad y desde la honradez. Eso sí, claro, siempre. Hay que ser honesto con las palabras, con lo que significan, con el hecho de elegir unas y no otras y de darles sentido desde ti con los seres que comparten el compromiso contigo. Pero la verdad de los sentimientos, las emociones reales, etc... sí pero no. Yo creo más en vivir y hacer nacer el momento único y especial, en alimentarlo y darle espacio. Y dejar que viva. Que sí, que lo otro también, pero esto más, jajaja.
Por cierto... hablaban de emociones sinceras y sentimientos reales pero solo se ocupaban de buscar los recovecos del texto, no buscaban las emociones de la actriz. Solo cuál era el significado real de las palabras y cuál debería ser el resultado final. De la búsqueda de la emoción de la actriz, nada.
Aunque claro, esto es el texto y uno puede o no estar de acuerdo con el texto.
Bueno, pues eso, que yo aquí haciendo amigos, como siempre.
Pero insisto en que eso es lo que yo veía, lo que yo oía y lo que yo sentía. Tres cosas que no llegaron a juntarse. Y es una pena, porque con lo bien que suenan las palabras dichas como las dice Servillo y con un actrizón como Petra Valentini habría dado lo que fuera por haber salido más tocado.
Aquí podrás leer MI opinión sobre los espectáculos que voy viendo. Insisto en que es MI opinión, nada mas. No pretendo adoctrinar ni tener razón. Únicamente te contaré MIS razones para amar o amar menos lo que vaya viendo. El teatro son gustos y aquí leerás los míos. No soy crítico, solo necesito contarle al mundo el porqué de mis amores. Lo que puedes leer aquí es lo que yo he sentido al ver estos espectáculos. Ni más ni menos que mis sensaciones. Si a alguien le sirven, estupendo.
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lunes, 23 de abril de 2018
viernes, 22 de septiembre de 2017
Ensayo. El Pavón teatro Kamikaze.
Si es que Fernanda tiene razón. La estructura se ha derrumbado. Está hecha añicos. ¿Cómo que cuál? Todas. La pareja, la sociedad, el futuro, el entramado, la seguridad, la paz, el bienestar, la belleza, la comunicación, la creación...
La pareja está rota. La pareja entendida como tal. Se puede amar desde el vacío, como la mirada de Fer escudriñando señales que nadie más ve; se puede amar desde la lejanía, como Jesús, se puede amar a dos y no estar loca como María y se puede amar el amor o la falta de amor como Isra.
La sociedad está rota. Pascal Rambert nació a principios de los 60, es hijo de la generación del 68, de una generación que creyó en un sueño y vio cómo ese sueño se desmoronaba. En realidad... casi como muchas generaciones. Pero está claro que el futuro, aun que depende de todos, está en manos de los jóvenes. Porque la sociedad se ha derrumbado. La estructura ya no vale. "Hay que volver a empezar el mundo".
Lo mismo pasa con todo. La paz, la seguridad, el bienestar, la comunicación, todo lo que nos rodea como seres se ha desmoronado. No hoy, no ayer. Está desmoronado, la estructura como tal ha volado, ha mutado, es otra, "la frase no es esa". Esa estructura que acordamos (y ellos cuatro acordaron) ya no vale.
Puesto que la estructura se ha roto, se ha derrumbado, debemos crear otra. Desde el amor. Hay que amarse. Porque esto ya no sirve. Hay que mirar la ficción. En la ficción está la verdad y la salvación.
No es un drama que la estructura se haya roto. Es. Y nada más. Mira a tu alrededor, hoy hay mil familias distintas, mil formas de amar, mil formas de organizarse, mil formas de protegerse, mil formas de atacar, mil formas de follar, mil formas de odiar, mil formas de morir.
El mundo, la sociedad, la estructura tal y como nos la plantearon yo existe más. Y es normal que Fer muera de pena al ver que su manantial salvador de amor es irreal, está difuminado y se ha secado por varias partes. Es normal que no pueda con la angustia de buscar en el texto, en lo concreto, en su arma hasta ahora. Y es normal que María pida justicia para su cuerpo y para su sentir.Y que Jesús busque la realidad en la creación, en la frase, en la palabra elegida, en el amor irremediable. Y que Isra vea el fin de la estructura y pida ayuda.
Porque solos no podemos, solos seremos Fer, María, Jesús o Isra, no seremos nada, seremos partes y necesitamos volver a empezar el mundo. Desde la ficción, desde lo irreal, desde la creación, desde el lenguaje nuevo y la relación arriesgada, novedosa y peligrosa con la palabra y con el de al lado.
Es cierto que este "mensaje" es un lugar común, que se lleva escuchando desde hace tiempo y que es incluso algo... "ochentero", pero la crueldad es que sigue siendo vigente y necesario.
También es cierto que hay algo de: "hasta aquí hemos hecho nosotros, nosotros nos hemos cargado esto, ahora os toca a vosotros" con lo que no quiero estar de acuerdo. TODOS tenemos que luchar por crear un mundo nuevo. Los que tienen el dinero y el poder y los que vienen. Esa leve derrota me aleja un pelín.
Como también es cierto que el texto es un derroche de conceptos, un torrente salvaje que merece tiempo de digestión. Es como querer ver el Ermitage en una mañana. O como querer leer "Ulises" en la playa. Siento, preveo y me temo que me he dejado mil vueltas y revueltas que merecen una lectura calmada y abierta. Y es que quizá el texto sea demasiado bestial y con demasiado peso como para una sola lectura, un solo visionado. Tanto peso quizá reste algo de empatía. Aunque reconozco que no pestañeé en ningún momento y salí realmente trastocado. Pero con todo y con eso, y sintiendo que es un espectáculo descomunal y grandioso, quizá tenga demasiado peso el texto. Aunque como ellos dicen (más o menos): tú dices o escribes unas palabras y luego está el público que pone la otra parte. Tú sueltas una idea y el otro la completa, la interpreta, la asume, la censura o la digiere. En ese sentido lo que sale de la pluma de Pascal Rambert es gigantesco. Somos nosotros los que tenemos que estar a la altura.
La puesta en escena funciona, me funciona. Incluso la luz y el espacio desnudo y aséptico. No me convence que las mujeres añadan un color a su ropa y los hombres no. Me sugiere una dicotomía que no va con la historia.
Es obligatorio que destaque el momento musical. Es curioso que un canción de los 70, "De amor ya no se muere" de Gianni Bella sirva para unir de esa forma a estos dos personajes abandonados y casi humillados. La mutación de Isra y de Fer en este momento debería pasar a la historia del teatro. IMPACTANTE en su simplicidad y desgarradora en su intensidad.
María Morales, Jesús Noguero, Israel Elejalde y Fernanda Orazi sencillamente hacen lo que deben hacer unos intérpretes sobre un escenario: logran crear una situación abrasadora por primera y única vez. Intentar buscar adjetivos es absurdo. María y Fernanda son sobrehumanas, viven sus papeles desde el riesgo y la valentía. Hacen surgir una realidad a golpe de intestino. Jesús e Israel son dos maestros. La declaración de amor de Jesús es tan patética como bella como dolorosa, tres cualidades que es casi imposible que vayan juntas. Y el arrebato y la vulnerabilidad herida e hiriente de Isra conmueve y te abre en canal. Insuperables.
Aunque tenga sus cosillas, "Ensayo" (o "Repetición", en francés) es un espectáculo abrasador y desgarrador. Asentado en un texto quizá demasiado inmenso y con cuatro bestias suicidas. El primer bombazo de la temporada.
¡Ah, se me olvidaba! Quién sabe si estos cuatro vértices, estas cuatro patas del mismo banco, estas cuatro esquinas de la mesa, de hierro o de madera, estos cuatro puntos cardinales, estos cuatro elementos de la naturaleza, estos cuatro trozos del mismo ser, del mismo cuerpo quizá sean cuatro aristas de la misma pieza. ¿De qué color era el puto Golf GTI; azul, verde, amarillo? ¿Acaso importa? ¿No era tal vez de todos esos colores o incluso de alguno más?
PD: Las fotazas acojonantes son de Vanessa Rabade y espero que no le importe que las haya utilizado.
La pareja está rota. La pareja entendida como tal. Se puede amar desde el vacío, como la mirada de Fer escudriñando señales que nadie más ve; se puede amar desde la lejanía, como Jesús, se puede amar a dos y no estar loca como María y se puede amar el amor o la falta de amor como Isra.
La sociedad está rota. Pascal Rambert nació a principios de los 60, es hijo de la generación del 68, de una generación que creyó en un sueño y vio cómo ese sueño se desmoronaba. En realidad... casi como muchas generaciones. Pero está claro que el futuro, aun que depende de todos, está en manos de los jóvenes. Porque la sociedad se ha derrumbado. La estructura ya no vale. "Hay que volver a empezar el mundo".
Lo mismo pasa con todo. La paz, la seguridad, el bienestar, la comunicación, todo lo que nos rodea como seres se ha desmoronado. No hoy, no ayer. Está desmoronado, la estructura como tal ha volado, ha mutado, es otra, "la frase no es esa". Esa estructura que acordamos (y ellos cuatro acordaron) ya no vale.
Puesto que la estructura se ha roto, se ha derrumbado, debemos crear otra. Desde el amor. Hay que amarse. Porque esto ya no sirve. Hay que mirar la ficción. En la ficción está la verdad y la salvación.
No es un drama que la estructura se haya roto. Es. Y nada más. Mira a tu alrededor, hoy hay mil familias distintas, mil formas de amar, mil formas de organizarse, mil formas de protegerse, mil formas de atacar, mil formas de follar, mil formas de odiar, mil formas de morir.
El mundo, la sociedad, la estructura tal y como nos la plantearon yo existe más. Y es normal que Fer muera de pena al ver que su manantial salvador de amor es irreal, está difuminado y se ha secado por varias partes. Es normal que no pueda con la angustia de buscar en el texto, en lo concreto, en su arma hasta ahora. Y es normal que María pida justicia para su cuerpo y para su sentir.Y que Jesús busque la realidad en la creación, en la frase, en la palabra elegida, en el amor irremediable. Y que Isra vea el fin de la estructura y pida ayuda.
Porque solos no podemos, solos seremos Fer, María, Jesús o Isra, no seremos nada, seremos partes y necesitamos volver a empezar el mundo. Desde la ficción, desde lo irreal, desde la creación, desde el lenguaje nuevo y la relación arriesgada, novedosa y peligrosa con la palabra y con el de al lado.
Es cierto que este "mensaje" es un lugar común, que se lleva escuchando desde hace tiempo y que es incluso algo... "ochentero", pero la crueldad es que sigue siendo vigente y necesario.
También es cierto que hay algo de: "hasta aquí hemos hecho nosotros, nosotros nos hemos cargado esto, ahora os toca a vosotros" con lo que no quiero estar de acuerdo. TODOS tenemos que luchar por crear un mundo nuevo. Los que tienen el dinero y el poder y los que vienen. Esa leve derrota me aleja un pelín.
Como también es cierto que el texto es un derroche de conceptos, un torrente salvaje que merece tiempo de digestión. Es como querer ver el Ermitage en una mañana. O como querer leer "Ulises" en la playa. Siento, preveo y me temo que me he dejado mil vueltas y revueltas que merecen una lectura calmada y abierta. Y es que quizá el texto sea demasiado bestial y con demasiado peso como para una sola lectura, un solo visionado. Tanto peso quizá reste algo de empatía. Aunque reconozco que no pestañeé en ningún momento y salí realmente trastocado. Pero con todo y con eso, y sintiendo que es un espectáculo descomunal y grandioso, quizá tenga demasiado peso el texto. Aunque como ellos dicen (más o menos): tú dices o escribes unas palabras y luego está el público que pone la otra parte. Tú sueltas una idea y el otro la completa, la interpreta, la asume, la censura o la digiere. En ese sentido lo que sale de la pluma de Pascal Rambert es gigantesco. Somos nosotros los que tenemos que estar a la altura.
La puesta en escena funciona, me funciona. Incluso la luz y el espacio desnudo y aséptico. No me convence que las mujeres añadan un color a su ropa y los hombres no. Me sugiere una dicotomía que no va con la historia.
Es obligatorio que destaque el momento musical. Es curioso que un canción de los 70, "De amor ya no se muere" de Gianni Bella sirva para unir de esa forma a estos dos personajes abandonados y casi humillados. La mutación de Isra y de Fer en este momento debería pasar a la historia del teatro. IMPACTANTE en su simplicidad y desgarradora en su intensidad.
María Morales, Jesús Noguero, Israel Elejalde y Fernanda Orazi sencillamente hacen lo que deben hacer unos intérpretes sobre un escenario: logran crear una situación abrasadora por primera y única vez. Intentar buscar adjetivos es absurdo. María y Fernanda son sobrehumanas, viven sus papeles desde el riesgo y la valentía. Hacen surgir una realidad a golpe de intestino. Jesús e Israel son dos maestros. La declaración de amor de Jesús es tan patética como bella como dolorosa, tres cualidades que es casi imposible que vayan juntas. Y el arrebato y la vulnerabilidad herida e hiriente de Isra conmueve y te abre en canal. Insuperables.
Aunque tenga sus cosillas, "Ensayo" (o "Repetición", en francés) es un espectáculo abrasador y desgarrador. Asentado en un texto quizá demasiado inmenso y con cuatro bestias suicidas. El primer bombazo de la temporada.
¡Ah, se me olvidaba! Quién sabe si estos cuatro vértices, estas cuatro patas del mismo banco, estas cuatro esquinas de la mesa, de hierro o de madera, estos cuatro puntos cardinales, estos cuatro elementos de la naturaleza, estos cuatro trozos del mismo ser, del mismo cuerpo quizá sean cuatro aristas de la misma pieza. ¿De qué color era el puto Golf GTI; azul, verde, amarillo? ¿Acaso importa? ¿No era tal vez de todos esos colores o incluso de alguno más?
PD: Las fotazas acojonantes son de Vanessa Rabade y espero que no le importe que las haya utilizado.
jueves, 4 de mayo de 2017
Iphigenia en Vallecas. Pavón Teatro Kamikaze.
Cuando alguien pasa una mala racha, se replantea casi toda su existencia y su razón de ser y de pronto se topa con un texto del que se enamora, un proyecto que siente que NECESITA hacerlo, el resultado sólo puede ser un acto de amor.
María Hervás; deslumbrante actrizón que ha demostrado ya sobradamente que es la rehostia en un escenario, se encontró con el texto de Gary Owen y se empeñó por pura necesidad en darle vida. Ella misma se encargó de trasladar la acción a España, a Madrid, a Vallecas y de firmar la fabulosa versión que ha estado regalándonos en el Ambigú del Pavón. Por cierto, si la programación de la sala grande es cojonuda, la del Ambigú ni te cuento.
Bueno pues por decirlo en pocas palabras, lo que rezuma este espectáculo por encima de textos, de interpretaciones, de dirección, de luces y de lo que sea, es un amor descomunal por el oficio de actriz, una pasión por el curro y una valentía al enfrentarse al público admirables.
Por supuesto no quiere decir esto que el espectáculo esté mal, ni ella, dios me libre, sino que esa es la moraleja que yo me llevo a casa.
Por partes: el texto del que se enamoró María y adaptó es muy bueno. Desde su arranque nos sitúa donde quiere. Ella, Ifi mola todo y nosotros, cobardes acomodados agachamos la cabeza cuando nos la cruzamos. "Quinqui de mierda, pedazo de guarrrrra". La traslación del mito griego es evidente. Pa qué explicarlo. Es tal cual. Ifi se sacrifica por el bien común. Lo peor es que incluso después de ese sacrificio seguimos pensando de ella: "quinqui de mierda, pedazo de guarrrra".
Quizá haya algo en el texto como de reproche masticado. Quiero decir, el "recado" me lo dan por activa y por pasiva y por si acaso no me he enterado, me lo explica. Y vale que es verdad y que cuando uno se sabe culpable agacha la cabeza y recibe sin rechistar porque sabe que se lo merece. Pero quizá el mensaje sea demasiado evidente. Y reincidente. Quizá un pelín más de dejarme a mí que sienta lo que por otro lado YA estoy sintiendo podría molar más. Ya sé yo y encima, al ver la función ya siento yo como evidente que el sacrificio de unos sirve para el bien común como para necesitar que me lo digan con palabras. Por eso el epílogo podría sobrar. No lo sé, sólo pienso en voz alta.
Durante el relato hemos pasado por que una jubilada trabaje (¿?¿?¿), o que un aprovechado y sus amigotes pasen por jóvenes educados y elegantes y terminen en los bajos de Argüelles... , por que Ifi renuncie a lo que le corresponde, o incluso por que Ifi, superviviente, nini sin horizonte, sumida y asumiendo su destino cero sepa que tiene muy poquito margen de salvación. Hemos pasado por todo eso y lo hemos aceptado porque en el fondo es verdad. Un pequeño respiro para que uno mismo saque sus conclusiones no habría estado mal. Creo.
Espacio escénico correcto, luces poderosas de Daniel Checa (qué grandes iluminadores hay en este país...), dirección correcta y por encima de todo y como principal baza el trabajazo histórico de María Hervás.
Engancho de nuevo con el principio; el amor y la pasión de María Hervás por el texto se nota. Y es lo mejor que puede pasar; que un actor ame lo que dice y revive. Y así María consigue un trabajo vocal acojonante, un alarde de expresiones, tonos, fonética y voz nasal totalmente barriobajera como pocas veces se han visto. Pero no sólo eso, que ya de por sí la convertirían (de nuevo) en una de las mejores actrices de su generación sino que además de todo eso, se lanza a revivir a Ifi (y de paso a su abuela, al Rique, a la Silvi, a la gorda, a cien personajes) con una valentía como pocas veces se puede ver en un escenario. Porque hay muchos actores y actrices buenos, los hay buenísimos, los hay entregados, los hay entregadísimos, los hay valientes, los hay suicidas, los hay generosos, y luego está María Hervás (y algún otro nombre que me viene la mente) que no tiene el menor reparo a la hora de soltar moco y de meterse en estados de ánimo peligrosos a 20 cm de tu cara, justo donde se descubre la mentira. Ella juega en un registro arriesgado, en el más arriesgado, y lo hace no sólo con valentía sino que se nota que eso le pone. Ella ha nacido para recrear vidas desde la implicación más absoluta. Y luego sale a recibir los aplausos con una carita de niña pequeña que te derrite. Porque encima es humilde. Pero no por pose, sino porque sabe y entiende que el riesgo y el peligro son la base de la actuación. No verás en ella ni un solo gesto acomodaticio, ni un momento de respiro. Vive y actúa en el filo. Eso justamente la convierte en una actriz que llega, que traspasa, que convence, que hipnotiza, que crea.
Por el amor de dios, señores, si no han visto a esta Ifi, no se la pierdan, si lo ven anunciado en la otra punta del país, corran. No hay que perderse a María Hervás en esta historia (va más allá de ser un monólogo) porque pocas veces verán a una actriz arriesgando su alma por dársela a un personaje como hace María Hervás con Ifi.
ABSOLUTAMENTE NECESARIO.
María Hervás; deslumbrante actrizón que ha demostrado ya sobradamente que es la rehostia en un escenario, se encontró con el texto de Gary Owen y se empeñó por pura necesidad en darle vida. Ella misma se encargó de trasladar la acción a España, a Madrid, a Vallecas y de firmar la fabulosa versión que ha estado regalándonos en el Ambigú del Pavón. Por cierto, si la programación de la sala grande es cojonuda, la del Ambigú ni te cuento.
Bueno pues por decirlo en pocas palabras, lo que rezuma este espectáculo por encima de textos, de interpretaciones, de dirección, de luces y de lo que sea, es un amor descomunal por el oficio de actriz, una pasión por el curro y una valentía al enfrentarse al público admirables.
Por supuesto no quiere decir esto que el espectáculo esté mal, ni ella, dios me libre, sino que esa es la moraleja que yo me llevo a casa.
Por partes: el texto del que se enamoró María y adaptó es muy bueno. Desde su arranque nos sitúa donde quiere. Ella, Ifi mola todo y nosotros, cobardes acomodados agachamos la cabeza cuando nos la cruzamos. "Quinqui de mierda, pedazo de guarrrrra". La traslación del mito griego es evidente. Pa qué explicarlo. Es tal cual. Ifi se sacrifica por el bien común. Lo peor es que incluso después de ese sacrificio seguimos pensando de ella: "quinqui de mierda, pedazo de guarrrra".
Quizá haya algo en el texto como de reproche masticado. Quiero decir, el "recado" me lo dan por activa y por pasiva y por si acaso no me he enterado, me lo explica. Y vale que es verdad y que cuando uno se sabe culpable agacha la cabeza y recibe sin rechistar porque sabe que se lo merece. Pero quizá el mensaje sea demasiado evidente. Y reincidente. Quizá un pelín más de dejarme a mí que sienta lo que por otro lado YA estoy sintiendo podría molar más. Ya sé yo y encima, al ver la función ya siento yo como evidente que el sacrificio de unos sirve para el bien común como para necesitar que me lo digan con palabras. Por eso el epílogo podría sobrar. No lo sé, sólo pienso en voz alta.
Durante el relato hemos pasado por que una jubilada trabaje (¿?¿?¿), o que un aprovechado y sus amigotes pasen por jóvenes educados y elegantes y terminen en los bajos de Argüelles... , por que Ifi renuncie a lo que le corresponde, o incluso por que Ifi, superviviente, nini sin horizonte, sumida y asumiendo su destino cero sepa que tiene muy poquito margen de salvación. Hemos pasado por todo eso y lo hemos aceptado porque en el fondo es verdad. Un pequeño respiro para que uno mismo saque sus conclusiones no habría estado mal. Creo.
Espacio escénico correcto, luces poderosas de Daniel Checa (qué grandes iluminadores hay en este país...), dirección correcta y por encima de todo y como principal baza el trabajazo histórico de María Hervás.
Engancho de nuevo con el principio; el amor y la pasión de María Hervás por el texto se nota. Y es lo mejor que puede pasar; que un actor ame lo que dice y revive. Y así María consigue un trabajo vocal acojonante, un alarde de expresiones, tonos, fonética y voz nasal totalmente barriobajera como pocas veces se han visto. Pero no sólo eso, que ya de por sí la convertirían (de nuevo) en una de las mejores actrices de su generación sino que además de todo eso, se lanza a revivir a Ifi (y de paso a su abuela, al Rique, a la Silvi, a la gorda, a cien personajes) con una valentía como pocas veces se puede ver en un escenario. Porque hay muchos actores y actrices buenos, los hay buenísimos, los hay entregados, los hay entregadísimos, los hay valientes, los hay suicidas, los hay generosos, y luego está María Hervás (y algún otro nombre que me viene la mente) que no tiene el menor reparo a la hora de soltar moco y de meterse en estados de ánimo peligrosos a 20 cm de tu cara, justo donde se descubre la mentira. Ella juega en un registro arriesgado, en el más arriesgado, y lo hace no sólo con valentía sino que se nota que eso le pone. Ella ha nacido para recrear vidas desde la implicación más absoluta. Y luego sale a recibir los aplausos con una carita de niña pequeña que te derrite. Porque encima es humilde. Pero no por pose, sino porque sabe y entiende que el riesgo y el peligro son la base de la actuación. No verás en ella ni un solo gesto acomodaticio, ni un momento de respiro. Vive y actúa en el filo. Eso justamente la convierte en una actriz que llega, que traspasa, que convence, que hipnotiza, que crea.
Por el amor de dios, señores, si no han visto a esta Ifi, no se la pierdan, si lo ven anunciado en la otra punta del país, corran. No hay que perderse a María Hervás en esta historia (va más allá de ser un monólogo) porque pocas veces verán a una actriz arriesgando su alma por dársela a un personaje como hace María Hervás con Ifi.
ABSOLUTAMENTE NECESARIO.
miércoles, 3 de mayo de 2017
Blackbird. Pavón Teatro Kamikaze.
Llevo tiempo, pero tiemmmmpo diciendo que Carlota Ferrer es la ama de la escena madrileña. Es una artista estéticamente mágica, visualmente potente e intelectualmente privilegiada. Tiene una capacidad creadora bestial y además tiene la suerte de contar con los medios suficientes como para poder desarrollar sus ideas hasta el límite. Eso es una suerte que te cagas. Para ella y para nosotros.
Blackbird es un encargo del Festival de Otoño y hemos podido gozarlo en el Pavón Teatro Kamikaze. Otra vez estamos de suerte.
Cuentan en el dossier que "Blackbird" (mirlo en inglés) es la mezcla de "Black", el mal, la muerte, el descenso al infierno y "bird", el ascenso a los cielos, la vida eterna. Simboliza, en definitiva "la tensión entre cuerpo y alma, entre lo espiritual y lo terrenal". El mirlo es también la forma que adoptó el diablo para tentar a San Benito y que este deseara a una niña.
"Blackbird" tiene muchísimas bazas a su favor. El texto, cotejado, corroborado, llevado a escena en otras ocasiones es un valor seguro. Seguro no, segurísimo. Encima traducido por José Manuel Mora. Carlota Ferrer a los mandos. Irene Escolar y José Luis Torrijo dando la cara. Mónica Boromello creando otro espacio mágico de esos a los que nos tiene malacostumbrados. David Picazo iluminando el espacio y los rincones del espíritu a la vez. Una puta pasada.
Monia Boromello es una debilidad que yo tengo. Lo confieso y lo grito al universo. Me enloquece.
Arriba, la "realidad", una especia de sala de espera de tanatorio o casi una planta nuclear, fría, gris, llena de basura que se escapa sin querer. Basura azul, vasos, bolsas, azules. Y en medio de esa desolación un rama. Azul también. Una brizna de vida que se cuela por el hormigón. Porque hasta en los más inhóspito cabe la vida. Hasta en la mayor crueldad puede haber amor. Hasta en lo más repulsivo puede haber algo puro.
Abajo una ciudad que se queda pequeña, que es pequeña. Un sitio por donde huir pero que acaba sirviendo de trampa. Con casitas con ventanas circulares, como las casitas de los pájaros. En realidad SON casitas de pájaros. Y en cada casa un pajarito. En cada casa, una Una que quizá vuele o quizá no. Creo de verdad que es uno de los espacios más inspirados de Mónica. Por su simbolismo, por su dureza y por su poética. Es casi un resumen moral de lo que vamos a ver. No hay calificativos suficientes para alabar la visión y el trabajo de esta mujer.
Y encima va y lo apoya todo la iluminación de David Picazo, otro genio. Pone luz a los estados de ánimo, a las emociones, crea sombras psicológicas e ilumina mentiras y traumas. Bestial, mágica, de visión obligada para cualquier estudiante de luces.
Tanto la trama como la forma en la que está presentada es de libro. Perfecta. Una historia dolorosa, de personajes heridos sin querer, en la que el "verdugo" ha conseguido pasar página y la "víctima" sin embargo se quedó pillada. Lo que en un principio parece claro pronto se enturbiará. La realidad no siempre es como parece y casi nunca es lineal. Sobre todo si el origen del torbellino es el amor. Amor sí. Y poder. Abuso de poder. Pero amor también. En definitiva, los miles de grises que hay entre el blanco y el negro. Carlota se coloca en su sitio y nos pone a nosotros a su lado. Y lo que nos pasa a nosotros es lo que ella ha pasado. Nos habla y nos trata de igual a igual. Al principio tenemos claro que Una está deshecha por culpa del abuso de Ray. Él sobrevivió y ella pagó por las culpas de él. Él se cambió de ciudad y de vida y ella se quedo y sufrió día a día la vida en su ciudad, en su barrio, rodeada de gentes compasivas y crueles. Ella pagó por las culpas de él. Pero los mil giros del texto te llevan exactamente a cada rincón que busca Carlota.
Cuando se presentó la versión del Lliure, Lluís Pasqual lo definió como "teatro político". Teatro al que no llegas con una idea preconcebida, con una respuesta sobre lo que está bien y lo que está mal. Es evidente que si el texto hablara sólo de pedofilia, todos estaríamos posicionados. La pedofilia es mala. Punto final. Pero no, aquí se mezcla abuso, pedofilia, amor, culpa, ... A las preguntas que se plantean en este textazo no hay respuesta posible. Hay mil, y a lo más que hemos llegado es a crear un ordenamiento jurídico que diga que lo que a los 17 está prohibido, a los 18 ya no. ¿Dónde termina el amor y empieza la ley? ¿El amor es amor si el ilegal?
El trabajo que hace Carlota Ferrer es el de un arquitecto. Aunque cada trabajador ponga su grano de arena para levantar un edificio sin entender o sin tener en cuenta lo que hace el de al lado, el edificio funcionará como una suma, y será al final cuando vean el resultado de todas las partes juntas. Carlota hace eso mismo, va llevando cada frase, cada escena, cada giro por donde sólo ella sabe y tú como espectador sólo sospechas hasta que al final, ves el edificio terminado, tus cimientos removidos, tus principios tambaleados y tu moral... accidentada. La labor de Carlota es ejemplar. Inteligente y sólida. Incluso la canción de Robbie Williams y la coreo que se marcan (resumen de su historia de amor) están encajadas de forma magistral.
Quizá hubo un pequeño detalle que a mí no me funcionó y que hizo que el edificio no terminase de parecerme una obra maestra. La dirección de actores. Me explico. Lo siento por Alba de la Fuente, pero aunque ella está bien, es evidente que el trabajo actoral debe centrarse en José Luis y en Irene.
A ver, Irene está fabulosa. Pero quizá el momento que más me tocó fue su monólogo en la ciudad, cuando narra lo que pasó aquella última noche. Tanto en la primera parte como en sus arrebatos me parece que está un poco subida de revoluciones. Y con eso quizá provoque (al menos en mí) cierto rechazo. Está demasiado desquiciada. No digo que no tenga que estarlo, o que no sea lógico, o que sea una mala elección. Pero en mí provoca cierto prejuicio que quizá no ayude a simpatizar del todo con ella ni al principio ni al final. Sólo en medio; cuando está más sobria. Porque la sobriedad me parece más dura y desoladora. Al menos a mí. Al contrario, Torrijo está frío y serio. Y cuando se derrumba y confiesa lo que pasó aquella noche, cuando se rompe, te pegas a su sufrimiento y tus principios se derrumban. A lo que voy con esto es que al verla a ella desquiciada y a él sufridor, se me produjo demasiado prejuicio. Ella me parecía demasiado histérica y él demasiado empático. Como siempre, habrá un 50% de decisión de la directora, que cuenta lo que quiere y como quiere, y otro 50% de mi propia percepción. En este caso me funcionó toda la maquinaria al 80%. En cualquier caso, tanto lo que hace Irene Escolar como lo que hace Torrijo es una cosa sobrehumana. Están ambos inconmensurables.
Así que sí, grandísimo trabajo el de TODOS los implicados en este pedazo de obrón que demuestra una vez más que Torrijo es un gran actor, que Irene Escolar también es bestial, que Carlota es una mano sólida y potente, que Picazo y Mónica son dos seres tocados y que el gris es el color más rico del mundo.
Otra genia, Vanessa Rabade, ha hecho estas fotazas acojonantes. Supongo que no le importa que las utilice. Gracias.
Por cierto... el mirlo que se estrella contra el coche al final... ¿es el fin de la venganza, es Una que se suicida, es la irrupción de la culpa en esa nueva pareja, es...?
Blackbird es un encargo del Festival de Otoño y hemos podido gozarlo en el Pavón Teatro Kamikaze. Otra vez estamos de suerte.
Cuentan en el dossier que "Blackbird" (mirlo en inglés) es la mezcla de "Black", el mal, la muerte, el descenso al infierno y "bird", el ascenso a los cielos, la vida eterna. Simboliza, en definitiva "la tensión entre cuerpo y alma, entre lo espiritual y lo terrenal". El mirlo es también la forma que adoptó el diablo para tentar a San Benito y que este deseara a una niña.
"Blackbird" tiene muchísimas bazas a su favor. El texto, cotejado, corroborado, llevado a escena en otras ocasiones es un valor seguro. Seguro no, segurísimo. Encima traducido por José Manuel Mora. Carlota Ferrer a los mandos. Irene Escolar y José Luis Torrijo dando la cara. Mónica Boromello creando otro espacio mágico de esos a los que nos tiene malacostumbrados. David Picazo iluminando el espacio y los rincones del espíritu a la vez. Una puta pasada.
Monia Boromello es una debilidad que yo tengo. Lo confieso y lo grito al universo. Me enloquece.
Arriba, la "realidad", una especia de sala de espera de tanatorio o casi una planta nuclear, fría, gris, llena de basura que se escapa sin querer. Basura azul, vasos, bolsas, azules. Y en medio de esa desolación un rama. Azul también. Una brizna de vida que se cuela por el hormigón. Porque hasta en los más inhóspito cabe la vida. Hasta en la mayor crueldad puede haber amor. Hasta en lo más repulsivo puede haber algo puro.
Abajo una ciudad que se queda pequeña, que es pequeña. Un sitio por donde huir pero que acaba sirviendo de trampa. Con casitas con ventanas circulares, como las casitas de los pájaros. En realidad SON casitas de pájaros. Y en cada casa un pajarito. En cada casa, una Una que quizá vuele o quizá no. Creo de verdad que es uno de los espacios más inspirados de Mónica. Por su simbolismo, por su dureza y por su poética. Es casi un resumen moral de lo que vamos a ver. No hay calificativos suficientes para alabar la visión y el trabajo de esta mujer.
Y encima va y lo apoya todo la iluminación de David Picazo, otro genio. Pone luz a los estados de ánimo, a las emociones, crea sombras psicológicas e ilumina mentiras y traumas. Bestial, mágica, de visión obligada para cualquier estudiante de luces.
Tanto la trama como la forma en la que está presentada es de libro. Perfecta. Una historia dolorosa, de personajes heridos sin querer, en la que el "verdugo" ha conseguido pasar página y la "víctima" sin embargo se quedó pillada. Lo que en un principio parece claro pronto se enturbiará. La realidad no siempre es como parece y casi nunca es lineal. Sobre todo si el origen del torbellino es el amor. Amor sí. Y poder. Abuso de poder. Pero amor también. En definitiva, los miles de grises que hay entre el blanco y el negro. Carlota se coloca en su sitio y nos pone a nosotros a su lado. Y lo que nos pasa a nosotros es lo que ella ha pasado. Nos habla y nos trata de igual a igual. Al principio tenemos claro que Una está deshecha por culpa del abuso de Ray. Él sobrevivió y ella pagó por las culpas de él. Él se cambió de ciudad y de vida y ella se quedo y sufrió día a día la vida en su ciudad, en su barrio, rodeada de gentes compasivas y crueles. Ella pagó por las culpas de él. Pero los mil giros del texto te llevan exactamente a cada rincón que busca Carlota.
Cuando se presentó la versión del Lliure, Lluís Pasqual lo definió como "teatro político". Teatro al que no llegas con una idea preconcebida, con una respuesta sobre lo que está bien y lo que está mal. Es evidente que si el texto hablara sólo de pedofilia, todos estaríamos posicionados. La pedofilia es mala. Punto final. Pero no, aquí se mezcla abuso, pedofilia, amor, culpa, ... A las preguntas que se plantean en este textazo no hay respuesta posible. Hay mil, y a lo más que hemos llegado es a crear un ordenamiento jurídico que diga que lo que a los 17 está prohibido, a los 18 ya no. ¿Dónde termina el amor y empieza la ley? ¿El amor es amor si el ilegal?
El trabajo que hace Carlota Ferrer es el de un arquitecto. Aunque cada trabajador ponga su grano de arena para levantar un edificio sin entender o sin tener en cuenta lo que hace el de al lado, el edificio funcionará como una suma, y será al final cuando vean el resultado de todas las partes juntas. Carlota hace eso mismo, va llevando cada frase, cada escena, cada giro por donde sólo ella sabe y tú como espectador sólo sospechas hasta que al final, ves el edificio terminado, tus cimientos removidos, tus principios tambaleados y tu moral... accidentada. La labor de Carlota es ejemplar. Inteligente y sólida. Incluso la canción de Robbie Williams y la coreo que se marcan (resumen de su historia de amor) están encajadas de forma magistral.
Quizá hubo un pequeño detalle que a mí no me funcionó y que hizo que el edificio no terminase de parecerme una obra maestra. La dirección de actores. Me explico. Lo siento por Alba de la Fuente, pero aunque ella está bien, es evidente que el trabajo actoral debe centrarse en José Luis y en Irene.
A ver, Irene está fabulosa. Pero quizá el momento que más me tocó fue su monólogo en la ciudad, cuando narra lo que pasó aquella última noche. Tanto en la primera parte como en sus arrebatos me parece que está un poco subida de revoluciones. Y con eso quizá provoque (al menos en mí) cierto rechazo. Está demasiado desquiciada. No digo que no tenga que estarlo, o que no sea lógico, o que sea una mala elección. Pero en mí provoca cierto prejuicio que quizá no ayude a simpatizar del todo con ella ni al principio ni al final. Sólo en medio; cuando está más sobria. Porque la sobriedad me parece más dura y desoladora. Al menos a mí. Al contrario, Torrijo está frío y serio. Y cuando se derrumba y confiesa lo que pasó aquella noche, cuando se rompe, te pegas a su sufrimiento y tus principios se derrumban. A lo que voy con esto es que al verla a ella desquiciada y a él sufridor, se me produjo demasiado prejuicio. Ella me parecía demasiado histérica y él demasiado empático. Como siempre, habrá un 50% de decisión de la directora, que cuenta lo que quiere y como quiere, y otro 50% de mi propia percepción. En este caso me funcionó toda la maquinaria al 80%. En cualquier caso, tanto lo que hace Irene Escolar como lo que hace Torrijo es una cosa sobrehumana. Están ambos inconmensurables.
Así que sí, grandísimo trabajo el de TODOS los implicados en este pedazo de obrón que demuestra una vez más que Torrijo es un gran actor, que Irene Escolar también es bestial, que Carlota es una mano sólida y potente, que Picazo y Mónica son dos seres tocados y que el gris es el color más rico del mundo.
Otra genia, Vanessa Rabade, ha hecho estas fotazas acojonantes. Supongo que no le importa que las utilice. Gracias.
Por cierto... el mirlo que se estrella contra el coche al final... ¿es el fin de la venganza, es Una que se suicida, es la irrupción de la culpa en esa nueva pareja, es...?
sábado, 17 de diciembre de 2016
La voz humana. Pavón Teatro Kamikaze.
Si el límite máximo del voyerismo es entrar en el alma del espiado, lo que vas a vivir en el ambigú del Pavón es voyerismo extremo, es adentrarte en la sima emocional de una mujer maltratada, humillada, usada, abandonada y dolorida como un cachorro tirado en una cuneta. Es el acto de espionaje emocional más íntimo y profundo que puede alcanzar un ser humano. Y todo a media voz, sin levantar el tono. Al menos frente al otro, al menos junto al otro, al menos para el otro.
El textazo de Jean Cocteau lo hemos visto cientos y cientos de veces. Se lo hemos visto a las mejores actrices, desde Anna Magnani a Amparo Rivelles. Incluso Poulenc compuso una ópera porque es tan demoledor el texto, tienen tantísimo peso las palabras que es imposible no caer en la tentación de ponerlas en pie. Hasta yo, en mis locuras particulares, tengo dos ideas fascinantes para llevar a escena esta "Voz humana". La versión de Israel Elejalde es brillante. Acerca al siglo XXI este drama. Lógico, quizá en estos tiempos de móviles y Black Mirror quede raro lo del teléfono. Elejalde corta, pega, mueve, se carga todo lo de la operadora y las interferencias y va al meollo del asunto.
Pau Fullana ilumina de forma prodigiosa un espacio creado por Eduardo Moreno. Luces salidas del corazón de la mujer, ella, la sin nombre. Cada foco es un rincón de su corazón, de su tripa, de su abandono o de su coño. Eduardo Moreno cambia la consabida cama por una especia de tumba/escenario brillante y negra. Otro prodigio. Y para rematar Arnau Vilà ha compuesto una música tan terrorífica como los mazazos que suponen esas notas sencillas. Cada tecla del piano es un escalofrío directo a tus intestinos. Ana López viste a la Wagener de mujer acabada, cubierta con una gabardina ajena y tan desvalida como el gatito de "Desayuno con diamantes".
Lo que vamos a ver es producto de la conjunción entre un director y una actriz. O entre un hombre y una mujer. Ella da la cara y pone sus tripas, pero él ha tenido la visión de cómo debía ser contada la historia de esta mujer, ella, la sin nombre. El mérito es de ambos aunque la que se juega el tipo y la estabilidad emocional sea ella, la Wagener, digo Dios.
"¿Para qué sirve el amor?" Frase que aparece escrita en la ventana. De momento.
Cocteau escribió esta pieza breve cuando le abandono un amante y se asomó al abismo del suicidio y la locura. Ahí está. Ella, la mujer, la sin nombre ha intentado suicidarse, no soporta el abandono de su amante infiel. Se despierta de pronto y recibe una llamada, una última llamada. Según acotaciones del propio autor: "el autor propone a la actriz que abandone la ironía, la amargura y la expresión directa del subtexto de mujer destrozada. La imagen que el autor desearía es la de un animal herido que se desangra y que realmente inunda al final de sangre verdadera todo el espacio escénico". Y eso es exactamente lo que vemos. A la Wagener abandonada, sin florituras, sin hablarle al teléfono sino a su amante, a su dueño, a su amor, a su amo.
Carmen Maura hizo una mujer que navegaba por los estados de ánimo en medio de una alta comedia trufada de personajes; la amante, el perro convertido en conejitos que vivían en la terraza, incluso al ex-amante, un actor de doblaje, una voz, una "voz humana". Mientras ella, la sin nombre, estaba al borde de un ataque de nervios. Almodóvar se llevó el texto de Cocteau a su terreno por segunda vez; ya lo había hecho antes en "La ley del deseo", donde la Maura, hacha el mano, esperaba la llamada de su hombre.
Aquí no, aquí se siguen al pie de la letra las indicaciones del poeta Cocteau y se despoja todo de artificios y de símbolos. Sólo queda lo imprescindible; un teléfono, un camisón, un recuerdo, una mujer deshecha y entregada, una ventana y una tumba.
La Wagener, digo Dios, es exactamente eso, un animal herido, moribundo, derrotado, sin fuerzas ni para levantar la voz. Cojones, si la levanta igual él se enfada y cuelga. Mejor no gritar, mejor susurrar, mejor usar tu voz desgastada de mujer acabada para convencer a tu amo, a tu maltratador de que lo que te está haciendo te lo mereces, que es bueno y que es lo suyo.
Porque él, el hombre, es un maltratador, un déspota que trata como basura a esta mujer, la humilla, la devasta, la asola, la vacía y la tira. Y ella asume que así es como tiene que ser. Algo que en algún momento de la vida todos hemos sentido. Que "eso" que nos hacen o que no nos hacen, no importa con tal de que el otro no se vaya, con tal de que no nos deje del todo. Mejor que se quede cerca, aunque sea haciéndome daño o hasta pegándome con tal de que no se vaya. Además todo es culpa mía, me lo merezco, lo hace por mi bien, es lógico que me deje, la culpa la he tenido yo, yo lo he hecho todo mal...
Ese vacío vital lo tiene la Wagener, digo Dios, desde que abre el ojo hasta ese final espeluznante. Su dureza corporal, el abandono de su espalda, el dolor más íntimo que hasta te seca las lágrimas, las confesiones humillantes... todo en la Wagener, digo Dios, es REAL. Coño, si yo me veo en esas y al otro lado del teléfono tengo a la Magnani gritando y sufriendo como ella hacía (divinamente, por cierto) yo cuelgo el teléfono al instante. Pero lo que hace la Wagener, digo Dios, es mantener el delicado equilibrio necesario para que yo, déspota maltratador no me vaya. Supervivencia pura. Al menos durante el tiempo que dure esa última llamada. La Wagener está en ese punto exacto en el que hasta el tono de voz es el de un animal moribundo, temeroso de que su amo se pire para siempre. Vivir su ausencia va a ser lo suficientemente imposible como para encima tener que vivir su abandono. Eso sería insuperable.
Insuperable la humillación de una mujer maltratada, humillada, hundida, aniquilada, anulada y temerosa. Una mujer, ella, la sin nombre, incapaz de mirarse al espejo porque de pronto se ve vieja, acabada y vacía. Jamás el abandono y la muerte en vida se habían visto de forma tan viva en una actriz. Jamás.
Bravo a todos los creadores que han participado en esta obra maestra, bravísimo a Israel Elejalde por ponerse en el sitio perfecto para contar esta historia y por hacerlo de esa manera y.. todos en pie para demostrar adoración eterna e infinita por la Wagener, por jugarse el tipo y la estabilidad al situarse emocionalmente en ese punto exacto. Para llegar hasta ahí hay que haber pasado por otros muchos estados de ánimo y de aceptación y negación. Este paso es el siguiente, al que uno llega cuando ya no hay más, cuando se agotan las salidas y la única forma de supervivencia que te queda es tratar de entregar lo poco que queda de ti con tal de que no se vaya, aunque ya no te ame, aunque ya no te desee ni te quiera, aunque ya sólo te humille y te mee encima, porque hasta ese meado te sabe tan rico como el primer beso que te dio. Lo que sea, con tal de que sea para ti. Aunque en esa humillación final te termines de vaciar, y tras purificarte en el agua de esa gotera espiritual que brota de pronto del abandono final, de ese hogar en ruinas que se hunde por completo; tras purificarte, digo, sólo quede un camino.
Damas y caballeros, háganse un favor, déjense llevar por la puta realidad, por la puta vida y por la puta poesía de Cocteau, Elejalde, y vayan a gozar sufriendo con uno de los mejores y más sutiles trabajos que uno pueda ver en su vida; el trabajo de Ana Wagener. Porque insisto, la Wagener es Dios.
Las impresionantes fotos son todas de Vanessa Rabade. Son impresionantes y no puedo resistirme a ponerlas, supongo que no habrá inconveniente.
Postdata: me siento incapaz de releer y repasar lo que he escrito, si os encontráis alguna errata, os ruego que me perdonéis.
El textazo de Jean Cocteau lo hemos visto cientos y cientos de veces. Se lo hemos visto a las mejores actrices, desde Anna Magnani a Amparo Rivelles. Incluso Poulenc compuso una ópera porque es tan demoledor el texto, tienen tantísimo peso las palabras que es imposible no caer en la tentación de ponerlas en pie. Hasta yo, en mis locuras particulares, tengo dos ideas fascinantes para llevar a escena esta "Voz humana". La versión de Israel Elejalde es brillante. Acerca al siglo XXI este drama. Lógico, quizá en estos tiempos de móviles y Black Mirror quede raro lo del teléfono. Elejalde corta, pega, mueve, se carga todo lo de la operadora y las interferencias y va al meollo del asunto.
Pau Fullana ilumina de forma prodigiosa un espacio creado por Eduardo Moreno. Luces salidas del corazón de la mujer, ella, la sin nombre. Cada foco es un rincón de su corazón, de su tripa, de su abandono o de su coño. Eduardo Moreno cambia la consabida cama por una especia de tumba/escenario brillante y negra. Otro prodigio. Y para rematar Arnau Vilà ha compuesto una música tan terrorífica como los mazazos que suponen esas notas sencillas. Cada tecla del piano es un escalofrío directo a tus intestinos. Ana López viste a la Wagener de mujer acabada, cubierta con una gabardina ajena y tan desvalida como el gatito de "Desayuno con diamantes".
Lo que vamos a ver es producto de la conjunción entre un director y una actriz. O entre un hombre y una mujer. Ella da la cara y pone sus tripas, pero él ha tenido la visión de cómo debía ser contada la historia de esta mujer, ella, la sin nombre. El mérito es de ambos aunque la que se juega el tipo y la estabilidad emocional sea ella, la Wagener, digo Dios.
"¿Para qué sirve el amor?" Frase que aparece escrita en la ventana. De momento.
Cocteau escribió esta pieza breve cuando le abandono un amante y se asomó al abismo del suicidio y la locura. Ahí está. Ella, la mujer, la sin nombre ha intentado suicidarse, no soporta el abandono de su amante infiel. Se despierta de pronto y recibe una llamada, una última llamada. Según acotaciones del propio autor: "el autor propone a la actriz que abandone la ironía, la amargura y la expresión directa del subtexto de mujer destrozada. La imagen que el autor desearía es la de un animal herido que se desangra y que realmente inunda al final de sangre verdadera todo el espacio escénico". Y eso es exactamente lo que vemos. A la Wagener abandonada, sin florituras, sin hablarle al teléfono sino a su amante, a su dueño, a su amor, a su amo.
Carmen Maura hizo una mujer que navegaba por los estados de ánimo en medio de una alta comedia trufada de personajes; la amante, el perro convertido en conejitos que vivían en la terraza, incluso al ex-amante, un actor de doblaje, una voz, una "voz humana". Mientras ella, la sin nombre, estaba al borde de un ataque de nervios. Almodóvar se llevó el texto de Cocteau a su terreno por segunda vez; ya lo había hecho antes en "La ley del deseo", donde la Maura, hacha el mano, esperaba la llamada de su hombre.
Aquí no, aquí se siguen al pie de la letra las indicaciones del poeta Cocteau y se despoja todo de artificios y de símbolos. Sólo queda lo imprescindible; un teléfono, un camisón, un recuerdo, una mujer deshecha y entregada, una ventana y una tumba.
La Wagener, digo Dios, es exactamente eso, un animal herido, moribundo, derrotado, sin fuerzas ni para levantar la voz. Cojones, si la levanta igual él se enfada y cuelga. Mejor no gritar, mejor susurrar, mejor usar tu voz desgastada de mujer acabada para convencer a tu amo, a tu maltratador de que lo que te está haciendo te lo mereces, que es bueno y que es lo suyo.
Porque él, el hombre, es un maltratador, un déspota que trata como basura a esta mujer, la humilla, la devasta, la asola, la vacía y la tira. Y ella asume que así es como tiene que ser. Algo que en algún momento de la vida todos hemos sentido. Que "eso" que nos hacen o que no nos hacen, no importa con tal de que el otro no se vaya, con tal de que no nos deje del todo. Mejor que se quede cerca, aunque sea haciéndome daño o hasta pegándome con tal de que no se vaya. Además todo es culpa mía, me lo merezco, lo hace por mi bien, es lógico que me deje, la culpa la he tenido yo, yo lo he hecho todo mal...
Ese vacío vital lo tiene la Wagener, digo Dios, desde que abre el ojo hasta ese final espeluznante. Su dureza corporal, el abandono de su espalda, el dolor más íntimo que hasta te seca las lágrimas, las confesiones humillantes... todo en la Wagener, digo Dios, es REAL. Coño, si yo me veo en esas y al otro lado del teléfono tengo a la Magnani gritando y sufriendo como ella hacía (divinamente, por cierto) yo cuelgo el teléfono al instante. Pero lo que hace la Wagener, digo Dios, es mantener el delicado equilibrio necesario para que yo, déspota maltratador no me vaya. Supervivencia pura. Al menos durante el tiempo que dure esa última llamada. La Wagener está en ese punto exacto en el que hasta el tono de voz es el de un animal moribundo, temeroso de que su amo se pire para siempre. Vivir su ausencia va a ser lo suficientemente imposible como para encima tener que vivir su abandono. Eso sería insuperable.
Insuperable la humillación de una mujer maltratada, humillada, hundida, aniquilada, anulada y temerosa. Una mujer, ella, la sin nombre, incapaz de mirarse al espejo porque de pronto se ve vieja, acabada y vacía. Jamás el abandono y la muerte en vida se habían visto de forma tan viva en una actriz. Jamás.
Bravo a todos los creadores que han participado en esta obra maestra, bravísimo a Israel Elejalde por ponerse en el sitio perfecto para contar esta historia y por hacerlo de esa manera y.. todos en pie para demostrar adoración eterna e infinita por la Wagener, por jugarse el tipo y la estabilidad al situarse emocionalmente en ese punto exacto. Para llegar hasta ahí hay que haber pasado por otros muchos estados de ánimo y de aceptación y negación. Este paso es el siguiente, al que uno llega cuando ya no hay más, cuando se agotan las salidas y la única forma de supervivencia que te queda es tratar de entregar lo poco que queda de ti con tal de que no se vaya, aunque ya no te ame, aunque ya no te desee ni te quiera, aunque ya sólo te humille y te mee encima, porque hasta ese meado te sabe tan rico como el primer beso que te dio. Lo que sea, con tal de que sea para ti. Aunque en esa humillación final te termines de vaciar, y tras purificarte en el agua de esa gotera espiritual que brota de pronto del abandono final, de ese hogar en ruinas que se hunde por completo; tras purificarte, digo, sólo quede un camino.
Damas y caballeros, háganse un favor, déjense llevar por la puta realidad, por la puta vida y por la puta poesía de Cocteau, Elejalde, y vayan a gozar sufriendo con uno de los mejores y más sutiles trabajos que uno pueda ver en su vida; el trabajo de Ana Wagener. Porque insisto, la Wagener es Dios.
Las impresionantes fotos son todas de Vanessa Rabade. Son impresionantes y no puedo resistirme a ponerlas, supongo que no habrá inconveniente.
Postdata: me siento incapaz de releer y repasar lo que he escrito, si os encontráis alguna errata, os ruego que me perdonéis.
jueves, 8 de septiembre de 2016
Idiota. El Pavón Teatro Kamikaze.
A estas alturas se han escrito kilómetros de líneas sobre la apertura del Pavón bajo las manos de Kamikaze. Pretender aportar algo más es inútil. Así que diré simplemente lo que siento.
Kamikaze es algo así como esa compañía de la que todos nos sentimos un poco partícipes. Son gente cercana (aunque no tengo el honor de conocer a ninguna personalmente, salvo a Aitor), gente a la que ves en los teatros, colegas, gente real y cercana. Vecinos y currantes. Y encima lo que hacen arrasa y es casi siempre bestial, ejemplar y brillantísimo. En el fondo todos sentimos un poco cada premio que reciben como un poquito nuestro, un poquito de todos. Esa sensación no creo que responda a nada en concreto, a nada tangible. Quiero decir, yo insisto en que personalmente jamás he hablado con ningún Kamikaze, sólo conozco a Aitor. Pero a pesar de no tener un vínculo personal o emocional con ellos, los siento y creo que todos los sentimos así, como unos colegas o un ejemplo de gente trabajadora, muy, muy currante, con ideas brillantes, un conocimiento de la profesión abrumador y un sentido del trabajo, de la filosofía vital escénica y del compromiso con esta profesión sin fisuras. Por eso, lo que hace Kamikaze lo sentimos nuestro y por eso toda la profesión teatral madrileña estamos emocionados con la reapertura de un teatro como el Pavón. El éxito no sólo está asegurado, sino que nos remueve a todos de tal forma que la entrada del teatro estos días es un hervidero de nervios, emoción y una ilusión como si fueras a la fiesta sorpresa que se le organiza a un amigo.
Y para arrancar, el dios de la escena Israel Elejalde se pone los zapatos de director y regala a Elisabet Gelabert y a Gonzalo de Castro el honor de inaugurar esta nueva etapa. "Idiota" de Jordi Casanovas; un pedazo de texto casi redondo, con una solidez como ya demostró en ese "Ruz/Bárcenas" que aún resuena en nuestras tripas, o esa joya que era "Un hombre con gafas de pasta" por ejemplo. Este textazo esconde una trampa tras otra. Es jodido hablar de lo que sucede sin caer en el spoiler y sin reventar la función. Sólo diré que lo que comienza como una comedia en la que simpatizas con el héroe de pronto logra que se te congele la sonrisa, empieces a removerte incómodo en la butaca y acabes sudando a chorros de los nervios. Simplemente desde el texto se consigue que vayamos de la mano del pobre protagonista, Carlos, que comencemos siendo amigos de este pobre hombre, mitad pícaro español, mitad buscavidas rozando el límite de lo moralmente admisible. Poco a poco nos distanciaremos de él, justo cuando empezamos a notar que lo que a él le cuesta tanto descubrir, para ti está tirado. En ese momento te distancias de él pero por pura supervivencia, porque distanciándote de él te salvas, salvas tu alma de ser como la suya. Pero quedan más giros, más atajos, más recovecos. Hasta el final, porque no me jodas, ese final... tiene mil caminos posibles.
Sátira casi socio-política o humano-sociológica. Cien capas y doscientas lecturas. Y como remate, charleta post-función. No se puede pedir más.
Gonzalo de Castro es talmente un personaje sacado de una peli de Billy Wilder, un ciudadano gris (con los matices de gris que tenemos todos), normal, como el Rodríguez que se quedaba un agosto en NY y se le colaba Marilyn como "vecina de arriba". Carlos es tan bueno y tan malo como todos, es apto y no lo es para el trabajo. Simplemente es un ser más o menos superviviente que se ve envuelto en una red que le sobrepasa. Porque la que se le viene encima es casi como tener a Marilyn arriba, muerta de calor y deseando pasear sobre las rejillas del metro de tu mano: una pura trampa mortal. Gonzalo es Carlos y Carlos es Gonzalo. No sé cómo explicarlo, es de esos personajes y de esas creaciones que no admiten otro nombre. Esto o lo hace Gonzalo o lo hace Gonzalo. Está perfecto y planea por la comedia y por el drama con una soltura de fliparlo. Está claro que ha nacido para las tablas. No hay más palabras. Y Elisabet demuestra ser una gran actriz soportando la parte chunga de la función y no sólo estando a la altura sino brillando cuando debe hacerlo. Generosa compañera.
Gran escenografía de Eduardo Moreno, llena de esquinas y de curvas, porque todo es lo que es pero no lo que parece. Juanjo Llorens lo ilumina de maravilla, Ana López lo viste de maravilla y Arnau Vilá crea una partitura fabulosa y mágica. Todos ellos trabajando en un sólo espacio, con el inconveniente de que lo único dinámico es el paso del tiempo. Muy difícil lo que han creado.
Con todo este material, a Israel Elejalde le queda le trabajo fácil (es figura, está claro). Quiero decir, Elejalde ha conseguido lo mejor de lo mejor. Y una vez que tiene todas esas piezas sólo hay que juntarlas y hacer que la maquinaria gire. La mejor forma de hacerlo es dejando que fluya. Ritmo, pausas, sentido de la escena y mucha mano para la tensión. En "Sótano" ya demostró Elejalde que le mola estudia la crueldad humana. Aquí vuelve a esos terrenos y consigue gracias a saber medir y dosificar, crear un entramado casi perfecto.
Perfecto arranque de este nuevo proyecto. Y por si fuera poco, seguirán "La función por hacer", "Misántropo", "Juicio a una zorra", "La clausura del amor", "Hamlet", joyas como "El plan" o platos tan apetecibles como la deseada "Perra vida", del gran José Padilla, además de talleres como uno que arrancará en breve Carlota Ferrer, ahí es nada.
Uno no puede más que descubrirse ante Miguel del Arco, Aitor Tejada, Jordi Buxó e Israel Elejalde por regalarnos un proyecto como este, donde parece que la calidad y el rigor son los principales ingredientes y del que los madrileños nos vamos a beneficiar. Bravo a los cuatro y a todos los implicados. En Madrid ha nacido un gran proyecto y entre todos haremos que siga hacia arriba porque todos ganaremos con ello. El teatro es inevitable, y el Pavón Teatro Kamikaze es imprescindible.
(Las fantásticas fotos son de Vanessa Rabade y están el la web del teatro, supongo que se pueden utilizar)
Kamikaze es algo así como esa compañía de la que todos nos sentimos un poco partícipes. Son gente cercana (aunque no tengo el honor de conocer a ninguna personalmente, salvo a Aitor), gente a la que ves en los teatros, colegas, gente real y cercana. Vecinos y currantes. Y encima lo que hacen arrasa y es casi siempre bestial, ejemplar y brillantísimo. En el fondo todos sentimos un poco cada premio que reciben como un poquito nuestro, un poquito de todos. Esa sensación no creo que responda a nada en concreto, a nada tangible. Quiero decir, yo insisto en que personalmente jamás he hablado con ningún Kamikaze, sólo conozco a Aitor. Pero a pesar de no tener un vínculo personal o emocional con ellos, los siento y creo que todos los sentimos así, como unos colegas o un ejemplo de gente trabajadora, muy, muy currante, con ideas brillantes, un conocimiento de la profesión abrumador y un sentido del trabajo, de la filosofía vital escénica y del compromiso con esta profesión sin fisuras. Por eso, lo que hace Kamikaze lo sentimos nuestro y por eso toda la profesión teatral madrileña estamos emocionados con la reapertura de un teatro como el Pavón. El éxito no sólo está asegurado, sino que nos remueve a todos de tal forma que la entrada del teatro estos días es un hervidero de nervios, emoción y una ilusión como si fueras a la fiesta sorpresa que se le organiza a un amigo.
Y para arrancar, el dios de la escena Israel Elejalde se pone los zapatos de director y regala a Elisabet Gelabert y a Gonzalo de Castro el honor de inaugurar esta nueva etapa. "Idiota" de Jordi Casanovas; un pedazo de texto casi redondo, con una solidez como ya demostró en ese "Ruz/Bárcenas" que aún resuena en nuestras tripas, o esa joya que era "Un hombre con gafas de pasta" por ejemplo. Este textazo esconde una trampa tras otra. Es jodido hablar de lo que sucede sin caer en el spoiler y sin reventar la función. Sólo diré que lo que comienza como una comedia en la que simpatizas con el héroe de pronto logra que se te congele la sonrisa, empieces a removerte incómodo en la butaca y acabes sudando a chorros de los nervios. Simplemente desde el texto se consigue que vayamos de la mano del pobre protagonista, Carlos, que comencemos siendo amigos de este pobre hombre, mitad pícaro español, mitad buscavidas rozando el límite de lo moralmente admisible. Poco a poco nos distanciaremos de él, justo cuando empezamos a notar que lo que a él le cuesta tanto descubrir, para ti está tirado. En ese momento te distancias de él pero por pura supervivencia, porque distanciándote de él te salvas, salvas tu alma de ser como la suya. Pero quedan más giros, más atajos, más recovecos. Hasta el final, porque no me jodas, ese final... tiene mil caminos posibles.
Sátira casi socio-política o humano-sociológica. Cien capas y doscientas lecturas. Y como remate, charleta post-función. No se puede pedir más.
Gonzalo de Castro es talmente un personaje sacado de una peli de Billy Wilder, un ciudadano gris (con los matices de gris que tenemos todos), normal, como el Rodríguez que se quedaba un agosto en NY y se le colaba Marilyn como "vecina de arriba". Carlos es tan bueno y tan malo como todos, es apto y no lo es para el trabajo. Simplemente es un ser más o menos superviviente que se ve envuelto en una red que le sobrepasa. Porque la que se le viene encima es casi como tener a Marilyn arriba, muerta de calor y deseando pasear sobre las rejillas del metro de tu mano: una pura trampa mortal. Gonzalo es Carlos y Carlos es Gonzalo. No sé cómo explicarlo, es de esos personajes y de esas creaciones que no admiten otro nombre. Esto o lo hace Gonzalo o lo hace Gonzalo. Está perfecto y planea por la comedia y por el drama con una soltura de fliparlo. Está claro que ha nacido para las tablas. No hay más palabras. Y Elisabet demuestra ser una gran actriz soportando la parte chunga de la función y no sólo estando a la altura sino brillando cuando debe hacerlo. Generosa compañera.
Gran escenografía de Eduardo Moreno, llena de esquinas y de curvas, porque todo es lo que es pero no lo que parece. Juanjo Llorens lo ilumina de maravilla, Ana López lo viste de maravilla y Arnau Vilá crea una partitura fabulosa y mágica. Todos ellos trabajando en un sólo espacio, con el inconveniente de que lo único dinámico es el paso del tiempo. Muy difícil lo que han creado.
Con todo este material, a Israel Elejalde le queda le trabajo fácil (es figura, está claro). Quiero decir, Elejalde ha conseguido lo mejor de lo mejor. Y una vez que tiene todas esas piezas sólo hay que juntarlas y hacer que la maquinaria gire. La mejor forma de hacerlo es dejando que fluya. Ritmo, pausas, sentido de la escena y mucha mano para la tensión. En "Sótano" ya demostró Elejalde que le mola estudia la crueldad humana. Aquí vuelve a esos terrenos y consigue gracias a saber medir y dosificar, crear un entramado casi perfecto.
Perfecto arranque de este nuevo proyecto. Y por si fuera poco, seguirán "La función por hacer", "Misántropo", "Juicio a una zorra", "La clausura del amor", "Hamlet", joyas como "El plan" o platos tan apetecibles como la deseada "Perra vida", del gran José Padilla, además de talleres como uno que arrancará en breve Carlota Ferrer, ahí es nada.
Uno no puede más que descubrirse ante Miguel del Arco, Aitor Tejada, Jordi Buxó e Israel Elejalde por regalarnos un proyecto como este, donde parece que la calidad y el rigor son los principales ingredientes y del que los madrileños nos vamos a beneficiar. Bravo a los cuatro y a todos los implicados. En Madrid ha nacido un gran proyecto y entre todos haremos que siga hacia arriba porque todos ganaremos con ello. El teatro es inevitable, y el Pavón Teatro Kamikaze es imprescindible.
(Las fantásticas fotos son de Vanessa Rabade y están el la web del teatro, supongo que se pueden utilizar)
domingo, 12 de abril de 2015
Enrique VIII y la cisma de Inglaterra. Teatro Pavón.
Que este sea un texto de juventud de Calderón es evidente. Vamos, que yo que soy muy de derribar mitos que lo son porque sí me permito decir que este texto es flojo. Por muy de Calderón que sea. "El bárbaro y la geisha" era una peli de John Huston pero mala paburrir. Y bueno... ya me jugué le cielo cuando dije que "El largo viaje del día hacia la noche" es una plasta aburrida y anticuada, así que... por decir ahora que este "Enrique VIII" de Calderón es flojuno tampoco pasa nada.
Porque lo es. Y mira que la obra de Shakespeare tampoco es de tirar cohetes, pero... tiene desde luego un desarrollo mucho más completo y complejo. En este texto de Calderón se pasa por encima de las escenas y de los conflictos y se centra más en intentar ilustrar los conflictos internos a base de monólogos no todos acertados. Las escenas funcionan regu y los monólogos no tienen todos la misma fuerza. Hablo del texto sólo, no de la puesta en escena. Así el monólogo que le toca en suerte a Sergio Otegui se convierte en una losa que aplasta a este buen actor.
Escenografía, luces, música... todo correcto. Ninguno de los elementos me enloquece pero tampoco se le puede poner tacha a ninguno de ellos.
La dirección escénica de Ignacio García es correcta también. Discreta, sin un atisbo de autoría, sencillamente dejando que el texto hable por sí solo y que los actores lo pongan el pie. y claro, si el texto es lo que falla... como que es difícil que el espectáculo remonte más allá de la corrección.
Como casi siempre Joaquín Notario está sublime. Tengo una debilidad especial por este monstruo escénico, que de haber nacido en Reino Unido, por ejemplo sería un héroe nacional. Uno si no el actor más dotado de su generación. Un maestro y un ejemplo. Pepa Pedroche tiene tablas paburrir y muchísimo arte. Saca adelante a su reina Catalina con la dignidad y el orgullo y honor necesarios. Maravillosa y como siempre, un valor seguro.
Del resto sintiéndolo mucho sólo puedo destacar a Natalia Huarte, que compone una infanta María con poderío, solvencia y mucho empaque. Otro valor que nunca falla. Sergio Peris-Mencheta está bien pero sin estridencias. Creo personalmente que derrocha demasiada energía. Y pasarse es tan contraproducente como no llegar. Hay que encontrar el punto justo a las cosas. Me recuerda a un joven Javier Bardem , que siempre parecía estar por encima de sus personajes, haciendo más que ellos y con más energía de la necesaria. Pero Peris-Mencheta funciona bien. Quiero decir que puede de sobra con el personaje, lo saca adelante muy bien y con mucho poderío. La pena es que tanto trabajo sea para darle peso a una texto que flaquea por todas partes. El resto del reparto se debate entre el "pasaba por aquí", el "este papel no te va para nada" y el "no das pa más".
En definitiva, un espectáculo a medio gas. Muy a medio gas, de los que no van a pasar a la historia de nada. Eso sí, Notario y Pepa Pedroche tan bien como suelen.
sábado, 14 de febrero de 2015
Don Juan. Teatro Pavón.
Yo, como todo hijo de vecino, tenía unas ganas locas de ver este Don Juan dirigido por esa genia que es Blanca Portillo, una de las mejores actrices de este país, no ahora, sino desde hace más de veinte años (recuerdo unas Troyanas hace mil años y aquella "Oleanna" inolvidable) y encima protagonizada por esa bestia parda que es José Luis García Pérez. por el que cualquier que me lea sabrá que tengo debilidad. Así que el goce estaba servido.
Iré por partes. La escenografía está bien, con esos elementos polivalentes muy ocurrentes y bien utilizados. Una buena ocurrencia que salva muchas situaciones. Aunque algunas entradas y salidas resulten un poco flojas. El tener que salir y entrar por entre esas cortinas quita un poco de carga dramática al conjunto. Las luces estuvieron muy bien, aunque quizá el juego de colores de esa luna tan poco lorquiana fuera un poco evidente. No entendí las canciones que defendió muy bien Eva Martín. Vamos, que eso es problema mío, pero no entendí parte de la letra, ni qué significaban, ni si los textos son de la obra (creo que no, al menos no me sonaban de nada).
Es inevitable que haya mucha expectación en la dirección de Blanca Portillo. Y ahí radica gran parte del gas y del desinfle de esta función. La adaptación de Mayorga no tiene tacha. Quizá el momento final, pero... ya llegaré a eso. Blanca Portillo deja claro que don Juan le cae fatal. Normal. Y mola ver que un director tiene punto de vista. Yo siempre espero que me cuenten la historia desde algún sitio concreto, sea el que sea, esté o no de acuerdo o me parezca el más apropiado o no. Eso da igual. El director elige y Blanca ha elegido ese sitio. Perfecto. Encima es que lo comparto, o sea, que... Pero para mi gusto, lo que yo advertí fue otra cosa. Él es un cabrón, Brígida tiene una dimensión concreta cojonuda, siendo casi tan perraca y tan mala y maquinadora como el prota. Fantástica elección para la Brígida. Entre ambos tejen la tela de araña en la que acabarán cayendo todos. Pero lo de presentar a Ana de Pantoja en lencería roja, como esperando sexo... o el que doña Inés parezca a ratos una cría caprichosa resta valor a las figuras femeninas. Sé que esa no era la intención, pero eso es lo que yo percibí. En el intento de dejar mal a don Juan, acaban quedan mal también las mujeres. SPOILER. Y el detalle final de bajar a don Juan al patio para intentar dejar claro que "esto es una función, es teatro, ninguno de nosotros estamos de acuerdo con lo que pasa ahí arriba, pero es que lo pone en el texto" me sonó más a intento de distanciarse del texto, a distanciarse de la filosofía del personaje que a figura teatral. No sé si me explico. Ah, y las imágenes de los fantasmas merodeando por ahí me pareció ciertamente..anticuada y muy vista.
En cuanto a dirección escénica pura y dura, la primera escena me pareció caótica y sucia. Mal de ritmo, avanzaba como a trompicones y curiosamente, según avanzaba la función, la cosa iba ganado en densidad, calidad, calidez, brío y tino. Hasta el verso fluía mejor, más suelto, más divertido y más sólido. El espectáculo va de menos a más de forma salvaje. Empieza errante y algo sucio y va poco a poco subiendo de tono, de textura y de densidad.
Los actores están soberbios todos ellos. Quizá la Inés de Ariana Martínez sea un poco infantiloide. Opino que el poder de seducción o de engaño hacia ella no debe ser directamente proporcional a la inocencia de Inés, sino a las paradojas de la mente. Pero bueno, es es mi visión.
Miguel Hermoso y Beatriz Argüello están como siempre, impecables, solventes y sólidos. Son dos monstruos y vuelven a demostrarlo. El resto están todos bien empastados, crean un conjunto bien formado, creíble y compacto. Muy bien.
Y José Luis García Pérez es una cosa... que yo no sé cómo definir. Está en un punto creativo descomunal. Tiene un nivel de comprensión de lo que quiere hacer que a la hora de poner eso en pie le lleva directo al puto cielo. Transmite, convence, contagia y agarra tu atención y tu corazón, lo lleva del puño por la sala parrriba y pabajo y cuando decide, te suelta y te deja solito con tu alma tocada. Tiene un carisma y un poder de comunicación único y gigantesco y podría hacer mañana mismo de Escarlata O'Hara y sería creíble y fabuloso.
En definitiva, un montaje que va de menos a más, con unos actores grandiosos y con una dirección que no vaga un poco y a la que quizá atrapa el propio punto de vista.
Iré por partes. La escenografía está bien, con esos elementos polivalentes muy ocurrentes y bien utilizados. Una buena ocurrencia que salva muchas situaciones. Aunque algunas entradas y salidas resulten un poco flojas. El tener que salir y entrar por entre esas cortinas quita un poco de carga dramática al conjunto. Las luces estuvieron muy bien, aunque quizá el juego de colores de esa luna tan poco lorquiana fuera un poco evidente. No entendí las canciones que defendió muy bien Eva Martín. Vamos, que eso es problema mío, pero no entendí parte de la letra, ni qué significaban, ni si los textos son de la obra (creo que no, al menos no me sonaban de nada).
Es inevitable que haya mucha expectación en la dirección de Blanca Portillo. Y ahí radica gran parte del gas y del desinfle de esta función. La adaptación de Mayorga no tiene tacha. Quizá el momento final, pero... ya llegaré a eso. Blanca Portillo deja claro que don Juan le cae fatal. Normal. Y mola ver que un director tiene punto de vista. Yo siempre espero que me cuenten la historia desde algún sitio concreto, sea el que sea, esté o no de acuerdo o me parezca el más apropiado o no. Eso da igual. El director elige y Blanca ha elegido ese sitio. Perfecto. Encima es que lo comparto, o sea, que... Pero para mi gusto, lo que yo advertí fue otra cosa. Él es un cabrón, Brígida tiene una dimensión concreta cojonuda, siendo casi tan perraca y tan mala y maquinadora como el prota. Fantástica elección para la Brígida. Entre ambos tejen la tela de araña en la que acabarán cayendo todos. Pero lo de presentar a Ana de Pantoja en lencería roja, como esperando sexo... o el que doña Inés parezca a ratos una cría caprichosa resta valor a las figuras femeninas. Sé que esa no era la intención, pero eso es lo que yo percibí. En el intento de dejar mal a don Juan, acaban quedan mal también las mujeres. SPOILER. Y el detalle final de bajar a don Juan al patio para intentar dejar claro que "esto es una función, es teatro, ninguno de nosotros estamos de acuerdo con lo que pasa ahí arriba, pero es que lo pone en el texto" me sonó más a intento de distanciarse del texto, a distanciarse de la filosofía del personaje que a figura teatral. No sé si me explico. Ah, y las imágenes de los fantasmas merodeando por ahí me pareció ciertamente..anticuada y muy vista.
En cuanto a dirección escénica pura y dura, la primera escena me pareció caótica y sucia. Mal de ritmo, avanzaba como a trompicones y curiosamente, según avanzaba la función, la cosa iba ganado en densidad, calidad, calidez, brío y tino. Hasta el verso fluía mejor, más suelto, más divertido y más sólido. El espectáculo va de menos a más de forma salvaje. Empieza errante y algo sucio y va poco a poco subiendo de tono, de textura y de densidad.
Los actores están soberbios todos ellos. Quizá la Inés de Ariana Martínez sea un poco infantiloide. Opino que el poder de seducción o de engaño hacia ella no debe ser directamente proporcional a la inocencia de Inés, sino a las paradojas de la mente. Pero bueno, es es mi visión.
Miguel Hermoso y Beatriz Argüello están como siempre, impecables, solventes y sólidos. Son dos monstruos y vuelven a demostrarlo. El resto están todos bien empastados, crean un conjunto bien formado, creíble y compacto. Muy bien.
Y José Luis García Pérez es una cosa... que yo no sé cómo definir. Está en un punto creativo descomunal. Tiene un nivel de comprensión de lo que quiere hacer que a la hora de poner eso en pie le lleva directo al puto cielo. Transmite, convence, contagia y agarra tu atención y tu corazón, lo lleva del puño por la sala parrriba y pabajo y cuando decide, te suelta y te deja solito con tu alma tocada. Tiene un carisma y un poder de comunicación único y gigantesco y podría hacer mañana mismo de Escarlata O'Hara y sería creíble y fabuloso.
En definitiva, un montaje que va de menos a más, con unos actores grandiosos y con una dirección que no vaga un poco y a la que quizá atrapa el propio punto de vista.
domingo, 9 de febrero de 2014
El caballero de Olmedo de Lluís Pasqual. Pavón.
Supongo que a estas alturas de la película, sabréis todos que mi director de cabecera, el creador que más admiro por encima de todos mis iconos, es el señor Lluís Pasqual. Sinceramente creo que el hecho de que se ponga al mando de un nuevo espectáculo es un honor que se debería celebrar llenando la sala todos los días. No sé si todos los días pero casi todos tienen ya colgado el cartel. No es para menos. Independientemente de resultados, no cabe discusión o al menos yo no la admito sobre el nivel sobrehumano tanto de cultura como de inteligencia teatral del genio Pasqual. Mi enhorabuena a Helena Pimenta por "prestarle" a Pasqual el honor de llevarse los laureles de este montaje. Eso demuestra su inteligencia y su generosidad.
Según las propias palabras de Lluís Pasqual, esta aventura de unir el Teatro Lliure con la Compañía Nacional de Teatro Clásico ha sido dura a nivel personal pero tremendamente gratificante. Resaltaba la dificultad de hacer un espectáculo "cercano e intimo" pero en verso. Un verso respetado al máximo, puesto que ahí radica lo complejo y lo divino del verso. Es una cuestión casi numérica, los acentos, las sílabas... toda la musicalidad está encerrada en eso tan antinatural como es el verso. El propio silabeo del verso marca el ritmo de la función, como si se tratara de una sonata (palabras suyas, claro, algo tan acertado tiene que ser suyo). En este caso dirigiendo la orquesta, (o según su propia metáfora, cocinando las patatas con chorizo) ha estado un ser con una capacidad creadora y de comprensión, admiración y respeto por el texto que hace que la nota de partida sea ya alta de cojones.
Tenemos un escenario sobrio. Unas sillas dispuestas aparentemente de forma aleatoria. Una barandilla para apoyar los elementos y los actores. Dos músicos acompañan. Cámara oscura que acogerá yo no diría fondos sino estados de ánimo, iconos trágicos y el alma del drama. Mejor dicho, de la tragicomedia, que es como realmente la tituló Lope de Vega. Y los actores. Como un grupo de comediantes; que es lo que son.
Comienza el recital con una coña muy bien traída para que la gente apague los putos móviles. Brillante. Y literalmente coloca al espectador como un "colega". La cercanía que la Machi acaba de generar inundará el espectáculo y le dará ese toque especial que tiene toda la función.
Es emocionante ver y oír cómo esta generación de actores dicen el verso. Es un gustazo casi "no darte cuenta" de que están hablando en verso. Alcanzar la naturalidad con algo tan "antinatural" es prodigioso.
El espectáculo muestra una España plural, donde se mezclan acentos y orígenes muy a pesar de propio Rey. Un país tiránico donde si el propio dirigente es un intolerante, ¿cómo no va a matar la gente alegremente?
Distintos acentos, distintas músicas, flamenco y ¡¡¡hasta un tango!!! ¡¡¡Con dos cojones!!! Atrevimiento, riesgo, coherencia, precisión y toneladas de emoción. El espectáculo fluye con un ritmo fantástico, con escenas de acción fantásticamente montadas, alternando momentos jocosos con otros íntimos y dramáticos con una suavidad natural como la música de Wagner en donde una nota te lleva a la siguiente como si fuera lo más natural. La sinfonía está servida. Unas luces preciosas, que marcan el tono de cada momento sin exagerarlo, simplemente acompañándolo. Y ese momento surrealista que es la escena del profesor de latín... momento que no sabes a qué viene está resuelto con una maestría de visionario. Pura farsa, puro circo. Sólo un genio y un sabio puede alternar el dramón del amor interrumpido por la puta muerte injusta y a destiempo con la algarabía de un pueblo. Hay un dominio tan gigantesco de los tiempos, de los ambientes, del clima, del ritmo, de la cualidad y de la esencia de cada palabra que uno no puede por menos que quitarse el sombrero ante tal despliegue de inteligencia y de sensibilidad.
El reparto es cosa aparte. Pol López nos da un auténtico recital. Ese acento tan bien llevado, el obispo gallego, la naturalidad con la que te agarra el corazón y te lo estruja en ese monólogo final... prodigioso. Mima Riera está adorable, elegante, dolorosa, y te desgarra el toque fatalista que hay en su voz y en sus gestos. Divina. Francisco Ortiz es prodigioso. Tiene una voz preciosa y prodigiosa, es guapo que te mueres y un pedazo de actor que transmite verdad en cada palabra que dice. Machis aparte, junto con Pol, el mejor actor sobre el escenario. Pepe Motos y Antonio Sánchez adornan con su música y su cante el drama como dos maestros. El resto del reparto muy bien, salvo quizá Javier Beltrán, al que vi algo agarrotado y ligeramente falto de fuerza para un personaje tan gordo. A ver, yo lo que veo, principalmente es aparte de la historia de venganzas y de odios, es una historia de amor celestial truncada antes de tiempo, de forma injusta, cuando no corresponde, y ese fatalismo cósmico inexplicable es lo que no termino de ver en Javier Beltrán. Quizá esté demasiado "natural". Yo habría explotado algo más el lirismo de su personaje. Pero claro, yo, así que no cuenta. Pero vamos, esto por sacar alguna pega.
Bueno, es sabido que el personaje de Fabia lo empezó a ensayar Rosa María Sardá y que un imprevisto la alejó del estreno, aunque se unirá de nuevo al proyecto pronto. Tuvieron que llamar con urgencia a Carmen Machi. Lluís Pasqual la describió el otro día como "Santa María de la generosidad". Si le dices a alguien que se ha preparado el papel en 19 días, no se lo cree. Es como si hubiera nacido siendo Fabia. Dice absolutamente cada palabra cargada de sentido y acompañando todo con el gesto justo. Te juro que pocos seres hay con tantísima inteligencia y fuerza como para hacer lo que ella hace. Una bestia parda que sobresale por encima de todos. No porque se los coma, porque es totalmente respetuosa con sus compis y con el trabajo general, sino por una sabiduría en el escenario que solo tienen los elegidos.
De Madrid irán a Barcelona y luego a Bogotá. No creo que pueda ir a Barcelona, pero como sí voy a ir a Bogotá al festival iberoamericano de teatro, te digo yo que me lo veré otra vez. Tal gozada de espectáculo se merece dos, tres, cuatro o cinco visiones.
Admirado e idolatrado señor Pasqual. Sabe que le admiro a unos niveles cósmicos, pero de verdad le digo que las patatas con chorizo le han quedado de fábula. Que las meigas buenas le acompañen muchos años.
Según las propias palabras de Lluís Pasqual, esta aventura de unir el Teatro Lliure con la Compañía Nacional de Teatro Clásico ha sido dura a nivel personal pero tremendamente gratificante. Resaltaba la dificultad de hacer un espectáculo "cercano e intimo" pero en verso. Un verso respetado al máximo, puesto que ahí radica lo complejo y lo divino del verso. Es una cuestión casi numérica, los acentos, las sílabas... toda la musicalidad está encerrada en eso tan antinatural como es el verso. El propio silabeo del verso marca el ritmo de la función, como si se tratara de una sonata (palabras suyas, claro, algo tan acertado tiene que ser suyo). En este caso dirigiendo la orquesta, (o según su propia metáfora, cocinando las patatas con chorizo) ha estado un ser con una capacidad creadora y de comprensión, admiración y respeto por el texto que hace que la nota de partida sea ya alta de cojones.
Tenemos un escenario sobrio. Unas sillas dispuestas aparentemente de forma aleatoria. Una barandilla para apoyar los elementos y los actores. Dos músicos acompañan. Cámara oscura que acogerá yo no diría fondos sino estados de ánimo, iconos trágicos y el alma del drama. Mejor dicho, de la tragicomedia, que es como realmente la tituló Lope de Vega. Y los actores. Como un grupo de comediantes; que es lo que son.
Comienza el recital con una coña muy bien traída para que la gente apague los putos móviles. Brillante. Y literalmente coloca al espectador como un "colega". La cercanía que la Machi acaba de generar inundará el espectáculo y le dará ese toque especial que tiene toda la función.
Es emocionante ver y oír cómo esta generación de actores dicen el verso. Es un gustazo casi "no darte cuenta" de que están hablando en verso. Alcanzar la naturalidad con algo tan "antinatural" es prodigioso.
El espectáculo muestra una España plural, donde se mezclan acentos y orígenes muy a pesar de propio Rey. Un país tiránico donde si el propio dirigente es un intolerante, ¿cómo no va a matar la gente alegremente?
Distintos acentos, distintas músicas, flamenco y ¡¡¡hasta un tango!!! ¡¡¡Con dos cojones!!! Atrevimiento, riesgo, coherencia, precisión y toneladas de emoción. El espectáculo fluye con un ritmo fantástico, con escenas de acción fantásticamente montadas, alternando momentos jocosos con otros íntimos y dramáticos con una suavidad natural como la música de Wagner en donde una nota te lleva a la siguiente como si fuera lo más natural. La sinfonía está servida. Unas luces preciosas, que marcan el tono de cada momento sin exagerarlo, simplemente acompañándolo. Y ese momento surrealista que es la escena del profesor de latín... momento que no sabes a qué viene está resuelto con una maestría de visionario. Pura farsa, puro circo. Sólo un genio y un sabio puede alternar el dramón del amor interrumpido por la puta muerte injusta y a destiempo con la algarabía de un pueblo. Hay un dominio tan gigantesco de los tiempos, de los ambientes, del clima, del ritmo, de la cualidad y de la esencia de cada palabra que uno no puede por menos que quitarse el sombrero ante tal despliegue de inteligencia y de sensibilidad.
El reparto es cosa aparte. Pol López nos da un auténtico recital. Ese acento tan bien llevado, el obispo gallego, la naturalidad con la que te agarra el corazón y te lo estruja en ese monólogo final... prodigioso. Mima Riera está adorable, elegante, dolorosa, y te desgarra el toque fatalista que hay en su voz y en sus gestos. Divina. Francisco Ortiz es prodigioso. Tiene una voz preciosa y prodigiosa, es guapo que te mueres y un pedazo de actor que transmite verdad en cada palabra que dice. Machis aparte, junto con Pol, el mejor actor sobre el escenario. Pepe Motos y Antonio Sánchez adornan con su música y su cante el drama como dos maestros. El resto del reparto muy bien, salvo quizá Javier Beltrán, al que vi algo agarrotado y ligeramente falto de fuerza para un personaje tan gordo. A ver, yo lo que veo, principalmente es aparte de la historia de venganzas y de odios, es una historia de amor celestial truncada antes de tiempo, de forma injusta, cuando no corresponde, y ese fatalismo cósmico inexplicable es lo que no termino de ver en Javier Beltrán. Quizá esté demasiado "natural". Yo habría explotado algo más el lirismo de su personaje. Pero claro, yo, así que no cuenta. Pero vamos, esto por sacar alguna pega.
Bueno, es sabido que el personaje de Fabia lo empezó a ensayar Rosa María Sardá y que un imprevisto la alejó del estreno, aunque se unirá de nuevo al proyecto pronto. Tuvieron que llamar con urgencia a Carmen Machi. Lluís Pasqual la describió el otro día como "Santa María de la generosidad". Si le dices a alguien que se ha preparado el papel en 19 días, no se lo cree. Es como si hubiera nacido siendo Fabia. Dice absolutamente cada palabra cargada de sentido y acompañando todo con el gesto justo. Te juro que pocos seres hay con tantísima inteligencia y fuerza como para hacer lo que ella hace. Una bestia parda que sobresale por encima de todos. No porque se los coma, porque es totalmente respetuosa con sus compis y con el trabajo general, sino por una sabiduría en el escenario que solo tienen los elegidos.
De Madrid irán a Barcelona y luego a Bogotá. No creo que pueda ir a Barcelona, pero como sí voy a ir a Bogotá al festival iberoamericano de teatro, te digo yo que me lo veré otra vez. Tal gozada de espectáculo se merece dos, tres, cuatro o cinco visiones.
Admirado e idolatrado señor Pasqual. Sabe que le admiro a unos niveles cósmicos, pero de verdad le digo que las patatas con chorizo le han quedado de fábula. Que las meigas buenas le acompañen muchos años.
sábado, 18 de enero de 2014
Los áspides de Cleopatra. Teatro Pavón.
La verdad es que llegué cansadísimo y puede que no fuera el mejor día para ver esta función. Y que yo sepa, este texto no es de las obras más famosísimas de Francisco de Rojas Zorrilla. Por algo será. A mi particularmente me parece un texto soso y aburrido hasta decir "basta". Monologazos eternos que no aportan nada. Tampoco le veo ni una riqueza lingüística semejante a la de otros textos que sí se han convertido en obras maestras o al menos, en clásicos. Así que, texto simple y no muy atractivo y una historia que se puede reducir a veinte minutitos de función.
El proyecto de colaboración entre la CNTC con el Complejo teatral de Buenos Aires está bien y por supuesto es de aplaudir, pero el resultado para mi gusto, se queda en "normalito". La dirección me parece sosa. Es una simple sucesión de escenas. Escena uno, salen los actores, se ponen de frente al público para que se les oiga bien en esa sala tan acústicamente mala como es el Pavón, sueltan sus textos y se van. Escena dos, lo mismo, escena tres, igual. Hay incluso dos actores "acróbatas" que salen al principio y hacen los cambios arropados por una cibermúsica que no pega mucho pero que de repente dejan de salir, ya no salen más, con lo cual no sabes muy bien qué pintaban antes.
Eso sí, como casi siempre, los actores maravillosos. Iride Mockert y Gustavo Pardi están que se salen como la pareja protagonista, aunque tengan cierta tendencia a decir todo con el mismo toniqute, acentuando las mismas sílabas en todos los versos. Se hacen un poco monótonos, pero con todo y con eso, están fabulosos. El resto del reparto también. Están todos muy bien, muy entregados y muy voluntariosos.
Pero en definitiva... ya veremos si cuando acabe la temporada alguien se acuerda de estos "áspides".
El proyecto de colaboración entre la CNTC con el Complejo teatral de Buenos Aires está bien y por supuesto es de aplaudir, pero el resultado para mi gusto, se queda en "normalito". La dirección me parece sosa. Es una simple sucesión de escenas. Escena uno, salen los actores, se ponen de frente al público para que se les oiga bien en esa sala tan acústicamente mala como es el Pavón, sueltan sus textos y se van. Escena dos, lo mismo, escena tres, igual. Hay incluso dos actores "acróbatas" que salen al principio y hacen los cambios arropados por una cibermúsica que no pega mucho pero que de repente dejan de salir, ya no salen más, con lo cual no sabes muy bien qué pintaban antes.
Eso sí, como casi siempre, los actores maravillosos. Iride Mockert y Gustavo Pardi están que se salen como la pareja protagonista, aunque tengan cierta tendencia a decir todo con el mismo toniqute, acentuando las mismas sílabas en todos los versos. Se hacen un poco monótonos, pero con todo y con eso, están fabulosos. El resto del reparto también. Están todos muy bien, muy entregados y muy voluntariosos.
Pero en definitiva... ya veremos si cuando acabe la temporada alguien se acuerda de estos "áspides".
viernes, 7 de junio de 2013
La noche toledana. Pavón.
El teatro Pavón tiene un problema. Algo pasa con su acústica y las voces graves se quedan encajonadas y no salen proyectadas. Me imagino que en las últimas filas tendrán problemas para oír en condiciones. Incluso le pasaba a Blanca Portillo en "La vida es sueño". Evidentemente no tiene ningún problema con su voz ni con su técnica. Pero por algo, se quedaba encajonada. Y el otro día volví a notarlo. Ninguno de los componentes de la Joven Compañía Nacional de Teatro Clásico tiene problemas de proyección, pero el sonido se quedaba ahí metido, sobre todo el pobre Francisco Ortiz, que lo hace de maravilla, es guapo pa rabiar, buenísimo actor con mil recursos, pero que se le quedaba el vozarrón ahí metido. Eso por sacarle una falta a la sala, no al actor.
Texto brillante, divertido, con sus enredos pícaros, sus líos de faldas y demás. Muy apropiado para esta compañía. Dirección alegre, con brío. Quizá pecando un poco de querer hacer un montaje no muy largo y metiendo demasiado ritmo a toda la obra, cuando incluso los bodeviles necesitan medir cada escena. Todo pasaba demasiado deprisa. Escenografía no muy atractiva según empieza, pero enseguida ves que es efectiva, útil y muy muy bien utilizada. Los toques de modernización cuelan y están bien. Los billetes de euro, el vestuario indefinido, el ascensor ese tan ingenioso que encima permite que al otro lado hagan un cambio de escenario sin que se note. Muy bien, todo correcto y efectivo.
Y lo que sí hay que remarcar es la grandísima calidad de los actores. Yo que soy un obseso de la palabra y de la voz, me quito el sombrero antes estos chicos que TODOS dicen el verso de maravilla, con una naturalidad brillante y sin ningún artificio. Y se les oye a todos muy bien. Gran trabajo de voz y de dicción. La calidad de ellos no es homogénea, hay alguno un poco malucho, y algún otro que tiene que lidiar con un personaje que le va por el forro, pero en general demuestran profesionalidad y una calidad aplastante e incontestable. Natalia Huarte es un diamante, Francisco Ortiz lo tiene todo, Julia Barceló es como una Joan Cusack con la gracia en el cuerpo. Con un papel menor, también sobresale Álvaro de Juan.
Correctísima versión con una puesta en escena tan acertada como sencilla y unos actores que brillan por encima de todo.
Texto brillante, divertido, con sus enredos pícaros, sus líos de faldas y demás. Muy apropiado para esta compañía. Dirección alegre, con brío. Quizá pecando un poco de querer hacer un montaje no muy largo y metiendo demasiado ritmo a toda la obra, cuando incluso los bodeviles necesitan medir cada escena. Todo pasaba demasiado deprisa. Escenografía no muy atractiva según empieza, pero enseguida ves que es efectiva, útil y muy muy bien utilizada. Los toques de modernización cuelan y están bien. Los billetes de euro, el vestuario indefinido, el ascensor ese tan ingenioso que encima permite que al otro lado hagan un cambio de escenario sin que se note. Muy bien, todo correcto y efectivo.
Y lo que sí hay que remarcar es la grandísima calidad de los actores. Yo que soy un obseso de la palabra y de la voz, me quito el sombrero antes estos chicos que TODOS dicen el verso de maravilla, con una naturalidad brillante y sin ningún artificio. Y se les oye a todos muy bien. Gran trabajo de voz y de dicción. La calidad de ellos no es homogénea, hay alguno un poco malucho, y algún otro que tiene que lidiar con un personaje que le va por el forro, pero en general demuestran profesionalidad y una calidad aplastante e incontestable. Natalia Huarte es un diamante, Francisco Ortiz lo tiene todo, Julia Barceló es como una Joan Cusack con la gracia en el cuerpo. Con un papel menor, también sobresale Álvaro de Juan.
Correctísima versión con una puesta en escena tan acertada como sencilla y unos actores que brillan por encima de todo.
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