A mí se me va la fuerza por la boca, no es ningún secreto. Vamos, que lo que pienso lo digo.
Magüi Mira nunca ha sido santo de mi devoción. Sin embargo creo que este "Festen" tiene bastantes aciertos.
Todo el mundo seguro que conoce la famosa película en la que se basa y conoce perfectamente la trama. Bien, pues poner eso en pie sin caer en tópicos y transmitiendo cierto punto de vista no era fácil.
Primer acierto: contar con David San José para que componga la música. Es evidente y sabido que David es un pedazo de músico todoterreno y brillantísimo. Y aquí lo vuelve a demostrar creando una partitura invisible, de las que provocan su efecto pero sin que te des cuenta. La esencia de una "banda sonora". José Manuel Guerra ilumina de maravilla el espacio creado por la propia Magüi y por Javier Ruiz de Alegría. Una mesa, una puerta, un piano y un sinfín de espacios creados simplemente con la luz y las sombras. Muchas, demasiadas sombras. Buena escenografía y fabulosa iluminación. Lorenzo Caprile se encarga del vestuario. Sí, mucho poderío, mucho glamour, mucho modelazo, todo precioso.
En todo este planteamiento hay algo añejo. El espacio blanco, el vestuario negro y blanco menos el de la muerta, que es rojo (hasta que cumple su cometido, se hace justicia y el esquema se rompe) son elementos vistos mil veces. No es que no sea original sino que es bastante básico. Pero funciona.
No funciona tanto el crear espacios distintos con la luz. La recreación de las habitaciones de la mansión es justita y no funciona demasiado bien. Especialmente cuando las parejas se van a dormir.
Magüi Mira mueve bien a los actores, ayudada por Rosángeles Valls y mide bien la tensión, la progresión dramática y algo vital: los silencios. Hay pausas y silencios eterrrrrnos en los que de repente, el ambiente en la sala se vuelve denso y espeso. El público necesita que alguien hable para destensar ese aire irrespirable. Y un buen rato después, sin prisa, alguien lo rompe. Dominar esos silencios sin que haya angustia ni prisas por volver a hablar es dificilísimo y ahí Magüi Mira demuestra control y poderío. Escénicamente el espectáculo aguanta bien, se ve cómodamente, todo fluye y es coherente y no nos arrastra ninguna desmesura sino que la coherencia y el control dominan todo. Bueno, todo menos el trabajo de una actriz que está absolutamente desmangada y haciendo justo lo contrario de lo que los personajes dicen de ella.
Lo único que me canta un poco es el excesivo aire melancólico de Isabelle Stoffel. Se pasea a veces de una forma demasiado lánguida. A ver, ya sabemos que es un fantasma, no es necesario que vaya flotando todo el rato ni mucho menos mirando al público. Somos espectadores mirando una especie de urna en la que pululan los personajes; acercarnos y hacernos cómplices con esas miradas es un poco romper un código. Es salir de esa urna y hacernos participar de una forma más implicada. Y no hace falta, es más duro dejarnos fuera, mirando fríamente ese mogollón. Evidentemente no cuestiono las decisiones de la directora, faltaría más, sólo comento que en mí, esas decisiones no funcionaron.
Y luego hay otro lastre y es un reparto demasiado irregular. Aparte del tema de las edades, que en algunos casos es chocante.
Carmen Conesa está fantástica. En cada gesto, en su frialdad, en su monólogo, en sus miradas, en su presencia y su peso en escena. Fantástica.
David Lorente es como un río en medio de las montañas. Lo que debía suponer para cualquiera una dificultad para él es un aliciente y saca provecho de cualquier traba. Es un actor descomunal y aquí vuelve a salirse. Gabriel Garbisu me sorprendió gratísimamente. Hacía mucho tiempo que no le veía y me gustó muchísimo su implicación y su poderío. Como el trabajazo de Manu Cuevas, al que desgraciadamente no conocía y ha pasado a ser ya un referente al que voy a seguir con fijación.
Y por supuesto Jesús Noguero es un grandioso actor y aquí vuelve a demostrarlo. Como Carolina África, otra de mis debilidades. Mette es pa llevártela a casa, aunque reconozco que el acento... no me convenció. Casi me parecía innecesario (supongo que será una noruega entre daneses) y me sonaba casi más a rusa. En fin, cosas mías.
En definitiva, "Festen" me parece un buen trabajo, sólido y de altos vuelos. Aunque peque quizá de ciertos lugares comunes, el resultado es potente y sobre todo, sobrio y contenido.
Aquí podrás leer MI opinión sobre los espectáculos que voy viendo. Insisto en que es MI opinión, nada mas. No pretendo adoctrinar ni tener razón. Únicamente te contaré MIS razones para amar o amar menos lo que vaya viendo. El teatro son gustos y aquí leerás los míos. No soy crítico, solo necesito contarle al mundo el porqué de mis amores. Lo que puedes leer aquí es lo que yo he sentido al ver estos espectáculos. Ni más ni menos que mis sensaciones. Si a alguien le sirven, estupendo.
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domingo, 26 de marzo de 2017
domingo, 1 de marzo de 2015
Las amistades peligrosas. Matadero.
Darío Facal se atrevió hace un par de años a poner en pie una nueva visión de "Las amistades peligrosas". Empezó, que yo sepa, en el Fringe. Y ahí siguen. Lógico.
No me conozco el texto original de Christopher Hampton ni el de Choderlos de Laclos al dedillo como para poder juzgar la adaptación de Javier L. Patiño y Darío Facal. Lo que sí sé es que el texto que nos encontramos en Matadero es una gozada, sin una sola fisura y con una riqueza tanto sonora como rítmica realmente asombrosa.
Darío Facal se encarga de la dirección de esa bomba de relojería y plantea un espectáculo desnudo, fingido, tan fingido como las "relaciones" que vamos a ver. Los actores se acicalan y comienza la farsa, comienza el engaño. Unos pocos elementos en la escena, sillas, micrófonos, instrumentos musicales... todo disonante y con una energía salvaje simplemente "estando". Y desde ele momento en el que se enciende la mecha, no hay vuelta atrás. Ni un sólo respiro, ni una pausa, ni un sólo momento para que el espectador se relaje y respire. Al contrario, vas a enfrentarte a una montaña de dinamita. Lo único que quizá me chirríe sea que Volanges tararee "Los pescadores de perlas". Con todo y con eso, el subidón de adrenalina que se despliega y se transmite en la sala dos del Matadero es asfixiante.
Carmen Conesa recrea a la perraca marquesa de Merteuil y crea, sin duda, el mejor trabajo de su vida. Tiene toda la maldad, el rencor, la ironía, la maquinación, la bilis y la pus enquistada necesarias para que ni remotamente te acuerdes de Glenn Close. A ver, es que las cosas como son, todo dios ha visto la peli y todos tenemos en un rincón de nuestro corazón las imágenes poderosas de la versión de Stephen Frears. Luchar contra eso o al menos intentar olvidarlo es un peso tremendo contra el que tiene que luchar a priori esta visión. Afortunadamente para todos estamos ante una visión tan poderosa, personal y coherente que consigue que en ningún momento recordemos la peli. Y la Conesa crea y recrea una víbora en sí misma. Manipuladora, pérfida y más mala que cualquier mala. Pasa por mil estados complejos hasta llegar a esa imagen final salvaje, cruda y estremecedora sin hacer nada más que mirarnos mientras se le cae, sin poder reprimirla, una lágrima. Acojonante.
Nosotros elegimos ir un día en el que actuaba Cristóbal Suárez. Y dimos en la diana. No me imagino un Valmont más seductor, cruel, manipulador, maltratador, sibilino ni sexual que Cristóbal Suárez. Yo no sé el resto del público, pero servidor, incluso sabiendo lo cabrón que era, sólo pensaba en que rompiera la cuarta pared y me secuestrara a mí. Es como un semental desbocado que arrasa a cualquier mujer que se le ponga a tiro. No hay ni un sólo movimiento, palabra, gesto o pausa que no sea absolutamente perfecta. Lucía Díez es la desasosegante Cecile. Brillante actriz, envuelta en el halo de niña que hace que te revuelvas en la butaca en la escena... en esa escena. Estremecedora. Iria del Río sin embargo se me quedó un poco fuera de lo que esperaba de ella. Para mi gusto, le faltó un poco de la delicadeza y casi misticismo que debería tener en la primera parte. Luego se enturbia bien, pero falta base en el comienzo.
En definitiva, montajazo salvaje, brutal, personal y enérgico. Una pasada tanto de concepción como de desarrollo. Visión caníbal de un textazo y desplegado con brutalidad y una calidad soberbia por parte de todos. Uno de esos montajes que se quedan en la memoria y que pueden durara años y años en cartel. De quitarse el sombrero.
No me conozco el texto original de Christopher Hampton ni el de Choderlos de Laclos al dedillo como para poder juzgar la adaptación de Javier L. Patiño y Darío Facal. Lo que sí sé es que el texto que nos encontramos en Matadero es una gozada, sin una sola fisura y con una riqueza tanto sonora como rítmica realmente asombrosa.
Darío Facal se encarga de la dirección de esa bomba de relojería y plantea un espectáculo desnudo, fingido, tan fingido como las "relaciones" que vamos a ver. Los actores se acicalan y comienza la farsa, comienza el engaño. Unos pocos elementos en la escena, sillas, micrófonos, instrumentos musicales... todo disonante y con una energía salvaje simplemente "estando". Y desde ele momento en el que se enciende la mecha, no hay vuelta atrás. Ni un sólo respiro, ni una pausa, ni un sólo momento para que el espectador se relaje y respire. Al contrario, vas a enfrentarte a una montaña de dinamita. Lo único que quizá me chirríe sea que Volanges tararee "Los pescadores de perlas". Con todo y con eso, el subidón de adrenalina que se despliega y se transmite en la sala dos del Matadero es asfixiante.
Carmen Conesa recrea a la perraca marquesa de Merteuil y crea, sin duda, el mejor trabajo de su vida. Tiene toda la maldad, el rencor, la ironía, la maquinación, la bilis y la pus enquistada necesarias para que ni remotamente te acuerdes de Glenn Close. A ver, es que las cosas como son, todo dios ha visto la peli y todos tenemos en un rincón de nuestro corazón las imágenes poderosas de la versión de Stephen Frears. Luchar contra eso o al menos intentar olvidarlo es un peso tremendo contra el que tiene que luchar a priori esta visión. Afortunadamente para todos estamos ante una visión tan poderosa, personal y coherente que consigue que en ningún momento recordemos la peli. Y la Conesa crea y recrea una víbora en sí misma. Manipuladora, pérfida y más mala que cualquier mala. Pasa por mil estados complejos hasta llegar a esa imagen final salvaje, cruda y estremecedora sin hacer nada más que mirarnos mientras se le cae, sin poder reprimirla, una lágrima. Acojonante.
Nosotros elegimos ir un día en el que actuaba Cristóbal Suárez. Y dimos en la diana. No me imagino un Valmont más seductor, cruel, manipulador, maltratador, sibilino ni sexual que Cristóbal Suárez. Yo no sé el resto del público, pero servidor, incluso sabiendo lo cabrón que era, sólo pensaba en que rompiera la cuarta pared y me secuestrara a mí. Es como un semental desbocado que arrasa a cualquier mujer que se le ponga a tiro. No hay ni un sólo movimiento, palabra, gesto o pausa que no sea absolutamente perfecta. Lucía Díez es la desasosegante Cecile. Brillante actriz, envuelta en el halo de niña que hace que te revuelvas en la butaca en la escena... en esa escena. Estremecedora. Iria del Río sin embargo se me quedó un poco fuera de lo que esperaba de ella. Para mi gusto, le faltó un poco de la delicadeza y casi misticismo que debería tener en la primera parte. Luego se enturbia bien, pero falta base en el comienzo.
En definitiva, montajazo salvaje, brutal, personal y enérgico. Una pasada tanto de concepción como de desarrollo. Visión caníbal de un textazo y desplegado con brutalidad y una calidad soberbia por parte de todos. Uno de esos montajes que se quedan en la memoria y que pueden durara años y años en cartel. De quitarse el sombrero.
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