domingo, 23 de junio de 2013

Mucho Beethoven. Auditorio Nacional.

Bueno, primero la crítica rosa y luego ya me meto en harina.
Al igual que el día anterior me despatarré pateando al ministro y me pareció una protesta más que justificada, creo que los abucheos a la Reina no me parecieron lógicos. Me da que se abucheó a la Reina porque no había nadie más a quien abuchear. Llegó justo cuando iba a comenzar la Séptima, interpretada por la JONDE, y efectivamente había muchos padres y amigos de los jóvenes intérpretes. La protesta era porque se cuidara la formación musical y no se acabara con las escuelas de música. Protesta y reivindicación legítima y por supuestísimo vital para la vida de la Cultura en España. Y como no había nadie más, le tocó a ella. Como si de ella dependiera lago de lo que se pedía.



Pero a lo que vamos. Aunque teníamos el abono para ver las nueve sinfonías, nos tomamos la mañana libre y llegamos para la quinta. La orquesta de RTVE sonó bien, los músicos, como casi todos los currantes, se entregan y se dejan los brazos y dedos. Voluntariosos y sonando muy bien. La séptima y la octava fueron a las manos de la JONDE, y los pobres míos, tocaron de maravilla, pero acabaron con la lengua fuera. Porque en las cinco Sinfonías, en las cinco, para mi gusto Jesús López Cobos estuvo acelerado. En mi ignorancia no sé si la velocidad a la que debe estar tocada una pieza está marcada en la misma partitura o si es decisión del director. Yo noté que todas las obras iban a toda hostia. No dejaban lugar al matiz, a dejar que la música se expresase ella sola, a esos minisegundos antes de atacar un pasaje, a ciertos pianos y a matizar cada momento con la propia vida que tienen. Por explicarlo en pocas palabras, López Cobos me pareció un muy buen director, pero sin personalidad. Me faltó punto de vista. Y para mi gusto eso chafó un poco el efecto de la quinta, de la séptima y sobre todo de la famosísima novena. La novena es una de las obras cumbres de la Cultura universal y le faltaron matices, un poco más de relajación el algunos momentos, dejar que los instrumentos se expresaran. La música es la que habla. La partitura es la dueña. Por eso hay que dejar que se exprese, y no darle caña sin parar. Por cierto, la soprano estuvo bastante flojita, aunque se mataba por llevar el ritmo que sus compañeros seguían también con la lengua fuera. Maratón para López Cobos y para todos los músicos, que debieron de acabar extenuados.
Como gritó una mujer en medio de la gresca con la JONDE: "estos músicos han sido niños y han estudiado. No acabéis con las escuelas de música". Pues eso, si queremos que la música y la cultura en general siga creando magia, siga formando a seres humanos sintientes y siga creando mentes críticas y que amen la belleza, no se puede permitir que se acabe con la formación tanto de los chavales que empiezan, como de los que aún no han empezado como de los que llevan años tocando. La formación no acaba nunca. Ni para los músicos ni para el público. Y una sociedad con la cultura coja, se muere.    

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