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domingo, 22 de enero de 2017

Eroski Paraíso. Sala Max Aub.

Confieso, aunque es fácil comprobarlo, que la compañía Chévere nunca me han terminado de convencer. Aunque los disfruté, no salí convencido de los dos espectáculos que había visto hasta ayer. Sin embargo confieso que "Eroski Paraíso" es su trabajo más certero. 

El mejor punto de partida para enfrentarse a las cosas es el respeto. "Eroski Paraíso" plantea una defensa bestial de la dignidad humana desde el respeto más absoluto a su protagonistas. 




Sinopsis: mejor copio literalmente el texto del dossier, porque mejor que ellos no lo podría explicar nadie.
"Eva Martínez y Antonio Formoso se conocieron casualmente en la sala de fiestas O Paraíso de Muros en 1989. Ella tenía 19 años, el 25. Se casaron al quedar ella embarazada y su hija Alejandra (Álex) nació al año siguiente, justo cuando cerró la Paraíso. Al poco tiempo emigraron y anduvieron dando tumbos de un lado a otro dejando que la vida decidiese por ellos. Veinticinco años después, encontramos a Eva de vuelta en Muros cuidando de su padre enfermo de alzheimer y trabajando en el supermercado que abrieron en el mismo local que ocupaba la sala de fiestas. Antonio sigue en Canarias. Álex acaba de terminar un máster de cine en Barcelona, donde vive, y viaja a Muros para hacer su primer documental. Una película sobre sus padres, sobre la distancia que sus vidas abrieron entre aquel paraíso y este supermercado, un retrato del desarraigo vital de una generación que aún conoció lo que era la sociedad tradicional y que vivió en su juventud la irrupción de la sociedad de consumo. Eroski Paraíso es el título que le puso a su película. Esta obra es una invitación para asistir a una de las sesiones de rodaje."




El texto resultante es de Manuel Cortés, aunque parece que nació de los testimonios reales de vecinos de Muros y de Mazaricos. A partir de eso testimonios han creado una historia natural, normal, habitual, cercana y humana. La vida de este matrimonio y de su hija son el reflejo de los cambios en la sociedad gallega y española en los últimos 30 y pico años. En cualquier pueblo o ciudad de España hemos visto cómo el paisaje ha mutado y donde había un prado ahora hay un hotelazo y donde antaño hubo una discoteca de cubatas de garrafón y sofás para magrearse ahora hay un gigantesco supermercado, símbolo del cambio de horizonte de la gente. Nuestro. Antes, te vaciabas un jueves, viernes y un sábado. Hoy aprovechas el sábado para hacer la compra grande. Los sueños de muchos jóvenes viajaron por el mundo buscando un futuro y acabaron de pescaderas en el mismo sitio donde nació un proyecto de vida. Eva desde su naturalidad y su drama interior ha buscado y hoy regresa y mira una estantería vacía en la que realmente tampoco ve gran cosa más allá de una estantería vacía. Antonio ha querido cambiar pero tampoco ha podido; él se plantea ahora, a estas alturas regresar a la casa paterna, medio derruida, tan derruida y vacía como su propia vida. Los sueños frente al consumo, la realidad frente a los posibles.
Los sueños que no consiguieron alcanzar sus padres los ha heredado Alejandra, la hija. Aunque ella es algo más libre (acaba de terminar un máster de cine en Barcelona), necesita rodar una peli contando la vida de sus padres para que no se pierda. Igual que el padre quiere conservar determinadas expresiones para que no pasen al olvido. Alex ha ido con los tiempos, no se ha resistido, los ha vivido según han ido llegando. Como sus padres, como todos. Nadie se lamenta de que hayan desaparecido las verdes praderas. Es así. Ha sido así. Y así lo hemos vivido todos. 
Eva y Antonio, los Eva y Adán que se conocieron en el Paraíso (un microcosmos en el que hasta los habituales se sentaban por pueblos). Y aunque hace 28 años ellos bailaron emulando a la parejita edulcorada de "Dirty dancing", lo cierto es que acabaron dale que te pego en un cementerio, al lado del resto de jóvenes del pueblo. Glamour cero. Un realidad bastante más terrenal que la de la peli esa horrible. Aquí Swayze es Suárez. Y se folla donde se puede. Y se emigra a donde se puede. Y como no se puede se vuelve. Y el Paraíso que nunca estuvo lleno de árboles frondosos y plagados de frutos ahora es un supermercado en el que puedes pagar por casi todos tus sueños adquiridos. Y donde hasta la merluza es de las Malvinas. 




Xron dirige este espectáculo triste y gris con muy buena mano. Utiliza el rodaje de una peli que nunca vemos para jugar con una realidad que puede parecer recreada o reinventada pero que no lo es en absoluto. No hay melancolía ni se añoran las verdes praderas. El avance de la sociedad ha sido eso, hemos cambiado unos sueños edulcorados e irreales por una estantería llena de posibilidades. La sociedad de consumo nos ha invadido y este matrimonio ha cambiado los bocatas de calamares congelados por una estantería vacía. El avance ha sido ese y eso es el progreso. ¿Triste? Puede ser. ¿Inevitable? Seguro. Hasta el abuelo, origen de este recuerdo está ahora oculto en la nube de la falta de recuerdos. La autoprotección máxima del olvido y de la falta de lugares y rostros. Como su hija no recuerda nombres y apellidos, sólo un cabecero azul marino y poco más. Cada uno se defiende como puede.
Xron ama a estos cuatros personajes y los presenta desde el respeto y la dignidad. No hay lamentos ni tristezas, sólo sonrisas y amabilidad. La dignidad de lo sincero. 
Y desde esa misma dignidad y sinceridad Patricia de Lorenzo, Miguel de Lira y Cristina Iglesias, acompañados por Fidel Vázquez y Ricardo Lacámara componen unos personajes comestibles, amables y achuchables. Todos están descomunales aunque reconozco que el trabajo de Patricia de Lorenzo me parece de orfebrería fina. Detalles, naturalidad de la de verdad, complicidad y un amor extremo por Eva. Grandísimo trabajo. 

Y encima me pasó una cosa curiosa: cuando la pareja se queda mirando la estantería vacía, mi mente se trasladó a una casa que teníamos en el pueblo de mi padre y en la que pasábamos muchos fines de semana cuando yo era pequeño. Ese fue mi paraíso. Entonce sentí el paso de los años y la muerte de muchos sueños. Y una felicidad escondida en mi mente y perdida para siempre. 



El público acabó entusiasmado. Normal. El trabajo hecho con amor y respeto merece un aluvión de aplausos. Y si os queréis hacer un favor, no os perdáis este fabuloso y emotivo trabajo de una de las compañías más interesantes e implicadas de España.  ¡¡¡Todos corriendo a Matadero!!!   

domingo, 24 de abril de 2016

El jurado. Sala Fernando Arrabal.

"Avanti teatro" producen su cuarto espectáculo y de momento parece que están llenando casi todas las funciones. Un exitazo de un iniciativa privada. 
Eduardo Velasco se basa ligeramente en la trama de "Doce hombres sin piedad" y encarga a Luis Felipe Blasco Vilches que escriba un texto trasladando la trama a la España de 2016. En realidad el único paralelismo con la obra de Reginald Rose es que en ambas obras los protagonistas son los miembros de un jurado. En esta ocasión la miga del asunto tiene que ver con un político, una trama de corrupción, un cohecho, regalitos varios, la construcción de un hipódromo... lo que te encuentras habitualmente en cualquier telediario. Para dirigir este espectáculo recurren a Andrés Lima, director de probada solvencia y resultados irregulares.
Vayamos por partes. Lo primero, decir que el espectáculo es dinámico, mantiene bien la tensión, tiene buen ritmo, visualmente tiene peso y está bien iluminada, bien vestida y bien decorada. Formalmente está muy bien y es un producto bien acabado y de calidad. 



Sin embargo también nos encontramos con algunas "sombras". A ver, yo creo que todo en teatro es cuestión de opciones. De las infinitas formas de contar y de las infinitas capas que uno quiere contar, uno elige. Elige la que más le apetece, la que más le interesa, la que cree que va a funcionar mejor o directamente la que le sale de los cojones, porque para eso es tu producto. En esta ocasión se ha optado libremente por contar una trama interesante, intrigante, bien desarrollada pero que recurre quizá demasiado a figuras casi tópicas. Puede que sean prototipos para ilustrar a la mayor parte de la sociedad o para no meterse en fangos mayores, pero para mi gusto la madre humilde y sacrificada, íntegra y sufrida, el empresario facha, el macarra pasota, la guay con dobleces sucios, el prejubilado indolente, el maestro honrado y sensible o el hombre sólido, íntegro y justiciero quizá sean demasiado reconocibles y aunque provoquen la empatía inmediata quizá podrían haber sido algo más complejos. Que todos (o casi todos, o muchos, o algunos) tengamos un trapo sucio que ocultar también es algo tópico (o eso quiero creer). Quizá se podía haber optado por buscar algo más de profundidad, por bucear más en las miserias humanas de todos los tipos. La ocasión era propicia para dar caña tanto a la barbarie que los corruptos llevan años cometiendo en nuestro país como a la falsa moral o a la corrupción a menor escala que mucha gente normal vive en su día a día, a veces utilizada como arma para mirar para otro lado. No sé, si yo hubiera tenido en mis manos elegir la opción, habría buscado algo más complejo. Pero como lo escojo yo, pues mira, los que lo hacen han tomado ese otro camino y es su derecho y su decisión. Filosóficamente se me queda a medio gas y me da rabia, porque muchas veces está en nuestra mano dar caña y desaprovechar las oportunidades me da coraje. 



En el desarrollo, hay bastantes escenas "largas" que ilustran bien cómo son los personajes y sus conflictos. Sin embargo hay en medio varias escenas fugaces, más cortas que hacen que el ritmo decaiga un poco, porque no aportan mucho y en vez de relajar un poco antes de seguir con lo denso, consiguen que la atención se disperse. Otra vez, la opción está en manos de los responsables que han elegido hacerlo así.
También es opcional buscar ciertos tópicos en la construcción de los personajes. Canco Rodriguez e Isabel Ordaz por ejemplo están pasados de revoluciones, para mi gusto. Si están al 8, deberían bajar un pelín y quedarse en el 5 o 6. Están demasiado gritones y exagerados y eso no ayuda a darles credibilidad ni solidez. Empatizan con el público, sí, y mucho y la gente se mea, eso es innegable. También es una opción. A ver, es lógico que busques el favor del público, a fin de cuentas montas un espectáculo esperando que le guste al mayor número de personas. Eso es evidente. Pero quizá en el término medio está la virtud. Ellos dos me parece que están pasados. Eduardo Velasco sin embargo, Luz Valdenebro, Victor Clavijo y Pepón Nieto me parece que están fantásticos. Centrados, justos, equilibrados, con potencia, peso, verdad y solidez. 



En definitiva, creo que es un buen montaje, que está funcionando bien y que seguirá haciéndolo. Personalmente creo que a la hora de elegir dónde posicionarse, podrían haber optado por buscar más profundidad y calado y haber dado un buen mazazo a los entresijos y las gallinejas de esta sociedad en la que "mientras yo salga ganando todo vale". Pero... como ya he dicho, el teatro es cuestión de opciones. Como la vida.        

lunes, 18 de abril de 2016

La fiesta. Cineteca, Matadero.

Jorge Muñoz dirige este texto de Spiro Scimone adaptado por Álvaro Vicente en la Cineteca del Matadero, un espacio poco habitual que casi sólo se usa durante el Frinje y en contadas ocasiones. una lástima, porque es muy cómodo y deberían explotarlo un poco más.
Director y actores fundaron "La Lechería", productora cuyo primer trabajo es "La fiesta". 




Desconozco el texto original, pero confieso que esta adaptación de Álvaro Vicente es brillante. El texto tiene de todo, buen ritmo, intriga, tensión, complicidad, morro, crueldad, tristeza, nostalgia y amargura por todas partes. Todo cubierto de un barniz como resquebrajado, como si fuera una mesilla de noche barnizada sobre la que se han caído cien vasos de agua y ese barniz de los años 50 se ha levantado y está cuarteado. Como la realidad, como la vida, como la monotonía o como el hastío. Porque es hastío es viejuno, es gris y es frío. 
Pareja que no se soporta. O pareja que lleva demasiados años juntos y han pasado ya por todo. Ahora, hoy, se tiran puyas como cualquier día, se disparan a matar como cualquier día, y se envenenan mirando la espalda del otro como cualquier día. Lo malo es que hoy es su aniversario. Y claro, hay que celebrarlo, porque quieras que no, con quien vives es con el otro y eso es por algo. Ellos se hieren, se disparan y se respetan lo justo. Él es cruel, malo, hiriente, chabacano y sucio. Pero es que ella también se las trae. Mala perra que las tira en cuanto tiene ocasión y que se capaz de torturar a su marido en cuanto puede y de descojonarse de las desgracias del pobre. Porque lo del perro... vaya tela. Mal, mala. Y Juan... es clavadito a su padre. Hasta dice prácticamente sus mismas frases. 
Pero es normal, y ahí aparece el drama y lo más cruel de la situación. Ellos llevan muchos años juntos, quizá demasiados y seguramente deberían haber puesto fin a su aventura hace tiempo, antes de empezar a hacerse daño. Pero es que en el fondo se quieren, o se necesitan o se han acostumbrado el uno a la otra. El caso es que se rechazan tanto como se necesitan. Por eso él le pide que la tarta sea de fresa, "como a ella le gusta" y por eso bailan esa danza de la muerte tan trágica como demoledora. Una imagen de esas que gracias a los actores, a la mano de Jorge Muñoz, a unas preciosas luces y a una escenografía del propio Jorge Muñoz se quedan clavadas en la retina. Un espacio, esa cocina, reducto, metro cuadrado de odios y rencores. No caben ni la felicidad ni el sosiego. Coño, si casi no cabe ni una silla.  
Esta pareja que puede ser la de tus padres, o la de tus abuelos, o la de esos vecinos que se gritan por le patio reflejan la vida detrás del muro de cualquier vivienda, son la vida misma, son el cansancio o la tristeza de una convivencia ajada y muerta en vida hace mucho.  




La madre la interpreta Marta Betriú y el papel de marido se lo reparten entre Jorge Basanta y Carles Moreu. Yo vi a Carles y debo decir que aunque el padre me recordó a ratos a Manuel Alexandre, las composiciones que hace de los dos papeles son asombrosas. Desgraciadamente no conocía a este maravilloso actor y confieso que me he quedado prendado de su forma de trabajar, de su relajación y de su exhaustividad en le trabajo. ¡¡Chapeau!!  

Si tengo que ponerle algún "pero" es quizá que las edades de ellos me resulten... raras. Se supone que celebran sus 20 años casados y por lo que se dice... deberían tener unos cuarenta y pocos. El hijo tiene veinte y el padre sale a trabajar más o menos "habitualmente" (más bien menos). Sin embargo tanto por cómo están, como por lo que les pasa y por el nivel de desintegración que tienen, parecen más bien una pareja de casi jubilados o de jubilados sin casi. No sé, por un lado podría asegurar que están en torno a los cuarenta y pocos pero por otro lado veo a una pareja y unas situaciones de una pareja mucho más mayor.




En cualquier caso, debéis ir a ver "La fiesta" sólo por ver esta pieza neorrealista y dura, triste, amarga y seca, envuelta en el celofán de la comedia y con un buen trabajo tanto de dirección como del grandísimo Carles Moreu. Brillante.      

domingo, 28 de febrero de 2016

Dios K. Matadero.

En julio pasado fuimos a ver "I'm sitting on top of the world" dentro  de la programación del Frinje. En ese momento, Antonio Rojano y Juan Francisco Ferré dramaturgo y autor nos explicaron que lo que íbamos a ver era el 75% de la obra, ya que montarla entera era caro y no tenían dinero para más. No entiendo mucho de eso, pero si tienes ensayadas tres cuartas partes... ensayar el resto quizá no sea una cuestión de dinero, ¿no? Bueno, a lo mejor sí, entre que pagas ensayos y demás...



A lo que voy, que entonces nos cobraron, eso sí, el precio total de una entrada y vimos tres cuartas partes del espectáculo. En su momento me pareció un asomo de algo, una sucesión de escenas en torno a la figura de Dominique Strauss-Kahn que de pronto terminaba. Claro, no estaba completo. Faltaba una parte. Ahora lo han terminado y lo vuelven a presentar completo y con nuevo protagonista. Y mi sensación ahora es que es una sucesión de escenas en torno a la figura de Dominique Strauss-Kahn que de pronto termina. Tampoco es que el tema sea ya de rabiosa actualidad ni que se hable de temas universales. El texto me parece que es un ir y venir a través de distintas escenas no siempre bien hiladas que deambula sin un sentido del conjunto claro. No sé de dónde viene, no sé dónde está y no veo a dónde va. ¿Los desatinos del poder? ¿La ceguera de los poderosos y sus excesos? ¿Los poderes corruptos y crueles? ¿La sociedad deshumanizada? Puede ser. Pero no lo sé. Como no me queda clara la simbología del mago de Oz, de la ciudad Esmeralda, de los chapines colorados, de la supuesta bruja buena del Norte...
Alberto Jiménez es un grandísimo actor y lo ha demostrado quinientas veces. Pero aquí aparte de no dar mucho el tipo de alto dirigente de hiperorganismo internacional, está algo errático. Mona Martínez reconozco que dice bien, sabe lo que dice y hace, tiene tablas y solvencia pero hay algo en su forma de decir que me saca. Y la veo demasiado preocupada por dar vida a sus manos. 
Victor Velasco me sorprendió y me encantó dirigiendo "No hay papel" sin embargo aquí no me convence. El espacio escénico es aleatorio y creo que no ayuda nada ni está bien empleado. Y las escenas se encadenan unas con otras sin ningún brío. Tampoco descubro qué me están contando, qué me quieren contar desde dónde me lo quieren contar ni cómo me lo quieren contar. Fuimos al día siguiente del estreno y la verdad es que habría unas tres cuartas partes de público. Una pena porque los dos actores dan la cara a medio metro de ti y eso siempre es de admirar y envidiar. Pero, conmigo, en esta ocasión, no funcionó.          

sábado, 27 de febrero de 2016

Sócrates. Juicio y muerte de un ciudadano. Matadero.




Sin duda es un lujo ver a un actor como José María Pou dando un recital como el que da en esta función. Lo mejor de la función, sin ninguna duda. Es un monstruo que comprende, digiere, crea y emociona con cada palabra que pronuncia. Sonará a perogrullo, pero lo principal para un actor es entender cada palabra que dice; saber de dónde viene, cuándo nace a dónde quiere llegar, cómo y qué quiere transmitir con ellas. Ya, vaya bobada, ¿no? Pues no. Cuántas veces ves y oyes que el actor o la actriz pasa por encima de muuuuchas de las cosas que dice. Y si eso fuera elegido, pues muy bien, pero a veces no lo es. Simplemente se dice, más o menos bien y con más o menos intensidad el texto y no se para uno a analizar todo lo que hay dentro de esas palabras. Bueno, pues Pou sí lo hace. Claro, es un monstruo incontestable. Y aquí consigue que en todos y cada uno de sus interminables monólogos no pestañees ni apartes tu mirada de su rostro sabio y dúctil. 
El texto de Mario Gas y Alberto Iglesias es denso y casi aburrido. Raca raca sin parar. Hablar, hablar y hablar y un juego escénico escaso y seco. Quizá visto en Mérida sea distinto, por lo grandioso del entorno y lo que marca. Pero aquí, sin más acompañamiento que la oratoria, se hace farragoso. Que quede claro que no es que el texto sea malo, ni mucho menos, es denso y es demasiado. Hablar de verborrea y de dialéctica unidas a Sócrates es lógico, pero escénicamente se sostiene por la "esencia" del texto y el trabajo de los actores, no por el atractivo del propio texto. Ladrillo denso que si no va bien envuelto se hace cuesta arriba. 
Escénicamente la dirección de Mario Gas se limita a situar a los actores y dejar que hablen. Sí, el texto es poderoso y tristemente actual, pero sin más juego ni más punto de vista, queda un poco vacío. En Mérida, esa ligereza en la escena y esa densidad en el texto serían gozosas, segurísimo, pero en un espacio como Matadero, por muy "distinto" que sea, se queda lastrado.
Repartazo sin tacha. Amparo Pamplona se marca un monólogo memorable, Carles Canut habla de tú a tú con Pou, Pep Molina siempre seguro y efectivo, Ignacio Jiménez y Ramón Pujol fantásticos y cercanos y Alberto Iglesias bien. 
Y Pou inconmensurable. Gigantesco, en cada palabra, en cada gesto y en cada silencio.


         

sábado, 7 de noviembre de 2015

No daré hijos, daré versos. Sala Max Aub.

"Debemos adelantarnos a la melancolía celeste".




Confieso que hasta ayer yo desconocía la figura de Delmira Agustini. Y lo siento porque ahora tengo unas ganas locas de bucear en la vida y obra de esta mujer. Una adelantada, una valiente, una sufriente, una descarada, una desvergonzada, una poetisa libre y una mujer presa. 
Marianella Morena ha escrito y dirigido este homenaje a Delmira y a las mujeres libres, valientes y desubicadas. Un texto brillante en el que utiliza distintos estilos y actitudes a la hora de enfrentarse a un drama evitando la carnaza, el melodrama y la sensiblería. Cuando los hechos y las personas hablan por sí mismas no hacen falta adornos ni recursos baratos. Y encima ha desarrollado una dramaturgia ingeniosa y acertadísima. Tres actos, tres estilos y tres objetivos.




En el acto primero se presenta directamente y de forma cortante y desgarradamente lírica la tragedia que rodea a esta pareja, especialmente a Delmira. Arrancan contándonos... o mejor dicho cantándonos el final de la historia. A Delmira la mató su (ex) marido de dos tiros. A partir de ahí nos contarán hechos, momentos, situaciones y concepciones que llevarán a ese trágico final. Porque lo que vemos es una TRAGEDIA; un ser enfrentado inevitablemente a un destino fatal. Escénicamente Marianella lo resuelve de forma magistral. Una cama, eje de la relación entre Reyes y Delmira. Podría ser un ring. En la cama tres parejas. O seis personas. O tres Delmiras y tres Reyes. O una Delmira y un Reyes. Multiplicados. Como las caras de un dado o los rostros de la verdad. Y empezamos a romper formas. Se rompe el juego lógico de pregunta/respuesta, cambian los ejes, se destruye la dinámica. Este juego te desarma, te descoloca y te pone en un sitio vulnerable. Eso por si acaso venías tú con alguna idea preconcebida. Juego sutil y altamente lírico para contar qué pasó. Hasta podría llegar a ser un poema épico. Estilo puro y depurado, vertiginoso y brillante, lírico y crudo. Y tú te quedas herido, entregado, dolido y permeable. Transcurre al fondo, escenario iluminado y brillante. Es el pasado.




Segundo acto. Cambio de estilo. Comedia grotesca también con un componente lírico importante. Y aunque Delmira está presente e inundando todo, el centro de este segundo acto es el hecho teatral en sí, o cómo convertir la realidad en representación, o cómo traer el pasado al presente, o cómo reconstruir un recuerdo, o qué parte de tu herencia trasciende . Ahí es nada. Intentamos recomponer una estampa idílica o realista o imaginada. A saber. Juego teatral. Incluso metateatral. Es el presente o la ilusión del presente. ¿Qué hay de verdad en el recuerdo? ¿Qué parte o qué versión del pasado ha llegado hasta el presente? ¿Realmente "nadie te va a leer"? Y en medio de esta lucha imposible por revivir un recuerdo tenemos la lucha entre Delmira y Reyes. Su búsqueda, su encuentro y su lejanía. Delmira desea a borbotones y Reyes no sabe cómo responder. Y si no fuera porque Lucía Trentini sufre y se asfixia de vida desde una verdad aplastante no nos creeríamos tanta sed. Y si no fuera por la mirada inocente y perdida de Cristian Amacoria nos tiraríamos a darle dos hostias. Pero él está perdido, él sufre y tiene una mirada tan limpia, dulce y sobrepasada que consigue que el demonio sea tierno y cante desbordando amor. Amor letal, del que no vale. Pero amor. Y una de las muertes más bellas de la historia del teatro. Grandiosos actores. Transcurre en un plano medio y la luz ha caído algo, más tenebroso el ambiente. Es el presente.




Tercer acto. La puta realidad. ¿Por qué cojones tenía razón Reyes cuando decía que "nadie te va a leer"? Bueno, a ver, claro que la obra ha trascendido. Y la figura. Y el símbolo. Pero el fútbol puede más. Tercer estilo. Casi parece un documental. El acercamiento al público se ha ido multiplicando desde al acto uno hasta ahora. Tienes a los actores encima de ti, pegaditos. Porque la realidad es así de inevitable y de aplastante. Estilo más seco, menos permeable. Casi podríamos estar viendo un documental de esos con testimonios. La verdad tal cual. Los hechos fríos. Bueno, todo lo fría que puede ser una carta. Pero frío el estilo. Gélido. Helador y desolador. Esto ha quedado. Un lote en una subasta. Y el universo pendiente de un gol. Manda cojones. Y vuelta otra vez a la canción. A la verdad. Esto es una guerra. Una guerra entre dos personas. Y a Delmira la mataron. De dos tiros. Su marido. Por desear. Jódete, Reyes, que sí han perdurado sus versos. esa es la herencia de Delmira. Porque ella nació no para darte hijos, sino para darnos versos. Transcurre en primer plano, casi a oscuras. Es el futuro.





Grandísimo trabajo de todos los implicados, escenografía, vestuario, música y letra de las canciones, maravillosas luces... y un reparto estratosférico. La mirada de Agustín Urrutia y la presencia de Domingo Milesi... prodigiosas. Mané Pérez y Laura Báez fabulosas, componiendo desde lo pequeño. Y brillando Lucía Trentini y Cristian Amacoria como dos seres heridos y sufrientes. Brutales. Componer una víctima sin melodramas y un verdugo vulnerable es terrorífico y ambos hacen unos trabajos perfectos y envidiables. 

Gran trabajo de todos, un elenco de ensueño, una dirección prodigiosa, un texto sabio y una dramaturgia inteligente. Ojala hicieran temporada. Sin duda, uno de los trabajos más profundos, brillantes, delicados, inteligentes, esperanzadores y demoledores que he visto este año. Como la vida misma. Y como el pasado, el presente y el futuro. Y es que ya lo dijo Delmira: " para morir como su ley impone, el mar no quiere diques, ¡quiere playas!" 
     

lunes, 28 de septiembre de 2015

El arquitecto y el emperador de Asiria. Sala Max Aub.

Segunda colaboración entre el Teatro Español dirigido por Juan Carlos Pérez de la Fuente y Fernando Arrabal. Que Arrabal es un autor que no me emociona especialmente creo que lo sabe todo el que me sigue. Nunca ha conectado conmigo. Dios me libre de criticar tu valor y su genio, faltaría más. Simplemente no me gusta, no me identifico ni con su humor, ni con su forma de escribir. No me llega y no me gusta. Como tampoco me gusta este texto. Y es una lástima y una pena porque seguro que me pierdo un universo fascinante, pero es así. Pero bueno, aparte de que no me guste su escatología, ni su humor, ni la forma de desarrollar los juegos tanto de personalidad como de poder e incluso de humillación, aparte de eso, lo que menos me gusta de este montaje es la labor de dirección.



No todos los textos que veo son fabulosos, ni por supuesto, me gustan. Aunque es algo primordial puede que incluso no sea un lastre si al menos está montado de forma inteligente o al menos, coherente y atractiva. Quiero decir que este texto evidentemente no me parece malo, simplemente no me llega, no me enamora, no me atrapa. Esto no sería un obstáculo si la puesta en escena fuera ocurrente, viva y llevara al espectáculo a un lugar atractivo e interesante. Para mi gusto no es así en este caso. Corina Fiorillo monta un espectáculo abigarrado y estridente que, al menos en mí provocó tanto desapego como paradójicamente, aburrimiento. 
La situación es clara. Las reglas del juego son estas: YO soy el único superviviente de un accidente aéreo. A partir de ahí, juguemos, creemos un universo, una sociedad para nosotros dos. Aunque desgraciada o fatalmente repitamos esquemas, no podamos huir del destino, intentemos odiar, tratemos de poner en orden nuestras relaciones maternas, paternas, amorosas, políticas, filosóficas y religiosas. Y en medio de esa maraña, dos personajes juegan a ver quién tiene más poder, quien manipula más y mejor y quién salda deudas con más implicación. Aunque sea mentira. Y ahí tienes a Fernando Albizu y al descomunal Alberto Jiménez derrochando energía y poder. Son dos monstruos escénicos que hacen de todo y todo lo hacen bien. Pero hacen lo que les han marcado desde dirección y por eso, pese a su descaro y valentía en todos los sentidos. Por eso Alberto Jiménez está en ese registro descomunal e hiperbólico que le recorta capacidad de acercamiento y curiosamente, de cercanía y de simpatía con el espectador. Está tan arriba tan arriba que solo puede desarrollar un arco pequeño, se queda sin color y sin margen de acción. Lo mismo sucede con Albizu y por eso ambos actores acaban derrochando recursos, capacidad y potencia pero de una forma tan estridente que resulta sucia y poco enriquecida. 
Sinceramente creo que el sitio que ha elegido Corina Fiorillo y el sitio donde se coloca, coloca a estos dos inmensos actores y nos coloca a nosotros es, para mi gusto, un sitio en el que se desaprovecha tanto el trabajazo y el potencial de los dos intérpretes como el juego que tiene el texto. Son un Carablanca y un Augusto con un juego de poderes y de tipos delante y ese juego casi rozando el burlesque queda cercenado por la velocidad (que no ritmo) y por el barullo que acaba provocando casi un desapego y una frialdad paradójicas. 



Lástima que el trabajazo inmenso de los dos actores y un texto que podría haber discurrido por otros derroteros, acabe siendo un espectáculo embarullado, hiperveloz, sin cambios profundos y contado desde un sitio que anula muchas de las capacidades que circulan por el ambiente y del que yo, al menos salí completamente frío y desapegado. 
Vamos a por la siguiente, porque pase lo que pase, seguimos siendo  #LosLocosDelEspañol        

sábado, 9 de mayo de 2015

Pingüinas. Sala Fernando Arrabal. Matadero.

Ver el regreso a la dirección de Juan Carlos Pérez de la Fuente en un teatro público tras su paso por el CDN tiene un morbo añadido, no me digas que no. 
En esta ocasión le ha encargado el texto a Fernando Arrabal. Y se ha rodeado de un equipo de morirte. Almudena Rodríguez le hace un vestuario precioso, acertadísimo y muy, muy chulo. Luismi Cobo se luce con una partitura acojonante digna del genio musical que es y que lleva mil años demostrando. O Emilio Valenzuela que diseña otro vídeo de los suyos, de una calidad sobresaliente. Y el grupo de actrices son sencillamente sublimes. 
Advierto desde ya que ni he podido ni he querido evitar los spoilers en este comentario. Si sigues leyendo, no te quejes de que te cuente el final de la función. Si no quieres saberlo, no leas más. 




El acceso a la sala es por un lateral y tienes que pasar por debajo de un foco que te crea un estado de ánimo expectante y receptivo que mola todo. En el centro del espacio hay "algo". Comienza el espectáculo y aparecen las pingüinas motorizadas y se ponen a bailar tras haber animado al público a que las siga. Ah, vale, complicidad e implicación y algo como de hacer partícipe al espectador. Bueno, luego ya ves que no, pero de momento estás como sonriente y pensando que todo te va a gustar mucho. 
Reconozco que los primeros minutos fueron un poco desconcertantes. Había unos chicos unas cuantas filas más atrás que se descojonaban de forma bastante escandalosa con todas y cada una de las frases que decían María Hervás, Ana Torrent o Marta Poveda. Aunque sólo fue así durante los primeros diez minutos. Enseguida dejaron de reírse como posesos. No sé exactamente el motivo aunque me lo puedo imaginar. Pero mi desconcierto no venía por ellos, que también, sino porque mi mente intentaba digerir y buscarle un sentido a lo que estaba oyendo. Quiero decir que el texto me estaba pareciendo indescifrable. Totalmente. Trataba de saber de qué me estaban hablando pero poco a poco desistí de mi intención. No me estaba enterando de nada. No sabía de qué me hablaban. Y así un rato y otro rato y otro rato. Claro, al principio intentaba buscarle el significado, hasta que desistí. Un poco antes los de detrás ya habían dejado de revolcarse de la risa. Lo que sí iba notando es que poco a poco el texto se había ido convirtiendo como en una sucesión de frases hechas y de coñas. Tampoco me hacían gracia, la verdad. Pero uno, cuando tiene el día mohíno... y seguramente yo tenía el día mohíno. Frases como "estás más morada que el vampiro de Barrio Sésamo"  o "bebéis más agua que los peces del villancico" o esa otra en la que hablaban del "petit suisse de Conchita Salchicha"... no me llegaban. Pero esa falta de interés y esa cara de rodaballo que tenía yo culminó con el "giro final". SPOILER. Resulta que es que son un grupo de internas de un psiquiátrico. Pero claro, si al final es que son un grupo de locas, cualquier cosa que hayan hecho o dicho antes, vale. La justificación es que están locas. Vale, entonces si están locas lo de antes carece de valor. Podría haber sido eso o cualquier otra cosa. Es como estas películas en las que resulta que todo era un sueño. Coño, si era un sueño, todo lo de antes es mentira, me da igual , no tiene importancia, es un timo. 
En definitiva, que del texto ni me enteré ni me interesó. Aparte de que creo que alguien de la categoría de Arrabal no debería cometer faltas del tipo: "escuchar lo que tengo que deciros" o "delante nuestro".   



Eso sí, reconozco que Juan Carlos Pérez de la Fuente saca adelante un espectáculo visualmente poderoso. Mueve bien a las actrices por ese espacio curioso y muy útil. Consigue que el ritmo no decaiga y logra que todo parezca lógico y bien armado. Casi todo el reparto está poderosamente bien y el chorro de energía está ahí, atravesando el espacio, subiendo, bajando, dando vueltas y sin parar de fluir. Todo lo que pasa en escena es coherente, nada chirría, pero claro, cuando no sabes qué te quieren contar ni desde dónde ni para qué... hasta el trabajo seguramente titánico de poner todo este macroespectáculo en pie, queda perdido en un sitio incómodo e impreciso. Es evidente que Pérez de la Fuente tiene un sentido del espectáculo potente y seguro, pero cuando uno no entiende la chicha que le quieren contar, las trazas de autoría se le pierden entre los recursos de buen director e impiden que uno pueda destacar más esa labor y esa purpurina que debe soltar un buen montaje. 
Las actrices están entregadísimas, saltan, corren, se tocan, bailan, suben, bajan, ríen, gritan, se provocan y se retuercen sin escatimar ni un gramo de energía. Si saltan saltan a tope. Si se revuelcan, lo hacen  al límite. Bueno, todas no, pero casi todas. Digamos que todas menos una. Pero igual no tenía el día. Sólo puedo destacar dos cosas de ellas. La primera, que no comprendí ni me gustó nada el acento andaluz de María Hervás. No sé a qué correspondía ni me gustó el resultado. Cuestión de gustos, como todo. Y lo segundo es destacar el monólogo de Lara Grube. Estuvo realmente fascinante. Con una dicción ejemplar, una delicadeza en cada palabra y dando importancia a cada sílaba que pronunciaba. Divina y maravillosa. La música de Luismi Cobo en ese pasaje, además era de una belleza extrema. La puesta en escena, la música, Lara y sus compañeras en un momento absolutamente histórico, bellísimo, doloroso e inspirado. Lo mejor de la función, sin duda. Y Miguel Cazorla también está en la función, no lo olvidemos. Lo que hace está bien, aunque tampoco tengo mucho argumentos para decir que esté ni bien ni mal, lo siento. Su presencia y su mirada son poderosas y transmite muchísima fuerza.  



Así que, en definitiva me pareció un espectáculo rico visualmente, con momentos míticos como el monólogo de Lara Grube y un reparto con una entrega a prueba de bombas. E incluso a prueba de textos indescifrables y al menos para mí, marcianos. Ah, a mitad de función, las señoras que había alrededor de nosotros decidieron que ya se habían cortado bastante rato y se pusieron a comentar en voz relativamente alta todo lo que pasaba. Y hombre, eso sí que no. Si no te gusta lo que ves, o te piras o te quedas pero respetuosamente en silencio. Lo primero porque a nadie le interesa en ese momento tu opinión y si te está gustando o no. Y lo segundo por respeto a esas actrices que se están dejando la piel ahí, en algo más o menos acertado según tu gusto personal, pero indudablemente merecedor de todo el respeto posible. Y por supuesto de mucha envidia y admiración por el trabajo que han hecho y que hacen TODOS y cada uno de los implicados en este espectáculo. ¡Qué grande es el teatro y qué grande la gente que lo hace!                             

martes, 17 de marzo de 2015

El señor Ye ama los dragones. Matadero.

El talento es esa cosa escasa que muy poca gente tiene y que ayuda a que los demás vivamos mejor. El arte es esa otra cosa que tienen muchísimos menos y que hace que los demás soñemos con ser como ellos.
Talento y arte tiene para dar y tomar tanto Paco Bezerra como Luis Luque. El resto del equipo igualmente, porque vamos... no hay desperdicio. 




La crítica social no está reñida con el humor, está claro. Y uno no se convierte en un irreverente por conseguir que la gente se descojone con situaciones y personajes caricaturescos en medio de la dureza de la jodía sociedad en la que nos tienen y a la que nos han llevado.
Magdalena y Amparo son dos vecinonas de esas de toda la vida, de pelu los viernes, tapetes con borlitas de Pontejos, faja pantalón, bandejita de turrones, mirilla reluciente y maldad para dar y tomar. Son dos perras malas. Esas vecinas que todos tenemos o hemos tenido. Malas con avaricia y sobre todo... acojonadas de la vida, del aire, del progreso, del pelo suelto y de los estampados. Sí, estampados sin miedo. Esos estampados horribles que querrían llevar y pasarse al mundo por el fafarique pero que no se atreven a hacerlo por el "qué dirán". Y lo peor de todo es tenerle miedo a la vida, al aire, al horizonte, al otro y a la verdad. Porque luego pasa lo que pasa. Ambas dos perras tienen la desgracia de compartir edificio con una pareja de chinas. Por supuesto las chinas viven en el sótano y las doñas en el quinto y en el ático. Faltaría más. Pero justamente allí donde más ciudad pueden ver, donde más horizonte pueden abarcar es donde se encierra la pus, el aire enrarecido y los pedos bajo la mesa camilla. E igual que un ático puede encerrar a una bruja enquistada y un sótano a la conocedora de la verdad, una comedia como esta puede encerrar un toque de atención crispado e hiriente sobre el mundo que nos rodea. 



Ahí entran en juego el talento y el arte de Paco Bezerra escribiendo este texto divertidísimo, ácido, con un humor cercano, incluso burdo y un poco grueso. Consigue un mosaico de tías, madres, abuelas, vecinas de enfrente y primas sacadas de "Cuéntame" que son tan exageradas que son tremendamente reales. Y esconde varios giros, varios trucos de pirotecnia para convertir tu risa en escalofrío, y tu descojone en estremecimiento. Vamos, que nos endiña un caramelito envenenado de esos que tanto nos gustan y en los que entramos como bobos. Porque nada nos gusta más a todos que reír. Y te ríes hasta con esos chistes salvajes que deberían sofocarte. Pero no. Te partes el culo. Y luego, como en todas las buenas obras, esa sonrisa se te congela, vas notando que igual no deberías haberte reído tanto y acabas acojonao vivo. 
Y claro, pa colmo es que está al mando un ser como Luis Luque, sabio entre los sabios, y con un don especial que va más allá del talento y del arte. Ese don es el que consigue que esta estampa carnavalera, chabacana, casi de peli de Paco Martínez Soria mantenga el sitio concreto, exacto y correcto para lograr su objetivo. Metérnosla. Luque, que se las sabe todas, llama a Mónica Boromello para que cree esta escenografía simbólica y expresiva a partes iguales, al genio de Luismi Cobo para que componga una partitura digna del mismísimo Bernard Herrmann, a Felipe Ramos para que nos enseñe cómo se ponen unas buenas luces, a Elisa Sanz para que diseñe un vestuario a golpe de microscopio y a Álvaro Luna para que nos ilustre con unos audiovisuales y claro, consigue que TODOS los elementos escénicos estén cojonudos y en el punto exacto que deben estar. Y lo mejor de todo, consigue transmitir que interiormente está en un momento dulce, porque a pesar de durezas y de dramones, lo que se escapa por todas partes es alegría, es optimismo y buen rollo. A pesar del ácido, a pesar de lo perras que son estas dos, a pesar de todo, hay luz. La función está llena de luz. Y yo, sentir que me invade el optimismo y la luz, me gusta, qué le voy a hacer...

Chen Lu está deliciosa como la señora Wang. Huichi Chiu está fabulosa como Xiaomei, esa mujer lista y paciente. Aunque... quizá el acento reste un pelín de ritmo a alguna escena. Pero eso en dos días ha cogido cuerpo y peso y ya está. Y las dos mostrencas de Gloria Muñoz y Lola Casamayor... antológicas. Hacen un trabajo expresivo y pa fuera maravilloso. Las odias y las compadeces a ratos. Las querrías matar y te las querrías llevar a casa (aunque fuera para matarlas) y despliegan toda su sabiduría, sus recursos infinitos y su caspa sainetera y vitriólica y te camelan. Están soberbias y maravillosas. Son dos ratas sucias, malas y patéticas. Incluso en ese final... sorprendente no decaen sus... capas de realidad. Son como la Davis y la Crawford, o como Florinda Chico y rafaela Aparicio. Son la una con y por la otra. Dos vacaburras del escenario.

Este montaje va a durar, y durar y durar todo lo que quieran y puedan, porque te lo digo yo y te apuesto lo que sea a que va a ser un exitazo. Tiene todo para serlo. Un texto cercano, inteligente, brillante y divertidísimo, una puesta en escena firme, sabia y luminosa y unas actrizonas... gigantescas. ¿Se puede pedir algo más?    

Ah, las fotazas impresionantes son de Sergio Parra. Bestiales.    

domingo, 1 de marzo de 2015

Las amistades peligrosas. Matadero.

Darío Facal se atrevió hace un par de años a poner en pie una nueva visión de "Las amistades peligrosas". Empezó, que yo sepa, en el Fringe. Y ahí siguen. Lógico. 
No me conozco el texto original de Christopher Hampton ni el de Choderlos de Laclos al dedillo como para poder juzgar la adaptación de Javier L. Patiño y Darío Facal. Lo que sí sé es que el texto que nos encontramos en Matadero es una gozada, sin una sola fisura y con una riqueza tanto sonora como rítmica realmente asombrosa. 




Darío Facal se encarga de la dirección de esa bomba de relojería y plantea un espectáculo desnudo, fingido, tan fingido como las "relaciones" que vamos a ver. Los actores se acicalan y comienza la farsa, comienza el engaño. Unos pocos elementos en la escena, sillas, micrófonos, instrumentos musicales... todo disonante y con una energía salvaje simplemente "estando". Y desde ele momento en el que se enciende la mecha, no hay vuelta atrás. Ni un sólo respiro, ni una pausa, ni un sólo momento para que el espectador se relaje y respire. Al contrario, vas a enfrentarte a una montaña de dinamita. Lo único que quizá me chirríe sea que Volanges tararee "Los pescadores de perlas". Con todo y con eso, el subidón de adrenalina que se despliega y se transmite en la sala dos del Matadero es asfixiante.   




Carmen Conesa recrea a la perraca marquesa de Merteuil y crea, sin duda, el mejor trabajo de su vida. Tiene toda la maldad, el rencor, la ironía, la maquinación, la bilis y la pus enquistada necesarias para que ni remotamente te acuerdes de Glenn Close. A ver, es que las cosas como son, todo dios ha visto la peli y todos tenemos en un rincón de nuestro corazón las imágenes poderosas de la versión de Stephen Frears. Luchar contra eso o al menos intentar olvidarlo es un peso tremendo contra el que tiene que luchar a priori esta visión. Afortunadamente para todos estamos ante una visión tan poderosa, personal y coherente que consigue que en ningún momento recordemos la peli. Y la Conesa crea y recrea una víbora en sí misma. Manipuladora, pérfida y más mala que cualquier mala. Pasa por mil estados complejos hasta llegar a esa imagen final salvaje, cruda y estremecedora sin hacer nada más que mirarnos mientras se le cae, sin poder reprimirla, una lágrima. Acojonante. 




Nosotros elegimos ir un día en el que actuaba Cristóbal Suárez. Y dimos en la diana. No me imagino un Valmont más seductor, cruel, manipulador, maltratador, sibilino ni sexual que Cristóbal Suárez. Yo no sé el resto del público, pero servidor, incluso sabiendo lo cabrón que era, sólo pensaba en que rompiera la cuarta pared y me secuestrara a mí. Es como un semental desbocado que arrasa a cualquier mujer que se le ponga a tiro. No hay ni un sólo movimiento, palabra, gesto o pausa que no sea absolutamente perfecta. Lucía Díez es la desasosegante Cecile. Brillante actriz, envuelta en el halo de niña que hace que te revuelvas en la butaca en la escena... en esa escena. Estremecedora. Iria del Río sin embargo se me quedó un poco fuera de lo que esperaba de ella. Para mi gusto, le faltó un poco de la delicadeza y casi misticismo que debería tener en la primera parte. Luego se enturbia bien, pero falta base en el comienzo. 




En definitiva, montajazo salvaje, brutal, personal y enérgico. Una pasada tanto de concepción como de desarrollo. Visión caníbal de un textazo y desplegado con brutalidad y una calidad soberbia por parte de todos. Uno de esos montajes que se quedan en la memoria y que pueden durara años y años en cartel. De quitarse el sombrero.          

domingo, 9 de noviembre de 2014

Desde Berlín. Matadero.

El programa de mano es como siempre, traicionero. El director viene a decir más o menos que le han pedido que escriba algo para poner ahí y que ha escrito lo que le ha dado la gana. Y poco tiene que ver con la función. En fin, peor pa él. Si ni siquiera utiliza el programa como reclamo... pero bueno. 
El texto de Juan Villoro, Juan Cavestany y Pau Miró es antiguo y al menos para mi gusto, poco interesante. Lugares comunes, personajes predecibles y poco profundos, conflictos... desvaídos y alargada en exceso. 



Dos personajes que desde que aparecen sabes de qué van ya dónde van a ir. En cinco minutos ha estallado el conflicto pero no nos han contado el proceso para llegar a donde están. Ese proceso sería lo realmente interesante. Ver a dónde han llegado sin que nos cuenten el cómo y el por qué es... una pena. Ya sé que está inspirado en las letras de las canciones de un disco de Lou Reed, y eso no lo vas a cambiar, claro, pero es que el disco es de 1973. Y entiendo que el trabajo de trasladar las canciones de un disco magistral a un texto teatral sea una proeza, pero como texto teatral, para mi gusto, flaquea. Total, que a los diez minutos ya está todo el pescado vendido. Y a la media hora la función empieza a terminar. Y termina una vez, termina una segunda vez, una tercera. Y termina varias veces porque claro, como no nos han contado lo de entre medias, la historia efectivamente no da para más y ya ha terminado. Afortunadamente Andrés Lima mete mano y rodea esta historia de una puesta en escena ocurrente, ingeniosa, potente. Con elementos atractivos y muy acertados, le da al asunto un ritmo acertado, mueve bien a los actores y saca de ellos sus mejores registros. Consigue darle al espectáculo lo que como texto le falta. Bueno, no. Rodea de atractivo un texto regulero (para mi gusto) y lo explota al máximo para sacar todo el atractivo que a veces ni tiene y para envolverlo con un papel atractivo y ponerle un lacito. Así Lima consigue que bastante gente del público se levante y grite "bravo". 



Natalie Poza está desgarrada, sucia y acabada. Fabulosa. Un poco en su tono habitual, pero tan atrayente y atractiva como siempre, y sufriendo como una loca, desgarrándose y entregando todo lo que tiene y más. Pablo Derqui comienza mirando como Roberto Zucco, pero se le pasa enseguida. Y a pesar de estar como unas maracas, es tierno, vulnerable, y tan indefenso como cualquier perro maltratador. Impresionante. Aunque quizá esté pasado de revoluciones. Yo bajaría le pedal un poco y me pondría al 9 en vez de al 11 sobre 10.
En definitiva, que ver a estas alturas una historia sabida más propia de los ochenta que de 2014 no es que sea lo más revolucionario del mundo, pero por ver a estos dos bestias y por disfrutar del saber de un Andrés Lima calmado y más íntimo, es un puntazo.       

sábado, 4 de octubre de 2014

En el desierto. Matadero.





Creo que ya lo he dicho más veces, pero insisto. De todas las artes escénicas, la danza es la más maltratada. La gente que se dedica a la danza necesita muchísima más preparación y durante mucho más tiempo que cualquiera. Y si encima te dedicas a la danza como un paso más allá de la expresión, ni te cuento. En ese desierto en el que está o al que quieren llevar a la cultura nuestros políticos burócratas con sus tarjetas negras y sus sueldos en B, se mueven y sobreviven la danza, los danzantes y los actuantes. Los revolucionarios que se/nos dedicamos a aquello llamado cultura, camuflados como los fasmatodeos para sobrevivir. Ya lo dice Chevi en ese prólogo dedicado a la belleza y en situar una obra maestra indiscutible, la Tosca de la Callas. Lo dice clarito: "no podemos dejar que privaticen esto" mientras te lleva al escenario, te hace partícipe de su reivindicación, te pone en su lugar y te muestra  ese paisaje tan bello como la aurora boreal como es un patio de butacas.




Coño, que me lío. Pues eso, que la cultura vive en el desierto porque no le quedan más cojones y aunque vivamos en islas minúsculas, reconociendo que nos necesitamos y tirando los unos de los otros en determinados momentos, la única solución es camuflarse como Ernesto Alterio, su piano y sus amigos de gris. O correr hacia la oscuridad o buscar refugio como David Picazo y Sara Manzanos. O recordar cuando éramos mitos, cuando éramos estrellas, cuando se valoraba a los valientes que se dedicaban a la escena como hace la prodigiosa Maru Valdivielso y todos sus compañeros de negro. O vivir en el recuerdo como Pastora/Alberto Velasco, mito indiscutible. Todo menos dejarse vencer como Ana Erdozain. Hay que buscar soluciones, porque en este desierto al que nos han arrastrado, camuflados o no, debemos tratar de convertir los ruidos en música y no dejar de sonreír. Es fácil; sólo hay que llevar la comisura derecha de la boca hacia le ojo derecho y la izquierda al ojo izquierdo. Y si dejamos las luchas y las tensiones y juntamos todas nuestras islas y construimos un espacio común en el que vivamos todos juntos (apretujados, pero juntos), entonces todos volveremos a sonreír, a construir un escenario nuevo y a brillar como las luciérnagas.




El grupo de actores es asombroso y brutal de primer al último. Los que hablan, los que bailan, los que se derrumban, los que se desparraman, los que buscan y los que se arrastran. Que yo personalmente tenga debilidad por Alberto y por Maru es cosa mía, porque TODOS están brutales. Y si no... a ver qué me decís de la potencia de la mirada de Ana. Chevi es el demiurgo que junta todos estos talentos y el que consigue, como por arte de magia, que todo el conjunto sea prodigioso, terrorífico y tremendamente optimista incluso desde la oscuridad. Además Chevi tiene lo que yo llamo "ojos de llorar". Es un algo en la mirada que hace que a pesar de sonreír, por debajo te imagines esos ojos llorando. Quizá sea eso que no puede ocultar una mirada, una sensibilidad fuera de lo común, que hace que se escape entre sonrisas esa sombra de poder ver que esos ojos lloran. Lo mejor es que esa mirada es la que inunda todo su trabajo. Guillem Clua da una lección de cómo administrar los espacios, las luces, los ritmos y convierte esta danza de los espectros en un baile optimista. Fantástico. Fabulosa la música que inunda todo el escenario. David Picazo vuelve a dar una lección de cómo iluminar el fracaso. Pone luz donde sólo hay sombras y crea sombras donde sólo hay destrucción. Genial de nuevo. Emilio Valenzuela crea una escenografía fantasmagórica como salida de un cuadro. Islas mágicas y tristes, partes de un puzzle compuesto de mil deshechos humanos. Vestuario de Ana López Cobos y  María Calderón que debería pasar a la historia. El figurín de Maru y el vestidazo de Alberto son antológicos. Por lo preciosos y por la fuerza simbólica que tienen. La producción de Amanda García, Luciana Pattin y Eva Marcelo asombrosa y toda una demostración de la importancia de una producción sensible y efectiva. Los textos de Guillem Clua y de (San) Pablo Messiez... en fin... son dos debilidades. Simbolismo, poesía, dureza, muerte, esperanza, todos los elementos que ayudan en este recorrido desde el desierto más inhumano y casi apocalíptico de un mundo con la cultura secuestrada y torturada y hacia la isla común de todos los que antes éramos estrellas y que debemos evitar que nos lleven definitivamente a morir sin sonrisa y dejándonos vencer en el desierto. 
   


jueves, 24 de julio de 2014

Montaldo. Ernesto Collado en el FRINGE 2014.

Ya lo dije el año pasado cuando disfruté de su "Conferencia optimista...", una compañía que se define como "compañía con ánimo", así, tal cual, a mí me me merece ya devoción absoluta. Ernesto Collado es un hombre del renacimiento, un showman o mejor dicho, un artista completo y global con un ego tan grande como su capacidad creadora y comunicadora. Es el Juan Palomo de sus espectáculos, pero viendo el resultado y analizando su capacidad creadora, no te lo imaginas de otra forma. Nadie mejor que él va a hacer nada de lo que hace. Y encima tiene una capacidad de comunicación y de "llegar" al público que sólo pueden deberse a su inmenso carisma y a su honestidad. Tiene una sinceridad de intención que le hace irresistible. Y en esta road movie de andar por casa, demuestra otra vez que es el puto amo.



La historia de Montaldo está a medio camino entre la fábula cachonda, el retrato social, el western o el descubrimiento del porqué de una vida, está contada de tal forma que te lleva por unos caminos cercanos, realistas y mitológicos con una soltura única. Ernesto empieza como termina, disfrazado de indio, y te recibe con un "yo antes no era así" que te resume lo que vas a ver antes de que lo veas. Son cinco palabras y una declaración de intenciones. Claro que antes no era así. A continuación nos contará el viaje que hizo y a dónde le llevó ese viaje y en qué le convirtió. Cómo consiguió irónicamente, encontrara un sentido a la vida cuando perdió su razón de vivir. 



Ernesto Collado es como el Travis de Paris, Texas. Hasta su figura se puede llegar a parecer, y la camisa que lleva podría ser la camisa que llevaba Harry Dean Stanton. Y esa figura larga y delgada en vez de encontrarse con una puta con un jersey de angora se va a encontrar con una leyenda igual de falsa, con un héroe de barro, un fabricante de alambre de espino. En ese camino hasta Oz se cruzará con la bruja buena del Este, la chica que nosesabecómo ayuda a su padre en las tareas de la casa y que es experta en abrazos mancos. El amor es lo que tiene; que el mejor abrazo te lo puede dar un manco y que uno puede encontrar una razón para vivir cuando cree haber llegado al final del camino. Toda esta poesía y pesadumbre las envuelve Ernesto en humor, en optimismo, buscando siempre el lado menos plomizo y dejándonos ver que incluso una puta cutre de peep show barato puede ser una princesa o que en el desierto crecen flores. 
Imaginería casi propia de David Lynch, con el porrón como símbolo de las raíces y el jabalí como animal casi mitológico, como una presencia que incluso podría ser Puck disfrazado. 
Ernesto Collado es el amo de decir lo que le sale de los cojones y como le sale de los cojones. Porque él lo vale. Porque su honestidad con la realidad es tan radial que se la puede pasar por el arco del triunfo si quiere porque nunca va a dejar de ser íntegro y honesto con su historia, con sus personajes y con sus aventuras. Este tío tiene lo mejor que se le puede pedir a un artista. Compromiso, coherencia, honestidad, libertad, profundidad, mil lecturas, dos mil capas y tres mil mensajes de consecuencia con uno mismo. 



Porque soy mayor que él, que si no... pero si yo volviera a nacer querría ser como Ernesto Collado. Es un ser que consigue por un rato hacer que la vida parezca más feliz. Tela.