viernes, 1 de noviembre de 2013

Por los ojos de Raquel Meller. Reina Victoria.

Yo ya había visto este espectáculo en la mágica sala Tribueñe. La verdad es que fue un día terroríficamente especial por muchos motivos. De todas formas, salimos todos encandilados con la historia de esta mujer salvaje, respondona, soberbia, genial, actrizona y dramática. ¡¡¡Encima una olvidada!!! En este país, somos muy de encumbrar a alguien , y en cuanto está arriba, cargárnoslo. Encima poniéndolo a parir, como si no se mereciera el éxito. Y ahora nos arrepentimos de haber echado al baúl del olvido a esta mujer pionera y profundamente carismática.



Pero bueno, a lo que vamos. Aquella función en la Tribueñe fue una auténtica delicia. Era como ver a una compañía de aquellas que iban con el carromato por los pueblos llevando sus montajes humildes y modestos pero tremendamente profesionales. Los decorados eran chiquititos pero bellísimos. El vestuario rico e imaginativo. La música (un piano) era como de cabaret o de café teatro, justo lo que le montaje necesitaba. A ver, que quede claro que cuando hablo de "humildad" o de "modestia" lo digo con todo el cariño del mundo, para nada hablo de "cutrez", sino todo lo contrario, de usar una estética que va perfectamente con la historia y con el tono que Hugo Pérez eligió. Si no fuera una maravilla de espectáculo ¿cómo iba a aguantar más de seis años en cartel? La voz de Maribel Per sonaba de muerte, expresiva, dramática y demostraba ser una artistaza como la copa de un pino piñonero.




Mi amada Chelo Vivares aparte de hacer mil cosas y todas maravillosamente, era la imagen de la Raquel acabada y olvidada, y le daba al espectáculo un toque fúnebre y tétrico que te volvía a poner los pelos de punta.
Pero todo ese espíritu de trabajo artesano y de cámara se ha diluido un poco al pasar no ya a un circuito mayor, sino a un teatro más grande. El personaje de Chelo ha desaparecido, y ese tono fúnebre en cierta medida se ha suavizado. Está claro que el vestuario y los decorados son mucho más imponentes, pero con el cambio de magnitud se ha esfumado un poco ese aire de carromato que me enamoró. Que la compañía de la Tribueñe se merecen todo está claro. No he visto nunca a gente más curranta. No digo trabajadora, digo curranta. Ensayan todos los días millones de horas y con el empeño de quien ama su trabajo. No siempre han llenado con sus montajes (todos interesantísimos) y a pesar de eso siguen y siguen currando. El paso al circuito "mayor" es merecidísimo. Pero el espíritu que tenía este espectáculo queda desdibujado. Ya no son esos decorados íntimos y ese vestuario que llenaba el escenario y le daba un aire de tasca donde se producía la magia del contacto íntimo con el espectador. Ahora todo se diluye un poco. Lo que es innegable es que se siguen dejando la piel todos ellos. Y por supuestísimo, hay que agradecer a Seoane que se fijara en este espectáculo "pequeño" y decidiera apostar sus euros en acercarlo al gran público. Ha sido muy valiente y muy honesto y encima la compañía se lo merecía desde hacía muchos años. Espero que sirva para que desde ahora la Tribueñe esté por fin, entre las salas a tener en cuenta por mucha gente que quizá antes no la conocía. 

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