Yo con Chévere siempre he tenido mis más y mis menos. Vale, sí, estas "Divinas palabras" no son una producción de Chévere sino del Centro Dramático Galego, pero para el caso, como si lo fuera.
Con Chévere he ido de menos a más. De "Citizen" a esa maravilla de "Eroski Paraíso".
Con "Divinas palabras" me lo pasé muy bien, disfruté mucho, me reí y me estremecí, pero reconozco que el brillante planteamiento inicial se acabó convirtiendo en la propia trampa del espectáculo. Creo que lo que parecía un hallazgo en un principio, se volvió incongruente a mi modo de ver.
Manuel Cortés y Xron firman esta versión del textazo de Valle Inclán. A mí el texto de don Ramón María me enloquece y el rosario de personaje inmundos me priva. Situar la acción en un reality de esos en los que encierran a un puñado de desquiciados para que se despellejen delante de las cámaras y delante de millones de ojos ajenos que se olvidan de sus desgracias rebozándose en los jaris de cartón piedra de unos supuestos famosetes prestos a dejarse humillar con tal de pillar unos euros indignos es un acierto. Coño, qué frase más larga me ha salido...
Los familiares de Xoana (Juana la Reina) están encerrados en un escenario de reality y allí se harán cargo de Laureano, el baldadiño, repartiéndose su cuidado entre Mari-Gaila y Marica del Reino, cuñada y hermana de la fallecida. Les acompañan en esa casa el resto de personajes de la obra de don Ramón María mientras desde fuera, Séptimo Miau les vigilará con su ojoquetodolove.
Este arranque es ingenioso y realmente funciona. La podredumbre de una Galicia ya superada por la realidad funciona bien en este marco. Mientras la vida parece detenerse dentro de ese microcosmos podrido, fuera, Galicia arde y es asolada por un tiempo inexorable. La Galicia que recibirá a toda esta peña al final del desastre, cuando esa placa de Petri en la que han vivido les devuelva a la puta y quemada realidad.
Los que han ido a esos concursos dicen que ahí dentro "todo se magnifica". Bueno, vale, chaval. Aceptaremos pulpo. Por eso es ingenioso y prometedor encerrar a esos personajes en un micro espacio en el que sus miserias se magnifiquen y se saquen de madre.
Pero precisamente por las limitaciones de un entorno tan concreto creo que es por lo que acaba haciendo aguas el planteamiento. Me explico: ellos están en un sitio en el que hay cámaras por todas partes y todo lo que pasa es retransmitido en directo. ¿Cómo es entonces posible que suceda el final del baldadiño? Sus causantes deben de saber que lo que está pasando allí lo está viendo todo el mundo, ¿no? Igual que lo que sucede en el dormitorio entre padre e hija. No hay nada de la acción que transcurra en la impunidad de un bosque, o agazapado en la oscuridad o los secretos. Es impensable que pase lo que pasa entre Pedro Gailo y Simoniña. Y no puedes "devolver" la silla a la habitación de Marica sin que se entere toda España. Y no puedes revolcarte con Séptimo Miau porque te ve todo el país. O sí puedes, pero todo eso tendrá consecuencias. Y esas consecuencias se escapan del propósito de los personajes. Quiero decir que hay cosas que pueden darte igual o que pueden tener consecuencias inesperadas, pero otras cosas se hacen cobijado en la impunidad de lo secreto. Está en Valle Inclán y está en la lógica de la acción. Hay cosas que pueden pasar delante de unas cámaras y que no importe pero otras son totalmente inimaginables si tienes una cámara enfocándote.
Tampoco entiendo que haya habitaciones que no se ven. La escenografía de Suso Montero es una pasada, pero el que falten algunas habitaciones ya da una pista sobre categorías de importancia. Vale que las habitaciones de los mendrugos esos no nos importan, ni la de Tatula, ni siquiera la de Marica, pero que de entrada no aparezcan lo hace demasiado evidente.
En lo que se refiere estrictamente a la trama, al hecho de haber trasladado la acción en esta versión a un espacio tan acotado, creo que lo que podría haber ayudado a encerrar y limitar lo repodrido de los hechos acaba atrapado en una incongruencia que al menos a mí me hizo salir de la complicidad inicial y empezar a "ver el cartón".
Por eso creo que la principal baza de esta versión es también su principal trampa.
Además me dio la sensación de que muchas escenas estaban como flojas. Era como si estuvieran recién montadas y necesitaran todavía hacer nacer más vida. Tuve la sensación en muchos momentos de que el hiperrealismo a la hora de montar determinadas escenas lastraba su vida. Y sentía como que casi todo necesitaba rodaje. Seguramente dentro de un mes el espectáculo habrá crecido mogollón, de hecho estoy convencido, porque con una base tan potente es cuestión de entresacar la vida y lo nacido en el momento. Pero en mi cuerpo la tensión caía a ratos y notaba una falta de "vida escénica" resultado del tono hiperrealista de la apuesta de Xron en la dirección.
Aunque colaboro en algún ranking y a veces tengo que "puntuar" espectáculos, no soy muy amigo de poner estrellitas a los espectáculos teatrales. Pienso que uno valora lo que ve y vive por su experiencia única e individual. El director y el equipo han tomado sus decisiones y han optado por hacer las cosas como ellos han querido. Eso es incuestionable y decir de una decisión del director que es acertada o equivocada es una soplapollez. El director ha tomado las decisiones que ha querido y ha creído convenientes para contar su historia a su manera. Y no admite que nos parezca bien o mal a los demás. De lo que se puede hablar es de si esas decisiones han funcionado en nosotros. Si nos han tocado y si nos han funcionado. Ni se me ocurre cuestionar las decisiones de Xron ni de nadie del equipo. Obviamente todo lo que hacen está pensado, repensado, decidido y requetedecidido. Y no lo critico ni lo pongo en duda. Simplemente no funcionó conmigo. Me hizo salirme de la empatía inicial y situarme lejos, en un sitio donde encontraba fisuras en la acción, en la congruencia y en el tono.
El elenco es de ensueño, ahí no se puede poner ni una pega. Lo de Patricia de Lorenzo es pura debilidad. Crea una Mari-Gaila mala de cojones, seductora, pringosa y repugnante (el momento pañal es estremecedor, unos minutos interminables que todo político debería ver antes de tomar decisiones económicas por encima de los seres humanos). Consigue ser todo lo malo que tiene que ser un bicho así y da verdad y vida a cada movimiento. No es una actriz de grandes composiciones desgarradas y mutantes. No, ella trabaja desde sí misma, desde sus recursos y consigue hacer nacer la verdad SIEMPRE. Eso sólo lo consiguen los grandes intérpretes. Los hay que se transforman cada vez y los hay que desde su forma de hacer logran siempre SER el personaje. Adoración absoluta. Y encima ha hecho sus pinitos en doblaje y con eso ya me tiene a sus pies. Yo soy muy fans de mis colegas.
La misma admiración siento por Tomé Viéitez que crea un baldadiño asombroso y la admiración se vuelve absoluta con Borja Fernández, que compone un monstruo repugnante con trazos finos y precisos.
En resumen, creo de verdad que es un gran trabajo de todos, el equipo al completo hacen un curro de altura, desde el creador del espacio sonoro a la responsable del vestuario o al iluminador pasando por los actores e incluso por los responsables de la versión y el director. Sin embargo algo no hizo click en mí y me sacó de la magia de lo nacido en el momento y me hizo ser consciente de que estaba en una butaca de un teatro, con una cabezón que me tapaba la mitad de la visión y con las rodillas dándome con la butaca de delante.
Con Chévere me ha pasado esto otras veces; que simpatizo totalmente con su punto de vista y ética y moralmente me siento cerca, pero algo me descoloca. Quizá el intentar transmitir el mensaje por encima de las formas. Demasiado empeño en dejar claro su punto de vista moral. Y a veces ese empeño, pese a ser lícito y admirable, puede que conmigo no funcione. Prefiero ver yo las cosas y descubrirlas antes que verlas ahí puestas. Está Galicia, está Valle a ratos pero me falta dejarme estar a mí .
Aquí podrás leer MI opinión sobre los espectáculos que voy viendo. Insisto en que es MI opinión, nada mas. No pretendo adoctrinar ni tener razón. Únicamente te contaré MIS razones para amar o amar menos lo que vaya viendo. El teatro son gustos y aquí leerás los míos. No soy crítico, solo necesito contarle al mundo el porqué de mis amores. Lo que puedes leer aquí es lo que yo he sentido al ver estos espectáculos. Ni más ni menos que mis sensaciones. Si a alguien le sirven, estupendo.
Mostrando entradas con la etiqueta Valle Inclán. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Valle Inclán. Mostrar todas las entradas
miércoles, 23 de mayo de 2018
jueves, 30 de marzo de 2017
Séneca. Valle Inclán.
Hace pocos días alababa la contención de Magüi Mira dirigiendo a casi todo el reparto de "Festen", salvo a su hija. Sin embargo, mientras ella está en la sala de arriba, en la de abajo, la principal, su marido Emilio Hernández firma la versión, la escenografía y la dirección de este texto de Antonio Gala con muy poco acierto. Bueno, para ser sinceros, con dos aciertos. No, qué coño, tres aciertos.
El texto ya de por sí me parece que quizá en 1987 fuera más acertado e incluso novedoso al hablar de la delgada línea entre poder, corrupción, intrigas palaciegas y la dualidad gobierno/podredumbre.
Tampoco es que me parezca ninguna joya, pero a día de hoy creo sinceramente que el texto ha envejecido mal y personalmente me atrae poco y me resulta muy poco seductor. Por supuesto, como siempre, esto es problema mío. Seguro que el texto es buenísimo y soy yo el que no dimensiona su poder y sus valores. Lo reconozco.
Haber añadido algún poema del propio Gala para introducir el personaje de Helvia, la madre de Séneca tampoco me parece un acierto. Sobre todo porque la presencia de este personaje no aporta nada ni a la trama ni al desarrollo de los personajes. Y el hecho de que lo interprete Carmen Linares tampoco es un acierto. No cantó especialmente bien, ni la música tiene mucho atractivo. Y como actriz, está como esperando a que le toque decir sus frases y entonces las dice dando la sensación de que está repitiendo tonos que ha aprendido de memoria. La única razón que veo para haber contado con la grandiosa Carmen Linares es para que cante esas piezas, quizá para recalcar que la mujer era de Jaén.
Si la versión no me parece brillante, la segunda firma de Hernández, la escenografía, ni te cuento.
Es una especie de teatro pintado de negro de donde sale humo. Sale humo cada equis. Sale humo. Mucho humo. Quizá por alguna razón, pero confieso que no logré descubrirla. El caso es que sale humo. Mucho. Y los pobres actores van parriba y pabajo a oscuras jugándose la vida. Un espacio feo, poco útil y que me pareció nada simbólico y poco inspirado. Aparte del aire así como de la época por lo del semicírculo y los escalones, confieso que no me pareció nada acertado.
La tercera firma de Hernández es la dirección de escena de este espectáculo. Y tercer patinazo. Hablo siempre desde mi gusto particular y único. Ni poseo verdades absolutas ni propongo mis ideas escénicas, simplemente expreso mis sensaciones y mis gustos. Afortunadamente vivimos en un mundo lleno de colores y de gustos.
Pero a lo que voy. Me parece un desatino el montaje en sí. Las canciones y ese tono medio musical (encima medio, porque si fuera completo, todavía) no sólo no aportan nada sino que son feos, incómodos para los actores y muy, muy antiguos. Las canciones de Marco Rasa no son bonitas y sinceramente no añaden nada. Y algo que no aporta nada es gratuito y para mi gusto, prescindible.
Los actores están siempre colocados como de cara al público, como si fueran cantantes de ópera. En ocasiones eso les crea unos problemas tremendos de coherencia y de naturalidad. Como en el momento de la muerte de Agripina, salvada por el grandioso arte de Esther Ortega.
En pleno siglo XXI ver una teta o un pito (o tres) no es nada rompedor. No me parece que sea una opción escénica filosófica sino simplemente "provocadora", como para demostrar una "modernez" artificial.
Los actores no siempre están en escena. A veces, si van a tardar mucho en volver a intervenir, salen, se van a la parte de atrás supongo que a descansar. Pero si van a volver a intervenir en breve, se quedan por las gradas. Vamos, que las entradas y salidas son caprichosas. Aunque casi todo el tiempo están. Sentados por ahí, y cuando toca su escena bajan al centro, se ponen de cara al público, la hacen y se retiran. Muy poco o ningún punto de vista desde la dirección, ni ningún distintivo ético. Quiero decir, el director siempre se posiciona y habla desde un sitio. Y si encima es un creador, deja su sello. En esta ocasión, no noto punto de vista, ni que me hablen desde ningún sitio ni ningún sello. Lo que veo son elecciones caprichosas sin una base ética o filosófica, buscando impactar y si yo a algo le veo el cartón, no me funciona. Insisto, esto también es problema mío. Lo reconozco y lo asumo.
José Manuel Guerra ilumina bien la función. Puntualizo: ilumina bien lo que ilumina, pero las sombras no me convencen tampoco. Cuando uno ilumina, es tan importante lo que iluminas como lo que dejas en sombra y a veces da la sensación de que las sombras son sencillamente cosas NO iluminadas.
Felype de Lima, grandísimo creador, aquí no me parece tan brillante como en otras ocasiones. El cuero me parece antiguo y no parece que les resulte muy cómodo a los actores.
Y ahora voy a hablar de los TRES aciertos que yo veo como indiscutibles.
El primero, contar con José Luis Sendarrubias. Es un actor y bailarín brillantísimo que ha demostrado mil veces que baila como dios y que tiene una expresividad y un carisma aplastantes. Su presencia es solidísima y demuestra grandes dotes para la escena (aparte de las evidentes).
El segundo y tercero es casi el mismo. Haber contado con dos actrices como Eva Rufo y Esther Ortega. Salvando las distancias de la dimensión de sus papeles, que es algo evidente, ambas son dos bestias pardas que lidian con todo lo que les echen encima. Obviamente Esther tiene un papel mucho más extenso que Eva, pero las dos hacen lo mejor que se puede hacer: sacar raza, voz, peso, dominio y temple y dejarnos a todos temblando. Eva es un hada, en este caso un hada mala, la bruja mala del oeste, e incluso vestida de Lady Gaga nos da un recital de escucha, de naturalidad, de sensualidad y de oficio bestiales. Esther lleva muuuuchos años demostrando que es una de las presencias más aplastantes del mundo de la interpretación. Da igual el medio y da igual el entorno, Esther Ortega es de las actrices más bestiales que hay en el mundo mundial. Es más, merece la pena ir a ver este Séneca sólo por ver el trabajazo que hacen tanto Eva Rufo (ojo al carrerón de esta mujer, que va a ser más imparable de lo que está siendo hasta ahora) como Esther Ortega. Voz, cuerpo, peso, caminar, dominar y llenar el escenario, helarte la sangre con un grito, mirar y derretir, seducir, jugar, morrear, TODO lo hace perfectamente.
En definitiva, este "Séneca" merece la pena únicamente por el trabajo de estas dos bestias, aunque es un espectáculo olvidable. O mejor no, mejor recordarlo. Otro espectáculo fallido de este CDN errático y que sigue demostrando una y otra vez que no es ni la sombra de lo que fue.
Las fotos son de MarcosGPunto. Bestiales.
domingo, 26 de marzo de 2017
Festen. Valle Inclán.
A mí se me va la fuerza por la boca, no es ningún secreto. Vamos, que lo que pienso lo digo.
Magüi Mira nunca ha sido santo de mi devoción. Sin embargo creo que este "Festen" tiene bastantes aciertos.
Todo el mundo seguro que conoce la famosa película en la que se basa y conoce perfectamente la trama. Bien, pues poner eso en pie sin caer en tópicos y transmitiendo cierto punto de vista no era fácil.
Primer acierto: contar con David San José para que componga la música. Es evidente y sabido que David es un pedazo de músico todoterreno y brillantísimo. Y aquí lo vuelve a demostrar creando una partitura invisible, de las que provocan su efecto pero sin que te des cuenta. La esencia de una "banda sonora". José Manuel Guerra ilumina de maravilla el espacio creado por la propia Magüi y por Javier Ruiz de Alegría. Una mesa, una puerta, un piano y un sinfín de espacios creados simplemente con la luz y las sombras. Muchas, demasiadas sombras. Buena escenografía y fabulosa iluminación. Lorenzo Caprile se encarga del vestuario. Sí, mucho poderío, mucho glamour, mucho modelazo, todo precioso.
En todo este planteamiento hay algo añejo. El espacio blanco, el vestuario negro y blanco menos el de la muerta, que es rojo (hasta que cumple su cometido, se hace justicia y el esquema se rompe) son elementos vistos mil veces. No es que no sea original sino que es bastante básico. Pero funciona.
No funciona tanto el crear espacios distintos con la luz. La recreación de las habitaciones de la mansión es justita y no funciona demasiado bien. Especialmente cuando las parejas se van a dormir.
Magüi Mira mueve bien a los actores, ayudada por Rosángeles Valls y mide bien la tensión, la progresión dramática y algo vital: los silencios. Hay pausas y silencios eterrrrrnos en los que de repente, el ambiente en la sala se vuelve denso y espeso. El público necesita que alguien hable para destensar ese aire irrespirable. Y un buen rato después, sin prisa, alguien lo rompe. Dominar esos silencios sin que haya angustia ni prisas por volver a hablar es dificilísimo y ahí Magüi Mira demuestra control y poderío. Escénicamente el espectáculo aguanta bien, se ve cómodamente, todo fluye y es coherente y no nos arrastra ninguna desmesura sino que la coherencia y el control dominan todo. Bueno, todo menos el trabajo de una actriz que está absolutamente desmangada y haciendo justo lo contrario de lo que los personajes dicen de ella.
Lo único que me canta un poco es el excesivo aire melancólico de Isabelle Stoffel. Se pasea a veces de una forma demasiado lánguida. A ver, ya sabemos que es un fantasma, no es necesario que vaya flotando todo el rato ni mucho menos mirando al público. Somos espectadores mirando una especie de urna en la que pululan los personajes; acercarnos y hacernos cómplices con esas miradas es un poco romper un código. Es salir de esa urna y hacernos participar de una forma más implicada. Y no hace falta, es más duro dejarnos fuera, mirando fríamente ese mogollón. Evidentemente no cuestiono las decisiones de la directora, faltaría más, sólo comento que en mí, esas decisiones no funcionaron.
Y luego hay otro lastre y es un reparto demasiado irregular. Aparte del tema de las edades, que en algunos casos es chocante.
Carmen Conesa está fantástica. En cada gesto, en su frialdad, en su monólogo, en sus miradas, en su presencia y su peso en escena. Fantástica.
David Lorente es como un río en medio de las montañas. Lo que debía suponer para cualquiera una dificultad para él es un aliciente y saca provecho de cualquier traba. Es un actor descomunal y aquí vuelve a salirse. Gabriel Garbisu me sorprendió gratísimamente. Hacía mucho tiempo que no le veía y me gustó muchísimo su implicación y su poderío. Como el trabajazo de Manu Cuevas, al que desgraciadamente no conocía y ha pasado a ser ya un referente al que voy a seguir con fijación.
Y por supuesto Jesús Noguero es un grandioso actor y aquí vuelve a demostrarlo. Como Carolina África, otra de mis debilidades. Mette es pa llevártela a casa, aunque reconozco que el acento... no me convenció. Casi me parecía innecesario (supongo que será una noruega entre daneses) y me sonaba casi más a rusa. En fin, cosas mías.
En definitiva, "Festen" me parece un buen trabajo, sólido y de altos vuelos. Aunque peque quizá de ciertos lugares comunes, el resultado es potente y sobre todo, sobrio y contenido.
Magüi Mira nunca ha sido santo de mi devoción. Sin embargo creo que este "Festen" tiene bastantes aciertos.
Todo el mundo seguro que conoce la famosa película en la que se basa y conoce perfectamente la trama. Bien, pues poner eso en pie sin caer en tópicos y transmitiendo cierto punto de vista no era fácil.
Primer acierto: contar con David San José para que componga la música. Es evidente y sabido que David es un pedazo de músico todoterreno y brillantísimo. Y aquí lo vuelve a demostrar creando una partitura invisible, de las que provocan su efecto pero sin que te des cuenta. La esencia de una "banda sonora". José Manuel Guerra ilumina de maravilla el espacio creado por la propia Magüi y por Javier Ruiz de Alegría. Una mesa, una puerta, un piano y un sinfín de espacios creados simplemente con la luz y las sombras. Muchas, demasiadas sombras. Buena escenografía y fabulosa iluminación. Lorenzo Caprile se encarga del vestuario. Sí, mucho poderío, mucho glamour, mucho modelazo, todo precioso.
En todo este planteamiento hay algo añejo. El espacio blanco, el vestuario negro y blanco menos el de la muerta, que es rojo (hasta que cumple su cometido, se hace justicia y el esquema se rompe) son elementos vistos mil veces. No es que no sea original sino que es bastante básico. Pero funciona.
No funciona tanto el crear espacios distintos con la luz. La recreación de las habitaciones de la mansión es justita y no funciona demasiado bien. Especialmente cuando las parejas se van a dormir.
Magüi Mira mueve bien a los actores, ayudada por Rosángeles Valls y mide bien la tensión, la progresión dramática y algo vital: los silencios. Hay pausas y silencios eterrrrrnos en los que de repente, el ambiente en la sala se vuelve denso y espeso. El público necesita que alguien hable para destensar ese aire irrespirable. Y un buen rato después, sin prisa, alguien lo rompe. Dominar esos silencios sin que haya angustia ni prisas por volver a hablar es dificilísimo y ahí Magüi Mira demuestra control y poderío. Escénicamente el espectáculo aguanta bien, se ve cómodamente, todo fluye y es coherente y no nos arrastra ninguna desmesura sino que la coherencia y el control dominan todo. Bueno, todo menos el trabajo de una actriz que está absolutamente desmangada y haciendo justo lo contrario de lo que los personajes dicen de ella.
Lo único que me canta un poco es el excesivo aire melancólico de Isabelle Stoffel. Se pasea a veces de una forma demasiado lánguida. A ver, ya sabemos que es un fantasma, no es necesario que vaya flotando todo el rato ni mucho menos mirando al público. Somos espectadores mirando una especie de urna en la que pululan los personajes; acercarnos y hacernos cómplices con esas miradas es un poco romper un código. Es salir de esa urna y hacernos participar de una forma más implicada. Y no hace falta, es más duro dejarnos fuera, mirando fríamente ese mogollón. Evidentemente no cuestiono las decisiones de la directora, faltaría más, sólo comento que en mí, esas decisiones no funcionaron.
Y luego hay otro lastre y es un reparto demasiado irregular. Aparte del tema de las edades, que en algunos casos es chocante.
Carmen Conesa está fantástica. En cada gesto, en su frialdad, en su monólogo, en sus miradas, en su presencia y su peso en escena. Fantástica.
David Lorente es como un río en medio de las montañas. Lo que debía suponer para cualquiera una dificultad para él es un aliciente y saca provecho de cualquier traba. Es un actor descomunal y aquí vuelve a salirse. Gabriel Garbisu me sorprendió gratísimamente. Hacía mucho tiempo que no le veía y me gustó muchísimo su implicación y su poderío. Como el trabajazo de Manu Cuevas, al que desgraciadamente no conocía y ha pasado a ser ya un referente al que voy a seguir con fijación.
Y por supuesto Jesús Noguero es un grandioso actor y aquí vuelve a demostrarlo. Como Carolina África, otra de mis debilidades. Mette es pa llevártela a casa, aunque reconozco que el acento... no me convenció. Casi me parecía innecesario (supongo que será una noruega entre daneses) y me sonaba casi más a rusa. En fin, cosas mías.
En definitiva, "Festen" me parece un buen trabajo, sólido y de altos vuelos. Aunque peque quizá de ciertos lugares comunes, el resultado es potente y sobre todo, sobrio y contenido.
sábado, 28 de enero de 2017
Las brujas de Salem. Valle Inclán.
Es una pena que en su momento no se conservara el título original de la obra, "El crisol". El crisol es un aparato que sirve para separar las impurezas de los metales puestos a enormes temperaturas. Pero bueno, ha sido así creo que siempre y así lo han mantenido.
La clave de este espectáculo me la ha dado una amiga bastante más lista y perspicaz que yo: al entrar, la acomodadora que te corta la entrada te dice con cara como de pedir perdón que la función dura dos horas y cuarenta minutos sin descanso. Pobres. Pobre tú que estás a punto de entrar y pobre ella que si lo dice con esa carita... será por algo. Y claro, ya como que te aprietas.
Pero no, falsa alarma. Lo malo no es que dure dos horas y cuarenta minutos sin descanso. Eso sólo es un dato. Y realmente no pesa.
Arranca la función y Lluís Homar sale y nos explica lo que tenemos que sentir y qué vamos a ver. Dando por hecho que todos somos gilipollas, nos cuentan cómo y por qué escribió esta función Arthur Miller, sobre qué trata y cuál es la moraleja. Y un servidor entró automáticamente en un torbellino de indignación del cual no fui capaz de salir. No hay cosa que peor me siente que el que los que me cuentan una historia crean que soy imbécil. A ver, el autor escribió ese texto con una intención, evidentemente. Tú, como director de escena lo que tendrás que mostrarme será la metáfora que usó el autor para contarnos lo que él pretendía. Pero nunca jamás salir y antes siquiera de empezar, explicarme la metáfora dando por sentado lo primero que no la voy a entender si no me la explicas y lo segundo que es necesario explicar una metáfora porque como espectador, obviamente soy bobo.
Empezamos mal.
Pero a lo largo de la función han intercalado varios momentos en los que inciden en esto y periódicamente salen y te explican en qué punto tienes que estar, qué has visto, qué viene a continuación y cómo te lo tienes que tomar. ¡Toma ya!
El texto es innegable. Bestial, brillante y lleno de magia y recursos poderosos. Eso es valor y mérito del señor Miller. A sus pies.
Voy a separar y a poner por un lado lo que no me ha gustado y por otro lo que sí.
Empiezo por lo que NO me ha gustado.
José Luis López Muñoz firma la "versión literaria" y Eduardo Mendoza la "adaptación teatral". Vamos, que Mendoza ha partido de la traducción de López Muñoz, considerada una de las más fieles al original. Entonces deduzco que los añadidos explicativos son idea de Mendoza. No me gustan y me indignan. Por cierto, quizá yo tenga mis fallos sintácticos, no digo que no. Pero sobre un escenario no se puede decir "estoy seguro que...". Uno está seguro DE algo, "estoy seguro de que mientes". O si no, "Seguro que mientes", pero nunca "estoy seguro que mientes".
Beatriz San Juan firma el vestuario y la escenografía. Pues a Proctor le ha puesto una chaqueta siete tallas más grandes que la que necesita. Y los tirantes se le caen continuamente. El resto del vestuario es... normalito. Y la escenografía es moderna, actual y funcional. Si estuviéramos en los años 70.
Andrés Lima hace algo que a mí no me gusta nada. Crea unas pautas que utiliza a ratos y cuando le resultan incómodas deja de usarlas. Me explico: marca un espacio con la escenografía; un espacio delimitado por el suelo de madera y hace que los personajes entren por un sitio determinado donde coloca la premisa de que ahí y justamente ahí está la puerta de acceso a ese espacio. Y todos entran y salen por esa "puerta". Hasta que de repente le viene mal que entren por ahí y los personajes empiezan a entrar y salir por las "paredes" que él mismo había decidido marcar. A ver, ¿no será mejor NO marcar la puerta en ningún sitio en concreto y así luego no tienes que someterte si es que te viene mal?
Es como lo de que los cambios de escenografía los hagan los propios actores. Vale, bien, es bastante habitual. Pero de pronto hacen falta más manos y entonces utiliza a los técnicos del teatro. De nuevo crea una convención que se salta cuando le viene mal.
En el dossier de la obra, en el apartado dedicado a él, pone: "actor y director teatral, está considerado como uno de los grandes directores de la escena española". ¡¡¿¿??!!
Los actores están afectados, llorones y usando recursos sencillos y simples. Incluso Lluís Homar parece que "pasaba por ahí". Muy poca implicación, algún grito así de vez en cuando y un gesto de mirar al público continuamente como si quisiera que nosotros fuéramos el jurado aunque es el único que lo hace.
Para no hacer más leña lo dejaré ahí.
Ahora paso a lo que SÍ me gustó:
La clave de este espectáculo me la ha dado una amiga bastante más lista y perspicaz que yo: al entrar, la acomodadora que te corta la entrada te dice con cara como de pedir perdón que la función dura dos horas y cuarenta minutos sin descanso. Pobres. Pobre tú que estás a punto de entrar y pobre ella que si lo dice con esa carita... será por algo. Y claro, ya como que te aprietas.
Pero no, falsa alarma. Lo malo no es que dure dos horas y cuarenta minutos sin descanso. Eso sólo es un dato. Y realmente no pesa.
Arranca la función y Lluís Homar sale y nos explica lo que tenemos que sentir y qué vamos a ver. Dando por hecho que todos somos gilipollas, nos cuentan cómo y por qué escribió esta función Arthur Miller, sobre qué trata y cuál es la moraleja. Y un servidor entró automáticamente en un torbellino de indignación del cual no fui capaz de salir. No hay cosa que peor me siente que el que los que me cuentan una historia crean que soy imbécil. A ver, el autor escribió ese texto con una intención, evidentemente. Tú, como director de escena lo que tendrás que mostrarme será la metáfora que usó el autor para contarnos lo que él pretendía. Pero nunca jamás salir y antes siquiera de empezar, explicarme la metáfora dando por sentado lo primero que no la voy a entender si no me la explicas y lo segundo que es necesario explicar una metáfora porque como espectador, obviamente soy bobo.
Empezamos mal.
Pero a lo largo de la función han intercalado varios momentos en los que inciden en esto y periódicamente salen y te explican en qué punto tienes que estar, qué has visto, qué viene a continuación y cómo te lo tienes que tomar. ¡Toma ya!
El texto es innegable. Bestial, brillante y lleno de magia y recursos poderosos. Eso es valor y mérito del señor Miller. A sus pies.
Voy a separar y a poner por un lado lo que no me ha gustado y por otro lo que sí.
Empiezo por lo que NO me ha gustado.
José Luis López Muñoz firma la "versión literaria" y Eduardo Mendoza la "adaptación teatral". Vamos, que Mendoza ha partido de la traducción de López Muñoz, considerada una de las más fieles al original. Entonces deduzco que los añadidos explicativos son idea de Mendoza. No me gustan y me indignan. Por cierto, quizá yo tenga mis fallos sintácticos, no digo que no. Pero sobre un escenario no se puede decir "estoy seguro que...". Uno está seguro DE algo, "estoy seguro de que mientes". O si no, "Seguro que mientes", pero nunca "estoy seguro que mientes".
Beatriz San Juan firma el vestuario y la escenografía. Pues a Proctor le ha puesto una chaqueta siete tallas más grandes que la que necesita. Y los tirantes se le caen continuamente. El resto del vestuario es... normalito. Y la escenografía es moderna, actual y funcional. Si estuviéramos en los años 70.
Andrés Lima hace algo que a mí no me gusta nada. Crea unas pautas que utiliza a ratos y cuando le resultan incómodas deja de usarlas. Me explico: marca un espacio con la escenografía; un espacio delimitado por el suelo de madera y hace que los personajes entren por un sitio determinado donde coloca la premisa de que ahí y justamente ahí está la puerta de acceso a ese espacio. Y todos entran y salen por esa "puerta". Hasta que de repente le viene mal que entren por ahí y los personajes empiezan a entrar y salir por las "paredes" que él mismo había decidido marcar. A ver, ¿no será mejor NO marcar la puerta en ningún sitio en concreto y así luego no tienes que someterte si es que te viene mal?
Es como lo de que los cambios de escenografía los hagan los propios actores. Vale, bien, es bastante habitual. Pero de pronto hacen falta más manos y entonces utiliza a los técnicos del teatro. De nuevo crea una convención que se salta cuando le viene mal.
En el dossier de la obra, en el apartado dedicado a él, pone: "actor y director teatral, está considerado como uno de los grandes directores de la escena española". ¡¡¿¿??!!
Los actores están afectados, llorones y usando recursos sencillos y simples. Incluso Lluís Homar parece que "pasaba por ahí". Muy poca implicación, algún grito así de vez en cuando y un gesto de mirar al público continuamente como si quisiera que nosotros fuéramos el jurado aunque es el único que lo hace.
Para no hacer más leña lo dejaré ahí.
Ahora paso a lo que SÍ me gustó:
martes, 20 de diciembre de 2016
La cocina. Valle Inclán.
Nada, chica, no voy a meterme en esos temas escabrosos de los que tanto se ha hablado: que si el espectáculo ha costado 400.000 euros y con ese dinero se podrían haber montado cuatro o cinco espectáculos, que si varios actores se han BAJADO el caché para cobrar todos los mismo, que si Peris-Mencheta ha dirigido el espectáculo por Whatssapp... Vamos, que ni entro ni salgo ni son cosas que diga yo, que la parecer se ha publicado en alguna entrevista. Pero yo a lo mío.
"La cocina" versión 2016 es un pedazo de espectáculo. Es descomunal, gigantesco, operístico y muy desbordante.
El texto es cierto que podría encajar perfectamente en el siglo XXI, en pleno 2016 o cerca. Grecia, Alemania, deuda, duda, crisis, hambre, necesidades, falta de confianza, sueños rotos, la búsqueda de un eje en el que anclar una vida son temas de hoy en día, o de plena crisis. En ese sentido es una buena elección. Aunque situarlo en su momento histórico es tan certero como tentador y en este caso sirve para que estética y éticamente veamos cómo estaban las cosas en esos años. Dejar la acción situada en su momento, n 1953 es una decisión acertadísima.
Eso sí, lo mismo te digo una cosa como te digo la otra, también creo que se podrían haber cepillado al 70 % de los personajes y lo que es la trama gorda, el meollo central seguiría siendo el mismo. Quiero decir, la mayoría de las camareras son personajes que no aportan nada, podrían desaparecer y la acción sería la misma. Igual que varios cocineros. Eso sí, aportan algo esencial; su presencia. Dentro del mogollón todos son necesarios para crear caos y estrés. También para demostrar que esa cocina es un microcosmos, un minimundo con distintas nacionalidades y personalidades (todos europeos y blancos, pero bueno) en el que todos son partes necesarias para que paradójicamente, el mundo gire, las comandas se sirvan y el restaurante/planeta funcione. En cualquier caso, como sucede siempre, es el director el que toma las decisiones y de las mil formas de afrontar un trabajo, escoge la que quiere. Sergio Peris-Mencheta ha elegido no podar esos personajes que aportan poco, aparte de su presencia. Y como es el que manda, hace lo que quiere. Y todos callados. Yo el primero, por mucho que me parezca que hay muchos personajes a los que no les pasa realmente nada.
Peris-Mencheta mueve divinamente a todo el mogollón de actores. Entran, salen, manipulan, corren, gritan, pelan, cortan y sirven como un mecanismo de relojería absolutamente apabullante. Todo funciona al milímetro. Todos han estados asesorados por lo mejor de lo mejor y encima han contado con la ayuda del grandioso Chevi Muraday para las cuestiones de movimiento escénico. La gran maquinaria funciona perfectamente. Hay un trabajo incluso con los acentos que en la mayoría de los casos es tremendo, buenísimo, y muy enriquecedor. En otros no y hay que descubrir la procedencia casi por el nombre. Pero bueno. A lo que voy, el trabajo de acentos en general es bueno. Sin embargo, la propia maquinaria complicada, la apisonadora escénica y los acentos son la principal trampa en la que cae el espectáculo. Me explico: tras un primer acto desbordante, milimétrico, frenético y preciso se pasa a un segundo acto en el que se desarrolla lo más interesante para mi gusto. El encuentro más íntimo y la confrontación de sueños. Ahí es donde surge la paradoja más interesante del espectáculo. Curiosamente el sueño del chipriota es modesto, quedarse con su pequeña parcela y no molestar, el italiano sueña con alguien parecido a él, con alguien cercano y personal, el alemán con dinero, el francés judío con encontrar un amigo del que fiarse... paradojas del destino. Sin embargo, esa escena, que debería ser la más potente del espectáculo se viene un poco abajo precisamente, creo yo, por el hecho de que hablen con un acento tan marcado. Hablan despacio, con muchas dudas y pronunciando las frases con una música distinta, la propia del juego de acentos. A ver, que los acentos están cojonudos, pero el monólogo que mejor funciona es el de Javivi, el único sin acento ( yo no le escuché acento por ningún lado, pese a ser francés). Es el que mejor funciona porque es el más fluido, el que habla más normal. Entiendo que podría ser un desatino NO poner acento a los personajes. Efectivamente esa cocina es la torre de Babel, es un mogollón de nacionalidades unidas por las circunstancias y sería raro de cojones que hablaran todos con acento de Valladolid. Pero en esa escena, la propia maquinaria sale ganado y el grandioso trabajo de acentos se come la escena y acaba resultando larga y sin ritmo. Hasta que regresa la apisonadora, el ritmo desbordante y frenético y todo vuelve a encajar y a fluir. Funciona mejor el mogollón que lo íntimo.
Los actores (y hablo de los "actores") están estupendos. Aparte de demostrar un curro acojonante en la manipulación de objetos y en recrear cada uno su actividad particular, llevan al milímetro cada uno sus acciones para que el engranaje total funcione de maravilla. Un portento. Luego, claro, lo que es la construcción de personajes y el trabajo más en profundidad es dispar. Hay actores y actrices que como no tiene ni una escena medianamente "de peso" no se puede decir que hagan gran cosa a nivel interpretativo. Coreográficamente sí, geniales todos pero no se puede decir que muchas camareras y algún cocinero que únicamente tienen frases y momentos aislados, hagan un gran trabajo actoral. No digo que no lo hagan, sino que es difícil calibrarlo porque tienen pocas o ninguna arma para demostrarlo. De los que al menos yo puedo valorar tengo que destacar a Javivi, grande en su monólogo, a Mario Tardón, impecable tanto en su acento como en su forma de estar y de moverse. Victor Duplá está impecable y sólido en el griego que se dibuja con gran presencia y peso. Xabier Murúa es una mala bestia que se deja la piel y lo que haga falta.
Y Paloma Porcel tiene un imán, aparte de un carisma extraordinario. Tus ojos se van a ella, a su bondad, a su genio, a su sabiduría, a eso forma de mirar a los demás y de seguir con las consecuencias de lo que sucede. Actrizón de gran estirpe y escuela a la que le deseo un futuro grandioso en el teatro, porque lo merece. Si no, os propongo un ejercicio: podéis preguntar a los amigos que hayan visto la función a ver de quién se acuerdan. Te aseguro que el 99% te van a decir que Bertha, la encargada de las verduras. ¿Que no? Prueba.
Resumiendo, espectáculo gigantesco, descomunal, con una maquinaria técnicamente perfecta, con un texto al que no le vendría mal una poda, con personajes apenas esbozados y con un puñado de actores geniales. Dirección ágil de toda la parafernalia aunque a veces la maquinaria ingente se coma un poco el resultado. Por cierto... lo de que se "huelan" los platos que cocinan... pensaba que era real, no una figura. Te juro por Simone Ortega que yo no olí nada. Y llevo tres años sin fumar y tengo un olfato de perro policía.
"La cocina" versión 2016 es un pedazo de espectáculo. Es descomunal, gigantesco, operístico y muy desbordante.
El texto es cierto que podría encajar perfectamente en el siglo XXI, en pleno 2016 o cerca. Grecia, Alemania, deuda, duda, crisis, hambre, necesidades, falta de confianza, sueños rotos, la búsqueda de un eje en el que anclar una vida son temas de hoy en día, o de plena crisis. En ese sentido es una buena elección. Aunque situarlo en su momento histórico es tan certero como tentador y en este caso sirve para que estética y éticamente veamos cómo estaban las cosas en esos años. Dejar la acción situada en su momento, n 1953 es una decisión acertadísima.
Eso sí, lo mismo te digo una cosa como te digo la otra, también creo que se podrían haber cepillado al 70 % de los personajes y lo que es la trama gorda, el meollo central seguiría siendo el mismo. Quiero decir, la mayoría de las camareras son personajes que no aportan nada, podrían desaparecer y la acción sería la misma. Igual que varios cocineros. Eso sí, aportan algo esencial; su presencia. Dentro del mogollón todos son necesarios para crear caos y estrés. También para demostrar que esa cocina es un microcosmos, un minimundo con distintas nacionalidades y personalidades (todos europeos y blancos, pero bueno) en el que todos son partes necesarias para que paradójicamente, el mundo gire, las comandas se sirvan y el restaurante/planeta funcione. En cualquier caso, como sucede siempre, es el director el que toma las decisiones y de las mil formas de afrontar un trabajo, escoge la que quiere. Sergio Peris-Mencheta ha elegido no podar esos personajes que aportan poco, aparte de su presencia. Y como es el que manda, hace lo que quiere. Y todos callados. Yo el primero, por mucho que me parezca que hay muchos personajes a los que no les pasa realmente nada.
Peris-Mencheta mueve divinamente a todo el mogollón de actores. Entran, salen, manipulan, corren, gritan, pelan, cortan y sirven como un mecanismo de relojería absolutamente apabullante. Todo funciona al milímetro. Todos han estados asesorados por lo mejor de lo mejor y encima han contado con la ayuda del grandioso Chevi Muraday para las cuestiones de movimiento escénico. La gran maquinaria funciona perfectamente. Hay un trabajo incluso con los acentos que en la mayoría de los casos es tremendo, buenísimo, y muy enriquecedor. En otros no y hay que descubrir la procedencia casi por el nombre. Pero bueno. A lo que voy, el trabajo de acentos en general es bueno. Sin embargo, la propia maquinaria complicada, la apisonadora escénica y los acentos son la principal trampa en la que cae el espectáculo. Me explico: tras un primer acto desbordante, milimétrico, frenético y preciso se pasa a un segundo acto en el que se desarrolla lo más interesante para mi gusto. El encuentro más íntimo y la confrontación de sueños. Ahí es donde surge la paradoja más interesante del espectáculo. Curiosamente el sueño del chipriota es modesto, quedarse con su pequeña parcela y no molestar, el italiano sueña con alguien parecido a él, con alguien cercano y personal, el alemán con dinero, el francés judío con encontrar un amigo del que fiarse... paradojas del destino. Sin embargo, esa escena, que debería ser la más potente del espectáculo se viene un poco abajo precisamente, creo yo, por el hecho de que hablen con un acento tan marcado. Hablan despacio, con muchas dudas y pronunciando las frases con una música distinta, la propia del juego de acentos. A ver, que los acentos están cojonudos, pero el monólogo que mejor funciona es el de Javivi, el único sin acento ( yo no le escuché acento por ningún lado, pese a ser francés). Es el que mejor funciona porque es el más fluido, el que habla más normal. Entiendo que podría ser un desatino NO poner acento a los personajes. Efectivamente esa cocina es la torre de Babel, es un mogollón de nacionalidades unidas por las circunstancias y sería raro de cojones que hablaran todos con acento de Valladolid. Pero en esa escena, la propia maquinaria sale ganado y el grandioso trabajo de acentos se come la escena y acaba resultando larga y sin ritmo. Hasta que regresa la apisonadora, el ritmo desbordante y frenético y todo vuelve a encajar y a fluir. Funciona mejor el mogollón que lo íntimo.
Los actores (y hablo de los "actores") están estupendos. Aparte de demostrar un curro acojonante en la manipulación de objetos y en recrear cada uno su actividad particular, llevan al milímetro cada uno sus acciones para que el engranaje total funcione de maravilla. Un portento. Luego, claro, lo que es la construcción de personajes y el trabajo más en profundidad es dispar. Hay actores y actrices que como no tiene ni una escena medianamente "de peso" no se puede decir que hagan gran cosa a nivel interpretativo. Coreográficamente sí, geniales todos pero no se puede decir que muchas camareras y algún cocinero que únicamente tienen frases y momentos aislados, hagan un gran trabajo actoral. No digo que no lo hagan, sino que es difícil calibrarlo porque tienen pocas o ninguna arma para demostrarlo. De los que al menos yo puedo valorar tengo que destacar a Javivi, grande en su monólogo, a Mario Tardón, impecable tanto en su acento como en su forma de estar y de moverse. Victor Duplá está impecable y sólido en el griego que se dibuja con gran presencia y peso. Xabier Murúa es una mala bestia que se deja la piel y lo que haga falta.
Y Paloma Porcel tiene un imán, aparte de un carisma extraordinario. Tus ojos se van a ella, a su bondad, a su genio, a su sabiduría, a eso forma de mirar a los demás y de seguir con las consecuencias de lo que sucede. Actrizón de gran estirpe y escuela a la que le deseo un futuro grandioso en el teatro, porque lo merece. Si no, os propongo un ejercicio: podéis preguntar a los amigos que hayan visto la función a ver de quién se acuerdan. Te aseguro que el 99% te van a decir que Bertha, la encargada de las verduras. ¿Que no? Prueba.
Resumiendo, espectáculo gigantesco, descomunal, con una maquinaria técnicamente perfecta, con un texto al que no le vendría mal una poda, con personajes apenas esbozados y con un puñado de actores geniales. Dirección ágil de toda la parafernalia aunque a veces la maquinaria ingente se coma un poco el resultado. Por cierto... lo de que se "huelan" los platos que cocinan... pensaba que era real, no una figura. Te juro por Simone Ortega que yo no olí nada. Y llevo tres años sin fumar y tengo un olfato de perro policía.
sábado, 3 de diciembre de 2016
Mármol. Valle Inclán.
Antonio C. Guijosa, ayudante de dirección de Ernesto Caballero, dirige para el CDN en la pequeña del Valle Inclán un coproducción entre este teatro público, la productora de Guijosa; Serena Producciones, El Vodevil e Iria Producciones. Guijosa ya había dirigido anteriormente "Serena Apocalipsis" y uno de los fragmentos de "Trilogía de la ceguera" para el CDN.
En esta ocasión ha escogido el texto de Marina Carr, escritora irlandesa y presentan en el Valle Inclán un trabajo interpretado por Pepe Viyuela, José Luis Alcobendas, Susana Hernández y Elena González.
Vaya por delante que el espectáculo no me gustó nada. Como siempre, esto no deja de ser mas que una opinión personal, particular, única e intransferible. Tan digna de respeto o de olvido como cualquier otra opinión.
Ya desde que se apagan las luces empieza a sonar una musiquita como de vodevil de matrimonios y por un momento te trasladas al Maravillas o al Marquina (teatros ambos donde he visto espectáculos muy buenos, dicho sea de paso). Me refiero a que sospechas que vas a ver una comedia ligera de esas de conflictos matrimoniales en los que una anécdota boba de pronto provoca que se diga lo que nunca se ha dicho y que ocurra lo que inexplicablemente nunca había sucedido hasta ese momento. Un texto de esos en los que los personajes se explican continuamente, dicen en voz alta por qué hacen lo que hacen y por qué reaccionan como lo hacen. Por si acaso tú no lo descifras, ellos mismos te analizan sus reacciones, te dicen lo que nunca antes habían dicho ni siquiera a sus parejas y enlazan frases de libro de autoayuda o de carpetera como si tal cosa simplemente para justificar una crisis de pareja que no te explicas cómo no se había producido antes.
Escenografía nada destacable, luces normales, dirección escénica al uso y texto que arranca de esa forma, como un vodevil matrimonial blanco y de repente todo da un giro inexplicable para intentar convertirse en una especie de drama o de propuesta filosófica o vital o algo que particularmente no despierta mi interés ni formal, ni textual ni emocionalmente.
Quiero dejar claro que admiro a cualquiera que saca adelante un proyecto en el que cree, al que ha dedicado esfuerzos, ensayos, noches en vela, dedicación, preocupaciones, mucho empeño y seguramente su dinero, sus sueños y su tiempo. Todo eso despierta mi admiración sincera y en ese sentido me quito el sombrero ante todos los implicados y responsables de "Mármol". Pero otra cosa es que el resultado te pille o no te pille y en este caso no me pilló en ningún momento.
Pepe Viyuela está muy bien, ha demostrado muchas veces que es muy bueno y aquí lo que hace está bien. Pero ni la historia, ni la dirección ni el texto dan para más. José Luis Alcobendas personalmente me suele gustar siempre. No en esta ocasión, en la que le veo afectado, sobreactuado y como si estuviera declamando verso todo el rato. Elena González está como con poca energía, como floja, sin tensión corporal ni peso escénico. Creo que el personaje no le va mucho o no ha sabido encontrar el punto que una sus energías. Además su personaje, para mi gusto, actúa de forma inexplicable y nada creíble. Aparte de tener un punto machista tremendo que a mí me despertó más rechazo que empatía. Susana Hernández está fabulosa. Sin duda lo mejor de la noche. Pisa con energía, tiene presencia y densidad escénicas. Camina, actúa, bebe y dice desde un buen sitio y consigue ser creíble en ese personaje repelente y poco "salvable".
También me llamó la atención un detalle de dirección. Las mujeres se sientan como si fueran quinceañeras, con un pie sobre la silla, tumbadas, recostadas o en actitud dinámica y frívola. Ellos sin embargo, se sientan con las piernas abiertas. No sé a qué responde esta actitud, la verdad o si es simple casualidad, pero me llamó la atención.
Reitero mi admiración y respeto por el trabajo de cualquiera que se sube a un escenario y dedica su vida a ello y simplemente lamento que su esfuerzo, en este caso, no conectara conmigo, dejándome frío y exactamente como había entrado. Por supuesto el problema es mío.
En esta ocasión ha escogido el texto de Marina Carr, escritora irlandesa y presentan en el Valle Inclán un trabajo interpretado por Pepe Viyuela, José Luis Alcobendas, Susana Hernández y Elena González.
Vaya por delante que el espectáculo no me gustó nada. Como siempre, esto no deja de ser mas que una opinión personal, particular, única e intransferible. Tan digna de respeto o de olvido como cualquier otra opinión.
Ya desde que se apagan las luces empieza a sonar una musiquita como de vodevil de matrimonios y por un momento te trasladas al Maravillas o al Marquina (teatros ambos donde he visto espectáculos muy buenos, dicho sea de paso). Me refiero a que sospechas que vas a ver una comedia ligera de esas de conflictos matrimoniales en los que una anécdota boba de pronto provoca que se diga lo que nunca se ha dicho y que ocurra lo que inexplicablemente nunca había sucedido hasta ese momento. Un texto de esos en los que los personajes se explican continuamente, dicen en voz alta por qué hacen lo que hacen y por qué reaccionan como lo hacen. Por si acaso tú no lo descifras, ellos mismos te analizan sus reacciones, te dicen lo que nunca antes habían dicho ni siquiera a sus parejas y enlazan frases de libro de autoayuda o de carpetera como si tal cosa simplemente para justificar una crisis de pareja que no te explicas cómo no se había producido antes.
Escenografía nada destacable, luces normales, dirección escénica al uso y texto que arranca de esa forma, como un vodevil matrimonial blanco y de repente todo da un giro inexplicable para intentar convertirse en una especie de drama o de propuesta filosófica o vital o algo que particularmente no despierta mi interés ni formal, ni textual ni emocionalmente.
Quiero dejar claro que admiro a cualquiera que saca adelante un proyecto en el que cree, al que ha dedicado esfuerzos, ensayos, noches en vela, dedicación, preocupaciones, mucho empeño y seguramente su dinero, sus sueños y su tiempo. Todo eso despierta mi admiración sincera y en ese sentido me quito el sombrero ante todos los implicados y responsables de "Mármol". Pero otra cosa es que el resultado te pille o no te pille y en este caso no me pilló en ningún momento.
Pepe Viyuela está muy bien, ha demostrado muchas veces que es muy bueno y aquí lo que hace está bien. Pero ni la historia, ni la dirección ni el texto dan para más. José Luis Alcobendas personalmente me suele gustar siempre. No en esta ocasión, en la que le veo afectado, sobreactuado y como si estuviera declamando verso todo el rato. Elena González está como con poca energía, como floja, sin tensión corporal ni peso escénico. Creo que el personaje no le va mucho o no ha sabido encontrar el punto que una sus energías. Además su personaje, para mi gusto, actúa de forma inexplicable y nada creíble. Aparte de tener un punto machista tremendo que a mí me despertó más rechazo que empatía. Susana Hernández está fabulosa. Sin duda lo mejor de la noche. Pisa con energía, tiene presencia y densidad escénicas. Camina, actúa, bebe y dice desde un buen sitio y consigue ser creíble en ese personaje repelente y poco "salvable".
También me llamó la atención un detalle de dirección. Las mujeres se sientan como si fueran quinceañeras, con un pie sobre la silla, tumbadas, recostadas o en actitud dinámica y frívola. Ellos sin embargo, se sientan con las piernas abiertas. No sé a qué responde esta actitud, la verdad o si es simple casualidad, pero me llamó la atención.
Reitero mi admiración y respeto por el trabajo de cualquiera que se sube a un escenario y dedica su vida a ello y simplemente lamento que su esfuerzo, en este caso, no conectara conmigo, dejándome frío y exactamente como había entrado. Por supuesto el problema es mío.
miércoles, 12 de octubre de 2016
El lugar sin límites. Valle Inclán.
Quiero aclarar antes de meterme en harinas, que no he visto todos los espectáculos del ciclo. Así que no voy a poder hablar de L'alakran ni de Alejandro Ruffoni, y de este último reconozco que me da rabia no poder decir nada pero es que no lo vi. Después de dos horas y pico inenarrables (menos la media hora poética de san Pablo) no tenía cuerpo para más mamarrachadas y me fui a cenar por ahí.
Mi opinión sobre Ivo Dimchev la puedes leer pinchando AQUÍ. Sólo quiero reiterar que si el objetivo de un artista o un creador es conectar con el público a que muestra su trabajo, Ivo conectó cono todo el mundo que conozco que fue a verle. Único, distinto, sincero, directo y depurado. Un mago.
De "La casa" no voy a decir nada. Bastante tiempo perdí en esas dos horas y media como para perder más escribiendo. Y unas pajas ni me escandalizan, ni me incomodan ni me nada. Y si no me nada, entonces para mí, sobran.
Luisa Pardo presentó un gran trabajo, muy en la línea de Lagartijas tiradas al sol con su "Veracruz, nos estamos deforestando o cómo extrañar Xalapa". Valiente, muy valiente denuncia de la degradación física y moral de la ciudad de sus antepasados y que la vio nacer a ella misma. Con formato "conferencia", repasa las basuras de Méjico y la forma inexorable de destrozar un país y a su gente. Brutal, duro y desolador. Un paisaje sin futuro donde el único atisbo de colores son unas figuras artificiales, unas plantas y varios objetos que intentan recuperar la alegría perdida.
Orquestina de pigmeos y "Género chico" es un trabajo entrañable. Basa todo su poder de atracción en sus dos protagonistas mayores. Los dos ancianos resultan adorables y con su cachondeo y sus gruñidos octogenarios se ganaron el corazón del respetable. Pero ya. Aparte de la sonrisilla con determinados comentarios de los abuelos, poco más. Bueno.
El teatro de "prospecto" o de "manual de instrucciones" me toca las narices. No me gusta que me expliquen qué voy a ver y qué debo sentir. Empezar un espectáculo explicando que "una propuesta contemporánea es cualquier cosa, todo vale, así que voy a hacer lo que me de la gana y como es contemporáneo, te lo tienes que tragar y lo tienes que aceptar sin rechistar, porque para eso es contemporáneo" me parece una trampa y un callejón sin salida en el que no quiero entrar. Como espectador quiero tener la facultad de decidir si lo que veo me gusta y lo acepto o si no. No me vale que me cierren la posibilidad de que no me guste apelando a que "como es moderno te tiene que valer y si no te vale es que no eres moderno". Ivo te descolocaba y rompía tus prejuicios con su trabajo y yo, particularmente le considero un dios. Pero lo de Itxaso Corral me dejó muerto. Partiendo de unos conceptos básicos de esos con los que uno simpatiza empezó a... no sé sabe qué y acabó no se sabe cómo. Pero podría haber seguido o haber durado menos, porque habría sido lo mismo. Era una especie de monólogo del club de la comedia con un presunto humor sin gracia. Nombrar algo es darle vida, sí, pero repetir incesantemente una palabra no le da más valor sino que al contrario, haces que pierda incluso su sentido primero. Por otra parte siempre he pensado que los elementos que hay en un escenario tienen que estar ahí por algo, aportar algo, si no, son decorativos y gratuitos. Quizá eso sea un valor en sí mismo, pero a mí me parece que no. Salir sin bragas me parece gratuito porque con o sin bragas el espectáculo es exactamente el mismo, con lo cual el hecho de no llevarlas es un intento de algo, quizá de provocación que no va a ningún sitio, ya que imagino que a todos nos daba exactamente igual si llevaba bragas o no.
"Light years away", de Edurne Rubio me pareció un trabajo precioso. Emocionante, emotivo, tirando de memoria y reivindicando una forma de vida en la que la palabra "casa" adquiere un significado mágico, subterráneo, oculto, por debajo y por encima de dictaduras y de la propia vida. Vivir la dictadura en una cueva y hablar de represión en el único sitio del mundo donde lo único que oyes es el latido de tu propio corazón es muy emocionante. Me queda la eterna duda de si un espectáculo de este tipo, basado en una proyección es o no es "dramáticamente interesante". Quiero decir, cada día es igual que el anterior, no hay nada de "vivo" en la representación de cada día. El espectáculo es exactamente igual si lo ves hoy o si lo ves pasado mañana. Esa sensación me descoloca.
Sergi Fäustino es Sergi Fäustino e hizo lo que esperábamos de él. Un concierto como suele, dentro de su investigación particular. Nada que objetar. Aunque tampoco me dejó marcado.
San Pablo volvió a escribirnos una epístola nueva a los humanos. "Ningún aire de ningún sitio" ES la casa y el relato. Es la casa primitiva, la casa necesaria, la casa viva y la casa muerta, la muerte, la casa última. Y el primer y último relato.
Una figura avanza iluminada apenas por un farolillo. Poco a poco descubrimos que va arrastrando un cuerpo. Se le une otra figura y entre ambas consiguen llevar ese cuerpo inerte a un cuadrado de luz. Una especie de plano luminoso. Cuatro líneas de luz y un hueco para que entren en esa casa. Una casa que es ataúd y que es nido de amor. Un hogar del que Elena no quiere salir, quiere vivir allí para siempre e incluso después con su amor. Aunque esté muerto. Al menos eso es lo que dice Eva, la otra visión de la muerte, de la falta de casa, del fin del relato. Elena se niega a aceptar en fin de su amor, la muerte de su amante, el fin de su relato y el fin de su casa. Porque si muere el amor, muere el hogar, muere el sitio común, muere el calorcito creado entre dos. Eva viene de no se sabe dónde, quizá hasta sea la propia muerte. Ella es la casa vacía, la ciencia, la frialdad, la razón, el relato muerto. Ambas acabarán juntas, saliendo de esa casa justo cuando deja de ser casa, cuando las líneas de luz se esfuman y desaparece la tumba, desaparece la casa, el mausoleo en el que ha habitado ese Agamenón que es José Juan. El amor como casa, como hogar primigenio y la tumba como casa última.
Nosotros somos la casa. Yo no. Y tú tampoco. Los dos. Sin dos no hay casa. La casa muere. No era antes ni será después. Es aquí y ahora. Mi vida es nosotros y mi casa nosotros. Ni luz. Ni razón. Sólo dolor y separación. No ver no es no ser o no estar. No ver es ver desde dentro. El amor es tan grandioso...
Poesía bestial de esa que te rompe.
Paloma Parra nos regala unas de las luces más preciosas y precisas de la historia del teatro y Óscar Villegas un espacio sonoro lleno de vida y de muerte, de vacío y de amor, de eco y de soledad.
San Pablo Messiez... vierte poesía, delicadeza, humor, soledad, amor y distancia. Crea un sueño en el que habitamos todos, antes, después, fuera, arriba, dentro, el que será o el que vino. Medida y despiporre emocional. Arrebatado de pasión y delicado como un lunar.
Elena Olivieri, Eva Racionero y José Juan Rodríguez son tres portentos. Elena y Eva parecen sacadas de una peli de Rosellini o de Bergman. Son torrente y son potencia. Dos miradas animales y un poder de comunicar que lo flipas. José Juan llena un espacio vacío y casi oscuro con una mirada a su alrededor y con una ligera sonrisa que ilumina la sala y hace que automáticamente te enamores de esa sonrisa tierna y dulce como del príncipe azul que despierta del sueño, en vez de la princesita.
Reconozco que me llegó mucho, me hirió y me hizo ver que en este caso, la distancia de rescate no funcionó. estaba demasiado lejos y nadie puedo salvarme, salí herido. "Herido de amor huido. Herido, muerto de amor".
Mi opinión sobre Ivo Dimchev la puedes leer pinchando AQUÍ. Sólo quiero reiterar que si el objetivo de un artista o un creador es conectar con el público a que muestra su trabajo, Ivo conectó cono todo el mundo que conozco que fue a verle. Único, distinto, sincero, directo y depurado. Un mago.
De "La casa" no voy a decir nada. Bastante tiempo perdí en esas dos horas y media como para perder más escribiendo. Y unas pajas ni me escandalizan, ni me incomodan ni me nada. Y si no me nada, entonces para mí, sobran.
Luisa Pardo presentó un gran trabajo, muy en la línea de Lagartijas tiradas al sol con su "Veracruz, nos estamos deforestando o cómo extrañar Xalapa". Valiente, muy valiente denuncia de la degradación física y moral de la ciudad de sus antepasados y que la vio nacer a ella misma. Con formato "conferencia", repasa las basuras de Méjico y la forma inexorable de destrozar un país y a su gente. Brutal, duro y desolador. Un paisaje sin futuro donde el único atisbo de colores son unas figuras artificiales, unas plantas y varios objetos que intentan recuperar la alegría perdida.
Orquestina de pigmeos y "Género chico" es un trabajo entrañable. Basa todo su poder de atracción en sus dos protagonistas mayores. Los dos ancianos resultan adorables y con su cachondeo y sus gruñidos octogenarios se ganaron el corazón del respetable. Pero ya. Aparte de la sonrisilla con determinados comentarios de los abuelos, poco más. Bueno.
El teatro de "prospecto" o de "manual de instrucciones" me toca las narices. No me gusta que me expliquen qué voy a ver y qué debo sentir. Empezar un espectáculo explicando que "una propuesta contemporánea es cualquier cosa, todo vale, así que voy a hacer lo que me de la gana y como es contemporáneo, te lo tienes que tragar y lo tienes que aceptar sin rechistar, porque para eso es contemporáneo" me parece una trampa y un callejón sin salida en el que no quiero entrar. Como espectador quiero tener la facultad de decidir si lo que veo me gusta y lo acepto o si no. No me vale que me cierren la posibilidad de que no me guste apelando a que "como es moderno te tiene que valer y si no te vale es que no eres moderno". Ivo te descolocaba y rompía tus prejuicios con su trabajo y yo, particularmente le considero un dios. Pero lo de Itxaso Corral me dejó muerto. Partiendo de unos conceptos básicos de esos con los que uno simpatiza empezó a... no sé sabe qué y acabó no se sabe cómo. Pero podría haber seguido o haber durado menos, porque habría sido lo mismo. Era una especie de monólogo del club de la comedia con un presunto humor sin gracia. Nombrar algo es darle vida, sí, pero repetir incesantemente una palabra no le da más valor sino que al contrario, haces que pierda incluso su sentido primero. Por otra parte siempre he pensado que los elementos que hay en un escenario tienen que estar ahí por algo, aportar algo, si no, son decorativos y gratuitos. Quizá eso sea un valor en sí mismo, pero a mí me parece que no. Salir sin bragas me parece gratuito porque con o sin bragas el espectáculo es exactamente el mismo, con lo cual el hecho de no llevarlas es un intento de algo, quizá de provocación que no va a ningún sitio, ya que imagino que a todos nos daba exactamente igual si llevaba bragas o no.
"Light years away", de Edurne Rubio me pareció un trabajo precioso. Emocionante, emotivo, tirando de memoria y reivindicando una forma de vida en la que la palabra "casa" adquiere un significado mágico, subterráneo, oculto, por debajo y por encima de dictaduras y de la propia vida. Vivir la dictadura en una cueva y hablar de represión en el único sitio del mundo donde lo único que oyes es el latido de tu propio corazón es muy emocionante. Me queda la eterna duda de si un espectáculo de este tipo, basado en una proyección es o no es "dramáticamente interesante". Quiero decir, cada día es igual que el anterior, no hay nada de "vivo" en la representación de cada día. El espectáculo es exactamente igual si lo ves hoy o si lo ves pasado mañana. Esa sensación me descoloca.
Sergi Fäustino es Sergi Fäustino e hizo lo que esperábamos de él. Un concierto como suele, dentro de su investigación particular. Nada que objetar. Aunque tampoco me dejó marcado.
San Pablo volvió a escribirnos una epístola nueva a los humanos. "Ningún aire de ningún sitio" ES la casa y el relato. Es la casa primitiva, la casa necesaria, la casa viva y la casa muerta, la muerte, la casa última. Y el primer y último relato.
Una figura avanza iluminada apenas por un farolillo. Poco a poco descubrimos que va arrastrando un cuerpo. Se le une otra figura y entre ambas consiguen llevar ese cuerpo inerte a un cuadrado de luz. Una especie de plano luminoso. Cuatro líneas de luz y un hueco para que entren en esa casa. Una casa que es ataúd y que es nido de amor. Un hogar del que Elena no quiere salir, quiere vivir allí para siempre e incluso después con su amor. Aunque esté muerto. Al menos eso es lo que dice Eva, la otra visión de la muerte, de la falta de casa, del fin del relato. Elena se niega a aceptar en fin de su amor, la muerte de su amante, el fin de su relato y el fin de su casa. Porque si muere el amor, muere el hogar, muere el sitio común, muere el calorcito creado entre dos. Eva viene de no se sabe dónde, quizá hasta sea la propia muerte. Ella es la casa vacía, la ciencia, la frialdad, la razón, el relato muerto. Ambas acabarán juntas, saliendo de esa casa justo cuando deja de ser casa, cuando las líneas de luz se esfuman y desaparece la tumba, desaparece la casa, el mausoleo en el que ha habitado ese Agamenón que es José Juan. El amor como casa, como hogar primigenio y la tumba como casa última.
Nosotros somos la casa. Yo no. Y tú tampoco. Los dos. Sin dos no hay casa. La casa muere. No era antes ni será después. Es aquí y ahora. Mi vida es nosotros y mi casa nosotros. Ni luz. Ni razón. Sólo dolor y separación. No ver no es no ser o no estar. No ver es ver desde dentro. El amor es tan grandioso...
Poesía bestial de esa que te rompe.
Paloma Parra nos regala unas de las luces más preciosas y precisas de la historia del teatro y Óscar Villegas un espacio sonoro lleno de vida y de muerte, de vacío y de amor, de eco y de soledad.
San Pablo Messiez... vierte poesía, delicadeza, humor, soledad, amor y distancia. Crea un sueño en el que habitamos todos, antes, después, fuera, arriba, dentro, el que será o el que vino. Medida y despiporre emocional. Arrebatado de pasión y delicado como un lunar.
Elena Olivieri, Eva Racionero y José Juan Rodríguez son tres portentos. Elena y Eva parecen sacadas de una peli de Rosellini o de Bergman. Son torrente y son potencia. Dos miradas animales y un poder de comunicar que lo flipas. José Juan llena un espacio vacío y casi oscuro con una mirada a su alrededor y con una ligera sonrisa que ilumina la sala y hace que automáticamente te enamores de esa sonrisa tierna y dulce como del príncipe azul que despierta del sueño, en vez de la princesita.
Reconozco que me llegó mucho, me hirió y me hizo ver que en este caso, la distancia de rescate no funcionó. estaba demasiado lejos y nadie puedo salvarme, salí herido. "Herido de amor huido. Herido, muerto de amor".
sábado, 27 de febrero de 2016
Vida de Galileo. Valle Inclán.
Si sales del teatro pensando en si hay cerca un restaurante mono para cenar algo sabrosón y pedirte un vino rico, es que lo que has visto no te ha marcado en absoluto. Y no es que tenga que haber un antes y un después de cada cosa que ves, pero salir exactamente igual que como has entrado y que nada te haya emocionado en absoluto es un poco como que no. Eso me pasó con esta "Vida de Galileo", que por mucho Brecht... na de na.
El texto me parece anticuado y que ha resistido regular el paso del tiempo. Realmente ni creo que profundice mucho en el pensamiento de Galileo ni el "intríngulis" de lo que está pasando te haga estar alerta. Además la dirección de escena de Ernesto Caballero no ayuda. La escenografía de Paco Azorín no pasa de correcta aunque tampoco es destacable. Como le sucede al vestuario de Felype de Lima. Todo es correcto pero nada luce especialmente. Y no es por aquello de que "no hay mejor iluminación que la que no se nota", no. Es que todo es correcto, sí, pero poco o nada pasional, poco o nada destacable, poco o nada vivo. Corrección, limpieza y funcionalidad.
Lo de comenzar como si estuviera la compañía en medio de los ensayos e irrumpiera un personaje ajeno (no quiero desvelar nada, por si acaso) no recuerdo que esté en el texto ni me parece nada original. En todo caso, de hacerlo, hacerlo bien, pero que Ramón Fontseré hable en "alemán" con ese acentazo es increíble y... bueno, dejémoslo en increíble. Movimiento escénico poco original y previsible. Todo iba sucediendo tal y como te lo esperabas, como lógicamente debía suceder. Vale, volvemos a lo mismo, corrección y frialdad.
El reparto también es correcto. La única pega que se puede poner es el tremendo acento gallego de uno de los actores. Pero exagerado, que a mí particularmente me despierta la hilaridad. El resto, incluido Fontseré están correctos. Ni bien ni mal sino todo lo contrario. Bien, correctos, sin estridencias ni nada llamativo. Bueno, las canciones sí resultan estridentes. Lo siento pero sí.
Nada estorba (salvo esos acentos...) nada falta, nada crece, nada vive y nada perdura. Pasas dos horas y pico sentadito viendo justo lo que esperas ver, sales y te vas a cenar. La vida sigue. La vida no se ha detenido y TU vida no se ha alterado.
domingo, 25 de octubre de 2015
Darling. Valle Inclán.
A mí Ricci/Forte me ponen.
Me ponen mucho.
Me pone su lenguaje, me pone lo que creo que me quieren contar y me pone la forma en la que me lo cuentan.
Me pone el sitio que escogen para contármelo.No hablo del sitio físico, claro sino al mental, al ético.
Me pone su sensibilidad y su salvajismo.
Me pone su irreverencia.
La primera vez que les vi fue en La casa encendida, en un espectáculo llamado "Macadamia nut brittle". No tenía ni pajolera de qué hacían y de qué rollo llevaban. Y salí disparado, triste y exultante a la vez. Estremecido y revolcado. Me habían removido los entresijos y eso, a mí, me pone.
En esta ocasión iba deseando volver a verme expuesto. Y vaya si lo estuve.
Ricci/Forte son dignos herederos de su maestro, Luca Ronconi. Hasta algo hay por ahí volando como con ecos de comedia dell'arte. Es más, hasta te diría que algo de herencia queda tanto en la composición de la Ana ¿Bolena? del primer y sufrido monólogo como incluso en su aspecto. Había momentos en los que parecías estar viendo a Raina Kabaivanska y que se iba a arrancar a cantar "Al dolce guidami". Aunque esto son pajas mías, porque Raina siempre será una gran trágica mezclada con Adriana Lecouvreur y el físico de Nedda.
En "Darling" hablan de romper con lo preestablecido, cargarte las normas, romper moldes, agarrar esquemas usados, destrozarlos, romperlos, cagarlos y tirar por otro lado. Especialmente en el amor. Desde la muerte de amor, al matar amando al amor suicida, al amor habitual. Todo se lo cargan. Lo estrujan, lo revientan y te dejan a ti en medio, destruido, deconstruido y abatido. Destruyen por inútil lo establecido, las normas, las reglas, las costumbres, el concierto de año nuevo, un monólogo. Pero no lo destruyen por crueldad, sino por criterio, por decisión y por capacidad. Por eso el primer monólogo de la grandiosa Anna Gualdo es así, con la voz destrozada, destruida, rota y antiteatral al máximo. Por eso bailan y luchan mientras destruyen la casa, el hogar, el calor, por eso plantan niños y los riegan para traerlos a este mundo hostil y cruel. Por eso el primer monólogo de Giusseppe Sartori te hiela la sangre. Por eso se intentan descolgar desde el techo sin conseguirlo, por eso desnudan una tragedia griega y se la llevan a la esencia, por eso bailan en bolas y por eso desnudan tanto sus cuerpos prodigiosos como sus raíces. Por eso te desgarran y hacen que se te dispare la adrenalina y tengas ganas de subir al escenario a maldecir, a gritar, a desnudarte y a rebozarte en vómito.
Porque es Kubrik, y es Koltes, y es el Piccolo y es asfalto y es amor y son lágrimas. Y por eso es el teatro que me pone. Y por eso seguiría a esta compañía allá donde fueran. Los necesito. Necesito sentirme expuesto y vulnerable.
Porque a mí Ricci/Forte me ponen.
Iba a comentar algo sobre el caballero que se ofendió tanto que se esperó a verles el pito a los actores para ponerse a gritar ofendido, pero... sería malgastar el tiempo. A cagar.
Me pone su lenguaje, me pone lo que creo que me quieren contar y me pone la forma en la que me lo cuentan.
Me pone el sitio que escogen para contármelo.No hablo del sitio físico, claro sino al mental, al ético.
Me pone su sensibilidad y su salvajismo.
Me pone su irreverencia.
La primera vez que les vi fue en La casa encendida, en un espectáculo llamado "Macadamia nut brittle". No tenía ni pajolera de qué hacían y de qué rollo llevaban. Y salí disparado, triste y exultante a la vez. Estremecido y revolcado. Me habían removido los entresijos y eso, a mí, me pone.
En esta ocasión iba deseando volver a verme expuesto. Y vaya si lo estuve.
Ricci/Forte son dignos herederos de su maestro, Luca Ronconi. Hasta algo hay por ahí volando como con ecos de comedia dell'arte. Es más, hasta te diría que algo de herencia queda tanto en la composición de la Ana ¿Bolena? del primer y sufrido monólogo como incluso en su aspecto. Había momentos en los que parecías estar viendo a Raina Kabaivanska y que se iba a arrancar a cantar "Al dolce guidami". Aunque esto son pajas mías, porque Raina siempre será una gran trágica mezclada con Adriana Lecouvreur y el físico de Nedda.
En "Darling" hablan de romper con lo preestablecido, cargarte las normas, romper moldes, agarrar esquemas usados, destrozarlos, romperlos, cagarlos y tirar por otro lado. Especialmente en el amor. Desde la muerte de amor, al matar amando al amor suicida, al amor habitual. Todo se lo cargan. Lo estrujan, lo revientan y te dejan a ti en medio, destruido, deconstruido y abatido. Destruyen por inútil lo establecido, las normas, las reglas, las costumbres, el concierto de año nuevo, un monólogo. Pero no lo destruyen por crueldad, sino por criterio, por decisión y por capacidad. Por eso el primer monólogo de la grandiosa Anna Gualdo es así, con la voz destrozada, destruida, rota y antiteatral al máximo. Por eso bailan y luchan mientras destruyen la casa, el hogar, el calor, por eso plantan niños y los riegan para traerlos a este mundo hostil y cruel. Por eso el primer monólogo de Giusseppe Sartori te hiela la sangre. Por eso se intentan descolgar desde el techo sin conseguirlo, por eso desnudan una tragedia griega y se la llevan a la esencia, por eso bailan en bolas y por eso desnudan tanto sus cuerpos prodigiosos como sus raíces. Por eso te desgarran y hacen que se te dispare la adrenalina y tengas ganas de subir al escenario a maldecir, a gritar, a desnudarte y a rebozarte en vómito.
Porque es Kubrik, y es Koltes, y es el Piccolo y es asfalto y es amor y son lágrimas. Y por eso es el teatro que me pone. Y por eso seguiría a esta compañía allá donde fueran. Los necesito. Necesito sentirme expuesto y vulnerable.
Porque a mí Ricci/Forte me ponen.
Iba a comentar algo sobre el caballero que se ofendió tanto que se esperó a verles el pito a los actores para ponerse a gritar ofendido, pero... sería malgastar el tiempo. A cagar.
martes, 23 de junio de 2015
Fortune cookie. Valle Inclán.
Cualquiera que haya visto un espectáculo de Carlota Ferrer sabe que es una de las figuras más interesantes de la escena actual. Personal, única, con una creatividad desmesurada y una capacidad de riesgo envidiable.
En "Fortune cookie" habla de muchísimas cosas. Bajo ese envoltorio bellísimo, laten mil temas a cada cual más intenso y acojonante.
Demostrando una vez más esa inteligencia que la caracteriza, Carlota Ferrer empieza encargando la escenografía a Alessio Meloni y a Mónica Boromello y estos dos genios crean uno de los espacios escénicos más dolorosamente bellos de los últimos tiempos. Y encima lo ilumina de ensueño José Espigares. Pura poesía.
Y pura poesía es la que sobrevuela por todo este montaje. Rosalba añora su amor de juventud, aquel al que abandonó porque se le quedaba pequeño y al que ahora, enferma, rememora aunque su Ildefonso lleve varios años muerto. Aparte de la trama, que ni voy a revelar ni voy a desgranar aquí, este trabajo habla de muchísimas cosas. O las intuye, o las insinúa y uno ve lo que en él han provocado. Porque Carlota Ferrer tiñe de poesía todo lo que ocurre en el escenario y le añade unas gotitas de naturalidad, un humor fino y sugerente y algo de filosofía de creador y nos sirve un jarabe que como si fuéramos unos niños pequeños, nos tragamos sin darnos cuenta de lo que nos va pasando por dentro poco a poco.
Porque Carlota habla del hecho artístico, del poder del arte, de la creación como sublimación, del creador, del ego, de la necesidad de diálogo, de la herencia, de dejar algo detrás, de trascendencia, de amor, del otro de el complementario, de la pareja, del padre, del hijo, de la raíz, de los porqués de la vida y de la creación, del teatro, de la vida, del teatro como vida, del teatro en lugar de la vida... de todo eso y de mucho más. A través de una distribuidora teatral, un autor, un chino que lo mismo te sirve pa un roto que pa un descosido, una china embarazada y sufriente y del carnicero muerto.
Tiene algunos de los momentos visualmente más bellos de los últimos tiempos y emocionalmente más complejos y completos vistos también últimamente. No hay ni un sólo elemento gratuito, y desde los muñequitos de colores, al vestuario, a las copas de gin-tonic, y acabando con el cuentecito de María y su pretendiente, el único con el que quizá habría podido casarse, pero con quien no lo hará porque "ha llegado tarde al amor"; todo está impregnado de capas y de lecturas que tiene mucho que ver con la creación, con la necesidad del otro, del otro como receptor, como comprador, como amante, como amador, como hijo, como heredero, como complemento en definitiva para cualquier cosa que hagamos. Incluso para algo tan naif como recordar a tu primer y más blanco amor, cuando la muerte asoma su pezuña por debajo de tu puerta. Incluso ahí, el "otro" es paradójicamente vital. Aunque nada sea por nada ni valga para nada. Aunque no sepas por qué escribes, ni por qué vas al teatro, ni por qué lloras, ni por qué extrañas. Es así porque sí, como le canto de un pájaro.
La función dura cerca de hora y media. Yo a los cuarenta minutos empecé a llorar y no paré hasta un buen rato después de terminar. Es de esas funciones de una belleza y un calado tal, que si vas abierto de corazón, te agarra el corazón y te lo estruja hasta secártelo. Grande Carlota Ferrer. Y grandiosos sus actores, todos ellos en estado de gracia: Joaquín Hinojosa, David Picazo (genio polivalente y absoluto), Alberto Jo Lee y Alba Celma. Brillando por encima de todos la diosa de las diosas. Esther Ortega. Sin duda una de las mejores actrices de España. Un titán escénico, un caballo de Troya emocional, que sin que te des cuenta, te invade, te enamora y no te suelta. Adoración eterna.
Ah, coño, que casi se me olvida. El momentazo "Dido y Eneas"... de romperte el alma de bello. Tan estremecedor como ese otro icono como era la lluvia de ceniza de "Las palabras".
En "Fortune cookie" habla de muchísimas cosas. Bajo ese envoltorio bellísimo, laten mil temas a cada cual más intenso y acojonante.
Demostrando una vez más esa inteligencia que la caracteriza, Carlota Ferrer empieza encargando la escenografía a Alessio Meloni y a Mónica Boromello y estos dos genios crean uno de los espacios escénicos más dolorosamente bellos de los últimos tiempos. Y encima lo ilumina de ensueño José Espigares. Pura poesía.
Y pura poesía es la que sobrevuela por todo este montaje. Rosalba añora su amor de juventud, aquel al que abandonó porque se le quedaba pequeño y al que ahora, enferma, rememora aunque su Ildefonso lleve varios años muerto. Aparte de la trama, que ni voy a revelar ni voy a desgranar aquí, este trabajo habla de muchísimas cosas. O las intuye, o las insinúa y uno ve lo que en él han provocado. Porque Carlota Ferrer tiñe de poesía todo lo que ocurre en el escenario y le añade unas gotitas de naturalidad, un humor fino y sugerente y algo de filosofía de creador y nos sirve un jarabe que como si fuéramos unos niños pequeños, nos tragamos sin darnos cuenta de lo que nos va pasando por dentro poco a poco.
Porque Carlota habla del hecho artístico, del poder del arte, de la creación como sublimación, del creador, del ego, de la necesidad de diálogo, de la herencia, de dejar algo detrás, de trascendencia, de amor, del otro de el complementario, de la pareja, del padre, del hijo, de la raíz, de los porqués de la vida y de la creación, del teatro, de la vida, del teatro como vida, del teatro en lugar de la vida... de todo eso y de mucho más. A través de una distribuidora teatral, un autor, un chino que lo mismo te sirve pa un roto que pa un descosido, una china embarazada y sufriente y del carnicero muerto.
Tiene algunos de los momentos visualmente más bellos de los últimos tiempos y emocionalmente más complejos y completos vistos también últimamente. No hay ni un sólo elemento gratuito, y desde los muñequitos de colores, al vestuario, a las copas de gin-tonic, y acabando con el cuentecito de María y su pretendiente, el único con el que quizá habría podido casarse, pero con quien no lo hará porque "ha llegado tarde al amor"; todo está impregnado de capas y de lecturas que tiene mucho que ver con la creación, con la necesidad del otro, del otro como receptor, como comprador, como amante, como amador, como hijo, como heredero, como complemento en definitiva para cualquier cosa que hagamos. Incluso para algo tan naif como recordar a tu primer y más blanco amor, cuando la muerte asoma su pezuña por debajo de tu puerta. Incluso ahí, el "otro" es paradójicamente vital. Aunque nada sea por nada ni valga para nada. Aunque no sepas por qué escribes, ni por qué vas al teatro, ni por qué lloras, ni por qué extrañas. Es así porque sí, como le canto de un pájaro.
La función dura cerca de hora y media. Yo a los cuarenta minutos empecé a llorar y no paré hasta un buen rato después de terminar. Es de esas funciones de una belleza y un calado tal, que si vas abierto de corazón, te agarra el corazón y te lo estruja hasta secártelo. Grande Carlota Ferrer. Y grandiosos sus actores, todos ellos en estado de gracia: Joaquín Hinojosa, David Picazo (genio polivalente y absoluto), Alberto Jo Lee y Alba Celma. Brillando por encima de todos la diosa de las diosas. Esther Ortega. Sin duda una de las mejores actrices de España. Un titán escénico, un caballo de Troya emocional, que sin que te des cuenta, te invade, te enamora y no te suelta. Adoración eterna.
Ah, coño, que casi se me olvida. El momentazo "Dido y Eneas"... de romperte el alma de bello. Tan estremecedor como ese otro icono como era la lluvia de ceniza de "Las palabras".
martes, 10 de marzo de 2015
La ola. Valle Inclán.
Este espectáculo calcadito ya estuvo en el Lliure el año 2013, creo. Allí gustó mucho. Al parecer tuvo muchísimo éxito entre el público más bien tirando a juvenil. Quizá por eso yo, que soy más bien... digamos.. maduro..., quizá por eso no me tocó. Porque ya estoy mayor, o porque el discurso se me queda anticuado, o ya visto, o flojuno. El caso es que la propuesta escénica es un poco artificiosa, la verdad. No sé por qué razón se ha adelantado el escenario, quizá para meter más al público en la acción. O quizá para que quepan las pancartas del final, no lo sé. Casi todo me resulta artificioso. Empezando por una puesta en escena distante, fría, como de esas latitudes de las que suelen llegarnos espectáculos efectivos, correctos, limpios, hipoalergénicos y desinfectados. Todo es correcto. Pero sólo correcto. Incluso el texto es como las cartillas Rubio; un punto de partida. La profundidad queda reducida a mera ilusión. Lo que se dice y cómo se dice (hablo sólo de nivel textual) es bastante básico, simplista e inocuo. NO hay un sólo momento en el que se vea a algún personaje a solas. En su intimidad, donde veamos una mínima duda. Y si no hay dudas, pues que no las haya, pero que se vea algo más. Yo eché en falta en todo momento conocer sus intimidades, sus puntos débiles, sus grietas. Todo es demasiado aséptico, demasiado Tommy Hilfiger. Y el discurso final en el que se hace esa reflexión sobre las dictaduras y el ser humano, es un poco del Reader's digest. Los actores están bien. Bueno, hay alguno que personalmente me resulta... cargante, pero son manías personales. Todo lo que se ve está bien y todos ellos están muy bien. En serio. El problema es que todo lo que va lastrando la función es como blando, como desinfectado.
Si lo que el teatro deja o debería dejar en nosotros es el recuerdo de unas impresiones, esta "Ola" en mí no caló, no dejó más huella que la de las ganas que llevaba de disfrutar y lo frío que me quedé tras ver este espectáculo lejano, aséptico y muy bien interpretado.
domingo, 8 de marzo de 2015
La pechuga de la sardina. Valle Inclán (Francisco Nieva)
Las dictaduras son muy malas. Hasta para el recuerdo. Y Franco no sólo se cargó un país, su progreso, su desarrollo y su libertad sino que arrasó a todo aquel que vivió desde España aquellos cuarenta años. ¡Cuarenta!
En ese trabajo digno de Atila, se llevó por delante a muchos creadores que vieron cómo su nombre acababa unido en una paradoja cruel al nombre del dictador. Entre esas víctimas está Lauro Olmo.
En "La pechuga de la sardina" hay escondido un texto ácido, muy ácido que refleja una sociedad herida, envidiosa, podrida, prostituida y putrefacta en la que las raíces que intentan florecer viven asfixiadas y atrapadas por convencionalismos y morales sadomaso. Espera... ¿estaba hablando de la España de los años 50 y 60? Es que por un momento... me ha dado la sensación de que hablaba del país al que nos quieren llevar los hijos de aquellos. Ay, no sé, mira, casi que empiezo otra vez.
El texto de Lauro Olmo nos presenta un microcosmos de lo que podía ser la España de los 60. En la pensión regentada por Juana, víctima de un marido alcohólico y herida de desengaño, viven Cándida, la chica para todo, víctima de una juventud simplona y buscavidas, Soledad, una gran dama víctima de su propio destino, Paloma, víctima de ser mujer en un mundo de hombres, Concha víctima de la falta de oxigeno y Doña Elena, víctima de sí misma y de su envidia tumorosa. Ella es la España envidiosa del extranjero, del resto del mundo, el país enclaustrado que mira a hurtadillas lo que pasa en Europa y babea de rabia negra. Y todas juntas, son como las primas de Bernarda Alba. Soledad está sola, Conchita, Concepción está embarazada, Paloma querría volar pero tiene cortadas las alas, Cándida es la pureza. Y Juana es la raíz, son los pies en la tierra. Es el descaro de quien está de vuelta de todo pero sufre y llora en la soledad de su cama turca sin turco. Hasta en el nombre llevan escrito su fatal destino.
La fantástica escenografía de Paloma Canseco en la que sin embargo echo de menos algo tan necesario como una radio, junta en un puzle casi como de casa de muñecas a esta panda de mujeres (los hombres pintan poco en esta función) desengañadas y presas en un espacio que, como España, necesitaba el aire fresco de la calle. Aunque lo que habitara la calle fueran aprovechados, putas y beatas (magistrales Marta Calvó y Marisol Membrillo). Texto afortunadísimo sobre le mal que hace la represión, con alguna referencia increíblemente explícita a la España de entonces. Reflejo de la pus y el cáncer que conllevan la envidia, la represión (estremecedora escena en la que doña Elena va a la habitación de Soledad y...) y el aislamiento. Amarguísimo retrato de un país castrado y una sociedad infectada.
Todo el reparto está sembrado. Cristina Palomo lleva la resignación y el empeño en la cara. Es la voz de la inteligencia fría y luchadora. Nuria Herrero domina la escena y no se arruga ante nada ni ante nadie. Se está comiendo la escena y se la seguirá comiendo porque aparte de calidad, tiene carisma y lo mismo se desenvuelve en "La pensión de las pulgas" como en el Valle Inclán. Natalia Sánchez parece que ha nacido con el drama de posguerra en la piel. Adorable, guapísima y con una delicadeza y fuerza interior muy, muy a tener en cuenta.
Lo de Amparo Pamplona no me lo explico, sinceramente. No sé cómo ni por qué este pedazo de bestia escénica no se prodiga más en los escenarios y en tos laos. Sí, claro que trabaja, pero deberían estar rifándosela todos los directores de escena del país. Aquí compone a una perra herida, mala como Ángela Chaning, con el cuerpo lleno de bilis y mala baba. Es la España enquistada y envidiosa, llena de ira pero deseosa de ser tan libre como sus víctimas. Ese chorro de voz lleno de mala hostia te encoje el corazón. Brutal. Con oficio de maestra. Alejandra Torray es absolutamente divina y está pa comérsela. Si ninguno podemos escapar del gen, ella lo lleva tan dentro que incluso cuando está sencillamente dormida en la cama, derrocha arte y profesión. Tiene una voz que como la de mami, te arrastra a donde quiere, esa voz y esa forma de decir de TEATRO, así con mayúsculas. Puedes oírla y simplemente su voz te da más que muchas actrices que se retuercen en espasmos vacíos. Porte y formas de hacer de gran dama del teatro. Y curiosamente tanto ella como Amparo, María y las demás, tienen esa forma de hacer como de teatro del de antes. No digo añejo ni pasado de moda, no, ni mucho menos, sino teatro del de antes, del de los grandes nombres, teatro de Estudio uno, teatro de Bódalo, de las Gutiérrez Caba, de Berta Riaza, de la D'Ocon... esa forma de hacer que le va que ni pintada a esta pequeña "Colmena".
Y María Garralón. Hacía mucho que no la veía sobre un escenario (problema mío, porque ella no ha parado de trabajar) y literalmene he flipado. No porque haya descubierto nada que no supiera, porque todos sabemos o deberíamos saber que es una gran actriz, sino porque he descubierto a una actriz PRODIGIOSA. A ver, para ser actriz y para ser grande, hay que saber pisar un escenario y sentirte grande aunque no hagas de marquesona. María pisa el escenario, lo domina, lo llena con su sola presencia, lo habita, lo siente. Lo hace suyo. Y habla y ta caes de espaldas. Si físicamente es la dueña del espacio, con su voz hace un recorrido por todos los matices habidos y por haber. Transmite como si tal cosa todo tipo de matices, de sensaciones, de intenciones, de penas, de socarronería, de puyas... hace lo que le da la gana. Y tiene un encanto y un carisma que consiguen que en cuanto está ella en escena, no puedas apartar los ojos de ella. Voz prodigiosa, matices sabios y brillantes, drama y lágrimas en cada sonrisa y un dominio del escenario acojonantes. Un prodigio ver un nivelazo tan desmesurado de actrices en un escenario. Ellas solitas junto con el gran trabajo de Manuel Canseco dando forma y coherencia a esta gozada de texto y de puesta en escena consiguen que nos demos cuenta de que NO hay teatro anticuado, sino mentes anticuadas y que lo peor que le puede pasar a una sociedad es que la dejan sin oxigeno. Porque acabas como doña Elena. Así que ya sabéis pa las próximas elecciones.
En ese trabajo digno de Atila, se llevó por delante a muchos creadores que vieron cómo su nombre acababa unido en una paradoja cruel al nombre del dictador. Entre esas víctimas está Lauro Olmo.
En "La pechuga de la sardina" hay escondido un texto ácido, muy ácido que refleja una sociedad herida, envidiosa, podrida, prostituida y putrefacta en la que las raíces que intentan florecer viven asfixiadas y atrapadas por convencionalismos y morales sadomaso. Espera... ¿estaba hablando de la España de los años 50 y 60? Es que por un momento... me ha dado la sensación de que hablaba del país al que nos quieren llevar los hijos de aquellos. Ay, no sé, mira, casi que empiezo otra vez.
El texto de Lauro Olmo nos presenta un microcosmos de lo que podía ser la España de los 60. En la pensión regentada por Juana, víctima de un marido alcohólico y herida de desengaño, viven Cándida, la chica para todo, víctima de una juventud simplona y buscavidas, Soledad, una gran dama víctima de su propio destino, Paloma, víctima de ser mujer en un mundo de hombres, Concha víctima de la falta de oxigeno y Doña Elena, víctima de sí misma y de su envidia tumorosa. Ella es la España envidiosa del extranjero, del resto del mundo, el país enclaustrado que mira a hurtadillas lo que pasa en Europa y babea de rabia negra. Y todas juntas, son como las primas de Bernarda Alba. Soledad está sola, Conchita, Concepción está embarazada, Paloma querría volar pero tiene cortadas las alas, Cándida es la pureza. Y Juana es la raíz, son los pies en la tierra. Es el descaro de quien está de vuelta de todo pero sufre y llora en la soledad de su cama turca sin turco. Hasta en el nombre llevan escrito su fatal destino.
La fantástica escenografía de Paloma Canseco en la que sin embargo echo de menos algo tan necesario como una radio, junta en un puzle casi como de casa de muñecas a esta panda de mujeres (los hombres pintan poco en esta función) desengañadas y presas en un espacio que, como España, necesitaba el aire fresco de la calle. Aunque lo que habitara la calle fueran aprovechados, putas y beatas (magistrales Marta Calvó y Marisol Membrillo). Texto afortunadísimo sobre le mal que hace la represión, con alguna referencia increíblemente explícita a la España de entonces. Reflejo de la pus y el cáncer que conllevan la envidia, la represión (estremecedora escena en la que doña Elena va a la habitación de Soledad y...) y el aislamiento. Amarguísimo retrato de un país castrado y una sociedad infectada.
Todo el reparto está sembrado. Cristina Palomo lleva la resignación y el empeño en la cara. Es la voz de la inteligencia fría y luchadora. Nuria Herrero domina la escena y no se arruga ante nada ni ante nadie. Se está comiendo la escena y se la seguirá comiendo porque aparte de calidad, tiene carisma y lo mismo se desenvuelve en "La pensión de las pulgas" como en el Valle Inclán. Natalia Sánchez parece que ha nacido con el drama de posguerra en la piel. Adorable, guapísima y con una delicadeza y fuerza interior muy, muy a tener en cuenta.
Lo de Amparo Pamplona no me lo explico, sinceramente. No sé cómo ni por qué este pedazo de bestia escénica no se prodiga más en los escenarios y en tos laos. Sí, claro que trabaja, pero deberían estar rifándosela todos los directores de escena del país. Aquí compone a una perra herida, mala como Ángela Chaning, con el cuerpo lleno de bilis y mala baba. Es la España enquistada y envidiosa, llena de ira pero deseosa de ser tan libre como sus víctimas. Ese chorro de voz lleno de mala hostia te encoje el corazón. Brutal. Con oficio de maestra. Alejandra Torray es absolutamente divina y está pa comérsela. Si ninguno podemos escapar del gen, ella lo lleva tan dentro que incluso cuando está sencillamente dormida en la cama, derrocha arte y profesión. Tiene una voz que como la de mami, te arrastra a donde quiere, esa voz y esa forma de decir de TEATRO, así con mayúsculas. Puedes oírla y simplemente su voz te da más que muchas actrices que se retuercen en espasmos vacíos. Porte y formas de hacer de gran dama del teatro. Y curiosamente tanto ella como Amparo, María y las demás, tienen esa forma de hacer como de teatro del de antes. No digo añejo ni pasado de moda, no, ni mucho menos, sino teatro del de antes, del de los grandes nombres, teatro de Estudio uno, teatro de Bódalo, de las Gutiérrez Caba, de Berta Riaza, de la D'Ocon... esa forma de hacer que le va que ni pintada a esta pequeña "Colmena".
Y María Garralón. Hacía mucho que no la veía sobre un escenario (problema mío, porque ella no ha parado de trabajar) y literalmene he flipado. No porque haya descubierto nada que no supiera, porque todos sabemos o deberíamos saber que es una gran actriz, sino porque he descubierto a una actriz PRODIGIOSA. A ver, para ser actriz y para ser grande, hay que saber pisar un escenario y sentirte grande aunque no hagas de marquesona. María pisa el escenario, lo domina, lo llena con su sola presencia, lo habita, lo siente. Lo hace suyo. Y habla y ta caes de espaldas. Si físicamente es la dueña del espacio, con su voz hace un recorrido por todos los matices habidos y por haber. Transmite como si tal cosa todo tipo de matices, de sensaciones, de intenciones, de penas, de socarronería, de puyas... hace lo que le da la gana. Y tiene un encanto y un carisma que consiguen que en cuanto está ella en escena, no puedas apartar los ojos de ella. Voz prodigiosa, matices sabios y brillantes, drama y lágrimas en cada sonrisa y un dominio del escenario acojonantes. Un prodigio ver un nivelazo tan desmesurado de actrices en un escenario. Ellas solitas junto con el gran trabajo de Manuel Canseco dando forma y coherencia a esta gozada de texto y de puesta en escena consiguen que nos demos cuenta de que NO hay teatro anticuado, sino mentes anticuadas y que lo peor que le puede pasar a una sociedad es que la dejan sin oxigeno. Porque acabas como doña Elena. Así que ya sabéis pa las próximas elecciones.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)



































