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jueves, 10 de marzo de 2016

La abducción de Luis Guzmán. Teatro del Barrio.

Definir un estado de ánimo es casi imposible. Poner palabras para hacer terrenales sensaciones íntimas, de las que duelen es casi tarea imposible. Intentar explicar lo que uno siente al ver este espectáculo es como querer describir una pérdida, o el amor, o la muerte o la moqueta.
Mi padre nació al ladito de Aranda de Duero. El hombre se fue del pueblo de jovencito pero todos sus hermanos y hermanas se quedaron por allí. Toda la vida de dios pasábamos unos días de vacaciones de verano en el pueblo y como estaba a unos cien kilómetros de Valladolid (donde viví de pequeño) muchos fines de semana cogíamos el 127, nos apelotonábamos todos y pasábamos el finde en casa de mi tía Basi  o de mi tía Tori. Eran el terror, claro. Secas, antipáticas, vestidas de verde; de "verde tía", jamás sacaban ni un platito de pastas ni te daban un puto bocata. Sólo sacaban la bolsa de pipas, ponían el botijo en medio de la mesa y plantaban un plato de loza lleno de higos o de cerezas con la intención, claro está, de dejar manco al que osara hacer ademán  de intentar trincar una. Todos sentados en el comedor, con los asientos asignados y escuchando cómo mi padre y ellas hablaban de cuando eran pequeños, del hijo de la Juani o del tío Agri que había puesto una conferencia hacía unos días. Todo en verde, rodeados de tapetes, de ganchillo, de hules, de plásticos, de fotos de muertos, de oscuridad, de olor a gallina, a amargura y a posguerra. Y todo el suelo de terrazo. De terrazo feo de cojones además. Pero esa casa; la de mi tía Basi, la de mi tía Tori e incluso la de la tía Rosario, que vivía en Aranda y era más moderna estaban llenas de moqueta. De esa moqueta que absorbe los pasos, sí, y aisla y cubre los gritos, los susurros y los secretos.     




Esa misma moqueta es con la que Luis ha forrado su casa, su comedor, que es el comedor de mi tía Basi y su corazón. Tres seres aislados y unidos por los lazos invisibles, atenazadores y protectores de eso que se llama "la sangre". Luis ha vivido hasta hace nada con José Luis, no sabemos ni cómo ni en qué condiciones. Pero Luis, en su mundo, en su mente, en su universo es capaz de entender mejor los misterios del cosmos que los de su casa. Prefiere y se siente más cercano a los extraterrestres que a su hermano. Ha enmoquetado su corazón y su mente con una moqueta estampada con imágenes de planetas. Luis tiene un programa decano de la radio en el que pregunta a sus entrevistados todo lo que no se atreve a preguntar en la vida. Luis se ha aislado y ha creado un mundo distinto, paralelo y seguramente más sano y calentito. Max en cambio huyó. Salió por patas de ese comedor lúgubre y acabó en Londres, donde se construyó su propio hogar enmoquetado. Con moqueta de tonos neutros, gris o marrón seguramente, donde cree que vive una vida...suave y segura con Clara. Pero no, porque esa moqueta es falsa, cubre los tablones podridos de una relación muda, una relación callada y ahogada en más secretos, en más mentiras y en más miradas esquivas. La moqueta de los que no tienen hijos. Porque por allí nadie tiene hijos. Ni perro. Bueno, perro sí, pero un casi-perro casi sin nombre. 

Estos tres seres sólos y abandonados, apaleados y moribundos coinciden en esa casa oscura y mortecina. Poco puede salir de ahí. Es más fácil que algún extraterrestre se encuentre con los discos de oro de las Voyager a que Max y Luis se crucen y hagan coincidir sus caminos. Sólo Clara con su antipatía y desde su traumática e inútil vida parece que pueda conseguir la gran hazaña; lograr que Luis se vaya a ¿vivir? a esa "casa con piscina". Terrorífico, espeluznante, estremecedor. 



La moqueta y la muerte, los dos grandes temas de esta inmensa experiencia teatral. La muerte física y la otra muerte. O las otras muertes, la muerte de los sueños, de las ilusiones, de la verdad, de la confianza, de los lazos, de la esperanza, de la realidad, la muerte de todo signo de vida. La muerte losa y la muerte apisonadora; esa muerte que te vacía y te vuelve opaco y triste, profunda e internamente triste.    

Pablo Remón construye un microcosmos enfermizo y con olor a rancio y a comida pasada con los elementos mínimos: un texto cruel, doloroso, seco y con mil recovecos llenos de pus y de sombras, un trío de actores sublimes y un espacio tan tétrico como el comedor de mi tía Basi. 

Para hablar de los actores voy a usar un truco sucio, lo sé, voy a hacer un copia/pega de lo que escribí en su momento, cuando descubrí esta joya en el Lara aunque voy a cambiar cosas. El tiempo es lo que tiene. 




"Más fenómenos paranormales: los actores. Los tres. Ana Alonso aparece y con ella entra la duda, la extrañeza, el dolor contenido, la lágrima al borde de caer pero suspendida en un hilillo. Y quieres que no se vaya nunca, que se queda hablando con Luis. No se entienden pero quizá sea la única con la que pueda comunicarse. Se tocan los cojones el uno a la otra como solo se los tocan los novios o los hermanos. Emilio Tomé hace una creación de esas de comértelo vivo. Porque seguramente sería una tortura, pero si no, te llevarías a Luis a tu casa. Adorable dentro de su verborrea tocapelotas. Tiene una magia única y consigue que desde que empieza con las pipas ya te hayas enamorado de él. Y Francisco Reyes es... apabullante. Le ves aparecer y flipas con ese pedazo de torre gigantesca. Guapo y feo, atractivo y repelente, te cae bien y le darías dos hostias, pero te embauca. Concentra tu atención casi tanto como su hermano. A mí me desencaja la mandíbula, porque de entrada te puede parecer el anti-actor, pero tiene una intensidad tanto en su presencia como en sus forma de sentir y de estar y comunicar con su hermano (no con Emilio, el actor) que te quedas embelesado. Lo que hace funciona. Y no sólo funciona sino que funciona que te cagas. Te deja pegao. Es un pedazo de actor único que te asombra, te fascina y te enamora. YO confieso que salí de la función eternamente enamorado de los tres".

También dije en su momento que estos dos hermanos son como dos personajes de Pinter con olor a gachas o a lechazo. Añado ahora a Clara, claro. Tres personajes sacados de una jaula de esas que creaba Pinter y colocados en cualquier cuidad de provincias. 



Y de repente, cuando los enfrentamientos son insoportables, cuando no hay salida, cuando se lanza el mensaje al espacio exterior, cuando te recuerdan el mensaje de las sondas espaciales y tu espíritu está en el punto más alto, va y se acaba. Y tú te quedas ahí arriba, con la adrenalina y la excitación a tope, en todo lo alto. Y te das cuenta de que te acaban de dar un mazazo en pleno corazón y te han dejado abandonado a tu suerte. Los focos se apagan y tú te jodes y te vas a casa destrozado. Porque esta marcianada te ha vaciado la raíz.

sábado, 21 de marzo de 2015

Invernadero. Teatro de la Abadía.

Que Pinter es hermético es cierto. O no. No siempre. También hay que saber leer, darse tiempo para desgranar y saber exprimir significados e imágenes. Este texto no es precisamente de los más crípticos. En definitiva es una comedia que el propio autor dejó encerrada en un cajón durante casi 20 años. 




Como yo soy como soy, ni le pongo un altar al texto sólo por ser de Pinter (adoro a Pinter con toda mi alma pero cada cosa en su sitio) ni a la adaptación por ser de Eduardo Mendoza. Es más, me despierta mucha curiosidad repasar la versión original, porque hay cosas, expresiones, palabras, giros demasiado anacrónicos que me chocan. Al traducir, eliges, y me da que en ese proceso de elección Mendoza ya contaba con la premisa de buscar el "chascarrillo" o el toque actual y campechano. Y si algo NO es Pinter es casual ni campechano. Ni siquiera los nombres de los personajes, que quizá hasta tengan significado. No sé. 
Pero bueno, cachondadas aparte, lo que más me llama la atención de esta puesta en escena es el tono que ha elegido Mario Gas. Vamos a ver, cualquier director elige el sitio desde el que quiere contar su historia. Decide. Hay cien mil formas de contar lo mismo. Toda son válidas mientras sean coherentes. Luego está que coincidan o no con tu criterio, o con lo que tú esperas o con cómo lo ves. Si coincide hay comunicación y si no, pues no la hay. La decisión y el punto de vista del director seguirá siendo válido y tu criterio también. Para mi gusto, Mario Gas he elegido un sitio banal, de humor desbocado y grueso que no me mola. Es como estar viendo un Pinter en la Latina. Y no sólo en la dirección de escena y actoral sino casi todas las decisiones. La escenografía no termina de funcionar. El aparataje se atascó en un cambio, y los paneles móviles no terminaban de encajar. Vamos, que se veía el truco. Además esa escalera como de prisión, no aportaba mucho ni daba mayor juego. En definitiva, no ME terminaba de convencer. Ni las luces tampoco. Normales. Ni siquiera el vestuario aportaba ningún punto de vista ni personalidad. Claro que igual todos estos elementos lo que buscaban era precisamente NO situar ni en un momento ni en una decisión estética. Igual era eso.  
Y los actores.... Gonzalo de Castro compone un Roote encabronado desde el principio, con poco desarrollo, plagado de minigestos y de recursos conocidos y bastante disparados. Empieza la función en el nivel 95 y sólo consigue avanzar hasta el 100, claro. Para mi gusto está demasiado crispado, acelerado, pasado y encabronado. Llevar las características de un personaje a su extremo y no variarlas ni complementarlas resta eficacia y riqueza. Siempre es más rico un arcoiris que una paleta con dos colores. Tristan Ulloa está bien pero... quizá también se haya quedado su composición en una superficie efectiva y poco colorista. Bueno, a ver, que quede claro que todos ellos están bien. Ellos. Que lo que hacen está bien. Es más una cuestión de riqueza y de buscar un registro más rico y menos... básico. Jorge Usón es quizá el que esté más acertado. Puede desplegar más matices dentro del brochazo que es también su personaje. Pero consigue tener más recorrido. Carlos Martos está demasiado declamativo y artificioso y tanto Javivi Gil como Ricardo Moya no tienen ocasión de desarrollar prácticamente nada. Isabelle Stoffel, que mira que estaba fantástica en "La rendición" aquí está fuera de lugar. Ni su personaje está bien marcado ni ella parece haberlo encontrado. Ni el personaje ni el tono ni el sitio. Aparte de tener una dicción muy, pero que muy espesa y muy mejorable y de crear un personaje típico, tópico, básico y nada interesante. Tampoco mira bien a sus compañeros ni parece escucharles bien. Que conste que no cuestiono a ninguno de ellos, todos son fantásticos actores y lo que hacen tiene por descontado todo mi respeto, admiración y envidia. Creo que el problema y que hace que no se produzca la sintonía entre lo que yo querría ver y lo que veo es de dirección. De dónde ha elegido Mario Gas situarse para contarnos esta historia de manipulación y tortura social. Conducir esas escenas tan ricas en enredos más propios de los hermanos Marx en mi caso no cuaja. Y amo a los hermanos Marx, pero cuando quiero ver a los hermanos Marx. Y ese momento copa en la cara... que para mi gusto es el colmo del laconismo, casi un duelo entre dos seres fríos y despiadados roza lo absurdo.  vale, es una elección de Gas. Respetable y fantástica. Pero para MI gusto desaprovecha un momentazo Pinter para regalarle al público un chiste de fácil digestión. Y lo de que TODOS los personajes lancen sus diálogos y monólogos mirando al público e incluso avancen hacia el proscenio para hablar es un poco de teatro antiguo. Hasta los elementos escenográficos están puestos en diagonal, como para que se vean bien, en una disposición ilógica para mi gusto. 




Insisto en que como director y responsable, Mario Gas escoge el lugar que él quiere y lo desarrolla. Respetable, por supuesto. Es SU producto. Pero con un servidor no funcionó. Ya ya lo siento porque adoro a Pinter, a Gonzalo de Castro, a Jorge Usón y a Tristán Ulloa.        

jueves, 12 de junio de 2014

Trahisons. Cuarta Pared.

Pinter es siempre Pinter o debería ser siempre Pinter. 
"Traición" es quizá, de los que conozco, el texto más "cercano" de Pinter. Vamos, que es más fácil de comprender que otros y más fácil de seguir todo lo que sucede. La genialidad en este caso, aparte del uso del lenguaje en sí y de la trama que presenta es el hecho de contar la historia de fin a principio. Quizá esa sea la trampa envenenada de Pinter. En otros montajes que he visto de "Traición" se caía un poco en querer ilustrar cosas o momentos que de por sí ya están claros en el texto. Quiero decir que lo difícil en Pinter es desentrañar el texto. Descubrir por qué un personaje pregunta "¿Cómo estás?" y el otro responde "Una taza". No es el caso de esta función, que como digo, es más cercana y de más fácil digestión. Me refiero a que el poderío de Pinter está en el texto, en la palabra, y su dificultad, en desentrañarla. Una vez desentrañada, no hay por qué ilustrarla. Y la compañía tg STAN  no lo hace. Sencillamente ha entendido bien el texto y así nos lo cuentan. Casi sin decorado, con pocos elementos pero bien utilizados, con una luz que va cambiando (hacia atrás también) de más a menos. Y basando todo su poderío en unos actores fabulosos que nos muestran de forma casi desnuda esa espiral emocional (hacia atrás también) que les lleva del desdén o de la indiferencia a la pasión. 
Los tres intérpretes están magistrales haciendo lo ilógico. O quizá sea hasta más lógica esa forma de mutación de los sentimientos. 
Buena elección de los responsables del "Festival de Otoño a Primavera". Un Pinter bien hecho es una puta gozada.


miércoles, 29 de enero de 2014

Tierra de nadie. Matadero.

Ofú, me parece difícil de cojones escribir sobre esta función. Desde luego, de todo el Pinter que he visto hasta ahora, es el texto más duro y hermético que he disfrutado. Y lo que sí hay que reconocer es que tiene una magia y una musicalidad especial que te tiene pegado las casi dos horas de representación. Y es cierto, como comentó mi amigo Miguel a la salida, hay algo de "Esperando a Godot" en esos dos personajes. En Lluís Homar y Josep María Pou. 



Cuenta la leyenda que Pinter escuchó unas frases sueltas un día en un taxi: "¿Tal cual? Sí, por favor, absolutamente tal cual" y que a partir de ahí escribió esta función. Pues será. Aunque si me cuentan otra también me la creo. Bueno, vamos allá. 
Spooner y Hirst aparecen juntos en la casa del segundo.  No sabemos cómo ni por qué han llegado allí. Darán varias versiones todas ciertas o todas falsas. O da igual Aunque parece que se han conocido en Hampstead Heath Park, un lugar de cruising relativamente conocido. No sería raro que se hubieran conocido en plena faena, de hecho los dos "mayordomos" de la casa tienen un ramalazo tremendo. Si es que son los mayordomos. Quizá sean ellos mismo de jóvenes. O quizá ellos dos sean el mismo. O quizá uno de ellos sea Pinter y el otro su otro yo, o quien le habría gustado ser, o su opuesto. Jesús, qué lío. 
Lo que sí es cierto es que ambos personajes hablan (de forma preciosa y magistral) de temas como la infidelidad o los celos, asuntos que parecen haber marcado su vida. Celos que también invaden a uno de los mayordomos, a Ramón Pujol. Diálogos imposibles, preguntas sin respuesta o quizá un diálogo depurado hasta la misma esencia. El caso es que esta historia de celos, fantasías, deseos, metas, frustraciones, fracasos, soledades, resquemores e imágenes tiene un poder hipnótico sobre el espectador. Igual si un día quiero hacer un estudio en profundidad sobre Pinter, me estudiaré bien este texto, porque tiene tela. Pero bueno, no sé si importa tanto "descifrar" su código. Lo extraño o no es que hay frases que se me han quedao clavadas. Como una de San Lluís Homar: "Perdone mi sinceridad. No es método, es locura". Magistral.
Y magistral desde luego tanto la escenografía de Lluc Castells como el vestuario de María Araujo. Ha vestido a Ramón Pujol realmente de grumete salido de "Querelle", con ese bigotillo, el pantalón ombliguero y esos campanones. Patético y ridículo. Y con un toque gayzón que no se puede aguantar.



San Lluís Homar da una auténtica lección. Cada cosa que hace este pedazo de maestro es espeluznantemente magistral. Cada palabra, cada gesto son sabios. Me vuelve loco. Hasta cuando de pega el pedazo de desayuno lo hace con un arte que flipas. Además demuestra un dominio apabullante de la voz. No así su compañero, Pou, que aunque de gesto está bien (menos en algunos momentos) de voz está raro. Está la mayor parte del tiempo poniendo voz de malo de dibujos animados aunque cuando se le olvida y habla normal, se te olvida todo y comienza el recital.
Ramón Pujol está fabuloso, en el punto chulesco perfecto. Es asombrosa la verdad que transmite este actorazo. No así David Selvas que particularmente no me gustó nada. Se tira toda la función con el brazo doblado e ilustrando cada palabra con un gesto.   

En resumen, es un texto hipnótico, indudablemente bellísimo pero quizá demasiado hermético. Al menos para mí, ayer, lo reconozco. Pero que merece la pena, sin ninguna duda. Aunque solo sea por ver a esos titanes.