Que Alberto Conejero se encargue de versionar la obra de Lorca es sin duda sinónimo de calidad y de exhaustividad. Seguramente Conejero sea hoy en día, después de Lluís Pasqual, una de las personas que más y mejor conocen a Federico. Así que de entrada uno va seguro y confiado. Decir a estas alturas de la vida que Conejero es uno de nuestros dramaturgos más sólidos y con mayor proyección (evidentemente merecidísima, claro está) es como decir que la hierba es verde. Otra cosa es coger varios textos de Federico y unirlos sin que eso chirríe o se caiga en la tentación de recalcar lo sugerido o enfatizar lo que toca. Lo que toca y además hiere. Ahí hay que descubrirse ante Conejero por conservar el ideario de Federico y crear un texto nuevo pero respetuoso, compacto y que podría estar firmado por Lorca tan ricamente. Me descubro. Los fragmentos de "Los títeres de cachiporra" ni se notan (a menos que te conozcas los textos, jeje) y los fragmentos de las conferencias e incluso los dos poemas parecen haber nacido justamente ahí, en el sitio en el que están. Quizá el prólogo le de cierta frialdad la arranque de la función, pero situar la obra en un marco tan concreto es útil y hasta necesario. Porque la "Gacela del mercado matutino" hiela la sangre tal y como surge en medio de la función. Eso es porque quizá ese sea su sitio natural.
Puesta en escena de Darío Facal más que buena. María de Prado crea un espacio guiñolesco, divertido y muy naif, ayudando así a que la atención no se desvíe del propósito último, la historia de amor y sacrificio. Quizá no sea necesario iluminar el rótulo al final de la función. Es un guiño que personalmente creo que debería quedar oculto y si alguien lo pilla, bien.
Darío Facal hace cosas muy buenas, por ejemplo el sueño de la pareja, absolutamente brillante, o todos los momentos lúdicos. Eso sí, cae en la tentación de dejarse llevar por el aspecto más lírico de la relación amorosa y durísima digamos que... del trío protagonista. Quiero decir que esa pareja se mete en una espiral de dolor, daño y tristeza que podría haber girado hacia le drama o incluso hacia la tragedia y sin embargo se queda en el melodrama. Y en ese momento, creo que la función se viene un poquito abajo. Está claro que la tragedia de Perlimplín es dolorosa y que el dolor es lento e implacable, pero lo que ha surgido es terrorífico, es un ser preso de su cuerpo que asume la inmolación en nombre de la pureza de su amor. Belisa en su ignorancia e inocencia ha desgarrado ese corazoncito y poco a poco lo va estrujando. Por eso el tono suave y melodramático creo que se queda corto. Mi cuerpo o mi mente o mi corazón me pedían más dolor, pero de dentro, no de flojera.
Emilio Gavira está inconmensurable. Es innegable que físicamente su interpretación adquiere un matiz superlativo, pero su asunción del personaje, su forma de mirar, de sonreír y de llorar hacia dentro es absolutamente magistral. Berta Ojea y Cristina Otero parecen salidas de un teatrillo de guiñol. Fantásticas las dos. Igual que Olivia Delcán, aunque quizá su acercamiento a Belisa sea algo liviano y un poquito más de vuelta de tuerca y de peso específico le habría hecho ganar muchos enteros.
Brillantísimo texto dirigido con pellizco, con brío y con una chispa que inunda todo el montaje aunque quizá el giro melodramático podría haber tenido algo más de sentido trágico. Por sacar faltas, digo. Y con un Emilio Gavira que es puro dolor, puro desgarro y bello sacrificio.
No puedo resistirme a la tentación de dejaros aquí "herido de amor", un poema que por muy increíble que parezca, está tal cual en medio de la obra. Sí, ni añadido ni leches, Federico lo puso ahí en medio. Porque esa es la esencia de "Amor de Don Perlimplín con Belisa en su jardín"; puritito dolor.
"Amor, amor
que estoy herido.
Herido de amor huido,
herido,
muerto de amor.
Decid a todos que ha sido
el ruiseñor.
Bisturí de cuatro filos,
garganta rota y olvido.
Cógeme la mano, amor,
que vengo muy mal herido,
herido de amor huido,
¡herido!
¡Muerto de amor!
Aquí podrás leer MI opinión sobre los espectáculos que voy viendo. Insisto en que es MI opinión, nada mas. No pretendo adoctrinar ni tener razón. Únicamente te contaré MIS razones para amar o amar menos lo que vaya viendo. El teatro son gustos y aquí leerás los míos. No soy crítico, solo necesito contarle al mundo el porqué de mis amores. Lo que puedes leer aquí es lo que yo he sentido al ver estos espectáculos. Ni más ni menos que mis sensaciones. Si a alguien le sirven, estupendo.
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viernes, 22 de abril de 2016
domingo, 18 de octubre de 2015
El burlador de Sevilla. Teatro Español
Te juro que flipo con que haya pateos, peña saliéndose de la función y ofensas varias. Vamos, te digo más. Yo iba casi esperando ver un festival de nabos y tetis y... menos el desnudo inicial y unas tetas por aquí y por allá... carne, lo que se dice carne como para ofender sensibilidades... ni por asomo. Si realmente hay gente que se sensibiliza por ver a Alex García en todo su esplendor y por ver unas tetas (absolutamente justificadas, además, pero bueno, aunque fuera gratuito) es que seguimos en la edad media. Se han visto mil millones de veces en un escenario pollas, culos, tetas, chichis y de todo. Escandalizarse por un rabo es tercermundista. Aunque claro, igual alguno se marchaba por el agravio comparativo, entonces... ahí no entro. Reconozco que ayer sábado no se salió ni dios, ni hubo pateo ni nada. Todo transcurrió con normalidad. Afortunadamente.
Pero a lo que voy, que es a lo realmente importante.
Yo no he visto muchos espectáculos de Darío Facal, la verdad, sólo "Invernadero", "Inside" y "Las amistades peligrosas". De estos tres montajes, sin duda me quedo con "Las amistades". Pero claro, eso es justamente lo malo.
Pienso, creo, opino que uno, cuando decide dirigir un proyecto, es porque el texto te provoca o te sugiere contarlo de una forma concreta, única y específica. Facal estudió, leyó o releyó el texto de Choderlos de Laclos y ese texto le provocó querer contarlo de una forma concreta. Ese texto concreto provocó esa decisión formal también concreta. Vale. Pero si ahora resulta que el texto de Tirso de Molina provoca la misma decisión formal... entonces a mí en particular, no me sirve. No me sirve porque es imposible que ambos textos provoquen lo mismo. Es imposible que al leer ambos textos, quieras contarlos desde el mismo sitio, usando los mismos recursos, cediendo a las mismas provocaciones. Con lo cual, si montas igual uno que otro, lo que parecía ser una opción y un punto de vista se convierte en un recurso, o en un autohomenaje, o en una opción estética. Si es una opción estética, es válida, por supuesto, pero entonces pierde todo el peso de la decisión inevitable y se vuelve buscada, artificial y premeditada. De hecho, ayer tuve todo le rato la sensación de que en cualquier momento iban a aparecer por ahí Carmen Conesa o Cristóbal Suarez.
Pero bueno, que estéticamente me resultara algo ya visto no hizo que se me cayera la función. Sólo que no se me levantara (ya, no es la frase más acertada para el comentario de este espectáculo, pero... es lo que hay). Además lo de que los actores estén en el escenario lo hemos visto hasta la saciedad y tanto eso como la música en directo, las guitarras eléctricas, la cámara de vídeo, etc... todos esos elementos "modernos" me resultan bastante de los noventa. También hay que decir que los micros a mí en concreto no me molestaban. Me molestaba más la desigualdad a la hora de enfrentarse al verso. Desde maestros como Eduardo Velasco a otros... que casi parecían sacados de un bareto de Lavapiés. Imperdonable no gozar con la belleza de la palabra.
Si todo lo anterior fueran sólo opciones estéticas... igual hasta estarían bien siempre que sirvieran para ofrecer una visión única, especial y decidida del espectáculo y que ayudaran a transmitir esa sensación. Pero lo que consigue, al menos en mí es distanciamiento. No por la mezcla, no por las guitarras, no por los micros, no por las luces (no demasiado "dramáticas", un tanto sucias) sino porque anulaba cualquier intimidad y cercanía. De hecho, los momentos que más me estremecieron fueron la escena de las cerillas, la de la trenza y la cena. Justo cuando menos elementos había, cuando bajaba la luz y se creaba intimidad.
Todos esos inconvenientes ayudaron a que el texto no me enganchara. A ver, está claro que el texto es conocido y de una calidad incuestionable. Pero tanto distanciamiento lo que provocó en mí fue frialdad, y a la larga, cierto aburrimiento. Hubo momentos contados de emoción. Y yo si no me emociono en el teatro...
Los actores están todos bien. Bueno, Luis Hostalot se enganchó con el texto bastantes veces. Bastantes. Muchas. Y eso... Las actrices todas correctas, salvo Marta Nieto, que deslumbra bella y emocionante. Alex García da todo lo que tiene. Y por encima de todo y de todos está esa bestia escénica, ese ser que con poco da mucho, que habla por derecho, sonríe y se hiela el desierto, grita y se abre la Tierra. Eduardo Velasco sobresale por encima de todo y de todos. Presencia, peso, saber estar, saber moverse y saber hablar. Brutal dominio de todos los elementos escénicos. Un león escénico.
En definitiva, un espectáculo ya visto, con muchos elementos anticuados, utilizados ya antes, con una frialdad peligrosa y que hizo que a mí me aburriera el entregado trabajo de los actores.
Pero a lo que voy, que es a lo realmente importante.
Yo no he visto muchos espectáculos de Darío Facal, la verdad, sólo "Invernadero", "Inside" y "Las amistades peligrosas". De estos tres montajes, sin duda me quedo con "Las amistades". Pero claro, eso es justamente lo malo.
Pienso, creo, opino que uno, cuando decide dirigir un proyecto, es porque el texto te provoca o te sugiere contarlo de una forma concreta, única y específica. Facal estudió, leyó o releyó el texto de Choderlos de Laclos y ese texto le provocó querer contarlo de una forma concreta. Ese texto concreto provocó esa decisión formal también concreta. Vale. Pero si ahora resulta que el texto de Tirso de Molina provoca la misma decisión formal... entonces a mí en particular, no me sirve. No me sirve porque es imposible que ambos textos provoquen lo mismo. Es imposible que al leer ambos textos, quieras contarlos desde el mismo sitio, usando los mismos recursos, cediendo a las mismas provocaciones. Con lo cual, si montas igual uno que otro, lo que parecía ser una opción y un punto de vista se convierte en un recurso, o en un autohomenaje, o en una opción estética. Si es una opción estética, es válida, por supuesto, pero entonces pierde todo el peso de la decisión inevitable y se vuelve buscada, artificial y premeditada. De hecho, ayer tuve todo le rato la sensación de que en cualquier momento iban a aparecer por ahí Carmen Conesa o Cristóbal Suarez.
Pero bueno, que estéticamente me resultara algo ya visto no hizo que se me cayera la función. Sólo que no se me levantara (ya, no es la frase más acertada para el comentario de este espectáculo, pero... es lo que hay). Además lo de que los actores estén en el escenario lo hemos visto hasta la saciedad y tanto eso como la música en directo, las guitarras eléctricas, la cámara de vídeo, etc... todos esos elementos "modernos" me resultan bastante de los noventa. También hay que decir que los micros a mí en concreto no me molestaban. Me molestaba más la desigualdad a la hora de enfrentarse al verso. Desde maestros como Eduardo Velasco a otros... que casi parecían sacados de un bareto de Lavapiés. Imperdonable no gozar con la belleza de la palabra.
Si todo lo anterior fueran sólo opciones estéticas... igual hasta estarían bien siempre que sirvieran para ofrecer una visión única, especial y decidida del espectáculo y que ayudaran a transmitir esa sensación. Pero lo que consigue, al menos en mí es distanciamiento. No por la mezcla, no por las guitarras, no por los micros, no por las luces (no demasiado "dramáticas", un tanto sucias) sino porque anulaba cualquier intimidad y cercanía. De hecho, los momentos que más me estremecieron fueron la escena de las cerillas, la de la trenza y la cena. Justo cuando menos elementos había, cuando bajaba la luz y se creaba intimidad.
Todos esos inconvenientes ayudaron a que el texto no me enganchara. A ver, está claro que el texto es conocido y de una calidad incuestionable. Pero tanto distanciamiento lo que provocó en mí fue frialdad, y a la larga, cierto aburrimiento. Hubo momentos contados de emoción. Y yo si no me emociono en el teatro...
Los actores están todos bien. Bueno, Luis Hostalot se enganchó con el texto bastantes veces. Bastantes. Muchas. Y eso... Las actrices todas correctas, salvo Marta Nieto, que deslumbra bella y emocionante. Alex García da todo lo que tiene. Y por encima de todo y de todos está esa bestia escénica, ese ser que con poco da mucho, que habla por derecho, sonríe y se hiela el desierto, grita y se abre la Tierra. Eduardo Velasco sobresale por encima de todo y de todos. Presencia, peso, saber estar, saber moverse y saber hablar. Brutal dominio de todos los elementos escénicos. Un león escénico.
En definitiva, un espectáculo ya visto, con muchos elementos anticuados, utilizados ya antes, con una frialdad peligrosa y que hizo que a mí me aburriera el entregado trabajo de los actores.
domingo, 1 de marzo de 2015
Las amistades peligrosas. Matadero.
Darío Facal se atrevió hace un par de años a poner en pie una nueva visión de "Las amistades peligrosas". Empezó, que yo sepa, en el Fringe. Y ahí siguen. Lógico.
No me conozco el texto original de Christopher Hampton ni el de Choderlos de Laclos al dedillo como para poder juzgar la adaptación de Javier L. Patiño y Darío Facal. Lo que sí sé es que el texto que nos encontramos en Matadero es una gozada, sin una sola fisura y con una riqueza tanto sonora como rítmica realmente asombrosa.
Darío Facal se encarga de la dirección de esa bomba de relojería y plantea un espectáculo desnudo, fingido, tan fingido como las "relaciones" que vamos a ver. Los actores se acicalan y comienza la farsa, comienza el engaño. Unos pocos elementos en la escena, sillas, micrófonos, instrumentos musicales... todo disonante y con una energía salvaje simplemente "estando". Y desde ele momento en el que se enciende la mecha, no hay vuelta atrás. Ni un sólo respiro, ni una pausa, ni un sólo momento para que el espectador se relaje y respire. Al contrario, vas a enfrentarte a una montaña de dinamita. Lo único que quizá me chirríe sea que Volanges tararee "Los pescadores de perlas". Con todo y con eso, el subidón de adrenalina que se despliega y se transmite en la sala dos del Matadero es asfixiante.
Carmen Conesa recrea a la perraca marquesa de Merteuil y crea, sin duda, el mejor trabajo de su vida. Tiene toda la maldad, el rencor, la ironía, la maquinación, la bilis y la pus enquistada necesarias para que ni remotamente te acuerdes de Glenn Close. A ver, es que las cosas como son, todo dios ha visto la peli y todos tenemos en un rincón de nuestro corazón las imágenes poderosas de la versión de Stephen Frears. Luchar contra eso o al menos intentar olvidarlo es un peso tremendo contra el que tiene que luchar a priori esta visión. Afortunadamente para todos estamos ante una visión tan poderosa, personal y coherente que consigue que en ningún momento recordemos la peli. Y la Conesa crea y recrea una víbora en sí misma. Manipuladora, pérfida y más mala que cualquier mala. Pasa por mil estados complejos hasta llegar a esa imagen final salvaje, cruda y estremecedora sin hacer nada más que mirarnos mientras se le cae, sin poder reprimirla, una lágrima. Acojonante.
Nosotros elegimos ir un día en el que actuaba Cristóbal Suárez. Y dimos en la diana. No me imagino un Valmont más seductor, cruel, manipulador, maltratador, sibilino ni sexual que Cristóbal Suárez. Yo no sé el resto del público, pero servidor, incluso sabiendo lo cabrón que era, sólo pensaba en que rompiera la cuarta pared y me secuestrara a mí. Es como un semental desbocado que arrasa a cualquier mujer que se le ponga a tiro. No hay ni un sólo movimiento, palabra, gesto o pausa que no sea absolutamente perfecta. Lucía Díez es la desasosegante Cecile. Brillante actriz, envuelta en el halo de niña que hace que te revuelvas en la butaca en la escena... en esa escena. Estremecedora. Iria del Río sin embargo se me quedó un poco fuera de lo que esperaba de ella. Para mi gusto, le faltó un poco de la delicadeza y casi misticismo que debería tener en la primera parte. Luego se enturbia bien, pero falta base en el comienzo.
En definitiva, montajazo salvaje, brutal, personal y enérgico. Una pasada tanto de concepción como de desarrollo. Visión caníbal de un textazo y desplegado con brutalidad y una calidad soberbia por parte de todos. Uno de esos montajes que se quedan en la memoria y que pueden durara años y años en cartel. De quitarse el sombrero.
No me conozco el texto original de Christopher Hampton ni el de Choderlos de Laclos al dedillo como para poder juzgar la adaptación de Javier L. Patiño y Darío Facal. Lo que sí sé es que el texto que nos encontramos en Matadero es una gozada, sin una sola fisura y con una riqueza tanto sonora como rítmica realmente asombrosa.
Darío Facal se encarga de la dirección de esa bomba de relojería y plantea un espectáculo desnudo, fingido, tan fingido como las "relaciones" que vamos a ver. Los actores se acicalan y comienza la farsa, comienza el engaño. Unos pocos elementos en la escena, sillas, micrófonos, instrumentos musicales... todo disonante y con una energía salvaje simplemente "estando". Y desde ele momento en el que se enciende la mecha, no hay vuelta atrás. Ni un sólo respiro, ni una pausa, ni un sólo momento para que el espectador se relaje y respire. Al contrario, vas a enfrentarte a una montaña de dinamita. Lo único que quizá me chirríe sea que Volanges tararee "Los pescadores de perlas". Con todo y con eso, el subidón de adrenalina que se despliega y se transmite en la sala dos del Matadero es asfixiante.
Carmen Conesa recrea a la perraca marquesa de Merteuil y crea, sin duda, el mejor trabajo de su vida. Tiene toda la maldad, el rencor, la ironía, la maquinación, la bilis y la pus enquistada necesarias para que ni remotamente te acuerdes de Glenn Close. A ver, es que las cosas como son, todo dios ha visto la peli y todos tenemos en un rincón de nuestro corazón las imágenes poderosas de la versión de Stephen Frears. Luchar contra eso o al menos intentar olvidarlo es un peso tremendo contra el que tiene que luchar a priori esta visión. Afortunadamente para todos estamos ante una visión tan poderosa, personal y coherente que consigue que en ningún momento recordemos la peli. Y la Conesa crea y recrea una víbora en sí misma. Manipuladora, pérfida y más mala que cualquier mala. Pasa por mil estados complejos hasta llegar a esa imagen final salvaje, cruda y estremecedora sin hacer nada más que mirarnos mientras se le cae, sin poder reprimirla, una lágrima. Acojonante.
Nosotros elegimos ir un día en el que actuaba Cristóbal Suárez. Y dimos en la diana. No me imagino un Valmont más seductor, cruel, manipulador, maltratador, sibilino ni sexual que Cristóbal Suárez. Yo no sé el resto del público, pero servidor, incluso sabiendo lo cabrón que era, sólo pensaba en que rompiera la cuarta pared y me secuestrara a mí. Es como un semental desbocado que arrasa a cualquier mujer que se le ponga a tiro. No hay ni un sólo movimiento, palabra, gesto o pausa que no sea absolutamente perfecta. Lucía Díez es la desasosegante Cecile. Brillante actriz, envuelta en el halo de niña que hace que te revuelvas en la butaca en la escena... en esa escena. Estremecedora. Iria del Río sin embargo se me quedó un poco fuera de lo que esperaba de ella. Para mi gusto, le faltó un poco de la delicadeza y casi misticismo que debería tener en la primera parte. Luego se enturbia bien, pero falta base en el comienzo.
En definitiva, montajazo salvaje, brutal, personal y enérgico. Una pasada tanto de concepción como de desarrollo. Visión caníbal de un textazo y desplegado con brutalidad y una calidad soberbia por parte de todos. Uno de esos montajes que se quedan en la memoria y que pueden durara años y años en cartel. De quitarse el sombrero.
lunes, 10 de junio de 2013
Inside. Hotel Intercontinental.
Hay muchas veces en las que al hablar de una función de teatro, sin querer, desvelas tramas o secretos que no todo el mundo conoce. Ahora también te digo que si al hablar de "Esperando a Godot" vas y le destripas algo a algún lector, pues que se fastidie (también sé ser fino) porque debería ser de conocimiento obligatorio. En este caso no se puede contar nada de lo que ocurre en las estancias del Hotel Intercontinental, y ya lo siento, porque mi comentario esta vez se va a quedar a medias.
Por supuesto no tiene nada que ver con el templo madrileño del teatro que es La casa de la portera. Tampoco tiene nada que ver con uno de los espectáculos más alucinantes que he visto en la vida (en la vida) que es "Sleep no more", y que si visitas Nueva York y te gusta el teatro no deberías perderte. Este espectáculo se desarrolla en unas pocas estancias del hotel, y desde el mismo momento en el que te reciben, comienza la acción. Eh... coño, no sé qué decir. Pues que vas para arriba y para abajo siguiendo la acción y reconstruyendo una historia que incluso continúa cuando abandonas el hotel, tras una hora curiosa, divertida y realmente especial. "Especial" no siempre es bueno, aunque tampoco tiene que ser malo. Es... distinto, sí, distinto. Ah, y no hagáis ni siquiera una búsqueda en google de imágenes. Hay fotos del espectáculo, pero prefiero poner esta que no desvela absolutamente nada. Y si quieres que te sorprenda de verdad, no busques ni siquiera imágenes.
Esto... hay veces que uno sale del teatro y es una persona nueva, más rica y con sensaciones que antes de entrar estaban agazapadas ("Recortes", "Las plantas", "Muda", "En construcción", "Juicio a una zorra", etc...) y otras veces sales y simplemente has pasado un buen rato, te has divertido y la vida sigue. O no tan simplemente.
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