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jueves, 8 de septiembre de 2016

El pequeño poni. Teatro Bellas Artes.

No me gusta el término "diferente". En el fondo supone aceptar que hay una norma o un uso habitual del que alguien o algo se sale. Y yo creo que no existe la normalidad, ni la regla. Creo profundamente que todos somos distintos, afortunadamente distintos y únicos. Todos uno y exclusivo. Por eso no hay nadie "diferente". Por eso cuando leo comentarios sobre "la defensa del diferente" me quedo un poco al margen. 




"El pequeño poni" está dedicada a Grayson y a Michael, niños que fueron arrastrados al suicidio por llevar a su cole una mochila de la serie de dibujitos infantiles e inocentes "My little pony". Los coles del mundo han estado y están repletos de crueldad. Los niños imagino que en su afán de autoafirmación dentro del grupo tiende a buscar el resquicio desde el que fortalecerse agrediendo al raro, al distinto, al que tiene algo que no es como la mayoría. Hay quien lo llamaría "personalidad" o simplemente una falta de sociabilidad tan fresca y natural como cualquier característica humana. El gordo, el feo, el gafotas, el que no juega al fútbol, el que no pega, el que tiene pluma, la que tiene pluma, a la que le gusta el fútbol, la que pega... Cualquier excusa es buen para marcar al otro y distanciarlo de ti y de tu pequeño mundo recién creado. Incluso ahora que los niños van al cole con gente de todos los colores y para ellos la mezcla es natural.




Hace tiempo que pienso que Paco Bezerra es un ser con un microscopio en los ojos. Donde los demás vemos un parque con críos jugando y familias sonrientes, él es capaz de distinguir dieciséis capas de podredumbre, de conflictos, de miserias humanas, de crueldades y de chunguerío. Aquí Bezerra nos presenta a una pareja, Jaime e Irene y a su hijo ausente, Luismi. Ellos, pareja aparentemente feliz, sonríen, juegan, vacilan, viven relajados. Hasta que comienza el drama. Pasito a pasito Paco va destapando capas de suciedad y de intereses ocultos. El viaje de los personajes no es tanto en lo que les ocurre, que también, sino en cómo se enfrentan a lo que les ocurre y que aflora de ellos mismos. Es un auténtico ejemplo de dramaturgia. Podemos ver poco a poco cómo Irene descubre sus razones y cómo Jaime nos acaba enseñando sus por qués. Su trayecto como personajes va de la sonrisa al desmoronamiento más absoluto. Ejemplar y perfecto el trabajo de Paco Bezerra, sin duda, un autor con una capacidad infinita para traspasar la realidad.




Luis Luque es un maestro, eso es algo sabido y comprobado. En este caso se sitúa en el lugar casi de un entomólogo. Observa el embolao desde fuera, coloca a los personajes (Luismi incluído) en la placa de Petri del escenario y comienza a diseccionar fríamente a esos dos especímenes bajo la mirada mutante de la criatura. Consigue además una cosa que sucede pocas veces en un escenario. Y es que el aire pese. El ambiente relajado del principio va ganando densidad según pasan los minutos y los marrones y poco a poco se va volviendo irrespirable, asfixiante, casi sólido. Y no es una figura, yo lo viví como algo casi físico. Mueve y deja quietos a los actores para conseguir en cada momento la reacción exacta en el público y ha colocado el listón emocional tanto de María como de Roberto en el punto exacto para componer de forma detallista cada momento. Incluso los cambios, que quizá sean formalmente lo que más descoloca, sirven para respirar y tomar un poco de oxígeno para ser capaz de seguir. Luis logra una vez más destrozarnos el corazón colocándose en el sitio preciso, justo donde él es capaz de controlar la situación y rompernos a nosotros el corazón y los esquemas.

Decir Luismi Cobo es decir genialidad. La música que ha compuesto en esta ocasión le ha salido desde el centro mismo del universo. Nace del dolor y de la infancia y recorre tus recuerdos hasta llegar a ti, ser adulto. Eso es algo que sólo consigue la música y Luismi es el mago de las emociones y de la música. Cada nota es un dardo y cada momento, una cicatriz.
Almudena Rodríguez viste y Juan Gómez-Cornejo ilumina y ensombrece la escena. Luz, sombra, ropas, mugre, pliegues y materiales parecen vivos. 
Monica Boromello es una poetisa de la escena, lo ha demostrado mil veces. Esa luna... ese universo... Aquí crea otro elemento vital para comprender este mogollón. Un espacio único, una mesa, tres sillas y una butaca. Poco más. Dos puertas, o dos trampas, o dos madrigueras. Un salón de una frialdad sospechosa. Hasta que descubres la personalidad de esa escenografía. El salón es un bunker, con esas paredes de hormigón donde viven felices tres seres aparentemente cálidos pero agazapados en su cobijo emocional. Cada uno y los tres viven en un bunker inaccesible. Sin habitaciones, no hay, no se ven, solo se medio intuyen pero por lógica. Sin puertas, sin entrada ni salida, ni escapatoria. Un puto bunker. O un mausoleo. Aunque, gracias la giro maestro final de Bezerra, el bunker se convierte milagrosamente en un castillo donde viven los reyes que guardan las piedras de la armonía (de la armonía, tócate los cojones) y el hormigón se vuelve piedra y el bunker se vuelve castillo. 




María Adanez sigue disfrutando de un momento dulce. En esta función seca, dura y "cotidiana" cualquier milímetro de más canta mogollón. Ella consigue estar sobria, amargada, doliente, preocupada, culpable, dictatorial, maternal, cruel, fría, desnuda y vacía sin hacer gran cosa, sólo manejando la verdad, la mesura y el trabajo con su compañero. Claro que su compañero es Roberto Enríquez, con eso está todo dicho.




Con Roberto me pasó una cosa curiosa. Es conocida mi devoción por su trabajo y su forma de trabajar. Pero le otro día, en un momento dado me di cuenta de que Roberto tiene un don especial. Roberto no sólo es de los mejores actores del planeta, sino que hay algo en su interior que es inexplicable. Su cuerpo, su forma de moverse, de expresarse, de generar, de recibir, de mirar, de escuchar, de crear y recrear, todo en él es TEATRO. Es algo que se tiene o no se tiene, y Roberto lo tiene y lo es. No sé, igual parece una bobada, pero al ver a Roberto el otro día vi que él es teatro. 
Lo que hace... en fin... sólo alguien sobrenatural es capaz de escalar a eso niveles de implicación y desde ahí desplomarse al abismo del dolor en dos segundos. Si alguien piensa que lo que hace Roberto es fácil... que intente hacer algo parecido y salir indemne. No hay palabras. Si en su Fausto antológico bajo las manos milagrosas de Pandur hizo un trabajo de esos que deberían pasar a la historia del teatro, aquí vuelve a demostrar que el riesgo emocional es algo que le pone. Y a nosotros. Porque desde el minuto dos, yo no soy capaz de mirar a Jaime y no romper a llorar.       

SPOILER.
Paco Bezerra consigue que escapemos del dolor de vernos en ese escenario con la mejor opción posible. La magia. La única que puede ayudar a que el dolor insoportable de ver consumirse a un ser inocente sea minimamente llevadero. Y es que todos nos hemos visto en alguna movida de esa calaña. Como observadores, como víctimas o como verdugos. ¿O no es verdad que a todos nos suena algo así? ¿No hemos visto o estado en medio de alguna de esas "cosas de chiquillos? 
Ese giro, esa salida de la realidad es la única escapatoria que como seres humanos sufrientes somos capaces de soportar. Porque en este juego es imposible no posicionarse, no tomar partido por Irene o por Jaime, no simpatizar con ellos, no comprenderlos, aunque al hacerlo, sin querer estemos siendo tan parciales y tan crueles como lo son ellos. Porque tomar partido es elegir, decidir y de lo que habla "El pequeño poni" es de dejar volar.    

domingo, 22 de mayo de 2016

La rosa tatuada.

Desde "Nuestra clase", allá por 2012... no he visto ningún espectáculo de Carme Portaceli que me haya tocado.
Decía el otro día un genio amigo que si vas a un espectáculo en el que no te está moviendo nada de lo que ves, lo mejor, en vez de ponerte en el pedestal de "esto no va conmigo", es intentar buscar algo que te provoque, que te guste, algo que te salve. Gracias, Roberto Enríquez por ser tan exageradamente bueno.
Cuando este Fortimbrás pisó por primera vez el escenario del María Guerrero con la mirada fija en el futuro y la palabra "tenacidad" escrita en la frente, nunca habría imaginado que 30 casi años después camparía a sus anchas dominando lo imposible y disfrutando de esa nube dulce y ese cartel apoteósico.



Este espectáculo digamos que es... desacertado.
Buena envoltura. Escenografía graciosa. Aunque no sé por qué hay elementos que bajan y suben porque sí, cuando podrían estar ahí todo el tiempo. El toque naif de convertir la casa de Serafina en una especie de "recortable" le da un tono infantiloide o simplista que reduce la trama y el tono a una comedieta casi vodevilesca. Además hay cosas que no me cuadran. No con este espectáculo, sino siempre. Me refiero a que si marcas un espacio y lo delimitas y le das sentido durante la primera media hora, no puede ser que de repente, porque sí, lo que hasta ahora eran paredes dejen de serlo y la gente atraviese muros, no respete "puertas" y corran atravesando ese espacio. En definitiva, un espacio ampuloso pero que resta intimidad a lo que sucede aunque tampoco es un espacio expuesto al vecindario y a sus comentarios y censuras.
Luces correctas. La música es más delicada. No termino de asumir las cancioncillas que se cantan. Se cantan un par de ellas y ya está. Ni son un elemento dramático ni nada. Cantan un par así al principio y luego nada. Gratuitas, vacías y que únicamente distraen,
La elección de Portaceli de contar esta historia de culpas, pecados, amor, deseo, necesidad, dependencia y mucha suciedad como si se tratara de una comedia romántica de colores pastel y gente mona y aséptica es lícita, evidentemente, pero en mi modestísima opinión, aniquila cualquier dosis de  carga de profundidad de las que tiene el texto. Portaceli es muy dueña de coger lo que quiera del texto y de separar las capas como quiera para decidir qué y desde dónde nos lo quiere contar. Pero decidirse por un Tennessee Willliams para contar la capa superficial y edulcorada de una historia amarga y ácida me parece un desperdicio. Pero vamos, cada uno decide y cada uno elige.
Y fíjate, hay un detalle que puede parecer una chorrada pero que a mí me chirrió mogollón. En un momento dado, Mangiacavallo habla por le móvil con su jefe. A ver, si tiene móvil es que estamos como mucho a finales del siglo XX o en le siglo XXI. Pongamos que son los noventa; en los noventa No se daría este conflicto. Ni se daría de esa forma, la niña estaría más que harta de darle alegrías al cuerpo, el marinero ni te cuento... Vamos, que para los cincuenta vale, pero para los noventa... como que ya no.
El tono general es frívolo y poco o nada profundo. Bueno, es la opción de Portaceli. Pero convertir la escena de la vecina insufrible con voz de pito y el travestido... es casi como convertir una disputa entre italianas pasionales en un teatrillo de José Luis Moreno. Almíbar, superficie, velocidad, conflictos básicos y sin nada de peso... todo fluye a nivel de la epidermis hasta que aparece Roberto Enríquez.



Aitana está guapísima al comienzo de la función. Y monísima vestida. Pero luego descubrimos la falta de solidez, de temperamento y de raza salvaje de italiana fanática y sexualmente hiperactiva. Está muy, pero que muy entregada y dándolo todo, pero se queda escasa de sangre. Alba Flores no me resulta convincente como hija virginal, sometida y con una rebeldía moderadamente beligerante. Sabe perfectamente lo que hace y lo que hace está bien. Maneja bien el escenario y lo pisa con solidez, pero... creo que a ella tampoco le va el papel.
Los secundarios son correctos algunos e insufribles otros. Pero bueno, hacen lo que les han dicho.



Y Roberto. Roberto (y sus orejas de plástico) sale y aplasta todo a su paso. He dicho mil veces y lo repetiré hasta que se me caiga a cachos la lengua, que Roberto es de los mejores si no el mejor actor de su generación. Y aquí lo vuelve a demostrar. Sale y pisa el escenario con otra densidad. Domina cada gesto, cada impulso y cada intención. Quizá la brutalidad esa de empotrador que taladra a Serafina sólo con moverse delante de ella quede empañado no por la falta de sexualidad de Roberto sino por la puesta en escena sexualmente fría y nada apasionada. Si Serafina decide después de tanto tiempo meter a este hombretón en su cama es porque este camionero tiene que desprender electricidad y testosterona. Tanta que ablande el caparazón de Serafina. Y por la puesta en escena casi parece más un vodevil que una seducción en vivo. Serafina tiene que derretirse ante la idea de tener a ese hombre encima, debajo y dentro. Sin embargo aquí casi te los imaginas echando un parchís. Entre risas, sí, pero un parchís.
Creo que Roberto aparece y se divierte. Se lo pasa de maravilla y disfruta como un descosido haciendo un papel con muchísima menos carga interior que otros papeles a los que nos tiene acostumbrados. Su Fausto antológico (de la mano ese genio que era Pandur) ni por asomo se acerca a este Mangiacavallo. No digo que sea un personaje fácil ni básico, sino que el nivel de profundidad emocional y de compromiso del actor es totalmente distinto a otros papeles de esos densos que borda Roberto. Es más, creo que Roberto no concibe el trabajo si no va unido siempre al compromiso total y en todos los sentidos. y aquí hace lo mismo. Investiga, comprende, salva y entrega todo a este personaje. Pero desde luego, no es Fausto (ni falta que hace). Y Roberto, en su inmensa capacidad de vivir otras vidas, se apropia del cuerpazo de Mangiacavallo y domina todos los aspectos escénicos de tal forma, que sólo le queda disfrutar, relajarse, gozar, divertirse y reírse todo lo posible. Y sentirse hinchado y satisfecho de ver que Fontimbrás pisa con pies de gigante en el templo del teatro. Mangiacavallo consigue un nivel decididamente humano y más real y cercano que el macho alfa que dibuja Williams.
Realemente es una lástima ver estos teatros y sobre todo estas instituciones de lo que han sido a lo que son hoy. De estar en manos de los mejores directores, gestores y creadores del panorama mundial rodeados siempre de los mejores equipos a lo que se han llegado a convertir; en sitios acomodados y chiquititos con aspiraciones acomodadas y chiquititas enfocadas a un público acomodado y chiquitito. Afortunadamente siempre habrá un Roberto Enríquez que convierta en oro su trabajo en espectáculos acomodados y chiquititos.    

      

lunes, 8 de diciembre de 2014

Fausto. Valle Inclán.

Voy a partir de dos conceptos distintos y complementarios para escribir esta crónica. Yo soy así, escribo y planteo lo que me viene a la mente, siguiendo el impulso visceral de mi cerebro (toma paradoja). 
Para mí el teatro es comunicación. El director de escena platea una trabajo con el que quiere contar una historia y transmitir una aventura emocional en la que los protagonistas sufren una evolución desde el lugar (emocional) en el que empiezan al lugar en el que terminan. El objetivo del director es que yo como espectador, lo entienda o entienda algo que me haga sentir, me cambie y no sea el mismo que cuando entré. Yo puedo entender algo que no sea lo que el director se ha propuesto o puedo entender justamente lo que él pretendía. En ese caso más que comunicación se produce una comunión de espíritus y tu corazón vuela. Otra cosa, claro, es que lo que tú recibas como espectador te la pele, que puede que te la pele. El otro día, por ejemplo, estuve viendo las tribulaciones de un yupi burgués que sufría mogollón. El actor estaba realmente inconmensurable, peeeeero no se produjo esa comunicación conmigo. Sin embargo me enloquecen las pajas mentales del albañil que levanta las casas de ese yupi, me enloquece el "Constructivo" de mi héroe Ernesto Collado. Me enloquece el mundo elegido de los habitantes del microcosmos de "Los brillantes empeños" y me enloquece que de pronto griten: "coño, ahora ya lo entiendo" o que oigan un coro que sólo oigo yo. Hay actos de comunicación que llegan y otros que no llegan. El teatro es comunicación. Y el "Fausto" que nos ha regalado Tomaz Pandur ha conectado conmigo. 




El otro concepto es "dramaturgia". Según la RAE: "concepción escénica para la representación de un texto dramático". Como "concepción escénica" yo entiendo todo tipo de elementos escénicos habidos y por haber, desde la adaptación de un texto, al último foco o al color del material del suelo. Como "concepción escénica", el "Fausto" que nos ha regalado Tomaz Pandur me parece prodigiosa. 
Me da a mí que el texto de Goethe es como el "Ulises" de Joyce, que todo el mundo se lo ha leído varias veces y se lo conoce tan, tan, tan bien que es capaz de distinguir una buena de una mala adaptación. Vamos a ver, es una adaptación, está anunciado como tal y no es otra cosa. Pandur ha cogido el texto original lo ha recortado, ha quitado, ha añadido unas "acotaciones" para que los propios personajes sitúen según qué cosas y según qué acciones y relaciones y ha convertido la gigantesca obra original en un texto que llevado al escenario se traduce (no reduce sino traduce) a dos horas y cuarenta minutos. No se trastoca el argumento, sigue pasando lo mismo que el la obra original, aunque Pandur varía la naturaleza y la relación de varios personajes. Convierte a Mefistófeles en una familia a medio camino entre un campo de concentración y una familia gitana con el jefe del clan en cabeza.
Pero a lo que voy, que me lío, coño. 




La adaptación del texto me parece brillante. El gigantesco primer monólogo de Fausto es un prodigio. Por cómo está escrito y por cómo está dirigido. La relación de Fausto con le espacio es vigorosa y mágica. Que sea capaz de interrelacionar con ese perro que aparece en el muro es de una maestría colosal. Ese muro de la vergüenza o de las lamentaciones, ese paredón de fusilamiento en el que incluso quedan rastros de antiguos fusilados, ese muro en el que acabará muriendo Fausto cuando finalmente diga: "instante, detente. ¡Eres tan bello!". Allí mismo, en el mismo lugar en el que Fausto de cobija, en el mismo lugar en el que Mefistófeles heredará la inquietud de Fausto. Otra vez me voy. Normal, el puto texto de Goethe y de Pandur produce en mí lo mismo que provoca la música de Wagner. Una nota va lógicamente encadenada con la siguiente de tal forma que transmite directamente un estado de ánimo, un huracán existencial. Eso es lo que provoca en mí el recuerdo del espectáculo y eso provocan los versos de Goethe. 
En fin, que la versión me parece acertadísima y rica. No olvidemos que es una "versión", y el que quiera el texto completo, como dice la Wagener, que se lea el libro. Además, es obvio que una cosa es el texto y otra cosa su puesta en escena. Una cosa y la otra a mí, me han fascinado.  






La puesta en escena es un prodigio. TODOS  los elementos, absolutamente todos son los necesarios y precisos para contar lo que quiere contar y como lo quiere contar. Dramaturgia. La música envolvente que va sonando casi te diría que sin parar, los bloques de escenografía que marcan diagonales agresivas, planos de acción, rincones oscuros, recovecos en los que acaba la acción, pasajes oscuros que llevan al infinito, horizontales aplastantes y verticales cortantes. En cualquier arte en el que el aspecto visual es importante se sabe el efecto que tienen las líneas y los movimientos. Y en toda la primera parte el movimiento escénico es de derecha a izquierda, de adelante hacia atrás y en diagonales agresivas. Incluso en la maquetación de una página de un periódico esto se tiene en cuenta. Pandur también, por eso mueve a sus peones en líneas agresivas y beligerantes mientras que en la segunda parte introduce el movimiento de arriba a abajo, mucho más relajante y mental. Esa segunda parte breve, concentrada y densa en la que, con Margarita muerta y Fausto envuelto en una desidia sólo atenazada por su eterna sed de más y de mejor, de pronto, se hace el color. Si en la primera parte eran los negros, blancos y grises que son el color de la guerra, y esos zarpazos rojos en los globos y en las vendas de la familia diabólica que hielan el alma (¿recordáis la niña aquella de "La lista de Schindler que salía con un abrigo rojo?), en esta segunda parte es la irrupción del color. Las montañas tienen verde, marrón, amarillo. Y el plano bajo de la primera parte se convierte en juego de alturas, los planos se multiplican al igual que las dimensiones. El polvo, el humo, el incienso, la oscuridad, los golpes, esos golpes que son como latidos, hasta los focos cuando pasan a ser focos reales, las acotaciones... TODOS los elementos ayudan, sirven y son los precisos y concretos para lo que nos quiere transmitir Pandur, para su necesidad de comunicación. La suya, la que él ha elegido que pa eso es el director. La imagen de la familia diabólica con las vendas rojas y los globos rojos no es sólo una apuesta estética sino una forma de definir ya a los personajes desde que aparecen. ¿Que hay apuestas que son reconocibles en otros montajes de Pandur? Bueno, a eso yo lo llamo "autoría". La misma que tiene por ejemplo... Almodóvar en cine. 




En definitiva, que todas y cada una de las elecciones que ha hecho Pandur para llevar al público su mensaje, conmigo han funcionado. Todo son elecciones, podía haber escogido otros elementos perfectamente, pero en su elección estética y ética como director, lo que ha elegido me funciona y me atrapa. Y en mi caso ha servido para que se produzca la comunicación conmigo. Lo único que NO me gusta es la coña con "La caída de los dioses". Me lo hace todo de golpe, terrenal y no me mola. No ya tanto el autohomenaje sino el bajarme de la nube a la butaca. Eso y cierto... tono de autojustificación al repetir quizá demasiado que se ha "cortado" el texto. Con decirlo una vez basta, no hay por qué justificarlo más.

Y los actores. Los actores son una pieza más de ese puzle abigarrado. Los cuatro acólitos mezcla de dibujos animados y peli de cine mudo tienen el tono físico justo y la presencia certera y perfectamente dibujada necesaria para quedarse en el sitio perfecto. Alberto Frías además canta y estremece. Junto con Aarón Lobato, Rubén Mascato y Manuel Castillo son el equipo perfecto para cumplir los deseos... de todos. Emilio Gavira está fabuloso como ese Wagner fantasmagórico, cruel y pintoresco. Una fuerza de la naturaleza hasta cantando. Pablo Rivero compone su personaje desde lo pequeño, con sus tics, como el ligero tartamudeo heredado o la fijación por la pernera del pantalón. Construir un personaje desde el detalle es jodido y Pablo consigue crear un ser blando, apocado, frágil de una forma quizá algo contraproducente porque puede acabar engullido por la energía de sus compañeros, pero sin duda, inteligente, muy inteligente. Y utiliza ese cuerpo perfecto, ese rostro perfecto, esa figura de dios inmaculado y sobrehumano para llevar adelante su parte dentro de la dualidad masculina de su hermana. Luego lo explico mejor. 
Victor Clavijo vuelve a demostrar que no hay frase que le pueda, que no hay personaje que le asuste, que no hay situación que no domine y que es, sin duda, uno de los actores más dotados para lo que le echen. Y sin tener el cuerpazo imponente de otros compis, en cuanto aparece o en cuanto está en escena, sabes que es el puto amo. Eso se llama carisma y presencia escénica. Si salvaje es el final de Roberto, tan salvaje lo es el suyo, heredando la inquietud de Fausto y gritando aprisionado por el muro que atenazaba la mente de Fausto eso de "instante, detente, ¡eres tan bello!". Marina Salas es otro ejemplo de entrega sin límites. Desde que aparece es una autómata sin  personalidad, sin decisión, y cuando aparece vestida de esa mezcla de Macarena, Fantasma japonés y no sé qué más, ves a un ser amorfo al que le está dando vida y espíritu la Wagener (otro hallazgo estético, no me digas que no). Mondongo de carne sin espíritu, que únicamente tomará las riendas cuando ponga por delante su amor por Fausto a su deber como perra. Y esa dualidad mental se lleva al extremo en su monólogo de los cubos, en el que tras la crucifixión, una vez convertida en mártir, vaya volando entre las dos partes masculinas que ella reconoce. Esas dos partes masculinas son su hermano y su amante, por eso no distingue una de la otra, por eso salta de la una a la otra. Conseguir hacerme llorar como un loco con ese monólogo es de ser un pedazo de actrizón de altura. Marina Salas está inconmensurable. Y tiene esa magia que tienen las hadas de llevarse a su terreno cada frase y conseguir que sea coherente y viva. Eso también se llama carisma. Y genio.




Una de las razones que me hicieron empezar a escribir este blog fue escribir sobre Ana Wagener y Roberto Enríquez. A ver, todo el mundo los conoce, sabe que son dos seres tocados por la varita, dos genios arrolladores, dos currantes brutales y con una entrega sobrecogedora, que se plantan frente a la mina de un texto el primer día y se lo comen entero, lo devoran, lo destrozan, lo levantan, lo sostienen y lo llevan al cielo con su trabajo, su entrega, su compromiso y su infinita calidad artística, emocional, amatoria y celestial. No se puede describir con palabras lo que hacen. Pero es que no "hacen" nada. Lo viven, lo son. Un espectáculo no comienza cuando se dice la primera frase, ni cuando se apagan las luces, ni cuando comienza la música. Comienza cuando el director decide que el foco arranca, que las miradas van a un punto concreto. Escenario iluminado (con esas luces prodigiosas de Cornejo), público raka raka, y de pronto, de entre las sombras surge Roberto... perdón, surge Fausto y todo dios se calla. Nadie ha marcado que ese sea el comienzo, pero mágicamente lo es. Por Roberto. Algo tiene, será la chispa de los monstruos escénicos, pero el ojo y el alma se va a él. Y te suelta poco a poco, pausadamente, al ritmo de su alma ese primer monologazo que te hiela. Está el miedo, la sed, el deseo de saber infinito, la pobreza del mundo, la pequeñez, el ansia de conocimiento, la angustia de vivir y de ser finito. Interactúa con los elementos, con el muro, con las proyecciones, con el espacio, con su interior, con su alma, con sus dudas, con su deseo de morir y de saber. De ahí hasta el final nos regala un trozo de su alma, de su espíritu, nos lleva por caminos jodidos y por sentimientos jodidos con un poder de convicción como sólo tiene la verdad.




La Wagener igual. Es una bruta que todo lo hace desde el coño. Ese coño podrido de perra mala con avaricia, manipuladora, cerda (como su máscara  casi de auto sacramental) capaz de sacrificar a su propia hija por... por pura maldad. Para acabar derrotada. Derrotada y mutilada como un buitre tras una pelea descarnada. Hace de todo y pasa por todo. Pero la Wagener es la más grande. Y puede con eso y con todo porque lo comprende, lo siente, lo vive y lo sufre. Desde el coño podrido. Desde donde sienten las perras. Y es que ella... "sabe cómo contentar al público". Ella la perra asesina. No hay mujer como la Wagener. 





Bufff, bueno, ya lo he soltado. Seguro que me dijo mil cosas, mil detalles que explican mejor por qué floté con este Fausto, por qué vi la imagen de Fausto surgiendo de las sombras y automáticamente me enganché al humo de esa locomotora que recorrió en Valle Inclán. Salí fascinado y conmovido, y ojalá tuviera la capacidad de poder expresarlo como se merece, pero sin duda la belleza y la brutalidad del espectáculo están muy por encima de mi capacidad de comunicación. Habrá mucha gente que flipe con las bobadas que acabo de escribir. Normal. Todo el que no haya experimentado esa comunicación no sentirá lo mismo que sentí yo. Lógico. Peor es lo que tiene el hecho teatral, que a veces se da y a veces no. En mí, la comunicación fue perfecta y electrizante. Y se dio desde el segundo uno hasta que Fausto...digo, Roberto dibujó ese símbolo final en el muro que yo, obviamente descifré.  


                                                       

sábado, 31 de mayo de 2014

Como gustéis. Valle Inclán.

Yo es que le tengo un cariño especial a esta función. Los interesados saben por qué. Y Roberto Enríquez también.  Así que iba a verla realmente con muchas ganazas.
No conocía de nada al director, Marco Carniti, la verdad. Reconozco que sacar adelante un Shakespeare no demasiado conocido y larrrrrrgo como dos días sin pan es arduo. Lo saca con solvencia. Eso si hablamos de lo que es el texto tal cual, porque personalmente opino que los números musicales directamente sobran, se los podían haber evitado y nos los podían haber evitado. Musicalmente son aburridas, no aportan nada a la historia de la música y sólo ralentizan una acción que en Shakespeare ya está de por sí lastrada por esas escenas de relleno muchas veces vacías. En el descanso (en el que hubo desbandada generalizada) la mayoría de la gente decía lo mismo: "si quitaran las canciones, mucho mejor". Pues sí, las canciones fuera. Además, muchos de los actores no tienen una dotes para la música nada destacables. Alguno incluso consiguió cantar su tema desafinando todas y cada una de las notas. Un desastre. Los que actuaban bien, cantaban regu o directamente mal y los que cantaban bien eran justitos como actores. Aparte, por supuesto, Verónica Ronda, que ella sí era fabulosa. Un portento vocalmenete y de presencia escénica. Bestial. 

  

Pero seamos positivos. Canciones aparte el montaje en sí está bien, todo está montado con buen ritmo y el tono jocoso del texto está ahí. Quitando las canciones, el montaje en sí de la obra de Shakespeare está bien, es correcto. Para mi gusto Iván Hermes está soberbio y Beatriz Argüello está increíble. Tenía ganas de ver en vivo a Iván Hermes y reconozco que es un gran actor con un manojo de recursos y de armas de grannnnn actor, aunque me da que en comedia le falta saber reírse de sí mismo un pelín más. Ya es un grandísimo actor, pero en unos años va a ser una bestia de los escenarios. Beatriz Argüello ya lo es. Es apabullante cómo alguien hace todo perfecto desde la primera a la última sílaba que sale por su boca. Fabulosa física y vocalmente. Y a nivel de energía, es una apisonadora. Si estaba genial en "Noche de reyes" y te la comías en esa joyita que era "Kafka enamorado", aquí se lleva por delante la función. Gracias a ella todo cobra sentido. El resto está desigual.



El grandísimo Roberto Enríquez está para mi gusto desaprovechado, además de estar el pobre tocado de la garganta. Eso me parecía al menos, y eso lastró un poco tanto su energía, como su poder de comunicación con el público (que siempre es mágico) e incluso le fastidió en sus canciones.
Pues lo dicho, que la función como tal, lo que es el texto de Shakespeare está bien, bien montado y bien dirigido. Así, sin mayores pasiones. Los actores, Iván y Beatriz fabulosos, Roberto, grande, el resto, desigual moviéndose entre lo correcto y lo asombroso (para mal, claro). Y Verónica Ronda que está en otro plano. Bestial. Un fenómeno de la naturaleza. Lástima que no se pueda separar el texto de la parte musical, que esa sí que es un desastre total. Una pena, porque este espectáculo lo dejas en 2 horas en lugar de las casi tres que dura (descanso aparte) y la gente saldría mucho más contenta.         

jueves, 27 de junio de 2013

Málaga de Lukas Bärfuss. Ana Wagener y Roberto Enríquez.

Hoy estoy escribiendo de lo que me apetece, y cuando comencé con este blog ya había visto tiempo atrás "Málaga" de Lukas Bärfuss en el Teatro del Arte. Como me ha quedado la espinita, pues escribo ahora. Para empezar, no voy a poner una foto de la actuación, porque creo que ninguna foto transmite lo que en la sala vivimos.



Lukas Bärfuss es una especia de Haneke teatral. Te presenta a unos personajes aparentemente normales, y poco a poco, los enfrenta a una situación no demasiado límite pero que consigue que esos burgueses saquen su lado más animal y primitivo y conviertan la escena en una lucha salvaje y en un enfrentamiento sangriento.
No puedo ponerle ningún pero al texto. Es brutal. Sencillo pero con una capacidad de hurgar en los entresijos humanos que da repelús.
Sí le pongo alguna objeción a la dirección de Aitana Galán. Por varios motivos. La puesta en escena es fría y aséptica. Vale, guay. Pero yo particularmente no habría presentado al personaje de Críspulo Cabezas tan chinado desde el principio. Vamos, a mi me llega este chico y ya de entrada no le dejo con mi niña. Habría sido más interesante presentarle como un chaval normal y que fuera la propia culpa que cada uno siente lo que hiciera sospechar que algo puede pasar. Y luego la violación del final me pareció tremendamente forzada. Ni la situación ni los personajes pedían ese desenlace.
Pero ahí tenemos a Ana Wagener y a Roberto Enríquez para darle el toque final de obra imprescindible. Confieso mi debilidad por los dos. A Roberto tengo el gusto de conocerle desde hace mil años y ya desde nuestra tierna adolescencia destacaba como un estudiante y currante del teatro por encima de la media. Estudiamos Arte Dramático juntos y los dos llevábamos años haciendo teatro. Era brutal ya entonces. Y con los años y la experiencia ha ido ganando más y más, aunque pareciera que sería imposible. Cuando uno está tan cerca del cielo es difícil superar ese nivel. Pues Roberto lo consigue. Tiene una sabiduría, una entrega y un dominio del escenario que es acojonante. Al tiempo, pero ya veréis como acaba siendo el Rodero del siglo XXI. Poco le falta si es que le falta algo. Y Ana Wagener es una cosa sobrehumana. Por todo. Por su corazón, por su sentido del humor, por su dedicación y entrega y por sus inmensas cualidades que muy poquita gente en este país y en cualquier otro tiene. La amo y lo sabe. ¿Alguien ha visto alguna vez a Ana en algo en lo que no estuviera fabulosa? ¿A que no? Porque no lo hay. SIEMPRE es la mejor. Siempre estremece.
Y claro, si juntas en un escenario a Marlon Brando y a Anna Magnani lo que sale tiene que ser una bomba atómica sí o sí. Y ahí los tienes en "Málaga". Te embrujan desde el primer sonido que sale de sus gargantas y el primer movimiento que hacen. Te chupan y te suben con ellos al escenario, te agarran el corazón, te lo estrujan, te lo despellejan y luego te sueltan otra vez en tu butaca para que hagas con eso lo que puedas.
Y ahora sí voy a poner una foto de la función. Porque sí.



Cualquier estudiante o actor incipiente, y por supuesto cualquier actor experimentado debería cruzarse España sólo por ver la siguiente función de "Málaga". Es como si te gusta la literatura y no has leído "Cien años de soledad", o si te gusta la música y no has oído el requiem de Verdi. Obligatorio para cualquiera porque es una lección brutal de profesión, corazón y tripas a partes iguales que consiguen hasta que no notes esas pequeñas cositas corregibles.
Os pondría un monumento en cada ciudad y desde luego, os tiendo una alfombra roja a cada paso que deis.           

lunes, 11 de febrero de 2013

Recomendaciones

Aunque igual ya es tarde, pero como me leen en todo el mundo (jeje) quizá a alguien le interese.
No os perdáis "El juicio de Dayton" de Teatro del Azar.



"Málaga" con los inconmensurables Ana Wagener y Roberto Enríquez.



Cualquier cosa de "Provisional Danza".



Cualquier cosa de la Compañía Nacional de Danza.




Y por supuesto, cualquier cosa de "Rayuela" y de "Teatro del Azar".