viernes, 20 de junio de 2014

MBIG. La pensión de las pulgas (II)

Que un espectáculo teatral es algo único y vivo está claro. Que no hay dos funciones iguales también. Que le teatro, como la energía y la pena (¿verdad, Fany?) se transforman es también algo sabido. Y para muestra, un MBIG. 
Yo lo vi nacer y entonces la fiera, el monstruo escrito por Shakespeare y adaptado y dirigido por el gurú Martret era una bestia parda. Una explosión de energías desbocadas. No digo que fueran descontroladas, ni mucho menos, pero sí que tenía muchas aristas en su propia concepción. O quizá era por la conjunción de torrentes. Ahora todo está pulido, el diamante se ha pulido, las aristas son ahora formas suaves, compactas y la fiera se ha domado aunque es más peligrosa aún que antes. 
No voy a leer lo que escribí en su momento y es posible que me repita en muchas cosas. Me la pela. También os digo que si queréis leer lo que escribí en diciembre... guay. Pero aquel era un montaje y este es otro. 



Todos los elementos que forman parte de un espectáculo están en este utilizados y concebidos como si fueran personajes. La luz es la mejor que se ha visto en La pensión de las pulgas. Bolsos, soperas, rincones, la luz sale, surge, entra, mancha, ilumina, atrae, tiene vida propia. El vestuario es divino, precioso, sensual y personal. La paleta de colores va del verde bruja mala al negro femme fatal pasando por el blanco inocencia. Colores, formas y patrones con personalidad. 
Martret se sobra dirigiendo este milagro. Toma a Shakespeare por banda, y demostrando un respeto y una admiración tremendos por el texto, intercala un personaje, Camelia, que convierte las luchas de poder en metáforas de la productividad y eficiencia de una mega empresa internacional. Adaptación respetuosa y brillante. Y una dirección medida en cuanto a ritmos, desaforada en cuanto a pasiones y magistral por lo compacta. Y está contada desde el mejor sitio posible. Yo confieso mi absoluta debilidad por McBeth y esta versión es justamente la que yo habría hecho. Para mi gusto está contada desde el sitio y de la forma perfectas. ¿Y ese juego de miradas? En cada escena de grupo, o en cuanto hay al menos tres personajes en escena, las miradas entre los personajes, hablen o no hablen son como una batalla de espadas láser de "La Guerra de las galaxias". Son miradas mortales, llenas, potentes. Siempre hay miradas entre ellos, fulminantes, llenas de texto, llenas de reacción, llenas de verdad.  Como una bella coreografía que es casi como otra obra dentro de la obra.



 
Pilar Matas y Maribel Luis son las brujas. Vestidas, peinadas y con hechuras de malas pero malas perras malas. Yo no sé si son como esa tía que me tenía acojonao de pequeño, o como esa vecina mala que te da el punto de que cualquier día te envenena al perro.  Son más malas que un dolor, y con esa luz y esas miradas y esos estertores... te dan un yuyu que te cagas y son uno de los platos fuertes de la función. Grandes las dos. 
Daniel Pérez Prada es un Banquo multifacetas. Tiene una ristra de matices que hacen de su Banquo un amigo, un cómplice, un verdugo, una víctima, un ser vivo. Hasta cuando está muerto está vivo. Flipante.
Javier Mejía es un Ross elegante, caballero, con la fuerza del susurro y el estremecimiento del actor que sabe escuchar. Pepe Ocio es McDuff. Y reconozco que aunque su arranque me pareció... frío, va de menos a más, tiene una progresión brutal y termina recibiendo la noticia del destino de su señora y sus hijos con una verdad, que se te eriza el total. Francisco Olmo tiene la solvencia y el poderío de un actor de raza. Y Manuel Castillo es el que más ha crecido. Está mucho más terrenal, ha crecido como actor mucho, ha ganado confianza, cree más en lo que hace y lo transmite. Sobresaliente su esfuerzo.   



Raquel Pérez. ¿Qué se puede decir estas alturas de esta mujer? Habla, se mueve, te convence, canta, seduce, entra, sale, llora, va y viene y te lleva con ella a donde se le antoja. Tiene ese imán único que hace que cuando ella está en escena, no quieras perderla de vista. Te interesa todo lo que hace, todas su reacciones. Y qué quieres que te diga, pero una persona que es capaz de hacerme llorar con un monólogo sobre "el índice de probabilidad de error"... es mu fuerte, ¿no?
Y luego Rocío Muñoz-Cobo. Sí, es Liz Taylor, es Ava, es María Asquerino, es carne, es vida, es sangre, es incitadora, es perra, es mala, es enferma, es femme fatal, es niña, es veneno, es cobarde, es audaz, es todo lo chungo. Ha creado un personaje enfermo, enfermizo y enfermante que es un prodigio de verdad. Y además hace un trabajo vocal acojonante. Saca unos graves y una voz de ultratumba que combinada con esos ojos, con esa mirada infernal, con esa raza de perra cachonda, húmeda, llena de bilis, de podredumbre, de ambición, de coño y de tierra, hace de su Lady un bicho podrido desde las raíces. Por cierto, la escena del sonambulismo... una lección. 




Y Fran Boira. No sé ni qué decir de Fran Boira. Creo de corazón que hace una de las composiciones más complejas, completas e intensas del año. O de muchos años. Es como un niño que de pronto se ve metido en una espiral que le supera, pero de la que no puede escapar. Su motor no es el odio, ni la venganza, y si me apuras casi ni la ambición. Es una mezcla de destino fatal con una erección constante cuando oye la palabra "cobarde", un amor desmesurado por la perra, un sentimiento de culpa mal digerido y un masoquismo que le lleva a reír cuando más sufre y a sufrir cuando más ríe. Un desquicie emocional que el mago Fran Boira lleva con una naturalidad inexplicable. Ese abismo emocional es durísimo para un actor, y Fran lo lleva como si fuera su propia piel, dando una vida, una naturalidad a esa putrefacción que no tiene palabras en este mundo para definirlo. Y el mogollón de escenas que tiene con Rocío son puros recitales. Hace poco dije que son los Lawrence Olivier y Vivien Leigh españoles. No exageraba. Pero es que aquí el nivel de electricidad es tan brutal que son hasta Liz Taylor y Richard Burton en, o Bette Davis y Joan Crawford. Una pareja perfecta y químicamente salvajes. Ambos dos deberían estar en todos y cada uno de los repartos del mundo mundial. Son dos seres capaces de hacer lo que les salga del pepo. Gigantescos. Bestiales. Únicos.  

Simplemente voy a insistir en una cosa. Si hay alguien que no lo haya visto, por dios, que lo vea. Pero ya. Fenómenos así se dan pocos el tol año. Yo os juro que he sentido como si me hubieran hipnotizado al entrar y me hubieran despertado al salir. Ha sido un viaje de tripi. Un paréntesis en la vida. Uno de esos momentos, como una puesta de sol, o un beso, o el recuerdo de alguien querido, o un abrazo bien dao, que hacen que la vida sea más bonita y el mundo un lugar más hermoso.     

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